TÍTULOS DIVINOS INVOCADOS PARA NEGAR FUNCIONES COMPLEMENTARIAS
Cómo responder a los igualitarios sobre la estructura eclesiástica
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Dr. Alberto R. Treiyer


Junio 2015
En un intento de negar el señorío del hombre en la casa y en la iglesia, algunos recurren a ciertos títulos y funciones de Cristo como siendo únicos. Por consiguiente, concluyen que tanto hombres como mujeres están en un mismo nivel en relación con la dirigencia de la iglesia, y todo intento de poner al hombre sobre la mujer es usurpar ese carácter único del Señor. Por tal razón se hace necesario mostrar que ese carácter único de Cristo y de Dios como nuestro jefe supremo que requiere nuestra obediencia y sumisión, no excluye un liderazgo semejante y derivado en sus representantes en la tierra.
El título Maestro (didáskalos)
Algunos ponen como ejemplo el pasaje de Jesús cuando dijo: “No dejéis que os llamen Rabí [“que quiere decir Maestro” (Jn 20:16)]; porque uno es vuestro Maestro (didáskalos) y todos vosotros sois hermanos” (Mat 23:8). Argumentan luego, que solo Jesús es la cabeza de la iglesia. Pero no descuidemos el contexto, ni tampoco restrinjamos su carácter único a Cristo como Maestro y como Cabeza, al punto de negar esa cualidad a sus discípulos.
“En el hebreo antiguo, rabí era un término apropiado para dirigirse, al hablar, a un superior” o dirigente que estaba investido con una autoridad que debía ser obedecida. La gente tenía que someterse a esa autoridad. Esto lo entendió bien Jesús cuando dijo que “un discípulo no está por encima de su maestro (didáskalos), ni un siervo por encima de su amo” (Mat 10:24-25). El término rabí viene de una raí que significa “grande,” de esta forma la palabra significa: “Mi gran señor; mi señor honorable.” Por esa razón Jesús advirtió a sus discípulos no hacer como ellos, quienes gustaban “ser saludados con respeto en las plazas de mercado y ser llamados ‘Rabí’ por otros” (Mat 23:7).
Pero aún si es verdad que “un discípulo no está por encima de su maestro” (didáskalos), Jesús agregó también que “después de que se ha preparado bien, será como su maestro” (Luc 6:40). En efecto, Pablo declaró que al repartir dones en la iglesia, el Espíritu constituye a algunos como “maestros” (1 Cor 12:28-29: didáskalos). El mismo apóstol dijo que era didáskalos, justo antes de negar esa facultad a la mujer en la iglesia al compararla con el hombre (1 Tim 2:7,12).
¿Por qué la mujer no tenía la facultad de “enseñar” al hombre? Porque el concepto de “enseñar” en los días del apóstol no era el mismo que tenemos hoy. Implicaba una autoridad que requería obediencia y sumisión al dirigente que estaba versado en la Torah, algo que sólo correspondía a los hombres en la sinagoga así como en la iglesia. Jesús respetó esa clase de liderazgo y autoridad, aunque amonestó, “hagan y obedezcan lo que les digan, pero no sigan su ejemplo, porque no hacen lo que dicen” (Mat 23:2-3). En el caso de los discípulos, el liderazgo de un rabí o “maestro” debían ejercerse bajo el ejemplo de humildad que dejó Jesús (Jn 13:13-15).
En cambio le correspondía a la mujer tanto como al hombre “orar” y “profetizar” (1 Cor 11:5; cf. Luc 2:36-37), y “exponer” o “explicar” la Palabra de Dios (Hech 18:26), así como transformarse en evangelistas (Jn 4:39-42). De hecho, hubo en la iglesia mujeres que profetizaron (Hech 21:8-9; véase Luc 2:36-37). E. de White también profetizó, sin pretender jamás el liderazgo de la iglesia según lo expresó abiertamente, sino que se contentó con ser “la mensajera del Señor”. Nunca bautizó, nunca ofició en un casamiento, nunca tampoco ofició un servicio de Santa Cena. Todo esto en cumplimiento de lo que anticipó Dios mediante Joel, que los hijos y las hijas (evidentemente aún solteras), iban a profetizar, algo acorde a la misión que Dios dio a las mujeres (Joel 2:28).
Veamos otro pasaje que nos muestra que el concepto de “maestro” en los días de Cristo era diferente al nuestro. Dijo Jesús:
“Un discípulo no está por encima del didáskalos (“maestro”), ni un siervo por encima de su señor. Le basta al discípulo llegar a ser como su didáskalos (“maestro”), [es decir, imitarlo], y al siervo como su señor” (Mat 10:24-25).
