Cristo, la Ley y los pactos

Carlos Flávio Teixeira

¿Qué significa en la Biblia la expresión pacto? ¿Cuántos pactos fueron establecidos por Dios? Y, finalmente, ¿cuál es la relación entre la Ley de Dios y el pacto? Respecto del tema del pacto, la mayoría de los cristianos de la actualidad se encuentra dividido ente discontinuistas, reformistas y continuistas.

Los discontinuistas argumentan que Dios estableció un nuevo pacto a través de Cristo, y que éste no tiene relación con el antiguo, el cual habría sido discontinuado (interrumpido, suspendido), perdiendo sus efectos. Alegan que en los tiempos del Antiguo Testamento, el antiguo pacto estaba basado en las obras, mientras que en los tiempos del Nuevo Testamento, el ministerio de Cristo estableció un pacto absolutamente distinto, basado únicamente en la fe. Para los que así piensan, el nuevo pacto era, hasta entonces, absolutamente desconocido. Habría sido establecido en lugar del antiguo, inaugurando una nueva era religiosa en la cual los cristianos ya no están más vinculados a la Ley, que es considerado como sinónimo de obras. En este caso, hay una contraposición entre la fe y las obras.

Los reformistas, a su vez, consideran que el nuevo pacto sería una versión modificada del antiguo, el cual habría sido reformulado (modificado, alterado), adaptándose los preceptos divinos a la nueva realidad del pueblo de Dios. Alegan que el pacto de los tiempos del Antiguo Testamento fue establecido sobre la base de las obras, habiendo sido resignificado con la venida de Cristo en tiempos del Nuevo Testamento. A través de Él, Dios habría establecido un pacto reformado, a partir de entonces basado únicamente en el amor. Para los que así piensan, el nuevo pacto sería una reconfiguración radical del antiguo, ampliándolo a punto tal de hacer del amor la única ley general a la cual estarían sujetos los cristianos. En este caso hay una contraposición entre el amor y las obras.

Los continuistas, finalmente, sostienen que el nuevo pacto es el mismo pacto antiguo, presentado nuevamente por Dios a la luz de la perspectiva creciente de la revelación divina. Explican que el pacto fue, desde sus inicios, establecido en base únicamente de la gracia divina, cuya comprensión quedó aún más clara con la encarnación de Cristo en tiempos del Nuevo Testamento. A través de Él, Dios reafirmó su antiguo pacto, el cual continúa basado en su amor (misericordia, justicia). Para los que así piensan, el nuevo pacto es una re-presentación del pacto eterno, que posibilita una comprensión más apropiada a la luz de la máxima revelación del carácter divino a través de la persona de su Hijo Unigénito. En este caso hay una contraposición de verdades, pues la gracia es el principio activo del amor divino, el cual produce en los seres humanos una fe genuina y las obras correspondientes. Para comprender mejor la coherencia de este último punto de vista, así como la relación apropiada entre la Ley y el pacto, consideremos a continuación algunas realidades bíblicas que aclaran el tema.

¿Qué es un pacto?

La palabra “pacto”, es la traducción de los vocablos berît (Antiguo Testamento) y diathéké (Nuevo Testamento). Ambos tienen el sentido de pacto, arreglo, tratado, compromiso. Un pacto concretado es siempre relacional, pues implica la participación de, al menos, dos personas. Cuando solo una de ellas se compromete a hacer algo en favor de la otra, el pacto es considerado unilateral. Cuando el compromiso es asumido por todos los participantes, el pacto es considerado bilateral. Hay pactos de diferentes naturalezas, dependiendo del ámbito de la vida en el que se dan. Hay pactos de índole civil (por ejemplo, alquileres, compra y venta, prestación de servicios, etc.), de índole política (por ejemplo, el voto, los mandatos electivos, etc.), de índole económica (por ejemplo, deudas, pagos, préstamos, etc.), y de índole religiosa (por ejemplo, el bautismo, el casamiento, etc.), además de otros. Para celebrar el compromiso, las partes utilizan símbolos o practican alguna especie de ritual. La Biblia habla del sacrificio de un animal (Números 18:19), del uso de sal (Levítico 2:13; 2 Corintios 13:5), de la purificación ritual (Ezequiel 4:14), y hasta del intercambio de calzados (Rut 4:7). En nuestros días, un símbolo común es el anillo (sortija) matrimonial, utilizado para expresar el compromiso pactual mutuo celebrado por la pareja.

