La evidencia de que estamos vivos

Aquel momento en compañía de los niños seguramente fue una especie de oasis para él. Sin embargo, tras haber declarado que el reino de los cielos es de los niños, Jesús supo que era momento de emprender nue­vamente su camino. Sin embargo, apenas había avanzado un poco, un joven lo alcanzó corriendo. Acto que habría sido impropio de una persona adulta, pero no para aquel joven, a quien parecía urgirle un encuentro con Cristo. Una vez que lo alcanza, pregunta a Jesús de manera respetuosa: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».
Desconozco su nombre, pero sé que el joven que hizo esta pregunta era alguien que gozaba de una buena posición social y poseía muchas riquezas. Habiendo seguido de cerca las acciones de Cristo, en cierto momento había llegado a pasar por su mente la idea de ser discípulo suyo. Por eso, al saber que ese día pasaría cerca, decidió que por ningún motivo perdería la oportunidad de encontrarse con él.
Jesús supo de inmediato que una pregunta tan directa y sincera merecía una respuesta similar; así que procedió a hablarle de la obediencia a los man­damientos de Dios, especialmente aquellos que muestran el deber del hom­bre para con sus semejantes: «No adulteres», «no mates», etcétera.
«¿Eso es todo?», replicó aquel joven con un aire de autosuficiencia. «La verdad es que todo eso lo he practicado desde que tengo uso de razón». Pero, aunque no lo expresa verbalmente, en su mente la respuesta de Jesús no lo ha dejado satisfecho: «¿Habrá algo que aún me esté haciendo falta? Esperaba que tú, que eres un gran maestro, me lo dijeras».
Pese a saber lo que estaba pensando, Cristo lo miró con amor y le dijo que, en realidad, sí había una cosa que aún le faltaba: «Ve, vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres».
A primera vista, esta petición suena muy exigente. No obstante, si lo me­ditas, también fue muy lógica. Cristo quería decirle: «Si lo que tienes (tus posesiones) y lo que dices hacer (tus creencias) no te hacen feliz, déjalas y cámbialas por algo mejor». Paradójicamente, a fin de llenar su vacío, lo que aquel joven necesitaba en realidad era "vaciarse".
Puesto que la influencia de este príncipe habría contribuido notablemen­te a representarlo ante los hombres, Cristo no solo anhelaba hacerle compren­der que la verdadera devoción a Dios ha de manifestarse en actos de bondad concretos, sino que, al actuar así, un día su carácter llegaría a ser semejante al suyo. Sí, le faltaba una sola cosa, pero era un principio vital. Necesitaba el amor de Dios en el alma y, de no suplir esta carencia, su egoísmo se fortalece­ría y podría llevarlo a perderse. Las palabras de Cristo, por lo tanto, también fueron una especie de prueba. Una prueba que le planteaba si había de elegir el tesoro celestial o la grandeza mundana.
El príncipe comprendió lo que implicaban las palabras de Cristo y, por eso mismo, se entristeció. Quería alcanzar la vida eterna, el tesoro celestial, pero también quería las ventajas temporales que le proporcionaban sus rique­zas. ¡Le costaba tanto aceptar que los bienes que poseía le habían sido confia­dos para mostrarse como un fiel mayordomo y para administrarlos en benefi­cio de los necesitados!
En efecto, que Dios nos conceda abundancia de recursos materiales, así como talentos y oportunidades, tiene el propósito de que seamos sus instru­mentos para ayudar a los pobres y dolientes. Por eso, quien emplea los bienes que le han sido confiados como Dios espera también viene a ser un colabora­dor en la ganancia de almas porque con sus actos representa el carácter del mismo Salvador.
Esa fue la razón por la que Jesús se refirió en primera instancia a la obser­vancia de la ley divina. Este joven tenía que entender que aún no amaba a su prójimo como a sí mismo y que no se es creyente en la medida en que se es fiel a un credo, sino en la medida en que se ama a Dios y al prójimo. De haberlo entendido, la orden de Jesús de vender lo que tenía y dárselo a los pobres no lo habría desanimado, ni mucho menos habría sido un impedimento para seguirlo.
