La esencia del discipulado cristiano

Si me pidieran que mencione el nombre de alguien que haya sido su­mamente exitoso en esta tierra, no pestañaría dos veces antes decir: Eric Walsh. Él es graduado de la Universidad Adventista de Oakwood, de la Universidad de Miami y de la Universidad de Loma Linda. Posee una maestría y un doctorado en Salud Pública. Fue director del Departamento de Salud de la ciudad de Pasadena, California. Recibía un salario anual de aproximadamente doscientos cincuenta mil dólares. Además ha servido como profesor de la Universidad de Loma Linda y de la Universidad de California en Irvine. Es miembro del Consejo Asesor Presidencial Estadounidense del VIH. Fue presidente de la Asociación de Medicina Preventiva de California y era uno de los principales candidatos para dirigir el Departamento de Salud del Norte del Estado de Georgia.
Sin embargo, durante la primavera de 2014 su vida dio un giro de ciento ochenta grados. Todo comenzó cuando el Dr. Walsh fue invitado a presen­tar el discurso de graduación del Pasadena City College [PCC]. En realidad, el orador que había sido seleccionado para la ceremonia era el guionista y ganador del Óscar, Dustin Black; pero cuando circularon en Internet varias fotografías en las que Black aparece sosteniendo relaciones sexuales con su novio, las autoridades del PCC decidieron revocarle la invitación. Así que pensaron que Walsh sería un buen sustituto.
Por supuesto, a Dustin Black no le gustó la decisión que tomó el PCC y la consideró un acto discriminatorio a causa de sus preferencias sexuales. Un miembro del movimiento estudiantil Justicia Social se dedicó a buscar la manera de descalificar a Walsh. Como no encontró nada que pudiera man­char su gestión como funcionario público, el estudiante indagó respecto a su vida religiosa. ¿Y qué halló? Encontró unos sermones en los que el Dr. Walsh presentaba la postura bíblica con respecto a la homosexualidad y, siguiendo lo dicho por las Sagradas Escrituras, la catalogó como un pecado.
Esto fue suficiente para acusar a Walsh de fomentar el odio contra los homosexuales. El consejo administrativo del PCC canceló la participación de Walsh en la graduación y a unanimidad decidió pedir disculpas a Dustin Black, y nuevamente lo invitaron a tener el discurso de graduación.
La ciudad de Pasadena suspendió a Walsh de su cargo y el estado de Georgia le retiró la oferta que le había hecho. Él llegó a conocer por expe­riencia propia el significado de este pasaje: «El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:27).
La llamada de Jesús al seguimiento
¿Qué implica seguir a Jesús y llegar a ser uno de sus discípulos? Lucas nos ayudará a obtener la respuesta a dicha interrogante a través de varios pasajes de su libro, especialmente el relato del llamamiento de los primeros discípu­los. En el capítulo 5 nos cuenta que una gran multitud se congregó a orillas del Lago de Genesaret ávida de escuchar «la palabra de Dios» (versículo 1). A di­ferencia de la gente de Nazaret cuyo mayor deseo era ver a Jesús realizando milagros en su territorio, los que acudieron al lago no buscaban una señal portentosa que confirmara la identidad mesiánica de Jesús; no querían seguir oyendo el palabrerío de los rabinos, ni las enmarañadas explicaciones teoló­gicas de los escribas. Lo que deseaban era escuchar a alguien que les enseñara «la palabra de Dios». Las enseñanzas del Maestro no estaban basadas en los dichos de Hillel o Shamai, ni en las tradiciones populares, sino en la revela­ción divina; esa revelación que él mismo se había encargado de transmitir a los patriarcas, poetas, cronistas y profetas de la antigüedad.
Todos los que acuden a Jesús lo hacen porque reconocen que su instruc­ción no se fundamenta ni en fábulas ni en tradiciones. Su mensaje deslum­bra por su sencillez, porque llena los corazones de quienes lo escuchan, por­que da esperanza. De sus labios fluye a raudales «la palabra de Dios»; esa pala­bra que tiene el poder de engendrar una nueva vida en el corazón que la recibe con fe. No quieren una palabra que les informe, anhelan un mensaje que los transforme. Y esa transformación solo se torna real cuando se expo­ne «la palabra de Dios».
