El Día de Expiación escatológico

Introducción

El estudio de esta semana, acerca del capítulo 8 de Daniel, es de crucial importancia para la teología adventista. Determina no sólo nuestro derecho de existir como un movimiento profético divinamente establecido, sino que también nos otorga una identidad propia. Al mismo tiempo, justifica nuestra predicación de un juicio que se realiza en la órbita celestial, paralelo al juicio de Daniel 7, en el que Dios pronuncia la sentencia final sobre los poderes perseguidores de este mundo, y vindica a sus santos, concediéndoles la eterna salvación por medio de Jesús.

El ataque del cuerno pequeño

El cuerno pequeño, que aparece en el capítulo 8, luego de la caída de los reinos universales, se asemeja en apariencia, actividades y destino, al cuerno pequeño del capítulo 7. En ambos capítulos –7 y 8– aparecen al mismo tiempo, inmediatamente después de los imperios universales (Daniel 7:2-7, 15-20; cf. 8:2-8, 20-22). Tanto en el capítulo 7, como en el siguiente, se levanta en oposición a Dios, a los santos y a la Ley. Teniendo en cuenta el principio hermenéutico de “repetición-ampliación”, para interpretar Daniel, el capítulo 8 repite y amplía algunos detalles de visiones previas. Así, el cuerno pequeño es descripto aquí como un poder religioso que se entromete en la esfera celestial, en el culto al verdadero Dios, estableciendo un sistema de salvación contrario al del “Príncipe del ejército” (Daniel 8:11), o sea, Cristo, de quien es quitado el “continuo”, es decir, el ministerio sacerdotal en favor de su pueblo. El cuerno pretende ser un camino alternativo de salvación, y realmente ha conquistado esa posición en un acto de rebelión (traducción de la expresión “a causa de sus transgresiones” del versículo 12), echando abajo “el lugar de su Santuario” (versículo 11). La expresión “lugar” (hebreo mekôn) se repite unas 17 veces en el Antiguo Testamento, y en la mayoría de los casos, significa “fundamento”. De acuerdo con el salmista, “justicia y juicio son el fundamento de tu trono” (salmo 89:14). ¿De qué modo el cuerno pequeño echó por tierra el lugar del Santuario de Dios?

Naturalmente, esto es algo simbólico, una imposición en relación al verdadero Santuario celestial, aunque es un acto literal en su implementación en la tierra, donde el cuerno se involucraría y tendría influencia respecto al fundamento del Santuario de Dios. Y logró este poder usurpador al establecer su propio ejército para ministrar los medios de salvación: sacerdotes, misas (en las cuales –supuestamente– se repite el sacrificio del Calvario), confesión auricular y perdón de pecado, intercesión de los santos y María. De esta manera, en vez de que el cristiano se dirija directamente a Cristo en busca de perdón y salvación, se vuelca a mediadores terrenales que se arrogan el derecho de ministrar la gracia divina a los pecadores. Al sustituir el rol de Cristo en el Santuario celestial por el servicio de intermediarios aquí en la tierra, el cuerno pequeño “echó por tierra”, simbólicamente, el “lugar de su Santuario”, y de esa manera lo profanó.

La visión termina con una nota triste, casi un lamento: “Echó por tierra la verdad, y prosperó en todo lo que hizo” (versículo 12). El contexto sugiere que la expresión “verdad”, hace referencia a la verdad sobre el diario, la ministración sacerdotal de Jesús, y al Santuario. Entonces, la declaración “echó por tierra la verdad” es una síntesis de la obra del cuerno pequeño: contra el Príncipe, contra su ministerio, contra el lugar de su Santuario, etc. El cuerno pequeño creció en poder, impactando incluso en el mismo Cielo. Pero esa situación no será permanente. Dios daría su respuesta para restaurar las cosas a su estado original. A esa respuesta la analizaremos en el desarrollo de las siguientes secciones.

Para reflexionar:

¿Cómo me siento al comprender que, aunque Dios parezca demorarse, Él responde desde su trono a todas las injusticias que suceden en este mundo?

“¿Hasta cuándo?”