Transfiramos este concepto que la palabra didasko tenía en el mundo antiguo a lo que Pablo dijo en 1 Tim 2:12. “No permito que la mujer enseñe” (didásko) sobre el hombre. ¿Qué es lo que quiso decir? Que no asuma un papel sobre el hombre en el liderazgo de la iglesia. Ella puede profetizar en la congregación o exponer la palabra de Dios o enseñar en nuestro concepto moderno de enseñanza, por delegación o autorización de los ancianos. En otras palabras, su papel en la iglesia es equivalente al que Dios le asignó en la creación, una ayuda idónea para el hombre (Gén 2:18). Eso es justamente lo que Pablo aclara en la siguiente frase: “ni que usurpe la autoridad del hombre (andros: de cualquier hombre). ¿Tiene sentido ahora este pasaje?
La enseñanza tenía que ver con un “camino” de vida, más que con un enfoque teórico basado en la Torah. Ésta es la razón por la que se refiere el evangelio como el camino que Jesús desplegó ante sus discípulos, que viene de Dios desde el mismo comienzo de la era patriarcal (Gén 18:19; Juec 2:22; 1 Sam 12:23; Sal 25:8-9; Jer 6:16; Os 14:9, etc). En este contexto, es llamativo el hecho de que a Jesús le hubiesen dicho: “Maestro (didáskale), sabemos que... enseñas el camino de Dios con verdad” (Mar 12:14). Y la misión que encomendó a sus discípulos fue predicar ese camino de salvación (Hech 18:25-36; 19:9,23; etc). De hecho, él dijo: “Yo soy el camino” (Jn 14:6).
Así, ser discípulo de un didáskalos consistía no sólo en aprender una enseñanza, sino en seguirlo, como cuando un escriba le dijo a Jesús: “Maestro, te seguiré doquiera vayas” (Mat 8:19). Esto muestra que ser Maestro significaba ser líder, conductor. Ningún hombre podría decirle a una mujer que iba a seguirla doquiera fuese. En cambio a Jesús muchas mujeres lo siguieron para atender sus necesidades (Mar 15:41; Luc 8:2-3; Mat 27:55), y lo mismo a Pablo como colaboradoras de su obra de predicación a los gentiles (Filip 4:2-3). De manera que, siguiendo el patrón que viene del Génesis (3:16), era la mujer la que debía seguir al hombre, y no el hombre a la mujer. Este principio se aplica no sólo al liderazgo del hombre en el matrimonio, sino también en la iglesia.
Más aún, en el criterio antiguo, el aprendizaje requería a veces una vara para disciplinar al alumno. Por supuesto, Pablo no usaba esa metodología para enseñar en las iglesias. Pero en una oportunidad, usó el símbolo de una vara para decirle a los corintios en un contexto de desorden en la iglesia: “¿queréis que vaya a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?” (1 Cor 4:21). Él podía amonestar a la iglesia de esa manera porque era un hombre de autoridad, un apóstol cometido por Dios para dirigir la iglesia. Eso aún hoy le queda grande a una mujer en una iglesia. La aplicación de la disciplina en un contexto de desorden en una casa cuando los hijos son grandes ya, y en la iglesia con gente adulta, le corresponde más al padre y al anciano o pastor que a la madre o mujer en la casa o en la iglesia.
El concepto antiguo de disciplina en la enseñanza continuó a lo largo de los siglos a tal punto que en la Edad Media el estribillo era que “la letra con sangre entra”. Pero ese criterio cambió a partir más definidamente del educador protestante suizo Pestalozzi, quien introdujo un método de comunicación más espontáneo que no requería que el estudiante siguiese o se sometiese al maestro. De manera que el criterio que tenemos hoy de la palabra enseñanza, calza más con otros dos términos griegos que usaron los escritores bíblicos, que son “profetizar” (1 Cor 11:5) y “exponer” o “explicar” (Hech 18:26: ektitemi), una función que involucra tanto a hombres como a mujeres.
La palabra nabi, “profeta!, viene de una raíz que significa “burbujear, comode una fuente,” de allí “proferir.” En otras palabras, un profeta era el portavoz de Dios al hombre, un portador del mensaje de Dios. Esta fue también la función de E. de White como “mensajera del Señor”, sin pretender ni buscar usurpar la autoridad del hombre ni en su hogar ni en la iglesia como lo expresó definidamente en más de una oportunidad. “Nunca me escuchó nadie reclamar la posición de dirigente de la denominación”. Ni al principio ni después, “nadie me escuchó reclamar la dirigencia de este pueblo”). (8 T 236-7).
Pero mientras que el don profético se ejerció desde el principio, el orden profético como tal comenzó como Samuel, quien fundó la escuela de los profetas. Los que eran educados allí se preparaban para
ejercer el oficio de profeta, que consistía en enseñar o predicar la moral pura, y en llamar al pueblo al verdadero culto del Señor.
