El bautismo


Por medio del bautismo confesamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida. De este modo reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestro recibimiento del Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua, y depende de una afirma­ción de fe en Jesús y de la evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñan­zas (Romanos 6:1-6; Colosenses 2:12, 13; Hechos 16:30-33; 22:16; 2:38; Mateo 28:19-20).
NYANGWIRA, UNA CREYENTE QUE VIVÍA EN ÁFRICA CENTRAL, no con­sideraba que el bautismo fuese simplemente una opción. Durante más de un año había estado estudiando atentamente la Biblia. Anhelaba llegar a ser cristiana.
Una tarde compartió con su esposo lo que había aprendido. Muy ofendido, el hombre dijo a gritos: "¡No quiero que en mi hogar haya esta clase de religión, y si sigues estudiando te mataré!"
A pesar de esta reacción aplastante, Nyangwira continuó estudiando y pronto estuvo lista para el bautismo. Antes de salir al servicio bautismal, Nyangwira se arrodilló respetuosamente ante su esposo y le dijo que iba a ser bautizada. El hombre tomó su gran cuchillo de caza y vociferó: "¡Te dije que no quiero que te bautices! ¡El día que lo hagas, te mataré!
Pero Nyangwira, determinada a seguir a su Señor, salió con las amenazas de su esposo resonando todavía en sus oídos.
Antes de entrar en el agua, confesó sus pecados y dedicó su vida a su Salvador, sin saber si ese mismo día le tocaría también entregar su vida por el Señor. La paz llenó su corazón durante su bautismo.
Cuando volvió al hogar, tomó el cuchillo de caza y se lo llevó a su esposo.
—¿Has sido bautizada? —preguntó este, airado.
—Sí —replicó simplemente Nyangwira— . Aquí está el cuchillo.
—¿Estás lista para recibir la muerte?
—Sí, lo estoy.
Asombrado ante el valor de Nyangwira, el esposo dejó de sentir el deseo de matarla.
¿Cuán importante es el bautismo?
¿Vale la pena arriesgar la vida por bautizarse? ¿Es cierto que Dios requiere el bautismo? ¿Depende la salvación de si somos o no bautizados?
El ejemplo de Jesús. Cierto día, Jesús salió del taller de carpintería de Nazaret, se despidió de sus familiares, y se dirigió al Jordán donde su primo Juan es­taba predicando. Acercándose a Juan, pidió ser bautizado.
Asombrado, el Bautista procuró disuadirlo, diciendo: "Yo necesito ser bauti­zado por ti, ¿y tú vienes a mí?"
"Pero Jesús le respondió: deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia" (Mateo 3:13-15).
El bautismo de Jesús le impartió a esta ordenanza la aprobación divina para siempre (Mateo 3:13-17; compárese con 21:25). El bautismo constituye un aspecto de la justicia en el cual todos pueden participar. Así como Cristo, el Ser sin peca­do, fue bautizado para cumplir "toda justicia", también nosotros, que somos pe­cadores, debemos hacer lo mismo.
El mandamiento de Jesús. Al fin de su ministerio, Cristo mandó a sus discí­pulos: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mateo 28:19-20).
En esta comisión, Cristo dejó en claro que él requiere el bautismo de los que desean llegar a ser parte de su iglesia, su reino espiritual. A medida que el Espíritu Santo, por medio del ministerio de los discípulos, traía a los pe­cadores al arrepentimiento y los llevaba a aceptar a Jesús como su Salvador, estos debían ser bautizados en el nombre del Dios triuno. Su bautismo demostraría que habían entrado en una relación personal con Cristo y que estaban decididos a vivir en armonía con los principios de su reino de gracia. Cristo concluyó su mandamiento relativo al bautismo con la siguiente pro­mesa solemne: "Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".
Después de la ascensión de Cristo, los apóstoles proclamaron la necesidad y urgencia del bautismo (Hechos 2:38; 10:48; 22:16). En respuesta, multitudes fue­ron bautizadas, formando la iglesia del Nuevo Testamento (Hechos 2:41, 47; 8:12) y aceptando la autoridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El bautismo y la salvación. Cristo enseñó que "el que creyere y fuere bautizado, será salvo" (Marcos 16:16). En la iglesia apostólica, el bautismo se­guía automáticamente a la aceptación de Cristo. Constituía una confirma­ción de la fe del nuevo creyente (ver Hechos 8:12; 16:30-34).
Pedro usó la experiencia de Noé durante el diluvio para ilustrar la relación que existe entre el bautismo y la salvación. En los tiempos antediluvianos, el pe­cado había alcanzado tales proporciones que, por medio de Noé, Dios amonestó al mundo para que se arrepintiera, o si no sería destruido. Solo ocho personas creyeron, entraron en el arca y "fueron salvadas por agua". "El bautismo que corresponde a esto —continua diciendo Pedro— ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo" (1 Pedro 3:20, 21).
Pedro explica que somos salvados por el bautismo, así como Noé y su familia fueron salvados por medio del agua. Por supuesto, fue Dios, y no las aguas del Diluvio, quien salvó a Noé. Por analogía, es la sangre de Cristo, y no el agua del bautismo, lo que quita el pecado del creyente. "Pero el bautismo, tal como la obe­diencia [de Noé] manifestada al entrar en el arca, es 'la aspiración de una buena conciencia hacia Dios'. Cuando el hombre, por el poder de Dios demuestra 'la aspiración, la salvación que provee 'la resurrección de Jesucristo' se hace efectiva”.
