El santuario Centro del gran conflicto

Quizá usted no se ha dado cuenta, pero cada una de las siete secciones en las que se divide el libro de Apocalipsis está precedida por una escena introduc­toria del santuario celestial. En este caso quisiera llamar su atención a la cuarta escena cúltica, la que introduce la visión incluida en Apocalipsis 12: 1-15: 4. En los capítulos 12 y 13 se describe a los tres principales enemigos del pueblo de Dios: el dragón, la bestia del mar y la bestia de la tierra. He aquí la escena del santuario que introduce la visión profética de mayor trascendencia para los que vivimos en la última etapa de la historia de la humanidad:
«El templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se dejó ver en el templo. Hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y granizo grande» (Apocalipsis 11:19)
Cuando el arca era sacada del santuario y se ponía delante del pueblo, Moisés cla­maba: «¡Levántate, Jehová! ¡Que sean dispersados tus enemigos y huyan de tu presencia los que te aborrecen!» (Números 10:35). Cuando el tabernáculo se hallaba en Silo, los israelitas decían: «Traigamos el Arca del Pacto de Jehová, para que, estando en medio de nosotros, nos salve de manos de nuestros enemigos» (1 Samuel 4:3). Al presentar el Arca del Pacto a Juan, Dios aseguraba de antemano al profeta que, en medio de las vicisitudes generadas por los encarnizados conflictos contra las fuerzas del mal, los hijos de Dios podían contar con la victoria sobre el dragón y sus aliados. Dicho triunfo sería una continuación del que había obtenido Miguel en una contienda anterior. ¿Dónde se entabló esa batalla?

