¡Bienaventurados los que no se confunden!

Me quedó claro que las pretensiones de Jesús iban en serio. Su visita a Jerusalén le había provocado una situación muy arriesgada con el Sanedrín. Estaba bien que pretendiera hacer las cosas de otra mane­ra, pero expulsar del templo de Jerusalén a los comerciantes... ¡Eso fue dema­siado! Pero, lejos de abandonar sus planes, lo único que hizo fue regresar a la región de Galilea, cerca de nuestra casa.
Nos enteramos que durante varios meses estuvo anunciando que "el reino de los cielos se había acercado" y que su fama como "nuevo rabino" se había extendido por todo el país. Lo que más nos confundió es que algunos de sus seguidores habían comenzado a creer que él liberaría a nuestra nación del dominio del imperio romano.
Pero, según entiendo, estas personas no eran los únicos que se habían confundido. Sus propios discípulos no entendían por qué Jesús no fortalecía su causa procurando obtener el apoyo de los sacerdotes y los rabinos. Se pre­guntaban por qué tardaba tanto en establecer su autoridad como rey. Si eso era lo que se proponía, ¿por qué no lo hacía de una vez por todas? Para Jesús, sin embargo, había llegado el momento apropiado para aclarar la verdadera naturaleza de su reino y de su misión.
Solo, sobre un monte cerca del mar de Galilea, Jesús pasó la noche orando y al amanecer, tras tener un encuentro especial con sus discípulos, se dirigió hacia un sitio cercano donde ya había mucha gente esperándolo. Sentados sobre la hierba de una ladera cercana al mar, deseosos de que Jesús establecie­ra pronto su reino en Jerusalén, sus oyentes se dispusieron a escucharlo con suma atención. Entre ellos, algunos escribas y fariseos esperaban oírle decir que había llegado la hora de subyugar a los romanos arrebatándoles la rique­za y el poder. Por su parte, los pobres campesinos y pescadores esperaban que anunciara que había llegado el momento de que su vida de penoso trabajo y escasez diera paso a la abundancia y la comodidad.
No obstante, la intención de mi hermano era otra. Si bien las enseñanzas que Jesús estaba por enunciar habrían de beneficiarlos, no tenían que ver con sus aspiraciones terrenales. Aquella mañana sus palabras tenían por objeto señalar como «bienaventu­rado» a todo aquel que lograse desarrollar un carácter como el que el cielo espera.
¿Bienaventurados los mansos y los que lloran? ¡Vaya incongruencia! Sus palabras me confundían. Años después, sin embargo, mi confusión se esfumó. Ahora soy muy dichoso por haber entendido lo que Jesús enseñó en aquella colina junto al mar de Galilea, y anhelo que tú también puedas hacerlo.
Repasemos
En el capítulo anterior nos centramos en los primeros once versículos de la epístola de Santiago. Hacerlo nos permitió ver que el deseo primordial de nues­tro autor es que sus lectores tengan la actitud correcta al enfrentar las pruebas por las que están pasando.
Puesto que una de las pruebas más evidentes que afrontaban sus lectores era la pobreza ocasionada por la explotación que sufrían por parte de los ricos, San­tiago los exhorta a vivir un cristianismo como el que se describe en los versículos 2 al 5 y así evitar las características negativas descritas en los versos 6 al 8.