Sin embargo, si bien el bautismo se halla unido vitalmente a la salvación, no la garantiza. Pablo consideraba que la experiencia de Israel en el Éxodo era una re­presentación simbólica del bautismo. "Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual". "Sumergidos" en agua —la nube arriba y el agua a cada lado—, los hijos de Israel fueron simbólica­mente bautizados al pasar por el Mar Rojo. Sin embargo, a pesar de esta vivencia, "de los más de ellos no se agradó Dios" (1 Corintios 10:1-5). Así también hoy, el bautismo no asegura automáticamente la salvación. La experiencia de Israel fue escrita "para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así, el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 Corintios 10:11, 12).
"Un bautismo"
La administración del bautismo varía en el mundo cristiano: Algunos usan la inmersión, es decir, se sumergen; otros, la aspersión o rociamiento; y aun otros, el derramamiento. Característica de la unidad que el Espíritu produce en la iglesia de Dios es la práctica de "un bautismo" (Efesios 4:5). ¿Qué revela la Biblia acerca del significado del término bautizar, acerca de la práctica misma y de su significado espiritual?
El significado de la palabra 'bautizar". La palabra española bautizar viene del verbo griego baptizo, el cual implica inmersión, y que se deriva del verbo bapto, que significa "sumergir en algo o bajo algo". Cuando el verbo bautizar se refiere al bautismo en agua, implica la idea de inmersión, es decir, el acto de sumergir a una persona bajo el agua.
En el Nuevo Testamento, el verbo bautizar se usa (1) para referirse al bautismo por agua (por ejemplo, Mateo 3:6; Marcos 1:9; Hechos 2:41); (2) como una metáfora de los sufrimientos y la muerte de Cristo (Mateo 20:22, 23; Marcos 10:38, 39; Lucas 12:50); (3) para referirse a la venida del Espíritu Santo (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33; Hechos 1:5; 11:16); y (4) para las abluciones o el lavamiento ritual de las manos (Marcos 7:3,4; Lucas 11:38). Este cuarto uso simplemente denota los lavamientos des­tinados a limpiar de impurezas ceremoniales, y no legitimiza el bautismo por de­rramamiento de agua. La Escritura usa el sustantivo bautismo tanto para referirse al bautismo por agua como a la muerte de Cristo (Mateo 3:7; 20:22).
J. K. Howard observa que el Nuevo Testamento no ofrece "ninguna evidencia de que el rociamiento fuese alguna vez una práctica apostólica; en verdad, la evidencia apunta en su totalidad al hecho de que esta práctica fue una introduc­ción posterior".
El bautismo en el Nuevo Testamento. Los incidentes de bautismo por agua que presenta el Nuevo Testamento, requerían la inmersión. Leemos que Juan bautizaba en el río Jordán (Mateo 3:6; compárese con Marcos 1:5) y "también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas" (Juan 3:23). Únicamente la inmersión requiere "muchas aguas".
Juan sumergió a Jesús. Bautizó a Jesús "en el Jordán" y después del bautismo Jesús "subía del agua" (Marcos 1:9,10; compárese con Marcos 3:16).
La iglesia apostólica también bautizaba por inmersión. Cuando Felipe el evangelista bautizó al eunuco etíope, "descendieron ambos al agua" y luego "subieron del agua" (Hechos 8:38, 39).
El bautismo en la historia. Antes de la era cristiana, los judíos bautizaban a sus prosélitos por inmersión. Los esenios de Qumran seguían la práctica de sumergir tanto a los miembros como a los conversos.
La evidencia proveniente de las escenas pintadas en catacumbas e iglesias, de los mosaicos de pisos, paredes y cielos rasos, de esculturas en relieve y de ilus­traciones de antiguos Nuevos Testamentos, "provee un testimonio abrumador de que la inmersión constituía el modo normal de bautismo en la iglesia cristia­na durante los primeros diez a catorce siglos". Los bautisterios que perduran en las antiguas catedrales, iglesias y ruinas de África del Norte, Turquía, Italia, Francia y otros lugares, aún testifican respecto de la antigüedad de esta práctica.
El significado del bautismo
El significado del bautismo se halla íntimamente relacionado con la modali­dad del mismo. Alfred Plummer declara: "El pleno significado del bautismo se advierte únicamente cuando se lo administra por inmersión".
Símbolo de la muerte y resurrección de Cristo. De la manera como el hecho de ser cubierto por el agua simbolizaba dificultades y aflicciones abrumadoras (Salmo 42:7; 69:2; 124:4, 5), así también el bautismo por agua de Jesús representaba una profecía de sus sufrimientos, muerte y sepultura (Marcos 10:38; Lucas 12:50), y su salida del agua representaba su resurrección subsiguiente (Romanos 6:3-5).
El bautismo no habría tenido ningún significado como un símbolo de la pa­sión de Cristo "si la iglesia apostólica hubiese practicado un modo de bautismo distinto de la inmersión". Por lo tanto, "el argumento más firme a favor del bau­tismo por inmersión es de índole teológica".
Símbolo de estar muerto al pecado y vivo para Dios. En el bautismo, los creyentes comparten la experiencia de la pasión de nuestro Señor. Pablo dijo: "¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos... así también nosotros andemos en vida nueva" (Romanos 6:3, 4).
La intimidad de la relación que existe entre Cristo y el creyente, se revela en expresiones como "bautizados en Cristo Jesús", "bautizados en su muerte", y "se­pultados juntamente con él para muerte por el bautismo". Howard apunta: "En el acto simbólico del bautismo, el creyente entra en la muerte de Cristo, y en un sentido real esa muerte llega a ser su muerte; entra además en la resurrección de Cristo, y esa resurrección se convierte en su resurrección". ¿Qué implica la idea de que el creyente entra en la pasión de nuestro Señor?

