El Día de Expiación

João Antonio Rodrigues Alves

 

Introducción

El capítulo 16 de Levítico presenta el rito más solemne del Antiguo Testamento, y ocupa el centro de la estructura literaria del Pentateuco (ver el gráfico en la pág. 73 de la Guía de estudio de la Biblia, ed. para el maestro). Su ubicación central en el calendario ritual es también ilustrada por la manera que usaban los rabinos para referirse a él: Yoma, o sea “el día”. Era “el Día”, porque en esa jornada específica el sistema sacrificial alcanzaba su punto más alto. Durante todo el año religioso el sistema de sacrificios hacía provisión para que los pecados y las impurezas ceremoniales fueran quitadas de los penitentes y transferidos al santuario, lo que había resultado en su contaminación. Toda esa acumulación de impurezas en el santuario requería una purificación periódica, para que Dios continuara morando allí.

Esto se concretaba en el décimo día del séptimo mes, cuando el sumo sacerdote realizaba un complejo ritual para purificar todo el santuario. También en ese día se hacía una expiación final por “todos los pecados” de los hijos de Israel (Levítico 16:16).

Un aspecto interesante es que, durante todo el año, la mecánica del sistema del santuario operaba desde fuera hacia adentro, llevando de ese modo los pecados del pueblo que eran allí “depositados” hasta su remoción en el Día de la Expiación (pecador à animal à santuario). En el Día de la Expiación, la mecánica era inversa: desde adentro hacia afuera: Lugar Santísimo à Lugar Santo à Atrio à Desierto (a través del macho cabrío de Azazel).

 

La purificación anual

El sumo sacerdote llevaba a cabo todas las actividades del Día de la Expiación (a excepción de trasladar al desierto al macho cabrío destinado a Azazel). El comenzaba el día ofreciendo una ofrenda por el pecado, por sí mismo y por su casa (Levítico 16:3, 6, 11). Luego ofrecía el macho cabrío de la ofrenda por el pecado en favor del pueblo (versículo 15). Debe destacarse el hecho de que no hay indicación alguna en el texto que haga mención a una imposición de manos o confesión de pecados sobre el macho cabrío que sería sacrificado. La razón para esto es que el animal era utilizado para purificar al santuario de los pecados de la congregación que se habían acumulado allí durante todo el año. Su sangre no transfería pecados.

El propósito de todo el ritual en el cual estaba involucrado el macho cabrío para Jehová está declarado en el versículo 16: “Así purificará el Santuario de las impurezas de los israelitas, de sus rebeliones y de todos sus pecados”. Este versículo, junto con el 21, al referirse a los diferentes tipos de impureza ritual y pecados, revela el tratamiento totalmente abarcativo que se hacía con el problema del pecado en el Día de la Expiación. El propósito del rito era eliminar todo aquello que podría separar al pueblo de Dios y restablecer la armonía. Al final del servicio, el Santuario estaba purificado y, del mismo modo, el pueblo estaba purificado de sus pecados. En este sentido, el Día de la Expiación prefiguraba el día del Juicio final, cuando el propio Dios eliminará el problema del pecado para siempre, purificando todo el Universo de la presencia del pecado.

 

Más allá del perdón

En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote ingresaba en el Lugar Santísimo, donde se manifestaba la gloria de Dios, para realizar su obra en favor del pueblo, quien aguardaba ansioso el resultado de su mediación. Había muchas cosas en juego en aquél día: la vida y la muerte dependían de los rituales conducidos por el sumo sacerdote. Su rol principal era el de la mediación. Era, de hecho, el mediador entre Dios y el pueblo.

Entender el papel del sumo sacerdote en el Día de la Expiación contribuye a la comprensión del significado de la obra de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote. No obstante, no se pueden ignorar las evidentes diferencias entre el sumo sacerdote levítico y el Sumo Sacerdote celestial.

