Cristo y las Tradiciones Religiosas

Dr. Roberto Badenas
Teólogo

L a historia de Israel es la historia de un pueblo que está en constante  L relación con su ley, pero mediante sus propias tradiciones, tradiciones.

 A lo largo de una andadura a menudo dolorosa, los depositarios de  este legado se interrogan sin descanso sobre la interpretación de sus contenidos.

 Después de sobrevivir a innumerables guerras, exilios, tragedias, insurreccio- nes y resurrecciones inesperadas, dando primacía a la ley, pero en nombre de  sus interpretaciones y tradiciones, se enfrentan a Jesús: fariseos, saduceos,  herodianos y quien sabe si hasta esenios.

 Normas para proteger la ley

 Los profetas, los mayores agitadores de conciencias que han existido, habían  atribuido al descuido de la ley —en su abandono de Dios— la decadencia de  Israel y la caída sucesiva de Samaria y Jerusalén bajo el yugo asirio y babiló- nico (721 y 605 a. C.). Sus advertencias no habían podido ser más amenazado

 ras: «La maldición destruirá el país [...] porque la tierra ha sido profanada por  sus habitantes, y estos han transgredido la ley y violado sus preceptos». Para  estos portavoces de Dios, la historia trágica de Israel resulta de una violación  constante de la alianza por parte de un pueblo obstinadamente infiel contra un  Dios obstinadamente fiel. El respeto al espíritu de la ley es su proclama ética  contra el formalismo religioso. De su inspiración nace el resto de la Biblia,  cuyos elevados ideales siguen vigentes hasta nuestros días. Así, en las refle- xiones filosóficas de los textos sapienciales, dirigidas al ser humano sumergido  en un mundo desorientado y falto de criterios, la ley se presenta como la refe- rencia más segura, capaz de dar coherencia y sentido a la vida: «Teme a Dios y  guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre. Pues Dios traerá  toda obra a juicio, juntamente con toda cosa oculta, sea buena o sea mala»  (Ecl. 12: 13, 14).

 A pesar de toda su fuerza coercitiva, la ley recibe entre los sabios de Israel las  valoraciones más positivas: «La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma;  el testimonio de Jehová es fiel: hace sabio al sencillo». El «sabio» pide inteli- gencia para descubrir las maravillas de una ley, que rige a la vez la vida moral  y el universo entero5 mientras que el «insensato» desoye la sabiduría divina  expresada a través de ella. «Justo» es el que anda en la ley de Dios, la ama,  guarda y medita en su corazón; impío es el que la viola, rechazando seguirla.  La ley, identificada con la verdadera sabiduría, se exalta sobre cualquier otro  escrito como exponente de inteligencia y felicidad (Prov. 28: 7, 29: 18). Los  más celosos defensores de tan precioso legado van a levantar en tomo a las  leyes mosaicas un cerco adicional de preceptos con el fin de salvaguardar su  observancia, dando origen a la canonización de una interminable serie de tra- diciones religiosas (ver Sabiduría 18: 4).

 En efecto, durante el exilio babilónico, Israel toma clara conciencia de sí mis- mo como pueblo del «Libro», cuando su epicentro religioso es transferido por  la fuerza de las circunstancias del templo de Jerusalén a los escritos sagrados.  Basándose en las bendiciones y maldiciones con las que se termina el Pentateuco (Deut. 28: 30), una élite piadosa deduce que la salvación del pueblo de Dios depende exclusivamente de la fiel observancia de su ley.

Por fidelidad a la revelación recibida y por temor a nuevas tragedias naciona-les, escribas y fariseos dedican sus mayores esfuerzos a estudiar los aspectos jurídicos de la revelación, centrándose en la observancia de la ley de Moisés interpretada a través de la tradición oral.

El panorama religioso de Israel vuelve a experimentar un significativo cambio setenta años después del exilio, cuando el regreso inesperado se hace realidad y el pueblo recupera, con su tierra, su libertad política y religiosa.

La pascua del año 515 a. C. marca un hito histórico (Esd. 6: 19). Las misiones de Esdras y Nehemías organizan la reconstrucción del país en tomo a la prácti-ca rigurosa de la ley y la salvaguardia de la identidad nacional. La impresio-nante ceremonia de lectura de la Tora por Esdras en la fiesta de las cabañas9 señala el principio de una nueva época. Porque el pueblo jura solemnemente «vivir de acuerdo con la ley que Dios les había dado por medio de su servidor Moisés, y a obedecer todos los mandamientos, normas y estatutos de nuestro Señor» (Neh. 10: 29, NVI).