¿Una guerra en el «santuario»?
Al describir uno de los cuadros que integran el mosaico del conflicto cósmico, el apóstol Juan declaró: «Entonces hubo una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón. Luchaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero» (Apocalipsis 12:7-9). ¿Una guerra en el cielo? Esto va en contra de lo que siempre nos han dicho en cuanto a que el cielo es un lugar donde impera absoluta paz. A fin de que podamos comprender este asunto hemos de volver nuestra atención a dos capítulos de la Biblia que contienen detalles adicionales respecto de lo dicho por el vidente de Patmos: Isaías 14 y Ezequiel 28.
El profeta Ezequiel hace referencia directa a un «querubín grande y protector» que habitaba en «el monte santo de Dios» (Ezequiel 28: 14). Dicho personaje era el «sello de la perfección» «en todos sus caminos» hasta que se puso en evidencia la maldad que abrigaba en lo más recóndito de su alma (versículos 11, 15) y «se enalteció su corazón a causa de su hermosura» (versículo 17).
Al presentar al llamado «Lucero de la mañana», Isaías 14:4-21 lo hace mediante un «cántico del rey derrocado». Según el profeta el «lucero de la mañana» se propuso: (1) subir al cielo, (2) levantar su trono y sentarse en el «monte del testimonio» y (3) ser «semejante al Altísimo». Es interesante observar que tanto en Ezequiel como Isaías el castigo final conlleva que el personaje en cuestión es derribado.
¿Quién es el «querubín protector», el «lucero, hijo de la mañana» del cual hablan estos profetas? Las características mencionadas en estos pasajes no son propias de ningún ser humano. En la Biblia la expresión «querubín» solo se aplica a seres celestiales. Según el libro de Ezequiel los querubines moran junto al trono de Dios (Ezequiel 10:4, 7, 10). Dios habita «entre los querubines» (Isaías 37:16) y «está sentado sobre los querubines» (Salmo 99:1). Lucifer «era el más honrado por Dios», «el más exaltado en poder y en gloria entre los habitantes del cielo», «era el principal de los querubines cubridores» (Patriarcas y profetas, cap. 1, p. 13). Lucifer era la contraparte celestial de los querubines que cubrían el Arca del santuario terrenal (Éxodo 25:18).
En la Biblia, la expresión «lucero» o «estrella» jamás se utiliza para referirse a un ser humano. En 2 Pedro 1:19 es un título aplicado a Cristo (cf. Apocalipsis 22: 16). Por ende, en Isaías 14:12, el «Lucero hijo de la mañana» es un personaje espiritual que pretende usurpar el lugar de Cristo en la Deidad. Sin duda alguna, Satanás es el único que encaja con las descripciones mencionadas en estos dos libros proféticos. La Vulgata Latina tradujo la palabra hebrea helel como «Lucifer», es decir, «portador de luz». Pablo dijo que Satanás «se disfraza de ángel de luz» (2 Corintios 11:14).
El error de Lucifer consistió en querer «sentarse en el trono de Dios» que estaba ubicado en el «monte del testimonio». Jeremías dice que el «trono [de Dios] es el lugar de su santuario» (Jeremías 17:12). Cuando sale «una gran voz del santuario», en realidad está saliendo desde el «trono de Dios» (Apocalipsis 16:17). El dragón pelea porque quiere gobernar el santuario de Dios (cf. 2 Tesalonicenses 2:4). Quiere recibir la adoración que le corresponde a Cristo. La adoración es un elemento clave en el desenlace final del gran conflicto (ver Apocalipsis 14:7). Satanás pretendía recibir la gloria que se le tributaba a Dios en el santuario celestial. ¡Eso era inaceptable! ¡Dios no comparte su gloria! Lucifer no quiso entenderlo y se propuso «reformar el gobierno de Dios» (Historia de la redención, cap. 1, p. 15) y «comenzó insinuando dudas acerca de las leyes» de Dios (Patriarcas y profetas, cap. 1, p. 15). Su rebelión activa «era un crimen enorme. Todo el cielo parecía estar conmocio­nado. Los ángeles se ordenaron en compañías. [...]. Hubo guerra en el cielo» (Historia de la redención, cap. 1, pp. 17,19). Esa guerra ocurrió en el mismo templo celestial.
Puesto que el dragón no pudo conquistar el santuario celestial, «fue lanzado fuera» (Apocalipsis 12:9), quedó expulsado «del monte de Dios» (Ezequiel 28:17), arrojado «del cielo» (Isaías 14:12). Jesús lo confirmó cuando dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lucas 10:18). Lo mismo podría sucederle a todo aquel que vaya en pos de las pisadas del príncipe de las tinieblas.
La guerra llega al primer santuario de la tierra
Al no poder conquistar el santuario celestial, Satanás se empeñó en gobernar el primer santuario de Dios en la tierra: el jardín del Edén. El Edén presentaba una serie de características que nos llevan a identificarlo como el espacio santo donde Dios se encontraba con sus criaturas. Por ejemplo, Génesis 3:8 dice claramente que la «presencia de Dios» se manifestaba allí, tal y como ocurriría en el santuario (Éxodo 25:8; Levítico 26:12; 2 Samuel 7:6). La presencia de Dios hacía del Edén un Lugar Santo.
En Génesis 2: 15 se le ordena a Adán que «labrara» (hebreo abad) y «cuidara» (hebreo shamar) el huerto. Estos verbos son usados juntos para describir la obra de los sacerdotes que debían «servir» (hebreo abad) y «guardar» el templo de todo tipo de contaminación (Números 3:7-8; 1 Crónicas 23:32). Por tanto, en Adán tenemos al primer sacerdote que hubo en esta tierra. El Edén estaba ubicado al oriente (Génesis 2:8), como lo estaba la entrada al santuario (Éxodo 27:13-16) y al templo de Ezequiel (Ezequiel 40:6). Como el santuario, el Edén también tuvo sus querubines (Génesis 3:24). De Edén salían cuatro ríos (Génesis 2:10), así como del santuario de Ezequiel «salían aguas» (Ezequiel 47:1). En definitiva, hay incontables paralelos entre el santuario y el jardín del Edén.
Al engañar a nuestros padres en el primer santuario terrenal Satanás puso de ma­nifiesto la intención que lo movió a rebelarse en el cielo: conquistar el lugar en el que Dios es adorado.
Guerra contra los otros santuarios terrenales
Curiosamente, tan pronto como Dios dispuso las instrucciones que centralizarían y regularían la adoración en el antiguo Israel, el enemigo procuró evitar que el plan del Señor entrara en funcionamiento. ¿Cómo lo hizo? Impulsó al pueblo a que fabricara un becerro con el apoyo de Aarón para que fuera adorado en lugar del verdadero Dios (ver Éxodo 32). Satanás no soporta ver que Dios tiene un pueblo que le brinda todo el tributo y la honra que merece como nuestro Creador y Redentor.
A lo largo de la historia bíblica el diablo siempre buscó la manera de destruir el santuario y suscitó santuarios rivales que fueron copias del verdadero templo de Dios. Cuando la nación de Israel quedó dividida en dos bandos, Jeroboam estableció lugares altos para que, mediante sacerdotes que no eran levitas, el pueblo ofreciera sacrificios a dioses paganos (1 Reyes 12:25-33).