La Biblia también habla de antiguo y nuevo pacto (Hebreos 8:8; 9:15), o sea, de uno primero y segundo (Hebreos 8:7, 13; 9:1, 18). ¿Se trata de dos pactos distintos y/u opuestos? Analizando las expresiones, Stern explica que “existen dos palabras para “nuevo”: kainos y neos. Neos significa alguna cosa que jamás existió antes, mientras que kainos transmite la idea de frescura y renovación de algo preexistente (ver Mateo 9:17). La palabra utilizada en el capítulo 8, en la expresión ‘Nuevo Pacto’, es siempre kainós, y así debiera ser, puesto que verdaderamente el Nuevo Pacto renueva el Antiguo”. Esto quiere decir que la Biblia está hablando de renovación, no de sustitución ni de reforma (modificación). Así, examinándola en un contexto más amplio, la Biblia muestra que el pacto divino es tan eterno como eterno es el Evangelio que lo comunica a la raza humana. Aunque comunicado en diferentes momentos, y de distintas maneras a lo largo de la Historia, el pacto divino es el mismo pacto eterno que expresa el inmutable carácter del propio Dios. Observa el cuadro a continuación:

El eterno pacto de Dios en la historia humana

Eventos

Personas y épocas

Textos

Establecimiento del Pacto

Dios en la eternidad

1 Corintios 2:7, 2 Tesalonicenses 2:13-14, Apocalipsis 13:8;

Revelación del Pacto

Adán en el Edén

Génesis 2:9, 16-17, 3:15-22;

Replanteos del Pacto

Noé en tiempos del Diluvio

Génesis 6:18-20, 9:8-17;

Abrahán en tiempos de su peregrinaje

Génesis 12:1-3, 13:15, 15:1-18, 17:1-14;

Moisés en el Éxodo

Gálatas 3:6-4:7, Deuteronomio 29;

Josué en la tierra conquistada

Josué 24:14-28;

David en el reino unificado

2 Samuel 7, 23:5; 1 Crónicas 15:25-16:3;

Salomón en el reino pacificado

1 Reyes 9:1-9; 2 Crónicas 7:11-22;

Restauración del pacto

Josías en el reino reformado

2 Reyes 23:1-27;

Profetas en tiempos de apostasía que hablaron del pacto desde una perspectiva mesiánica.

Isaías 42:6, 49:6-8, 55:3, 59:21, 61:8; Jeremías 31:31-33, 32:40, 50:5; Ezequiel 16:60-62, 34:25, 37:26; Oseas 2:18;

Confirmación del Pacto

Jesucristo al establecer el reino de Dios (encarnación y ministerio salvífico)

Daniel 9:24-27; Mateo 5:17-19; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25; Hebreos 9:15;

Reafirmación del Pacto

Pablo en los inicios de la era cristiana

Gálatas 4:24, 26-31; Hebreos 8:8-13, 10:16-17;

Último llamado al Pacto

Remanente profético de la iglesia cristiana

Daniel 8:14, Apocalipsis 10:11, 12:17, 14:6-12;

Consumación del Pacto

Dios en la eternidad

Isaías 65:17-25, 66:1-24; Apocalipsis 21-22

                                                                                                                               
Elena G. de White recuerda que “el pacto de la gracia no es una verdad nueva, porque desde la eternidad ha existido en la mente de Dios. Por esa razón es llamado pacto eterno”. Siendo un pacto eterno, ¿por qué entonces la presentación que Cristo hace de él es denominada Nuevo? ¿Por qué razón la Biblia habla de “pactos” en plural (Romanos 9:4; Gálatas 4:24; Efesios 2:12)? Elena G. de White explica que el pacto es nuevo desde el punto de vista de la perspectiva humana.

