Amadas de Dios

El padre se paró delante del banquillo de los acusados, miró fijamente a su hija, y frente a todos le ordenó: «Perpetua: ¡Sacrifica! ¡Compadécete de tu bebé!». Perpetua era una joven de principios del siglo 11 que, tras haber escuchado el mensaje cristiano, decidió unirse a la iglesia y separarse del paganismo que le había inculcado su padre. Su experiencia constituye un vivo ejemplo del drama que atravesaban las familias romanas cuando uno de sus integrantes se convertía al cristianismo. No tenemos mucha información sobre la vida de esta valiente cristiana. Lo poco que sabemos de ella es lo que quedó registrado en las Actas de los mártires, una antigua obra que aglutina el testimo­nio de cristianos que sacrificaron sus vidas en la época del Imperio romano.
A diferencia de otros creyentes de aquella lóbrega época, Perpetua no era una insociable dedicada por completo al estricto cumplimiento de desmedi­das prácticas espirituales. Más bien, ella era una mujer común y corriente, que luchó por obtener la comprensión y la empatía de su padre, que se em­peñó en cuidar de su hijo recién nacido y que se propuso ser fiel al Señor en un tiempo cuando muchos profesos cristianos no resistieron las persecucio­nes lanzadas por el emperador y terminaron en la apostasía. Aunque el rela­to de su martirio dice que ella era una mujer «respetablemente casada», su esposo nunca es mencionado durante el proceso judicial; lo cual sugiere que quizá la haya abandonado debido a «su adhesión al cristianismo».
Al requerirle que ofreciera sacrificios a los dioses romanos, lo cierto es que su padre procuraba salvarle la vida. Pero Perpetua respondió diciéndole que así «como cada cosa tiene su nombre y es inútil tratar de cambiárselo, ella tenía el nombre de cristiana, y no podía cambiárselo». Cuando murió tenía vein­tidós años.
La historia de la iglesia cristiana está repleta de relatos que dan a cono­cer la entrega, la dedicación, la valentía y el gran aporte que a lo largo de la historia han hecho las mujeres al desarrollo de la obra de Dios. A principios del siglo II, Plinio el joven le escribió al emperador Trajano demandando la precisa instrucción en cuanto a qué hacer con dos mujeres cristianas, que servían como diaconisas, que ya habían sido azotadas por sus creencias. La declaración de Plinio constituye la más antigua referencia a mujeres cristia­nas en los escritos de un autor pagano; y lo primero que sale a relucir es que dichas damas estuvieron dispuestas a morir y a darlo todo por su fe en el Salvador. Desde los inicios del cristianismo, las mujeres han regado con su propia sangre las semillas inmortales del evangelio.
En los días de la Reforma nos topamos con la duquesa Renata de Fran­cia, que fue sentenciada al destierro por su fidelidad a la Palabra de Dios y por su apoyo irrestricto al movimiento reformador protagonizado por Calvino. No puedo dejar de mencionar el ejemplo de una mujer no tan cono­cida por nosotros como lo es Maud Sisley Boyd, que en 1877 se convirtió en la primera misionera de la Iglesia Adventista enviada a Europa, y que además apoyó el desarrollo de la obra adventista en África y Australia. Y la lista no acabaría... La iglesia de Dios no sería lo que es si no fuera por la labor abnegada, y en ocasiones tenida en poca estima, de millones de mujeres que no han ocultado su amor por Jesucristo.
Jesús y Lucas tienen mucho que enseñamos con respecto al papel de las féminas en la iglesia. Sin embargo, antes de adentrarnos en lo que dice el Evangelio nos vendría bien echar un vistazo a la condición de la mujer en los tiempos del Nuevo Testamento.
La mujer en la cultura mediterránea del siglo I
En el mundo grecorromano en el que nació la iglesia cristiana la mujer tenía un estatus de absoluta subordinación a la voluntad del hombre. Su papel quedó delimitado a dar a luz y criar a sus hijos, y para eso se las edu­caba. El rabí Yosé ben Yojanán solía repetir esta sentencia: «No hables mu­cho con una mujer». Filón, el maestro judío de Alejandría, decía que mien­tras la vida pública es para los hombres, a «las mujeres les conviene quedar­se en casa y vivir retiradas». El sentir sobre la posición de la mujer en la época de Cristo queda resumida en una escueta frase de Flavio Josefo: «La mujer es inferior al hombre» (Contra Apión, II, 201).
