La humildad de la sabiduría divina

Sábado 15 de noviembre

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” (Santiago 3:13).
¡Cuántos pecados evitará esta conducta consecuente! ¡A cuántas personas apartará de las sendas torcidas y las conducirá por caminos de justicia! Mediante una vida ordenada y la conducta piadosa, el pueblo de Dios demostrará el poder de las grandes verdades que el Señor le ha dado...
Se establece un contraste entre los que se consideran sabios y aquellos a quienes Dios ha dotado de sabiduría, porque éstos no usarán sus facultades para perjudicar y destruir. Un hombre puede expresarse bien; pero a menos que su vida revele buenas obras, su sabiduría es humana. La sabiduría genuina es todo bondad, misericordia y amor. El elemento mundano que los hombres llaman sabiduría es necedad para Dios. Muchos miembros de la iglesia naufragaron en el orden espiritual porque se sintieron satisfechos con esa clase de sabiduría. Perdieron la oportunidad de obtener y utilizar recto conocimiento, porque no se dieron cuenta de que la eficiencia de Cristo es esencial para convertirlos en sagrados comerciantes de éxito que pudieran negociar con prudencia la mercadería que les fue confiada. No se abastecieron de mercadería celestial, y el valor de sus existencias negociables fue descendiendo continuamente.
No basta poseer ciencia. Debemos tener la capacidad de usar recta­mente el conocimiento. Dios nos exige que nuestra conducta sea buena, exenta de rudeza y vanidad. No habléis palabras vanidosas ni autorita­rias o rudas, porque éstas engendrarán rencillas. En cambio, pronunciad palabras que impartirán luz, conocimiento, instrucción; palabras que restauren y edifiquen. Un hombre demuestra que posee verdadera sabi­duría cuando usa el don del lenguaje para crear música en el alma de los que están tratando de cumplir la obra que se les ha encomendado, y necesitan ánimo (Meditaciones matinales 1952, p. 114).

Domingo 16 de noviembre: Sabia mansedumbre

Que nadie se coloque por encima de los demás como si tuviera mayor sabiduría y habilidad; quien tenga verdaderamente esos talentos, no los hará prominentes. Dios usará como sus instrumentos a los que desconfíen de sí mismos y que muestren por su conversación que han estado en comunión con Dios y han sido enseñados por Cristo. Exaltan a Jesús con las palabras de sabiduría que brotan de sus almas y tocan los corazones de los demás. No pronuncian palabras pomposas para referir­se a sí mismos sino aquellas que muestran su sabiduría con mansedum­bre. Tienen una muy humilde opinión de sí mismos porque tienen una clara visión de Jesús, de su carácter santo, de su abnegación y sacrificio, de su santa misión (The Missionary Worker, 7 de mayo de 1902).

Contemplando hemos de llegar a ser transformados, y cuando meditemos en la perfección del Modelo divino, desearemos llegar a ser plenamente transformados y renovados a la imagen de su pureza. Por fe en el Hijo de Dios se lleva a cabo la transformación en el carácter, y el hijo de la ira llega a ser el hijo de Dios. Pasa de muerte a vida; llega a ser espiritual y discierne las cosas espirituales. La sabiduría de Dios le ilumina la mente, y contempla cosas maravillosas que provienen de la ley divina. Cuando un hombre es convertido por la verdad, prosigue la obra de transformación del carácter. Tiene una medida aumentada de entendimiento. Al convertirse en un hombre que obedece a Dios, tiene la mente de Cristo y la voluntad de Dios se convierte en su voluntad.
El que se coloque sin reservas bajo la dirección del Espíritu de Dios encontrará que su mente se expande y se desarrolla. Obtiene una educación en el servicio de Dios que no es unilateral ni deficiente. No desarrolla un carácter unilateral sino uno que es simétrico y completo. Debilidades que se han manifestado en una voluntad vacilante y un carácter sin energía son vencidas, pues la consagración continua y la piedad colocan al hombre en una relación tan íntima con Cristo, que tiene la mente de Cristo. Es uno con Cristo, al tener principios sanos y sólidos. Su percepción es clara y manifiesta esa sabiduría que procede de Dios. Dice Santiago: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre”. “La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:13, 17, 18). Esta es la sabiduría manifestada por aquel que toma el cáliz de la salvación e implora en el nombre del Señor. Esta salvación, que ofrece perdón al transgresor, le presenta la justicia que soportará el examen del Omnisapiente, da victoria sobre el poderoso enemigo de Dios y del hombre, le proporciona vida eterna y gozo al que la recibe, y bien puede ser un tema de regocijo para los humildes que oyen de ella y se regocijan (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 396, 397).

