Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

IV Trimestre de 2014
La epístola de Santiago 

Lección 7
(8 al 15 de noviembre de 2014) 

Dominar la lengua

Milton L. Torres

Introducción

A partir del capítulo 3, Santiago se dirigió a sus oyentes utilizando la segunda persona del plural. Hizo uso de varios verbos en modo imperativo, involucrándose con ellos en un diálogo franco, entremezclando los imperativos con referencias esporádicas al modo indicativo en la primera persona del plural. De este modo, dejó bien en claro, cuándo se dirigió a sus oyentes y cuándo se incluyó entre ellos.

El probable efecto buscado con esta estrategia haya sido el que sus oyentes no se sintieran amenazados con un discurso que los hubiera colocado en un plano inferior al del apóstol. O sea, Santiago se presentó ante ellos como alguien susceptible a las mismas dificultades y equivocaciones.

Responsabilidad

La mentalidad androcéntrica de muchos cristianos celosos, pero carentes de entendimiento, hace que recuerden con mayor facilidad las recomendaciones paulinas registradas en 1 Timoteo 2:11, 12, por las cuales se insiste en el silencio femenino en el ámbito de la iglesia. Sin embargo, pocos recuerdan que Santiago hizo una declaración similar en relación a los hombres: “Hermanos míos, no os hagáis maestros, muchos de vosotros, pues recibiremos un juicio más severo” (3:1). Santiago exhortó a los hombres de la iglesia cristiana primitiva a que permanecieran en silencio, a no ser que tuvieran algo urgente para decir.

Los exégetas bíblicos, en su mayoría, no se han abocado hasta hoy al trabajo de intentar explicar por qué razón Pablo prefería que las mujeres no hablaran en la iglesia. Para ellos, parece obvio que por la sola razón de ser mujeres, las mujeres debían permanecer en silencio.

La cuestión es muy diferente en este pasaje de Santiago. Los eruditos han hecho ingentes esfuerzos para sugerir explicaciones plausibles para el hecho de que Santiago deseara limitar la cantidad de hombres hablando en la iglesia. Según ellos, el apóstol tal vez deseara evitar las rivalidades, o quizás estuviera preocupado con las interrupciones que perjudicaban el espíritu de adoración. Es posible incluso que tuviera preocupaciones de índole ética y que procurara evitar que, habiendo tantas personas intentando proyectarse unos sobre otras, se perjudicara la integridad del mensaje. Otra razón probable es que, por razones sociales, Santiago prefirió que sólo los más calificados ejercieran un rol de liderazgo en la proclamación del evangelio.

El poder de la palabra

Santiago procuró confrontar a sus oyentes en relación a lo que en su carta dejara traslucir como el talón de Aquiles de la comunidad cristiana primitiva: el uso de la lengua. Por eso, Santiago nos remite a su análisis de la perfección cristiana abordado en 2:10: si alguien tropieza en algún punto de la Ley, se hace culpable de transgredirlos a todos. Entonces declaró: “Porque todos ofendemos en muchas cosas” (3:2). O sea, como podemos percibir, Santiago nunca pretendió que los cristianos hicieran esfuerzos para ser perfectos en todas las cosas. El apóstol sabía que simplemente no lo lograríamos, pues tropezamos en muchas cosas. Como lo hizo en el capítulo 2, donde estipuló al comienzo una exigencia de perfección, y después se contentó con las evidencias de una vida madura, sin muchos errores (1:4, Santiago dejó en claro que comprendía que la vida cristiana involucra altibajos.

En el capítulo 3, tal como en cualquier otra parte de su epístola, la perfección que aborda Santiago es relativa. Para el apóstol, el “hombre perfecto” (teleios anēr) es simplemente aquél que logra refrenar su propia lengua (3:2). Es irónico el hecho de que tantos cristianos hayan enseñado, a lo largo de los años, que la mujer perfecta es aquella que permanece en silencio con respecto a las cuestiones más importantes de la experiencia cristiana cuando, de hecho, la Biblia también enseña que el hombre perfecto es aquél que logra controlar su lengua, demostrando con ello que es capaz de controlar el resto del cuerpo (3:2).

Para un líder cristiano, esta declaración es importante. Si se logra controlar la lengua, se conseguirá refrenar el cuerpo. Ahora bien, el cuerpo es el cuerpo de Cristo. Esto significa que el líder cristiano sólo será exitoso en conducir el cuerpo de Cristo si puede controlar la lengua. ¿Cuántos líderes cristianos se han beneficiado con este entendimiento?

Las cosas “pequeñas” son las grandes

Apoyado en su conocimiento de la literatura clásica, Santiago empleó siete impresionantes metáforas para demostrar que la falta de control en las palabras puede causar grandes males.

