La Cena del Señor


La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la sangre de Jesús como expresión de fe en él, nuestro Señor y Salvador. Cristo está presente en esta experiencia de comunión para encontrarse con su pueblo y fortalecerlo. Al participar de la Cena, proclamamos gozosamente la muerte del Señor hasta que venga. La preparación para la Cena incluye un examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro ordenó el servicio del lavamiento de los pies para denotar una renovada purificación, para expresar la disposición a servirnos mutuamente en humildad cristiana, y para unir nuestros corazones en amor. El servicio de comunión está abierto a todos los creyentes cristianos (1 Corintios 10-16,17; 11:23-30; Mateo 26:17-30; Apocalipsis 3:20; Juan 6:48-63; 13:1-17).
CON PIES POLVORIENTOS, LLEGARON al aposento alto para celebrar la Pas­cua. Alguien había provisto un jarrón de agua, una palangana y una toalla para el acostumbrado lavamiento de pies, pero nadie quería realizar esa tarea degradante.
Sabedor de su muerte inminente, Jesús dijo con tristeza: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca! Porque os digo que no la co­meré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Lucas 22:15, 16).
Los celos que los discípulos albergaban unos contra otros, llenaban de triste­za el corazón de Jesús. Se daba cuenta de que todavía contendían en cuanto a quién debía ser considerado el mayor en su reino (Lucas 22:24; Mateo 18:1; 20:21). Lo que les impedía a los discípulos humillarse a sí mismos, sustituir al siervo y lavar los pies de los demás, era sus maniobras en busca de posición, su orgullo y estimación propia. ¿Aprenderían alguna vez que en el reino de Dios la verdadera grandeza se revela por la humildad y el servicio de amor?
 “Cuando cenaban” (Juan 13:2, 4) Jesús se levantó calladamente, tomó la toalla del siervo, echó agua en la palangana, se arrodilló y comenzó a lavar los pies de los discípulos. ¡El Maestro como siervo! Comprendiendo el reproche im­plícito, los discípulos se llenaron de vergüenza. Cuando hubo completado su tra­bajo y vuelto a su lugar, el Señor dijo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Por­que ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:14-17).
A continuación, Jesús instituyó en lugar de la Pascua el servicio que había de recordar su gran sacrificio: la Cena del Señor. Mientras comían, “tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo” que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Luego tomó la copa de la bendición, “y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. “Haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (ver Mateo 26:26-28; 1 Corintios 11:24-26; 10:16).
Las ordenanzas del lavamiento de los pies y de la Cena del Señor constituyen el servicio de la Comunión. Así, Cristo instituyó ambas ordenanzas con el fin de ayudarnos a entrar en comunión con él.
La ordenanza del lavamiento de los pies
La costumbre requería que al celebrar la Pascua, las familias de Israel quita­ran toda la levadura —símbolo del pecado— que hubiera en sus hogares antes del primer día de la Semana del Pan sin Levadura o Fiesta de los Ázimos (Éxodo 12:15, 19, 20). Así también, los creyentes deben arrepentirse y confesar todo pecado, incluyendo el orgullo, las rivalidades, los celos, los resentimientos y el egoísmo, antes de poder estar con el espíritu adecuado para gozar de comunión con Cristo en este nivel más profundo.
Con este propósito, Cristo instituyó la ordenanza del lavamiento de los pies. No solo estableció un ejemplo, sino también declaró que los discípulos debían hacer lo mismo, y les prometió una bendición: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17). Esta ordenanza, que precede a la Cena del Señor, cumple el mandato según el cual todos deben examinarse a sí mismos para no participar en el rito “indignamente” (1 Corintios 11:27-29).
El significado de la ordenanza. Esta ordenanza revela características tanto de la misión de Cristo como de la experiencia del participante.

  1. Un recuerdo de la condescendencia de Cristo. La ordenanza del lavamiento de los pies es un monumento a la condescendencia de Cristo revelada en su en­carnación y su vida de servicio. Aunque moraba con el Padre en la gloria celes­tial, Cristo “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7).