Lunes 17 de noviembre: Dos clases de sabiduría

La verdadera sabiduría es un tesoro tan duradero como la eternidad. Muchos de los que el mundo llama sabios solo son en su propia estima.
Contentos con la adquisición de la sabiduría mundana, nunca entran en el huerto de Dios para familiarizarse con los tesoros de conocimiento encerrados en su santa Palabra. Haciéndose sabios, son ignorantes de la sabiduría que todos debemos tener para ganar la vida eterna. Albergan desprecio por el Libro de Dios, que si fuera estudiado y obedecido los haría realmente sabios. Para ellos la Biblia es un misterio impenetrable; y les son oscuras las grandiosas y profundas verdades del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque no disciernen espiritualmente las verdades espirituales. Necesitan aprender que el temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y que sin esa sabiduría vale poco su conocimiento.
Los que se esfuerzan por lograr una educación científica, pero no han aprendido la lección que el temor de Dios es el principio de la sabiduría, proceden incapazmente y sin esperanza, dudando de la realidad de todo. Pueden adquirir una educación científica, pero a menos que obtengan un conocimiento de la Biblia y un conocimiento de Dios, no poseen la verdadera sabiduría. El iletrado, si conoce a Dios y a Jesucristo, tiene más sabiduría perdurable que el más instruido que desprecia la instrucción de Dios (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1174).

El Señor puede proveer a hombres y mujeres de todo lo que nece­sitan, pero sus dones son concedidos solamente a quienes harán buen uso de ellos. A algunos él les concede mayor discernimiento que a otros porque ve que lo usarán para su gloria. Cuando un obrero desea sabidu­ría celestial más que riquezas, poder o fama, Dios no lo desilusionará; el gran Maestro le enseñará no solamente qué hacer sino cómo hacerlo para recibir la aprobación divina.
Aquel a quien el Señor le ha concedido especial sabiduría, estará capacitado para entrenar a sus asociados a ser entendidos, confiables y fieles a los principios. Será un ejemplo de celo consagrado, sabio consejo y piadosa conducta que inspirará a sus compañeros. No los llevará a exaltarlo ni depender de él, sino los invitará a ir a la Fuente de la verdadera sabiduría para recibir la ayuda que necesitan. El que dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20), guiará y enseñará a todos aquellos que lo reconocen como su dirigente e instructor (Review and Herald, 26 de octubre de 1905).

Martes 18 de noviembre: Causa de guerras y conflictos

Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando ella principie, el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia y de revolución será desterrado de la iglesia. Aquellos que no hayan vivido en comunión con Cristo se acercarán unos a otros. Un miembro que trabaje en una buena dirección invitará a otros miembros a unirse a él para pedir la revelación del Espíritu Santo. No habrá confusión, porque todos estarán en armonía con el pensamiento del Espíritu. Las barreras que separan a los creyentes serán derribadas, y todos los siervos de Dios dirán las mismas cosas. El Señor trabajará con sus siervos. Todos pronunciarán de una manera inteligente la oración que Cristo les ha enseñado: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10) (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 255).

