El Juicio

Ty Gibson


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"La única esperanza del pecador descansa plenamente sobre Cristo...        Nuestra aceptación por Dios es segura únicamente me­diante su Hijo                amado, y las buenas obras no son más que el re­sultado de la obra                         de su amor que perdona el pecado. No son un crédito para nosotros,                    y no se nos reconoce ninguna cosa por nuestras buenas obras, por las         cuales podamos reclamar alguna parte para la salvación de nuestras               almas. La salvación es el li­bre don hecho al creyente, que le es dado                únicamente por inter­medio de Cristo. El alma afligida puede encontrar       paz mediante la fe en Cristo... No puede presentar sus buenas obras              como un recurso para la salvación de su alma".                                                  Nuestra elevada vocación, p. 120.

ay más poder en un Mazda RX7 que en la igle­sia".
Seguramente usted está tan sorprendido por estas pala­bras un poco melancólicas como yo la primera vez que las oí. Me desdigo. Pienso que estaba más sorprendido, porque las oí directo de la boca de un alumno universitario muy serio, que me informó que la única razón por la cual estaba en mi seminario era ganar los créditos requeridos. Acto seguido de su evaluación sombría, él anunció su plan de éxodo del adven­tismo.
"Apenas termine la universidad, dejo de 'jugar a la igle­sia' ".
Como podrá imaginar, mi corazón adventista profunda­mente convencido fue atravesado. Para serle franco, no sabía qué decir. Quiero decir, este muchacho tenía una actitud ha­cia la iglesia que alarmaba por lo parecida a lo que siente Axl Rose, de Guns ‘n Roses por los policías.
—Entonces, ¿no te importa si te pregunto por qué te sientes así? —no pude evitar tratar de inquirir la fuente de sus sentimientos.
—Bueno, todos siempre andan hablando de todo ese asunto de lo que tenemos que hacer y de todo lo que es me­jor que no hagamos, o Dios va a sacar nuestros nombres en el juicio y nos va a mandar al infierno. Y entonces es como que de repente se acuerdan de que se supone que tiene que haber algo positivo en todo esto; entonces dicen ‘Ah, sí, y no te olvides que Dios te ama'. Todo es tan contradictorio. No sé cómo todavía tiene algo de sentido para alguien”.
Los Estudios ValueGénesis revelan que hasta un setenta por ciento de nuestros jóvenes sí abandonan la iglesia. Me pregunto cuántos de ellos expresarían una frustración simi­lar... si se animaran.
¿Se dio cuenta de que el joven que compartió los pensa­mientos citados indicó un desprecio particular por la doctrina del juicio? La idea completa era sumamente deprimente para él, y por una buena razón. Analice su punto de vista. Encon­trará enseguida la fuente de su actitud de agotamiento.
Según su forma de ver, Dios es más parecido a Papá Noel que a un Salvador, sólo que peor. El tiene una lista y la está controlando más de dos veces para decidir si fuimos malos o buenos. Si los actos malos son más numerosos que los bue­nos, ¿adivine qué? No sólo no hay regalos, tampoco hay pa­raíso. Y no sólo que no hay un paraíso, sino que está la perdi­ción en su lugar.
En su mente joven, él escuchó al Señor que en esencia di­ce: "Aquí está mi lista de reglas extremadamente difíciles; cúmplelas, perfectamente —debo agregar—, o si no, estás perdido".
¿Sabe qué? Si yo tuviera ese concepto del juicio, creo que también me querría ir de la iglesia adventista. Pero la verdad es que esto no es cierto, no importa cuánta gente crea que el juicio de Dios es su último esfuerzo para asegurarse de que se pierdan tantas personas como sea posible.
De acuerdo con Juan, el discípulo amado de Jesús, el juicio pertenece a la categoría titulada "El evangelio eterno" (vea Apocalipsis 14:6, 7). La razón por la cual esto es tan importante es porque la palabra evangelio significa buenas noticias o buenas nuevas. Se lo podría presentar también como mensaje de felici­dad. Desde un punto de vista puramente bíblico, sin mez­clarlo con nuestras ideas erradas del carácter de Dios, el jui­cio es una verdad con la intención de impartir felicidad.
Así que, ¿qué es lo bueno, lo alegre y lo feliz de ser juzga­do por un Dios santo? Bueno, como toda otra verdad de la Escritura, el juicio se aclara a la luz del amor de Dios. Lo re­pito, porque vale la pena repetirlo: Sólo a la luz del amor de Dios cualquier parte de la realidad tiene "algo de sentido", para usar la jerga de mi angustiado amigo.
Piense conmigo por unos pocos minutos cómo edifica­mos una interpretación del juicio sobre la base segura del amor de Dios. Comencemos con la intención básica de Dios hacia nosotros:
"El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca" (2 Pedro 3:9).
"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de voso­tros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis" (Jeremías 29:11).
"El cual quiere que todos los hombres sean salvos y ven­gan al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2:4).
Nunca hubo, y nunca habrá, un ser humano para el cual Dios quiera algo menos que la vida eterna. Debido a que su naturaleza es amor, sería más imposible para él querer que cualquier persona se pierda, de lo que sería para usted querer que uno de sus hijos muera entre las llamas de un accidente automovilístico. Tales sentimientos no tienen el más mínimo lugar en su corazón infinito de amor perfecto.