En primer lugar, notamos que Aarón era pecador, por lo que era necesario que ofreciera un sacrificio por sí mismo, mientras que Cristo era sin pecado y no necesitaba sacrificio alguno por sí mismo (Hebreos 7:26, 27). En segundo lugar, los sacrificios en el santuario terrenal debían repetirse anualmente, mientras que el sacrificio de Jesús fue ofrecido una vez para siempre (Hebreos 9:6-14, 26). Otra diferencia es que a Aarón se le permitía el ingreso al santuario terrenal, mientras que Cristo entró en el Santuario celestial (Hebreos 9:24) consiguiendo “la eterna redención” (versículo 12), y actuando como único Mediador entre nosotros y Dios (1 Timoteo 2:5). De este modo, Él nos acerca a Dios, y podemos presentarnos con confianza ante el trono de la gracia (Hebreos 4:16).

 

 

Azazel

¿Quién era Azazel? La expresión Azazel (‘ăzāzēl) aparece cuatro veces en la Biblia Hebrea y todas ellas están en el capítulo 1 de Levítico (versículos 8, 10 –dos veces– y 16). El significado de dicho nombre es desconocido, y ello constituyó motivo de debates en el transcurso de la historia, involucrando en ellos tanto a judíos como a cristianos. Algunos entienden que Azazel indica la “función” del macho cabrío vivo, o que hace referencia al “lugar” hacia donde era enviado, o incluso una “idea abstracta” que señala al concepto de “remoción” vinculado al animal. La mayoría de los teólogos contemporáneos, sin embargo, entiende que el término es el nombre de un ser sobrenatural que se opone a Jehová. El argumento es el siguiente: “Siendo que el versículo 8 identifica a un macho cabrío ‘de Jehová”, y otro macho cabrío ‘para Azazel’, es más consistente considerar a Azazel un nombre propio, probablemente el de un demonio”, en este caso, Satanás. Esta postura está en armonía con la primitiva interpretación judaica.

¿Y cuál era la función del macho cabrío para Azazel en el Día de la Expiación? La primera observación es que ese macho cabrío no constituía un sacrificio, según los siguientes argumentos: 1) no era matado ceremonialmente; 2) su sangre no era manipulada en el altar; 3) siendo que los pecados del pueblo lo convertían en impuro, no podía ser presentado como ofrenda a Jehová; y 4) era el Señor, y no la congregación, quien determinaba qué macho cabrío asumiría ese rol. Así, no tenemos ninguna indicación de que ese macho cabrío fuera un sacrificio.

¿Qué era, entonces? Era solo el vehículo para el traslado de los pecados. Lo que la comunidad enviaba por Azazel no era el propio macho cabrío, sino los pecados que el animal acarreaba. No obstante, el macho cabrío no llevaba los pecados vicariamente, como si fuera un sustituto. Ese rol le pertenece únicamente a Cristo.

 

En el Día de la Expiación

Como ya se ha destacado en este estudio, Levítico 16 ocupa un lugar central en la estructura literaria del Pentateuco. En los capítulos 1 al 15, el tema predominante es la “sangre”: la sangre de los sacrificios que hacían expiación o purificación de los pecadores. En los capítulos 17 al 27 se hace poca mención de la sangre. El tema predominante en esos capítulos finales es la “santidad”. Entre esas dos secciones está el capítulo 16. Nótese el equilibrio: la sangre justifica al pecador, y éste justificado recibe el llamado a vivir en santidad. En síntesis, la justificación y la santificación están presentes en el libro.

Igualmente, los capítulos 16 y 23 de Levítico, que presentan las leyes concernientes al Día de la Expiación, presentan cinco deberes del pueblo de Dios en el Día de la Expiación, los cuales son también relevantes para el cristiano contemporáneo:

 

 

 

 

El Yom Kippur personal de Isaías

Isaías recibió la visión del capítulo 6 en un momento crítico en la Historia: el “año de la muerte del rey Uzías” (versículo 1 –aproximadamente en el 740 a.C.–; a este rey también se le conoció como Azarías (2 Reyes 15:1-7). La muerte de un rey era un hecho preocupante, siendo que los conspiradores podrían aprovechar la ocasión. Por lo tanto, en contraste con la transitoriedad de los reyes humanos, el profeta vio a Dios, más adelante referido como “Rey” (versículo 5), sentado en “un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo” (versículo 1). Estas referencias al “templo”, “trono”, “rey”, y “serafines” (versículo 2), apuntan a la actividad judicial de Dios, que se realiza en el Templo celestial. Esta conclusión encaja en el contexto del llamado de Isaías, que debía anunciar un mensaje de juicio al pueblo (versículo 9).

