El conflicto cósmico sobre el carácter de Dios

João Antonio Rodrigues Alves

 

Introducción

¿Por qué existe el mal? Desgraciadamente, no hay una respuesta satisfactoria a este interrogante. De acuerdo con el apóstol Pablo, la cuestión involucra un “misterio”, el “misterio de la iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:7). No hay ningún intento de explicar el surgimiento del mal. Aún más: “Es imposible explicar el origen del pecado y dar razón de su existencia”. “El pecado es un intruso, y no hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable; excusarlo equivaldría a defenderlo. Si se pudiera encontrar alguna excusa en su favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser pecado”. Entonces, no hay una explicación racional para la existencia del mal, una que satisfaga toda duda de las personas. Todo lo que se puede decir es lo que está revelado en la Sagrada Escritura. Pero no siempre lo que ha sido revelado es satisfactorio para las mentes más inquisitivas que, a menudo, exigen una explicación más detallada del tema. No obstante, la Biblia es muy clara con respecto a algunos aspectos, los cuales debieran orientar nuestras reflexionas hacia el tema en cuestión.

Aunque sea un enigma que no puede ser plenamente resuelto, hay una certeza que está más allá de toda duda: Dios no es el autor del pecado. Además, no se puede argumentar, utilizando como base los atributos divinos de omnipotencia y omnisciencia, que Dios –de algún modo– fuera responsable por el pecado. La advertencia de Santiago al respecto es sumamente apropiada: “Cuando alguien es tentado, no diga que es tentado por Dios, porque Dios no tienta a nadie, ni puede ser tentado por el mal. Sino que cada uno es tentado, cuando es atraído y seducido por sus propios malos deseos” (Santiago 1:13, 14).

 

Revuelta en el Santuario celestial

Según hemos analizado en la introducción, no podemos presentar una causa para el origen del mal, pero sí podemos afirmar que hubo una ocasión para que ello sucediera: el ejercicio del libre albedrío de un querubín. Como ser moralmente libre, pudo hacer elecciones, incluyendo la de rebelarse contra su Creador. Pero debemos resaltar algo: Dios creó a Lucifer, el portador de la luz, y no al diablo, el enemigo.

¿Qué estrategia utilizó Lucifer contra Dios? El texto de Ezequiel aclara algunos puntos importantes, que podemos deducir partiendo de expresiones empleadas por el profeta. La primera palabra es “tratos” (“contrataciones”, RVR60; “abundancia de tu comercio”, NVI). El vocablo hebreo rekullāh que se traduce de ese modo, también puede significar “calumnia”, o “difamación”, sugiriendo que en el cielo Lucifer se dedicó a presentar falsas acusaciones en contra de Dios. Una calumnia es el acto de hablar mal de otro con intención de perjudicar su reputación, y puede describir el comportamiento de una persona que escoge ignorar la voluntad de Dios y con ello ponerse bajo el juicio divino (Levítico 19:16; Jeremías 6:28-30). Como consecuencia, hay “divisiones… desorden” (2 Corintios 12:20).

Satanás es descripto en la Biblia como acusador o calumniador del pueblo de Dios, el adversario (Zacarías 3:1; Apocalipsis 12:10). “No hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de lo que él mismo es; porque es mentiroso y padre de mentira” (Juan 8:44).

En su orgullo y envidia, Lucifer no se contentó con sólo calumniar sobre el carácter de Dios, sino que dio un paso más en su comportamiento. La segunda expresión importante en el texto de Ezequiel es “te llenaste de violencia” (28:16; NVI). Esto hace alusión a una conducta antisocial que afectó el orden establecido por Dios. Fue motivada por el odio o egoísmo y que puede llevar a ataques físicos y sociales. En algunos casos, termina en homicidio o explotación de otros para beneficio personal (Génesis 49:5; Miqueas 6:12). Satanás es “homicida” desde el principio, siendo que introdujo la violencia y la muerte en la creación de Dios (Juan 8:44).