¿Entonces por qué él va a juzgar a alguien? En realidad, él no va a juzgar a nadie. Esto es, Dios el Padre no lo hará. Él, "todo el juicio dio al Hijo" (Juan 5:22). Y por una muy buena razón. Note cómo explica Jesús por qué el Padre le dio a él la responsabilidad de juzgar al mundo:
—Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y, además, le dio au­toridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre" (Juan5:26, 27).
¿Se da cuenta? Jesús es nuestro juez en virtud de su hu­manidad, "por cuanto es el Hijo del Hombre". Eso debe alte­rar seriamente nuestra forma de ver el juicio. ¿Por qué? Sólo piense en ello. Uno que llegó a ser nuestro "hermano" en la carne, Uno que se "compadece" de nuestros sentimientos, Uno que fue "tentado en todo según nuestra semejanza", Uno que "llevó nuestros dolores", Uno que sufrió y murió por nuestra salvación; éste es nuestro Juez. Él invirtió su pro­pia naturaleza y su propia vida en nuestra salvación.
La verdadera pregunta a hacer no es "¿Cómo puedo hacer para ganar?", sino más bien "¿Cómo voy a perder?" Con Je­sús de mi lado, como mi Hermano y compañero en la tenta­ción, puedo tener la seguridad completa de victoria final en el juicio. "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Je­sucristo" (Filipenses 1:6).
Sí, hay una forma, y sólo una forma, con la cual usted puede convertirse en un perdedor al final. Pero no será por­que su lista de actos malos sea más larga que su lista de los buenos. Compare estos dos versículos:
"Y no queréis venir a mí para que tengáis vida" (Juan 5:40).
"Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que es­tán en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Romanos 8:1).
¿Lo ve? Los que al final se pierdan, se perderán porque se negaron a ir a Jesús, no porque él haya jugado a la escondida o "se hace el difícil". La salvación no es algo que obtenemos tratando de ser buenos. Más bien es algo que recibimos por­que él es tan bueno como para ofrecérnosla antes de que se­pamos cómo ser buenos. No podemos ganarla porque él ya nos la dio. En Jesús nuestra salvación es una realidad consu­mada. Si decimos sí, se convierte en nuestra realidad perso­nal. Si persistimos en un curso de acción que dice no, al final nos vamos a sentenciar a nosotros mismos como no mere­cedores de la vida eterna. Él va a respetar nuestra elección coincidiendo con nuestro juicio, aunque lo apenará terrible­mente, y aunque anhela nuestra redención con fuentes de amor tan profundas como la eternidad.
Por supuesto, hay una opción más inteligente. Aquellos que se acerquen a Jesús encontrarán en él deseosa aceptación y ninguna condenación en absoluto. El juicio para estos indivi­duos alegres significará la declaración final de su absolución delante del universo como espectador. Para ellos el juicio en realidad es buenas nuevas. Como Jesús enseñó, ellos no se­rán condenados en el juicio:
"De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condena­ción, sino que ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).
Algunas personas creen que Jesús las salva al principio por su gracia gratuita, pero que al final, en el juicio, esperará que se mantengan sobre los méritos de su obediencia.
No se equivoque sobre eso; aquellos que vienen a Jesús son hechos más que vencedores por medio de quien los amó. La victoria sobre el pecado es la experiencia suprema de todo hijo de Cristo verdaderamente salvado. Pero sepa además que su perdón final en el juicio es tanto un regalo de gracia gratuita como lo fue el perdón inicial el día en el que ellos fueron por primera vez a Jesús como pecadores inde­fensos. El plan de salvación es el mismo ayer, hoy y siem­pre... y en el juicio. Somos salvos sólo por la gracia, sólo por medio de la fe, sólo por Cristo Jesús, sin agregar ni una partí­cula de mérito por nada bueno que hayamos hecho.
Ahora puedo oír a algún adventista sincero, guardador de la ley, que dice:
"Pero, espere un minuto. Todo esto suena bien y magnífi­co, pero la Biblia enseña claramente que vamos a ser juzga­dos y recompensados de acuerdo con nuestras obras. Esto prueba con seguridad que nuestra obediencia tiene una par­te en nuestra salvación".
No prueba tal cosa. Lo que prueba en realidad es que Dios es más benigno de lo que podemos entender completa­mente o de lo que podemos apreciar.
¿Cómo es eso?
Mientras él nos salva completamente por su gracia gratui­ta, nos recompensará como si hubiéramos tenido parte en el logro de nuestra salvación y mereciéramos crédito por ello.
Note estas palabras perspicaces:
"Aunque no tenemos méritos en nosotros mismos, por la gran bondad y amor de Dios somos recompensados como si los méritos fueran nuestros. Cuando hayamos hecho todo el bien que sea posible hacer, seremos todavía siervos inútiles. Hemos hecho solamente lo que era nuestro deber. Lo que hemos logrado ha sido realizado únicamente por la gracia de Cristo y ninguna recompensa se nos debe de parte de Dios si se toman en cuenta nuestros méritos. Pero por medio de los méritos de nuestro Salvador, cada promesa que el Señor ha hecho se cumplirá y cada hombre será recompensado de acuerdo con sus obras" (El ministerio de la bondad, p. 332).