Con una visión distorsionada por el pecado, los seres humanos se apartaron de Dios perdiendo la noción apropiada de su carácter y sus leyes (2 Corintios 3:14, 15). En determinado momento, Dios tuvo que enfatizar el pacto a través del énfasis en la ley, a fin de que su pueblo obedeciera y viviera en el contexto del pacto. Pero con el paso del tiempo éste se volvió legalista, con un corazón vaciado de amor a Dios (Gálatas 4:24). En este contexto, Jesucristo presenta el mismo pacto bajo una perspectiva nueva para el pueblo en semejante condición. Él presenta nuevamente el pacto eterno bajo la perspectiva de sí mismo como la máxima revelación del amor de Dios, en forma humana, y sin distorsiones. El modo por el cual el pacto eterno fue así representado lo revistió de un carácter de novedoso porque posibilitaría su comprensión apropiada, conforme antes había sido ofrecida a Adán en el Edén. Hay entonces una relación de continuidad. El pacto era el mismo, pero sus verdades serían iluminadas por la luz de Cristo, el único capaz de escribir las leyes divinas en el corazón de los seres humanos. Pablo también brinda evidencias claras de su comprensión de la eternidad del pacto divino revelado en Cristo (Efesios 1:4, 10, 14, 21; Hebreos 13:20).

Señales del pacto

Las investigaciones indican que los tratados celebrados entre las autoridades de los imperios y civilizaciones antiguas, tales como egipcios, asirios e hititas, seguían una rutina lógica de formalización. Estas normas se componían de cinco fases: 1) un preámbulo indicando los nombres y los títulos de las partes; 2) un prólogo en forma de desarrollo histórico que destacaba las relaciones previas entre las partes; 3) las estipulaciones; 4) una lista de testimonios divinos; 5) una declaración de bendiciones y maldiciones. Esta era la fórmula jurídica para hacer solemne, organizar y publicar el pacto que se realizaba. En el caso de pactos religiosos, normalmente se añadía a esos pasos algún ritual de ratificación o conmemoración de la celebración del pacto. Cuando se observan los pronunciamientos de Dios, a través de los profetas bíblicos, se nota que Dios en muchas ocasiones utilizó esta misma fórmula para hacer evidente la solemnidad y la legalidad de su pacto para con los seres humanos.

La revelación del pacto hecha a Moisés, por ejemplo, siguió esa estructura (Éxodo 19-24). Comienza con Dios identificándose y nombrando a quiénes eran los destinatarios de su invitación pactual (Éxodo 19:3, 7). Continúa con Dios rememorando todo aquello que había hecho por el pueblo hasta entonces (19:4, 5, 18, 20:1, 2). Luego estipula las condiciones del pacto en la forma del Decálogo (capítulo 20), que a continuación es complementado por otras normas de importancia suplementaria (capítulos 21-23). Dios, los ángeles, los líderes (ancianos) y el pueblo, son presentados como testigos recíprocos del compromiso de cada pactuante (Éxodo 19:3, 7; 20:22; 23:20-21; 24:11). Las bendiciones y maldiciones son identificadas a lo largo de todo el Decálogo (Éxodo 20:1-17) y sintetizadas al final del discurso (Éxodo 23:20-23). Habiendo el pueblo respondido positivamente al convite pactual (Éxodo 19:8; 24:3), los términos del pacto fueron entonces documentados (Éxodo 24:4, 7). Luego de leído y confirmado el contenido (Éxodo 24:7), fue ordenada la celebración del ritual religioso de la ratificación del pacto (Éxodo 24). Este mismo guion puede observarse en otras revelaciones del pacto registradas en las Escrituras (Deuteronomio 29, 30; Josué 23-24).