Bastaría con que hubiera decidido aprovechar la oportunidad que sus ri­quezas le daban de suplir las necesidades de los pobres, además de ser mucho más feliz, también habría demostrado realmente que su fe en Cristo era una "fe viva".
Santiago 2: una mirada global
Una forma de sintetizar el contenido del capítulo 2 de Santiago sería verlo simplemente como el desarrollo de Santiago 1:27: «La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo».
Pero, aunque al inicio del capítulo 2 Santiago resalta nuevamente su in­terés por los pobres (versículos 1-9), en esta ocasión no lo hace denunciando al rico, sino reprobando las acciones de los miembros de iglesia que, careciendo de este mismo interés, manifestaban más bien su favoritismo por los ricos. Dado que estos dejaron que sus prejuicios los llevaran a estar del lado de quie­nes oprimen a sus hermanos, Santiago protesta enérgicamente contra dicho comportamiento. No cabe duda de que esa conducta distaba mucho de la «religión pura y sin mancha», la religión que es sensible a las necesidades de los huérfanos y a las viudas, y no de los que producen sus tribulaciones.
Tal razonamiento es, por tanto, magistralmente ampliado en la segunda parte del capítulo 2, mediante una singular exposición de la relación que hay en la vida cristiana entre la fe y las obras (versículos 14-26). Y esta es, precisamente, la sección que nos dedicaremos a estudiar a continuación.
¿Santiago contra Pablo?
Dado que tal vez esta sea la sección más conocida del libro, sobre todo porque muchos han visto en ella un aparente debate entre Santiago y Pablo sobre el papel de las "obras", obviar esa cuestión en nuestro estudio no sería sensato. Considerando el propósito con que se escribió y el año en que se redactó, personalmente, creo que la carta de Santiago jamás tuvo la intención de oponerse a la postura teológica del apóstol Pablo. Dado que su "campo de batalla" es diferente y el conflicto que enfrenta es otro, cuando Santiago habla de las obras, como veremos más adelante, definitivamente está pensando en algo diferente a lo expuesto por Pablo.
Por lo tanto, a fin de tratar con justicia a Santiago, es evidente que no hemos de ver su comprensión de la fe y las obras como una repetición de los argumentos de Pablo. Pero tampoco como una crítica o refutación de los mis­mos, sino como un testimonio distinto sobre cómo ha de ser el cristianismo de manera práctica.
De ahí que, aunque tuviéramos que aceptar la existencia de una aparente contradicción entre ambas posturas, sería posible encontrar que Santiago tie­ne en mente otra intención. Veamos pues, con mayor detenimiento, qué dice realmente nuestro autor al respecto en esta sección.
¿Tiene fe o practica la fe?
Para llamar la atención de sus lectores y desafiarlos a vivir una religión que evidencie que su fe realmente está viva, Santiago comienza a debatir con un oponente imaginario: «Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras''» (Santiago 2:18). De esta forma, mediante este recurso literario llamado diatriba, nuestro autor pretende que la acalorada discusión entre él y su contrincante, además de percibir el contraste entre ambas posturas, permita que su auditorio res­ponda dos preguntas fundamentales: «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarlo?» (versículo 14).
Siendo que en el capítulo 2 dedicamos tiempo para hablar sobre la fe, repasemos un poco lo que aprendimos ahí, a fin de construir sobre esa base nuestra comprensión de esta importante sección sobre la fe. Entre las cosas que aprendimos al respecto de la fe en aquel momento destaca el hecho de esta no consiste en la mera profesión de un conjunto de creencias, ni es el hábito de ejercer un "pensamiento positivo". Dada su singular y dinámica naturaleza, para Santiago la fe ha de ejercitarse y también evaluarse. Y es pre­cisamente debido a las circunstancias adversas que enfrentaban sus lectores que Santiago les ha dicho que la fe tiene que ser productiva (Santiago 1:3, 6; 5:15) y que ha de manifestarse en las acciones concretas de un estilo de vida fiel a la voluntad de Dios (compare con Mateo 7:15-21).
