El amor y la Ley

Milton L. Torres

Introducción

En la primera parte del capítulo 2 (versículos 1:13) de su epístola, Santiago subrayó un importante asunto que sostuvo luego durante la mayor parte del resto del libro. El favoritismo entre los cristianos constituyó un tema de seria preocupación para el hermano de Jesús. Su advertencia es clara: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin distinción de personas” (2:1).

La expresión griega de la cual se ha traducido este pasaje, es prosōpolēmpsia cuyo significado literal es “recibimiento del rostro”, y alude al gesto del príncipe de levantar el rostro de un visitante en señal de buen recibimiento, en la época en que las personas se postraban ante las autoridades. Se percibe el significado etimológico de esta expresión con nitidez en la declaración de Pablo: “Dios no juzga por la apariencia exterior” (Gálatas 2:6), o sea, Dios no depende de la apariencia para decidir cómo tratará a un ser humano.

El hombre vestido de oro

Algunos eruditos encuentran extraño el hecho de que en la época de Santiago hayan existido personas ricas en la iglesia cristiana. Lo cierto es que el apóstol presenta el ingreso de dos hombres en la congregación, uno rico y otro pobre (2:2), pero el contexto deja en claro que se trataba de visitas. ¿Qué habría estado haciendo un hombre rico en una congregación cristiana? El apóstol lo identifica como un hombre con un anillo de oro en su dedo, utilizando “ropa espléndida” (estēs lampra, “ropa resplandeciente”). Esto sugiere que este hombre vestía ropa fina, la cual atraía la atención de quienes lo observaban. El anillo de oro era una evidencia de que esta persona poseía cierta autoridad y considerables recursos económicos. Tal fuera el candidato a alguna magistratura en la administración local, que fue a la iglesia en busca de apoyo. Las ciudades griegas del imperio romano respetaban las mismas convenciones sociales y la misma burocracia de las ciudades romanas de Italia. Las magistraturas formaban parte del así denominado cursus honorum, el currículum profesional de la élite administrativa integrada por griegos y romanos. Tal vez el visitante llegó a la iglesia con el fin de solicitar apoyo para una inminente elección. La expresión “candidato” significa, etimológicamente, alguien que utiliza “ropa resplandeciente” (toga candida, en latín).

Lo más probable, sin embargo, es que haya sido sólo un patricio intentando atraer clientes que contribuyeran a aumentar su proyección en la sociedad local. El padrinazgo era un componente importantísimo en la política de las colonias romanas. Un hombre prestigioso era aquél que tenía mayor clientela, quienes lo visitaban todos los días con el fin de saludarlo o recibir de él algún obsequio. El visitante tal vez haya ido a la iglesia a fin de proponer vínculos de esta naturaleza, ofreciendo protección o favores financieros a los cristianos.

Lucha de clases

El contexto de la visita del hombre con anillo de oro hace que la reacción de los miembros de la congregación sea aún más reprobable. En el preciso momento de la llegada del hombre adinerado, también entra una persona pobre. Se trataba de otro visitante, siendo que Santiago describe a este hombre como un pobre que vestía “ropa andrajosa” (rhypara estēs), la misma ropa utilizada por el sacerdote Josué en Zacarías 3:3, 4 en la Septuagina, a la cual se habría referido Santiago. El cambio de las ropas inmundas de Josué por ropas de gala (podērē) simboliza la justificación por la fe. Por eso, el mendigo que llegó a la iglesia simultáneamente con el hombre de anillo de oro no era todavía un cristiano. No había recibido, hasta ese momento, las vestiduras de gala que simbolizan la justicia de Cristo.

Santiago reprendió a los cristianos primitivos por oprimir a los pobres (2:6). Al decirles: “Habéis afrentado al pobre”, Santiago empleó el tiempo verbal aoristo constatativo. La idea sugerida por este tiempo verbal es de que la opresión al pobre era más que una situación aislada. Estudios sociológicos de la época del Nuevo Testamento han revelado que muchos judíos consideraban al judaísmo como un impedimento para el progreso social en el mundo grecorromano. Por esa razón habrían abrazado con entusiasmo, la posibilidad de que un nuevo culto los liberara de las antiguas restricciones localistas del judaísmo. Gustaban de continuar fieles a los antiguos principios, vinculados a la comunidad de la fe, pero también apreciaban la perspectiva de progresar socialmente en la diáspora, un universo social que exigía continuas demostraciones de estatus. Santiago, probablemente, habría procurado contener esos excesos, recordándoles a los cristianos su responsabilidad social, y proponiéndoles que su estatus superior fuera demostrado, no a través de la ostentación, sino por la beneficencia.
Amar al prójimo

Santiago retoma la comparación entre pobres y ricos iniciada en 1:9-11, al utilizar la metáfora de la flor de la hierba para denunciar la naturaleza pasajera de los privilegios de los ricos. La temática social se presenta como una importante discusión en la cual el apóstol expresó toda su aprensión respecto de que la iglesia cristiana no fuera muy diferente de los muchos clubes sociales (collegia) existentes en el mundo romano, que funcionaban como lugar para banquetes, para demostraciones del estatus (con la atribución de los asientos honoríficos), y para la realización de funerales. Santiago deseaba que la iglesia cristiana fuera más que un club social. Quería que fuera un espacio para la convivencia fraternal y espiritual. Para eso, era necesario que las diferencias sociales quedaran reducidas al mínimo.