Si primera metáfora es la de un caballo indomable que debe ser dominado con la ayuda de bridas o “frenos” (chalinoi). Esta imagen no es original; por el contrario, esta es una metáfora recurrente en la literatura griega. El texto del Salmo 38:1, en la Septuaginta, presenta la misma idea, aunque no utilice la palabra “freno”. El mensaje de Santiago es que algo tan pequeño como un freno, comparándolo al tamaño del caballo, puede controlar al animal. Es decir que Santiago nos advierte que aún las cosas pequeñas pueden controlar a las grandes. La lengua puede, y de hecho lo hace, controlar al hombre si éste no hace un esfuerzo perseverante y constante para evitarlo.

La siguiente metáfora presenta la lengua como el timón de un barco (3:4). En los tiempos del Nuevo Testamento, las naves podían alcanzar dimensiones sorprendentes. Lucas nos cuenta que Pablo viajó en un barco con más de 270 personas (Hechos 27:37). Los judíos no fueron conocidos en la Antigüedad, como constructores de barcos. La Historia nos sugiere que no navegaban, a no ser como pasajeros. No obstante, habiéndose dispersado por el mundo, es probable que se hayan familiarizado con las embarcaciones de la época. Además, la metáfora de la lengua como un timón era bastante conocida. Se trataba de una imagen tan común, que la encontramos en escritos de Plutarco, Aristipo, Filón y Lucrecio. Santiago enfatiza la desproporción entre “naves… tan grandes” y el “timón muy pequeño”. El mensaje se repite: las cosas aparentemente insignificantes pueden tener grandes consecuencias en la vida del cristiano. Además, la lengua “se jacta (auchei) de grandes cosas” (3:5), lo que nos hace recordar que la misericordia se burla del juicio (2:13). O sea, así como la misericordia triunfa sobre el juicio, la lengua puede derribar el mayor de los proyectos humanos.

Controlar el daño

De una metáfora náutica, Santiago pasó a una metáfora ambiental, y comparó a la lengua con un incendio que devasta un bosque (2:5). Lo más correcto sería decir que Santiago comparó la lengua con una “chispa” (hēlikon pyr) de calamitosas consecuencias, pues pone su énfasis siempre en el hecho de que una cosa pequeña sea responsable de un gran efecto.

La imagen de un bosque quemado se encuentra en Homero, Filón, Séneca y Diógenes de Enoanda. A diferencia de estos autores, Santiago prefirió hablar de un bosque, en vez de una “floresta”. La palabra empleada por él (hylē) tiene profundas implicancias filosóficas, puesto que, además de significar “bosque”, era también el término utilizado por Aristóteles para referirse a la materia. Santiago insinuó sutilmente que la lengua tiene un rol catalizador de la naturaleza material y carnal. Por eso, tal como lo indica la primera parte del versículo 6, “la lengua es un fuego” (hē glōssa pyr). También recurrió a la inspiración de proverbios tales como los que encontramos en Proverbios 16:27 y 26:18-22).

Bendecir y maldecir

Otra metáfora de Santiago compara a la lengua con cosas completamente irrefrenables: los efectos de un veneno o, tal vez, de una plaga (3:8). Para intensificar la extensión de la amenaza provocada por estos agentes, el apóstol mencionó que incluso las fieras son domadas por el hombre (3:7). Con una complexión corporal menor a la de los grandes animales salvajes, el hombre puede someterlos, pues lo que es pequeño puede estar en condiciones de dominar a lo que es grande. Sin embargo, nada puede controlar la lengua, pues es “un mal irrefrenable, llena de veneno mortal” (3:8). La expresión “mal” (kakon) es bastante ambigua, pudiendo tener, tal como sucede en español, el sentido de una enfermedad o cualquier otra circunstancia perniciosa. Debe ser una referencia a una enfermedad, por el hecho de haber sido acompañada de la palabra akatastaton, “irrefrenable”, que ya había sido mencionada al calificar al vacilante hombre de dos caras en 1:8. La expresión aparece, con bastante frecuencia, en los tratados de Hipócrates, el médico griego, cuando éste habla de las fiebres intermitentes que subsistían luego de largos períodos de tiempo. Por esta razón, la lengua aparece como una “mal irrefrenable”, cuya curación no es fácil de lograr. Además, la lengua está llena de veneno mortal. Dos metáforas, en efecto, se entremezclan en este pasaje. La lengua es una fiera indomable, tal vez una serpiente o un reptil lleno de ponzoña, pero también es una enfermedad incurable.