Recuerde lo que aprendimos en el capítulo cuatro de este libro. Es más exacto decir que para el cristiano las buenas obras son inevitables, que decir que son necesarias para la sal­vación. Así como es cierto que no somos salvos por la obe­diencia a la ley de Dios, también es cierto que el verdadero cristiano será obediente a la ley de Dios. No somos salvos por buenas obras, pero la verdadera vida cristiana estará llena de ellas. No somos salvos viviendo una forma de vida victo­riosa, pero el cristiano verdadero vivirá un estilo de vida vic­torioso. Y, debido a que la salvación se manifestará al producir aspiraciones santas y una vida que honre el nombre de Cris­to, finalmente seremos juzgados por nuestras obras, no por­que posean mérito, sino porque dan testimonio de nuestra aceptación genuina de su gracia salvadora. Obediencia, bue­nas obras, victoria sobre el pecado; éstos no son el medio por el cual ganamos la salvación, sino que más bien son la manifestación inevitable de la salvación que tenemos gratui­tamente sólo en Cristo.
El que encontró verdaderamente el amor de Cristo y se entregó a él, no piensa: "Bueno, si soy salvo sólo por la gracia por medio de la fe, entonces puedo gozar de los placeres del pecado y de la vida eterna también".
De ninguna manera. Un motivo mucho más alto que el beneficio personal tomó el control del corazón que abrazó la cruz. El propósito de una vida santa es claro como el sol del mediodía para el que probó el dulce alivio del amor perdonador de Cristo. Honrar a Dios, la gloria de Cristo, ésta es la pasión ardiente que quema brillantemente en el alma. Sí, es cierto que somos salvos sólo por su misericordia, pero ¿pue­de ver que en esta misma realidad preciosa está toda la razón del mundo para vivir... y vivir... y vivir para él?
Para el cristiano las buenas obras no son un pago sino alabanza. Para el cristiano la obediencia no es guardar la ley sino amar. La victoria sobre el pecado no es un mero deber, sino puro deleite.
Aunque usted no lo crea, hay algo involucrado en el juicio que es por lejos de mayor importancia que nuestra salvación personal. El honor y la gloria del propio carácter de Dios están en juego. El juicio es la forma de Dios para hacer transpa­rente su carácter y explicar sus veredictos ante toda su crea­ción inteligente.
El hecho es que Dios es omnisciente. Él sabe todo. Él co­noce el interior de cada corazón. Él sabe quién ha recibido verdaderamente a Cristo como su Salvador y quién no. El juicio no provee al Señor ninguna información que ya no tenga para ayudarlo a dictar sentencia. Él no vacía los libros de registro para juntar evidencia contra nosotros o para en­contrar en nosotros algo digno de salvación. Él no tiene pre­guntas para las cuales necesite respuestas. Pero nosotros sí, y también los ángeles y los habitantes de los mundos no caí­dos. Los libros de registro se mantienen para nuestro benefi­cio. El juicio sacará a la luz lo que había en cada corazón para nuestro beneficio.
Imagine cómo sería el cielo si Dios tratara de solucionar, y lo solucionara, el problema del pecado sin un juicio. Permíta­me ilustrarlo.
La gran controversia terminó. Todos los salvados están en el cielo. Todos los perdidos fueron destruidos. Los que fueron salvados se dan cuenta de que algunos de sus seres queridos y de sus amigos no están allí. Comienzan a darse cuenta de que personas por las que ellos se preocupaban están perdi­das eternamente. Se vuelven al Señor con la mayor aflicción y confusión, y le preguntan:
"Señor, ¿por qué no está aquí mi hermano? Me parece que era una persona honesta, sincera. No entiendo".
A esto el Señor simplemente replica: "Yo soy Dios. Yo sé todo. Yo leo todos los corazones. La sentencia de tu hermano es justa. Vas a tener que confiar en mi palabra".
¿Puede imaginarse cómo se sentiría usted en ese mo­mento? Desolado, supongo. Pero no se alarme. Dios nunca dará semejante respuesta vacía a una pregunta tan impor­tante. Los libros de registro del cielo y el juicio asegurarán que se conteste para la satisfacción de todos cada pregunta crucial de este horrible conflicto entre el bien y el mal.
El escenario va a ser más parecido a esto:
"Señor, ¿por qué mi hermano no está aquí?"
"Yo sé que es difícil de aceptar la pérdida de aquellos que amabas. Pero quiero que sepas que hice todo lo que estaba a mi alcance para salvar a cada uno, incluyendo tu hermano. Se guardó un registro exacto de cada esfuerzo de mi parte y de cada respuesta de su parte. Aquellos registros fueron abiertos en el juicio mientras innumerables ángeles y veinti­cuatro ancianos humanos revisaban cada caso. Ahora esos registros y los resultados del juicio están abiertos para que los revises. Estoy seguro de que verás que mi sentencia es justa, y estaré listo para secar tus lágrimas."
Nuestros primeros mil años en el cielo serán dedicados primeramente a contestar nuestras preguntas con respecto a los salvos y a los perdidos. El juicio será abierto a nuestra in­vestigación. Tendremos la oportunidad de penetrar en la his­toria secreta de cualquier vida; y discerniremos el amor y la justicia de Dios en el destino de cada persona.
El problema del pecado sólo puede ser resuelto verdadera y eternamente con registros exactos y un juicio investigador abierto a todos. Sólo por medio del amor se puede hacer justicia que satisfaga a todas las criaturas inteligentes, con voluntad propia. Y sólo un Dios de amor podría elegir rela­cionarse con nosotros con tal respeto y paciencia.
¡Alábelo por el juicio! Es realmente una buena noticia.