Permítanme aclarar aquí que al diferenciar el significado de la palabra “enseñar” en la antigüedad y en la actualidad, no estamos discutiendo cuál método es el mejor. Lo que buscamos es entender el significado del término empleado en la Biblia en determinado contexto, como el del papel de las mujeres y su diferenciación con el papel del hombre en el hogar y en la iglesia. En una sociedad como la nuestra en donde todo parece permisible, se pierde a menudo la noción de sujeción y obediencia al anciano o pastor que representa a Dios en la conducción de la iglesia.
En síntesis, cuando leemos hoy que Pablo no permitía enseñar a las mujeres en la iglesia, tenemos que saber que tiene que ver con un concepto de autoridad que le competía al hombre desde la creación, y que una mujer no debía usurpar (1 Tim 2:11-12; véase Apoc 2:20). Esa autoridad para enseñar y gobernar en la congregación, le correspondía únicamente a los “ancianos” (1 Tim 3:2-3). Era en cambio apropiado que tanto hombres como mujeres profetizasen o expusiesen la Palabra de Dios, bajo la autorización del anciano o líder de la congregación.
¿Qué es lo que encontramos en el NT con respecto a la facultad de enseñar o dirigir? Un orden que va de Cristo nuestro Maestro por sobre toda la iglesia, al hombre como maestro en la iglesia y por sobre la mujer, y a la mujer en relación con las mujeres más jóvenes (Tito 2:3-4). Recordemos que en el concepto antiguo, la palabra enseñar (didasko) tenía connotaciones diferentes de lo que hoy entendemos por ese término, por lo que no corresponde que impongamos a esa palabra, nuestros criterios modernos para entender lo que dijo Pablo. El maestro requería obediencia y sumisión (véase Heb 13:17). Para poder ser maestros en el concepto bíblico, debemos imitar al Maestro divino así como a los que lo representan (Mat 10:24-25; Luc 6:40).
“Sólo tú eres Santo” (Apoc 15:4)
“Sólo tú eres Santo”, aclaman a Dios los redimidos, como la razón por la que todas las naciones que serán salvas adorarán a Dios frente a su trono (Apoc 15:4). Y sin embargo, Pablo se referirá a los miembros de las iglesias mientras están en la tierra, como “santos”, sin que ello sea un motivo para rendírseles culto, ya que ni los ángeles aceptan ningún culto del hombre (Apoc 22:8-9). La ley decía: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Deut 6:13; Mat 4:10). Pero también decía, de parte de Dios: “Porque yo soy el Eterno vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo” (Lev 11:44-45). En nuestra esfera que no reporta culto hacia nuestra persona, debemos ser santos como Dios lo es en la suya, que es única y conlleva una actitud de adoración en los que se acercan a él.
El mismo principio lo vemos en las palabras de Jesús: “sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat 5:48). Otra vez, Dios es perfecto en su esfera, y nosotros en nuestra esfera limitada debemos imitarlo, aspirar a la perfección divina. Y aunque nunca alcanzaremos aquí en la tierra la perfección absoluta que posee Dios en su esfera, somos ya perfectos en cada etapa de nuestro incesante avance hacia las alturas de la perfección cristiana (Filip 3:12-15).
Elohim: Dios
Elohim es un título que se da a Dios, y proviene de una raíz verbal que significa “ser fuerte”. En el primer mandamiento Dios ordena no tener otros dioses delante de él (Éx 20:3). Es más enfático todavía cuando declara, muchas veces, que no existe otro Dios fuera de él, ni antes, ni ahora, ni después (Deut 4:35; 32:39; Isa 43:10; 44:6-8; 45:5-6). Sin embargo, él se dispuso hablar mediante sus profetas que escribieron la Biblia, y sus ministros en la tierra que pregonan sus mensajes. Por lo cual, en lugar de mirar la debilidad humana, quiere que captemos que cuando aquellos a quienes envía con un mensaje hablan, lo hacen de parte de Dios. En contextos tales, apodó “dios” o “dioses”, a legisladores divinamente inspirados, jueces y príncipes de Israel.
Comencemos por Moisés, quien había perdido en gran parte el idioma egipcio después de 40 años de vivir en el desierto. Para ilustrar cómo hace Dios para comunicarse con los hombres mediante sus profetas, le dijo a Moisés:
“Mira, yo te he constituido dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta. Tú hablarás todo lo que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará a Faraón” (Éx 7:1-2). “Tú le hablarás, y pondrás las palabras en su boca; y yo estaré con tu boca y con su boca y os enseñaré lo que habéis de hacer. Además, él hablará por ti al pueblo; y él te servirá como boca y tú serás para él como Dios” (Éx 4:15-16).
Aquí vemos que, en un sentido derivado e ilustrativo, Moisés, por referir las palabras que Dios le da, pasa a ser visto como si fuera Dios, y su hermano Aarón, como portador de sus palabras de origen divino. Pero Dios promete estar tanto en la boca de Moisés como en la boca de su hermano Aarón, de tal manera que la gente pudiese escuchar las palabras de Dios a través de ellos.