  1. Muerte al pecado. En el bautismo, los creyentes "fuimos plantados junta­mente con él en la semejanza de su muerte" (Romanos 6:5) y estamos "con Cristo... juntamente" crucificados (Gálatas 2:20). Esto significa que "nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justifica­do del pecado" (Romanos 6:6-8).

Los creyentes han renunciado a su antiguo modo de vivir. Están muertos al pecado y confirman que "las cosas viejas pasaron" (2 Corintios 5:17), y que ahora sus vidas están escondidas con Cristo en Dios. El bautismo simboliza la cruci­fixión de la vida antigua. No es solo muerte sino también sepultura. Somos "sepultados con él en el bautismo" (Colosenses 2:12). Así como la sepultura sigue a la muerte de un individuo, del mismo modo cuando el creyente desciende a la tumba líquida, la vida antigua que murió cuando el aceptó a Jesucristo, es sepultada.
En el bautismo, los creyentes renuncian al mundo. En obediencia al mandato: "Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo" (2 Corintios 6:17), los candidatos testifican en público de que han abandonado el servicio de Satanás y han recibido a Cristo en su vida.
En la iglesia apostólica, el llamado al arrepentimiento incluía el llamado al bautismo (Hechos 2:38). Así pues, el bautismo también es evidencia del verdadero arrepentimiento. Los creyentes mueren a sus transgresiones de la ley y obtienen el perdón de los pecados por medio de la sangre purificadora de Jesucristo. La ceremonia bautismal es una demostración de una limpieza interior, del lava­miento de los pecados que han sido confesados.

  1. Vivos para Dios. El poder que Cristo tiene para resucitar actúa en nuestras vidas. Nos capacita para caminar en novedad de vida (Romanos 6:4); ahora estamos muertos al pecado, "pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Romanos 6:11). Testificamos que la única esperanza de vivir una vida victoriosa sobre la antigua naturaleza descansa en la gracia de un Salvador resucitado, el cual ha provisto para nosotros una nueva vida espiritual por medio del poder vigorizan­te del Espíritu Santo. Esta nueva vida nos eleva a un nivel más elevado en la experien­cia humana, concediéndonos nuevos valores, aspiraciones y deseos, centrados en nuestra entrega a Jesucristo. Somos nuevos discípulos de nuestro Salvador, y el bautismo es la señal de nuestro discipulado.

