Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 13
(20 al 27 de junio de 2015) 

Crucificado y resucitado

Pr Jônatas Leal

Introducción

En la Última Cena quedó evidente que los discípulos no estaban preparados para lo que luego sucedería. No comprendieron la naturaleza de los eventos que venían desplegándose delante de sus ojos. Las palabras de Jesús les sonaron enigmáticas (Juan 13:28, 36) y aún estaban luchando por los mejores lugares del reino (Lucas 22:24).

Después de la Cena, cuando se dirigieron hacia el Getsemaní, no lograron siquiera mantener abiertos sus ojos (Lucas 22:45, 46). El destino de la humanidad estaba en juego, y ellos se quedaron dormidos como si no hubieran entendido nada de lo que había ocurrido en el aposento alto. El Universo estaba expectante, los seres de los mundos no caídos observaban con asombro las tenebrosas escenas, pero los discípulos simplemente estaban durmiendo. Jesús debió enfrentar solo los momentos finales.

Nuevamente en un jardín

Muchos años atrás, el pecado había entrado en el mundo cuando la primera pareja estaba en un jardín. Aunque la etimología de la palabra sea incierta, muchos han relacionado el término “Edén” a la raíz hebrea ‘dn, que significa “abundancia, deleite o exuberancia”. La traducción griega más antigua del Antiguo Testamento, conocida como la Septuaginta, también entiende al término de esa manera, al traducir “jardín del Edén” como “jardín del Placer”. Más allá del debate académico sobre el significado de “Edén”, en ese primer jardín, la primera pareja tenía todo a su favor. Mas fue en ese jardín de delicias que Adán y Eva fueron llevados a pecar.

Ahora, en un segundo jardín, conocido como el Getsemaní, el segundo Adán enfrentaría la prueba sin ninguna ventaja. Lucas no menciona el nombre del jardín como lo hacen los demás evangelistas (Mateo 26:36; Marcos 14:32), pero lo ubica en el Monte de los Olivos. Eso combina con la ubicación tradicionalmente adjudicada al Getsemaní, un jardín cerrado, fuera de los muros de Jerusalén, al otro lado del valle de Cedrón, al pie del Monte de los Olivos. En el Getsemaní, que significa “prensa de aceite”, sugiriendo con ello un olivar, Jesús –en su agonía– derramó gotas de sangre (Lucas 22:24) y oprimido por los pecados del mundo entero, allí decidió seguir adelante.

Aunque Cristo no tuvo propensión hacia el mal, tal como tampoco Adán la tuvo, fue victorioso en un ambiente mucho más hostil. A diferencia de Adán, su naturaleza humana estaba sujeta físicamente a los efectos del pecado. Al caer, Adán no conocía el dolor, la angustia ni la flaqueza. Tales dificultadas, vinculadas al peso de los pecados del mundo entero, y a la perspectiva de la separación del Padre, hicieron de la prueba que Cristo debió enfrentar, algo casi insuperable.

Mientras que el primer jardín representó nuestra caída, el segundo representa nuestro resurgimiento. Tal como dijo Pablo, "así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vueltos a la vida” (1 Corintios 15:22). Adán fue derrotado en la luz del Edén, mientras que Jesús fue victorioso en la oscuridad del Getsemaní. La diferencia crucial entre Cristo y Adán fue la determinación del primero en hacer la voluntad de Dios, aun cuando la suya la llevaba en otra dirección. Por eso, oró al Padre: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Esta determinación marcará la diferencia entre los salvados y los perdidos. Debemos entregarnos sin reservas a la voluntad del Padre, abandonando completamente nuestros caminos egoístas. Por ello, Cristo enfatizó la necesidad de morir a nosotros mismos (Lucas 9:23, 24). Mientras no sometamos nuestra voluntad, continuaremos como el primer Adán, haciendo elecciones que nos llevarán lejos de Dios y del paraíso. Probablemente haya sido el egocentrismo, la supremacía del yo, lo que hizo que la mayoría de los protagonistas de la Pasión desde el Getsemaní, hasta el Calvario, se opusieran a Cristo.