Parte de estas posturas tan radicales se amparaban en interpretaciones machistas y anacrónicas de ciertos pasajes del libro de Levítico, que aluden a los ciclos de impureza de una mujer. Para muchos rabinos, este tipo de impureza ritual le impedía a las mujeres tener acceso no solo al templo, sino también al Dios del templo. Lo más cerca que una dama podía estar del templo, en caso de que no estuviera impura, era en el atrio de las muje­res. Y si asistían a la sinagoga tenían que quedarse en el espacio donde se guardaba la leña de los sacrificios.
A causa de su supuesta incapacidad mental, las mujeres se hallaban exentas del estudio de la Ley de Moisés, puesto que —según los grandes pensadores de la época— ellas no podían comprender las enseñanzas reli­giosas. Por otro lado, no hemos de olvidar que en Israel la puerta de entra­da al pacto divino era la circuncisión. Como la mujer no podía ser partícipe de dicho rito, quedaba fuera de los alcances y beneficios de la alianza. Todo esto parecía justificar que el gran protagonista de la religión judía fuera única y exclusivamente el varón. Tras analizar el papel de la mujer en la religión del tiempo de Jesús, Antonio Pinero concluye que «no parece que la mujer pudiera ejercer ninguna función de liderazgo dentro del ámbito religioso en el Israel de la época de Jesús».
De igual modo, las escuelas seculares estaban reservadas exclusivamente para los varones; lo cual hacía que la mujer quedara sentenciada a ser analfa­beta de por vida. No tenía ningún derecho civil. Por ejemplo, solo el hombre podía dar inicio a una solicitud de divorcio. La mujer no era más que un objeto que pasaba toda su vida de un dueño a otro. Primero pertenecía a su padre, luego a su esposo, luego a sus hijos y, finalmente, si todos estos desapa­recían, entonces pasaba a ser propiedad de sus hermanos. Su condición na­tural era estar sometida en todo momento a la voluntad del varón.
Por lo general, la mujer se casaba entre los trece y los dieciocho años. In­cluso, ni siquiera tenía el derecho de elegir a su marido, ya que era su familia la responsable de buscar «un buen proveedor, un buen padre y un buen ciu­dadano» para que fuera su marido. Por tanto, la futura esposa no habría de abrigar, ni siquiera remotamente, la ilusión de que su esposo sería un entra­ñable amigo o una fuente de amor y consuelo. Para su marido «ella será una extraña en la casa, una especie de pariente desaparecido hace tiempo cuyas características nadie recuerda». Fuera de la casa, la mujer era un ser inexis­tente. Su condición social y en la vida religiosa era prácticamente nula, y como si en realidad ni existiera.
El rabí Yehudá encarecidamente recomendaba a sus seguidores elevar dia­riamente esta plegaria: «Bendito seas, Señor, porque no me has creado paga­no, ni me has hecho mujer». Es en este contexto que tenemos que entender el papel de la mujer en el ministerio de Cristo.
Lucas: el Evangelio de las mujeres
El Evangelio de Lucas pone de manifiesto el papel preponderante que desempañaron las mujeres en el desarrollo del ministerio salvífico de Jesús. Barbara Reid ha declarado con mucho acierto que «Lucas registra más his­torias de mujeres que cualquier otro Evangelio». Su pluma en ristre resaltó la valía de ese sector de la sociedad cuyos sueños habían sido despedazados y su existencia fue condenada a un mundo incoloro y de implacable mudez. Lucas nos dirá cómo Jesús las convirtió protagonistas de su ministerio, no meras compañeras, y las hizo ejemplos de sus enseñanzas del reino.
Entre los relatos relacionados con mujeres que son exclusivos de Lucas podemos citar la experiencia de Elisabet, María y Ana en los capítulos 1 y 2. Solo él nos cuenta los episodios de la viuda de Naín (7:11-17), de la mujer encorvada (13:10-17) y de la famosa pecadora de 7:36-50. Él es el único que nos habla de María Magdalena, Juana, Susana y de las mujeres anónimas de Galilea (8:1-3). Nadie más cuenta las parábolas de la viuda insistente y de la mujer que no se cansa de buscar su moneda (18:1-8; 15:8-10). Y, como si todo esto fuera poco, él es el único que hace mención de las mujeres que lloran por Jesús durante su trayectoria hacia el Calvario (23:26-32).