Símbolo de una relación contractual. En los tiempos del Antiguo Testa­mento, la circuncisión marcaba la relación contractual existente entre Dios y Abraham (Génesis 17:1-11).
El pacto de Abraham tenía aspectos tanto espirituales como nacionales. La circuncisión constituía una marca de identidad nacional. El mismo Abraham y todos los varones de su familia mayores de ocho días, tuvieron que ser circunci­dados (Génesis 17:10-14; versículos 25-27). Cualquier varón no circuncidado debía ser "cortado" del pueblo de Dios, porque había quebrantado el pacto (Génesis 17:14).
El hecho de que el pacto fue realizado entre Dios y Abraham, un adulto, reve­la su dimensión espiritual. La circuncisión de Abraham significaba y confirmaba su previa experiencia de justificación por fe. Su circuncisión era un "sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso" (Romanos 4:11).
Pero la circuncisión sola no garantizaba la entrada a la verdadera dimensión espiritual del contrato. Frecuentemente los mensajeros de Dios advertían que lo único que podía llenar el requisito era la circuncisión espiritual. "Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz" (Deuteronomio 10:16; ver el capítulo 30:6; Jeremías 4:4). Los incircuncisos de corazón serían castigados junto con los gentiles (ver Jeremías 9:25, 26).
Cuando los judíos rechazaron a Jesús como el Mesías, quebrantaron su relación contractual con Dios, terminando así su situación especial como su pue­blo escogido (Daniel 9:24-27; ver el capítulo 4 de esta obra). Si bien es cierto que el pacto y las promesas de Dios permanecieron iguales, él escogió un nuevo pueblo. El Israel espiritual reemplazó a la nación judía (Gálatas 3:27-29; 6:15,16).
La muerte de Cristo ratificó el nuevo pacto. Los creyentes entran en este pac­to a través de la circuncisión espiritual, que constituye una respuesta de fe en la muerte expiatoria de Jesús. Los cristianos poseen "el evangelio de la incircuncisión" (Gálatas 2:7). El nuevo pacto requiere una "fe interior" y no un "rito exterior", de los que desean pertenecer al Israel espiritual. Un individuo puede ser judío por su nacimiento; pero solo se puede llegar a ser cristiano a través del nuevo nacimiento. "Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor" (Gálatas 5:6). Lo que importa es "la circunci­sión... del corazón, en espíritu" (Romanos 2:28, 29).
El bautismo, la señal de que se ha establecido una relación salvadora con Je­sús, representa esta circuncisión espiritual. "En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le le­vantó de los muertos" (Colosenses 2:11, 12).
"Habiéndole sido quitado el 'cuerpo de carne' por medio de la circuncisión espiritual realizada por Jesús, el creyente bautizado ahora se reviste 'de Cristo' y entra en la relación contractual con Cristo. Como resultado, pasa a compartir el linaje de los que recibirán el cumplimiento de las promesas del pacto". "Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos... y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gálatas 3:27-29). Los que han entrado en esta relación contractual, se hacen acreedores a la seguridad que Dios expresa al decir: "Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Jeremías 31:33).
Símbolo de consagración al servicio de Cristo. En su bautismo, Jesús recibió un derramamiento especial del Espíritu Santo, el cual significaba su un­gimiento o dedicación a la misión que su Padre le había asignado (Mateo 3:13-17; Hechos 10:38). Su experiencia revela que el bautismo de agua y el bautismo del Espíritu van juntos, y que un bautismo desprovisto de la recepción del Espíritu Santo es incompleto.
En la iglesia apostólica, el derramamiento del Espíritu Santo seguía en gene­ral al bautismo de agua. Así también hoy, cuando somos bautizados en el nom­bre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, somos dedicados, consagrados y unidos con los tres grandes poderes del cielo, y con la predicación del evangelio eterno.
Al purificar de pecado nuestros corazones, el Espíritu Santo nos prepara para este ministerio. Juan declaró que Jesús "os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3:11). Isaías reveló que Dios limpiaría a su pueblo de sus impurezas "con espíritu de juicio y con espíritu de devastación" (Isaías 4:4).
"Limpiaré hasta lo más puro tus escorias —dice Dios—, y quitaré toda tu impureza" (Isaías 1:25). "Nuestro Dios es fuego consumidor" para el pecado (Hebreos 12:29) y para con todos los que se entregan a él. El Espíritu Santo purificará sus corazones y consumirá sus pecados.
Luego de ello, el Espíritu Santo les concede sus dones. Los dones del Espíritu son "una dote divina especial, concedida en el momento del bautismo, para per­mitir que el creyente sirva a la iglesia y extienda su ministerio a los que todavía no han aceptado a Jesucristo". El bautismo del Espíritu Santo le concedió a la iglesia primitiva el poder para testificar (Hechos 1:5, 8), y será únicamente ese mismo bautismo el que le permita a la iglesia completar su misión de proclamar el evangelio eterno del reino (Mateo 24:14; Apocalipsis 14:6).
Símbolo de entrada a la iglesia. Como señal de la regeneración o nuevo nacimiento de una persona (Juan 3:3, 5), el bautismo también marca la entrada de dicho individuo al reino espiritual de Cristo. Por cuanto une al nuevo cre­yente con Cristo, siempre funciona como la puerta de entrada a la iglesia. Por medio del bautismo, el Señor añade los nuevos discípulos al cuerpo de creyen­tes —su cuerpo, la iglesia (Hechos 2:41, 47; 1 Corintios 12:13). Entonces llegan a ser miembros de la familia de Dios. Uno no puede ser bautizado sin unirse a la familia de la iglesia.
Requisitos para el bautismo
La Escritura compara la relación que existe entre Cristo y su iglesia con el matrimonio. En el matrimonio, ambos contrayentes deben saber muy bien las responsabilidades y compromisos que implica esta relación. Los que desean el bautismo deben revelar en sus vidas la fe, el arrepentimiento y los frutos del arrepentimiento, así como la comprensión del significado del bautismo y de la relación espiritual subsecuente.
Fe. Un prerrequisito del bautismo es la fe en que el sacrificio expiatorio de Jesús constituye el único medio de salvación del pecado. Cristo dijo: "El que cre­yere y fuere bautizado, será salvo" (Marcos 16:16). En la iglesia apostólica, única­mente los que creían en el evangelio eran bautizados (Hechos 8:12, 36, 37; 18:8).
Por cuanto "la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios" (Romanos 10:17), la instrucción es una parte esencial de la preparación bautismal. La gran comisión de Cristo confirma la importancia de dicha instrucción: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he manda­do" (Mateo 28:19, 20). El proceso de convertirse en discípulo implica instrucción minuciosa.