Las medidas por preservar la identidad religiosa, confundida a veces con la identidad nacional (Neh. 7:5-64; 13:15-22; Esd. 8:2), las prevenciones frente a todo lo extranjero, y en particular contra los matrimonios mixtos (Esd. 9: 12; 10:3), etc., refuerzan la observancia estricta de la ley de Moisés, contemplada como una mezcla de código civil y derecho canónico. Al fomentar el aisla-miento ante un mundo pagano y reforzar su identidad en tomo a la observancia de la ley, Israel deriva hada una verdadera nomocrada. Desapareada definiti-vamente la realeza, la comunidad se considera regida por la Tora y por un sacerdocio que basa en ella su propia autoridad.10 Supeditando la religión al minucioso cumplimiento de una legislación sacralizada, la autoridad deposita-ría acabó, con el tiempo, canonizando sus propias interpretadones.

Al mismo tiempo, y a pesar de todo lo dicho, después de la conquista de Ale-jandro, tanto bajo los Ptolomeos de Egipto como bajo los Seléucidas de Siria, comienza un sutil proceso de helenizadón del sector más pudiente de la socie-dad judía. El prestigio de la cultura griega, la influencia de la civilización he-lenística y la seducción de un estilo de vida tan potenciador tanto del cuerpo como de la mente, fascina especialmente a las clases acomodadas. Para quie-nes valoran positivamente el comercio, la ciencia, la filosofía, el arte o el de-porte, el riesgo de dejarse infiltrar por el pensamiento helénico, aunque solo fuera por osmosis, es casi inevitable. Para muchos jóvenes israelitas deseosos de participar en las actividades normales de la vida griega, el respeto a «las leyes y costumbres de los padres» se convierte en una carga difícil de llevar, y los más abiertos se amoldan pronto a un estilo de vida compatible con las ven-tajas de la cultura griega. Así, en tiempos del sumo sacerdote Jasón, Jerusalén se transforma en una verdadera dudad helenística (1 Macabeos 1:14; 2 Maca-beos 4: 8), en la que incluso los levitas empezaban a descuidar los servidos del templo para seguir los juegos del estadio (2 Macabeos 4:12-15).

Por otra parte, algunos de los esfuerzos entendidos como fidelidad a la ley conducen a los sectores piadosos extremistas a medidas de aislamiento social incomprensibles para los paganos. Cuando Antíoco IV consigue la abolición del culto levítico, los sectores más conservadores del judaísmo lanzan, como grito de guerra, el regreso a la Tora: «Quien ame la ley y acepte la alianza que me siga», grita Matatías en el levantamiento de Modin (1 Macabeos 2: 27). La ley de Moisés, tan exaltada por unos como descuidada por otros, se convierte en el eje del reclutamiento de la revuelta macabea (1 Mac 2: 42). «Los obser-vadores de la ley» lucharán a muerte contra los «infieles» (1 Macabeos 1:14; 2 Macabeos 4: 8), es decir, los menos comprometidos con ella. Cuando el 25 de Kislev del año 165 a. C. los fieles celebren su victoria sobre la facción heleni-zada, volviendo a dedicar el templo de Jerusalén e instaurando la fiesta de Hanukka (2 Macabeos 2 :1 6 ; 1 Macabeos 4: 36-60), la ceremonia del alum-brado del candelabro de siete brazos prevalecerá en el recuerdo sobre la epo-peya nacional y la gesta militar. La fiesta conmemorará, ante todo, que el

Templo fue purificado gracias a «los sacerdotes sin mancha y a los observado-res de la ley» (1 Macabeos 4: 42).

Exaltación de la ley

A partir de entonces, un verdadero «culto de la ley, exaltado por la lucha con-tra el helenismo, marcará al judaísmo con un sello indeleble». A raíz de los peligros de la diáspora, la tradición va a solicitar de todo judío que se precie que produzca al menos una copia de la Tora. Esta singular exigencia, que ga-rantiza la transmisión y difusión del legado recibido, y que resulta casi imposi-ble de llevar a cabo a causa de los complejos requisitos con que la misma tra-dición la fue rodeando, todavía subsiste hoy en día, aunque la mayoría confía su ejecución a un escriba especializado. El texto debe ser manuscrito, y la me-nor infracción a las reglas de la transcripción descalifica la copia para el uso litúrgico. Un Sefer Tora en el que se descubra un error, por pequeño que sea, o en el que, por el uso, la tinta se haya borrado haciendo ilegible una palabra, por insignificante que parezca, es inutilizable.