Un detalle que salta a la vista es el hecho de que, en las reiteradas revelaciones del pacto eterno hechas por Dios, siempre estaba presente la sangre como elemento garantizados del pacto (Hebreos 9:18-22). En el Sinaí, por ejemplo, luego de que el pueblo respondiera afirmativamente a la invitación al pacto, Moisés fue orientado a erigir un altar, ofrecer un holocausto, y asperjar la sangre de la ofrenda sobre el libro de la ley y sobre el pueblo que había entrado en el pacto, ratificando la alianza (Éxodo 24:1-8; Hebreos 9:18-22). Sus palabras son proféticas: “Esta es la sangre del pacto que el Señor ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Éxodo 24:8b). Esta realidad muestra que todas las revelaciones del pacto eterno de Dios continúan en sí mismas la proclamación de que el pacto salvífico sólo tendría eficacia mediante la muerte sustitutiva del Cordero de Dios, alcanzando plena efectividad a través de su ministerio intercesor (Lucas 22:20). La sangre se convertiría así en la principal señal del pacto, aunque no la única. Otras señales fueron dadas por Dios como recordativo de su ofrenda salvífica.

Señales

Significados

Arco-iris/Evangelio

Existencia, conocimiento y entendimiento del Pacto (Génesis 9:12-17; Mateo 26:28; Lucas 22:20; Hebreos 12:24);

Holocausto/cruz/santuario

Consumación y garantía de la eficacia y efectividad del pacto eterno (Éxodo 24:5-8; Juan 1:29; Hebreos 9:11-28);

Circuncisión/Bautismo/Lavamiento de los pies- Santa Cena

Aceptación, ingreso y continuación en la relación del Pacto (Génesis 17:9-14; Marcos 16:16; Juan 13:1-20; 1 Corintios 11:23-26);

Leyes/Diez Mandamientos/Sábado

Fidelidad al pacto a través de la obediencia a sus requerimientos (Juan 14:15; Éxodo 31:16; Isaías 56:4-6; Ezequiel 20:12, 20);

Estilo santo de vida /Proclamación del evangelio eterno

Testimonio del Pacto a través de su proclamación misionera (Éxodo 19:5-6; Tito 2:12-14; Hebreos 8:10; 1 Pedro 2:5, 9-10);

Toda señal fue dada para recordarnos una realidad mayor hacia la cual apunta, y para motivarnos al compromiso, ya hecho, o aún por hacer, en relación a la realidad. Las señales de Dios apuntan a su pacto salvífico e indican los niveles de respuesta humanos esperados ante el pacto de gracia propuesto por la Divinidad.

Promesas del pacto

El pacto divino tiene como directrices a cuatro realidades claves: la relación, la confianza, la entrega y la universalidad. La relación se da en el ámbito de la comunión entre las partes intervinientes en el pacto (Dios y los seres humanos). La confianza proviene del conocimiento recíproco entre ellas. La entrega surge con la dedicación de la una a la otra. Y la universalidad consiste en el hecho de que todos los pecadores son invitados a ingresar y permanecer en esa relación de confianza y entrega a Dios (Gálatas 3:15-28). Luego de la caída, el ser humanos se convirtió, por naturaleza, un ser cuya tendencia dominante fue la de no entrar en pacto con Dios. Y cuando ingresa, es propenso a no permanecer en él. Severamente afectado por el pecado, el hombre se ha vuelto incapaz de permanecer ligado a Dios, confiar en Él, y entregarse al servicio de su Reino. Sensible a esta realidad, Dios implantó en la mente humana la enemistad con el mal (Génesis 3:15), a fin de que fuera posible a los seres humanos aceptar y permanecer en su pacto (Génesis 3:21). Además, basó su pacto eterno en su propio amor (Deuteronomio 7:9 1 Reyes 8:23; Daniel 9:4) porque, al fin y al cabo, Él mismo, que es su Agente realizador, es Amor (1 Juan 4:8). La gracia es el principio activo de ese amor la cual se revela en la búsqueda del pecador a fin de redimirlo (1 Juan 3:9, 10). En cada mención del pacto y la invitación a formar parte de él, ese amor fue siendo revelado en reiteradas oportunidades. Todas las formas de revelación del plan salvífico, hechas por medio de los pactos que sobrevinieron luego de la promesa hecha por Cristo en el Edén, contienen aspectos recordativos de aquél momento de la primera revelación del pacto eterno (Génesis 3:15). Esa fue una invitación a participar del pacto de alcance universal, que más adelante mantuvo ese mismo carácter cuando fue recordado a Abrahán (Génesis 22:18), a Moisés (Éxodo 12:48-49), y a todo el pueblo (Deuteronomio 29:14, 15, 22).

