Abraham:
El primer misionero

Pablo rogó a sus lectores que consideraran a Abraham (ver Gálatas 3:6). Esto era posible para ellos, como lo es para nosotros, porque la historia de Abraham ocupa catorce capítulos del libro de Génesis, y su nombre aparece 216 veces en el Antiguo Testamento. Sus pisadas espirituales van más allá del pueblo judío, y se extienden al mundo de los primeros cristianos, pues su nombre aparece más de 75 veces en el Nuevo Testamento. También es altamente importante para el Islam, pues se lo menciona en 35 capítulos del Corán; más que cualquier otro personaje bíblico, excepto Moisés. Las historias del Génesis contienen vislumbres inspiradas que mejorarán nuestra comprensión de las características humanas de Abraham, su misión singular y su bien merecido lugar como el primer misionero de Dios.
La realidad espiritual clave de la vida de Abraham, que lo ubicó en su papel central en las tres religiones monoteístas del mundo, fue su sólida creencia de que hay solo un verdadero Dios. También creía que este único Dios lo había seleccionado de donde se encontraba, dentro de la cultura caldea politeista.se había dirigido directamente a él y lo había enviado en un viaje especial con una misión. Esta convicción energizó su dedicación vitalicia a su misión, dándole equilibrio y sustentación durante algunas de las luchas personales, culturales y espirituales que afrontó como prototipo y ejemplo para misioneros futuros.
EL LLAMADO DE ABRAHAM
La primera comunicación registrada directa de Dios a su futuro misionero pionero del monoteísmo fue: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Génesis 12:1). El texto original hebreo es un poco más brusco. Puede traducirse: “¡Tú! ¡Comienza a caminar!" Las instrucciones de Dios, más sus promesas de bendiciones futuras, pusieron en marcha al primer misionero humano. “Y se fue Abram, como Jehová le dijo” (versículo 4).
El mandato de Dios de que “comenzara a caminar” no era una orden abierta; tenía una meta. Abram fue dirigido a caminar alejándose de su patria, su familia inmediata y su familia extendida (versículo 1). Debía caminar hacia un destino no revelado, que Dios finalmente le mostraría solo después de que Abram estuviera bastante adelantado en su transitar. “Salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8). La fe en la promesa de Dios, más bien que el conocimiento de su destino, marcaron la orientación espiritual central, y lo capacitaron para dar ese enorme paso inicial y contra cultural requerido de los misioneros: dejar el país, la familia y el hogar.
AFRONTAR COSTUMBRES EXTRANJERAS
La jornada misional de Abraham comenzó en su septuagésimo quinto año, momento en que la mayoría se acomoda al retiro o la jubilación. Viajó a dos países extranjeros, Canaán y Egipto, donde algunas de las costumbres y las creencias eran una amenaza a la efectividad de su misión. Ambas culturas a menudo desafiaban su fe. Aun el clima, con sus sequías y hambrunas repetidas, a veces amenazaban esa fe. Más tarde, a los descendientes hebreos de Abraham se les recordó cuán serios fueron esos días en la jornada de Abram. Cada vez que presentaban sus ofrendas de primicias o primeros frutos, en un cierto momento de la ceremonia recitaban acerca de Abraham: “Un arameo a punto de perecer fue mi padre [antecesor], el cual descendió a Egipto como un refugiado” (ver Deuteronomio 26:5).
La expresión del Antiguo Testamento “hambre en la tierra” prepara al lector para considerar un hecho severo de la vida en la tierra de Canaán. La palabra hebrea traducida “hambre” aparece 101 veces en el Antiguo Testamento, 24 de ellas en el Génesis. Tres hambrunas amenazaron a Abram y a sus descendientes: la primera en Génesis 12; otra, durante los días de Isaac, en Génesis 26; y una tercera en el tiempo de José, comenzando en el capítulo 41. La respuesta de Abram al hambre fue “descender a Egipto”. La expresión del Antiguo Testamento “descender a [tal y tal lugar]” llegó a ser una expresión de dolor y pérdida (ver Génesis 39:1; Números 20:15; Isaías 52:4; Jeremías 30:3; 31:1). De acuerdo con las Escrituras, ni Abram ni sus descendientes prosperarían en Egipto. Su periodo en Egipto les trajo dificultades y sufrimientos.