La metáfora siguiente comienza con un pequeño paréntesis acerca de la versatilidad de la lengua, la cual es capaz, en momentos casi simultáneos, de bendecir y maldecir (3:9, 10), una situación que parecía incomodar bastante a Santiago (3:10b). Esta denuncia de la duplicidad de la lengua preparó el terreno para que el apóstol introdujera la metáfora del manantial del que mana, por la misma abertura (opē), agua dulce (to glyky) y salobre (to pikron) en 3:11. La expresión “agua” no aparece en griego, siendo sobreentendida aquí en conformidad con su uso en el versículo siguiente. En un sutil quiasmo. Santiago hizo una breve pausa para abordar la metáfora del árbol que produce frutos inesperados (3:12), y entonces vuelve a la metáfora del manantial (3:13b). En la segunda aparición de la imagen de la fuente, el texto griego aparece bastante corrompido y se propusieron varias correcciones a lo largo de los años de parte de los copistas de los manuscritos de la epístola. El significado probable debe ser el propuesto en las traducciones modernas: “Acaso, ¿echa alguna fuente por una misma abertura agua dulce (glyky) y amarga (halykon)?”. El escritor romano Plinio habló acerca de una fuente que era capaz de producir agua dulce y salada de manera alternada. No obstante, lo que debió haber llevado a Santiago a traslucir esa posibilidad era el hecho de que el Mar Muerto, famoso por su salinidad, se encontraba apenas a 25 kilómetros de Jerusalén. Sin embargo, una situación tan inusitada no debió haber sido observada en ninguna región de la Antigüedad y tal vez un pálido equivalente de esto pueda ser el famoso encuentro de las aguas del Río Negro con las del Solimoes, aunque en este caso no se trata de la mezcla de agua dulce con agua salada, sino de aguas claras con aguas oscuras.

La última metáfora de Santiago trata acerca de la imposibilidad de que una higuera produzca aceitunas, y que la vid produzca higos. En estas dos últimas figuras, Santiago empleó un modo interrogativo en vez de hacer una declaración directa. Tal vez lo hubiese hecho movido por el deseo de variar el estilo. Quizá pretendió copiar a sus modelos literarios, puesto que encontramos esta misma indagación sobre los olivos y las higueras en Arriano, discípulo de Epícteto. O tal vez lo haya hecho porque quiso sugerir que esas metáforas pertenecían a una clase diferente de imagen.

Hasta aquí, Santiago siempre trató de demostrar que el cristiano debe controlar la lengua, pues en caso contrario, ella lo dominará. Para probar su argumento, Santiago enumeró una serie de cosas pequeñas que tienen el poder de controlar o destruir grandes cosas: el freno de los caballos (3:2, 3); el timón de una nave (3:4); el fuego en un bosque (3:5, 6a); el adorno al cuerpo (3:6b); y el hombre a las fieras (3:7, 8). Entonces Santiago procuró mostrar que la falta de control de la lengua puede llevar al hombre a conductas incoherentes. Para probarlo, afirmó que es incoherente que utilicemos la lengua tanto para decir palabras buenas, como palabras ofensivas (3:9, 10). Por eso hizo preguntas. El cuestionamiento de Santiago nos lleva a pensar que el apóstol deseaba que sus oyentes comprendieran lo absurdo de estas situaciones y decidieran hacer un uso consciente de sus palabras. Al fin y al cabo, para él, el hombre perfecto es aquél que logra controlar su lengua.  

Consideraciones finales

La preocupación de Santiago hacia las palabras pronunciadas por los cristianos revela el hecho de que, en algunas situaciones, el silencio contribuye más a la verdad de lo que lo hacen las palabras. Esto es especialmente cierto cuando recordamos que el apóstol coloca su mayor énfasis teológico en la práctica de las buenas obras.

 

Dr. Milton L. Torres
Univ. Adventista de San Pablo
Campus Engenheiro Coelho
San Pablo (Brasil)


Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

La metáfora de la lengua como freno aparece, por ejemplo, en la tragedia Antígona, de Sófocles.

Traducción literal del versículo “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13).

En escritos de filósofos de la Antigüedad, es común encontrar referencias a las pasiones del alma como fieras capaces de devorar al hombre. La lengua tiene, de parte de Santiago, precisamente esta descripción.

El río Solimoes nace en Perú y recibe ese nombre al entrar en Brasil. Luego de recorrer 1700 kilómetros, al llegar a Manaos se encuentra con el río Negro, y de esa unión nace el Amazonas (Nota del Traductor).

Es muy probable que, en vez de afirmar que la lengua sea “un mundo de maldad”, tal como consta en la mayoría de las traducciones modernas, Santiago se haya referido al hecho de que un adorno escogido de manera inadecuada perjudique toda la elegancia de la persona que lo use. Esto se debe al hecho de que la palabra griega kosmos tiene tanto el significado de “mundo” como de “adorno, atavío”, que es de este último caso de donde proviene la palabra “cosmético” en español (Milton L. Torres, Tiago: retratos da natureza humana. Cachoeira: CEPLIB, 2008. p. 59-62).