Fue una humillación para el Hijo de Dios el haberse entregado con tal abne­gación y amor, solo para ser rechazado por la mayoría de las personas a quienes vino a salvar. A lo largo de toda la vida terrenal de Cristo, Satanás estuvo deter­minado a humillarlo hasta lo sumo a cada paso. ¡Qué mortificación debe haber significado para Jesús, el Inocente, ser crucificado como un criminal!
Cristo vivió una vida de servicio abnegado. “No vino para ser servido, sino para servir” (Mateo 20:28). Por medio del lavamiento de los pies, demostró que se hallaba dispuesto a realizar cualquier servicio, no importa cuán humilde, con el fin de salvar a los pecadores. De este modo, impresionó en las mentes de sus se­guidores su propia vida de servicio y mansedumbre.
Al hacer de esta ceremonia preparatoria una ordenanza, Cristo procuró lle­var a los creyentes a un estado de ternura y amor que los motivara a servir a sus semejantes. A los que meditan en su significado, esta ordenanza los motiva para tratar a otros con humildad y tacto. Al seguir a Cristo en el lavamiento de los pies, profesamos su espíritu: “Servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).
Si bien la participación en este servicio produce humillación, está lejos de ser degradante. ¿Quién no se sentiría privilegiado de inclinarse ante Cristo y lavar los pies que fueron clavados en la cruz? Jesús dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

  1. Tipifica una purificación mayor. El lavamiento hizo más que limpiar los pies de los discípulos. Representaba una purificación más profunda, la renova­ción del mismo corazón. Cuando Pedro le pidió a Jesús que le lavara todo el cuerpo, el Salvador respondió: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio” (Juan 13:10).

El que está lavado, está limpio. Sin embargo, los pies calzados con sandalias abiertas pronto se empolvan y necesitan volverse a lavar. Así sucedía con los discípulos. Sus pecados habían sido lavados por el bautismo, pero la tentación los había llevado a albergar orgullo, celos y maldad en sus corazones. No estaban listos para tener comunión íntima con su Señor, ni para aceptar el nuevo pacto que estaba por concertar con ellos. Por medio del lavamiento de los pies, Cristo deseaba prepararlos para que participaran de la Cena del Señor. A excepción de Judas, el traidor, sus corazones habían sido limpiados de egoísmo y orgullo por la gracia de Cristo, y se hallaban unidos en amor mutuo; gracias al acto abnegado de Jesús, se humillaron y se volvieron capaces de ser enseñados.
Como los discípulos, cuando aceptamos a Cristo y somos bautizados, hemos sido limpiados por su sangre. Pero a medida que caminamos por la senda cristiana, cometemos errores. Nuestros pies se empolvan. Debemos venir nuevamente a Cristo, y permitir que su gracia purificadora quite de nosotros la contaminación. Sin embargo, no necesitamos ser bautizados nuevamente, porque “el que está lavado, no necesita sino lavarse los pies” (Juan 13:10). La ordenanza del lava­miento de los pies nos recuerda que necesitamos constantemente ser limpiados, y que dependemos completamente de la sangre de Cristo. El lavamiento de los pies en sí mismo no puede limpiar el pecado. Solo Cristo puede purificarnos.

  1. Comunión en el perdón. La actitud perdonadora entre los participantes in­dica que la limpieza que este servicio simboliza ha hecho su efecto. Solo así como perdonamos, podemos experimentar el perdón de Dios. “Si perdonáis a los hom­bres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14,15).

Jesús dijo: “Vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Juan 13:14). Necesitamos estar dispuestos no solo a lavar los pies de los demás, sino también a permitir que los demás laven nuestros propios pies. En este último caso, admitimos nuestra necesidad de ayuda espiritual.
Cuando se termina el servicio, nuestra fe nos asegura de que estamos limpios porque nuestros pecados han sido lavados. ¿Por quien? Por Cristo. Pero son otros creyentes los que nos administran los símbolos del ministerio de Cristo, y de este modo el servicio se convierte en la comunión del perdón.

  1. Comunión con Cristo y con los creyentes. El servicio del lavamiento de los pies demuestra el amor que Cristo tuvo por sus seguidores “hasta el fin” (Juan 13:1). Cuando Pedro rehusó permitir que Cristo le lavara sus pies, el Salvador respondió: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (versículo 8). Sin lavamiento, no hay comunión. Los que desean continuar manteniendo su comunión con Cristo, participarán de esta ordenanza.