 

Aparte la aureola de respeto que rodea a todo objeto sagrado, no le queda otro destino que el de ser enterrado, tristemente, como un niño muerto.

Desde tiempos inmemoriales cada ejemplar de Sefer Tora existe en la medida en que puede demostrar su escrupulosa autenticidad. Su vida depende de su fidelidad al texto recibido. Incluso las sinagogas más liberales han respetado hasta hoy esta costumbre atávica. En el patrimonio sagrado del judaísmo, el libro de la Ley testifica que por encima de la desintegración de la materia o del desgaste implacable del tiempo, la amenaza más grave que se cierne sobre la ley, es la infidelidad de sus depositarios. Cuando un Sefer Tora muere, por vejez o accidente, sus palabras «vuelan,» dice la antigua tradición, esperando ser recogidas por algún escriba que las devuelva a la vida en un texto íntegro. Alma del Sefer Tora, el texto de la ley es también el alma del judaísmo que, como un organismo vivo, debe su existencia, fecundidad y originalidad a la vitalidad de este legado. La convicción tradicional es que la letra constituye la sede inamovible, permanente y única del «espíritu de la ley».

En el mundo en el que se mueve Jesús las tradiciones en tomo a la ley de Moi-sés presiden la vida cotidiana de modo tan visible que no hay nada que escape a su tutela. La casa, marco elemental e íntimo de la existencia, ostenta en sus frontales la mezuza, pequeño pergamino en el que están escritos dos de los pasajes claves del Pentateuco (Deut. 6: 4-8 y 11:13-21). El creyente se reviste para la oración de filacterias que, en la frente y en el brazo izquierdo, atesoran igualmente extractos de la ley (Deut. 6: 4-8 y 11: 13-21; Éxo. 13: 1-16). El día litúrgico empieza con la recitación de la Shema (Deut. 6: 4-8) y se termina con ella. Este texto no solo preside los límites de la jomada sino también los de la vida, desde la primera palabra que se enseña a memorizar al niño balbuceante hasta la última que pronuncian los labios del moribundo. Todos los ritos se acompañan de su recitación pública: nacimiento, circuncisión, bar mitsva, bodas y funerales, cualquier oportunidad especial es buena para «oír la voz de la ley», en la lectura correspondiente para cada ocasión.

Eje de la liturgia, norma de la vida, el texto de la ley, en sus interpretaciones tradicionales, constituye el andamiaje del pensamiento judío. Con la particula-ridad de que la ley oral, es decir, el conjunto de tradiciones de índole jurídica, doctrinal y ética relacionadas con el cumplimiento de la ley, es atribuida a Moisés. De ahí el valor extraordinario que se concede al estudio de estas tradi-ciones, sean de naturaleza ética, jurídica o mística. Por las vías más diversas de la exégesis, en escuelas de todas las tendencias, desde las más literalitas hasta las más esotéricas, las interpretaciones de la ley y las tradiciones que la rodean han impregnado el alma, la vida, la cultura y la espiritualidad del pueblo israe-lita desde la antigüedad hasta nuestros días.

Los rabinos han discutido hasta la saciedad qué es más importante, si el estu-dio de la ley o su cumplimiento según las reglas de la tradición. Desde Rabí Aquila prevalece la idea de que el estudio tiene más valor, porque es este el que hace posible progresar en el cumplimiento. La oración sinagogal recuerda que el estudio de la ley figura entre los deberes que no tienen límites, como el dejar las esquinas de los campos para los pobres (Deut. 24:19) y decidir el monto de las ofrendas.19 Por eso se dice que «el estudio de la ley es el antído-to contra el mal». Lo que ocurre es que el estudio se centra cada vez más en las tradiciones religiosas de Israel que en el texto bíblico que ellas interpretan. Las tradiciones más antiguas se consignan en la Misna, y las posteriores quedan inmortalizadas en el Talmud. Pero muchas de ellas proceden del periodo lla-mado los «cuatrocientos años de silencio» durante los que no hubo ninguna revelación directa por medio de profetas.

Podríamos afirmar que Israel, a lo largo de su turbulenta historia, más que guardar la ley de Dios fue guardado por ella. Paradójicamente, la interpreta-ción de la ley se convierte en el catalizador que pone a prueba la fidelidad de Israel a su alianza. Las polémicas y rupturas que dan origen a las diferentes facciones del judaísmo con las que se encuentra Jesús (saduceos, fariseos, celotes, etc.) se producen respecto de cuestiones relacionadas con las tradicio-nes religiosas relativas a la ley.

