Dominar la lengua


Sábado 8 de noviembre

Algunas personas salen de su diaria comunión con Dios vestidas con la humildad de Cristo. Sus palabras salen con dulzura de sus labios. Esparcen semillas de amor y de bondad a todo lo largo de su camino, porque Cristo vive en su corazón.
La lengua necesita ser educada, disciplinada y entrenada para que hable acerca de las glorias del cielo para que hable del amor incompa­rable de Jesús.
Hay almas que yerran, y que sienten su vergüenza y su locura. Están hambrientas de recibir palabras de ánimo. Contemplan sus erro­res y faltas hasta que casi se entregan a la desesperación. En lugar de... reprochar y condenar y quitar el último rayo de esperanza que el Sol de justicia derrama en sus corazones, que vuestras palabras traigan un bálsamo sanador sobre el alma quebrantada. No seáis como el granizo desolador que golpea y destruye la tierna esperanza que surge en el corazón. No dejéis al alma hambrienta que perezca en su desamparo porque dejasteis de pronunciar palabras tiernas y de aliento.
La elocuencia más persuasiva es la palabra que se habla en amor y simpatía. Tales palabras llevarán luz a las mentes confundidas y esperan­za al desanimado, y alumbrarán la perspectiva que tienen por delante. El tiempo en que vivimos exige una energía vital y santificada; pide fervor, celo, y la tierna simpatía y amor; pide palabras que no aumentarán la mise­ria, sino que inspirarán fe y esperanza. Vamos hacia el hogar, en busca de un país mejor, de un país celestial. En lugar de hablar palabras que causa­rán resentimiento en los pechos de quienes las oyen, ¿no hablaremos del amor con que Dios nos ama? ¿No procuraremos aliviar los corazones de aquellos que nos rodean mediante palabras de simpatía cristiana?
Aquellos que aman a Jesucristo contemplarán su carácter, medi­tarán sobre sus palabras, practicarán sus preceptos, y serán misioneros vivientes. Las palabras que pronuncian serán como manzanas de oro con adornos de plata (Nuestra elevada vocación, p. 297).

Domingo 9 de noviembre: Responsabilidad

Dios requiere de aquellos a quienes se les ha dado un cometido sagrado, que se eleven a la altura de su responsabilidad. Todos están en el mundo y deben pasar la prueba. Especialmente aquellos que ocu­pan posiciones de responsabilidad deben ser cuidadosos de no exaltarse a sí mismos sino a su Hacedor, y no usar su poder para oprimir a sus prójimos.
Cuanto mayor sea la responsabilidad, tanto mayor será el requeri­miento. El siervo fiel dará un servicio pleno y voluntario a Aquel que ha sido el mayor Maestro que el mundo haya conocido. Sus ideas y principios se mantendrán puros mediante el poder de Dios, y cada día buscará ser digno de los cometidos que se le han confiado. Su carácter no se contaminará por la influencia de amigos, parientes o vecinos. En ocasiones tendrá que retirarse de sus actividades para estar en comunión con Dios y escuchar su voz que le diga: “Este es el camino, andad por él”.
En la persona que ama a Dios aparecerán los frutos del Espíritu como aparecen los racimos de uvas en la vid viviente. Cristo será su fuerza y su fortaleza. Comprenderá que no puede hacer nada si Cristo no está a su lado. Entonces le pedirá sabiduría, practicará sus lecciones, y les mostrará a sus asociados que Cristo mora en él. Cuanto más res­ponsabilidades tenga, tanto más le pedirá a Dios que pueda revelar esa fe viviente que obra por amor y purifica el alma (Special Testimonies for Ministers and Workers, pp. 30, 31).

Al maestro le ha sido confiada una obra muy importante, una obra a la cual no debe dedicarse sin una preparación cuidadosa y cabal. Debe sentir el carácter sagrado de su vocación, y dedicarse a ella con celo y devoción. Cuanto más conocimiento verdadero tenga, tanto mejor hará su obra. El aula de clase no es lugar para hacer una obra superficial. Ningún maestro que se satisfaga con un conocimiento superficial alcan­zará un alto grado de eficiencia. Pero no basta que el maestro posea capacidad natural y cultura intelectual. Estas cosas son indispensables, pero sin una idoneidad espiritual para el trabajo, no está preparado para dedicarse a él. Debe ver en todo alumno la obra de Dios, un candidato para honores inmortales. Debe procurar educar, preparar y disciplinar de tal manera a los jóvenes, que cada uno de ellos pueda alcanzar la alta norma de excelencia a la cual Dios los llama (Consejos para los maestros, p. 218).