Tras haber concluido su presentación de la palabra divina, el Señor le or­denó a Pedro que desatracara y que llevara la barca a la parte más profunda del lago. Estando en medio del lago, el Señor le ordenó que echara las redes. En principio, Pedro creyó que era un sinsentido aventurarse a la faena, pues­to que habiendo trabajado durante toda la noche anterior no habían pescado absolutamente nada. Con sumo respeto se dirigió a Jesús: «Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado; pero en tu palabra echaré la red». De inmediato, una cantidad enorme de peces atiborró la red, de tal modo que estaba a punto de romperse. Como la pesca era abundante tuvieron que solicitar la ayuda de otra barca, y era tanta que las dos embarca­ciones corrían el peligro de hundirse (Lucas 5: 5-7).
En los primeros pasajes de Lucas 5 hay varios elementos que están estrecha­mente relacionados con el discipulado cristiano. En primer lugar, como cual­quier rabino de la época, Cristo expuso sus enseñanzas «sentado» (versículo 3). Con independencia del lugar en el que estuvieran, ya sea en el templo, en la sinagoga o en las calles, los rabinos exponían sus cátedras sentados; y así lo hizo Jesús.
En segundo lugar, Pedro usa el vocativo «Maestro» para dirigirse a Jesús. La palabra griega traducida «Maestro» es epistátes, un vocablo que en el Nue­vo Testamento nada más aparece en este Evangelio. Epistátes conlleva la idea de «uno que está sobre» otro. Los griegos solían usar esta palabra para referir­se al director de una escuela de filosofía. Al dirigirse a Jesús como epistátes, Pedro lo consideró como alguien superior a él y como un verdadero maestro, el fundador de nueva escuela, la escuela del reino de Dios.
Como Jesús poseía los atributos que lo cualificaban como maestro, era preciso que también tuviera discípulos que estuvieran dispuestos a «seguirlo» y poner en práctica sus enseñanzas. Y eso es exactamente lo que hicieron Pedro, Juan y Jacobo. He aquí su decisión: «Dejándolo todo, lo siguieron» (versículo 11).
Lucas nada más nos ofrece una fotografía instantánea del llamamiento de los discípulos. Si queremos obtener un cuadro completo de este asunto hemos de fijamos en los retratos que aparecen en los demás Evangelios, y así podremos contemplar todo el álbum.
De acuerdo con el Evangelio de Juan, los primeros en seguir a Jesús fue­ron Andrés y otro del cual no se menciona su nombre (Juan 1:40). Según Elena G. de White el personaje anónimo era Juan, el autor del Evangelio (El Deseado de todas las gentes, cap. 14, p. 117). Un día después de este primer en­cuentro con el Mesías, lo primero que hizo Andrés fue buscar a su hermano Pedro. Quizá nos sorprenda que Felipe haya sido el primero en recibir el llamamiento de seguir a Jesús (Juan 1:43). Felipe buscó a Natanael y le dijo que habían hallado al Mesías. A la luz del Evangelio de Juan los primeros seguidores de Jesús fueron Andrés, Juan, Pedro, Felipe y Natanael.
El relato del llamamiento de los discípulos que aparece en Mateo y Mar­cos es paralelo al de Lucas; pero su fotografía contiene detalles que la de Lucas no captó. Por ejemplo, mientras que Lucas no menciona a Andrés, los otros dos Evangelios sinópticos sí lo hacen (Mateo 4:18; Marcos 1:16). Mateo y Mar­cos señalan que Andrés y Pedro recibieron el llamamiento: «Venid en pos de mí» (Mateo 4:18; Marcos 1:17); y que Jesús también «llamó» a Juan y a Jacobo (Mateo 4:21; Marcos 1:20). Lucas no dice nada de estos llamamientos, pues solo dice que ellos siguieron a Cristo.
