Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

IV Trimestre de 2014
La epístola de Santiago 

Lección 13
(20 al 27 de diciembre de 2014) 

El Evangelio eterno

Milton L. Torres

Introducción

La definición bíblica de evangelio es: “poder de Dios para salvación a todo el que cree” (Romanos 1:16). Esta comprensión hizo que John Bradford dijera, al ver pasar a un hombre condenado a muerte: “Allí va, de no ser por la gracia de Dios, John Bradford”. La gracia de Dios le proporcionó mucha valentía a este mártir protestante. Fiel a la Palabra de Dios, Bradford fue quemado en la hoguera en el año 1555, prefiriendo la muerte a la supuesta conveniencia de negar a su Salvador. Esta clase de fidelidad y renuncia no puede ser producida a no ser por el evangelio, el poder divino que salva.

El Evangelio en el Antiguo Testamento

El evangelio se materializa en el Antiguo Testamento especialmente por medio de los actos de Dios en favor de un pueblo que en nada merecía su intervención. En muchos casos, lo que predispone al Señor a actuar es el clamor angustiado de su pueblo. En otras ocasiones, Dios actúa en favor del pueblo simplemente porque su carácter amante lo impele a hacerlo.

En última instancia, el Antiguo Testamento nos permite constatar el hecho de que Dios actúa, y siempre lo hará, en favor que quien lo ama. Esta es la buena noticia, el evangelio, que se extiende más allá del Antiguo Testamento, llenando, de hecho, cada página de las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

 

El Evangelio encarnado

La propia vida de Jesús representa el Evangelio encarnado. Todo lo que Él dijo, hizo y enseñó apuntó al poder de Dios para salvar a los pecadores. La Lección presenta dos parábolas de Jesús para sintetizar el Evangelio: la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32) y la del publicano (Lucas 18:10-14). Los dos relatos se encuentran sólo en Lucas y tienen en común el hecho de que uno de sus personajes demuestra una enorme falta de comprensión de la esencia del evangelio. En el caso de la primera de las parábolas, el hermano del pródigo comete tres errores esenciales (Lucas 15:29, 30): en primer lugar, hace alegatos de sus propios méritos; en segundo lugar, acusa al padre de no estar agradecido por esa obediencia; y por último, humilla al padre al insinuar que no sería suficientemente sabio. Su relación con el padre se basaba, por ello, en un sistema de méritos-recompensa, en vez de amor-gracia.

En el caso de la parábola del fariseo y el publicano, el propio Jesús señaló el contexto legalista del comportamiento del fariseo (Lucas 18:9). El contenido de la oración del fariseo nos deja atónitos. Aunque se trataba de una oración de acción de gracias, la gratitud no es genuina, pues el fariseo implícitamente se consideraba un agente autónomo de virtud moral. Él no dependía de Dios para nada; por lo tanto, no tenía razones para estar agradecido. Además, utilizó la oración para engañarse a sí mismo, pues estableció contrastes con gente de la peor calaña: “ladrones, injustos, adúlteros”. De hecho, el fariseo sólo generó espacio en su oración para hablar de dos cosas: sus prejuicios y sus supuestas buenas obras.

Tanto el hermano del pródigo como el fariseo consideraban que la salvación era por las obras, independientemente de la gracia. Ambos dependían, por otra parte, enteramente de la gracia de Dios. Ellos encarnaban la naturaleza inmerecida de la salvación, que es lo que constituye la esencia del evangelio. En contraste con ellos, los otros dos personajes constituyen la antítesis del evangelio, al adoptar un sistema meritorio que valora la forma en detrimento de la esencia y que desprecia a los que no se vinculan a él.

El Evangelio en Pablo

El apóstol Pablo merece la reputación de campeón de la doctrina de la justificación por la fe. Nadie ha expresado esa verdad con tanta claridad y pasión, dejando evidente para toda la raza humana que Dios nos ama y que desea tener una relación estrecha con cada uno de nosotros, perdonándonos nuestros deslices y desvíos, incluso nuestros vanos intentos de alcanzar la perfección por nuestros méritos.

Pablo entendía la justificación como un “estado en el cual una persona culpable queda exenta del castigo que merece a causa de las circunstancias existentes”. La salvación es, en tal sentido, una revelación de la naturaleza divina actuando en favor del hombre, y que no requiere ninguna colaboración de índole humana, a no ser la aceptación de lo que Dios puede obrar por el hombre.

La supuesta contradicción entre Pablo y Santiago en lo que atañe a este proceso que produce salvación es, por ello, solo aparente. Pablo tenía en mente la actitud de Abrahán hacia Dios, su aceptación, sin vacilar, de lo que Dios había hablado. La epístola de Romanos, por ejemplo, se ocupa del efecto de esa actitud, y no del carácter de los actos de Abrahán. La epístola trata del contraste entre la fe y la falta de fe.