La condición que se describe en los versículos analizados lleva a los líderes celestiales a un diálogo que tiene su inicio con una pregunta: “¿Hasta cuándo?” (hebreo ad matay, Daniel 8:13). Este interrogante es de fundamental importancia en la determinación del tiempo para la concreción del juicio investigador previo al advenimiento, cuando la decisión final de Dios será pronunciada. Esta expresión apunta a aquello que debería suceder hacia el fin del período de tiempo anunciado, o sea, al final del período de las 2.300 tardes y mañanas. Esto es un indicativo de la importancia de determinar cuándo termina este período, pues algo muy relevante, desde la perspectiva de la revelación, debía ocurrir.

En efecto, el énfasis en el interrogante del versículo 13 acerca del punto final de las 2.300 tardes y mañanas está en lo que debía suceder desde ese tiempo en adelante. El énfasis no se da en la duración (“¿por cuánto tiempo?”), sino en la finalización (“¿Hasta cuándo?”) y lo que sigue a continuación. Esta percepción exegética encuentra apoyo contextual en la preposición temporal “hasta” (hebreo ad), en la respuesta inicial del versículo 14, que a su vez es seguida por “entonces” (hebreo, waw). En síntesis, el versículo 14 responde al interrogante formulado en el versículo 13, y podría ser traducido así: “Hasta que concluya el período de las 2.300 tardes y mañanas, y entonces, a partir de ese momento histórico-profético, el santuario será purificado”. Ese momento es identificado en la profecía como “tiempo del fina” (versículos 17, 19; cf. versículo 26). Entonces, la purificación del Santuario predicha en la profecía sería concretada a partir de la terminación del período de las 2.300 tardes y mañanas.

Restauración del Santo

La expresión “purificado”, que aparece en muchas versiones bíblicas, en diferentes lenguas, es criticada con frecuencia como una traducción incorrecta del original hebreo. Sin entrar en detalles al respecto, se entiende que estamos ante un caso en el que el original es tan rico en significados que la elección de una sola palabra podría no lograr captar toda la amplitud semántica incluida en ella. De allí las diferentes propuestas de los traductores, tales como “restaurado”, “justificado”, “vindicado”, y –claro– “purificado”. Vale la pena recordar que los traductores de la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento realizada en el siglo III a.C., utiliza el término “purificado”. De igual manera, la versión de Teodocio, pocos siglos después, también seleccionó el término “purificado”. Y así ocurrió también con Jerónimo, al realizar la traducción al latín en la Vulgata. Muchas versiones modernas también siguen en la misma dirección.

Esa purificación/restauración del Santuario está en paralelo con la escena judicial que se describe en Daniel 7 (al respecto, ver la Guía de Estudio de la Biblia, edición para el maestro, p. 122). Por lo tanto, Dios responde a todos los interrogantes planteados en Daniel 8 durante la “purificación/restauración” del Santuario. Ese Santuario, y su ministerio, cuyo “lugar” fue echado por tierra, será restaurado a su lugar legítimo, que fue tomado del Príncipe, y será restaurado/devuelto a su legítimo Ministro; su “condición” también será restaurada a su pureza origina; y desde la perspectiva legal, el Santuario será vindicado.

El Día de Expiación en Daniel 8

Como adventistas, entendemos que desde 1844 estamos viviendo en el Día de Expiación antitípico. Aunque el espacio no nos permita un análisis más detallado de los vínculos entre Daniel 8:14 y Levítico 16, destacamos algunos puntos para tener en cuenta:

  1. Los animales en la visión de Daniel 8, o sea, el carnero y el macho cabrío, solamente eran utilizados juntos en el servicio del santuario en el Día de la Expiación; así, desde el comienzo, la profecía apunta hacia el Día de la Expiación.
  2. Hay tres palabras distintas que se utilizan en referencia al Santuario en Daniel 8 y que son, obviamente, expresiones utilizadas en el contexto del culto hebreo:
    1. Mekôn (lugar), que se utiliza para designar a los santuarios terrenal (Isaías 4:5), y celestial (1 Reyes 8:39), de Dios.
    2. Miqdas (“santuario”, Daniel 8:11; Levítico 26; Salmo 68:33-35) y se refiere al Santuario como un todo; en su mayor parte en relación al santuario terrenal; en algunas otras ocasiones, al celestial. Identifica al santuario como objeto del ataque de los enemigos de Dios (en Daniel 8, es atacado por el cuerno pequeño).
    3. Qodes (“Santuario”), expresión hebrea para Santuario utilizada en Daniel 8:14. Esta misma palabra se utiliza en siete oportunidades en Levítico 16 (2, 3, 16, 20, 23, 27, 33), para designar al Lugar Santísimo del Santuario israelita que era purificado en el Día de la Expiación. En el mismo capítulo, el Lugar Santo es mencionado como “tabernáculo de la congregación”. Por lo tanto, el uso del vocablo qodesh, hace referencia al ministerio especial de juicio realizado en el Lugar Santísimo por el sumo sacerdote en el Día de la Expiación, el décimo día del séptimo mes del año religioso israelita. Considerando a Daniel 8:14 como refiriéndose al qodesh antitípico, esto es, el Santuario celestial (cf. Hebreos 8:1, 2; 9:1-14), podemos llegar a la conclusión que Daniel se estaba refiriendo a un juicio celestial conducido en el Lugar Santísimo del Santuario celestial. Del mismo modo en que en la tierra se llevaba a cabo una purificación, también la hay en el Cielo.