Hay una diferencia radical entre la fotografía de los sinópticos y la de Juan. El Evangelio de Juan menciona los primeros seguidores de Jesús. Los Evangelios sinópticos no están hablando de seguidores, sino de los prime­ros que llegaron a ser «pescadores de hombres»; es decir, de quiénes fueron los seguidores que dieron el paso de convertirse en discípulos. Un seguidor no es un discípulo; pero un discípulo siempre es un seguidor. Aunque mucha gente «siguió» a Jesús, la razón de dicho seguimiento no siempre lo impul­só el discipulado, sino el deseo de obtener algún beneficio personal.
¿Qué tiene que hacer un seguidor para convertirse en un discípulo? Volva­mos a Lucas 5.
Lo que se espera de un discípulo:
que reconozca su condición y acepte la misión
Aunque los otros dos Evangelios sinópticos hacen mención del llama­miento de los primeros discípulos, Lucas es el único que resalta el papel protagónico de Pedro (ver Mateo 4:18-22; Marcos 1:29-31). Nadie más registró estas palabras de Pedro: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador» (Lucas 5:8). Y es que solo puede ser discípulo el que se sabe perdonado, y únicamente se sabe perdonado el que ha aceptado su condición de peca­dor. Admitir nuestra humanidad es un requisito ineludible para todo el que quiera ser discípulo del Señor. De hecho, en este mismo capítulo Jesús hace la siguiente declaración: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (versículo 32).
Si había algo que les faltaba a los discípulos era ser «justos». Cuando lee­mos detenidamente lo que dice de ellos el registro evangélico, uno no pue­de más que asombrarse de la maravillosa misericordia de Dios. No fueron elegidos a causa de su condición, sino a pesar de ella. Simón el zelote era con­siderado un «terrorista». Mateo se dedicaba a extorsionar y engañar a la gente. Juan y Jacobo tenían el grandilocuente apodo de «Hijos del trueno». Judas era ladrón. Tomás era un incrédulo empedernido. En fin...
Siempre he creído que muchos de nosotros no nos atreveríamos a pro­poner a ninguno de los apóstoles para que desempeñen un cargo en nues­tras iglesias. Cuando uno se encuentra con lo que los Evangelios dicen de los «fundadores» de la iglesia primitiva, creo que tendríamos razones suficien­tes para sentirnos tentados a suponer que Cristo no tenía idea de quiénes eran aquellos individuos. Pero él sabía muy bien que había elegido no solo pescadores sino pecadores. «Todas sus debilidades y errores estaban abiertos delante de él [...]; y su corazón [el de Cristo] amaba tiernamente a estos elegidos» (El Deseado de todas las gentes, cap. 30, p. 263). Si Jesús conocía que eran pecadores con «debilidades y errores», ¿por qué insistió en permitirles que formaran parte de su círculo íntimo? Simplemente porque los amaba. No hay otra explicación. Fueron llamados por gracia. Punto.
Puede resultar paradójico que nosotros, siendo tan pecadores como ellos, encontremos bastante ilógica la decisión de Jesús. Sin embargo, lo que el Maestro hizo fue tomar la decisión más lógica. Si él vino a «llamar pecado­res», su mayor argumento habría de ser que sus más cercanos colaboradores no formaban parte de la esfera santa y religiosa de Jerusalén, más bien eran «pecadores» reconocidos por todos. ¿No le parece? Era como si él les hubie­ra dicho a sus oyentes: «Si yo he permitido que estos pecadores permanez­can a mi lado, entonces ustedes también pueden ser alcanzados por mi la­bor. Yo no busco hombres y mujeres santos, porque en esta tierra no existe gente así; he venido a socorrer a los que quieran llegar, con mi ayuda y poder, a ser santos. Necesito a mi lado pecadores que deseen arrepentirse.
Si eres de esos, puedes venir y haré contigo lo que he hecho con estos». Mi es­timado lector, no hay mérito alguno en ocultar nuestra miseria espiritual; más bien hemos de reconocerla y creer que Dios nos acepta tal y como somos.
