Cristo, la ley y el evangelio

Para nuestro equilibrio espiritual todos necesitamos a la vez ley y gracia, disciplina y amor. Es decir, normas que nos orienten en el camino que hemos de seguir y la posibilidad de recuperar el rumbo cuando nos extraviamos. Esta doble necesidad fue plasmada por el joven escritor Franz Kafka de modo sumamente lúcido en su obra titulada El proceso (1925). Este relato simbólico narra la lucha de un hombre en libertad provisional lla­mado Josef K que busca hasta su último aliento en un mundo mezquino, injusto y corrupto, una instancia suprema, justa y noble que resuelva su caso. En los tribunales no encuentra solución alguna. En realidad nadie ayuda a nadie en el mundo sin valores, superficial y siniestro en el que le ha tocado vivir. La piedad de su propia madre, fruto de su vejez, suscita en el desorientado joven un sentimiento cercano al desprecio. Lo único que lo mantiene en su lucha es su necesidad imperiosa de justificación. Porque Josef K parece presentir la existencia de un tribunal supremo al que no consigue acceder y cuya justicia necesita.
Su visita fortuita a la catedral no le aporta más que desánimo. Aunque la buena intención del capellán de la cárcel parecía fuera de dudas, K espe­ra en vano que el religioso le ayude a salir de la encerrona de su proceso o le ayude a soslayarla. Pero su predicación no le aporta ninguna esperanza. Su extraña parábola del campesino inmovilizado ante una misteriosa puer­ta abierta, pone de manifiesto la dificultad que tiene el ser humano de en­contrar por sí solo la salida a sus problemas aunque nada se lo impida real­mente: un centinela parece prohibir la entrada, pero en realidad se eclipsa ante la puerta, abierta siempre. Si el hombre no intenta entrar, no puede re­prochárselo a nadie. Los obstáculos que le impiden penetrar en el ámbito misterioso de la ley se deben a su propia imaginación y a sus temores. La entrada le está destinada. Su deseo de penetrar en aquel fascinante lugar se acompaña de una indecisión que roza la complacencia. Paradójicamente, ambos impulsos se refuerzan entre sí. Pero el hombre no se atreve a enfren­tarse con la ley, ni con la luz que brilla más allá de ella.
K desea acabar de una vez con el proceso que tiene pendiente. Pero como no sabe si el juicio lo va a absolver o a condenar, difiere constantemente su comparecencia con reticencias y pretextos desprovistos de fundamento, que lo encierran sin salida en un túnel de confusión y dudas, a la vez falso y verdadero, real e imaginario. Así pues, la ley es a la vez buscada y rechazada hasta la muerte, en un desgarro que revela al mismo tiempo la necesidad de ser justificado y el miedo a ser condenado. Para K su arresto implica la do­ble toma de conciencia de ser a la vez culpable y víctima. Abrumado por esta revelación contradictoria, persuadido al principio de su inocencia, acabará por aceptar su condena al mismo tiempo que siente cada vez más fuerte el deseo de ser absuelto. La estructura del relato consiste en la eliminación progresiva de todas las soluciones que podrían aliviar la atormentada exis­tencia de K, hasta llegar a la solución de que no tiene escapatoria. La salida al drama humano está más allá del hombre, velada por un enigma. Su espe­ranza estaría en un juicio final, aplazado indefinidamente por ignorar cómo hacerle frente. ¿Por qué delitos, culpas o pecados va a ser juzgado? El des­concierto de desconocer exactamente las faltas que se le imputan es parte de la tortura, ya que K se intuye responsable de acciones y omisiones de las que no tiene plena conciencia.
Y es que existir en este mundo caído conlleva vivir en medio de un pro­ceso. El ser humano —como señala Kafka— reconoce que es culpable has­ta en el fondo de su inocencia. Su propia naturaleza está afectada y arrastra en sí misma la necesidad de asumir la culpa y de recibir la absolución. Para liberarse de esta angustia bastaría conocer las intenciones del juez supre­mo. El reo sabría entonces dónde va y qué camino seguir. En cambio, al ignorar algo tan importante se pasa la vida huyendo. Juzgado —absuelto o condenado— quedaría libre de la tortura. Pero como no puede evitar te­mer al juicio, intenta escapar con mil artimañas y excusas, sabiendo a la vez, que sin juicio no hay reposo. Solo queda la angustia y el deseo ator­mentado de la gracia.
Todo el mundo ha reconocido en la obsesión de K, el propio drama de Kafka, su dificultad de asumirse, de absolverse, su necesidad existencial de justificación. El proceso es la historia trágica, turbia, de la vida convertida por el propio ser humano en cárcel abierta, de la que no tiene ninguna posibilidad de escapar por sí mismo. Su indiscutible mérito es relatar con una clarividencia dolorosa y con una honradez tan lúcida como desespera­da, su propio drama ante los grandes interrogantes de la existencia. Enfer­mo, solitario, desarraigado de los suyos y de su tradición, perdido entre los laberintos de un mundo cruel, su arte radica en haber sabido sacar de sus problemas personales una parábola viva de la condición humana. Su dra­ma es el de toda la humanidad. Al contar su propio destino, cuenta a la vez el del enfermo desahuciado, el desterrado de guerra, el inocente persegui­do, el criminal fugitivo, el de todo ser humano en busca a la vez de justicia y de perdón, expresando a gritos, sin saberlo, su necesidad de gracia.
Oposición discutible
En el contexto bíblico, la relación entre ley y gracia es también una cues­tión compleja que se presenta a primera vista como antagónica, ya que enfrenta las exigencias divinas para con nosotros y la obra del propio Dios en favor de nuestra salvación. La cuestión teológica es tradicionalmente polémica, ya que estas nociones de «ley» y «gracia» no designan lo mismo para todo el mundo. Por consiguiente, la percepción de esta relación será distinta para quienes entienden por ley el conjunto de toda la revelación (en ese caso ley y gracia son compatibles) que para quienes asocian el có­digo mosaico al legalismo (en ese caso ley y gracia se oponen).