Esa misma tarde, Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (versículo 34). El mensaje de esta ordenanza es claro: “Servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13). Tener esta clase de amor significa que les concederemos a los demás el lugar de preferencia, estimándolos mejores que nosotros (Filipenses 2:3). Re­quiere de nosotros que amemos a los que no están de acuerdo con nosotros. Nos impide albergar sentimientos de supremacía o de parcialidad. Nuestro estilo de vida reflejará nuestro amor por los demás creyentes. Al arrodillarnos ante ellos y lavar sus pies, nos regocijamos de que viviremos con ellos por toda la eternidad. Todos los que siguen el ejemplo de Cristo en esta ordenanza, experimentarán de algún modo u otro lo que significa amar como Cristo amó. Y esa clase de amor puede ser un testimonio muy poderoso.
Un monje budista le pidió en cierta ocasión a un misionero que sugiriera una escena que representara el cristianismo. Se planeaba decorar una sección del monasterio con murales y esculturas que representan las grandes religiones del mundo. Tras cierta reflexión, el misionero comenzó a compartir el relato de Juan 13. El monje “no dijo nada mientras yo leía —recuerda el misionero—, pero sentí un silencio y poder extraño y asombroso, a medida que el pasaje describía la ac­ción de Jesús al lavar los pies de los discípulos”. En esa cultura, la discusión pú­blica de cualquier cosa que tenga que ver con los pies se considera una grave falta de etiqueta. “Cuando terminé de leer, hubo un momento de silencio. El monje me miró, incrédulo, y dijo: ¿quiere usted decir que el Fundador de su reli­gión lavó los pies de sus alumnos?”
“‘Sí’, repliqué. El rostro generalmente plácido, redondo como la luna, con la cabeza y las cejas afeitadas, se arrugó, tomando una expresión de asombro y horror. Se quedó sin habla, y yo me sentí igualmente afectado. Ambos nos vi­mos sumergidos en el drama de la escena. Mientras contemplaba su expresión, la mirada de incredulidad que había en su rostro fue cambiando hasta transfor­marse en temor reverente. ¡Jesús, el Fundador del cristianismo, había tocado y lavado los pies sucios de unos pescadores! Después de unos momentos, logró controlarse y se levantó de su asiento, diciendo: ahora comprendo la esencia del cristianismo”.
La celebración de la Cena del Señor
Entre los protestantes, el nombre más común que se le da al servicio de Co­munión es la “Cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Otros nombres son “la mesa del Señor” (1 Corintios 10:21), “el partimiento del pan” (ver Hechos 20:7; 2:42), y “la euca­ristía”, una referencia al aspecto de bendición y agradecimiento del servicio (Mateo 26:26, 27; 1 Corintios 10:16; 11:24).
La Cena del Señor debe ser una ocasión de gozo, y no de tristeza. El servicio de humildad que la precede, provee la oportunidad de realizar un autoexamen, con­fesar los pecados, reconciliar las diferencias y perdonarse mutuamente las ofensas.
Habiendo recibido la certidumbre de la purificación por la sangre del Salvador, los creyentes se hallan listos para entrar en una comunión especial con su Señor. Se congregan junto a la mesa con gozo, andando no en la sombra de la cruz sino en su luz salvadora, listos para celebrar la victoria redentora de Cristo.
El significado de la Cena del Señor. La Cena del Señor reemplaza el festival de la Pascua de la época del antiguo pacto. La Pascua se cumplió cuando Cristo, el Cordero pascual, entregó su vida. Antes de su muerte, el mismo Jesús instituyó el reemplazo, el gran festival del Israel espiritual bajo el nuevo pacto. Por esto, las raíces de gran parte del simbolismo evidente en la Cena del Señor, surgen del servicio de la Pascua.

  1. Conmemoración de la liberación del pecado. Tal como el festival de la Pas­cua conmemoraba la liberación de la esclavitud en Egipto, la Cena del Señor conmemora la liberación del Egipto espiritual, la esclavitud del pecado.