Como dice Darrel L. Bock, «la confesión de Pedro se convierte en su currículo para el servicio. La humildad es el ascensor que nos eleva a la grandeza espi­ritual. [... | Una cosa es ser pecador y negarlo, y otra saber quién eres delan­te de Dios y doblegarte humildemente ante él».
En la persona de Pedro, el llamamiento de los primeros discípulos nos remite al de Isaías. Tanto en el llamamiento del profeta como en el del após­tol ocurre una revelación de la presencia divina (Isaías 6:1-4; cf. Lucas 5:5-7); hay un reconocimiento de su condición pecaminosa por parte del que ha recibido el llamamiento (Isaías 6:5, 7; Lucas 5:8) y le sigue una asignación mi­sionera (Isaías 6:8-13; Lucas 5:10, 11). En Lucas, el Señor le asignó la tarea de predicar y sanar no solo a los discípulos, sino también a los setenta (Lucas 9:1-6; 10:1-16), y luego a los ciento veinte (Hechos 1: 8). Todos tenemos una misión que ha de ser llevada a cabo. Fuimos escogidos para ser enviados. Un verdadero discípulo desempeña una parte activa en la «agenda misionera» del Señor.
«Cuando llegó el día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6:13). Lucas es el único evangelista que contiene la última frase: «a los cuales también llamó apóstoles». El voca­blo «apóstol» significa «el enviado». La palabra se usa en textos extrabíblicos para aludir a quien ha sido comisionado con un mensaje especial. Jesús eligió a los doce para enviarlos al mundo como embajadores del reino de los cielos. Ser discípulo no constituye una experiencia estática, ensimismada en los dilemas internos de la iglesia o nuestras prácticas religiosas. Ser discípulo conlleva «ir» en busca de la gente que ha de conocer el mensaje de salvación que les ha sido enviado a través de nosotros.
Con respecto de lo que venimos diciendo, Elena G. de White indica: «Cada uno ha de trabajar en cooperación con Cristo para la salvación de las almas. Tan ciertamente como hay un lugar preparado para nosotros en las mansio­nes celestiales, hay un lugar designado en la tierra donde hemos de trabajar para Dios» (El ministerio de la bondad, p. 56).
Las experiencias de Isaías y Pedro nos enseñan que ser llamado al discipu­lado no significa que estamos listo para ello, pero sí que Dios hará su obra en nosotros y a través de nosotros. Son muchos los que simpatizan con Jesús, se declaran seguidores del Maestro, pero rehúyen dar el paso hacia el discipula­do porque no se sienten espiritualmente aptos. Pero lo primero que hace el verdadero discípulo es reconocer que no es apto y, al mismo tiempo, creer que la gracia divina lo hace apto.
Permítame concluir este apartado con esta maravillosa declaración: «Dios toma a los hombres tales como son, con los elementos humanos de su carácter, y los prepara para su servicio, si quieren ser disciplinados y aprender de él. No son elegidos porque sean perfectos, sino a pesar de sus imperfecciones, para que mediante el conocimiento y la práctica de la ver­dad, y por la gracia de Cristo, puedan ser transformados a su imagen» (El Deseado de todas las gentes, cap. 30, p. 265).
Lo que se espera del discípulo: que lo deje «todo»
¿Ha oído usted decir que los discípulos de Jesús eran pobres? No me cabe la menor duda de que hubo muchas personas pobres que decidieron seguir a Jesús. Ahora, no me diga que Mateo, el publicano, era pobre. Probablemen­te, los personajes más influyentes del círculo íntimo de Jesús no vivían en una condición de extrema pobreza como solemos pensar. De los discípulos del Señor, los principales eran pescadores: Pedro, Andrés, Juan y Jacobo. Sien­do que Felipe era paisano de Pedro, puesto que ambos procedían de Betsaida, la «Casa del pescado», es factible suponer que también era un pescador. Lo mismo podríamos decir de Natanael. Siendo así la mitad de los discípulos eran hombres que se ganaban la vida en el negocio de la pesca.