Dejando de lado las controversias sobre el tema en la historia de la igle­sia, nos ceñiremos a la relación entre la ley y la gracia en la Biblia para volver finalmente a la vida cotidiana. De todos los autores bíblicos, el que nos habla de modo más directo del conflicto entre ley y gracia es el apóstol Pablo, que suele contraponer estas dos realidades para resaltar las funcio­nes diferentes que tienen la ley y la gracia en el plan de la salvación. Como sabemos, para muchos de sus correligionarios fariseos el centro de grave­dad de la vida religiosa se había desplazado de la comunión con el Dios libertador a la preocupación por el cumplimiento de la ley. Los escribas habían elaborado en tomo a la ley de Moisés un espeso cerco de disposi­ciones suplementarias que intentaban reglamentarlo todo, convirtiendo las normas divinas, establecidas para nuestro bien, en una pesada carga. De una ley dada para la felicidad humana, estaban haciendo una finalidad en sí, capaz de amargar la vida de quienes no entendían su sentido.
En primer lugar, debemos decir que el planteamiento que opone ley y gracia como si fuesen dos realidades antitéticas, no corresponde a la pers­pectiva bíblica. Aunque el Antiguo Testamento parece situarse bajo el signo de la ley, en realidad, una lectura atenta nos permite descubrir que la ley forma ya parte de la revelación de la gracia, puesto que su objetivo es la li­beración y la calidad de vida del ser humano. El Salmo 119:29 dice: «Dame la gracia de tu ley» (BLP; cf. 119:127), identificando ley y gracia como ex­presiones del amor de Dios que quiere, a través de sus preceptos, ayudamos a vivir más y mejor, aquí y siempre. La ley, como cuidadoso educador, de­bía conducir al ser humano durante los años de su minoría de edad espiri­tual hasta la libertad de una alianza renovada (Gálatas 3:24-29).
Si analizamos en detalle el contenido y las funciones de la ley en el mar­co de la Biblia, veremos que el centro de esta es la gracia, es decir, la volun­tad divina de salvarnos y los medios puestos en acción para conseguirlo. Las Escrituras hablan, sobre todo, de los indicativos de Dios, de lo que ha hecho, hace y hará en nuestro favor, para salvamos. Sus no tan numerosos imperativos —es decir, sus normas y leyes— expresan lo que Dios nos pro­pone, pero no para llegar al más allá sino para vivir en el «más acá» cotidiano.
Los textos bíblicos dejan bien claro que la salvación es una empresa di­vina: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de voso­tros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). Mediante la fe no «obtenemos» la salvación, sino que manifestamos, al con­trario, que aceptamos la salvación que se nos ofrece sin merecerla. Dios viene a nuestro encuentro sin antes exigir que nos «portemos bien». Primero nos acoge y después nos enseña cómo vivir. Esta verdad básica se denomina teológicamente «justificación por la fe». Como reconoce un gran teólogo ca­tólico, «las obras de la ley mosaica no pueden garantizar la salvación eter­na; los judíos estaban al respecto en un pernicioso error. Tratándose de la salvación fundamental, todo esfuerzo humano es vano e insensato; el hom­bre solo puede recibir».
Los primeros cristianos, israelitas fieles, aunque habían aceptado la sal­vación en Cristo, seguían observando todos los preceptos de la Tora, por­que eso respondía al estilo de vida que entendían que Dios esperaba de ellos. El conflicto surgió al plantearse la cuestión de la continuidad de cier­tos mandamientos —especialmente relativos a aspectos ceremoniales— y, con ella, la cuestión de la función de la ley en una teología de la gracia. Así, la polémica entre los judeocristianos de Jerusalén y los cristianos gentiles de Antioquía sobre la necesidad de la circuncisión (Hechos 15:1-35), plan­teaba crudamente una cuestión esencial, que debía ser aclarada para unos y otros: ¿Cómo se obtiene la salvación, observando la ley o acogiendo la gracia?
La gran ruptura entre la iglesia y la sinagoga, iniciada con el ministerio de Jesús, se consumó sobre ese punto a partir de la predicación de Pablo. El debate entre la ley y la fe no hubiese provocado jamás este cisma si se hu­biera tratado simplemente de escoger entre legalismo y espiritualidad. Pero no se trataba solo de eso, y ahí aparece el problema. El judaísmo ortodoxo sabía desde siempre que la ley es más que un texto jurídico, y que su con­tenido espiritual requiere una interiorización sin la cual corre el riesgo de convertirse en una parodia grotesca de la voluntad de Dios. Las enseñanzas de Jesús y Pablo se sitúan, pues, plenamente en armonía con el judaísmo bíblico más auténtico. Sin embargo, el fariseísmo rabínico estaba empe­zando a enseñar que la justificación del hombre se encuentra «entre los cuatro codos del cumplimiento de la Tora» (Talmud, Brajot 8). Ahí se sitúa el punto de litigio. Para los cristianos la salvación es obra exclusiva del Me­sías: no procede de la observancia de una ley redentora sino de la gracia del Redentor.
Triple liberación
La Epístola a los Gálatas aparece en medio de este primer debate que amenazaba con dividir la iglesia (Gálatas 2:11-14). Pablo resalta, con poderosa argumentación teológica, la fuerza liberadora del evangelio de Jesús frente a la reinante —aunque indeseada— esclavitud de la ley en la que vivían al­gunos creyentes (Gálatas 4:1-25). En la Epístola a los Romanos, vuelve a abor­dar la esencia del evangelio con más serenidad y de modo más matizado. En ambos escritos Pablo explica que la obra de Cristo aporta una triple li­beración: del pecado, de la ley y de la muerte.