Lucas presenta, asimismo, otros hechos protagonizados por mujeres que también aparecen en otros Evangelios: la suegra de Pedro (4:38, 39); la hija de Jairo (8:40-56); la mujer que mezcla la levadura (13:20, 21); la ofrenda de la viuda (21:1-4); las mujeres de Galilea que dan testimonio de la muerte y sepul­tura de Jesús (23:44-49, 50-56) y las que descubren la tumba vacía (24:1-12).
En Lucas, Jesús no condicionó su mensaje a una fraseología androcéntrica como hacían los maestros de su tiempo; sino que incluyó ejemplos femeni­nos en sus discursos. Declaró que el reino de Dios se parece mucho a la manera en que una mujer prepara el pan que come su familia (ver Lucas 13:20-22). Dios es como una mujer que barre una casa en busca del objeto que se le ha perdido (Lucas 15:8-10). Me imagino la emoción de esas damas al oír por pri­mera vez a un profeta que les dice que Dios es como ellas; porque ellas tam­bién fueron creadas en conformidad con la imagen divina. El Padre de todos se identifica con ellas, las que realizan las labores más simples y ordinarias.
En Lucas, Jesús acoge en su grupo a todas las mujeres, sin importar cuál haya sido su condición social o espiritual. En los labios de Jesús no hay palabras de desprecio ni de condenación, sino de compasión y respeto para las vulnerables féminas. Él no tiene prejuicios, no se deja coartar por la moral simplista que impone la sociedad de su tiempo. Mientras rechaza la pala­brería que atiborraban las plegarias masculinas de los servicios religiosos, destaca la oración de una simple mujer viuda cuya única petición es que se le haga justicia (Lucas 18:1-7). Le fastidia la enorme cantidad de ofrendas que arrojan a las arcas del templo los ricos y poderosos; pero alaba la pequeña ofrenda de una anciana pobre (Lucas 21:1-4). Contrariamente a lo que se creía en la época, él no mira a la mujer como fuente de pecado e impureza. De hecho, no se quejó cuando una mujer impura, desprovista de toda espe­ranza de salvación, decidió tocarle el borde de su manto. Más bien le dijo con suma ternura: «Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz» (Lucas 8:48). Es in­negable que Lucas es el Evangelio de las mujeres.
Todo este empeño del tercer Evangelio por exponer ante sus lectores el ministerio de Jesús en favor de las mujeres constituye una afirmación con­tundente de que «el evangelio del reino de los cielos era tanto para las mu­jeres como para los hombres, y que la parte de ellas en la proclamación de las buenas nuevas era tan importante como la de los hombres».
No podemos comentar todos los textos en los que Lucas presenta a Jesús en contacto con mujeres. Sin embargo, hay un pasaje que no podemos ob­viar y que amerita que nos detengamos en él.
El papel de la mujer en el ministerio de Cristo
Lucas es el único evangelista que menciona concretamente un grupo de mujeres que seguían y servían a Jesús antes de que fuera arrestado y crucifica­do en Jerusalén. Son las mujeres que lo siguieron desde Galilea: «Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anun­ciando el evangelio del reino de Dios. Lo acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: Ma­ría, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, Susana y otras muchas que ayuda­ban con sus bienes» (Lucas 8:1-3).
Al permitir que estas mujeres «lo acompañaran» durante su travesía mi­sionera, Jesús hace lo que nunca había hecho ningún rabino hasta entonces: tener mujeres que le acompañaran en sus recorridos de evangelización. Tanto para los rabinos judíos como para los maestros gentiles, andar con mujeres era un hecho inaudito y motivo de escándalo. En cambio, Jesús nunca con­dicionó su obra a los parámetros culturales o religiosos de sus contemporá­neos. Su propósito no era seguir las exigencias éticas del statu quo impuesto por la mayoría, sino mostrar la misericordia de Dios «a los menos privilegia­dos, los débiles y despreciados de la sociedad». Y las mujeres no se hallaban fuera del alcance de la compasión divina, con independencia de lo que ense­ñaran los más brillantes y versados eruditos. Al mencionar a estas mujeres como parte del grupo que seguía a Jesús, «el médico amado» de Pablo hace evidente que el ministerio del Señor no tiene limitaciones de ningún tipo, puesto que su obra de gracia alcanza a todos. Mujeres y hombres son llama­dos a formar parte del nuevo reino que ha sido instaurado por Cristo.