Lucas fue tajante al declarar que ellos lo dejaron «todo». ¿Qué es ese «todo»? De acuerdo con Lucas, Jesús presentó su mensaje desde la barca de Pedro; por tanto, el hermano Pedro era dueño de su propio barquito pes­quero. La empresa de Juan y Jacobo era lo suficientemente productiva como para pagar el salario de varios jornaleros que trabajaban para ellos (ver Marcos 1:19, 20). James S. Jeffers explica que en el siglo I, y yo supongo que ahora también, «el mantenimiento de las redes, las embarcaciones y otros equi­pos era muy costoso». Si ese es el caso, nuestros amigos apóstoles tenían que producir suficientes recursos para que no se les hundiera el negocio.
Gracias al flujo continuo de la venta de pescado, el lago de Genesaret se había convertido en el eje central de la economía de Galilea y de las ciuda­des vecinas. Estrabón, el geógrafo e historiador griego, dice que el lago de Genesaret es el «lugar que ofrece las mejores salazones de pescado». No cabe duda de que esta zona era un importante centro mercantil desde el cual se exportaba pescado a todas las regiones del Imperio romano. Hablando de ese lago, Josefo hizo esta declaración «Hay aquí muchas clases de pescados, diferentes de los pescados de otras partes, tanto en sabor como en su géne­ro». La fama del pescado de Galilea era tan grande que se dice que de allí salía el pescado que se consumía en la casa del emperador.
Como pescadores, estos hombres que dejaron «todo», se beneficiaban del movimiento económico generado en la zona. A mí siempre me ha intrigado la declaración de Pedro tras el episodio del joven rico. Si usted quiere obtener el cuadro completo, por favor lea Lucas 18:18-29. Dice el relato que cuando Jesús invitó al joven rico a dar «todo» lo que tenía a los pobres y aceptar el llamamiento a seguirlo, el joven rechazó la invitación y se retiró «muy triste porque era muy rico» (versículo 23). A reglón seguido, Pedro declaró: «Nosotros hemos dejado nuestras posesiones y te hemos seguido» (versículo 28). En otras palabras, Pedro se está comparando con el joven rico; ellos hicieron lo que no hizo el muchacho. ¿Qué? Pues dejar todas sus posesiones y seguir al Maes­tro. ¿No insinúa este episodio que su cuota financiera para seguir a Jesús ha­bría sido muy elevada?
Supongamos que usted no está convencido de lo que acabo de sugerir, en el sentido de que estos hombres, al momento de recibir el llamamiento al discipulado, no eran pobres, aunque finalmente, por darlo todo en la causa, acabaron siendo pobres. No obstante, hay un detalle irrefutable: ellos decidie­ron dejarlo todo el día que tuvieron su mejor y más abundante pesca. Por lo menos en ese instante, nadie puede decir que a los discípulos no les es­taba yendo muy bien en términos financieros. Dejaron su pesca más exito­sa para seguir al Salvador. Abandonaron su negocio en el mundo para ha­cerse socios del negocio del Señor: salvar pecadores.
En el mismo capítulo 5 de Lucas se nos dice que Mateo, que estaba senta­do en el banco de los tributos públicos, «dejándolo todo, se levantó y lo siguió» (versículo 28). Esta decisión de dejar todo conlleva un rompimiento completo con el pasado para dar inicio a un nuevo y prometedor presente.
En 1873 la señora Francés R. Havergal escribió el himno «Que mi vida entera esté». En una de sus estrofas, ella escribió:
«Que mis labios al hablar, hablen solo de tu amor.
Que mis bienes ocultar, no los pueda a ti Señor».
Cuenta la señora Havergal, que tras haber escrito esta estrofa, recordó que había guardado durante muchos años las joyas que usaba antes de ser cristia­na. Eran tantas que no tenían nada que envidiarle al cofre de una condesa. Entonces se dijo a sí misma que no seguiría ocultando sus bienes, y decidió entregar las joyas a una sociedad misionera para que utilizara el dinero en el avance de la causa de Cristo.
La orden es radical: «Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:33). Si el Señor lo dio todo, él no espera menos de sus seguidores. Sí, ser un discípulo tiene un costo; pero el costo de dejar de serlo es mucho mayor. Ya lo dijo claramen­te David Platt: «Cuando abandonamos las baratijas de este mundo y res­pondemos a la invitación radical de Jesús, descubrimos el infinito tesoro de conocerlo y experimentarlo».