Los que han sido designados para cuidar los intereses espirituales de la iglesia deben esmerarse por ser un buen ejemplo sin dar ocasión a la envidia, los celos o las sospechas y manifestar siempre el mismo espíritu de amor, respeto y cortesía que desean estimular en sus herma­nos. Deben prestar diligente atención a las instrucciones de la Palabra de Dios. Refrénese toda manifestación de animosidad o falta de bon­dad; arránquese toda raíz de amargura. Cuando se levantan dificultades entre hermanos, debe seguirse estrictamente la regla del Salvador. Debe hacerse todo esfuerzo posible para efectuar una reconciliación, pero si las partes persisten obstinadamente en su divergencia, deben ser sus­pendidas hasta que puedan armonizar.
Si se presentan pruebas en la iglesia, examine cada miembro su propio corazón para ver si la causa de la dificultad no reside en él. Por el orgullo espiritual, el deseo de dominar, el anhelo ambicioso de honores o puestos, la falta de dominio propio, por satisfacer una pasión o el prejuicio, por la inestabilidad o falta de juicio, la iglesia puede ser perturbada, y su paz sacrificada...
Los cristianos considerarán que se cumple un deber religioso al reprimir el espíritu de envidia o rivalidad. Deben regocijarse en la repu­tación superior o prosperidad de sus hermanos, aun cuando su propio carácter o progreso parezcan quedar en la sombra. Fueron el orgullo y la ambición albergados en el corazón de Satanás los que le desterraron del cielo. Estos males están profundamente arraigados en nuestra naturale­za caída, y si no se suprimen predominarán sobre toda cualidad buena y noble, y producirán la envidia y la disensión como funestos frutos.
Debemos buscar la verdadera bondad más bien que la grandeza. Los que poseen el ánimo de Cristo tendrán humilde opinión de sí mismos. Trabajarán por la pureza y prosperidad de la iglesia, y estarán listos para sacrificar sus propios intereses y deseos antes que causar disensión entre sus hermanos.
Satanás está tratando constantemente de sembrar desconfianza, enajenamiento y malicia entre el pueblo de Dios. Con frecuencia estaremos tentados a sentir que nuestros derechos han sido invadidos, sin que haya verdadera causa para tener esos sentimientos. Los que se aman a sí mismos más que a Cristo y su causa, pondrán sus intereses en primer lugar, y recurrirán a casi cualquier expediente para guardarlos y mantenerlos. Cuando se consideren perjudicados por sus hermanos, algunos acudirán a los tribunales, en vez de seguir la regla del Salvador.
Aún muchos de los que parecen cristianos concienzudos son disua­didos por el orgullo y la estima propia de ir privadamente a aquellos a quienes creen errados, para hablar del asunto con el espíritu de Cristo y orar uno por otro. Las contenciones, disensiones y pleitos entre her­manos deshonran la causa de la verdad. Los que siguen tal conducta exponen a la iglesia al ridículo de sus enemigos, y hacen triunfar las potestades de las tinieblas. Están abriendo de nuevo las heridas de Cristo y exponiéndole al oprobio. Desconociendo la autoridad de la iglesia, manifiestan desprecio por Dios, quien dio su autoridad a la iglesia (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 82-84).

Miércoles 19 de noviembre: La amistad del mundo

Hemos sido invitados a ser el pueblo especial del Señor en un sen­tido mucho más elevado de lo que muchos comprenden. El mundo yace en maldad y el pueblo de Dios tiene que salir de él y mantenerse sepa­rado. Tiene que estar libre de las costumbres y los hábitos mundanos. No debe concordar con los sentimientos del mundo; por el contrario, los suyos deben ser distintos, como pueblo peculiar del Señor que es, manifestando fervor en todos sus servicios. No tiene que comulgar con las obras de las tinieblas (Cada día con Dios, p. 248).

“¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye ene­migo de Dios” (Santiago 4:4).
Las Escrituras proporcionan abundante evidencia de que es más seguro unirse al Señor y perder los favores y la amistad del mundo, que acudir al mundo en busca de favor y apoyo olvidando nuestra depen­dencia de Dios...
El Señor mismo ha establecido una muralla separatoria entre las cosas del mundo y las que ha elegido y sacado del mundo y santificado para él mismo. El mundo no reconocerá esta distinción... Pero Dios ha establecido esta separación y la hará durar. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el Señor ha ordenado definidamente a su pueblo que sea diferente del mundo en espíritu, en obras, en la práctica, para que sea una nación santa, un pueblo peculiar, a fin de manifestar las alabanzas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. El este no está más lejos del oeste de lo que están los hijos de luz en sus costumbres, prácticas y espíritu de los hijos de las tinieblas. Esta distin­ción será más señalada y decidida a medida que nos acerquemos al final del tiempo (A fin de conocerle, p. 310).