Arrepentimiento. "Arrepentíos —proclamó Pedro—, y bautícese cada uno de vosotros" (Hechos 2:38). La instrucción en la Palabra de Dios produce no solo fe, sino también arrepentimiento y conversión. En respuesta al llamado de Dios, el pecador ve su condición perdida, confiesa su pecaminosidad, se somete a Dios, se arrepiente de su pecado, acepta la expiación de Cristo, y se consagra a una nueva vida en el Salvador. Sin la conversión, no puede entrar en una relación personal con Jesucristo. Únicamente por medio del arrepentimiento puede experimentar la muerte al pecado, lo cual constituye un prerrequisito para el bautismo.
Frutos de arrepentimiento. Los que desean el bautismo deben profesar fe y experimentar arrepentimiento. Pero a menos que hagan también "frutos dignos de arrepentimiento" (Mateo 3:8), no habrán cumplido con los requisitos bíblicos para el bautismo. Sus vidas debieran demostrar su entrega a la verdad tal como es en Jesús, y expresar su amor a Dios por medio de la obediencia a sus mandamientos. Al prepararse para el bautismo debieran haber abandonado sus creencias y prácticas erróneas. Los frutos del Espíritu que se manifiesten en sus vidas revelarán que el Señor mora en ellos y ellos en él (Juan 15:1-8). A menos que den esta evidencia de su relación con Cristo, todavía no están listos para unirse a la iglesia.
Examen de los candidatos. El acto de llegar a ser miembro de iglesia implica dar un paso espiritual; no es simplemente asunto de tener nuestro nombre regis­trado en un libro. Los que administran el bautismo son responsables de determi­nar si los candidatos están listos para dar el paso. Deben asegurarse de que el candidato comprende los principios de la iglesia, y da evidencias de una nueva creación y una experiencia gozosa en el Señor Jesús.
Sin embargo, deben ser cuidadosos de no juzgar los motivos de los que piden el bautismo. “Cuando un individuo se presenta como candidato a miembro de la iglesia, debemos examinar el fruto de su vida, y dejar con él mismo la responsa­bilidad de su motivo”.
Algunos individuos han sido enterrados vivos en el agua bautismal. El yo no murió. Los tales no recibieron una nueva vida en Cristo. Los que se han unido a la iglesia de este modo, han traído con ellos las semillas de la debilidad y de la apostasía. Su influencia “no santificada” confunde tanto a los que están dentro como los que se hallan fuera de la iglesia, y pone en peligro la efectividad de su testimonio.
¿Debieran ser bautizados los niños y los recién nacidos? El bautismo in­corpora a los nuevos creyentes a la iglesia, dentro del contexto del “nuevo naci­miento”. Su conversión los ha hecho dignos de recibir el bautismo y llegar a ser miembros de la iglesia. La incorporación tiene lugar en el momento del “nuevo nacimiento” y no en el nacimiento del infante. Es por esto que los creyentes eran bautizados “hombres y mujeres” (Hechos 8:12, 13, 29-38; 9:17, 18; 1 Corintios 1:14). “En ninguna parte del Nuevo Testamento —admitió Karl Barth—, se permite o se manda que se bautice a los infantes”. G. R. Beasley-Murray confesó: “Me hallo incapaz de reconocer en el bautismo de los infantes el bautismo de la iglesia del Nuevo Testamento”.
Por cuanto los infantes y los niños pequeños no pueden experimentar la con­versión, no se los puede bautizar. ¿Significa esto que se verán excluidos de la co­munidad del nuevo pacto? ¡Por cierto que no! Jesús no los excluyó de su reino de gracia. ‘Dejad a los niños venir a mí, y nos se lo impidáis —mandó el Señor—; porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14, 15). Los padres creyentes cumplen un papel vital al conducir a sus niños a una relación con Cristo que finalmente los lleve al bautismo.
La respuesta positiva de Jesús a las madres que llevaban a sus hijitos a él para que los bendijera, ha llevado a la práctica de la dedicación de los niños. Para este servicio, los padres llevan sus hijos a la iglesia para que sean presentados o dedi­cados a Dios.
¿A qué edad debiera una persona estar lista para el bautismo? Los individuos pueden ser bautizados (1) si tienen edad suficiente para comprender el significa­do del bautismo, (2) si se han entregado a Cristo y están convertidos, (3) si com­prenden los principios fundamentales del cristianismo, y (4) si entienden el sig­nificado de ser miembros de la iglesia. Una persona hace peligrar su salvación únicamente si al llegar a la edad de la responsabilidad personal rechaza la in­fluencia del Espíritu Santo.
Por cuanto los individuos difieren en cuanto a su madurez espiritual a una edad determinada, algunos están listos para el bautismo antes que otros. Por eso no podemos establecer ninguna edad mínima para el bautismo. Cuando los padres consienten que sus hijos sean bautizados a una edad temprana, deben aceptar la responsabilidad que les corresponde por su crecimiento espiritual y desarrollo del carácter.
El fruto del bautismo
El fruto preeminente que produce el bautismo es una vida por Cristo. Los propósitos y aspiraciones están enfocados en Cristo y no en el yo. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sen­tado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1, 2). El bautismo no constituye la mayor altura que puede alcan­zar el cristiano. A medida que crecemos espiritualmente, adquirimos gracias cristianas para usarlas en el servicio a otros, siguiendo el plan divino de multi­plicación: ‘Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” (2 Pedro 1:2). Si permanecemos fielmente entregados a nuestros votos bautismales, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en cuyo nom­bre hemos sido bautizados, garantizan que tendremos acceso al poder divino para socorrernos en cualquier emergencia que enfrentamos en la vida postbautismal.
El segundo fruto es una vida que se vive en beneficio de la iglesia de Cristo. Ya no somos individuos aislados; nos hemos convertido en miembros de la iglesia de Cristo. Como piedras vivas, pasamos a formar parte del templo de Dios (1 Pedro 2:2-5). Mantenemos una relación especial con Cristo, la Cabeza de la iglesia, del cual recibimos una provisión cotidiana de gracia para crecer y desarrollarnos en amor (Efesios 4:16). Asumimos responsabilidades dentro de la comunidad del pacto, cuyos miembros se consideran responsables del nuevo bautizado (1 Corintios 12:12­26). Por su propio bien, así como por el de la iglesia, los nuevos miembros deben involucrarse en una vida de adoración, oración y servicio de amor (Efesios 4:12).
El fruto ulterior es una vida que se vive en el mundo y por el mundo. Es cierto que los que hemos sido bautizados tenemos nuestra ciudadanía en el cielo (Filipenses 3:20). Pero hemos sido llamados a salir del mundo únicamente con el fin de ser preparados en el cuerpo de Cristo para volver al mundo como siervos, partici­pando en el ministerio salvador de Jesús. Los verdaderos discípulos no se refu­gian en la iglesia con el fin de desconectarse del mundo; nacemos en el reino de Cristo como misioneros. La fidelidad a nuestro pacto bautismal envuelve el acto de llevar a otros al reino de la gracia.
En nuestros días Dios espera ansioso que entremos en la vida abundante que tan misericordiosamente ha provisto. “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Leván­tate y bautízate y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16).