Pero, ¿acaso Ezequiel no estaba presentando una profecía contra el rey de Tiro? ¿Por qué atribuírsela a algún ser que no es de este mundo? Un análisis del contexto revela que aquí el personaje histórico ha sido dejado de lado. Un estudio sobre el tema muestra que en cada pasaje, el profeta no se limitó meramente a pronunciar un lamento sobre un rey o reino terrenal, sino que fue más allá e ingresó en la esfera celestial, sobrenatural, para describir a Lucifer/Satanás, y el surgimiento del gran conflicto. Nótese que es descripto como un querubín (versículo 14), un ser supraterrenal, que está vinculado a la esfera celestial. Además, la afirmación de que ese querubín estaba “en el Edén, en el Jardín de Dios” (versículo 13), y que permanecía “en el santo monte de Dios” (versículo 14), es una evidencia de que el profeta no estaba refiriéndose el rey de Tiro histórico.
Finalmente, no parece probable que el profeta le estuviera atribuyéndole a algún rey humano la clase de perfección que describe en el versículo 15, o que en algún momento no tuviera alguna clase de maldad (versículo 15). Según estos considerandos, es muy evidente que, en lenguaje profético, el profeta describió el comienzo del drama del mal del pecado en el universo.

El conflicto cósmico es muy serio. Su inicio involucró a los seres inteligentes creados por Dios más encumbrados, los ángeles celestiales. Entre ellos, un querubín cubridor, que permanecía ante la presencia de Dios. Algunas expresiones utilizadas por Ezequiel permiten llegar a la conclusión de que el conflicto ocurrió en el propio Santuario de Dios. La propia definición del personaje como “querubín protector”, nos remite al lugar Santísimo del tabernáculo terrenal, donde se representaban los dos querubines sobre el arca del pacto (Éxodo 28:14; 25:20). Notemos además la referencia al “Edén, el jardín de Dios (versículo 13), que operaba, en cierto modo, como un santuario (ver la lección 2 de este trimestre). Aún más, en el mismo versículo se hace mención a nueve piedras, y entre ellas, siete se relacionan con las piedras del pectoral del sumo sacerdote. Las referencias al “monte santo” y “monte de Dios” (versículos 14, 16), también establecen vínculos con el santuario. Por lo tanto, el mal/pecado se originó en el propio Cielo, en el Santuario de Dios, en el Lugar Santísimo del Santuario celestial. Si el mal tuvo su origen allí, será también allí que Dios pondrá punto final a este conflicto y a todo lo que él representa.

 

Para reflexionar: Satanás fue el primer “calumniador” o “difamador”. Atacó a Dios, su integridad, su propósito en relación a los seres creados. En mi vida, al sentirme herido o en algún momento de frustración, ¿no estaré actuando como Satanás, calumniando o difamando a otras personas, y justificando mi actitud como una “justa” indignación ante una injusticia sufrida? Compara la actitud de Satanás con la de Cristo y todas las injusticia que tuvo que sufrir, ¿Quién es mi ejemplo? ¿A quién estoy siguiendo?

 

Las acusaciones

¿Contra qué se opuso Satanás? En su primera carta, el apóstol Juan aporta un dato que nos ayuda a aclarar este punto. Dice que el diablo vive pecando desde el principio (1 Juan 3:4) y, algunos versículos después, define al pecado como “transgresión de la Ley”, una ilegalidad (del griego anomia). Entonces, si la Ley es el equivalente al carácter y la voluntad del Legislador, el pecado es una transgresión, o rebelión deliberada contra la “voluntad” o la Persona del Creador/Legislador. Así, el pecado adquiere características de índole personal. No se define simplemente como la no observación del algún precepto, es relacional. De este modo, el pecado es el rompimiento de una relación, con una absoluta decisión del transgresor de rechazar la autoridad divina y de no someterse a su gobierno, y con ello transgredir abiertamente los mandamientos emanados de su voluntad. El conflicto cósmico se dirige contra Dios y contra lo que Él es en sí mismo. Pablo describe al anticristo escatológico del tiempo del fin como “el hombre de pecado” (“maldad”, NVI; 2 Tesalonicenses 2:3).