 

Las tradiciones religiosas de Israel y la ley

Los saduceos

 

Desde el regreso del exilio el poder religioso se concentra en manos del alto clero de Jerusalén. Los sumos sacerdotes y su entorno monopolizan la custodia del culto e intentan hacer lo mismo con la interpretación de la ley. Si ellos eran los «propietarios» de la revelación divina «sobraban los profetas. Dios ya ha-bía dicho su última palabra y ésta se hallaba contenida en la ley». Así, los saduceos insisten sobre todo en el escrupoloso cumplimiento de los rituales del templo, mientras relegan a un segundo plano el resto de las Escrituras.

Al hacer depender el favor divino del cumplimiento de la ley ceremonial y rechazar la existencia del más allá (Luc. 20: 27-38), vinculan la prosperidad a la bendición divina y la adversidad al castigo de las transgresiones humanas, justificando así teológicamente sus privilegios de clase. Más conservadores de la caja fuerte del templo que del patrimonio espiritual recibido, los miembros del alto clero ejercen sobre el pueblo ignorante un absolutismo tiránico que Cristo condena severamente comparándolo con «una cueva de ladrones» (Mat. 21: 12, 13).

 

Los fariseos

Los fariseos, en cambio, se dedican al estudio detallado de la aplicación de la ley en la vida cotidiana. En su entusiasmo, la exaltan hasta el punto de conver-tirla casi en una hipóstasis o personificación divina, agente a la vez de la crea-ción y de la redención, «fundamento del Universo», «preexistente a todo lo creado». Al «otorgarle la calidad de mediadora entre Dios y los hombres», llegan a afirmar que «el mundo fue creado por ella y para ella», calificando a la ley de Moisés de «agua viva», «pan de vida», «luz del mundo», «camino», «verdad», «vida», etc. La importancia concedida al estudio de la ley en los escritos rabínicos es tal que «si dos se sientan y se ocupan de la Tora, la divina shekinah mora en medio de ellos», porque «las tres primeras horas del día, Dios mismo se sienta a estudiar la Tora».

 

La comprensión farisaica de la Tora puede resumirse en el postulado de que Dios ha revelado toda su voluntad a la humanidad de una vez y para siempre, a través de la ley de Moisés. La salvación pasa necesariamente por ella. Siendo «palabra de Dios» en el sentido más literal y pleno posible, la ley mosaica tiene validez eterna e inmutable: «Los profetas y los escritos cesarán, pero nunca cesarán los cinco libros de la Tora».

La exaltación de la ley mosaica en las tradiciones religiosas farisaicas conlleva a su vez la exaltación de Moisés hasta extremos inauditos. La literatura judía helenística le atribuye excepcionales contribuciones a la historia de la civiliza-ción. Así, Eupolemo lo considera el inventor de la escritura, Flavio Josefo pretende que inspiró a Platón y a los demás filósofos griegos, y Mecateo de Abdera le adjudica sin ninguna vacilación la creación del estado de Israel, la conquista de Palestina, la fundación de Jerusalén y la construcción del tem-plo,36 ¡a pesar de que todo ello contradice las afirmaciones del texto bíblico!

 

Según una tradición posbíblica Moisés, santo desde su concepción, nace ya circuncidado, empieza a hablar desde su nacimiento y a profetizar a la edad de tres meses superando en todo a los demás profetas: «Todos veían a través de un espejo empañado mientras que Moisés veía a través de un espejo perfecto». Rav y Samuel se atreverán a situar la sabiduría de Moisés a un nivel tan sobre-humano que: «Cincuenta puertas de comprensión (de las cosas divinas) se han abierto en el mundo; todas menos una le fueron dadas a Moisés».

 

La tradición apocalíptica confiere a Moisés muchas de las cualidades y funcio-nes que los cristianos reconocemos en Jesucristo. Desde antes de la fundación del mundo habría sido elegido como mediador de la alianza.

Designado «buen pastor» de su pueblo a causa de la misericordia con que cui-daba su rebaño,40 no pudo ser enterrado porque no hay ningún lugar en este mundo digno para su tumba41 y solo su ascensión al cielo le permitiría seguir siendo el intercesor espiritual de su pueblo hasta el fin de los tiempos.