Lo que Santiago añade ahora a nuestra comprensión de la fe es que, cier­tamente, tiene que partir de la aceptación de la existencia de Dios (2:19), pero no puede quedarse ahí, ya que hacerlo nos asemejaría a los demonios. Para Santiago, por lo tanto, la fe se define como una respuesta a la existencia de Dios, sí, pero sus efectos han de llevar al cristiano a manifestar en su vida actos concretos de servicio y amabilidad al prójimo: «Y si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y saciaos", pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?» (Santiago 2:15, 16; compare con 1 Juan 4:20).
Si es un acto que proviene del corazón y no tiene el objeto de ganar mé­ritos ante Dios, el interés por colaborar en satisfacer las necesidades materia­les de otros ha de traducirse en un estilo de vida caracterizado también por la justicia y la misericordia (Santiago 2:1-13). Resulta obvio una vez que compren­damos que la fe, además de con que el cristiano acepte la salvación, tiene que ver con entender que toda la vida ha de consistir en el ejercicio de la fe. Por ello, siendo que «la fe es un movimiento hacia Dios impulsado por él mis­mo», y puesto que, gracias a la obra del Espíritu Santo, se traduce en fideli­dad y amor en nuestra relación con Dios y nuestros semejantes, pensar que las obras no tienen nada que ver con ella resultaría ilógico.
Tan ilógico, ciertamente, como tener ante nosotros a un hermano agobia­do por graves problemas económicos e incluso pasando frío, y limitarnos a de­cirle: «Bueno, espero que las cosas mejoren pronto para ti. Ah, ¡y no olvides arroparte! Sería una pena que también enfermaras» (mi paráfrasis de Santia­go 2:15, 16).
Este es un cuadro diametralmente opuesto a la práctica de la fe expuesta por Santiago. Una fe que, semejante a lo que sucede cuando los rayos del sol pasan a través de un vidrio de aumento, no solo debería ser capaz de producir calor en el lugar hacia donde se apunte con él, sino incluso fuego. ¡Cuánto bien haríamos si nuestra fe irradiara de manera parecida el "calor" que Dios desea brindar a los necesitados!
Así es la vida
Siempre me ha llamado la atención la sección titulada «Así es la vida» de una conocida revista que ilustra de manera singular y muy jocosa muchas de las situaciones que a veces se nos presentan. Debido a que son verídicas y suma­mente gráficas, más de una vez, reflexionar sobre las singulares situaciones narradas en dicha sección me ha hecho asentir mentalmente: «En efecto, "así es la vida"». Pues bien, ya que una imagen habla más que mil palabras, San­tiago también echa mano del recurso de ilustrar de manera gráfica cómo ten­dría que ser la vida cristiana.
Por lo tanto, teniendo en cuenta lo que Santiago nos ha dicho hasta este punto de su carta, resulta evidente que la imagen que él tiene de la religión, sin lugar a dudas, tiene que ver con la práctica de las buenas obras, ya que estas son la mejor prueba de la existencia de una fe viva y genuina: «Así tam­bién la fe, si no tiene obras, está completamente muerta» (Santiago 2:17).
Que la intención de Santiago es aclarar que, tal como no podemos vivir sin que en nuestro cuerpo haya aliento de vida, tampoco lo puede hacer una fe sin obras, es evidente por la enérgica forma en que se dirige a su interlocutor imaginario: «No seas tonto, y reconoce que si la fe que uno tiene no va acom­pañada de hechos, es una fe inútil» (Santiago 2:20, DHH; vea también 2:26).
«¿No te das cuenta», pregunta Santiago a su contrincante, «que la fe actúa en conjunción con las obras y que la fe se perfecciona por ellas?» (ver Santiago 2:22). Y aunque en varias traducciones de la Biblia el verbo 'actuar' aparece en pasado, Santiago se refiere a la participación de las obras como una acción presente y continua, que corre en paralelo con el ejercicio de la fe.
En palabras de William Booth, fundador del Ejército de la Salvación, «la fe y las obras Tendrían que andar lado a lado, como un paso sigue a otro, como las piernas de un hombre al andar. Primero la fe y después las obras, luego la fe y de nuevo las obras... hasta que es casi imposible distinguir la una de las otras».