Pero al llegar a los versículos 9 al 11, tras comenzar a aplicar a la situación real de su audiencia lo que ha venido exponiendo, Santiago hace una declaración que posiblemente sea la más hermosa y esperanzadora de su libro: «Bienaventura­do el hombre que soporta la tentación, porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que lo aman» (Santiago 1:12). En este punto iniciamos nuestro estudio de los versículos 12 al 21. ¿Me acompaña?
«A toda acción…»
Mucho antes de que Isaac Newton propusiera que «a toda acción corres­ponde una reacción de igual intensidad y en sentido opuesto», la comunidad de creyentes a la que escribe Santiago ya ejemplificaba, en cierta forma, lo cier­to de dicha premisa. Dado que es evidente que las pruebas por las que atrave­saban los llevaron a reaccionar de maneras distintas, nuestro autor procede a dejar claro que, si bien es lógico reaccionar, hay una forma de hacerlo correcta­mente y otra que no lo es, que hay una forma positiva y otra negativa.
De acuerdo con los versículos anteriores, una reacción positiva sería adop­tar una actitud gozosa ante las pruebas (Santiago 1:2), mientras que no perseverar y rendirse ante las pruebas, obviamente, sería lo contrario. Sin embargo, para Santiago, hay una forma aún peor de encarar los problemas, aquella que deci­de culpar a Dios (Santiago 1:13).
Mientras que a los que reaccionan de la primera forma se les ofrece una bienaventuranza o bendición (Santiago 1:12), para quienes no reaccionen así hay una explicación. Dada la importancia de estos dos puntos, dediquemos un tiempo a entender las implicaciones de ambos.
No espere un “lacrimatorio”
¿Cuándo fue la última vez que usted usó un lacrimatorio? ¿Que no sabe qué es un lacrimatorio? No se preocupe, hasta hace poco yo tampoco sabía que se le llama así a un tipo de vasijas pequeñas que se han encontrado en tumbas romanas y griegas, en las que se supone que los dolientes derramaban sus lá­grimas.
Aunque algunos suponen que guardar sus lágrimas de dolor en estas va­sijas se hacía como señal de amor por alguien que moría, es más probable que los romanos colocaran estas vasijas de cristal en las tumbas como símbolos de respeto. De ahí que cuanta más angustia y lágrimas derramadas, más impor­tante se suponía que había sido la persona fallecida.
Con el paso del tiempo, los lacrimatorios reaparecieron cuando quienes lloraban la pérdida de un ser querido guardaban sus lágrimas en botellas con tapones especiales que permitían que estas se evaporasen. En el momento en que todas las lágrimas se habían secado finalizaba el periodo de luto.
Por otra parte, hay un texto bíblico que también parece referirse de algu­na forma a los lacrimatorios, pero cuyo contexto es diferente: «Mis huidas tú has contado; pon mis lágrimas en tu redoma [vasija]; ¿no están ellas en tu libro?» (Salmo 56: 8).
No cabe duda de que Dios tiene conocimiento y guarda un registro de cada una de las lágrimas derramadas por sus hijos: «Los que aceptan a Cristo como su Salvador personal no son dejados huérfanos, para sobrellevar solos las pruebas de la vida. Él los recibe como miembros de la familia celestial, los invita a llamar a su Padre, Padre de ellos también. Son sus "pequeñitos", caros al corazón de Dios, vinculados con él por los vínculos más tiernos y permanentes. Tiene para con ellos una ternura muy grande, que supera la que nuestros padres o madres han sentido hacia nosotros en nuestra incapacidad como lo divino supera a lo humano».