Al mismo tiempo, esa experiencia fue un momento de juicio para el propio profeta, que se sintió “muerto” debido a su impureza personal (versículo 5). La santidad de Dios fue previamente destacada por el cántico tripe del “Santo” de los serafines, y eso destacó aún más la pecaminosidad de Isaías.

¿Qué pudo haber hecho Isaías para resolver el problema de su pecaminosidad? ¡Nada! El énfasis en el texto es la acción divina. El acto expiatorio es conducido por el serafín, quien toca sus labios con una “brasa” (versículo 6), que probablemente debió haber retirado del altar del incienso localizado en el Templo celestial. ¿Y cuál fue el resultado de esa acción? “Ha sido quitada tu culpa, y perdonado [purgado, purificado] tu pecado” (versículo 7). El verbo aquí traducido como “perdonar” aparece repetidas veces en Levítico 16, del mismo modo en que los términos traducidos como “iniquidad” y “pecado”. Además, el verbo aparece en voz pasiva, indicando que el perdón/purificación procede de Dios.

Habiendo sido purificado por Dios, el profeta recibió un llamado y se comprometió con la misión divina.

Para reflexionar: A nosotros también se nos asegura el perdón/purgación de Dios para nuestros pecados/impurezas/iniquidades. Pero, ¿cómo hemos respondido al llamado de Dios para compartir las nuevas del Evangelio? ¿Estamos imitando el ejemplo de Isaías? Si no es así, ¿por qué?

Conclusión

Estamos viviendo en el Día de Expiación antitípico. El Cielo está contemplando con interés las actividades del Sumo sacerdote celestial. También observa cómo reaccionan los seres humanos a esas verdades trascendentes. Es un tiempo de purificación, de preparación, de examen personal, de contrición, arrepentimiento y entrega. ¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos conducido nuestra vida? ¿Somos conscientes de algún pecado que deba ser confesado y abandonado? ¿Hay algún aspecto de nuestra vida que necesita ser purificado? ¿Qué estamos esperando para entregarnos por completo al Señor?


Cf. Alberto R. Treiyer, The Day of Atonement and the Heavenly Judgment: From the Pentateuch to Revelation, pp. 231-265; Roy Gane, Cult and Character: purification offerings, Day of Atonement, and theodicy, pp. 242-266; Judith M. Blair, De-Demonising the Old Testament (Tübingen: Mohr Siebeck, 2009), pp. 16-24, 55-62; J. De Roo, “Was the Goat for Azazel destined for the Wrath of God?”, Biblica 81 (2000): pp. 233–241.

Cf. la extensa lista presentada por Treiyer en The Day of Atonement and the Heavenly Judgment, p. 231, nota 3; Gane, Cult and Character, 250, nota 23. Ver también Questões sobre doutrina (Tatuí, SP: Casa Publicadora Brasileira, [2009], p. 286-287), para ejemplos de autores evangélicos, de diferentes denominações –Anglicana, Presbiteriana, Luterana, Discípulos de Cristo, Congregacional y Metodista– que interpretan a Azazel como un símbolo de Satanás.

Matthews, V. H., Chavalas, M. W., & Walton, J. H., The IVP Bible Background Commentary: Old Testament (edición electrónica) (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2000). (Comentario sobre Levítico 16:10).

Cf. Robert Helm, “Azazel in Early Jewish Tradition”, Andrews University Seminary Studies 32/3 (Autumn 1994): 217-226; William H. Shea, “Azazel in the Pseudepigrapha”, Journal of the Adventist Theological Society, 13/1 (primavera de 2002): pp. 1-9.

J. E. Hartley, “Atonement, Day of”. Dictionary of the Old Testament: Pentateuch, 59. Cf. Blair, De-Demonising the Old Testament, p. 61.

Basado en Richard M. Davidson, “The Good News of Yom Kippur”, Journal of Adventist Theological Society 2/2(1991): pp. 14-20.

Ibid., 15.

Ibid., pp. 17-18.

Ibid., pp. 18-19.

Elias B. de Souza, The Heavenly Sanctuary/Temple Motif in the Hebrew Bible: Function and Relationship to the Earthly Counterparts (Adventist Theological Society Dissertation Series, 2005), p. 241.