Volvamos a Lucas 8: 1-3. Hay algunos aspectos de este pasaje que no po­demos dejar de comentar. Voy a referirme a dos.
En primer lugar, las mujeres «acompañaban», es decir, «estaban» con Jesús. Aunque ellas nunca reciben el título de discípulas, no me cabe la menor duda de que en la práctica lo eran. ¿Acaso «estar» con el maestro no es la primera característica de un discípulo? Marcos declara que Jesús «designó [...] a doce para que estuvieran con él» (Marcos 3:14). El privilegio de «estar» no quedaba supeditado únicamente a los doce. Lucas dice que estas mujeres tuvieron el gozo de «estar» con el Maestro. La presencia de Cristo rompió las barreras im­puestas por el sexo. En cuanto a «estar», «acompañar» a Jesús, ellas no tenían nada que envidiarles a los «doce». Ante la mirada despiadada de una sociedad que no disimulaba ni ocultaba su desprecio hacia la mujer, Jesús rompió los moldes de lo que supuestamente era honorable y moralmente correcto, y reci­bió a las mujeres y les permitió estar con él. Incluso, resulta significativo que recordemos que Lucas es el único autor bíblico que identifica a una mujer como «discípula» del Señor, al aplicar dicho título a Tabita (ver Hechos 9:36).
El hecho de que Jesús les haya permitido estar con él mientras llevaba a cabo su ministerio, indica que él no consideraba que las mujeres estuvieran impedidas de recibir instrucción religiosa, como proponía La Misná; ni que pertenecieran a una esfera social inferior a la de los hombres, como decía Josefo. El Maestro «no encontraba en las mujeres, por su condición de tales, nada que le restase categoría ni las incapacitase para el servicio y el ministerio».
Cuando Marta insistió en comportarse según los estándares de la mujer del siglo 1, y se dedicó por completo a los afanes y ajetreos de una de ama de casa, absorta en tareas que no eran malas en sí mismas, pero que en ese momento preciso iban en detrimento de su crecimiento espiritual, Jesús la motivó a vencer los estereotipos impuestos por los hombres y sentarse y apren­der a sus pies, como lo había hecho María. Es «estando» con Cristo, «acom­pañando» al Señor en el cumplimiento de la obra, sentada a los pies del Maestro, donde la mujer encuentra su mejor y mayor realización personal.
Cuando una mujer le dijo: «¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los senos que mamaste!», Jesús desvió la conversación de ese papel donde lo que importa son los pechos y el vientre, y llevó a la mujer hacia lo que real­mente es importante: «¡Antes bien, bienaventurados los que oyen la pala­bra de Dios y la obedecen!» (Lucas 11:27, 28). ¡Las mujeres son bienaventu­radas no porque se sometan al pie de la letra a la voluntad del varón, sino porque obedecen «la palabra de Dios».
En segundo lugar, las mujeres de Lucas 8 «ayudaban con sus bienes» a Jesús y a sus discípulos. ¿Por qué estaban dispuestas estas mujeres a ayudar? Porque se mostraron agradecidas por lo que el Señor había hecho en sus respectivas vidas. Él las sanó de enfermedades y las liberó de los poderes demoníacos; les devolvió su dignidad y las trató como seres humanos, sin menospreciarlas. En respuesta a lo que Cristo había hecho por ellas, mostraron su gratitud ayudan­do al Señor. Es como si nos quisieran decir a todos nosotros: «Cuando Cristo hace algo por ti, entonces te toca a ti hacer algo por él». Las mujeres de Lucas 8 dan continuidad a la obra de la mujer pecadora del capítulo 7, que entregó un gran regalo a Jesús porque su amor por él era inmenso; y era inmenso porque Cristo había hecho una obra inmensa en favor de ella.
Cuando Lucas dice que esas mujeres «ayudaban» a Jesús, usó el verbo griego diekonoun, que significa «cuidar, atender; ayudar». Este verbo casi siempre alude al servicio en el contexto de la casa o de una comida. Con ese sentido se aplica a la suegra de Pedro, a Marta o al siervo (Lucas 4:39; 10:40; 17:8). Jesús mismo se mostró como ejemplo de servicio y se presentó a sí mismo «como el que sirve [diekonuon]» (Lucas 22:26, 27). Sin embargo, en lo que al disci­pulado se refiere, Jesús esperaba un «servicio» más abarcante que nada más servir comida a los comensales. Como ya hemos dicho, él esperaba que el «servicio» de Marta no se limitara a las tareas propias del hogar.