Algo semejante vemos después en Éx 21:6 y 22:8-9. Los elohim allí referidos han sido entendidos como “jueces” porque juzgaban con las palabras que Dios había dado a Moisés en su Ley (Deut 17:8-12,17; 19:17; 21:5; 2 Crón 19:5-10; Eze 44:24). La idea implícita en esta aplicación la expresa nítidamente el profeta: “Pues los labios del sacerdote deben guardar la sabiduría, y los hombres deben buscar la instrucción de su boca, porque él es el mensajero del Señor de los ejércitos” (Mal 2:7). Eso no significaba que ellos eran literalmente dioses, ni que eran infalibles, sino que en la medida en que se ajustaban a la Palabra de Dios, su fallo debía aceptárselo como proviniendo de Dios mismo (2 Crón 19:10; véase 2 Sam 14:17). Aún a los ángeles se aplicó en determinado momento esa nomenclatura divina (Sal 8:5; cf. Heb 2:7), porque la ley de Dios “fue promulgada mediante ángeles por mano de un mediador” (Gál 3:19).
También Salomón “se sentó en el trono del Señor” en lugar de su padre David. Aquí se ve de nuevo que ese trono de juicio del rey David y de Salomón su hijo, representaba al trono de Dios quien era el verdadero rey del reino de Israel (1 Crón 29:23; cf. 28:5; Sal 45:5[6]; cf. Heb 1:8). El reino de David, llamado también “casa de David”, debía desplegar los principios del reino celestial. Esa es la razón por la que los reyes recibían una copia de la ley de Dios cuando eran coronados (Deut 17:18-19). También prefiguraban al futuro mesías rey, quien reinaría para siempre porque Dios prometía afirmar para siempre a un hijo suyo sobre su trono (Zac 12:8; cf. Isa 9:5). Contrariamente, el trono de las naciones paganas, enemigas del reino de Israel, representarían al príncipe rebelde de este mundo, Lucifer (Isa 14:12-14; Eze 28:12-19). Además, vendría un anticristo, según lo anticipó Pablo, para sentarse en medio de la iglesia en lugar de Dios de una manera impostora.
Al citar el Sal 82, Jesús explicó también que los que fueron apodados “dioses” en el antiguo Israel, fueron aquellos “a quienes vino la Palabra de Dios” (Jn 10:34-35; véase Eze 6:1; 7:1, etc). La Palabra de Dios que estaba en su boca bajo inspiración divina, era Dios (Jn 1:1), pero morirían como hombres, porque no eran Dios (Sal 82:2,6-7). Por eso dirá el apóstol Pablo: “como si Dios rogase por medio nuestro, reconciliaos hoy con Dios” (2 Cor 5:20).
Padre
“Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mat 23:9). ¿Cómo entendemos estas palabras de Jesús? La iglesia católica ha anulado este requerimiento de Cristo, porque hace llamar “padre” a cada ministro de esa iglesia, y al mismo “papa” como “Santo Padre”. Esto, por supuesto, es una doble blasfemia de Santo y Padre (Apoc 15:4). Eso se ve, además, por su pretensión de requerir que la gente se arrodille delante de tales ministros, y les confiese sus pecados.
Aún así, el apóstol Pablo reclama para sí cierto principio paternalista no blasfemo hacia quienes les llevó el evangelio, habiéndolos engendrado en Cristo para pasar a ser “hijos” de Dios (1 Cor 4:14-17; 2 Cor 2:14; Filemón 1:10). Pablo usa aquí una ilustración fácil de entender por todos. Así como los hijos imitan a los padres, los miembros de las iglesias sobre las que él pastoreaba debían imitarlo a él,
especialmente en una época en la que la mayoría de la gente no sabía leer. Y esto no significaba que no debían imitar a Dios (Ef 5:1), sino que debían imitarlo a él en la medida en que él imitaba a Dios (1 Cor 11:1). También debían imitar a “los que mediante la fe y la paciencia heredan las promesas” (Heb 6:12). “Acordaos de vuestros guías”, dijo en otro lugar, “que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe” (Heb 13:7).
Algunos han empleado el término “padre espiritual” para referirse a este paternalismo bíblico. Eso es blasfemo, salvo que por ello se entienda “padre adoptivo o afectivo”, como lo sentía Pablo, comparándose con un padre o una madre (1 Tes 2:11: “sabéis de qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno de vosotros, como un padre lo haría con sus propios hijos”; Gál 2:17; 1 Tes 4:19; 1 Tim 1:2; Tito 1:4). En efecto, el único que engendra la vida espiritual es Dios mediante su Santo Espíritu. “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jn 1:12-13; 3).
¿En qué consiste entonces, la paternidad de Pablo sobre sus iglesias? No es más que una ilustración que requería que los que habían recibido el evangelio mediante él, lo tomasen como modelo como los hermanos más chicos toman de modelo a los hermanos que los precedieron. Al mismo tiempo, ilustraba la autoridad espiritual que Dios le había dado sobre los que estaban bajo su cuidado en las iglesias. Pero jamás fue llamado por eso, ni pretendió que se lo llamase, “Santo Padre” o “Santa Madre”.