Egipto presentaba un peligro real y serio a la familia de Abram. Allí, su esposa le fue quitada, justo como él suponía que ocurriría. A fin de tener una mejor posibilidad de sobrevida, antes de entrar en Egipto se puso de acuerdo con ella en que dirían una media verdad acerca de su relación (Génesis 12:13). Es cierto, Sarai era hermanastra (medio hermana) de él, y también su esposa, como lo dijo más tarde (Génesis 20:12).
Pero una media verdad acerca de una relación tan fundamental como el matrimonio está mal. Según la voluntad revelada de Dios (Génesis 2:24), y aun de acuerdo con las leyes de la patria de Abram, el matrimonio tenía un lado visible y público, así como un lado privado. Abraham lo sabía, y merecía la reprensión de Dios, transmitida por medio del faraón, por esconder una verdad tan importante acerca de Sarai.
La palabra hebrea gür, que significa “vivir como un extranjero residente; refugiarse como un asilado”, aparece en Génesis 12:10 para que el lector entienda que Abram no solo descendió a Egipto, sino además tuvo la situación legal de un extranjero residente. Como extranjeros residentes, él y su familia se arriesgaban a la explotación, en la cultura muy etnocéntrica de Egipto. La época generalmente asignada a Abram, alrededor del año 2000 a. C., ubica su experiencia egipcia durante la duodécima dinastía del país. Fue bien conocida por su lenguaje y sus leyes antiextranjeras. Los arqueólogos han aprendido esto por medio de las maldiciones en contra de los pueblos vecinos, que aparecen escritas en vasijas de barro y pequeñas figuras humanas de arcilla. Probablemente, las usaban en ritos religiosos públicos para pedir que los dioses de Egipto protegieran al país contra los “extranjeros”. Estos textos maldecían a los inmigrantes de Canaán, incluyendo a los de Jerusalén y de Siquem, una ciudad que visitó Abram, según Génesis 12:6. Hoy, miles de personas por todo el mundo viven como refugiados en países extranjeros, donde cada día afrontan peligros y dificultades.
Al afrontar una hambruna severa en Canaán, Abram sintió que no tenía otra elección. Reconoció que arriesgar su vida como refugiado en Egipto era mejor que morir de hambre en Canaán .Tanto el viaje como la supervivencia en Canaán y en Egipto demandaban resiliencia, fe y fortaleza, especialmente mientras luchaba para mantener a su esposa y a su familia seguras e intactas. Y Abram aprendió, de manera dura, acerca de la honestidad y la confianza en Dios al declarar la verdad acerca de las relaciones.
LA RIQUEZA DE ABRAHAM: ¿BENDICIÓN DIVINA O MOLESTO
EXCESO DE EQUIPAJE?
La forma en que Abram se relacionó con la riqueza -la propia y la de otras personas- entra en la historia bíblica. Antes de que Abram saliera de Egipto, el faraón le pagó generosamente por la pérdida temporaria de Sarai. Recibió siete tipos de regalos, todos vivos, incluyendo seres humanos (Génesis 12:16). Génesis 13:2 añade “plata y oro” a la lista de los bienes de Abram. Dejó Egipto como un hombre rico.
Hay algunos casos, como aprendieron algunos misioneros posteriores, en que los bienes materiales pueden representar una carga, en vez de una bendición. Las relaciones y los esfuerzos por testificar pueden caer bajo estrés cuando hay una brecha entre los que tienen estos bienes y los que no los tienen. Esa fue la experiencia de Abram. Sus bienes, probablemente, ayudaron a causar una ruptura en su familia extendida, que más tarde puso a su sobrino Lot en peligro en Sodoma (Génesis 13:5-13). Abram más tarde rescataría a Lot. Al hacerlo, mostró que él había entendido la importancia de su papel futuro de llevar bendición a todas las familias de la tierra (Génesis 12:3).
EL TESTIMONIO DE ABRAHAM A LOS DIEZ REYES ACERCA
DE LA FAMILIA Y LOS BIENES
Algunas personas creen que la riqueza era una de las siete promesas que Dios hizo a Abram cuando lo llamó y prometió “bendecirlo” (Génesis 12:1-3). Pero “bendiciones”, aquí y en otros lugares del Génesis, es más probable que se refiera al don de Dios de la familia y los hijos. Parece que Abram aprendió una lección acerca de los problemas que la riqueza trajo a su familia extendida. Más tarde, Dios usó a Abram como testigo ante diez reyes acerca de la importancia de la familia, comparando con la importancia de los bienes.