En el Edén, nuestros primeros padres decidieron usar su libertad de modo contrario a la clara voluntad revelada de Dios. La orden de Dios fue bastante explícita: les era permitido comer de todo en el huerto, con una única excepción: el árbol del conocimiento del bien y del mal. La consecuencia de no seguir esa orientación divina fue también anunciada de manera inequívoca: en el día en que comieran de él, el resultado sería la muerte. En esencia, la prueba involucraba obedecer o desobedecer a Dios. Amor o lealtad. No parecía difícil. Al fin y al cabo, de todo lo que había en el huerto, Dios había restringido únicamente el acceso a un árbol. Pero en ese ínfima parte, la prohibida, fue utilizada por Satanás en su intento de conducir al hombre a declararse independiente de Dios. Si Dios es la Fuente y el Sustentador de la vida, todos los seres creados dependen de Él para continuar existiendo. Por lo tanto, el declararse independiente de Dios es rebelarse contra el Único Ser que puede conceder todo lo que hombre necesita. Es conquistar una falsa libertad. Mientras disfruta de su supuesta libertad, el hombre –de hecho– es esclavo del pecado. En vez de volverse a Dios, transita por una senda que lo conduce a su propia destrucción. Literalmente, está cavando su tumba de eterna destrucción con sus propias manos. En el relato del Génesis, encontramos una similitud con el de Ezequiel: la primera pareja estaba en el Edén, era perfecta, sin pecado, sin inclinación al mal. Pero aspiró a lo que no le pertenecía, se rebeló contra Dios y fue también expulsada de allí.

 

Para reflexionar: ¿Estamos dudando de los propósitos de Dios para nuestra vida? ¿Confiamos en su Palabra? ¿Moldeamos nuestra vida según lo que Él nos ha revelado? ¿O, como sucedió con Eva, seguimos las sugerencias del enemigo?

 

Vindicación en la cruz

En Romanos, Pablo expone el problema humano, la universalidad del pecado, y como todos somos afectados por el mal. Entonces, si por un lado el apóstol afirma que “la ira de Dios se revela” (Romanos 1:18), por otro él también nos asegura que “la justicia de Dios” se manifiesta (3:21). Y aquí encontramos la solución divina para el dilema humano del pecado. Al mismo tiempo, es la solución divina para cualquier duda acerca de la justicia divina, “al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (versículo 25). Si el salario del pecado es la muerte, ¿por qué no tendrían que morir los pecadores? Porque Jesús es nuestra “propiciación” (“perdón”, versículo 25), o sea, representa el cumplimiento de todo lo que estaba simbolizado por el propiciatorio en los servicios del santuario. Con su muerte, Jesús pagó la penalidad de los pecados de toda la humanidad. Así, la redención está disponible para todos los que creen en su Nombre (Juan 3:16).

La controversia moral que invadió el universo creado por Dios, está íntimamente relacionada con la doctrina de la expiación. A pesar de todas las tinieblas que envuelven al mundo, con todos sus males, esta doctrina ilumina la vida humana con la certeza de la liberación del dominio del pecado, y provee una respuesta contra las acusaciones dirigidas por Satanás en contra de Dios. La muerte de Cristo en la cruz reveló el verdadero carácter de Satanás. Al mismo tiempo, reveló el amor de Dios por la humanidad rebelde, pecadora, y abrió el camino para el retorno al hogar paterno.

 

Para reflexionar: Dios manifiesta al mundo su justicia redentora a través de la muerte de Cristo. Pero, a no ser que yo decida aceptar a Cristo como “propiciación” por mis pecados, su muerte no tendrá efecto en mi vida. La pregunta crucial que surge, entonces, es: ¿Ya he aceptado a Jesús como mi Redentor personal? ¿De qué modo mi diario vivir revela esa aceptación?

 

Vindicación en el Juicio

En el estudio de este trimestre, hemos visto que el mensaje del juicio es parte esencial del “evangelio eterno” (Apocalipsis 14:6, 7). En el contexto del estudio de esta semana, respecto del conflicto cósmico, en el cual Dios fue difamado/calumniado en el propio Cielo por el querubín guardián (Ezequiel 28), y que actualmente es cuestionado respecto de su amor, poder y misericordia y descartado como una “hipótesis” innecesaria para la comprensión de la realidad, el juicio permite que Dios responda a todas las dudas acerca de su Persona, su Carácter, su Justicia, etc. Todos los seres del Universo quedarán plenamente satisfechos con la respuesta final de Dios, reconociendo su justicia para salvar a los que acepten la redención en Cristo y condenar a los que la rechacen. Así, Dios será justificado/vindicado en el juicio, y su Carácter, su Ley y su Gobierno.