A pesar de todo, el tabernáculo se mantuvo en pie durante cuatrocientos ochenta años, hasta que Salomón edificó el templo en el siglo IX a. C. Aquel templo fue destruido por completo en 586 a. C. Isaías anunció esta destrucción con las siguientes palabras: «Nuestros enemigos han pisoteado tu Santuario» (Isaías 63:18). El salmista escribió: «Oh Dios, los pueblos paganos han invadido tu herencia; han profanado tu santo templo» (Salmo 79:1, NVI). El templo de Salomón permaneció en ruinas durante setenta años, hasta que Zorobabel inició el proceso de reconstrucción. Herodes comenzó a remodelar este segundo templo el 20 a. C. Tras más de ochenta años de trabajo el templo quedó terminado en el año 63 d. C., y fue destruido siete años después, en 70, por las tropas romanas.
Guerra contra el santuario celestial
El odio de Satanás contra el santuario, sin embargo, no desapareció con la destruc­ción del templo terrenal. Daniel 8 describe el momento en que los ataques del enemigo tendrán como blanco el santuario celestial. El profeta menciona un poder, llamado el cuerno pequeño, que «desafió al príncipe de los ejércitos» (Daniel 8:11, RVC) y logró quitar «el sacrificio continuo» y derribar «el lugar de su [del Príncipe] Santuario» (versículo 11). ¿De qué manera quitó el cuerno pequeño «el sacrificio continuo»? Aclaremos que el texto hebreo solo utiliza el vocablo tamid, que es «continuo», la palabra «sacrificio» no forma parte del texto original. Como ya hemos dicho en el Antiguo Testamento, tamid era una expresión que designaba las actividades que se celebraban durante el servicio diario en el Lugar Santo del santuario (ver Éxodo 27:20, 21; 30:8; Levítico 6:13). En el contexto profético, quitar el tamid supone eliminar el ministerio de Cristo en el santuario celestial. Al arrogarse a sí mismo la obra del Príncipe, el cuerno pequeño pretende anular la eficacia del ministerio intercesor de Cristo en el santuario mediante el esta­blecimiento de un sistema espurio de mediación, que incluye sacerdotes humanos, santos, ángeles o a María, como enseña el catolicismo romano.
Después, el cuerno pequeño echó por tierra «el lugar de su santuario» (Daniel 8:11). Cuando un enemigo o un ejército es derribado ello implica que ha sido derrotado. Pero en Daniel 8:11 no se derriba a un individuo, sino el «lugar de su santuario». Evidente­mente el cuerno pequeño no pudo llegar hasta el cielo y destruir físicamente el santuario celestial. Por tanto, el cuerno pequeño «derribaría», en el sentido de rechazar, abandonar o dejar «el lugar de su santuario». La palabra hebrea makon, traducida como «lugar», se usa en el Antiguo Testamento para designar la morada de Dios, tanto el santuario ce­lestial (Salmo 33:14), como el terrenal (Esdras 2:68). En Daniel 8:11 «lugar» puede significar «fundamento» en un sentido metafórico; es decir, podría referirse a la misma esencia y al propósito del santuario. Esta aplicación sería similar a la que encontramos en el Salmo 89:14, donde el «cimiento [makon] de tu trono» no es literal sino figurado. De esta manera, cuando el cuerno pequeño se adueña del ministerio continuo del Príncipe, de hecho, rechaza el fundamento mismo del santuario celestial como centro de me­diación y perdón para los seres humanos.
Daniel predijo que estas acciones contra el santuario celestial serían contrarrestadas al final de los 2,300 días, es decir a partir de 1844. Dios levantaría un pueblo que vin­dicara el santuario a través de la proclamación de las verdades salvíficas que encierran sus ritos y símbolos.
Dios pelea por mí
Como es de esperar, ahora el diablo no cejará en sus esfuerzos por conquistar otro templo: nuestra alma. Ahora nosotros somos la razón principal del gran conflicto entre Dios y Satanás. Como el enemigo ya sabe que no podrá ocupar el lugar de Dios en el santuario celestial, se ha ofuscado en ser el dios de nuestras vidas, el dios de este siglo.
Como tal tratará de evitar por todos los medios que rindamos nuestra adoración al Dios que ha creado todo cuanto existe. Lamentablemente, en muchas cosas, lo ha logrado.
Uno de los libros más interesantes y divertidos que he leído lleva un título muy irreverente, que seguro captará su atención: Cartas del diablo a su sobrino. Con el humor y el sentido común que lo caracteriza, el autor de esta obra, C. S. Lewis, hace alusión a una serie de cartas que Escrutopo, un demonio con mucha experiencia, le envía al joven demonio Orugario, para enseñarle a tentar y derrotar a los seres humanos. Según Es­crutopo, algo clave que todo tentador debe saber es que los humanos son «esclavos de lo ordinario». ¿Será cierto lo que dice tal declaración? Bueno, fíjese que nosotros somos esclavos de cosas tan comunes y pasajeras como la comida, Internet, los deportes, la música, los videojuegos o la moda.
Escrutopo pone como ejemplo de este tipo de esclavitud su experiencia con un individuo que no creía en Dios. Un día el ateo comenzó a leer un libro que presentaba pruebas irrefutables de la existencia de Dios y empezó a dudar de su ateísmo. Al ver esto el experimentado demonio trazó un plan para impedir que su súbdito quedara convencido por los contundentes argumentos de aquella obra. La estrategia que utilizó para quitar el libro de la mano y de la mente del ateo fue inducirlo a comer en ese preciso momento, y gracias a la comida el hombre siguió atrapado en las garras demo­níacas de Escrutopo. El ateo era esclavo de sus hábitos alimentarios. ¿No le recuerda esto a la experiencia de Esaú, que cambió la bendición de Dios por un plato de comida? (ver Génesis 25:31-33).
¿Y usted? ¿Acaso también es esclavo de algo tan común como un plato de comida? Satanás no planificará nuestra destrucción enviándonos una legión de demonios apes­tando a azufre. Su plan es sencillo: mantenernos atados a los ídolos ordinarios que nuestro propio corazón ha manufacturado (ver Ezequiel 14:3). Calvino, uno de los padres de la Reforma, dijo acertadamente que «el corazón humano es una fábrica de ídolos».
Si, por alguna razón, hemos caído en los lazos del maligno, nos conviene poner en práctica el consejo de Juan: «Queridos hijos, apártense de los ídolos» (1 Juan 5:21, NVI). Hemos de consagrar todas nuestras fuerzas para que lleguemos a ser una «casa espiritual» en la que habite nuestro Señor (1 Pedro 2:5). Satanás peleará a fin de establecer su dominio sobre nosotros, pero no olvidemos que aunque «el hombre es incapaz de salvarse a sí mismo, [...] el Hijo de Dios pelea sus batallas en favor de él, y lo coloca en un terreno ventajoso al concederle sus atributos divinos. Y cuando el ser humano acepta la justicia de Cristo, es hecho participante de la naturaleza divina» (Exaltad a Jesús, p. 146). Yo quiero que Jesús sea quien pelee por el santuario de mi vida y me conceda «sus atributos divinos». Reconozco que yo no tendría fuerzas para hacerlo por mí mismo. ¿Y usted?