Abram gozaba de la vida de campo en la planicie de Mamre cuando, un día, alguien que había sido capturado en Sodoma pudo escapar y llevar la mala noticia de que Lot, el sobrino de Abram, había sido llevado cautivo, junto con muchos otros de Sodoma (Génesis 14:13). Esto abrió una nueva forma de misión para Abram. Pero él se había preparado para afrontar dificultades armando a más de trescientos hombres de su familia, sus obreros y siervos. Con la ayuda de Dios, alcanzaron a los cautivos en Dan y los rescataron. Abram mismo se expuso a peligros, junto con algunos de su familia inmediata, a fin de rescatar otra parte de su familia. Esto fue un testimonio poderoso que impresionó al rey de Sodoma.
Abram testificó de una segunda manera ante el rey de Sodoma cuando, después de una batalla exitosa, rescató a los cautivos y recuperó sus bienes de manos de los ejércitos invasores. Cuando el sacerdote y rey de Salem, Melquisedec, llegó con pan y vino para agradecer a Dios por la victoria de Abram, Abram le dio el diezmo, “los diezmos de todo” (versículo 20).
El tercer testimonio de Abram ante el rey de Sodoma fue su rechazo - después de rescatar a su sobrino Lot y a los otros cautivos, junto con sus bienes, y dar el diezmo- de tomar una parte de los bienes restantes para sí mismo. Esto iba en contra de la costumbre, que permitía que los vencedores en la batalla tomaran una parte de los bienes recuperados (versículos 21-24), Abram testificó al rey de su razón para el rechazo: él había hecho un voto solemne, con su mano levantada hacia Dios (versículo 22), de que rehusada tomar cualquier propiedad -ni siquiera un hilo de coser sandalias o una tira para atarlas- que perteneciera a otra persona. Explicó el motivo detrás del juramento: “Para que no digas: Yo enriquecí a Abram” (vers. 23). Como misionero, Abram vino para enriquecer espiritualmente a la gente, no para explotarla de alguna manera ni aprovecharse de su pérdida. Este rechazo de enriquecimiento adicional era también un testimonio poderoso al rey de Sodoma acerca del carácter del Dios de Abram.
Otra parte de la misión de Abram aparece en su práctica de edificar altares e invocar el nombre de su Dios. Él construyó por lo menos tres altares, e invocó el nombre de Dios por lo menos tres veces. Estas acciones públicas testificaban a los pueblos locales acerca de la fe de Abram.
EL EFECTO DEL PREJUICIO ÉTNICO
La necesidad de hacer generalizaciones está profundamente arraigada en la mayoría de la gente, y no es fácil evitarla. Las generalizaciones pueden ser útiles. Por ejemplo: “Los automóviles siempre bajan ese cerro con demasiada velocidad”. Pero cuando se aplica a grupos de pueblos, las generalizaciones pueden ser injustas y equivocadas acerca de los miembros de aquellos grupos, como “todos los estadounidenses son iguales. Todo lo que quieren hacer es ___________. (Llena el espacio.)”. Abram generalizó acerca de los egipcios antes de entrar en su país: “Me matarán” (Génesis 12:12). No sucedió; los egipcios lo trataron bien (versículo 16). La generalización de Abram mostró un prejuicio étnico aún más profundo al entrar en el territorio de Gerar: “Es seguro que no hay temor de Dios en este lugar” (Génesis 20:11). Otra vez estaba equivocado. En lugar de que lo mataran en Gerar, fue bienvenido. Él, y más tarde su hijo Isaac, encontraron que Gerar era un sitio seguro y placentero, y decidieron habitar allí (Génesis 20:1; 26:2, 6).
¿DEBEN LOS MISIONEROS SER MORALMENTE SUPERIORES?
¿Elige Dios y envía solo a misioneros que tienen normas morales más elevadas que la población a la que sirven? Algunos cristianos que crecieron con las historias misioneras tradicionales tienen la imagen de una corriente en una sola dirección: desde el misionero al pueblo al que sirven. Pero dos de las experiencias de Abram señalan a una enseñanza de dos vías: a veces, el misionero es el humilde aprendedor, sentado a los pies del pueblo al que sirven, en lugar de ser a la inversa.
Dos veces la gente a la que Abram fue enviado tuvo algo que enseñarle acerca de la honestidad y la veracidad. En ambas ocasiones, Abram ocultó el hecho de que estaba casado con Sarai. En ambas ocasiones su falta de honestidad fue señalada y abiertamente reprendida por un rey pagano. En Egipto, el faraón le preguntó por qué no había sido veraz: “¿Por qué no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana?” (Génesis 12:18).