Busquen los padres al Señor con fervor intenso, para que no sean piedras de tropiezo en el camino de sus hijos. Desalójense del corazón la envidia y los celos y que la paz de Cristo venga a reemplazarlos para unir a los miembros de la iglesia en verdadera comunión cristiana. Ciérrense las ventanas del alma a los ponzoñosos miasmas de la tierra y ábranse hacia el cielo para recibir los rayos sanadores del sol de la justicia de Cristo (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 460, 461).

Tengo un mensaje especial para los padres. Se me encargó comuni­carles los estrictos requerimientos de Dios en cada familia. Es menester que padres y madres se reconviertan diariamente en cuanto a traer luz a sus propias familias. Cultiven la amabilidad cristiana en la instrucción de sus hijos...
Velen y oren, padres y madres, no sea que entren en tentación. Entreguen sus corazones, mentes y almas al servicio del Señor. No han de ser severos, sino arrodillarse ante el Señor con sus propios corazo­nes enternecidos por su gracia. Conviértanse para que puedan recibir la aprobación del Espíritu Santo. Qué alivio saber que el Señor los ayudará en toda emergencia, puesto que son obreros juntamente con él (Alza tus ojos, p. 300).

Lunes 10 de noviembre: El poder de la palabra

El habla es uno de los grandes dones de Dios para el hombre. La lengua es un miembro pequeño, pero las palabras que forma, hechas audibles por la voz, tienen un gran poder... El talento del habla lleva consigo una gran responsabilidad. Se necesita vigilarlo cuidadosa­mente, pues es un gran poder tanto para el mal como para el bien (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1160).
El talento del habla se dio a fin de ser empleado para beneficiar a todos. Las palabras placenteras y gozosas no cuestan más que las palabras desagradables y malhumoradas. Las palabras duras hieren y lastiman el alma. En esta vida todos tienen dificultades que solucionar. Cada uno se encuentra frente a aflicciones y desilusiones. ¿No llevare­mos luz en lugar de oscuridad a las vidas de aquellos con quienes nos relacionamos? ¿No pronunciaremos palabras que ayuden y bendigan? Tales palabras serán una bendición tanto para nosotros como para aque­llos a quienes se las decimos.
Padres, no permitáis la crítica en vuestro hogar. Enseñad a vuestros hijos a hablar palabras agradables, palabras que lleven luz y alegría. Los ángeles no son atraídos a un hogar donde reina la discordia. Llevad la piedad práctica al hogar. Preparaos vosotros y preparad a vuestros hijos para entrar en la ciudad de Dios. Los ángeles serán vuestros ayudado­res. Satanás os tentará, pero no cedáis. No pronunciéis una sola palabra que pueda proporcionarle ventaja al enemigo.
Día a día estamos sembrando semillas para la cosecha futura. No podemos ser demasiado cuidadosos con la semilla que sembramos mediante nuestras palabras. A menudo las palabras se pronuncian des­cuidadamente y se olvidan, pero estas palabras para el bien o para el mal, producirán una cosecha. Sembrad una palabra dura y sin bondad, y esta semilla, encontrando suelo fértil en la mente de los oyentes, brotará y llevará fruto según su especie. Sembrad una semilla mediante pala­bras amantes, gentiles y cristianas, y producirán una rica recompensa. Cuidémonos para que no hablemos palabras que no son una bendición sino una maldición. Si sembramos trigo, cosecharemos trigo. Si sem­bramos cizaña, cosecharemos cizaña. Y la cosecha, sea de trigo o de cizaña, será segura y abundante.
“No os engañéis; Dios no puede ser burlado; que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). La cosecha es segura; ninguna helada la agostará, ningún gusano la destruirá.
Dios pide a sus hijos que cuiden sus palabras (Nuestra elevada vocación, p. 296).