Así, el pacto divino siempre estuvo, y continúa estando, abierto para todos los que lo acepten. Todos son llamados a disfrutar de las bendiciones de la promesa salvífica que se concreta en Jesucristo. Como reflejo de su amor, el Pacto de Dios nos habla de que, en su misericordia, Él ama a los pecadores incondicionalmente, pero que en su justicia sólo puede salvarlos condicionalmente. La salvación está condicionada a los términos del pacto eterno.

Las tablas del pacto

Como todo emprendimiento divino, el Pacto está basado en el amor divino. Este amor, conforme ya se ha hecho referencia en anteriores comentarios, es la relación coherente entre la misericordia y la justicia divinas. Por esta razón, la Ley se constituye en un importante elemento del pacto. Es por medio de ella que Dios estableció de manera objetiva las estipulaciones de su Pacto. El mismo amor que motiva innumerables promesas de bendiciones en el pacto, también establece, en forma de leyes, las condiciones para que esas bendiciones se concreten. Las leyes divinas son el parámetro que orientan la relación entre Dios y los seres humanos como partes intervinientes en el Pacto. Si son obedecidas, mantienen a los pactuantes en una relación de protección que genera confianza entre las partes y resulta en la honra a Dios (Protector) y salvación para los seres humanos (protegidos).

Debido al importante rol de la Ley para evidenciar las condiciones del pacto, su síntesis en la forma de los Diez Mandamientos es muchas veces denominada “tablas del pacto” (Deuteronomio 9:9-11). Y el arca donde fue colocada la transcripción de esas leyes fue llamado “arca del pacto” (Números 10:33; Josué 8:33; Jueces 20:27; 1 Samuel 4:3; 1 Reyes 8:1; Jeremías 3:16; Hebreos 9:4). Su significado es tan solemne que un arca, conteniendo la Ley de Dios, fue vista por Juan en el Santuario celestial (Apocalipsis 11:19).

Al revelar de ese modo su Ley moral, Dios pretendía darle a los seres humanos el conocimiento expreso de su carácter, a fin de que pudieran saber quién era Él y confiar en su alianza. Al mismo tiempo, esas mismas leyes servirían de parámetro para una relación de entrega a Él y la vivencia según sus planes salvíficos. Como bien se ha recordado, “aunque esas leyes morales divinas fueran inherentes a la imagen de Dios en el hombre desde la época de su creación, la corrupción del pecado opacó la claridad de esas leyes. En el Sinaí, la voluntad de Dios para el hombre creado a su imagen, se volvió nuevamente clara”.

Sin embargo, en todas las revelaciones del pacto, la obediencia no fue presentada como una condición previa para recibir la gracia e ingresar en la relación pactual, sino como una respuesta apropiada derivada de su aceptación. Para los que deseaban entrar en la alianza, se les pedía que reconocieran y aceptaran el ofrecimiento de la gracia divina, expresado por medio sus hechos salvíficos (Éxodo 20:2; Deuteronomio 5:6). Para los que así aceptaban a Dios, y deseaban permanecer en pacto con Él, se les exigía que vivieran según las estipulaciones del Pacto, recibiendo las bendiciones divinas y cumpliendo las obligaciones que les correspondían (Éxodo 20:3 y ss.; Deuteronomio 5:7 y ss.). El reconocimiento y la aceptación eran los únicos criterios para el ingreso en la relación del Pacto. Y la obediencia y el testimonio eran las exigencias para permanecer en él. Todos eran invitados primeramente a honrar la invitación del pacto, percibiéndolo y aceptándolo. Y luego a honrar las leyes del pacto, prestando obediencia a ellas y proclamándolas. Al proceder de ese modo estarían honrando al propio Señor del Pacto. Y en ese contexto, todos tenían claro en sus mentes que “nadie puede ignorar la Ley de Dios impunemente”.