Vemos, pues, que entre el retorno del exilio y la época de Jesús, sobre todo bajo la influencia farisaica, la tradición oral sacraliza y da fuerza legal a un acervo de tradiciones religiosas, llenas de preceptos añadidos, acumulando cláusulas y excepciones a una casuística cuya complicada observancia acaba oscureciendo la noción de salvación con trascendentales consecuencias en la percepción de la religión.

 

En primer lugar, se comienza a considerar la revelación de las Sagradas Escri-turas más como un código que como un ideario. Esforzándose más por «guar-dar» la ley que por «andar» en ella, los fariseos fomentan, sin quererlo, el paso del nomismo43 al legalismo. Bajo esa óptica incluso las normas más liberado-ras acaban siendo percibidas como imposiciones (Éxo. 23: 19; 34: 26).

En segundo lugar, la observancia de las tradiciones relacionadas con la ley adquiere un aspecto cada vez más jurídico. La teología farisaica daría a enten-der que la salvación depende de un supuesto auditor divino encargado del re-gistro personal de cada ser humano que suma en el «haber» las acciones co-rrectas según la ley y en el «debe» las transgresiones, contabilizando sacrifi-cios y obras de misericordia para compensar y expiar faltas o para proporcio-nar recompensas adicionales.

Como consecuencia de lo anterior, en la vivencia de la religión se introduce progresivamente la noción de mérito, basada en el principio de que Dios, por ser justo, debe necesariamente gratificar todas las acciones buenas y castigar las malas. Hasta el punto de que se concluye que la ley ha sido confiada a Is-rael con el fin principal de ayudarle a ganar méritos. Esta concepción de la justicia divina genera, sin proponérselo, una mentalidad religiosa que mercan-tiliza de un modo casi mecánico las relaciones del hombre con Dios, de modo que la observancia en sí de un precepto termina siendo más importante que la motivación o la actitud con que se realiza.

Como consecuencia lógica, los fariseos deducen que para poder observar la ley impecablemente hay que empezar por conocerla a la perfección y así «estable-cer un vallado» en tomo a ella a fin de estar seguros de no transgredirla.

Como esto resulta prácticamente imposible para la mayoría, que a penas sabe leer ni tiene medios para estudiar los innumerables añadidos de la tradición, los fariseos acaban despreciando al pueblo ignorante de la ley como gente irremisiblemente pecadora.

 

Los zelotes

La exaltación de la ley llega a su extremo paroxismo en el movimiento zelote. Impulsados por su celo nacionalista, extremista y revolucionario, algunos lle-gan a pretender que quien asume plenamente el yugo de la ley, observándola rigurosamente, queda libre del yugo de la autoridad de los poderes terrestres (léase del gobierno romano, impuestos, deudas, servicios y demás obligaciones para con la sociedad y el estado). Al sublevarse contra el imperio, impulsados por su celo integrista, los zelotes y los fariseos que se les habían unido provo-can en el año 70 la caída de Israel, la ruina de Jerusalén y la destrucción del templo. De modo que «su idolatría de la ley fue su propio suicidio».

 

Los esenios

Al margen de estos movimientos nacionalistas, los esenios llevan la devoción de la ley hasta el ascetismo místico del monacato. Separándose de los fariseos y los zelotes, aunque compartiendo ideales comunes, se proponen alcanzar el objetivo de constituir «el resto» de los santos elegidos de Dios a través del aislamiento y de la estricta observancia de la ley.

 

Mediante una serie de repetidas y cuidadosas abluciones rituales, tratan de mantener la más rigurosa pureza legal.51 Dedicados al estudio y a la copia fiel

de la Tora, no reconocen más intérprete legítimo e inspirado que su «Maestro de Justicia», ni otra comunidad digna de mantener de la divina alianza que la suya.

 

En conclusión, una ley, que estaba destinada a liberar a la humanidad de mu-chos de sus problemas, acaba siendo asfixiada por las tradiciones religiosas de sus más fervientes admiradores, ahogada por sus propios añadidos.

En vez de iluminar «como luz en el camino» la ley se convierte, para muchos, a través de las tradiciones, en piedra de tropiezo.

En tiempos de Jesús, la necesidad de liberar la visión de la ley de la maraña de tradiciones que la oscurecían se había convertido en una empresa urgente. La gran cuestión que plantea la predicación de Cristo a sus compatriotas es la de decidir si el centro de la espiritualidad lo ocupa un texto o una Persona, y si la relación con Dios, que es comunión viva, puede traducirse en términos legales y quedar reducida a la aplicación de un código.