Martes 11 de noviembre: Las cosas “pequeñas” son las grandes

¿No deberíamos todos nosotros, jóvenes y adultos, aprender a usar en nuestra conversación, el lenguaje de los que serán trasladados al reino de Dios? ¿No debieran ser nuestras palabras, de la clase que nuestro Padre celestial escuche con placer?
Como cristianos que pretendemos ser, estamos bajo la solemne obligación de revelar la verdad de nuestra profesión por medio de nuestras palabras. La lengua es un miembro pequeño, pero ¡cuánto bien puede hacer si el corazón es puro! Si damos cabida en el cora­zón a buenas cosas, si lo abastecemos con la ternura de Cristo, con simpatía y cortesía, esto se demostrará en las palabras que hablemos y los actos que realicemos. La luz que brilla desde la Palabra de Dios es nuestra guía. Nada puede debilitar tanto a una iglesia como el uso erróneo del talento del habla. Deshonramos a nuestro Líder, cuando nuestras palabras no son las que debieran salir de los labios de un cristiano. “Ocupaos, en vuestra salvación con temor y temblor. Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). La calidad de nuestras obras se demuestra por nuestras palabras. Cuando nuestras palabras y obras armonizan en Cristo, demostramos que estamos consagrados a Dios, perfeccionando la santidad en su temor. A medida que entreguemos a él nuestra alma, cuerpo y espíritu, él obrará en nosotros, tanto el querer como el hacer por su buena voluntad.
El amor de Cristo en el corazón, se revela por las expresiones de alabanza. Los que están consagrados a Dios lo demostrarán por su conversación santificada. Si tienen corazones puros, sus palabras serán puras, demostrando un principio elevado que obra en una dirección santificada. La mente quedará absorta en santa contemplación, y habrá un sentido de la presencia de Dios (La voz: su educación y uso correcto, p. 25).

Es lo mejor para cada alma investigar cuidadosamente qué alimen­to mental se le ofrece para comer. Cuando los que viven para hablar vienen a usted, armados y equipados para decir: “Cuenten y nosotros lo contaremos”, deténgase y piense si la conversación dará ayuda espi­ritual, eficiencia espiritual, para que en comunicación espiritual pueda usted comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. “Acercándose a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Pedro 2:4). Estas palabras expresan mucho.
No hemos de ser charlatanes, o chismosos, o cuenteros; no hemos de dar falso testimonio. Dios nos prohíbe ocupamos en conversaciones frívolas o necias, en hacer chistes o bromas, o en hablar palabras vanas.
Hemos de dar cuenta a Dios de lo que decimos. Seremos llevados a jui­cio por nuestras palabras apresuradas que no hacen bien ni al que habla ni al que oye. Hablemos todos palabras que tiendan a la edificación. Recuerde que usted tiene valor ante Dios. No permita que conversacio­nes vulgares o necias, o principios equivocados constituyan su expe­riencia cristiana (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp. 115, 116).

Miércoles 12 de noviembre: Controlar el daño

El don del habla es uno de los grandes dones de Dios. Las palabras son el medio mediante el cual se comunican los pensamientos del cora­zón. Con las palabras consolamos y bendecimos, suavizando el alma magullada y herida. Con las palabras podemos dar a conocer las mara­villas de la gracia de Dios. Con la lengua también podemos pronunciar cosas perversas, hablando palabras que muerdan como una víbora.
La lengua es un miembro pequeño, pero las palabras que formula tienen un gran poder. El Señor declara: “Ningún hombre puede domar la lengua”. Ella ha puesto a nación contra nación, y ha provocado gue­rras y derramamientos de sangre. Las palabras han encendido fuegos muy difíciles de apagar. También han llevado gozo y alegría a muchos corazones. Y cuando se hablan palabras porque Dios ha dicho “habladles a ellos mis palabras”, muchas veces han sido la causa de que la tristeza se convierta en arrepentimiento.
De la lengua no santificada, el apóstol Santiago escribe: “La len­gua es un fuego, un mundo de maldad. Se halla entre nuestros miem­bros, contamina todo el cuerpo, inflama el curso de la naturaleza, y es inflamada por el infierno”. Satanás pone pensamientos en la mente que el cristiano nunca debiera pronunciar. Los insultos despreciativos, el lenguaje apasionado y amargo, las acusaciones crueles y llenas de sospechas, provienen de él. ¡Cuántas palabras se hablan que dañan al que las dice y a los que las escuchan! Las palabras duras golpean el alma, despertando sus peores pasiones. Los que hacen mal con su len­gua, los que siembran discordia mediante palabras egoístas y llenas de celo, entristecen al Espíritu Santo; porque ellas están en pugna con los propósitos de Dios.
Viendo el apóstol la inclinación a abusar del don de la palabra, nos presenta orientaciones concernientes a su uso. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca —dice él— sino la que sea buena para edificar”. La palabra “corrompida” significa aquí, cualquier pala­bra que haga una impresión en detrimento de los santos principios y la religión sin mancha; cualquier expresión que pudiera eclipsar la visión de Cristo, y borrar de la mente la verdadera simpatía y el amor. Esto incluye alusiones impuras que, a menos que se resistan inmediatamente, conducen a un gran pecado. A todos se nos ha dado el deber de obstruir el camino a toda comunicación corrupta...
Guardad bien el talento del habla; porque es un tremendo poder para el mal, así como para el bien. Nunca podrá ser usted demasiado cuidadoso de lo que dice; porque las palabras que usted pronuncia, demuestran cuál es el poder que controla su mente. Si Cristo reina allí, sus palabras revelarán la belleza, la pureza y la fragancia de un carácter amoldado y formado a su voluntad. Pero si usted está bajo la dirección del enemigo de todo lo bueno, sus palabras serán eco de sus sentimientos
La Biblia da a conocer claramente la gran responsabilidad que implica el don del habla. “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”, declaró Cristo. Y el salmista pregunta. “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo ni admite reproche alguno contra su vecino. Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo no por eso cambia; quien su dinero no dio a usura, ni contra el inocente admitía cohecho. El que hace estas cosas, no resbalará jamás” (Salmo 15:1-5).
“Guarda tu lengua de mal, y tus labios de hablar engaño” (Salmo 34:13). La bestia salvaje del bosque puede ser domesticada, “pero ningún hombre puede domar la lengua” (Santiago 3:8). Solo mediante Cristo podemos ganar la victoria sobre el deseo de hablar palabras pre­cipitadas, faltas de cristianismo. Cuando, mediante su poder, rehusamos pronunciar las palabras que Satanás nos sugiere, la planta de amargura de nuestro corazón, se marchita y muere. El Espíritu Santo puede hacer de la lengua, un sabor de vida para vida (La voz: su educación y uso correcto, pp. 21-24).