Por eso, al ser la expresión externa de nuestra fe, la mayor evidencia de que espiritualmente estamos vivos, las obras a las que se refiere Santiago son aquellas que cumplen específicamente la «ley perfecta, la de la libertad» (Santiago 1:25), es decir, la «ley real», la cual incluye, por supuesto, amar al prójimo (Santiago 2:8). En consecuencia, a fin de entender con mayor claridad este texto, bien podríamos añadir la expresión 'de amor' a la palabra 'obras', resultando entonces lo siguiente: «La fe sin obras de amor está muerta». Estas son las obras a las que se refiere Santiago de forma particular, las obras motivadas por el amor, y no por el apego a algún ceremonial o a «las obras de la ley» en general; obras que, una vez más, caracterizaron la vida de nuestro Salvador:
«Cristo no era exclusivista, y había ofendido especialmente a los fariseos al apartarse, en este respecto, de sus rígidas reglas. Halló al dominio de la religión rodeado por altas murallas de separación, como si fuera demasiado sagrado para la vida diaria, y derribó esos muros de separación. En su trato con los hombres, no preguntaba: "¿Cuál es vuestro credo? ¿A qué iglesia pertenecéis?" Ejercía su facultad de ayudar en favor de todos los que nece­sitaban ayuda. [...] Enseñaba que la religión pura y sin mácula no está destinada solamente a horas fijas y ocasiones especiales. En todo momento y lugar, manifestaba amante interés por los hombres, y difundía en derredor suyo la luz de una piedad alegre».
En suma, la fe de la que nos ha venido hablando Santiago no tiene espa­cio para la acepción de personas (Santiago 2:1), pero tendría que disponer de abundante espacio para las obras desinteresadas en favor de nuestro prójimo, especialmente aquellos más necesitados: «¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras?» (Santiago 2:22, la cursiva es nuestra). En efecto, solo cuando la fe va acompañada de un interés por el bien­estar de todos Santiago puede decir que aquella ha alcanzado su plenitud, que al fin está completa. Esa es, definitivamente la plenitud que tendría que verse en la vida de quienes profesamos conocer a Cristo (Mateo 5:14-16). No sea que propiciemos que los que están a nuestro alrededor piensen como aquel niño cuya madre, una mujer muy piadosa y extremadamente cuidadosa con la hi­giene, lo advertía contra los gérmenes. «¡Gérmenes y Jesús! ¡Gérmenes y Je­sús!», rezongó un día el niño. «¡Eso es lo único que oigo en esta casa! ¡Pero la verdad es que nunca he visto a ninguno de ellos!»
Efectivamente, en lo que a la práctica del cristianismo se refiere, así es la vida en ocasiones. Pero, que en su caso y el mío, el Señor nos ayude a que esto sea diferente.
¿Ha sido justificado o vive justificado?
En consecuencia, al compararlo con otras partes del Nuevo Testamento, el sentido del adjetivo 'justificado' también es diferente para nuestro autor: «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras y no solamen­te por la fe» (Santiago 2:24). Desde esta perspectiva, ser «justificado» es la confir­mación de la existencia de actos de amor y compasión en la vida del cristiano. Por ello, el uso de esta palabra en Santiago no tiene que ver con el contexto forense o judicial que le da Pablo, sino con el reconocimiento divino de que alguien es obediente, servicial y bondadoso. De ahí el uso de los ejemplos de Rahab y Abraham: «¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamen­te con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras?». «Asimismo, Rahab, la ramera, ¿no fue acaso justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?» (Santiago 2:21, 22. 25).
Que nuestro autor use como ejemplo la obediencia de Abraham, aquel cuya fe fue validada espectacularmente por sus obras, parece algo de lo más normal. Pero ¿qué diremos en el caso de Rahab? ¿Puede ser su vida, en este caso, un buen ejemplo respecto de la ética cristiana? Dado que el relato de lo que hizo Rahab en favor de los exploradores israelitas destaca su hospitali­dad, su mención aquí es muy útil para ilustrar una conducta totalmente con­traria al favoritismo denunciado al inicio de este mismo capítulo. En conse­cuencia, es un buen ejemplo de que sin obras la fe sería una contradicción.