La sangre del cordero pascual que se aplicaba a los dinteles y los postes de las puertas, protegió de la muerte a los habitantes del hogar; la nutrición que prove­yó su carne les impartió la fuerza necesaria para escapar de Egipto (Éxodo 12:3-8).
Así también el sacrificio de Cristo trae liberación de la muerte; los creyentes son salvos al participar de su cuerpo y su sangre (Juan 6:54). La Cena del Señor proclama que la muerte de Cristo en la cruz proveyó para nosotros el perdón y la salvación, y nos garantiza la vida eterna.
Jesús dijo: “Haced esto en memoria de mí” (1 Corintios 11:24). Esta ordenanza hace énfasis en la dimensión sustitutiva de la expiación de Cristo. “Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido”, dijo Jesús (1 Corintios 11:24; compárese con Isaías 53:4-12). En la cruz, el Inocente tomó el lugar del culpable, el Justo sustituyó al injusto. Este acto magnánimo satisfizo las demandas de la ley en cuanto a la muerte del pecador, proveyó perdón, paz y la garantía de la vida eterna para los pecadores arrepentidos. La cruz quitó nuestra condenación y nos proveyó con el manto de la justicia de Cristo y con el poder para vencer el mal.

  1. El pan y el fruto de la vid. Jesús usó muchas metáforas para enseñar diferentes verdades acerca de sí mismo. Dijo: “Yo soy la puerta” (Juan 10:7), “yo soy el camino” (Juan 14:6), “yo soy la vid verdadera” (Juan 15:1), “yo soy el pan de vida” (Juan 6:35). No podemos tomar literalmente ninguna de estas expresiones, ya que Cristo no se halla presente en cada puerta, cami­no o viña. En cambio, ilustran verdades más profundas.

Cuando alimentó milagrosamente a los 5.000, Jesús reveló el significa­do más profundo de su cuerpo y sangre. Al presentarse como el verdadero pan, declaró: ‘De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:32-35). Cristo ofreció su cuerpo y su sangre para satisfacer el ham­bre y la sed que producen nuestras necesidades y deseos más profundos (Juan 6:50-54).
El pan de la Pascua que comió Jesús era sin levadura, y el fruto de la vid, sin fermentar. La levadura, que produce fermentación y hace que suba el pan, era considerada un símbolo del pecado (1 Corintios 5:7, 8), y por lo tanto no servía para representar al Cordero “sin mancha y sin contaminación" (1 Pedro 1:19). Únicamente el pan sin levadura, es decir, sin fermentar, podía simbolizar el cuerpo inmaculado de Cristo. Del mismo modo, tan solo el fruto intacto de la vid —el vino sin fermentar— simboliza apropiadamente la inmaculada perfección de la sangre purificadora del Salvador.

  1. El acto de comer y beber. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:53, 54).

El acto de comer la carne de Cristo y beber su sangre, es lenguaje sim­bólico que representa la asimilación de la Palabra de Dios, a través de la cual los creyentes mantienen la comunión con el cielo y reciben la vida espiritual. Cristo declaró: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).
Los creyentes se alimentan de Cristo, el pan de vida, al participar de la Palabra de vida, es decir, la Biblia. Con esa Palabra se recibe el poder vivificante de Cristo. En el servicio de la Comunión también participamos de Cristo al asimilar su Palabra por medio del Espíritu Santo. Por esta razón, cada Cena del Señor va acompañada de la predicación de la Palabra.
Por cuanto nos apropiamos por fe de los beneficios del sacrificio expia­torio de Cristo, la Cena del Señor es mucho más que una simple comida recordativa. La participación en el servicio de la Comunión significa la revitalización de nuestra vida por medio del poder sostenedor de Cristo, el cual nos imparte vida y gozo. En palabras resumidas, el simbolismo demuestra que “dependemos tanto de Cristo para la vida espiritual como dependemos del alimento y la bebida para sostener la vida física”.
Durante el servicio de comunión, “bendecimos” la copa (1 Corintios 10:16). Esto significa que así como Cristo “dio gracias” por la copa (Mateo 26:27), también nosotros expresamos gratitud por la sangre de Jesús.

  1. La comunión colectiva con Cristo. En este mundo, lleno de divisiones y conflictos, nuestra participación colectiva en estas celebraciones contribuye a la unidad y estabilidad de la iglesia, demostrando verdadera comunión con Cristo y con los hermanos. Con el fin de hacer énfasis en esta comunión, Pablo declaró:

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cris­to? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participa­mos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:16, 17).
“Se alude aquí al hecho de que el pan de la Comunión se parte en muchos pedazos, los cuales comen los creyentes, y así como todos los pedazos vienen del mismo pan, también todos los creyentes que participan del servicio de comunión se unen en Cristo, cuyo cuerpo quebrantado está simbolizado por el pan partido”.
“Al participar juntos de esta ordenanza, los cristianos demuestran públicamente que están unidos entre sí, y que pertenecen a una gran familia, cuya cabeza es Cristo”.
Todos los miembros de la iglesia debieran participar en esta sagrada comu­nión, porque allí, por medio del Espíritu Santo, “Cristo se encuentra con los su­yos y los fortalece por su presencia. Corazones y manos indignos pueden admi­nistrar el rito; sin embargo, Cristo está allí para ministrar a sus hijos. Todos los que vienen con su fe fija en él serán grandemente bendecidos. Todos los que des­cuidan estos momentos de privilegio divino sufrirán una pérdida. Acerca de ellos se puede decir con acierto: ‘No estáis limpios todos’”.
Junto a la mesa del Señor, experimentamos el más poderoso y profundo sen­tido de comunidad. Allí nos encontramos en terreno común, habiéndose que­brantado todas las barreras que nos separan. Allí nos damos cuenta de que si bien en la sociedad humana hay mucho que nos divide, en Cristo se encuentra todo lo necesario para unirnos. Al compartir la copa de la comunión, Jesús entró en el nuevo pacto con sus discípulos. Dijo el Salvador: “Bebed de ella todos; por­que esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remi­sión de los pecados” (Mateo 26:27, 28; compárese con Lucas 22:20). Así como el antiguo pacto era ratificado por la sangre de los sacrificios de animales (Éxodo 24:8), el nuevo pacto fue ratificado por la sangre de Cristo. En esta ordenanza, los creyentes renuevan su compromiso de lealtad a su Señor, reconociendo nueva­mente que son parte del acuerdo maravilloso por medio del cual, en Jesús, Dios se unió consigo a la humanidad. Por cuanto son parte de este pacto, tienen razón de celebrar. De este modo, la Cena del Señor es tanto un memorial como una acción de gracias por el sellamiento del pacto eterno de gracia. Las bendiciones recibidas son en proporción a la fe de los participantes.