Jueves 13 de noviembre: Bendecir y maldecir

La influencia que más debe temer la iglesia no es la de los oposi­tores abiertos, infieles y blasfemos, sino la de los miembros profesos de Cristo que son inconsecuentes. Estos son los que impiden la llegada de las bendiciones del Dios de Israel y traen debilidad a la iglesia, una mancha que no es fácil de quitar.
El cristianismo no es solo para ser lucido el sábado y desplegado en el templo; es para cada día de la semana y para cada lugar. Sus exigen­cias deben reconocerse en el taller, en el hogar, y en las transacciones comerciales con los hermanos y con el mundo (Conflicto y valor, p. 119).

Cristo venció cada tentación del enemigo porque su humanidad se combinaba con la divinidad. Pero no hay seguridad para el alma que solamente tiene una religión legal, una forma de piedad basada en ceremonias externas. Nadie es cristiano solo por asistir a los cultos el sábado y orar ocasionalmente o regularmente. Lo importante es llegar a estar unido con Cristo, creer en él como nuestro Salvador personal, y vivir por la fe en el Hijo de Dios. La pregunta que el alma debe hacerse es: ¿Soy participante de la naturaleza divina por haber nacido de nuevo? Si así no fuera, el alma está en peligro fatal. El que es nacido de Dios, es una nueva criatura “De modo que si alguno está en Cristo, nueva cria­tura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). La vieja voluntad imperiosa ha desaparecido; el orgullo ha sido limpiado del alma; el yo ha sido desarraigado; el temperamento rápido y apasionado ya no controla; las palabras que salen de la boca ya no son arrogantes, porque todo ha sido puesto en cautividad a Cristo (Signs of the Times, 26 de septiembre de 1892).

Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios, el hecho se manifiesta en la vida. Al paso que no podemos hacer nada para cambiar nuestro corazón, ni para ponernos en armonía con Dios, al paso que no debemos confiar para nada en nosotros ni en nuestras buenas obras, nuestras vidas han de revelar si la gracia de Dios mora en nosotros. Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. La diferencia será muy clara e inequívoca entre lo que han sido y lo que son. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y de los actos en la vida diaria...
¿Quién posee nuestro corazón? ¿Con quién están nuestros pensa­mientos? ¿De quién nos gusta hablar? ¿Para quién son nuestros más ardientes afectos y nuestras mejores energías? Si somos de Cristo, nuestros pensamientos están con él y nuestros más gratos pensamientos son para él. Todo lo que tenemos y somos lo hemos consagrado a él. Deseamos vehementemente ser semejantes a él, tener su Espíritu, hacer su voluntad y agradarle en todo (El camino a Cristo, p. 57).

Viernes 14 de noviembre: Para estudiar y meditar

Palabras de vida del gran Maestro, pp. 370-374.