Las mujeres «ayudaban con sus bienes»; es decir, servían financiando la obra del Señor en la tierra. No solo ponían comida en la mesa, sino que proporcionaban los recursos con los que se sustentaba físicamente aquel que era «el pan de viva» (Juan 6: 48). Elena G. de White dice que, por ejem­plo, «la madre [de Santiago y de Juan] era discípula de Cristo y le había servido generosamente con sus recursos» (Hijas de Dios, p. 65) y que «du­rante los años del ministerio terrenal de Cristo, muchas mujeres piadosas colaboraron en la obra que el Salvador y sus discípulos llevaban a cabo» (El evangelismo, p. 54).
Aunque «el Hijo del hombre» no tenía «donde recostar la cabeza» (Lucas 9:58), sus necesidades básicas quedaron satisfechas gracias a la generosa ayuda que le brindaron aquellas piadosas mujeres. En lugar de ser una carga para la obra, ellas apoyaron con sus recursos el desarrollo de la obra. Es cierto que Lucas no las presenta anunciando por las casas y por el templo el evangelio del reino, pero sí dice que sirvieron al Señor con todo lo que tenían en sus manos. No se cohibieron de dar o hacer por Jesús todo cuanto pudieron. Su ejemplo habría de ser la inspiración de mujeres como Lidia (Hechos 16:14, 15), Priscila (Hechos 18:2), Síntique y Evodia (Filipenses 4:2), Cloe (1 Corintios 1:11) y Febe (Romanos 16:1), que también fueron heroínas de la causa de Dios.
Las mujeres: modelo de lo que
significa ser cristiano
¿Qué buscaba Lucas al citar lo que hicieron las mujeres en 8:1-3? Craig A. Evans ofrece la respuesta apropiada a nuestra pregunta: «Es probable que Lucas tuviera tres razones para mencionar estas mujeres: (1) presentar que las mujeres que testificaron de la crucifixión (Lucas 23:49) y de la tumba vacía (24:10, 22, 24) habían estado con Jesús desde su ministerio en Galilea (lo cual les permite cumplir con las cualidades necesarias para el apostolado exigidas en Hechos 1:21, 22); (2) presentar que las mujeres pueden desem­peñar un papel influyente en la iglesia (ver Hechos 1:14; 8:12; 16:13-15; 17:4; 18:24-26); y (3) presentar que la generosidad financiera constituye una señal del discipulado y es esencial para llevar adelante la obra».
Las mujeres pasaron tiempo con Jesús, siguieron a Jesús y le entregaron todo a Jesús. ¿Qué más se necesita para ser un verdadero discípulo? Ellas no requerían el título de «discípulas», porque día tras día, mediante sus accio­nes, demostraban que lo eran. Exhibieron una fidelidad que sobrepasó con creces la de quienes sí ostentaban oficialmente el título de «discípulos». Siguieron a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén; y, cuando todos los varones huyeron, ellas fueron las únicas que se mantuvieron cerca de la cruz, junto a su Maestro y Salvador.
Entonces, si de verdad queremos saber qué significa ser un seguidor de Je­sús, volquemos nuestra mirada a las mujeres del Evangelio de Lucas. Ellas nos dirán qué debemos hacer a fin de convertimos en verdaderos discípulos del Maestro. La pecadora de Lucas 7 es un ejemplo a seguir en cuanto al amor que genera en el alma saberse perdonado por Dios. La viuda insistente nos enseña cómo hemos de orar. La viuda pobre nos dio una gran lección de cómo hemos de dar. La mujer que busca la moneda es un modelo de la pasión que hemos de sentir por los perdidos. Elisabet es un ejemplo viviente de lo que significa creer cuando todo parece ir en nuestra contra. María, la madre de Jesús, nos demues­tra cómo podemos sometemos por completo a la voluntad de Dios. María de Betania nos enseña qué significa pasar tiempo con Jesús.
En fin, ¿quiere usted ser una verdadera cristiana? ¡Haga todo lo que hicie­ron estas mujeres! En sus vidas encontramos las huellas de Jesús. En la vida de Jesús aspiramos la fragancia que exhala el perfume de ellas. Ahora nos toca a nosotros, como lo han hecho una incontable multitud de mujeres a lo lar­go de la historia, «estar», «seguir» y «ayudar» a Jesús. Como a Perpetua, quizá ello podría implicar la pérdida de nuestra vida; pero si lo hacemos consegui­remos «la buena parte», y esa nadie podrá quitárnosla (Lucas 10:42).