Al presentar su argumento respecto de la futilidad de hacer distinciones sociales, Santiago declaró que Dios había escogido a los pobres para que fueran ricos en la fe y herederos de su reino. La misteriosa expresión “ricos en fe” ha desafiado la imaginación de los intérpretes. Algunos piensan que los pobres eran “ricos en fe”, porque tenían mucha fe; otros, que eran ricos a los ojos de Dios; otros más, que recibirían las riquezas literales de Dios en ocasión del juicio; y, finalmente, que ellos ya disfrutaban, por la fe, de las riquezas que Dios había establecido para la humanidad. Cuando Santiago empleó en este pasaje (2:5) el mismo verbo “prometido” que ya había utilizado en 1:12, en relación al hombre bienaventurado, estableció un vínculo entre los pobres del capítulo 2 y el hombre bienaventurado del capítulo 1. Esto no debería sorprendernos ante la declaración de Jesús de que los pobres son, de hecho, bienaventurados.

El alcance del problema de la opresión al pobre en la iglesia apostólica, puede percibirse en el modo enfático con el que Pablo denunció abusos ocurridos durante la celebración de la Cena del Señor y los banquetes comunitarios en 1 Corintios 11:22. La ironía es que, aun hoy, como lo afirma Elena G. de White (Carta 66, 1901), los cristianos muchas veces oran para que Dios alimente a los hambrientos, pero fallan en actuar como su Mano ayudadora para aliviar su hambre. Además, otros contextos sociales favorecían que los visitantes, los interesados, o incluso los conversos, pudieran aprovecharse del ámbito congregacional para explotar a los menos privilegiados. Eso se daba, al menos, de tres modos: por medio del padrinazgo, del trabajo mal asalariado, y la esclavitud.

Toda la Ley

Santiago enumeró a sus lectores las principales razones por las que no debían tratar de manera diferenciada a los ricos, en detrimento de los pobres. Según él, los pobres, que son los verdaderos ricos (2:5), no eran los opresores de los cristianos (2:6), y no blasfemaban. El apóstol desafió a sus oyentes a practicar la “ley real”, que –en el contexto de los tribunales romanos– hacía referencia a las leyes romanas más antiguas. Eran las leyes más sagradas, a causa de su antigüedad y su supuesto origen divino. Estableció un contraste entre esa legislación tradicional y la Ley áurea de las Escrituras (Levítico 19:15, 18): “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (2:8). Algunos creen que Santiago estaba siendo irónico, apelando al respeto a una ley que no tenía mucha validez en términos cristianos. Sin embargo, su intención era didáctica. En 2:8, al decir “si en verdad cumplís la ley real”, el apóstol optó por una secuencia de palabras que nos remite al pasaje de 1:5, en la enfatizó que el hombre que practica la religión es aquél que se inclina ante la Ley perfecta. Esta expresión es nomos teleios. En 2:8, el apóstol declaró “si… cumplís la ley real” (nomon teleite basilikon). Como puede percibirse, el verbo “cumplir” (teleite) en 2:8 es un derivado de la palabra “perfecto” (teleion) en 1:25. La utilización de estas palabras del contexto legal es más que una mera coincidencia. Estos términos hacen que, en cierto modo, estos dos pasajes estén conectados. La preocupación social de Santiago se revela una vez más: practicar la religión es, por encima de todo, cuidar de los menos favorecidos. El texto de 2:8 aporta un sutil juego de palabras. La palabra “prójimo” (plēsios) suena de manera muy semejante a la palabra “rico” (plousios), utilizada en 2:5, 6. Es imposible que los oyentes de su carta, familiarizados con la lengua griega, no notaran esa semejanza. Santiago los exhortó entonces a amar al prójimo (plēsios), en vez de amar al rico (plousios), tal como ellos lo estaban haciendo.

Santiago retomó la discusión sobre la “acepción de personas” (prosōpolēmpsia) y la práctica de los preceptos cristianos, empleando en 2:9 la forma verbal equivalente al término griego que él ya había utilizado en 2:1, refiriéndose al favoritismo en beneficio de los ricos. Entonces, afirmó: “Si hacéis acepción de personas (prosōpolēmpteite), cometéis pecado, y quedáis convictos por la Ley como transgresores” (2:9). Esta declaración sirve como introducción a una de las más duras afirmaciones de Santiago: “Porque el que guarda toda la Ley, y ofende en un solo punto, es culpable (énochos) de todos” (2:10). La reputación de legalista que se le atribuye a Santiago se debe, en gran parte, a la incomprensión de este pasaje. El ser “culpable de todos” los puntos de la Ley no hace referencia a que un pecado sea mayor que otro, puesto que –al fin y al cabo– el propio Jesús le dijo a Pilato que quien lo había entregado a los romanos tenía mayor pecado que él (Juan 19:11). Ni tampoco significa que todo pecado merezca el mismo juicio (Romanos 2:6). Ahora bien, el buen sentido común no sugiere que matar es mucho peor que robar, aunque este acto también sea un grave pecado. Además, Mateo 23:14 muestra a Jesús reprendiendo a los que devoraban las casas de las viudas, amenazándolos con un juicio más severo que el reservado para otros pecados.