Referencias
S. M. Samuel, “A Brave African Wife” (Una valiente esposa africana), Review and Herald, 14 de febrero de 1963, p. 19.

Una ordenanza es una observancia o rito religioso simbólico establecido que proclama las ver­dades centrales del evangelio y que es de obligación universal y perpetua. Cristo prescribió dos ordenanzas: el bautismo y la Cena del Señor. Una ordenanza no es un sacramento en el sentido de ser un opus operatum, es decir, un hecho que imparte gracia y efectúa salvación en sí mismo y por sí mismo. El bautismo y la Cena del Señor son sacramentos únicamente en el sentido de ser como el sacramentum, el juramento que prestaban los soldados romanos, comprometién­dose a obedecer a su comandante aun hasta la muerte. Estas ordenanzas implican un voto de lealtad total a Cristo. Ver Strong, Systematic Theology (Filadelfia, PA: Judson Press, 1954), p. 930; “Baptism”, SDA Encyclopedia, ed. revisada, pp. 128,129).

Jemison, Christian Beliefs (Creencias cristianas), p. 244.

“Desde el comienzo, los adventistas del séptimo día, en común con su herencia protestante, han rechazado cualquier concepto del bautismo como un opus operatum, esto es, un acto, en sí y por sí, que imparte gracia y efectúa salvación” (“Baptism”, SDA Encyclopedia, ed. rev., p. 128).