Más tarde, en Gerar, Dios reveló en un sueño al rey Abimelec la falta de honestidad de Abram. Aquel le dijo entonces a Abram: “Lo que no debiste hacer has hecho conmigo” (Génesis 20:9). Aun cuando tanto el faraón como Abimelec, probablemente, adoraban ídolos y les faltaba el conocimiento del Dios de Abram, ambos sabían de honestidad y veracidad por medio de la ley natural, lo que Pablo menciona como las leyes escritas en el corazón (Romanos 2:13-15; lee también 1:19, 20). Aunque estos incidentes fueron anteriores a la proclamación del noveno Mandamiento en el Monte Sinaí (“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” [Éxodo 10:16]), aquellos reyes paganos sabían acerca del bien y del mal. Fueron ellos, no Abram, quienes pedían una norma moral más elevada.
ABRAHAM: MISIONERO-REFORMADOR PEREGRINO
Un sabio pastor dijo: “El viajar amplía a la persona”. Algunas veces, las personas necesitan “alejarse de la casa” a fin de liberarse de los espíritus familiares y tradiciones que de otro modo no podrían resistir. Algunas personas viajan con el propósito de encontrarse a sí mismas. Abraham viajó para encontrar a Dios. Hablando por medio de Josué, más tarde Dios recordó a los israelitas esta verdad: “Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río [...] y lo traje” (Josué 24:2, 3). La sección del miércoles invita a repasar los “puntos altos espirituales" de las historias de Abram en cinco lugares donde habitó.
Los recorridos difieren de las peregrinaciones en un punto importante. Mientras los trayectos no necesitan tener un destino, los peregrinajes sí. Es posible que las personas comiencen una trayectoria sin un destino en mente. Los peregrinos comienzan un peregrinaje con un destino muy claro como su meta. Con cada paso, ellos esperan avanzar hacia aquel, aun si tienen que hacer desvíos y ajustes por el camino. ¿Condujo Dios a Abram en una jornada o en un peregrinaje?
ABRAHAM: MISIONERO EN SU PROPIA CASA
El pastor que dijo: “Viajar amplía a una persona” terminó su declaración añadiendo: “Pero no las profundiza”.
Aunque la ampliación personal ocurre en un peregrinaje, el mejor lugar para la profundización personal y espiritual puede ser su casa. Aunque Abraham afrontó muchas pruebas, y falló en algunas, como jefe de su casa llegó a ser una persona más profunda. En el resumen que brinda el Nuevo Testamento de los principales eventos en su vida, se destaca lo siguiente: ‘Abraham obedeció, [...] habitó [...] en la Tierra Prometida [...], esperaba la ciudad [...] cuyo arquitecto y constructor es Dios [...], recibió fuerza para concebir […], ofreció a Isaac” (Hebreos 11:8-l 1, 17). Nota que la mayoría de estos eventos ocurrieron “en casa”. Repetidamente Dios elevó las esperanzas de Abraham de llegar a ser padre, durante esos largos años de esterilidad de Sara. Cuando llegó el hijo prometido, la fe de Abraham lo sostuvo en lo más terrible que un padre puede imaginar: sacrificar a su propio hijo. ¿Podría ser que sus mayores victorias y sus fracasos más humillantes ocurrieran en su hogar o con miembros de su propia familia?
La misión y el ministerio son causa de estrés, así como también de bendiciones para las familias de todos cuantos responden al llamado. Las ruinas de las familias fracasadas de obreros cristianos son claramente visibles. Por medio de pruebas y problemas, Abraham surgió, a partir de fracasos familiares aparentes, como un padre amante, no solo de Ismael e Isaac, sino también de un pueblo entero. A pesar de las luchas, su compromiso con su propia familia estableció el fundamento para su función final de “padre de una multitud”, como lo indicó su cambio de nombre de Abram a Abraham (Génesis 17:5). Y para sus muchos hijos espirituales él es, también, el padre de la misión.
La lección de esta semana cierra recordando a los lectores la grande, rica y variada “familia” de Abraham, quien llegó a ser, y continúa siendo, el “padre” biológico de árabes y judíos, y el “padre” espiritual de cristianos y musulmanes aun en la actualidad. Su fe y su obediencia continúan inspirando la misión y a los misioneros hasta hoy.

