Campo de batalla espiritual

Después de los grandes reyes israelitas Salomón y Ezequías, nos sorprendemos al oír de un oscuro rey pagano, Agur, cuyas palabras, masa’, “oráculo”, y ne’um, “dichos”, son términos técnicos para las expresiones proféticas (Números 24:3; Isaías 13:1). La revelación profètica no depende de la cultura étnica o la educación: “El viento sopla de donde quiere” (Juan 3:8). Que la Biblia registre esta manifestación de profecía en un contexto pagano, junto con los grandes oráculos de los profetas hebreos, paradójicamente testifica de la autenticidad divina de la profecía. Aunque Agur se identifica como un profeta de Dios, él sabe que algo le falta en su conocimiento de Dios. Una traducción literal de su frase introductoria sugiere que él aún lucha con la idea de Dios. El término hebreo 'idei, que generalmente se ha entendido como el nombre de una persona, “Itiel”, también podría leerse como una frase aramea que significa “No hay Dios”. Y la palabra siguiente, we’ukal, frase que también ha sido interpretada tradicionalmente como refiriéndose al nombre de una persona, “y Ukal”, también podría traducirse como “Y yo prevalecí” (cf. Génesis 32:8). La línea introductoria podría, entonces, traducirse: “Oráculo del hombre: ‘no hay Dios, no hay Dios, y no obstante, yo prevalecí’” (30:1b).
Paradójicamente, el oráculo profètico cuestiona la existencia de Dios, así como la fe implica una lucha con la duda. La fe es creer a pesar de la duda, y no sin la duda. Estas consideraciones pueden sorprender o ser chocantes para el creyente común que ha conocido a Dios toda su vida. Pero debemos recordar que Agur no era un creyente regular de nuestra iglesia o de nuestra sinagoga. No es un israelita; no es un cristiano: proviene del mundo pagano y no tiene un trasfondo religioso. Él mismo reconoce su deficiencia. A la manera oriental, realiza esta autoconfesión despectiva de forma enfática: él no es sencillamente tonto: “más rudo soy que ninguno” (30:2). Luego, claramente identifica la naturaleza de su ignorancia: está en el dominio de la Teología: “Yo no aprendí sabiduría, ni conozco la ciencia del Santo” (30:3). En otras palabras, Agur no tiene una agenda teológica ni confesional. Su mensaje concierne a todos. Entonces, comenzando con el panorama cósmico de la creación, extrae su lección cósmica acerca del campo de batalla espiritual que involucra a toda la humanidad.
DEL PANORAMA CÓSMICO DE LA CREACIÓN
El poema evoca los cuatro elementos al comienzo de la creación: “cielos”, “tierra", “viento”, “aguas” (Génesis 1:1, 2). Cuatro veces se plantea la misma clase de pregunta: “¿Quién subió?” “¿Quién encerró?” “¿Quién ató?” “¿Quién afirmó?” Y termina con la pregunta: “¿Cuál es su nombre?” (ver 30:4). El lenguaje y el estilo del pasaje recuerdan la respuesta de Dios a Job: “¿Quién ordenó sus medidas? [...] ¿O quién extendió sobre ella cordel?” (Job 38:5). “¿Quién encerró el mar?” (38:8). “¿Quién abre el canal?” (Job 38:25, NVI). “¿Quién engendró las gotas del rocío?” (Job 38:28; cf. 38:36, 37, 41; 39:5). El discurso también está asociado allí con la pregunta “¿Quién sabe?” (Job 38:5, 20, 21, 33; 39:1). Este paralelo de Proverbios con el libro de Job sugiere que es el divino Creador que incluye a Jesucristo como el divino Hijo que está implicado en las preguntas “¿Quién?” y “¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo?” (30:4). Como en el libro de Job, Dios responde a alguien que desafía su existencia y su voluntad.
En consideración del origen extranjero de su testimonio, Agur siente la necesidad de enfatizar lo genuino que es el discurso de Dios: “Toda palabra de Dios es limpia” (30:5). Aun su valor canónico se sugiere por medio del uso de una fórmula similar en otros lugares de la Biblia: “No añadas a sus palabras” (30:6; cf. Deuteronomio 12:32; Apocalipsis 22:18). La universalidad de la palabra de Dios se afirma: el Dios que habla aquí no depende de la cultura. Y es a ese Dios a quien Agur se vuelve y ora. Agur introduce sus oraciones con su preocupación acerca de la autenticidad de su dedicación religiosa: “Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí” (30:8a).