  1. Anticipación de la segunda venida. “Así pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26).

El servicio de la Comunión abarca el tiempo que transcurre entre el Calvario y la segunda venida. Vincula la cruz con el reino. Une el “ya” y el “todavía no”, que constituyen la esencia de la visión mundial del Nuevo Testamento. Mantiene unidos el sacrificio del Salvador y su segunda venida: salvación provista y salva­ción consumada. Proclama que Cristo está presente por medio del Espíritu hasta que venga en forma visible.
La promesa que hizo Jesús: “Desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29), es una expresión profética. Dirige nuestra fe a una celebración fu­tura de la Comunión con nuestro Salvador en el reino. Esa ocasión será la gran fiesta de “la cena de las bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:9).
En preparación para este acontecimiento, Cristo instruyó a sus seguidores, di­ciendo: “Estén ceñidos vuestros lomos y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su Señor regrese de las bodas para que cuando llegue y llame le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su Señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa y vendrá a servirles” (Lucas 12:35-37).
Con sus seguidores reunidos alrededor de la mesa del banquete, Cristo cele­brará la Cena como lo hizo en Jerusalén. Por mucho tiempo ha esperado esta ocasión, y ahora todo está listo. Se levanta de su trono, y se adelanta para servir­les. El asombro llena todo corazón. Se sienten completamente indignos del honor de que Cristo les sirva. Protestan, diciendo: “¡Déjanos servir a nosotros!” Pero Cristo insiste suavemente, y los hace sentarse.
“En realidad, Cristo nunca fue mayor mientras estuvo en el mundo que en la memorable ocasión de la Cena del Señor, cuando tomó el lugar de un siervo y se humilló a sí mismo. En el cielo, Cristo nunca es mayor que cuando ministra a sus santos”. Ésta es la expectativa culminante hacia la cual nos orienta la Cena del Señor, el gozo de la gloria futura por medio de la comunión personal con Cristo en su reino eterno.
Requisitos para la participación. Dos grandes ordenanzas sirven a la fe cristiana: El bautismo y la Cena del Señor. El primero es la puerta de entrada a la iglesia, y la última beneficia a los miembros. Jesús administró la Comunión úni­camente a sus seguidores profesos. El servicio de Comunión, por lo tanto, es para los cristianos creyentes. Los niños no participan generalmente en estas orde­nanzas, a menos que hayan sido bautizados.
La Biblia instruye a los creyentes a que celebren esta ordenanza con la debida reverencia por el Señor, ya que “cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Corintios 11:27). Esta forma “indigna” consiste “ya sea en conducta impropia (ver el versículo 21) o en la falta de una fe vital y activa en el sacrificio redentor de Cristo”. Una conducta tal demuestra falta de respeto para con el Señor, que puede ser considerada un rechazo del Salvador, y de este modo lleva al individuo a compar­tir la culpabilidad de los que crucificaron al Salvador.
La participación impropia desagrada a Dios. Los que comen y beben de ma­nera indigna, comen y beben “juicio” para sí mismos, “sin discernir el cuerpo del Señor” (1 Corintios 11:29). No hacen distinción entre los alimentos ordinarios y los emblemas consagrados que simbolizan la muerte expiatoria de Cristo. “Los cre­yentes no deben tratar la ordenanza como si fuera únicamente una ceremonia conmemorativa de un suceso de la historia. Lo es, y mucho más; constituye tam­bién un recordativo de lo que el pecado le costó a Dios, y lo que el hombre le debe al Salvador. Es también un medio de mantener fresco en la mente el deber que tiene el creyente, de testificar públicamente acerca de su fe en la muerte redento­ra del Hijo de Dios”.
En vista de estas admoniciones, Pablo aconseja a los creyentes: “Pruébese cada uno a sí mismo” antes de participar en “la Cena del Señor” (1 Corintios 11:28). Antes de tomar parte, los creyentes deben pasar revista a su experiencia cristiana con oración, confesando sus pecados y restableciendo las relaciones interrumpi­das.
La experiencia de los pioneros adventistas revela cuán grande bendición puede proveer un examen tal: “Cuando nuestros miembros eran pocos, la cele­bración de los ritos constituía una ocasión sumamente provechosa. El viernes antes de ese acontecimiento, cada miembro de iglesia se esforzaba por remediar todo aquello que tendiera a separarlo de los hermanos y de Dios. Se efectuaba una cuidadosa investigación del corazón, se ofrecían sinceras oraciones pidiendo que Dios revelase los pecados ocultos; se hacían confesiones de engaños en los negocios, de palabras ofensivas pronunciadas con apresuramiento y de pecados acariciados. El Señor se acercaba a nosotros, y recibíamos mucho poder y áni­mo”.  
Este examen constituye una obra personal. Otros no pueden realizarlo en nuestro lugar, porque ¿quién puede leer el corazón o distinguir la cizaña del trigo? Cristo, nuestro ejemplo, rechazó la exclusividad en la Cena. Si bien el pecado abierto excluye a los individuos de participar (1 Corintios 5:11), el mismo Jesús com­partió la cena con Judas, que exteriormente era un seguidor profeso, pero que en lo interior era ladrón y traidor.
Lo que decide, entonces, quienes son idóneos para participar en el servicio de la Comunión, es la condición del corazón: una entrega completa a Cristo y fe en su sacrificio, no la calidad de miembros de una iglesia particular. En consecuen­cia, los cristianos creyentes de todas las denominaciones pueden tomar parte en la Cena del Señor. Todos están invitados a celebrar a menudo este gran festival del nuevo pacto, y por medio de su participación, dar testimonio de que han aceptado a Cristo como su Salvador personal.  

 

Referencias
Ver Robert Odom, “The First Celebration of the Ordinance of the Lord's House’’ [La primera celebración de la ordenanza de la casa del Señor], Ministry, Enero de 1953, p. 20; Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 598-603.

Ibíd., p. 605.

Existe una relación entre el bautismo y la Cena del Señor. El bautismo precede la entrada a la iglesia, mientras que el lavamiento de los pies se aplica a los que ya son miembros de la igle­sia. Durante esta ordenanza, es apropiado que meditemos en nuestros votos bautismales.

Ver C. Mervyn Maxwell, “A Fellowship of Forgiveness” [Una comunión para el perdón], Re­view and Herald, 29 de junio de 1961, pp. 6, 7.

Jon Dybdahl, Missions: A Two Way Street [Las misiones: una calle de dos vías] (Boise, Idaho: Pacific Press, 1986), p. 28.

Si bien en general se comprende que en Hechos 20:7 la expresión se refiere a la celebración de la Cena del Señor, no se refiere exclusivamente a esta ordenanza. En Lucas 24:35 se refiere a una comida común cotidiana.