La carta de Santiago, por otra parte, se ocupa del contraste entre la verdadera y la falsa fe, una estéril y muerta, que en realidad no es fe.

Por más semejantes que parezcan estos temas, no son idénticos. A pesar de ello, no son contradictorios. En Pablo, vemos el contraste entre la presencia y la falta de fe. En Santiago, el contraste se da entre la realidad y el fingimiento de la fe.

El “nuevo” pacto

La palabra traducida como “pacto” (diathēkē) en el Nuevo Testamento, tiene varios significados. Puede referirse, en primer lugar, a una “dispensación”, o “disposición solemne” instituida por Dios (Hebreos 8:9; 9:16-18). En segundo lugar, puede significar una promesa divina condicionada a la obediencia humana (tal como en Lucas 1:72: 22:20; Hechos 7:8: Romanos 9:4; 11:27; Gálatas 3:17; 4:24; Efesios 2:12; Hebreos 9:4; 10:16; Apocalipsis 11:19). Puede, en tercer lugar, tener el sentido de “testamento” (tal como en Mateo 26:28; Marcos 14:24; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25; 2 Corintios 3:6; Hebreos 10:29; 12:24; 13:20). Finalmente, puede tener el sentido de “pacto”, “alianza”, tal como aparece en la lección (Hebreos 7:19: 8:1, 2, 6; 9:15; 10:1-4). No obstante, en ninguno de estos casos indica que Dios hubiera llegado a un acuerdo con la raza humana, en un contrato que Dios firmara para reducir sus exigencias a un término medio. En  todas sus apariciones, la palabra enfatiza la soberanía de Dios y su disposición a proveer salvación a todos aquellos que acepten sus condiciones.

Estas condiciones establecen una indivisible adhesión a los principios contenidos en la Palabra de Dios, de los cuales el amor a Dios y al semejante constituyen la regla fundamental. Este pacto siempre existió en la mente de Dios, consciente como estaba de que, al crear al hombre con libre albedrío, podría desviarse de tales principios. Si el “pacto” es llamado “antiguo” o “nuevo”, esto se debe exclusivamente al hecho histórico de que la nación de Israel lo rechazó al crucificar a Jesús, viéndose Dios en la necesidad de extender su validez de modo tal que pudiera incluir a la iglesia y a toda persona que lo acepte.

La culminación del Evangelio

El punto culminante del Evangelio son las buenas nuevas concretadas, o sea, mientras que en el Nuevo Testamento hay varias referencias a la predicación del evangelio, el Apocalipsis específicamente apunta al momento en el que la buena nueva del evangelio será la realidad de los salvados. En el momento del regreso de Jesús culminará la espera de todas las generaciones de cristianos que habitaron en esta tierra. Así, el “evangelio produce en el cristiano la dulce esperanza de lo que vendrá, lo que lo anima a luchar y a renunciar a las aparentes ventajas de este mundo. Esta esperanza es, en primer lugar, el propio Jesús, ‘Jesucristo, esperanza nuestra’ (1 Timoteo 1:1)”.

Consideraciones finales

A pesar de su contexto efectivamente mundano, la declaración del marqués de Fontanes a Napoleón Bonaparte en un discurso ante el Senado, es muy cierta: “El perfeccionismo es la peor enfermedad que aflige a la mente humana”. Es comprensible que el hombre no desee permanecer en el dilema moral en que lo transformó la caída. La situación del ser humano parece irremediable. Al respecto, se le atribuye al filósofo alemán Ludwig Feuerbach la desmoralizadora declaración: “Todos los hombres son ateos, pues con sus actos todos contradicen su fe”.

Aun así, no hay esperanza de que, a través de sus propios esfuerzos, el hombre pueda mejorar su condición. Alcanzar la perfección en este mundo completamente infectado por el pecado es una misión imposible. Pero hay una esperanza que emana de una Fuente segura. Gottlieb, otro filósofo alemán, pronunció las sabias palabras: “No puedo pensar que el actual estado de la humanidad sea aquél en la que esté destinada a permanecer. Sólo cuando considero ese estado como un intermedio para una situación mejor, un punto de transición hacia un estado más elevado y perfecto, es que la vida tiene sentido para mí”.

La perfección en Cristo nos aguarda. Forma parte del evangelio eterno, de las buenas nuevas que van a permanecer durante toda la eternidad. Según el apóstol Pablo, eso será “cuando esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: ‘Sorbida es la muerte con victoria’” (1 Corintios 15:54). Mientras estemos en esta tierra, seremos seres imperfectos, siempre dependientes de un Dios perfecto.


Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

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