 

Los seres celestiales mencionados en Daniel 8:13 son llamados “santos” (hebreo qadosh). En el Antiguo Testamento, el término usual para “ángeles” es malak. En Daniel 8 se emplea qadosh para establecer un vínculo con la terminología del santuario. ¿Y dónde encontramos un “santo” frente a otro “santo” en el santuario? En el Lugar Santísimo.

En la expresión “sacrificio diario” (hattamid en hebreo), encontramos una referencia a las actividades sacerdotales llevadas a cabo en el santuario (es importante recordar que el sustantivo “sacrificio” no aparece en el original; el texto dice apenas que el diario, o continuo –esto es, el ministerio sacerdotal de Cristo– fue quitado por el cuerno pequeño, que estableció un sistema rival de salvación.

Hay otros vínculos, pero los presentados permiten llegar a la conclusión de que Daniel 8 es una profecía acerca del Santuario que se relaciona, naturalmente, con Levítico, donde se encuentran las leyes relacionadas al santuario.

Daniel 8 y 9

El capítulo 8 de Daniel hace referencia al período de las 2.300 tardes y mañanas. Sin embargo, no ofrece un marcador cronológico específico que nos permita fechar su inicio. Como el primer poder presentado en este capítulo, simbolizado por el carnero (versículo 3), es identificado con Medo-Persia (versículo 20), y cuyo domino se extendió desde el 539 al 331 a.C., llegamos a la conclusión de que el período de las 2.300 tardes y mañanas comenzó en algún momento entre esas dos fechas. Pero, si quisiéramos determinar con exactitud la fecha de su inicio, debemos ir hasta el capítulo 9 y analizar su referencia a las 70 semanas (Daniel 9:24-27). Pero, para hacerlo, es necesario unir los capítulos 8 y 9. En este punto, algunos cuestionan la validez de tal procedimiento, afirmando que tales conexiones son inexistentes. No obstante, afirmar que las profecías de las 70 semanas y de las 2.300 tardes y mañanas no están relacionadas es ignorar completamente algunos elementos que se encuentran en la propia profecía. A continuación, se presenta una síntesis de los argumentos que clarifican los vínculos entre ambas profecías.