Se supone que la gente de los tiempos bíblicos no podría haber preservado jugo de uva por un período extendido en el clima caliente de Israel, desde la época de la cosecha de la uva en el otoño hasta la Pascua que se celebraba en la primavera. Por esta razón, muchos consideran que sin duda los judíos celebraban la Pascua con vino fermentado. Esta suposición no tiene base. Por todo el mundo antiguo, diversos jugos se preservaban a menudo por extensos períodos en un estado exento de fermentación, usando diversos métodos. Uno de ellos consistía en concentrar el jugo, hirviéndolo hasta que se transformara en jarabe. Si se lo guardaba en un lugar fresco, este concentrado no se fermentaba. El sencillo acto de diluirlo con agua, daba como resultado un “vino dulce” exento de alcohol. Ver William Patton, Bible Wines: Laws of Fermentation [Los vinos bíblicos: las leyes de fermentación] (Oklahoma City, OK: Sane Press, n. d.), pp. 24-41; ver también C. A. Christoforides, “More on Unfermented Wine” [Información adicional acerca del vino sin fermentar] Ministry, abril de 1955, p. 34; Lael O. Caesar “The Meaning of Yayin in the Oíd Testament” [El significado del término yayin en el Antiguo Testamento] (Tesis de Maestría inédita, Andrews University, 1986), pp. 74-77; Elena G. de W hite, El Deseado de todas las gentes, p. 609. El vino de la Pascua podía hacerse también de pasas (F. C. Gilbert, Practical Lessons From the Experience of Israel for the Church of Today [Lecciones prácticas de la experiencia de Israel para la iglesia de hoy], [Nashville, Tennessee: Southern Pub. Assn., 1972], pp. 240, 241).

A la luz de lo expuesto, no carece de significado el hecho de que Cristo evita usar la palabra común para referirse al vino (griego, óinos), sino que emplea la frase “el fruto de la vid” (Marcos 14:25). Si bien óinos puede referirse al vino tanto en su estado fermentado como no fermen­tado, el fruto de la vid se refiere al jugo puro, un símbolo apropiado de la sangre de Cristo, el cual se designó a sí mismo como “la vid verdadera” (Juan 15:1).

Es la levadura lo que causa también la fermentación del jugo de uva. Las esporas de levadura, que flotan en el aire o son llevadas por los insectos, se adhieren a la cera que cubre la casca­rita de la uva. Cuando las uvas son aplastadas, las esporas se mezclan con el jugo. A tempe­ratura ambiente, las células de levadura se multiplican rápidamente, haciendo fermentar el vino (ver Martin S. Peterson, Arnold H. Johnson, editores, Encyclopedia of Food Technology [Enciclopedia de tecnología de los alimentos] [Westport, CT: Avi Publishing Co., 1974], tomo 2, pp. 61-69; ver también Encyclopedia of Food Science [Enciclopedia de la ciencia de la alimen­tación] [Wesport, CT: Avi Publishing Co., 1978], tomo 3, p. 878).

R. Rice, Reign of God [El reino de Dios], p. 303.

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 741.

Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 613, 616.

M. L. Andreasen, “The Ordinances of the Lord’s House” [Las ordenanzas de la casa del Señor], Ministry, enero de 1947, pp. 44, 46.

Ver Elena G. de W hite, El evangelismo, p. 202.

Ver por ejemplo Frank Holbrook, “¿For Members Only?” [¿Solo para miembros?]. Ministry, febrero de 1987, p. 13.

Comentario bíblico adventista, tomo 6, pp. 759, 760.

Ibíd.

Elena G. de White, El evangelismo, p. 203; ver también Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 759.

La Biblia no especifica cuán frecuentemente debiera celebrarse la Cena del Señor (ver 1 Corintios 20:11, 25, 26). Los adventistas han seguido la práctica de muchos protestantes y celebran esta ordenanza cuatro veces en el año. “Al adoptar el plan trimestral, los primeros creyentes ad­ventistas consideraron que si se celebraba el servicio con mayor frecuencia, se corría el peli­gro de caer en la formalidad, y dejar de reconocer la solemnidad del servicio”. Parece una decisión moderada, equidistante entre el extremo de celebrarla demasiado a menudo, y el de abstenerse de hacerlo durante un tiempo demasiado largo, por ejemplo un año (W. E. Read, “Frequency of the Lord’s Supper” [Frecuencia de la Cena del Señor], Ministry, abril de 1955, p. 43).