 

Referencias
William H. Shea, «The Cultic Calendar for the Introductory Sanctuary Scenes of Revelation» en Jour­nal of the Adventist Theological Society, 11/1-2 (2000), pp. 120-147.

William H. Shea, «The Controversy Over the Commandments In the Central Chiasm of Revelation» en Journal of the Adventist Theological Society, 11/1-2 (2000), p. 217.

J. A. Motyer, Isaías (Publicaciones Andamio: Barcelona, 2009), p. 195.

A fin de obtener una panorámica bíblica respecto a la figura de Satanás, ver el excelente artículo de Nestor C. Rilloma, «Biography of the Devil: An Alternative Approach to the Cosmic Conflict» en Journal of Adventist Theological Society, 13/2 (otoño 2002), pp. 136-150.

T. Stordalen, Echoes of Eden: Genesis 2-3 and Symbolism of the Eden Garden in Biblical Hebrew (Lovania, Bélgica: Peeters, 2000), p. 458.

David P Wright, «Holiness, Sex, and Death in the Garden of Edén» en Bíblica, 77 (1996), p. 307.

Para más detalles, ver Richard M. Davidson, «Cosmic Metanarrative for the Coming Millennium» en Journal of the Adventist Theological Society, 11/1-2 (2000), pp. 108-111. Ver también C. K. Beale «Eden, the Temple and the Church's Mission in the New Creation» en Journal of the Evangelical Theological Society 48/1 (marzo del 2005), pp. 5-31; Ángel M. Rodriguez, «Eden and the Sanctuary Israelite» en Ministry (abril de 2002), pp. 11-13, 30.

Ver Gerhard F. Hasel, «El cuerno pequeño, el santuario celestial y el tiempo del fin: estudio de Dan e 8: 9-14» en Frank B. Holbrook, ed., Simposio sobre Daniel: Estudios introductorios y exegéticos (Doral, Florida: APIA, 2010), pp. 383-470.

William H. Shea, «Dimensiones espaciales en la visión de Daniel 8» en Frank B. Holbrook, ed., Simposio sobre Daniel: Estudios introductorios y exegéticos (Doral, Florida: APIA, 2010), pp. 522, 523.