Sí, dado que en la Biblia escuchar implica obedecer, hacerlo de todo co­razón y por amor a nuestro Salvador (Juan 14:15), guardar el mandamiento de amar al prójimo también es sumamente importante para Dios. Siendo un medio para demostrar que su amor no solo es real, sino que también tiene el poder de transformar vidas, Dios espera, pues, que los actos de quienes afir­man ser sus hijos vindiquen su carácter; algo en lo que nuevamente Jesús nos lleva la delantera:
«Jesús obraba para aliviar todo caso de sufrimiento que viese. Tenía poco dinero que dar, pero con frecuencia se privaba de alimento a fin de aliviar a aquellos que parecían más necesitados que él. Sus hermanos sentían que la influencia de él contrarrestaba fuertemente la suya. Poseía un tacto que ninguno de ellos tenía ni deseaba tener. Cuando ellos hablaban duramente a los pobres seres degradados, Jesús buscaba a estas mismas personas y les dirigía palabras de aliento. Daba un vaso de agua fría a los menesterosos y ponía quedamente su propia comida en sus manos. Y mientras aliviaba sus sufrimientos, asociaba con sus actos de misericordia las verdades que ense­ñaba, y así quedaban grabadas en la memoria».
Un cuadro que ilustra bien que Cristo esperaba este fuera también el comportamiento de sus seguidores es el que se presenta en la parábola de "Lázaro y el hombre rico" (Lucas 16:19-31). Según este relato, había un hombre adinerado que todos los días ofrecía espléndidos banquetes, sin importarle que Lázaro, un pobre que se sentaba a su puerta, ansiara saciar su hambre aunque fuera comiendo las migajas que caían de su mesa.
Un día el pobre murió y los ángeles lo llevaron a sentarse al lado de Abra­ham, cosa que no sucedió con aquel rico insensible quien, al morir, fue lleva­do al «Hades». Y fue ahí, mientras el rico era atormentado en ese lugar, que decidió pedir a Abraham que permitiera a Lázaro mitigar su sufrimiento, pe­tición a la que Abraham contestó diciendo: «Hijo, acuérdate que en vida tú recibiste tu parte de bienes, y Lázaro su parte de males. Ahora él recibe con­suelo aquí, y tú sufres». «Bueno, entonces envía a Lázaro para que advierta a mis familiares y no corran así la misma suerte que yo», replicó entonces el rico. Pero Abraham le respondió: «Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso! Si no quieren hacerles caso a ellos, tampoco creerán aunque algún muerto resucite».
¿Fue creyente ese hombre? Sí. ¿Vivió una vida justa? Su estancia en el Hades demuestra que no. Puesto que su fe era superficial y no tuvo efecto sobre la totalidad de su vida, lo que le pasó nos enseña que si nuestra fe no va acompañada de acciones, tarde o temprano eso también tendrá repercusiones en nuestro futuro.
Por lo tanto, así como las obras son la evidencia de una fe viva y comple­ta, al tiempo que en el juicio las obras demostrarán la autenticidad de nuestra fe, además de mostrar al universo el carácter justo de Dios, la vida de quienes profesamos y practicamos esta fe también ha de ser la prueba de la eficacia de su poder transformador. Ojalá que ni a usted ni a mí nos pase como a aque­llos habitantes de una isla alejada de la civilización quienes, tras recibir como regalo un hermoso reloj de sol, decidieron edificar una choza especial, a fin de guardarlo y protegerlo dentro de ella, decisión que, pese a sus buenas inten­ciones, obviamente, hizo que ese valioso reloj no representara beneficio algu­no para ellos, ni para nadie más.
¿Es nuestra fe algo que en realidad puede verse en nuestra conducta coti­diana? ¿Reflejan nuestras acciones en favor de los demás la clase de fe que po­seemos? Que por la gracia de Dios nuestra fe se caracterice siempre por obras de amor y bondad para con todos. ¡Practicar una fe así será la mejor evidencia de que estamos vivos!