  1. El objetivo primero de Cristo es liberar al creyente de la esclavitud del pecado. Como el ser humano está metido ya en tantos problemas de los que no puede salir por sí mismo, la solución solo es posible por gracia, es decir, por la vía de una amnistía, de un perdón global. Ese es el sentido de la palabra traducida a menudo por «justificación» (dikaiosyne). Esa gracia constituye el centro del evangelio.
  2. A esta medida de gracia se añade la liberación de la condenación de la ley. La ley reprueba el pecado y lo condena, pero no proporciona la fuerza necesaria para evitarlo. En nuestro estado actual, esta condición de «caí­da crónica» suscita en nosotros unas veces desánimo y otras, rebelión. Cristo nos «libera de la ley» de dos modos: en el sentido de dar salida a la conciencia de nuestro fracaso, para que no nos dejemos hundir en ella, y en el sentido de apartamos de un cumplimiento de la ley como pretexto de justicia propia, mostrándonos en su gracia la vía de escape ante estos dos peligros.
  3. Finalmente, Cristo nos promete la liberación de la muerte, consecuencia última del pecado, dándonos acceso a la vida eterna gracias a una rein­serción o regeneración definitiva, obra del Espíritu Santo, que opera en nosotros una obra de santificación, y que culminará en la segunda veni­da de Cristo con nuestra glorificación.