Pero todo esto no es un mero recurso literario para simbolizar el amor o un afectuoso reconocimiento de Dios hacia nuestro sufrimiento. Al contrario, si la Biblia nos habla de lágrimas es para recordarnos que pronto, el día que Dios «borre toda lágrima» de los ojos de sus hijos, también nos dará «la coro­na de vida» (Santiago 1:12).
Por ello, aunque desde hace tiempo hay quienes han propagado que creer en Dios es una muestra de debilidad, que la religión es una especie de paño de lágrimas inventado por aquellos que no saben cómo reaccionar ante el sufrimiento que enfrentan, para quienes estamos seguros de la realidad de Dios en nuestra vida el cristianismo es una carrera cuya victoria ya nos ha sido asegurada. Por eso Santiago ofrece una bendición para aquellos que «soportan [perseveran ante| la tentación [prueba]», para aquellos que «resistan la prueba [de la fe]» (Santiago 1:12), conceptos que, como puede ver, nuestro autor ya había usado en los versículos 2 y 3.
Así, estando como está interesado en describir la reacción correcta de sus lectores, aquella cuya práctica continua los hace merecedores de su bienaven­turanza, Santiago nos recuerda nuevamente las palabras de Jesús: «Bienaven­turados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. [...] Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos» (Mateo 5:10, 12). Dicha bendición, por extraña que parez­ca a los incrédulos, es tan cierta que puede ilustrarse con lo que sucedió a aquellos extranjeros que hace tiempo decidieron invertir cultivando pita o maguey, planta con la cual se fabrica el hilo sisal (cuerdas y tejidos) y cuyos más grandes cultivos se hallan en la península mexicana de Yucatán.
Siendo que el terreno de Yucatán es duro y aparentemente pobre en nu­trientes, este grupo de extranjeros, tras informarse de su proceso de cultivo y producción, decidieron establecer una gran plantación de pita en la península de Florida, Estados Unidos. «Como el terreno es mejor allá esto hará que la pita crezca mejor», concluyeron. De esa forma, después de haber comprado una gran extensión de terreno en Florida, procedieron a plantar las pitas, y pronto adquirieron un tamaño enorme.
«Ahora sí», pensaron estos optimistas agricultores. «Ahora vamos a tener el mejor sisal del mundo. ¡Les mostraremos a los yucatecos cómo se cultiva la pita!» Sin embargo, cuando llegó el momento, procedieron a levantar la cosecha para ver, con gran chasco y asombro, que sus plantas no tenían fibras; eran pura pulpa. En­tonces comprendieron que un terreno suave no servía para producir fibra fuerte y útil, en tanto que la tierra dura era, sin duda, el mejor ambiente para cultivarla.
¡Bienaventurado, pues, aquel que no se confunde ni reacciona equivocada­mente pese a que el terreno ciertamente sea áspero y duro! Lamentablemente, como veremos a continuación, no todos los lectores de Santiago reaccionaron así.
Buscando culpables
Suponga que en el hogar de una pareja que se ama de verdad comienza a tener problemas financieros. Él ha perdido su empleo, mientras que ella ha vis­to reducido su sueldo a causa de la crisis económica generalizada por la que atraviesa el país. Al principio piensan que esta situación será pasajera, pero pa­san los días y más bien se acrecienta. Aunque el amor del uno por el otro sigue siendo el mismo, las tensiones a las que últimamente han estado expuestos los han vuelto hipersensibles y han comenzado a recriminarse mutuamente. Ya sabe: «Si no gastaras tanto en cosas innecesarias...» «Si me hubieras hecho caso cuando te dije que ahorráramos ese dinero...», etcétera, etcétera. Reproches que, acompañados en ocasiones de insultos, lejos de menguar se vuelven cada vez más constantes y agrios, hasta el punto de desestabilizar la paz del hogar e in­cluso su relación.