Los personajes de la Pasión de Cristo

Muchos fueron los personajes involucrados en las escenas de la Pasión. Ellos no pudieron imaginar que sus acciones serían inmortalizadas a través de los relatos de los evangelistas. Todos estuvieron, aun inconscientes de ello, involucrados en el capítulo más tenebroso y –al mismo tiempo– más glorioso de la Historia. En general, pueden ser divididos en dos grupos: los que participaron activamente, y los que se involucraron de un modo indirecto o pasivo.

En este último grupo están los discípulos que, por miedo o por frustración, huyeron y abandonaron al Maestro a quien hacía poco tiempo habían aclamado como Rey. En este grupo también estaba la multitud que no había pasado de ser una especie de títere de los líderes religiosos, quienes gritaban sin saber por qué. También están los soldados que, aunque participaron de manera más activa, sólo estaban cumpliendo órdenes y trataron a Cristo como un condenado más. Todos formaron parte de la escena, y cargaron sobre sí con la culpa de la omisión, la ignorancia o la indiferencia.

A su vez, el segundo grupo estuvo involucrado activamente en la ejecución de Cristo. En él podemos incluir a Judas, al Sanedrín, a Pilato y a Herodes. Entre los discípulos, Judas puede ser señalado como el más involucrado. Partiendo del relato de los evangelios podemos construir la imagen de un individuo perspicaz, hábil, de pensamiento lógico y rápido. Sin embargo, tales talentos lo llevaron a seguir su propio camino, a determinar su propio método. Y Jesús no encajaba en él. Su codicia y su ambición eran incompatibles con el Maestro carente de pretensiones. Así, movido por la frustración de sus sueños acariciados respecto de su posición final en el reino, traicionó a Cristo por treinta monedas, el equivalente a un tercio de un salario anual. Ese también era el valor de un esclavo, determinado por la legislación mosaica (Éxodo 21:32). Y Judas estaba entrando en la historia, al cumplir lo que de antemano las Escrituras habían predicho (Mateo 27:9, 10; cf. Zacarías 11:12, 13).

A su vez, el Sanedrín era “el más elevado tribunal de los judíos, y se encontraba en Jerusalén”. Estaba compuesto por setenta y un integrantes y conformado por dos grupos mayoritarios: el de tendencia saducea (los saduceos eran del linaje sacerdotal), que incluían a los sacerdotes y ancianos, y al de tendencia farisaica, incluyendo a los escribas y maestros de la ley. El concilio (del griego sinedrion), estaba presidido por el sumo sacerdote. La corte debía velar para que cada caso fuera juzgado con justicia. Por eso, el juicio de Cristo ante el sanedrín puede ser considerado ilegal. En esa ocasión, se quebrantaron dos reglas esenciales. La primera requería que un anciano actuara a favor del reo. La defensa debía ser escuchada en primer lugar, y sólo luego las acusaciones. La segunda regla afirmaba que ningún juicio que involucrara la pena capital podía ser realizado de noche. Ambas normas fueron dejadas de lado con el fin de que su obstinada intención de acallar la voz del “presunto” Mesías pudiera ser concretada.

Tanto los fariseos como los saduceos, que conformaban el sanedrín, aparecen frecuentemente a lo largo de los evangelios oponiéndose a Cristo. Desde el mismo principio, su amor por el dinero y su posición social fue un obstáculo para que aceptaron lo que tenían bien claro ante sus ojos: el Mesías había llegado. El orgullo, la presunción y la envidia fueron las escamas que cegaron sus ojos. Amaron más al mundo que a Dios, y por eso no amaron la verdad, de modo que la operación del error los enredó completamente (2 Tesalonicenses 2:9-12).