Esta triple liberación, esencia del evangelio, se realiza en tres fases:

  1. En una primera fase, que podríamos llamar histórica, Cristo, el Hijo en­camado de Dios, asume la naturaleza humana y entrega su vida por la humanidad caída hasta más allá de los límites de la muerte, abriendo así misteriosamente la vía de nuestra redención. Nuestra salvación queda marcada definitivamente por el signo de su cruz.
  2. En una segunda fase, que podríamos llamar personal o existencial, el cre­yente hace suyo el triunfo obtenido por Cristo, y experimenta así por fe un auténtico nuevo nacimiento simbolizado por el bautismo.
  3. En una última fase, que podríamos llamar espiritual y que dura el resto de la existencia, el Espíritu Santo produce en nosotros sus frutos de libe­ración progresiva del pecado y, como consecuencia, de la ley que nos condena (Gálatas 5:16-25; cf. Filipenses 4:13).

Este proceso de liberación trasciende esta vida. Aquí, nuestra libertad es siempre precaria y provisional, en espera de la libertad definitiva. A esta obra de liberación del pecado, se la llama en la Biblia «santificación» (Gálatas 2:19). Si bien Dios desea ya y ahora liberación y obediencia, promete, so­bre todo, una liberación y una obediencia más plenas en el futuro. La ley estipula lo que pide hoy, a la vez que anuncia lo que promete para mañana. Remitiéndonos al poder de la gracia, las propuestas divinas a optar por lo mejor actúan ya, en realidad, como medios de gracia. Nuestras buenas obras son los frutos visibles de la acción divina en la dirección de nuestra salva­ción. Como dice la pluma inspirada: «Si bien es cierto que las buenas obras no salvarán ni a una sola alma, sin embargo, es imposible que una sola alma sea salvada sin buenas obras».
Ley y gracia pues, como letra y espíritu, fondo y forma, no se oponen ni excluyen ontológicamente, sino que se complementan, formando orgáni­camente un todo inseparable. Los que oponen ley y gracia olvidan que «la letra que mata» y «el espíritu que da vida» (2 Corintios 3:6), se refieren original­mente a la misma ley. La primera aludiendo a su frialdad jurídica y la se­gunda a su dinámica espiritual. Ver la ley en oposición absoluta a la gracia es teológicamente absurdo, porque ambas vienen de Dios. Este da su ley a su pueblo liberado para ayudarle a permanecer libre en su camino hacia la tierra prometida, y llevarlo cada vez más cerca de su ideal. Es una visión pervertida deducir que la ley nos dificulta la vida o nos impone una nueva esclavitud. La gracia, lejos de oponerse a la ley, nos enseña a vivir en este mundo correctamente, para rescatarnos de toda maldad y preparar un pue­blo deseoso de practicar el bien (ver Tito 2:11-14). Como dijo Agustín: «La ley, pues, fue dada para que la gracia se buscase; la gracia concedida para que la ley se practicase».
Transgresión y gracia
Una faceta esencial de la ley divina, que demuestra hasta qué punto está impregnada de gracia, es que una parte de la misma legislación se anticipa a nuestras transgresiones. Teniendo en cuenta la fragilidad de nuestra natu­raleza caída, el egoísmo y la cobardía que echan a perder reiteradamente nuestros buenos propósitos, Dios no se limitó a indicar con unas leyes el camino de la libertad. Como vimos ya a través del ritual del santuario, an­ticipo de la salvación anunciada, nos mostró además cómo superar nues­tras recaídas, y superando las inercias que nos amenazan, volver a levantar­nos a pesar de nuestros fracasos.
El ritual de los sacrificios era un recordatorio constantemente repetido de que la reconciliación con Dios y el perdón de nuestros pecados son to­davía posibles. Que reparar las faltas no se obtiene negando nuestros errores o reprimiéndolos en el fondo del subconsciente, ni culpabilizándonos sin fin intentando compensar nuestras equivocaciones con sacrificios y peni­tencias, ni siquiera suicidándonos, aplastados por el peso del remordimien­to. La reparación de nuestros fallos la hace Dios, tras confesar nuestras re­beliones e insuficiencias, desprendemos del lastre de nuestras caídas, tomar en serio el poder liberador del Espíritu y aceptar, con el perdón, un futu­ro nuevo.