El pacto y el evangelio

En razón de su naturaleza salvífica, el evangelio de Cristo está inseparablemente ligado al pacto divino. En realidad, el evangelio es la proclamación de la confirmación del pacto eterno divino a través de su concreción en la persona de Jesucristo y su ministerio salvífico (1 Corintios 2:7; 2 Tesalonicenses 2:13, 14; Apocalipsis 13:8). Cristo es el Garante y el Consumador del pacto salvífico y el evangelio es la comunicación de esto a la humanidad. Por su naturaleza y actitudes transgresoras del pacto, los humanos pecadores estuvieron condenados a la expulsión (Génesis 17:14), a las maldiciones (Deuteronomio 27:11-26), y la muerte eterna (Ezequiel 18:4; Romanos 6:23). Cristo mostró que, a través de Él, el pacto se renueva para reaproximación, confianza y obediencia a Dios por parte de los seres humanos, exactamente el camino opuesto al pecado. Mientras que el primer Adán se apartó, desconfió y desobedeció a Dios (Génesis 3), el segundo Adán cumplió fielmente las estipulaciones del Pacto, restaurando así el camino de acceso a Dios para los hombres (1 Corintios 15:21, 22).

Como el realizador de las promesas del pacto, Cristo finalmente acercaría nuevamente a los a Dios (Hebreos 8:10), tal como había sido pactado antes (Éxodo 6:7; Levítico 26:12; Jeremías 32:38; Ezequiel 11:20; 37:27); más adelante recordado (2 Corintios 6:16), y finalmente consumado (Apocalipsis 21:3). Sólo Él lograría escribir las leyes de Dios en los corazones de los seres humanos (Hebreos 8:10), conforme antes se había prometido (Ezequiel 11:19; 36:26, 27) y reiterado (2 Corintios 3:16-18).

En síntesis, el evangelio es la revelación de que Dios permanece fiel al pacto salvífico y que por su gracia proveyó, en Cristo, de un camino de remisión para el pecador que lo acepte.

Elena G. de White recuerda que el evangelio es la ratificación del plan salvífico revelado por medio del pacto divino hecho con los primeros seres humanos. “Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abrahán, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención.  Fue aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios”. Ella explica que el pacto y la ley son los mismos en todas las alianzas hechas por Dios con la humanidad. En los momentos de la revelación de esas alianzas, llamadas “pactos”, Dios reafirmó el mismo pacto eterno y recordó que su pacto está establecido sobre la misma Ley. Esa fue siempre la comunicación del evangelio eterno (Apocalipsis 14:6).

La obra de Dios es la misma en todos los tiempos, aunque hay distintos grados de desarrollo y diferentes manifestaciones de su poder para suplir las necesidades de los hombres en los diferentes siglos. Empezando con la primera promesa evangélica, y siguiendo a través de las edades patriarcal y judía, para llegar hasta nuestros propios días, ha habido un desarrollo gradual de los propósitos de Dios en el plan de la redención”.

Del mismo modo, Robertson explica: “Como una semilla que crece como un nuevo árbol y madura como un árbol fructífero, así la revelación de la Ley de Dios progresó a lo largo de toda la historia de la redención. La totalidad de la voluntad divina estuvo implícita desde el principio, así como la semilla contiene todo el árbol. Pero el desarrollo progresivo de las leyes específicas de Dios muestra un avance que se dirige hacia una revelación más plena en el nuevo pacto”.

En síntesis, el evangelio es eterno y su contenido es el mismo desde siempre. En Él, Dios revela su amor a través de la gracia, ministrando misericordia y justicia a fin de redimir a los que acepten su plan salvífico. La alianza es el pacto comprometido de Dios para la concreción de ese evangelio, y la Ley es el parámetro expresivo que garantiza la claridad y la objetividad de sus estipulaciones.

Beneficios del pacto

Las promesas entre los participantes del pacto son elementos presentes también en el pacto divino. Las promesas vinculan a cada parte a los términos convenidos. Cada uno es libre de escoger si quiere o no intervenir en el pacto. Pero los resultados de su decisión no pueden ser escogidos. Es posible escoger entre aceptar o no el pacto, pero no es posible escoger cuáles serán las consecuencias de cada una de esas opciones. Siendo Dios el Iniciador y el Establecedor del pacto, Él siempre ha dejado bien en claro cuáles son las consecuencias de aceptar o no el pacto ofrecido por Él.