Juan también se dirigió, ya anciano, a los que habían recibido el evangelio con cariño como “hijitos míos” (1 Jn 2:1,12; 5:21). Y como un padre, aún afectivo, reclama autoridad sobre sus hijos, así también Pablo ejercía ese papel paternal como cabeza, dirigente, de aquellos a quienes había llevado el evangelio. Esta debe ser la actitud de los pastores y ancianos del rebaño del Señor. En el sistema patriarcal:
“El padre era el verdadero gobernante de su propia familia tanto tiempo como vivía. Su autoridad no debía cesar ni siquiera después que sus hijos habían crecido y tenido familias propias” (PP 293). “Que cada esposo que cree amar a Dios estudie detenidamente los requerimientos de Dios en su posición. La autoridad de Cristo se ejerce en sabiduría, en toda amabilidad y gentileza; así también el marido debe ejercer su poder e imitar la gran Cabeza de la iglesia” (AH 215).
Cabeza
Una de las resistencias a considerar el señorío del hombre en la iglesia tiene que ver con la dimensión que se da al término “cabeza”. Los partidarios del igualitarismo restringen su uso a la relación de marido y mujer. Para ellos, sólo Cristo es cabeza de la iglesia, y todo intento de aplicar el término “cabeza” al varón en la iglesia, lo ven como una pretensión de usurpar el lugar de Cristo en la comunidad de creyentes. Pero para los complementarios, esa restricción de cabeza al matrimonio es forzada. Entre otras cosas, Pablo pone el gobierno o liderazgo del hombre en la pequeña iglesia de su hogar como requisito previo para poder gobernar o liderar la iglesia más grande sobre la que será nombrado obispo o anciano (1 Tim 3:4-5; 5:17). Asimismo lo hace el Espíritu de Profecía.
“El hogar es una escuela donde todos pueden aprender cómo deben actuar en la iglesia...” (CG 549.2). “Cada familia cristiana es una iglesia en sí misma... El padre... es el sacerdote del hogar, responsable ante Dios por la influencia que ejerce sobre cada miembro de su familia” (3 SM 209.2). “El padre como un sacerdote de su casa, la madre como una misionera del hogar” (CCh 143.1). “El que fracasa en ser un pastor fiel y criterioso en el hogar, seguramente fracasará en ser un fiel pastor del rebaño de Dios en la iglesia” (6 MR 49).
Esto nos muestra que así como el hombre es cabeza, dirigente de su hogar, así también lo es de la iglesia. Y así como la mujer complementa la labor de su marido como líder de su hogar, también lo hace colaborando en la iglesia como asistente de los ancianos y del pastor. Todo, por supuesto, en su debida esfera y con las limitaciones que eso conlleva.
Insistamos aquí que el problema que muchos tienen con respecto al uso del término cabeza fuera del hogar, es que se imaginan un dominio equivalente al del marido, y sacan la conclusión de que esa prerrogativa no le corresponde a otro hombre. Pero si miramos el término cabeza, como en el AT, en un concepto más limitado que el que le corresponde a Dios, en referencia al papel de gobernar, dirigir, ser príncipe (no por eso dictador), no hay problema en referirse a los dirigentes de la iglesia como lo hace E. de White varias veces, como estando “a la cabeza de la obra” (1 T 572; 5 T 672; RH Mayo 25, 1905). Y esto no autoriza a nadie a salirse de su esfera y transformarse en un déspota, porque debemos seguir el ejemplo de humildad que nos dejó nuestro máximo Maestro. Su autoridad fue diferente a la de los reyes que se enseñoreaban de las naciones y ejercían potestad sobre sus súbditos (Jn 13:13-14; 1 Ped 5:1-4).
¿Qué dice la Biblia? Que a Cristo Dios “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef 1:22). El “es la cabeza sobre todo poder y autoridad” (Col 2:10). ¿Significa esto que no hay “cabezas” en la tierra? No. Porque Pablo dirá que el hombre es cabeza de la mujer, lo que él mismo define como significando sumisión (Ef 5:23-24). De manera que ya podemos ver que, si bien Cristo requiere sumisión del hombre como cabeza de él, así también la mujer debe someterse al hombre en su esfera, en la pequeña iglesia de su hogar. ¿No requiere Pablo sumisión y obediencia también de los feligreses al gobierno o liderazgo del pastor en la iglesia? Sí.
“Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros” (Heb 13:17).