El evangelio no nos promete liberarnos existencialmente de nuestro pa­sado, ni hacerlo desaparecer, como si nada hubiese ocurrido. Sino que nos asegura que incluso el tiempo perdido puede convertirse en tiempo salva­do, cuando Dios se hace cargo de él. Todo lo negativo de nuestra historia queda en manos de su misericordia y no en el infierno de nuestro subcons­ciente, definitivamente fuera de nuestro alcance. Aceptar la gracia es com­prender que necesitamos arrepentimos de nuestros errores, pero sin nece­sidad de torturamos indefinidamente. Eso sería tomar el perdón divino a la ligera, olvidando el alcance infinito de la gracia. Si Dios nos ha liberado del peso aplastante del pasado, también puede liberamos de sus consecuen­cias espirituales y psicológicas presentes y futuras. Gracias a nuestra nueva libertad en Cristo, podemos proseguir nuestro camino con fuerzas renova­das, sabiendo que nuestra vida puede volver a empezar, sobre mejores bases.
El evangelio de la gracia de Dios —es decir, de su amor en acción— se revela no solo en el hecho de perdonar nuestros errores pasados, sino tam­bién en el de ayudamos a superarlos. Respetar su ley no es un medio de ganar la salvación, sino el resultado de aceptarla hasta sus últimas consecuencias.
La ley es parte integrante de la alianza de Dios con su pueblo liberado. Una alianza basada en la gracia absoluta, y casi absurda, de un Dios que toma a su cargo un pueblo de esclavos para convertirlo en depositario de su revelación, de modo que el Salvador se convierta a su vez en el dueño y Señor de los liberados. Podríamos decir que a través de su ley y de su gracia Dios divide nuestra historia humana en dos partes y con dos posibles fina­les: «Antes de que yo interviniese en tu vida, eras esclavo; ahora, si dejo de intervenir, seguirás siéndolo. En cambio si me aceptas en tu vida, un día serás por fin verdaderamente libre».
Así pues, para aceptar la gracia no es necesario abandonar la ley sino nues­tro concepto equivocado de nuestra relación con esta. Su viejo texto pode­mos verlo como un código penal o como una carta de manumisión y de es­peranza; como una obligación imposible o como una promesa alentadora; como una restricción impuesta o como un programa liberador. Lo importan­te es la perspectiva, y esta dependerá de si hemos comprendido que quien nos ha liberado de Egipto, el único capaz de liberamos de las demás esclavi­tudes, no exige nada que no dé. Al contrario, dice textualmente: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Quien fue capaz de dar su vida por nosotros, jamás puede querer que nos separemos de él. Habiendo pasado por la experiencia de la humanidad, sabe hasta qué punto somos vulnerables a las presiones de nuestros propios instintos, afectos, pasiones y relaciones.
Por eso insiste: «Un día descubrirás la libertad maravillosa que supone respe­tar y amar. Lo conseguirás cuando aceptes vivir esa relación profunda que yo quisiera compartir contigo, como compañero de viaje y amigo».
El evangelio deja patente que Dios tiene más fe en nosotros que noso­tros en él. Por eso, en nombre de su ley —a la vez barrera y camino—, y de su gracia, que es a la vez don y promesa, Dios, que es a la vez abogado y juez, padre celoso y novio amante, nos invita a compartir su vida eterna (Juan 3:16). Como se ha dicho: «La ley por sí sola nos habla del perdón de Dios tal y como es necesario que hable de él; por sí sola proclama la com­pleta gratuidad de la salvación. Quien no haya pasado por las miserias de la condenación, no podrá jamás comprender y sentir realmente lo que es la obra del Salvador, hasta qué punto somos nosotros incapaces de añadir lo más mínimo a la gracia divina».