¿Imaginó ya la escena? Ayúdeme a resolver el siguiente problema. ¿A qué o a quién se deben en realidad los problemas de esta pareja? ¿Cuál es la causa por la que la tranquilidad de su hogar parece estar en proceso de extinción?
Dado que la situación por la que pasa esta pareja provino inicialmente del exterior (la crisis económica), la respuesta más obvia sería considerar dicha crisis como la culpable de sus problemas. Sin embargo, si hemos de tomar en cuenta lo que enseña el libro de Santiago, podemos deducir que el punto al que ha llegado la relación de esta pareja no solo se debe a causas externas, sino también a facto­res internos. Su reacción ante las causas provenientes del exterior los ha llevado a adoptar actitudes y manifestar una conducta propia y común de la naturaleza humana (desesperación, ofensas, etc.) Por lo tanto, en algún momento, su situación también comenzó a propiciarse por lo que ellos mismos hacen, ¿verdad?
Pero permítame que añada a este cuadro un detalle que omití delibera­damente al principio. Esta pareja es cristiana, por lo que, lamentablemente, en medio de su angustia y movidos por el afán de encontrar respuestas, han llegado al punto de responsabilizar a Dios de lo que les está ocurriendo.
De manera similar, siendo que varios de sus primeros lectores parecen haber respondido negativamente a las presiones, y esto (como veremos en otro capítulo) los llevó a tener conflictos y dividirse, Santiago les aclarara que, aunque sea comprensible, pasarse la vida culpando a Dios por lo que les suce­de es incorrecto e irresponsable: «Que nadie diga cuando es tentado [o puesto a prueba): Soy tentado [puesto a prueba] por Dios; porque Dios no puede ser tentado [probado] por el mal y Él mismo no tienta [o pone a prueba] a nadie» (Santiago 1:13, BLA).
Es incorrecto porque lo que proviene de Dios, el «Padre de las luces» no son las pruebas ni las tentaciones, sino «toda buena dádiva y todo don perfec­to» (Santiago 1:17). Y también irresponsable porque, desde que Adán y Eva pecaron, el ser humano ha mostrado una tendencia a buscar culpables en lugar de aceptar responsablemente las consecuencias de su proceder. Cierto, los proble­mas existen, son reales. Pero, en buena medida, como en el caso de la pareja, lo que está en nuestro interior nos ayudará o perjudicará al momento de en­frentarlos: «Sino que cada uno es tentado [puesto a prueba], cuando de su propia pasión es atraído y seducido. Entonces la pasión, después que ha con­cebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:14, 15).
Visto así, estos versículos no son una descripción del proceso de tentación en general, sino parte del argumento que Santiago ha estado desarrollando. Parece que el autor pregunta: «¿Cómo reaccionas ante la crisis?», para luego añadir con claridad: «Pues, asegúrate de no caer en la "tentación" de culpar a Dios por tus problemas». He aquí una ilustración de las opciones que la comu­nidad cristiana a la que se dirige Santiago tenía en el momento de enfrentar sus pruebas, así como de los resultados que cada una de ellas traería:


PROBLEMAS => PRUEBA DE LA FE => PERSEVERANCIA => MADUREZ
PROBLEMAS =>      TENTACIÓN       =>        PECADO              => MUERTE
                                                                                                 

De ahí que, dado lo que está en juego, Santiago enuncie otra cariñosa apelación utilizando una vez más un imperativo en presente: «Queridos her­manos míos, no se engañen» (Santiago 1:16, DHH). En su contexto, bien puede entenderse como: «dejen de seguir engañándose». De este modo, lejos de responsabilizar a Dios o a su enemigo por la situación por la que pasan sus lectores, Santiago no solo hace justicia al carácter de Dios, sino que también resalta la importancia de la responsabilidad personal en la vida cristiana (algo que desarrollará en el resto de su epístola).
Extrayendo imágenes de la pesca («atraído y seducido» como por una «carnada»), Santiago ilustra que a la naturaleza humana tiende a serle más atractivo reaccionar siguiendo sus propios deseos e impulsos que siguiendo los principios cristianos (Santiago 1:14). Al hacerlo, sin embargo, no está solo. Tras sus palabras parece encontrarse la idea judía de que en el interior del ser hu­mano existen dos tendencias en conflicto o, como las denomina Barclay, «dos fuerzas que tiran de la persona en sentidos opuestos».
Este es el mismo problema del cual Pablo testifica: «Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago [...]. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que está en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (Romanos 7:15, 17-19).
Por lo tanto, al estar relacionado con la impaciencia y la ira, el impulso hacia el mal del cual venimos hablando también parece describir gráficamen­te la reacción de la comunidad de Santiago, que, al dejarse llevar precisamen­te por la ira, parece haber dejado también de practicar la justicia de origen divino: «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la jus­ticia de Dios» (Santiago 1:19, 20).
Tan noble ideal, sin embargo, suena demasiado difícil de alcanzar, al menos en apariencia... ¿Es posible que Santiago también tenga algo que de­cirnos al respecto?
Buenas noticias
Dado que nuestra naturaleza puesta a prueba engendra pecado y muerte (Santiago 1:15), la solución a esto solo puede provenir de Dios. Siempre según Santiago, tal solución parte de una importante decisión que él mismo tomó: «En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad». O como lo expresa otra versión: «Además, quiso que fuéramos sus hijos. Por eso, por medio de la buena noticia de salvación nos dio una vida nueva» (Santiago 1:18, TLA).
Así, mientras que en el versículo 15 se describe al pecado «dando a luz la muerte», en el versículo 18 se afirma que Dios ha decidido no solo mejorar nuestra vida espiritual, sino "engendrar" en nosotros una nueva vida, y esto por medio de la «palabra de verdad», expresión utilizada por Pablo para refe­rirse al evangelio (Efesios 1:13; Colosenses 1:5; 2 Timoteo 2:15).
Pero nacer de nuevo no es lo único que Santiago pretende enfatizar en este versículo, ya que ante todo está interesado en mencionar el propósito de tan extraordinario milagro: «para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación» (Santiago 1:18, NVI). Así, desde la perspectiva de Santiago, nacer de nuevo nos hace una especie de «primicias», concepto que en la Biblia se asocia tanto con la santidad como con la pertenencia a Dios (Éxodo 23:16; 34: 22; Levítico 19:23-25; Jeremías 2:3; Romanos 11:16; Apocalipsis 14:4).
¡Qué gran honor nos concede el Señor al considerarnos sus primicias! Gran privilegio, sin duda, pero también una gran responsabilidad ya que, sien­do que le pertenecemos, también hemos de manifestar su santidad en nuestra vida. Es un desafío que, de manera muy práctica, Santiago describe en los si­guientes términos: «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19).
No es que resultara fácil practicar un estilo de vida semejante en las cir­cunstancias por las que atravesaban sus oyentes (de hecho, no resulta fácil en ninguna), pero Santiago sabe que los que han de recibir la corona de la vida son aquellos que, transformados por Dios, ejerzan el dominio de sí mismos, incluido su «mal genio».
Pedir esto vuelve a ser congruente con el pensamiento judío de sus días: «Si te gusta escuchar, aprenderás, si inclinas tu oído, serás sabio» (Eclesiástico 6: 33, NBJ), recomendación que, de paso, también aparece en la literatura griega, cuando se aconseja a un oficial de alto rango sobre la mejor manera de ejercer autoridad: «no pierdas los estribos, habla poco y escucha mucho». ¿Se trata, pues, de vencer por nuestra gran fuerza de voluntad? ¿Acaso se habla aquí de "salvación por buen temperamento"?