En 1 Cor 11:3, Pablo insiste otra vez más que Dios es cabeza de Cristo, Cristo del hombre, y el hombre de la mujer. Por el hecho de que en Ef 5, Pablo usa el símbolo del hombre como cabeza de la mujer para ilustrar el papel de Cristo sobre la iglesia, algunos quieren limitar toda comparación suya, anterior o posterior, a esa relación conyugal. Así, los que han querido negar el principio de señorío en el hombre según 1 Cor 11:3, restringiéndolo al hogar, argumentan que los términos aner, “hombre”, y guné, “mujer”, debe traducírselos por “marido” y “esposa” respectivamente. Pero una mirada a los léxicos griegos nos muestra que esos términos no necesariamente indicaban el estado civil (see Mat 9:20; 13:33; 26:7; Rom 4:8; Ef 4:13; 1 Cor 13:11; también Luc 5:8; 8:27; Hech 8:12; 17:12; 1 Tim 2:8-9, en paralelismo, etc.). Por eso los traductores suelen ser prudentes al traducir 1 Cor 11, y prefieren mantener el nombre genérico de “hombre” como cabeza de la “mujer”, alguien que está en un liderazgo que le compite sólo al hombre.
Algunos replican que sólo las mujeres casadas usaban un velo en la cabeza. Pero eso no es cierto. Todas las mujeres usaban velos en la cabeza, fuesen solteras, casadas o viudas, even in the Greco-Roman world. Además, algunas mujeres cubrían su rostro en condiciones especiales, indicando que eran viudas prostitutas (Gén 38:14). Pero en Gén 24:65, Rebeca se puso el velo antes de conocer a Isaac y casarse con él (aunque durante el viaje podía viajar más cómoda sin el velo). Aún “la virgen hija de Babilonia”, según la figura, solía llevar un velo en su cabeza, ya que sólo en su desgracia debió quitárselo (Isa 47:1-2).
Bajo este contexto, la expresión universalizada de 1 Cor 11:5, “toda [o cualquier o cada] mujer que ora o profetiza con su cabeza descubierta”, implicaba no solamente mujeres casadas, sino también solteras y viudas (véase Hech 21:9: cuatro hijas solteras profetizaban, viviendo bajo la tutela del padre; Luc 2:36-37: Ana la profetiza era viuda). Todas ellas estaban sujetas a la autoridad viril en la iglesia. Lo mismo puede decirse del término genérico “hombre”. El apóstol se refiere a “todo [o cualquier o cada] hombre que ora o profetiza”, sin especificar si está casado o no. Por cierto, las mujeres solteras actuaban bajo la autoridad quien decidía cuándo y a quién darla a otro en casamiento (Éx 21:7). De todas maneras, Pablo no está especificando acá que se trata del padre o del marido o del amo, sino del principio bíblico que proviene de la creación, con el hombre como cabeza, dirigente en la iglesia, por sobre el papel de la mujer, aunque bajo el gobierno de Cristo y de Dios.
Muchos no captan que cuando el apóstol Pablo habló del hombre como “cabeza”, “anciano”, “pastor” y “
mujer, aunque bajo el gobierno de Cristo y de Dios.
Muchos no captan que cuando el apóstol Pablo habló del hombre como “cabeza”, “anciano”, “pastor” y “obispo”, se basó en el Antiguo Testamento para referir el papel del hombre en su carácter directivo. Así, rosh (cabeza) se emplea en el AT en relación con tsaqen (anciano), nashi’ (jefe), sar (príncipe), qasir (gobernante), y hasta con qohen (sacerdote). En este esquema, Dios es la cabeza principal o cabeza por excelencia sobre su pueblo, y hasta se lo representa como un “Anciano entrado en años” (Dan 7). Como tal, preside una corte de ancianos, como los ancianos que antiguamente actuaban como jueces junto al rey (Sal 122:4- 5; 1 Rey 12:6-8; Apoc 4-5).
Cabe destacar acá que esos hombres que eran “cabezas” (rosh), esto es, dirigentes del pueblo (Jos 23:2; 2 Crón 5:2). Ellos eran cabezas no sólo de su familia, sino también de sus clanes y tribus, y aún de otra gente. Daré aquí algunos ejemplos (más podrán encontrar en mi página: adventistdistinctivemessages.com).
“Él será cabeza [rosh] sobre todos los que habitan en Galaad” (Jue 10:18; 11:8-9,11). “Y escogió Moisés hombres capaces de entre todo Israel, y los puso por cabezas [rosh] del pueblo, como jefes [sar] de mil, [sar] de cien, [sar] de cincuenta y [sar] de diez” (Éx 18:25). “Estos son los que fueron llamados de la congregación, los principales [nasi’] de las tribus de sus padres; ellos fueron los jefes [rosh (cabezas)] de las divisiones de Israel” (Núm 1:16). “Entonces tomé a los principales de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los nombré como dirigentes [rosh (cabezas)] vuestros, jefes [sar] de mil, de cien, de cincuenta, y de diez, y oficiales para vuestras tribus” (Deut 1:15). “Escuchad ahora, cabezas [rosh] de Jacob y gobernantes [qasin] de la casa de Israel “ (Miq 3:1).