El justo vivirá por la fe
El mensaje del evangelio de Cristo nos enseña que la fe es algo más que adhesión intelectual, o convicción, ya que los demonios «creen» que Dios existe (Santiago 2:19) y son el ejemplo perfecto de la «antife». La fe verdadera comporta además una dimensión afectiva que podríamos traducir por con­fianza o fidelidad, y una dimensión espiritual que implica la unión profunda de una vida con otra. La fe de la que hablamos supone, aparte de estar de acuerdo con Cristo, una adhesión total a su ser, mezcla de convicción, con­fianza y comunión. Podríamos definirla como identificación, compromiso e incluso obediencia. Se ha comparado la fe a la «convicción» y las obras a la «militancia», pretendiendo que es posible mantener nuestro compromiso sin militancia del mismo modo que se pueden hacer buenas obras sin fe. Pero eso no es lo que la Escritura llama «la fe que actúa por amor». La fe verdadera conlleva, necesariamente, el deseo de hacer la voluntad divina.
En su exposición de la necesidad de pasar de la esfera de la ley a la de la fe, Pablo se anticipa al pensamiento de su tiempo, explicando lo que signi­fica vivir de la fe. Sin duda el más hermoso pasaje del Talmud a este respec­to dice lo siguiente:
«Rabí Simlai enseña que seiscientos trece mandamientos fueron formulados por Moisés: trescientos sesenta y cinco negativos, como los días del año, y doscientos cuarenta y ocho positivos, como los miembros del cuerpo humano. David los re­dujo a once, como está escrito: "Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia en su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni hace agravio alguno a su vecino. El que desprecia al que Dios desa­prueba pero honra a los fieles del Señor. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia, quien su dinero no dio a usura, ni contra el inocente admitió cohecho.
El que hace estas cosas no resbalará jamás" (Salmo 15).
Después Isaías los resumió en seis, como está escrito: "¿Quién de nosotros mora­rá con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros puede subsistir ante el fuego eterno? El que camina en justicia y habla con rectitud, el que rehúsa las ganancias de la violencia, el que sacude sus manos para rechazar el soborno, el que tapa sus oídos a propuestas sanguinarias, el que cierra los ojos para no ver cosas malas, éste habitará en las alturas: baluarte de rocas serán su refugio, con abasto de pan y aguas seguras" (Isaías 33:14-16).
Miqueas, por su parte, redujo los preceptos a tres, como está escrito: "Oh hombre, te ha sido declarado lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y cambiar humildemente ante tu Dios" (Miqueas 6:8).
Isaías los redujo de nuevo a dos, como está escrito: "Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia, de manifestarse" (Isaías 56:1).
Finalmente, Habacuc lo resumió todo en un solo precepto: "El justo vivirá por la fe" (Habacuc 2:4)».
Impresionante recorrido, en el que la masa de los preceptos de la ley se va decantando hasta quedar condensada en los principios básicos de justi­cia, bondad y fidelidad, y estos quedan finalmente resumidos en uno solo: la fe (emuna), es decir, la adhesión a Dios, contenido esencial de la alianza. Aquí tenemos la ley resumida en el evangelio. En este, todos los manda­mientos, observancias, prescripciones y normas, se resumen e interiorizan en una sola actitud espiritual, base de toda experiencia religiosa profunda: el encuentro con Dios y la búsqueda de su voluntad (Romanos 1:16, 17). En ese punto de encuentro la ley y el evangelio no pueden por menos que coincidir. Porque, como dice la pluma inspirada: «Nadie puede presentar correctamente la ley de Dios sin el evangelio, ni el evangelio sin la ley. La ley es el evangelio sintetizado, y el evangelio es la ley desarrollada. La ley es la raíz, el evangelio su fragante flor y fruto».