Entonces, para asegurar la calidad de su religión, le pregunta a Dios dos cosas: “No me des pobreza ni riquezas” (30:8b). El punto de Agur es que la pobreza, así como la riqueza, pueden ser engañosas. La pobreza puede estimular a una conducta no ética y justificar robos; demasiadas riquezas, sin embargo, puede llevarlo a alejarse de Dios. De hecho, el rico hasta podría dejar de creer en él. Por eso, Jesús advirtió: “Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (Mateo 19:23). Hay algo acerca de los pobres en su relación con Dios que todavía demanda respeto. Cuando tenemos todo lo que necesitamos y creemos en Dios, debemos ser cuidadosos de no juzgar a los pobres, que luchan con su Señor (30:10). Sufrir necesidades, aunque sea problemático, nos mantiene más cerca de Dios de lo que sería si no estuviéramos en esa situación. No obstante, el sabio de Proverbios no promueve la pobreza como un ideal, siendo que esta condición también puede conducirnos lejos de Dios. Al pedir a Dios que le evite tener pobreza o riqueza, el sabio está asegurando una escala de valores que conserve la fe. Nuestra relación con Dios es más importante que lo que tengamos o no tengamos. Agur confirma entonces, desde su punto de vista universal, externo a la tradición específica de Israel, el mensaje fundamental del libro de Proverbios, que el temor de Dios es el principio de la sabiduría (1:7; 9:10; 15:33; 31:30).
LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO
Agur pasa entonces a otra exposición. Está intrigado por cinco fenómenos negativos y dos positivos.
Las cuatro generaciones. Agur nota el avance del mal. Lo que pareció una conducta inofensiva, maldecir al padre y no bendecir a la madre, se denuncia como la raíz del mal. Comenzamos despreciando a nuestros padres, y terminamos asesinando y explotando a los necesitados. La pérdida del sentido de la paternidad conduce a la pérdida del sentido de la hermandad. Cuando eliminamos el concepto de respeto y reverencia hacia nuestros padres, que nos dieron la vida, y por ello se rechaza el sentido de misterio asociado con aquellos sentimientos, comenzamos a formar en nuestros niños el monstruo de su ego. Esta observación es especialmente vivida en nuestras sociedades modernas, en las cuales el malcriar a los niños -junto con la eliminación de la distancia respetuosa entre padres e hijos- ha producido generaciones de delincuencia. No es accidental que la Biblia observe en este fenómeno una de las señales de decadencia que caracteriza los tiempos del fin (2 Timoteo 3:2).
Los cuatro voraces. Por la falta de respeto a nuestros padres pasamos a una avidez nunca saciada. Hay una conexión obvia entre las dos iniquidades. Cuanto más malcriamos a nuestros niños y les damos lo que desean, menos los confrontamos con la realidad que dice “No”, y tanto más exigentes se vuelven. La imagen de la sanguijuela, tan ansiosa de beber sangre, junto con sus dos hijas codiciosas, añade intensidad a esta actividad. Las ideas opuestas entre la muerte y el nacimiento y entre el agua y el fuego sugieren este carácter absoluto de la codicia. El sepulcro que traga a los muertos, que siempre se suman, la matriz estéril que nunca produce un nacimiento, la tierra que absorbe los cursos de agua siempre renovados, y el fuego que lo consume todo sin apagarse: todos comparten la misma perspectiva común sin esperanza: la ausencia de vida. Esta visión evoca la naturaleza desesperanzada de la condición humana. No hay manera de detener el proceso. En el libro de Eclesiastés, Salomón expresa su impotencia ante este fenómeno, que él llama “vanidad” (Eclesiastés 1:2). El filósofo Albert Camus reflexiona sobre esta característica de la vida y se refiere a la antigua leyenda griega de Sísifo. Es la historia de un dios que fue sentenciado a hacer rodar una gran roca hasta la cumbre de un monte, solo para que vuelva a bajar, y que él tenga que empujarla hacia arriba, y así eternamen­te: un proceso interminable y sin sentido, que evoca el absurdo de nuestra condición humana.
Las cuatro etapas del desprecio a los padres. El oráculo de Agur vuelve a su anterior advertencia acerca de cómo tratamos a nuestros padres; una indicación de la importancia que le da a este problema. Las cuatro etapas son paralelas a la secuencia anterior, y pasa de burlarse del padre y de la madre hasta el acto de devorar a otros (30:17; cf. 30:14). Sin embargo, esta vez el tono del oráculo es amenazador y suena como una maldición profètica. El que maldice ya no devora más, pero él mismo es devorado. Irónicamente, el ojo del niño que maldice, que se creyó sabio (30:12), es ahora atacado por cuervos y comido por águilas. De paso, el oráculo sugiere que aun si la vida parece injusta y permite la sucesión de males, habrá un juicio; el impío pagará por sus pensamientos, palabras y actos.