Prestemos atención al hecho de que los que eran cabezas de sus hogares y de sus tribus y del pueblo en general, lo eran bajo su Cabeza principal que era Dios (véase 2 Crón 13:12: “Él [Dios] es nuestro rosh, Cabeza”). Es justamente ese modelo de liderazgo social y eclesiástico del antiguo Israel, que adoptaron los apóstoles Pablo y Pedro en el liderazgo o gobierno de la iglesia que cuenta con “ancianos” y “pastores” del rebaño, todos bajo el príncipe de los pastores o cabeza de la iglesia que es Cristo (1 Pe 5:2-4; Ef 1:22). Y así como el hecho de que la cabeza principal era Dios en el AT, no negaba el liderazgo referido como “cabeza” en sus representantes terrenales; así también el hecho de que Cristo es la cabeza principal en el NT, no niega que ejerza su señorío a través de representantes suyos tan masculinos como los del AT. Eso destaca AOC con pasajes del NT y del Espíritu de profecía.
Y por favor, quítense de la cabeza que eso es machismo, porque es el plan de Dios que viene desde la creación. Sabemos que en la Edad Media, un señorío autoritario se apoderó del cristianismo en la Iglesia Católica Romana. Esto también puede pasar en la cabeza o liderazgo de nuestra iglesia, cuando se abusa y se corrompe el plan de Dios delineado en la Biblia, cuando se malrepresenta el liderazgo de nuestra cabeza suprema, Jesucristo. Jesús dio el ejemplo en la Santa Cena, al contrastar su liderazgo con el de los gobernantes de las naciones, que se enseñorean de ellas ejerciendo una potestad abusiva. En cambio en la iglesia, el “señorío” del hombre debe darse como lo hizo Cristo en esta tierra, como si no lo tuviera (1 Ped 5:3).
¿Significa eso que bajo circunstancias especiales, un pastor no puede imponer su autoridad como Pablo cuando dijo a los corintios: “¿Queréis que vaya a vosotros con vara, o con espíritu de mansedumbre?” (1 Cor 4:21). Sí. Pero el punto en consideración aquí es que jamás iba a poder decir eso una mujer a una iglesia, ni aún hoy, porque le queda grande.
En 1 Cor 11:3, Pablo usa ese principio de “cabeza” (autoridad, liderazgo) que viene del AT, y resalta que se aplica al hombre, quien sigue siendo tan cabeza de la mujer en su hogar como en la iglesia cuando ella profetiza u ora. Dios nunca le dio a una mujer un protagonismo gubernamental en la iglesia. Una característica distintiva de la Biblia es que, contrariamente a lo que todas las otras caiones que rodeaban a Israel hacían, las mujeres y los homosexuales no eran aceptados como sacerdotes. Esta era la característica desde el tiempo de Abel y de la era patriarcal que continuó en el liderazgo de la iglesia cristiana. Dios no dependió de la cultura para requerir el liderazgo masvulino de su pueblo. De hecho, nunca se aplicó el término “cabeza2 a una mujer en ninguno de los dos testamentos.
¿A qué se refirió entonces, E. de White, cuando dijo que “Cristo es la única cabeza de la iglesia?” (21 MR 274; DA 817; GC 51). Lo explica seguidamente cuando agregó que “él es el único que tiene derecho para pedir del hombre obediencia ilimitada a sus requerimientos” (21 MR 274). Esto no lo puede requerir
el anciano y dirigente de la iglesia de nadie, ni siquiera de su esposa y de sus hijos en el hogar. Pero, ¿por qué escribió también E. de White, que “Cristo, no el ministro, es la cabeza de la iglesia”? (ST, Enero 27, 1890). El contexto revela una dependencia no saludable del feligrés al pastor que ministra en la iglesia, una amonestación contra la realidad demasiado común en el ministerio, donde la cabeza (el pastor) trabaja sin el apoyo del cuerpo de la iglesia.
Cuando reconocemos que “cabeza” significa simplemente “dirigente”, y que cada dirigente fuera de Cristo tiene su esfera de acción limitada, no hay razón para alarmarse cuando se afirma que esa posición le corresponde a los hombres que se consagran a Dios para servirle. En efecto, el hombre fue puesto por Dios para gobernar su creación al principio, el hogar, más tarde su pueblo, siempre bajo el liderazgo supremo de su Rey celestial. Y esto, siguiendo el modelo de liderazgo de Cristo, en humildad y mansedumbre (Jn 13:13-14).
“Le fue dado a Jesús estar a la cabeza de la humanidad, por su ejemplo para enseñar lo que significa ministrar... La gran Cabeza de la iglesia supervisa su obra a través de los hombres ordenados por Dios para actuar como sus representantes... Los ministros de Cristo son los guardianes espirituales del pueblo confiados a su cuidado. Su obra se asemeja a la de vigilantes” (AA 360).