Espectáculo cósmico

El conflicto cósmico no puede ser considerado únicamente desde una perspectiva histórica, como un evento en un pasado distante, con un alcance delimitado únicamente al Cielo, en algún momento de la eternidad, o circunscripto sólo a la cruz, cuando Satanás manifestó toda la perversidad de sus intereses egoístas. Por el contrario, debemos ser conscientes de que, en este preciso momento, dentro de cada uno de nosotros, se está librando la misma controversia moral como la que tiene lugar a nivel cósmico. Y no solo eso: esta batalla moral transforma a este mundo –desde un punto de vista general– y a cada uno de nosotros, en un nivel particular, en un espectáculo cósmico. El apóstol Pablo declara que el cristiano es un “espectáculo” (“exhibición”, NRV2000; del griego theatron) “para todo el universo, tanto para los ángeles como para los hombres” (1 Corintios 4:9). Los ojos del universo nos están contemplando. ¡Qué pensamiento solemne! ¡Qué responsabilidad!

Ante esta realidad, ¡cuán importante es entonces el hecho de que cada uno de nosotros tome diariamente la libre decisión de conocer y practicar la voluntad divina, mostrando claramente de qué lado se encuentre en este gran conflicto cósmico!

 

Para reflexionar: Siendo que la vida de todos los habitantes de este planeta se presenta como un reality show ante los seres celestiales, ¿qué impresión estamos causando a través de nuestro testimonio? Aquellos que nos están observando, ¿logran ver que somos verdaderamente “hijos de Dios”? Nuestra filosofía de vida, valores, principios, conducta, ¿testifican en favor de Cristo? ¿O es que Satanás todavía está ocupando algunas áreas de nuestra vida? Si es así, ¿qué necesitamos hacer para liberarnos de él?

 

Conclusión

Una cosmovisión bíblica que abarque el concepto del gran conflicto como un molde dentro del cual se insertan todos los acontecimientos, tanto pasados como presentes y futuros, involucrando al ser humano, nos permite tener una visión amplia, abarcante y comprensiva de la realidad, filosóficamente denominada “metanarrativa”. Tal visión resulta en una comprensión, limitada, de las realidades que trascienden nuestro mundo. Dios creó seres inteligentes, tanto en el cielo como en la tierra, con libertad de elección, o libre albedrío. Tales seres pueden escoger aliarse con su Creador o rebelarse contra Él. Tristemente, la elección de algunos fue contraria a la voluntad divina, lo que resultó en una inmersión fatal en las revueltas aguas del pecado, trayendo consigo todo el dolor y el sufrimiento que se abate sobre la humanidad. Sin embargo, Dios levantó una cruz sobre el abismo introducido por el pecado, permitiendo que sus hijos puedan retornar a los brazos del Padre. En este acto el enemigo fue desenmascarado y finalmente será eliminado del Universo, ¡y la paz y la armonía serán definitivamente restauradas, para el gozo de los redimidos y para la gloria de Dios!

Elena G. White, El conflicto de los siglos, p. 546.

White, Íd., pp. 546, 547.

Cf. Richard M. Davidson, “Satan’s Celestial Slander,” Perspective Digest, 1/1 (1996): pp. 31-34. Esta sugerencia es seguida por Norman R. Gulley, “The Cosmic Controversy: World View for Theology and Life”, Journal of the Adventist Theological Society, 7/2 (Otoño de 1996): pp. 82-124. [p. 84].

J. M. Bertolucci, “The Son of the Morning and the Guardian Cherub in the Context of the Controversy between Good and Evil” [Tesis de doctorado] (Berrien Springs, MI: Andrews University, 1985).

Kalman Yaron, “The Dirge over the King of Tyre”, ASTI 3 (1964): 54. Citado por Elias B. de Souza, The Heavenly Sanctuary/Temple Motif in the Hebrew Bible, tesis doctoral, (Berrien Springs, MI: Andrews University, 2005), p. 287.

Cf. Richard M. Davidson, “Cosmic Metanarrative for the Coming Millenium”, Journal of the Adventist Theological Society 11/1-2 (2000): p. 107.