No, por puesto que no. Se trata más bien de iniciar acciones que permitan que Dios haga en nosotros lo que jamás podríamos hacer por nosotros mismos: «Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada [sembrada], la cual puede salvar vuestras almas» (Santiago 1:21).
Teniendo en cuenta que «desechar la inmundicia» en la Biblia no es algo que haga el ser humano, sino algo que necesita que le hagan, la Traducción en lenguaje actual de la Biblia parece ser mucho más útil para que podamos com­prender esta expresión: «Hacer lo malo es como andar vestido con ropa sucia». ¿Recuerda alguna parte de la Biblia que hable de la necesidad que tenemos de ser despojados de una ropa así? ¡Exacto! El caso del sumo sacerdote Josué descrito en el libro de Zacarías:
Luego me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, mientras el Satán estaba a su mano derecha para acusarlo [...] Josué, que estaba cubierto de vestiduras viles, permanecía en pie delante del ángel. Habló el ángel y ordenó a los que estaban delante de él: "Quitadle esas vestiduras viles". Y a él dijo: "Mira que he quitado de ti tu pecado y te he hecho vestir de ropas de gala" (Zacarías 3:1, 3, 4).
Puesto que solo Dios puede lograr que en lugar de ser impulsados por la ira actuemos con humildad (Santiago 1:19-21), el cristiano es alguien que ha na­cido de nuevo a fin de hacer el bien y no lo contrario; alguien que, al aceptar con mansedumbre la Palabra de Dios, también puede tener total certeza de su salvación: «Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad» (Mateo 5:5).
Bienaventurado pues aquel que entiende que las pruebas no son motivo para culpar a Dios. Pero bienaventurado también aquel que, lejos de confun­dir sus circunstancias con un pretexto para representar mal a Dios, permite que sea Dios quien lo transforme:
Los tiempos de apuro y angustia que nos esperan requieren una fe capaz de soportar el cansancio, la demora y el hambre, una fe que no desmaye a pesar de las pruebas más duras [...]. Cuando olas de indecible desesperación en­vuelven al suplicante, ¡cuán raro es verle atenerse con fe inquebrantable a las promesas de Dios!
El reconocido escritor cristiano Philip Yancey cuenta que, mientras visita­ba un campamento de refugiados en Somalia, tuvo la oportunidad de contem­plar la Vía Láctea como nunca antes lo había hecho. Nuestra galaxia, narra Yancey, se extendía a través de la oscura bóveda celeste igual que «una carretera pavimentada con polvo de diamantes». Sin embargo, pese a tan formidable escena, Yancey confiesa que el cielo nunca le había parecido tan vacío como aquella noche.
Había pasado todo el día entrevistando al personal de asistencia a los refugiados para obtener datos de los grandes desastres del momento. Por eso, después de haber estado escuchando numerosas historias de dramática mise­ria humana, le parecía casi imposible apartar su mirada de aquel lóbrego campamento de refugiados en donde se encontraba.
«Sin embargo, abruptamente recordé», continúa Yancey, «que ese momen­to no representaba toda la vida; razón por la que decidí no limitar mi visión a las escenas de dolor que me rodeaban, sino alzar mi vista, hacia arriba, hacia las estrellas». Entonces también recordó una película que había sido filmada des­de una nave espacial, y que, tiempo atrás, había visto en su hogar. Recordó especialmente cómo le habían impresionado las escenas de los relámpagos de las tormentas eléctricas. Vistos desde el espacio, esos destellos de luces que se encendían y apagaban fueron para Yancey un singular espectáculo de belleza. Admirado al ver cómo el fulgor de cada relámpago se extendía por el espacio, brillaba y luego palidecía, lo que más le intrigó, sin embargo, era que no pro­ducían ningún sonido.
«Me impactó mucho la tremenda diferencia que hace la perspectiva», confiesa Yancey. Mientras que sobre la tierra, una tormenta eléctrica hace que las familias se apiñen en el interior de sus casas y que los niños lloren, provo­ca que los conductores busquen refugio para sus automóviles y que más de uno corramos ante el temor que imponen las chispas que despiden los cables eléctricos y los transformadores, desde el espacio, una tormenta eléctrica se ve muy diferente. Los relámpagos eran «solo un suave, agradable destello que se alargaba y encogía, un océano de olas de luz».
¿De qué tamaño son las "tormentas" que enfrentamos? ¿Hacen que per­damos los estribos y actuemos de manera arrebatada e impulsiva? En ese caso, tal vez nos haga falta mirar más hacia el cielo. Hacerlo no evitará que pasemos por pruebas, pero sí nos mantendrá asidos de la única y verdadera fuente para vencerlas.
Bienaventurado, pues, aquel que no se confunde mirando en la dirección equivocada, sino que mira hacia arriba, al «Padre de las luces», de quien des­ciende «toda buena dádiva y todo don perfecto». Que tiene los ojos puestos en Aquel en cuyo carácter, a diferencia del nuestro, «no hay mudanza ni sombra de variación» (Santiago 1:17).

