¿Es correcto enviar los diezmos a cualquier organización o individuo que afirme estar haciendo la obra del Señor?
Ángel Manuel Rodríguez


El dinero es una de las cosas que creemos que específicamente nos pertenece. Representa la fracción de la vida que acumulamos al invertir nuestra energía y nuestro tiempo. Es la preservación de la vida; es decir, el medio que intercambiamos por cualquier bien que deseemos disfrutar. En consecuencia, por lo general no queremos que otros nos digan cómo usarlo o qué hacer con él. Para los creyentes, la vida es un don de Dios, ya sea en el aliento de vida o en forma de dinero. Por lo tanto, los bienes tienen que ser usados para la gloria de Dios. Con esto en mente, permítame responder a su pregunta:
      1. El dueño del diezmo: El diezmo es un porcentaje del dinero que recibimos a cambio de nuestra inversión de tiempo y energía. Es natural por lo tanto concluir que nos pertenece y que nosotros deberíamos decidir cómo administrarlo. Pero las Escrituras realizan una afirmación que es imposible de verificar científicamente. El diezmo –el diez por ciento de nuestros ingresos– pertenece al Señor: «El diezmo […] es de Jehová [leYahweh]: es cosa dedicada a Jehová [leYahweh]» (Lev. 27:30). Desde el punto de vista humano, todos los ingresos son producto de nuestra inversión de tiempo y energía. Pero este texto rechaza esa conclusión indicando que una porción de nuestros ingresos se diferencia del resto. Dios describe al diezmo como «santo». En este pasaje, se enfatiza claramente la posesión divina con la doble mención de la preposición hebrea le («perteneciente a»), junto con la palabra «santo», que designa lo que Dios separó con un propósito divino y que, por lo tanto, le pertenece. No consagramos el diezmo al Señor; el Señor ya lo ha declarado santo. Ha colocado en nuestras manos algo que es santo, y somos santificados cuando, en obediencia a su voluntad, lo usamos como él lo estipuló.
      2. El uso apropiado del diezmo: Una vez que reconocemos que el diezmo pertenece al Señor, el siguiente paso es saber quién tiene autoridad para determinar su propósito, y quién debería recibirlo. La respuesta es obvia. Si pertenece al Señor, él tiene que definir su propósito y destino. Así sucedía en el Antiguo Testamento: «Yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel […] por cuanto ellos sirven en el ministerio del Tabernáculo de reunión» (Núm. 18:21). El diezmo es asignado por el Señor a un grupo específico de su pueblo, con el propósito de pagarle por el trabajo que realiza a favor de todo el pueblo, según la tarea que le ha sido asignada por Dios.
      3. Dios estableció un sistema: Como dueño del diezmo, Dios no solo estableció su uso y propósito, sino también el sistema por el cual los diezmos llegaban a los designados como receptores. Los israelitas tenían que separar los diezmos en sus casas y llevarlos a la Casa del Señor para los levitas (Núm. 18:24; Mal. 3:10). El «alfolí» de Malaquías se refiere a los salones del Templo utilizados para almacenar los diezmos que serían distribuidos entre los levitas. En otras palabras, las personas no eran libres de dar el diezmo a quien les pareciera, o de depositarlo en otro lugar que no fuera el Templo. Había personas específicas que se  encargaban de recolectarlo y distribuirlo entre los levitas y sacerdotes (2 Crón. 31:12, 13, 15, 16). En la iglesia, el diezmo tiene que ser usado solo por los que la iglesia reconoce como los instrumentos designados por Dios en la proclamación del evangelio (1 Cor. 9:13, 14).
      Se espera que devolvamos el diezmo a la iglesia por medio de la tesorería local; no que lo enviemos a individuos o grupos que llevan adelante sus propios emprendimientos religiosos. El diezmo de Dios tiene que ser usado por el Señor como él lo estipuló: para el cumplimiento de la misión de la iglesia.