Referencias
Es en este marco que se acostumbra citar especialmente la actitud negativa que Martín Lutero tuvo hacia esta epístola.

Tal es la conclusión de Joachim Jeremías, citada por Richard N. Longenecker en su artículo «The 'Faith of Abraham" Theme in Paul, James and Hebrews: A Study in the Circumstantial Nature of New Testament Teaching» ("El tema de la 'Fe de Abraham' en Pablo, Santiago y Hebreos: Estudio sobre la natura­leza circunstancial de las enseñanzas del Nuevo Testamento") en Journal of the Evangélical Theological Society 20/3 (1977), pág. 206.

Luke Timothy Johnson, Brother of Jesus, Friend of God: Studies in the Letter of James (Grand Rapids: Eerdmans, 2004), pág. 203.

Algunos ven en la expresión «justificado por la fe» (ek písteos) de Santiago 2: 24 una ineludible alusión a los escritos de Pablo, ya que él es el único otro autor del Nuevo Testamento que la utiliza.

En palabras de Pedrito U. Maynard-Reid, la intención de Santiago es de naturaleza ética, mientras que la de Pablo es teológica (Guía práctica para una vida cristiana abundante en el libro de Santiago, pág. 121).

Solo en estos trece versículos (Santiago 2:14-26), la palabra fe aparece once veces.

La frase «Tú crees que Dios es uno» (Santiago 2:19) es una clara alusión al monoteísmo, cuya expresión más conocida se halla en Deuteronomio 6:4 (el shemd): «Oye, Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es» (Walter C. Kaiser, Duane Garrett, eds., NIV Archaeological Study Bible (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2005), pág. 2003. Véase también el comentario a Santiago 2:19 en la obra de Donald W. Burdick.

El verbo «temblar» se usa en antiguos textos mágicos para referirse a los efectos del exorcismo. Véase la discusión sobre esto en la obra de Sophie Laws, «The Epistle of James» en Black's New Testament Commentary (Hendrickson, 1993), págs. 126-128.

Ser pobre era común en aquellos días, lo triste e inaceptable es que esta condición imperara (o al menos no fuera mitigada) en la iglesia de aquellos días, debido a las acciones de sus propios miembros.

Cassese, pág. 21.

Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 9, pág. 69.

Aunque es correcto traducir que la fe de Abraham «fue perfeccionada», el verbo en voz pasiva usado aquí (teleióo) resulta más claro al traducirlo en su forma más básica como: «fue completada». Condición que la fe de Abraham alcanzó debido a que actuaba «juntamente con sus obras» (Santiago 2:22).

Aunque más de uno considera que la mentira de Rahab ejemplifica y sustenta la así llamada ética situacional (que "el fin justifica los medios"), tal comportamiento no es avalado en ninguna parte de las Es­crituras.

Aunque obviamente no reconocen como su mayor virtud ser un ancestro de Cristo, las tradiciones rabí- nicas afirman que Rahab se casó con Josué. Y de esa relación, según dichas tradiciones, provinieron destacados personajes como los profetas Jeremías y Ezequiel.

Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 9, pág. 69.

Existen ciertas parábolas rabínicas, más o menos contemporáneas de Jesús, que cuentan historias muy semejantes a ésta. Según los expertos, el trasfondo de la parábola en cuestión es, específicamente, el de «La historia de Sacme Camúas en el más allá». Quienes han comparado los detalles entre este relato y el narrado por Cristo dan fe de la gran similitud que existe entre ellos. Esto evidencia que Jesucristo cono­cía bien la historia en cuestión y que la usó como lo que era: como un elemento del folklore judío, sin duda muy popular en sus días. Su propósito al hacerlo, sin embargo, no es avalar ninguna superstición, sino descalificar la enseñanza de que es posible enmendar nuestras acciones en el "más allá", puesto que el único tiempo para hacerlo es ahora, cuando hay vida. Para saber más al respecto, vea Alejo Aguilar, pág. 159.