Como profundos conocedores de las Escrituras, debieron haber reconocido el tiempo en el que estaban viviendo. No tuvieron discernimiento espiritual y, por eso, no vieron el cumplimiento profético, aun cuando éste era tan claro. Esta es una gran advertencia para nosotros, a quienes Dios privilegió como depositarios de la verdad para el tiempo del fin. El conocimiento sin discernimiento y una relación viva con el Señor no garantiza ninguna ventaja. La mañana de la resurrección revelaría a los integrantes del sanedrín que la sentencia de muerte pronunciada contra Jesús sería su propia condenación.

Los últimos personajes que tendremos en cuenta son Pilato y Herodes. Su rol puede ser entendido a la luz de la política local de la Palestina del primer siglo. Aunque el sanedrín tenía autonomía para decretar la pena de muerte para cualquier ciudadano judío, ello debía ser sancionado por la autoridad romana, para que la ejecución tuviera lugar. Tanto Herodes, el gobernador de Galilea, como Pilato, gobernador de Judea, eran responsables de ello. Es interesante notar que ambos intentaron esquivar el tomar esa decisión. En su cargo, habían condenado a muchos a la muerte y –muy probablemente– gran cantidad de ellos de manera injusta o sin el debido proceso legal. Sin embargo, el intento de escapar del caso de Cristo es una evidencia notoria de que ambos estaba muy seguros de su inocencia (Lucas 23:4, 14, 15).

Sabiendo que Jesús era de Galilea, y enterándose que Herodes estaba en Jerusalén, Pilato intentó transferir el caso al político vecino (Lucas 23:6, 7). Herodes recibió a Cristo con desdén, y sugirió que hiciera alguna señal para impresionarlo (Lucas 23:8). Su búsqueda no era sincera, y con eso sólo quería acallar su liviana curiosidad. Pero no habría palabra, ni señal, para Herodes (Lucas 23:9). El no obtuvo otra cosa de Cristo que su silencio. Al volver a Pilato, las cosas no fueron muy diferentes. Cristo pronunció muy pocas palabras. El silencio de Jesús no debió haber intrigado a Pilato (Mateo 27:13). No necesitaba defender su causa, pues tanto Pilato como Herodes sabían de su inocencia. Pilato llegó a ser avisado por un sueño que había tenido su esposa para que no estuviera involucrado con este “Justo” (Mateo 27:19). Pero una vez más, el amor a la comodidad, la riqueza, el poder y la popularidad pudieron más. Ambos sabían lo que debía hacerse. Pero ninguno de los dos quiso arriesgar su carrera política.

El secularismo es lo que une a todos los personajes que estuvieron involucrados de manera activo en la ejecución de Jesús. Ninguno de ellos quiso ver más allá de ese siglo. Hicieron de ese “siglo” un dios. Aún hoy corremos el mismo riesgo de amar más este “siglo”, a punto tal de volvernos ciegos por más claras que sean las señales del fin de los tiempos. Tal como Moisés, necesitamos aprender a ver lo invisible (Hebreos 11:27). En este caso, ver lo invisible es discernir las cosas más allá del horizonte, más allá de nuestra comodidad, de nuestros bienes materiales, de nuestra carrera profesional, e incluso más allá de nuestra familia. Significa confiar sin reservas en lo que esperamos, o tener certeza de lo que todavía no vemos. Pablo llamó a esto “fe” (Hebreos 11:1).

Finalmente, vale la pena resaltar el hecho de que aunque todos estos personajes participaron del plan estipulado desde la fundación del mundo (1 Pedro 1:19, 20), fueron sus elecciones individuales lo que los pusieron en esa escena. Dios no determinó sus acciones, simplemente las previó. Tal vez el ejemplo más claro de esto puede verse en el diálogo mantenido con los dos ladrones. Ambos estaba en la misma condición, el mismo fin estaba determinado para ambos. Pero sus elecciones finales fueron las que hicieron que trazaron la diferencia, y cambiaron su trayectoria.