  1. El empleo de la expresión “determinadas” (“setenta semanas están cortadas sobre tu pueblo”, NRV 2000). El término “determinadas” es la traducción del verbo hebreo hatak, que significa “cortar” o “dividir”. La pregunta que surge, naturalmente, es: ¿Cortadas de dónde? Ahora bien, si estamos hablando de un período de tiempo, la conclusión obvia es que fue “cortado” de un lapso de tiempo mayor. ¿Y en qué lugar de Daniel encontramos un período de tiempo mayor y –al mismo tiempo– que se mencione antes del capítulo 9? La respuesta es el período de las 2.300 tardes y mañanas del capítulo 8. La conclusión es que tenemos un argumento importante, que vincula el período de las 70 semanas del capítulo 9 con las 2.300 tardes y mañanas del capítulo 8. Así, una traducción que tenga en cuenta los argumentos enunciados, sería: “Setenta semanas están cortadas del período de las 2.300 tardes y mañanas).
  2. El verbo “entender” es otro vínculo lingüístico entre los capítulos. Este es un tema clave del capítulo 8 (ver los versículos 5, 15, 16, 23, 27), el cual reaparece en Daniel 9:22, al comienzo de una nueva profecía.
  3. Las conexiones temáticas giran alrededor de tres temas que ambos capítulos comparten, y que involucran tres elementos principales: el “Príncipe”, el “Santuario”, y las “ofrendas” (comparar Daniel 8:11, 25 con 9.25, 26; y 8:11 con 8:15 y 8:12 con 9:27).
  4. Otro vínculo entre los capítulos se relaciona con la aparición de Gabriel, el mismo ser que se le había aparecido anteriormente al profeta, y que se presenta, nuevamente, en referencia con la visión del capítulo 8.
  5. Finalmente, destacamos otro componente de conexión directa entre los dos capítulos. Esta conexión directa y demostrada por el empleo del término “visión”. En el capítulo 9, Gabriel se apareció para explicarle a Daniel la visión (hebreo mareh’); “Tan pronto como empezaste a orar, fue dada la respuesta, y yo he venido a enseñártela… Entiende pues… la visión [mareh] (Daniel 9:23). ¿Cuál es esta visión (mareh)? ¿Cuál es el antecedente lingüístico inmediato? ¿Dónde encontramos esta misma palabra utilizada para “visión”? La hallamos en Daniel 8:26: “La visión [mareh] de las tardes y mañanas que te fue dada, es verdadera”. Es fundamental notar la referencia a la expresión “tardes y mañanas”, la cual –de manera inobjetable– nos remite a Daniel 8:14: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas…” De esta manera se establece un vínculo terminológico definitivo entre los capítulos 8 y 9 de Daniel. Estas dos palabras no se utilizan como sinónimos, sino como términos técnicos para referirse a diferentes aspectos de esta profecía. Dios utilizó el vocablo mareh para llamar la atención de Gabriel y Daniel hacia un aspecto particular de la profecía.

 

Habiendo determinado los vínculos entre los dos capítulos y, por consiguiente, entre sus elementos temporales –2.300 tardes y mañanas y 70 semanas– podemos hacer los cálculos pertinentes, partiendo de marcos cronológicos precisos que nos revelan un calendario profético extraordinario dentro del devenir de la Historia.

Conclusión

¿Cuál es la extensión del período de tiempo al que se hace referencia como “setenta semanas”? ¿Son setenta semanas literales? En este caso, sería un lapso de aproximadamente un año y medio. ¿Serían simbólico? De este modo, si aplicamos el principio día por año, resultaría en un período de 490 años literales. Esta última alternativa es que verifica las especificaciones de la profecía. Otra cuestión es si este período debe ser considerado como un todo, o si debería ser fraccionado (7+62+1) e interpretar cada unidad como refiriéndose a eventos aislados y definir, tal como lo hacen algunos intérpretes, la última semana como un evento en el futuro que preceda al retorno de Jesús. Las dos primeras divisiones (7+62) deben ser interpretadas conjuntamente y su cumplimiento se verifica en el ungimiento del Príncipe, esto es, el bautismo de Jesús. La última semana señala el ministerio de Cristo en esta tierra, su muerte en la cruz, finalizando con la muerte de un profeta, en este caso, Esteban, la última voz profética enviada a Israel (Hechos 7).

¿Cuál es el punto de partida para las Setenta Semanas? La profecía afirma que “desde la salida de la orden para restaurar y reedificar Jerusalén”. En el libro de Esdras encontramos dos decretos relacionados con la reconstrucción del Templo: el primero de Ciro y el segundo de Darío el Grande, que llevaron a la conclusión de las obras en el 516/515 a.C. El tercer decreto fue dado a Esdras por Artajerjes I, en el séptimo año de su reinado, con instrucciones que abarcaban la reconstrucción de la ciudad, tanto en la parte administrativa como en la edilicia. Además de los argumentos frecuentemente utilizados para fechar este punto de partida en el 457 a.C., un estudio reciente (Juarez R. Oliveira, Chronological Studies Related to Daniel 8:14 and 9:24-27 [UNASPRESS, 2004]), utiliza cálculos astronómicos para fijar la fecha de la muerte de Jesús en el 31 d.C., que si la aplicamos al punto de partida, confirmando desde otra perspectiva la fecha inicial de 457 a.C., podemos corresponderla al período mayor de 2.300 tardes y mañanas, finalizándolo en el año 1844, cuando el Santuario sería purificado / restaurado / justificado / vindicado (Daniel 8:14).