Aceptar el pacto, y vivir conforme a sus requerimientos, nos proporciona protección en forma de bendiciones (Deuteronomio 28:1-14). Rechazar el pacto, ya sea por indiferencia, desprecio o rebelión, nos expone a los peligros de una vida sin la protección divina, cuyos resultados nos alcanzan en forma de maldiciones (Deuteronomio 28:15-68). Nótese, por ejemplo, lo que la Biblia muestra en una ocasión en que el pueblo en el desierto decidió despreciar la protección divina (Números 21:4-9). El propio Moisés, en otro texto de su autoría (Deuteronomio 8:15) explica que el desierto siempre fue morada de serpientes y de escorpiones “abrasadores”. ¿Por qué entonces esos animales ponzoñosos no habían picado hasta entonces al pueblo de Dios? Porque el pueblo estaba protegido por las bendiciones del amor divino, un compromiso de su pacto hecho con los seres humanos que se ponían bajo su protección. En el momento en el que el pueblo despreció a Dios, rechazó su pacto, quedó sin la protección divina, que es una de las bendiciones resultantes del pacto. Sin el poder de Dios para refrenar el mal, inmediatamente los animales venenosos atacaron y llevaron a mucha gente a una muerte instantánea.

Es como tratar de conducir a 200 kilómetros por hora en un lugar extremadamente peligroso, sin utilizar cinturón de seguridad y sin ninguna consideración a las orientaciones de las leyes de tránsito, ni prestando atención a las condiciones del tiempo. Los resultados trágicos de un accidente en tal situación no pueden ser atribuidos a quienes han establecido las leyes para nuestra protección al conducir. Escoger obedecer o no esas leyes es una opción nuestra, pero las consecuencias de su observancia, o su desprecio, están fuera de nuestro alcance. Cuando somos obedientes, eso resulta en protección para nosotros. Cuando las despreciamos, cosechamos los trágicos frutos de tal decisión, en forma de sufrimiento, enfermedad, o incluso la muerte.

En el caso del pacto divino, aquellos que se sometan a él disfrutarán de los beneficios temporarios y los eternos. En esta vida se pueden disfrutar de incontables bendiciones, tales como, por ejemplo, la familia cristiana, la sexualidad responsable, vitalidad física, integridad moral, temperancia, la satisfacción integrar de las necesidades, etc. En el ámbito de la vida nueva se pueden disfrutar por anticipado, las bendiciones del perdón divino (Juan 5:24), la madurez del carácter (Filipenses 1.6), el discernimiento de las cosas espirituales (Romanos 12:2), la fe perseverante (1 Corintios 4:16-18), la seguridad de la vida eterna (1 Juan 5:11-13). Permaneciendo en el pacto divino, los seres humanos pueden experimentar, anticipadamente, lo que significa sentarse “en el cielo con Cristo Jesús”, y tener una vislumbre de las “abundantes riquezas de su gracia, y su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:6, 7).

Ese fue el deseo de Dios al entrar en una relación de pacto con Israel (Éxodo 19:5, 6; Deuteronomio 7:12, 13), y permanece siendo su propuesta de pacto con nosotros (Deuteronomio 30:19, 20).

Conclusión

Resumiendo, el pacto eterno es la alianza hecha por Dios de amar a los seres humanos ofreciéndoles misericordia y justicia a través de su gracia salvífica. El evangelio es la comunicación de la obra de Cristo en favor del cumplimiento y la validez eterna de ese pacto. La Ley continúa siendo las estipulaciones orientadoras y protectoras de Dios para los que participan y permanecen en una relación de pacto con Él.

Aun cuando los seres humanos hayan sido infieles a los pactos que hicieron en el contexto de la alianza con Dios, el Señor se ha mantenido fiel a su pacto de la gracia. Para Él, su pacto es eterno e inmutable, así como lo es su propio carácter. Dios nunca falló, jamás alteró, ni anuló su pacto. En la Biblia se afirma que el ser humano, por su parte, anuló su compromiso con la alianza (Jeremías 31:32, al rechazar reiteradamente sus estipulaciones.