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 735.

En ocasiones, ciertos individuos que han experimentado el bautismo por inmersión se sienten bajo la convicción de que deben ser rebautizados. ¿Está este deseo en conflicto con el aserto de Pablo según el cual hay solo “un bautismo” (Efesios 4:5)? La práctica de Pablo revela que no es así. En una visita a Efeso, se encontró con varios discípulos que habían sido bautizados por Juan el Bautista, quienes habían experimentado arrepentimiento y expresado su fe en el Me­sías venidero (Hechos 19:1-5).
Esos discípulos no comprendían claramente el evangelio. “Cuando recibieron el bautismo a manos de Juan, creían en serios errores. Pero al recibir luz más clara, aceptaron gozosos a Cristo como su redentor; y con este paso avanzado, vino también un cambio en sus obliga­ciones. Al recibir una fe más pura, hubo un cambio correspondiente en su vida y carácter. En vista de este cambio, y como un reconocimiento de su fe en Cristo, fueron rebautizados en el nombre de Jesús.
Más de un sincero seguidor de Cristo ha pasado por una experiencia similar. La obtención de una comprensión más clara de la voluntad de Dios, coloca al hombre en una nueva reía- ción con él. Se revelan nuevos deberes. Mucho de lo que antes parecía ser inocente, o hasta digno de encomio, se percibe ahora como pecaminoso... Su bautismo anterior ya no lo satis­face. Ha visto que es un pecador, condenado por la ley de Dios. Ha experimentado nueva­mente una muerte al pecado, y desea ser sepultado de nuevo con Cristo por el bautismo, con el fin de levantarse para caminar en novedad de vida. Esta conducta está en armonía con el ejemplo que dio Pablo al bautizar a los conversos judíos. Ese incidente fue registrado por el Espíritu Santo como una lección instructiva para la iglesia.” (Elena G. de White, Sketches From the Life of Paul [Bosquejos de la vida de Pablo] (Battle Creek, Michigan: Review and Herald, 1883), pp. 132,133; ver también Manual de la iglesia (Asociación Publicadora Inte­ramericana, 2001), ed. rev., p. 42.
La Escritura no dice nada que permita negarles el rebautismo a los individuos que han quebrantado su pacto con Dios al caer en graves pecados o apostasía, y luego han experimen­tado la reconversión y el deseo de renovar su pacto (ver Manual de la iglesia, pp. 31-35, 43; Elena G. de White, El evangelismo, p. 375).

Ver Albrecht Oepke, “Bapto, Baptizo”, Theological Dictionary of the New Testament, Gerhard Kittel, editor, trad. Geoffrey W. Bromily (Grand Rapids, Michigan; W. B. Eerdmans, 1964), tomo 1, p. 529. Vine hace notar que Bapto “se usaba entre los griegos para significar el acto de teñir ropa, o de sacar agua sumergiendo una vasija en otra, etc.” (W. E. Vine, An Expository Dic­tionary of Biblical Words (Diccionario expositivo de términos bíblicos) (Nueva York, N. Y: Thomas Nelson, 1985), p. 50. “Sumergir” aparece tres veces en el Nuevo Testamento, y en cada caso refleja el significado de “hundir en el agua”. En la parábola del rico y Lázaro, el rico le pide a Abraham que le permita a Lázaro sumergir la punta de su dedo en agua fría y traer­le una gota para mojar su lengua (Lucas 16:24). En la noche antes de la crucifixión, Jesús identificó al que lo traicionaría mojando un bocado —es decir, introduciéndolo en el líqui­do— y entregándoselo a Judas (Juan 13:26). Y cuando Juan vio en visión a Jesús cabalgando como el Comandante de los ejércitos del cielo, las vestiduras de Jesús le parecían al profeta como si hubiesen sido teñidas —es decir, sumergidas— en sangre (Apocalipsis 19:13).

George E. Rice, “Baptism: Union With Christ” (El bautismo: la unión con Cristo), Ministry, mayo de 1982, p. 20.

Ver Albretch Oepke, “Bapto, Baptizo”, en Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento], t. 1, p. 535. Compárese con Arndt y Gingrich, Greek-English Lexicon of the New Testament [Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento], p. 131.

J. K. Howard, New Testament Baptism [El bautismo del Nuevo Testamento] (Londres: Picke­ring & Inglis Ltd., 1970), p. 48.

La cursiva es nuestra.

Matthew Black, The Scrolls and Christian Origins [Los rollos y los orígenes cristianos] (Nue­va York: Charles Scribner’s Sons, 1961), pp. 96-98. Ver también el artículo “Bautismo”, Dic­cionario bíblico adventista, pp. 145, 146.