El meollo del discipulado cristiano
En su Discurso LV sobre Homero y Sócrates, el famoso orador y escritor romano, Dion Crisóstomo, también conocido como Dion de Prusa, sostu­vo que Sócrates fue un aventajado discípulo de Homero. Para justificar su argumento, Dion dice que Sócrates vivía como Homero, seguía la humil­dad de Homero; como Homero despreció la acumulación de riquezas; como Homero amaba las virtudes y repudiaba los vicios. En resumen, fue discí­pulo de Homero porque vivió como lo hizo Homero.
Imitar al Maestro: ese es el punto clave del verdadero discipulado. En ese sentido, el discipulado, en primer lugar, es un proceso continuo, que sabe­mos cuándo inicia pero no podemos prever cuándo terminará. El Señor dijo en cierta ocasión: «El discípulo no es superior a su maestro; pero todo el que sea perfeccionado, será como su maestro» (Lucas 6:40).
Si bien tenemos que imitar al Maestro nunca hemos de creemos que noso­tros somos los maestros. Es muy común ceder a la tentación de que los verda­deros discípulos han de vivir, comer, hablar, andar como yo supongo que deben hacerlo. Si no lo hacen, entonces, ellos no pueden ser considerados discípulos. No vaya usted a creerse que es el dueño de la conciencia de los demás; usted no es el Maestro, usted es el discípulo. Por favor, nunca olvide cuál es su lugar en la pirámide. Usted nunca, se lo repito, nunca será el Maestro.
Aunque usted jamás podrá ser el Maestro, si usted logra ser «perfeccio­nado» puede llegar a ser «como» el Maestro. ¿Qué conlleva esa «perfección»? En un contexto de discipulado podríamos suponer que esa «perfección» es sinónimo de impecabilidad. Sin embargo, la palabra griega que usa Lucas, katertisménos, nada tiene que ver con ese Upo de perfección.
En el Nuevo Testamento, el verbo katartizo posee matices muy interesantes. Por ejemplo, en Gálatas 6:1 tiene que ver con «restaurar», «ayudar» al hermano que ha caído. En Efesios 4:12 aparece vinculado con la «preparación», la «ca­pacitación» que el discípulo necesita para llevar a cabo su ministerio. Somos «perfeccionados» como discípulos cuando nos empeñamos en ayudar a los demás, en servir a nuestro prójimo, cuando estamos listos para cumplir con la tarea que Dios nos ha encomendado.
Ser «perfeccionado» o ser «como el Maestro» implica tratar a la gente como lo hizo Jesús. Somos como Jesús cuando amamos como lo hizo él, cuando nos solidarizamos con el pecador como lo hizo él, cuando entregamos todo a la causa como lo hizo él, cuando nos empeñamos en el bienestar de los demás como lo hizo él. Si quiero ser como Dios, y él es amor, entonces lo que tengo que llegar a ser es un discípulo que abrigue el amor de Dios en su corazón.
¿Cuál sería entonces el secreto del discipulado cristiano? ¿Conocer las 28 Creencias Fundamentales? Nunca vemos a Jesús enfrascado en enseñar doctrinas a sus discípulos. ¿Hacer obra misionera? Los fariseos la hacían y su sentido de misión los impulsaba a mover cielo y tierra para ganar un adepto para su causa. ¿Dar diezmo? No necesariamente.
La quintaesencia del discipulado es amar como amó Jesús. Ser un verdade­ro discípulo conlleva vivir este pasaje lucano: «Sean ustedes misericordiosos, así como su Padre es misericordioso» (Lucas 6:36, NVI). Jesús quiere que usted llegue a ser un discípulo así. ¿Qué respuesta dará al llamamiento del Maestro?

Referencias
http://touch.latimes.eom/#sertion/-l/article/p2p-80079964/

http://touch.latimes.eom/#section/-l/article/p2p-80226034/

Ver Lucas 8:24, 45; 9:33, 49; 17:13.

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