Juzgados por la Ley

En la época de Santiago, el contrato salarial de trabajo era generalmente concretado en desventaja para los menos privilegiados, siendo que el sistema jurídico de los romanos era acusativo y no inquisitivo. Esto significa que una persona tenía que denunciar a otra para que una indagación judicial quedara formalmente determinada para investigar los hechos. No había un interés de los gobernantes para garantizar justicia en las relaciones laborales de la época. Como lo demuestran ampliamente las Leyes, escrita por Cicerón en el siglo I a. C., la justicia romana determinaba que cada uno recibiera lo que le correspondían, pero el pensamiento aristocrático romano jamás concebiría que lo que le correspondía a un pobre fuere lo justo.

Finalmente, el pobre cristiano era todavía explotado por la esclavitud, la cual aún persistía en el seno de la iglesia sin despertar ninguna reacción negativa digna de destacar (tal como puede percibirse en el tratamiento banal que se le da en la epístola de Pablo a Filemón). Las desavenencias entre patrones y los subalternos, las quiebras en los contratos de trabajo y los casos de esclavos fugitivos, todo era razón para que se arrestara a los desposeídos y llevados a los tribunales (kritēria). Por nuestra parte, podemos alegrarnos de que seremos juzgados no solo en base a una Ley justa, sino especialmente nuestro caso será decidido por un “Juez justo”.

Consideraciones finales

Santiago no era legalista, y el versículo 2:10 no significa que exista un grado absoluto de perfección exigido a aquellos que se dicen cristianos. En primer lugar, esa seria declaración del apóstol fue hecha en el contexto de una reprensión vehemente hacia la indiferencia o la falta de consideración respecto de los más pobres, un tema muy significativo para Santiago. Por eso, no es de extrañar que enfatizara sus palabras. En segundo lugar, muy de acuerdo con su modo de parecer, Santiago hace una declaración más blanda, luego de una afirmación más dura. Los estudiosos de la Antigüedad denominan a este procedimiento de alternar declaraciones fuertes con afirmaciones más gentiles como psicagogia. Según ellos, este recurso era especialmente útil en la diatriba, aunque también fuera empleado en otros géneros literarios, especialmente en los textos exhortativos. Es la misma actitud del médico de endulzar la cuchara para que el niño reciba un medicamente de feo sabor sin rechazarlo.

Luego de que Santiago analizara la importancia de la observancia de la “Ley de la libertad” (nomos eleutherias), con un especial énfasis en los mandamientos de la esfera social (no adulterar y no matar), presentados en el orden con el que están en la Septuaginta, y de citar la necesidad de una coherencia entre el lenguaje y la vida cristiana, en 2:11, 12 vuelve a enfatizar la expectativa del juicio. Sin embargo, el final de esta sección incluye una nota de esperanza: “la misericordia triunfa sobre el juicio”.

Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

Salvo indicación en contrario, los versículos en este comentario fueron extraídos de la versión Nueva Reina Valera 2000, Sociedad Bíblica Emanuel.

En portugués, lengua original de este comentario, Gálatas 6:2 se vierte de este modo: Deus não recebe o rosto do homem”, lo que es consistente con la aseveración del autor. Las versiones en español lo hacen con menos literalidad, lo que facilita la comprensión general de lo afirmado por estos versículos.

En Santiago 1:21, el apóstol especificó que despojarse de esa clase de vestimenta es parte de los requisitos para que el hombre rápido para oír y lento para hablar reciba la Palabra implantada.

Además, Santiago reprendió a los miembros en 2:3 por dirigirse a los ricos con las obsequiosas palabras “por favor” (kalòs). En español varias versiones prefieren traducir kalòs como “buen lugar” u “lugar cómodo” puesto que, de hecho, la palabra es un adverbio que significa, simplemente, “bueno”. No obstante, coloquialmente, también tenía el sentido de “por favor”. En 2:8, el apóstol afirmó: “Si cumplís la ley real… bien hacéis”. La última expresión es kalòs poeite y, nuevamente, se puede percibir la conexión entre los dos pasajes. En Santiago 2:8, kalòs se traduce como “bueno”, lo cual es su sentido más común. Santiago insiste en que los miembros actúen “bien” (kalòs) al no volverse demasiado obsecuentes en relación a los ricos a punto tal de reservarles todas las atenciones, aun cuando éstas se resuman en un simple “por favor” (kalòs). No era la atención a los ricos lo que le incomodaba a Santiago, sino el contraste entre ésta y la desconsideración a los menos favorecidos.

Nótese que la traducción “culpable” (en vez de “convicto”) suaviza un poco la declaración.

Literalmente, Santiago dijo: “La misericordia se burla del juicio”.