G. E. Rice, “Baptism in the Early Church” [El bautismo en la iglesia primitiva], Ministry, marzo de 1981, p. 22. Compárese con Henry F. Brown, Baptism Through the Centuries [El bautismo a través de los siglos] (Mountain View, California: Pacific Press, 1965); William L. Lampkin, A History of Immersion [Historia de la inmersión] (Nashville, Tennessee: Broad- man Press, 1962); Woldred N. Cotte, The Archeology of Baptism [La arqueología del bautis­mo] (Londres: Yates and Alexander, 1876).

Brown, Baptism Through the Centuries, pp. 49-90.

Alfred Plummer, A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel According to S. Luke, The International Critical Commentary, Samuel R. Driver, ed., et al, 5ª. ed. (Edimburgo: T. and T. Clark, reimpresión de 1981), p. 88.

“Baptism", SDA Encyclopedia, ed. rev., p. 128.

Howard, New Testament Baptism, p. 69.

G. E. Rice, “Baptism: Union With Christ”, Ministry, mayo de 1982, p. 21.

Gottfried Oosterwal, “Every Member a Minister? From Baptism to a Theological Base” [¿Cada miembro un ministro? Del bautismo a una base teológica], Ministry, febrero de 1980, pp. 4-7. Ver también Rex D. Edwards, “Baptism as Ordination” [El bautismo como ordenación], Ministry, agosto de 1983, pp. 4-6.

Elena G. de White, Comentario bíblico adventista, tomo 6, pp. 1074,1075.

Si hay requisitos para el bautismo, ¿cómo puede uno ser “bautizado por los muertos”? La siguiente interpretación preserva la armonía del mensaje bíblico:
En 1 Corintios 15, Pablo hace énfasis en el significado de la resurrección de los muertos, y rechaza la noción de que no hay resurrección. Muestra que si no hay resurrección, la fe del creyente es vana e inútil (1 Corintios 15:14, 17). Siguiendo el mismo razonamiento, argumenta: “¿Qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resuci­tan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Corintios 15:29).
Algunos han interpretado la expresión “se bautizan por los muertos” como una referen­cia al bautismo vicario de los creyentes en favor de los muertos. A la luz de los requisitos bíblicos para el bautismo, no se puede mantener tal concepto. W. Robertson Nicoll señala que Pablo se estaba refiriendo a una “experiencia normal, que la muerte de los cristianos lleva a la conversión de los sobrevivientes, los cuales en primera instancia ‘por cariño a los muertos' (sus amados que han muerto), y en la esperanza de reunirse con ellos, se vuelven a Cristo". Pablo llama a tales conversos “los que se bautizan por los muertos”. “La esperanza de una bendición futura, uniéndose a los afectos y amistades familiares, era uno de los factores más poderosos en el avance de la cristiandad en sus primeros días” (W. Robertson Nicoll, ed. The Expositors Greek Testament [El testamento griego del expositor] (Grand Rapids, Michi­gan: W. B. Eerdmans, 1956), tomo 2, p. 931. M. Raeder señala que la preposición “por” [húper en griego] en la expresión “se bautizan por los muertos” es una proposición de propósito. Esto significa que el bautismo al cual se alude era “por causa de” o "por respeto a" los muertos, teniendo el propósito de verse reunidos en la resurrección con los parientes cristianos que habían muerto” [M. Raeder, “Vikariatstaufe in 1 K. 15:29?” Zeischriftfur die Neutestament- liche Wissenschaft, 45 (1955), pp. 258-260, citado por Haroldo Rieseneld, “Hüper”, Theologi­cal Dictionary of the New Testament, tomo 8, p. 513. Compárese con Howard, New Testament Baptism, pp. 108, 109).
Howard afirma que en su contexto, el argumento que desarrolló Pablo en 1 Corintios 15:29 puede expresarse así: “Si Cristo no resucitó, los que murieron ‘en Cristo’ perecieron, y si carecemos de esperanza, nos desesperamos y somos miserables, especialmente los que han entrado en la comunidad cristiana y han sido bautizados por causa de los que han muer­to en Cristo, esperando reunirse con ellos” (Howard, "Baptism for the Dead: A Study of 1 Corinthians 15:29”, Evangelical Quarterly, F.F. Bruce, ed. [Exeter, Eng: Paternoster Press] julio-septiembre, 1965, p. 141).

Ver Damsteegt, “Reaping the Harvest”, Adventist Review, 22 de octubre de 1987, p. 15.

Ver Manual de la iglesia, p. 30.

Elena G. de White, El evangelismo, pp. 230, 231.

Karl Barth, Church Dogmatics, traductor G. W. Bromiley (Edimburgo: T. & T. Clark, 1969), tomo 4/4, p. 179.

G. R. Beasley-Murray, Baptism in the New Testament (Grand Rapids, Michigan: W. B. Eerd­mans, 1973), p. 392.

Ver Edwards, ‘Baptism”.