Los cuatro rastros. Desde el águila en el aire –tal vez las mismas águilas que acaban de comer el ojo que maldice– a la serpiente sobre la roca y al barco en el mar, llegamos a la figura del hombre con la mujer (30:19). La idea es que ninguno de estos movimientos deja algún rastro. La clave de este enigma se da de inmediato: la mujer adúltera afirma su inocencia, ya que no hay rastros de su adulterio (30:20). La lección de esta observación natural concierne a nuestra lucha con el mal y se relaciona con la idea del temor de Dios. Cuando cometemos iniquidad en secreto, creemos en la ilusión de que como nadie nos vio somos inocentes. Entonces, el mal parece haber triunfado, ya que no nos sentimos culpables por ello, y no pagamos por ello. Esta observación es congruente con el cuadro de lo absurdo de la vida. Eclesiastés observa con pesimismo el éxito injusto de los impíos (Eclesiastés 3:16; 9:11). Agur se hace eco de este pesimismo, y también es perturbado por él (30:21): el siervo que reina (30:22a), el necio bien alimentado (30:22b), la mujer rechazada que consigue un esposo (30:23a, NVI) y la sierva, cuando toma el lugar de su señora (30:23b). Todos estos son ejemplos de promociones inmerecidas. Agur cree que estos casos de inequidad “sacuden”. Se desafía, así, la fe en la justicia de Dios y en la Providencia.
Cuatro ilustraciones de fe. Las siguientes dos maravillas nos conducen al otro lado. Las cosas pequeñas y las grandes transmiten una doble lección de fe. La primera serie de ejemplos: las hormigas, los conejos (“tejones”, NVI), las langostas y la araña hablan de fe porque producen poder contra todas las expectativas, y muestran “la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). La fe es la creencia de que somos fuertes cuando en realidad somos débiles (2 Corintios 12:10), porque confiamos en que resultará algo poderoso de nuestras debilidades (y a pesar de ellas). La fe es lo que hizo que Abraham creyera que su esposa y él tendrían un hijo, a pesar de la avanzada edad de ambos (Génesis 15:6). La fe es la creencia de que la vida y la gloria eterna resurgirán desde el polvo de la muerte. La fe es lo que dio la seguridad al prisionero Pablo, que confrontó al poderoso rey Agripa (Hechos 26:27, 28). Agur nos está diciendo, por medio de estas parábolas, inmediatamente después de haber enumerado las muchas evidencias para el éxito del mal, que todavía podemos creer en la victoria del bien y que todavía podemos tener esperanza en el Reino de los cielos, a pesar de lo que vemos aquí, sobre la Tierra.
Esta segunda serie de ejemplos-el poderoso león, el ceñido de hombres (el perro o el gallo engreído, NVl), el macho cabrío y el rey con su ejército- hablan también de fe, pero esta vez más directamente: resumen la tranquila confianza del poderoso. Agur está sugiriendo que, como hombres y mujeres de fe, somos como el fabuloso león y el rey poderoso. No debemos temer ni preocuparnos, sino confiar en nuestro Dios, porque nuestra fuerza está precisamente en esa quietud (Isaías 30:15). Estos cuatro ejemplos tienen un andar magnífico; no necesitan agitarse o ser rápidos. Han alcanzado su paz, el shalom que los hace confiar en el resultado final de la tormenta: “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre’’ (10:25).
El oráculo mencionó recién al “rey al frente de su ejército” (30:31, NVI). Una traducción literal sugiere “al rey, a quien nadie resiste”, como en RVR 60. El oráculo describe la amenazante venida de Dios mismo, y se dirige al impío que pueda estar tentado a ser lo suficientemente necio como para jactarse acerca de su maldad y que insiste en hacer planes para el mal. El sabio le aconseja que se cubra la boca con la mano, lo que denota respeto y asombro (Job 21:5; Miqueas 7:16), y el mantenerse en silencio. Hay un juego de palabras literario con las palabras “boca” (peh), “nariz” (‘ap), e “ira” (’appayim), para sugerir alguna clase de conexión entre las tres palabras. Es mejor que cerremos nuestra boca y nos arrepintamos, no sea que seamos confrontados en la disputa final e inevitable del Juicio divino. La palabra hebrea rib, “contienda”, pertenece al lenguaje legal y a menudo se usa para evocar el trato de Dios en el Juicio: “Llegará el estruendo hasta el fin de la tierra, porque Jehová tiene juicio [rib] contra las naciones; él es el Juez de toda carne; entregará los impíos a espada, dice Jehová” (Jeremías 25:31; cf. Oseas 4:1; Miqueas 6:1). El punto de este oráculo no es asustar a nadie, sino hacer que los impíos tomen consciencia de su iniquidad en el silencio de sus pensamientos. Presionar el mal producirá ira, así como el batir la leche produce manteca (mantequilla); y el forzar la nariz produce sangre (30:33). En otras palabras, el Juicio divino es inevitable y –más allá del absurdo de la existencia y la historia humanas– esta perspectiva y promesa otorga sentido a nuestra vida y a la historia humana.

Referencias
Ver R. B.Y Scott, Proverbs and Ecclesiastes, The Anchor Bible series (Nueva York: Doubleday, 1965), pp. 175,176.

Ver Abraham J. Heschel, Man is not Alone: A Philosophy of Religion (Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1999).

Este es significado literal del verbo hebreo rgz (“perturbar”).