 

Referencias
Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 33, pág. 297.

1 Corintios 9:25; 2 Timoteo 4:7, 8; Apocalipsis 2:10. La corona (en griego, estáfanos) a la que se refieren estas citas se confeccionaba con ramas de laurel, y a veces con flores, y se otorgaba como símbolo de victoria y honor al ganar una competición. La idea de recibir una corona así aparece también en el libro de la Sabiduría, cita que bien pudo conocer Santiago: «Los justos, en cambio, viven para siempre; encuentran su recom­pensa en el Señor [...]. Por eso recibirán un reino distinguido y una hermosa diadema de manos del se­ñor» (Sabiduría 5:15, 16, NBJ).

Aunque se traduce como 'tentación', la palabra griega usada aquí (peirasmós) es la misma que en el ver­sículo 2 se traduce como 'prueba'. Traducirla como 'tentación' cobrará sentido a partir del versículo 13, aunque esta palabra ya no aparecerá ahí como sustantivo, sino como verbo.

Recuerde que el tiempo presente denota una acción continua.

Dado que la palabra griega peirasmós puede traducirse tanto por 'prueba' como por 'tentación', es pro­bable que Santiago aproveche la ambigüedad del término para ilustrar a sus lectores que la mayor 'ten­tación', dadas las “pruebas” que afrontaban, es cuestionar la bondad de Dios y dudar de él. Por otra parte, es interesante notar que la palabra “mal” (aquello por lo que Dios no puede ser «tentado») solo aparece en otra ocasión en la carta refiriéndose a la gravedad del problema implícito en no poder con­trolar la «lengua» (Santiago 3:8).

Esta descripción tampoco ha de limitarse a las tentaciones de carácter sexual ya que, por ejemplo, la palabra “pasión” (epithumía) también puede referirse a un intenso deseo por algo bueno (vea Filipenses 1:23).

Adaptación del cuadro de George M. Stulac, IVP New Testament Commentary: James, disponible en http://www.biblegateway.com/resources/commentaries/IVP-NT/Ias/Temptations-Good-Gifts, consultado en 5/11/2013, 11:19 UTM.

Expresión idéntica a la de Gálatas 6:7, cuyo verbo le pido no olvidar, ya que nos servirá para nuestro estudio de Santiago 5:19, exhortación que, aunque con verbos griegos distintos, nuestro autor repetirá en los versículos 22 y 26.

Los rabinos judíos las llaman yétser ha-tób y yétser ha-rá (la tendencia al bien y la tendencia al mal, Bar­clay, pág. 946). Para más información, vea http://www.judaismovirtual.com/preguntar/1939_fracaso_ triunfo.php y el útil artículo de Joel Marcus, «The Evil Inclination in the Epistle of James» en Catholic Biblical Quarterly 44 (1982), págs. 606-621.

En la mitología, el "genio" estaba asociado con una deidad que protegía y acompaña a cada persona y que, según las creencias romanas, era el espíritu de un antepasado. En esta misma cultura los demonios tam­bién eran asociados con los genios. Por su parte, en los textos neoplatónicos, los genios son concebidos algunas veces también como divinidades inferiores y clasificados como "genios buenos" o "malos".

Cita de la obra de Luciano de Samosata en la que aparecen las enseñanzas de su maestro y que, por lo tanto, tituló, Vida de Demonacte, citada en Maynard-Reid, pág. 88.

«Al vivir la vida del Dador de toda existencia, mediante la fe en él, todos los hombres pueden alcanzar la norma establecida en sus palabras» (Elena G. de White, El Discurso maestro de Jesucristo, Prefacio, pág. 4).

Tanto en Zacarías como en Santiago 2:2 se usa la misma raíz griega. Por su parte, Ralph Martin sugiere que la palabra “inmundicia” puede referirse a la cera segregada en los oídos, cuya acumulación, obvia­mente, impediría escuchar bien a alguien, imagen que le daría mayor sentido entonces a la orden de ser «prontos para oír» (Word Biblical Commentary, vol. 48: James, [Dallas, Texas: Word Books, Publisher], 1998), pág. 48.

Elena G. White, El conflicto de los siglos, cap. 40, pág. 606.

«Mirando la Vida desde Andrómeda», artículo publicado en Diálogo Universitario y disponible en http://dialogue.adventist.org/articles/06_l_yancey_s.htm.