Dios tomó los recaudos para eso enviando a Cristo para hacer provisión a fin de que los seres humanos fueran reinsertados en la relación de alianza divina (Jeremías 31:31-34). Así, Jesús reintegró a los pecadores que lo aceptan en la relación de pacto eterno establecido por Dios (Hebreos 10:11-18).

Cada vez que Dios nos recuerda su pacto eterno nos está dando una nueva oportunidad para renovar nuestro compromiso en aceptarlo y responder a él para bien de nuestra salvación. Se nos advierte de no cometer el mismo error de los fariseos que apedrearon a Esteban. Este mártir fue enviado por el Espíritu Santo para hacer el último llamado para que el impenitente Israel volviera a la relación de pacto con Dios. Debía hacerlo en forma de un rîb profético, una especie de fórmula técnica solemne a través de la cual Dios presenta una denuncia legal contra los que transgreden su pacto. El objetivo mayor era llamar al pueblo de nuevo a los términos del pacto de gracia.

En su discurso transcripto en Hechos 7, Esteban siguió la estructura legal del pacto. Comenzó identificando a Dios (Hechos 7:2), después presentó un desarrollo histórico de lo que Dios había hecho por Israel (7:3-50), y entonces se vio interrumpido por la impaciencia y la cólera de sus jueces. Percibiendo que no tendría oportunidad de recordarles las estipulaciones del pacto, de los testimonios y las bendiciones y maldiciones resultantes, Esteban denunció el rechazo del pueblo hacia los términos del pacto (7:51-53). Cuando lo hizo, los líderes de corazón endurecido, sintiéndose reprobados y con el corazón lleno de odio, se levantaron contra él, lo apedrearon y lo mataron cruelmente (7:54-60). Con el corazón endurecido, el pueblo impidió que Esteban llegara a las siguientes etapas de su mensaje, al final del cual se pronunciaría la última invitación a que volvieran a Dios y su pacto. El resultado para Esteban fue la muerte en ese momento, y su salvación garantizada por la eternidad. El resultado para muchos de sus obcecados asesinos fue la sentencia de perdición para la eternidad, aun cuando permanecieron con vida en ese momento.

Este episodio nos recuerda cuán solemne es la invitación que Dios nos hace para que entremos en una relación de pacto con Él. Nunca sabremos cuándo será la última invitación que se nos hará a cada uno de nosotros. Dejar la respuesta para más adelante, ¡puede ser demasiado tarde! Ora ahora mismo declarando tu aceptación del pacto divino y suplicando que la gracia de Cristo te habilita a vivir de acuerdo con las leyes de ese pacto, testificando ser alguien realmente convertido.

La próxima semana continuaremos aprendiendo más acerca del tema de la Ley en la perspectiva cristiana. Analizaremos cuál fue la relación de los apóstoles con la Ley, según lo informan la Biblia y los registros históricos. ¡Qué Dios te bendiga y hasta entonces!

 

Dr. Carlos Flavio Teixeira
Profesor Universidad Adv. de San Pablo
Campus Engenheiro Coelho

Pastor, actualmente cursando el posdoctorado en Teología Bíblica Sistemática en la Universidad Andrews, en la Escuela Superior de Teología. Es Doctor en Ciencias de la Religión con especialidad en Teología Sistemática. Posgraduado en Maestrías en Teología y Derecho Constitucional. Miembro de la Adventist Theological Society, es docente en los cursos de Grado y Posgrado de la Universidad Adventista de San Pablo, campus Engenheiro Coelho. Está casado hace 16 años con Fernanda Cristina F. Teixeira, con quien tiene dos hijos de 12 y 4 años.

The International Standard Bible Encyclopaedia (edición revisada, e ilustrada); Geoffrey W. Bromiley, et al, editores. Grand Rapids, MI, USA: Eerdmans Publishing Company, 1979, tomo 1, A-D, p. 793.

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