F. Kafka, El proceso (1925), p. 306.

M. Brod ve en El proceso el eterno problema de Job (Franz Kafka, [Idées, NRF], p. 285). Y Paul Claudel ve «la expresión de un Kafka judío que en el umbral del cristianismo, tropieza y cae. ciego, sin comprender lo que busca., Figaro Littératre [Figaro literario] (18 de octubre de 1971), p. 12.

Ver Roberto Badenas, Más allá de la Ley (Madrid: Editorial Safeliz, 1998), pp. 223-232.

Otto Kuss, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento (Barcelona: Herder, 1976), p. 66.

Ver Romanos 1:18, 6:1-4, 14, 20-23, etc.

Romanos 7:2-25; 8:2; Gálatas 2:4; 4:21-31; 5:1-15; Romanos 10:3.

Romanos 6:8-11, 13. 1 Corintios 15:20-22, 55-57.

Gálatas 5:1. Que una sola acción de un solo hombre pueda cambiar el destino de la humanidad es una idea profundamente arraigada en la tradición bíblica. Ver Romanos 5:12-21.

ElenaG.de White, Mensajes selectos (Boise: Pacific Press, 1971), tomo 1, p. 144.

Agustín de Hipona, El espíritu y la letra, 19:34; cf. Gottlieb Sohngen, La ley y el Evangelio (Barcelona: Herder, 1966), pp. 109-137.

Agenor de Gasparin, Paroles de vérité [Palabras de verdad) (Paris: Gallica, 1876), p 28.

La noción de fe en hebreo es tan rica y compleja que resulta difícil traducirla a nuestras lenguas. André Chouraqui, intentando devolver a nuestras nociones teológicas, desgastadas por el uso, la resonancia que tenían en tiempos bíblicos, recuerda que «fe» y «creer» proceden de la raíz emuna (la misma que para «amén»), que significa a la vez «estar de acuerdo», «concordar», pero también «comprometerse», y «adherirse» a algo. En consecuencia, traduce fe por adhesión. La Bible, traduit et présentée par André Chouraqui [La Biblia, traducida por André Chouraqui] (Desclée de Brouwer, 1986). Se trata de la primera traducción del Nuevo Testamento hecha por un judío.

En castellano «creer» se ha devaluado tanto que ha llegado a significar «no estar seguro», es decir, casi lo contrario de su sen­tido original (–¿Lloverá mañana?, –Creo que sí. Es decir, no estoy seguro), mientras que la palabra «amén, (emuna) signi­fica la adhesión total, sin reservas. En la noción de fe, como en otras, Pablo retiene el sentido hebraico, haciendo la síntesis entre la cultura griega y la hebrea.

Cf. R. Parmentier, Actualisations de la Bible [Actualización de la Biblia] (París: Karthala), pp. 103-104.

Elena G. de White. Palabras de vida del gran Maestro (Boise: Pacific Press, 1971), p. 99.