Referencias
Ver la edición en español dirigida por Daniel Ruiz Bueno, Actas de los mártires, Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid: Editorial Católica, 1968).

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Ibíd.

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Margaret Y. MacDonald, Las mujeres en el cristianismo primitivo y la opinión pagana (Estella: Editorial Verbo Divino, 2004), pp. 67-71.

James S. Jeffers, The Greco-Roman World of the New Testament Era (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1999), p. 249.

Joachim Jeremías, Jerusalén en los tiempos de Cristo (Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980), p. 372.

Ibid.

http://elmundobiblicodigital.files.wordpress.com/2013/12/contra-apic3b3n-sobre-la-antiguedad -del-pueblo-judc3ado-por-flavio-josefo.pdf.

A causa de la menstruación la mujer quedaba impura durante siete días, pero si el flujo no cesaba, ella quedaba impura todos los días de su menstruación. Además, tras parir un hijo varón permanecía cuarenta días inmunda, y ochenta si la criatura era una niña.

Jesús y las mujeres (Madrid. Aguilar, 2008), p. 37.

Pareciera que entre los judíos de Elefantina, Egipto, se permitían el derecho de dejar que la mujer también iniciara el proceso de divorcio; ver a Roland de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento (Barcelona: Editorial Herder, 1964), pp. 68-78.

Bruce J. Malina, El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural (Estella: Edi­torial Verbo Divino, 1995), p. 157.

Ibid.

Choosing the Better Part? Women in the Gospel of Luke (Collegeville, Minn.: Michael Glazier Books, 1996), p. 2.

Francis D. Nichol, Comentario bíblico adventista (Buenos Aires: ACES, 1995), t. 5, p. 750.

En el contexto de la pasión, Marcos también hace mención de un grupo de damas: «También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, lo seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén» (Marcos 15:40, 41).

Santiago Garda, Evangelio de Lucas (Henao: Editorial Desclée de Brouwer, 2012) p. 195.

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