Referencias
Según una búsqueda en Biblegateway.com, de la NVI, “Abram”, 57 veces; “Abraham”, 159 veces.

Francis E. Peters. Islam: A Guide for Jews and Christians (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2003), p. 9. Uno de los capítulos del Corán, Surah 14, lleva su nombre.

Mi propia traducción. Para apoyarla, ver The Dictionary of classical Hebrew (Sheffield, Inglaterra: Sheffield Academic Press, 1993), t. l, p. 99.

Génesis 12:10; 26:1; 42:5; 47:4; Rut 1:1; 2 Samuel 24:13; Ezequiel 34:29; Amós 8:11; Salmo 105:16.

El famoso Código de Hamurabi de Babilonia, aunque proveniente de unos doscientos años después del tiempo de Abraham, se concentra en el matrimonio en 50 de las 282 cláusulas que llegaron hasta hoy (números 127 a 177).

Ver Génesis 12:7, 8; 13:18; 22:9.

Ver Génesis 12:8; 13:4; 21:33.

Mi propia traducción “es seguro" destaca el significado del hebreo raq, que tiene fuerza afirmativa: “Ciertamente’’, “Seguramente”. Lo que es notable y puede sorprender al lector; es el hecho de que el sabio de Proverbios parece repetirse. Otra vez, enfatiza la importancia de la Ley, y otra vez denuncia el mal de la mujer extraña, que es más amenazante y fatal que antes. Esta repetición es una parte de su método de enseñanza. El maestro procura asegurarse de que su alumno lo escuche; si tal vez no la primera vez, pueda ser que sea en la segunda. Enseñar es repetir. Los antiguos maestros de las escuelas rabínicas eran llamados Tanaaim, que significa “los que repiten”. De hecho, no solo repetían las lecciones que habían aprendido de sus maestros; también repetían las mismas lecciones una y otra vez, hasta que sus estudiantes hubiesen asimilado el material. Sin embargo, no se trataba de una repetición mecánica de las mismas palabras. A menudo, el maestro volvía al mismo mensaje y lo expandía e intensificaba.