“Dios ha provisto luz y verdad para el mundo al haberla puesto al cuidado de hombres fieles, quienes en sucesión la han cometido a otros a través de todas las generaciones hasta el tiempo presente. Estos hombres han derivado su autoridad en una línea que no ha sido rota de los primeros maestros de la fe. Cristo permanece como el verdadero ministro de su iglesia, pero delega su poder a sus co-pastores, a sus ministros escogidos, quienes tienen el tesoro de su gracia en vasos de barro. Dios supervisa los asuntos de sus siervos, y ellos son puestos en su obra por designación divina” (ST Abril 7, 1890, pr. 6).
A esto podríamos sumar las citas en donde ella se refiere a los que están a “la cabeza de la obra” (véase más arriba). También están las referencias a los diferentes escuadrones de ángeles, cada uno bajo una cabeza, es decir, bajo un ángel que los dirige, aunque sean iguales en su propia naturaleza. Y aunque Cristo fue esencialmente Dios (Col 1:19), se sometió a su Padre como cabeza también en cuanto a funciones se refiere (1 Cor 11:3). ¿Qué de extraño tiene entonces, referir el principio que viene de la creación con respecto al liderazgo del hombre en la iglesia?
Anciano
La Biblia presenta a Dios como “Anciano” por excelencia, presidiendo una corte de venerables como él en relación con el juicio final (Dan 7:9-10; Apoc 4-5). Esto muestra una vez más que el hecho de que nadie tiene más edad y experiencia que Dios mismo para juzgar, no descalifica a quienes él elige para secundar su obra de juicio. ¿Qué tarea tenían los ancianos que Pablo requirió nombrar en las iglesias, conforme al molde del Antiguo Israel, y que no podían tener las mujeres ni se requería de los diáconos? La del “gobierno” de la iglesia (1 Tim 3:5; 5:17). Cuando vamos al AT, vemos que los términos radah (tener dominio, subyugar), y mashal (gobernar), se usaron siempre en relación con el hombre, nunca para con la mujer (aunque hubo dos reinas infames a quienes se quitó la vida cuando lograron deshacerse de ellas). Este principio viene del designio divino que debió enfatizar el Creador después de la caída: “él gobernará sobre ti” (Gén 3:16).
Nunca se usó tampoco en el NT el término proistemi, “gobernar”, para referirse a un cargo de la mujer en la iglesia. El hecho de que Febe hubiera sido diaconiza, y que uno de los requisitos para ser diácono era ser marido de una sola mujer, tampoco cambia nada. Porque diácono significaba “servidor”, y eso es tan válido para los hombres como para las mujeres. Pero cuando dice que el anciano debía ser “marido de una sola mujer”, destaca su facultad para “gobernar”, algo que no se requería de los diáconos. Por eso no aparece en ningún lado una mujer con el cargo de anciana en la Biblia.
Conclusión
Al leer los requisitos para ser anciano que da Pablo, hay varios de ellos que se niegan a la mujer. Esto nos permite afirmar sin posibilidad de equivocarnos, que la Biblia no guarda silencio sobre el papel de la mujer, sino que la excluye abiertamente del cargo de obispo o anciano o pastor de la iglesia. Entre esos requisitos exclusivos del hombre para oficiar como anciano, está el principio de liderazgo del hombre en el hogar y en la iglesia, el don de “enseñar”, que antiguamente implicaba requerir obediencia y sumisión de los subalternos, pero que estaba vedado a las mujeres a no ser a otras mujeres de menos experiencia, etc.
¿Es confuso el testimonio de la Biblia con respecto al papel distinto del hombre y de la mujer en la Biblia? No.
“Los que se sienten llamados a unirse al movimiento en favor de los derechos de las mujeres y la así llamada reforma del vestido, sería mejor que cortaran su conexión con el mensaje del tercer ángel. El espíritu que acompaña al uno no puede estar en armonía con el otro. Las Escrituras hablan con claridad acerca de las relaciones y los derechos de los hombres y mujeres” (1 T 372). “Muchas mujeres... pueden hablar de la esfera elevada de la mujer, y de sus derechos, aún cayendo ellas mismas bien abajo de la verdadera esfera de la mujer” (DG 211.3).
El testimonio de la Biblia y del Espíritu de Profecía con respecto al papel diferente del hombre y la mujer en la iglesia, lo han hecho confuso muchos que reemplazan la autoridad de la Escritura con nuestra cultura moderna corrompida. Las palabras “sumisión” o “sujeción” a una autoridad humana caen mal. Ese espíritu de insubordinación a todo sistema de gobierno procura romper con toda norma social divina y humana de tal manera que cada cual viva y obre sin importarle el otro (véase CS 641). Es ese mismo espíritu el que, en algunas iglesias, asociaciones, uniones y divisiones, lleva a obrar por cuenta propia, pasando por encima de lo que decide el cuerpo.