Padre, misericordioso Dios, ¡cuan sabios y maravillosos son tus caminos! Muchas gracias por incluir el juicio en el plan de salva­ción. En realidad no necesito temer el juicio, porque no estaré bajo su escrutinio por mis propios méritos, sino por los méritos de mi Salvador, Jesucristo. El perdón eterno será escrito junto a mi nom­bre, no porque yo sea bueno, sino porque él me amó tanto como para dar su vida por mis pecados. Estoy en Cristo con gozo. Amén.

 

Ty Gibson
Extraído de A la luz del amor de Dios, pp. 79-89

Nota del Traductor: Automóvil modelo deportivo de la empresa Mazda que compite en potencia con los modelos "Spider" de General Motors y los de Ferrari o Porsche

Nota del Traductor: Traducción literal. Así como los niños y las niñas juegan "a la casita", se puede jugar "a la iglesia" en el sentido de simular una religiosidad que no es tal. Vea también en el capítulo diez

Nota del Traductor: Axl Rose es el cantante y líder de la banda californiana de rock and roll Guns n' Roses. Las letras de las canciones de dicha banda varían desde versiones muy particulares de las baladas románticas hasta otras de cierto contenido contestatario

Nota del Traductor: "Hard to get", literalmente "difícil de alcanzar, conseguir, agarrar". Se aplica a personas en situaciones como cuando una chica pretende que no tiene interés en un chico, a pesar de las muestras de interés de él, por lo que se dice que ella "se hace la difícil".