La actitud de Jesús y de Pablo ante las tradiciones religiosas de Israel debe entenderse en este contexto. Sus declaraciones se comprenden a la luz de una situación en la que, mientras muchos judíos sobrevaloraban la ley de Dios y sus tradiciones, los paganos vivían al margen de ellas, en la más plena igno-rancia.

Unos esclavos del legalismo, otros de la anarquía moral y ambos separados por unos textos sagrados aplicados como si fueran textos legislativos.

¿Qué había sido de las promesas de liberación contenidas en esa misma ley? Muchas permanecieron desapercibidas, relegadas a un segundo plano, despla-zadas por tradiciones focalizadas en cuestiones jurídicas, o exacerbadas y deformadas por los sectores más exaltados de la sociedad. Sin embargo, esas promesas anunciaban que un Mesías liberaría al mundo de sus peores servi-dumbres enseñándole el camino de una libertad más responsable y profunda que la de la misma ley. Esta «buena noticia» ocupará el centro del evangelio.

 

Jesús ante las tradiciones de su pueblo

Así, Jesús deja bien claro que, para él las observancias judías extrabíblicas no tienen valor de ley. Los Evangelios recogen, por ejemplo, sus reservas sobre el valor espiritual de las abluciones rituales. A los fariseos, que critican a algunos de sus discípulos porque no se lavan las manos para comer según el ritual y comen pan «con manos impuras» (Mar. 7: 3), Jesús les responde que lo que más contamina al hombre no es lo que le viene de fuera sino lo que surge del interior, porque no solamente envenena al que lo sufre sino también a sus víc-timas: «¿No entendéis que nada de fuera que entra en el hombre lo puede con-taminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina?» (Mar. 7: 18, 19). Hay versiones que terminan la frase diciendo que «con esto Jesús declaraba puros todos los alimentos», o «Esto decía, declarando limpios todos los alimentos». Pero una traducción más cercana al texto original deja a entender que es la cloaca la que purifica todos los alimentos, después de dige-ridos.56 En el texto griego hay un participio (katharizon) que remite la purifi-cación de los alimentos al proceso de la descomposición y no a Cristo, de mo-do que el argumento utilizado por algunos para afirmar que Jesús considera iguales todos los alimentos se basa en una traducción forzada, o como mínimo poco segura. Jesús enseña simplemente que la contaminación por los alimentos se limita a sus efectos fisiológicos. Todo termina purificándose aunque sea por desintegración natural. La carga «contaminante» de ciertos alimentos «no puri-ficados» es comparable a la contaminación moral, que a través del odio, la envidia, la lujuria, etc., envenena la vida propia y ajena de forma mucho más irreparable.

Lo que sí queda claro es que Jesús no reconoce ningún valor espiritual —y mucho menos normativo— a ciertos ritos de purificación, que no son más que «disposiciones» y «tradiciones» humanas añadidas, que él contrapone a los «mandamientos de Dios». Para él la contaminación por contacto externo no tiene efectos espirituales relevantes. Por eso pide de beber a la samaritana en su propio cántaro (Juan 4: 7,11). En su relación con esa mujer de otra religión que le habla con coquetería (¿como a un presunto cliente?) Jesús supera el prejuicio del contacto contaminante. Al tratarla como a alguien interesante transforma las barreras que los separan en lazos que los unen, haciendo así de ella la primera extranjera convertida al cristianismo, y la primera misionera.

Sin embargo, la libertad con la que Jesús trata esas observancias ancestrales y su desmitificación de estas tradiciones son para sacerdotes, escribas y fariseos el más grave de sus atrevimientos, por el que será condenado.

Según dichas tradiciones el criterio fundamental en favor de la autenticidad de un profeta era precisamente no introducir innovaciones en la doctrina. Jesús, al atreverse a poner en tela de juicio el valor de ciertas «tradiciones de los ancia-nos» (Mat. 15: 2; Mar. 7: 3), y sobre todo, al cuestionar la manera forzada de observar el sábado, sus adversarios encuentran argumentos a los que apelar para condenarlo a muerte. El Talmud lo dirá con estas palabras: «En víspera de

Pascua, fue colgado Jesús [… | por haber practicado la magia, seducido a Is-rael y llevado al pueblo a la apostasía».

En conclusión, la comprensión de la ley y la actitud ante las tradiciones reli-giosas que la habían envuelto, serán algunos de los puntos de confrontación más sensibles entre Jesús y sus compatriotas, entre Pablo y los judaizantes, y entre la iglesia primitiva y la sinagoga. Y el fondo de esas controversias sigue vivo hoy.