Venciendo la muerte

El relato de la creación en el primer capítulo de Génesis comenzó con la “Palabra” de Dios actuando poderosamente para traer la vida a la existencia. A su vez, el relato de la encarnación comenzó con el “Verbo” de Dios (Juan 1:1), quien se hizo carne y habitó entre los hombres. Así como en el relato de los orígenes el tema de la muerte es inevitable después de la desobediencia, en el evangelio la muerte también es inevitable. La expresión “era necesario” terminó convirtiéndose en un refrán en la boca de Jesús. La Ley de Dios es irrevocable. Adán y Eva debían morir. Así, siendo Cristo el Sustituto de la humanidad, su destino no pudo haber sido cambiado. No había atajos ni caminos alternativos. Así como la historia de Adán y Eva parecía haber terminado cuando se escondieron de Dios, de manera análoga la cruz pareció ser el fin de todo. Los sueños, las expectativas y las esperanzas de muchos de sus seguidores se rompieron en mil pedazos.

Pero, tal como en el Génesis, la historia no terminaría de manera trágica. El ciclo de la vida y la muerte sería interrumpido con la Vida. Génesis 3 no termina con el tema de la muerte, sino que termina hablando acerca de la vida. La última acción del hombre en ese capítulo es otorgarle un nombre a Eva, que sorprendentemente significa “vida”, en hebreo. Ella sería la madre de todos los vivientes (Génesis 3:20). Frente a la maldición divina presente en el capítulo, este es un final sorprendente.

Así también termina el evangelio. No acaba en la cruz. Culmina en la mañana de la resurrección. No termina con la muerte, sino con la vida. La muerte no pudo contener la Vida. Cristo ya había predicho respecto de su vida: “Nadie me la quita, sino que yo la doy de mí mismo. Tengo poder para darla, y poder para volverla a tomar. Este mandato recibí de mi Padre” (Juan 10:18). La resurrección de Cristo es también una promesa. Él mismo afirmó: “Yo Soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” Juan 11:25). La victoria de Cristo es nuestra victoria. El fin de su historia también puede ser el nuestro.

Conclusión

Aun después de su resurrección, muchos discípulos estaban envueltos en la tristeza, y desesperanzados. Cegados por su propio dolor, no lograron divisar con claridad lo que había sido predicho desde el Antiguo Testamento. En su ministerio Jesús había sido claro acerca del tema. Pero aun así no pudieron discernirlo. El relato de la conversación en el camino a Emaús (Lucas 24:13-45) es un llamado para ver las cosas más allá de la cruz. La cruz, entonces, no es el final del camino.

Como Lucas, todos los evangelios comienzan con el relato de la encarnación, pasan por la pasión y el sufrimiento de la cruz, y terminan con la ascensión. Debemos recordar que Jesús había venido para vivir nuestra historia. Entre Génesis y Apocalipsis está la cruz. Primero debemos crucificar nuestro yo. Cuando Cristo afirmó que debiéramos llevar nuestra cruz (Lucas 9:23), Él no estaba hablando de cargar nuestras cargas. La cruz siempre fue un instrumento de muerte, y no un peso. En rigor de verdad, Él nos está invitando a que sigamos sus huellas y muramos al secularismo. Pero nunca debemos olvidar que la cruz es apenas el preanuncio de la corona. La cruz no es el fin, es la mitad del camino. Al final de ese camino, Jesús está esperándonos para tomarnos en sus brazos y enjugar de nuestros ojos toda lágrima, llanto y dolor, y decirnos que todo eso quedó en el pasado. Ese es el gran misterio de la redención revelado por Lucas, médico de hombres y de almas.


Wallace, Howard N. “Eden, Garden of (Place)”, ed. Freedman, David Noel. The Anchor Yale Bible Dictionary. New York: Doubleday, 1992. p. 281.

Elwell, Walter A.; Beitzel, Barry J. Baker Encyclopedia of the Bible. Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988. p. 859.

Thompson, J. A. “Sanhedrin”, ed., en Wood, D. R. W. et al. New Bible Dictionary. Leicester, England; Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1996. p. 1060.

Elwell, p. 1902.