Muchos han tratado de ser neutrales en medio de la crisis, pero han fallado en su propósito. Nadie se puede mantener en terreno neutral. Los que traten de hacerlo cumplirán las palabras de Cristo: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). Los que comienzan su vida cristiana a medias, no importa qué intenciones tengan, se encontrarán finalmente de parte del enemigo.
Los hombres y las mujeres de doblado ánimo son los mejores alia­dos de Satanás. No importa cuán favorable sea la opinión que tengan de sí mismos, su influencia será debilitante. Todos los que son leales a Dios y a la verdad deben mantenerse firmemente de parte de lo recto porque es recto. Unirse en yugo con los que carecen de consagración y a la vez ser leales a la verdad, es sencillamente imposible. No nos pode­mos unir con los que se sirven a sí mismos, con los que ponen en prácti­ca planes mundanos, sin perder nuestra relación con el Consejero celes­tial. Podemos recuperamos de las trampas del enemigo, pero saldremos magullados y heridos, y nuestra experiencia se empequeñecerá. “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4) (Cada día con Dios, p. 238).

Jueves 20 de noviembre: Sumisión a Dios

Si se pudiese descorrer la cortina veríais al universo celestial obser­vando con intenso interés al que es tentado. Si no os rendís al enemigo, hay gozo en el cielo. Cuando se oye la primera insinuación al mal, elevad una oración al cielo, y después resistid firmemente la tentación de experimentar con lo que condena la Palabra de Dios. La primera vez que llegue la tentación, hacedle frente en forma tan decidida como para que nunca se repita. Apartaos del que se ha atrevido a presentaros prácticas erróneas. Separaos resueltamente del tentador diciendo: Debo alejarme de tu influencia, pues sé que no sigues las huellas de nuestro Salvador.
Aunque no os sintáis capaces de hablar una palabra a los que obran según principios errados, dejadlos. Vuestra separación y silencio pue­den hacer más que las palabras. Nehemías se negó a relacionarse con los que eran desleales a los principios, y no permitía que sus ayudantes se relacionaran con ellos. El amor y el temor de Dios fueron su salva­guardia. Vivió y trabajó como si hubiera visto el mundo invisible. Y David dijo: “A Jehová he puesto siempre delante de mí”.
Atreveos a ser como Daniel. Atreveos a estar firmes, aunque seáis los únicos. En esta forma, como lo hizo Moisés, soportaréis la visión de Aquel que es invisible. Pero una cautela cobarde y silenciosa ante los malos compañeros, mientras escucháis sus ardides, os hace uno con ellos...
Tened valor para hacer lo correcto. La promesa del Señor vale más que el oro y la plata para todos los que son hacedores de su Palabra. Consideren todos como un gran honor el ser reconocidos por Dios como sus hijos (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1173).
La familia de Dios en la tierra, sujeta a tentaciones y pruebas, está muy cerca de su corazón de amor. Él ha ordenado que se mantenga la comunicación entre los seres celestiales y los hijos de Dios en esta tie­rra. Ángeles de los atrios de lo alto son enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 934).

Tan ciertamente como que tenemos un Salvador personal, tene­mos también un adversario personal, cruel y astuto, que siempre vigila nuestros pasos y trata de desviamos. Puede obrar con más eficacia bajo un disfraz. Dondequiera que se adelante la opinión de que no existe, allí está más activo. Cuando menos sospechamos su presencia, está obteniendo ventaja sobre nosotros. Me siento alarmada al ver a tantos jóvenes sometiéndose a su poder sin saberlo. Si solo vieran el peligro, acudirían a Cristo, el refugio del pecador.
Tratad de ser fieles alumnos en la escuela de Cristo, aprendiendo diariamente a conformar vuestra vida al Modelo divino. Dirigid vuestro rostro hacia el cielo, y avanzad hacia el blanco del premio de vues­tra elevada vocación en Cristo Jesús. Corred la carrera cristiana con paciencia, y revelaos superiores a toda tentación que os sobrevenga, por gravosa que sea. Resistid al diablo y huirá de vosotros (Hijos e hijas de Dios, p. 81).

Algunos experimentan la necesidad de la expiación, y este reco­nocimiento sumado al deseo de un cambio de corazón, produce una lucha en su interior. Pero el renunciamiento de la propia voluntad o tal vez de los objetos elegidos de sus afectos o de sus afanes, requiere un esfuerzo frente al cual muchos vacilan, se desaniman y vuelven atrás. Sin embargo, cada corazón verdaderamente convertido debe pelear esta batalla. Es indispensable que ganemos la victoria sobre el yo, que cruci­fiquemos nuestros afectos y pasiones, y así comienza la unión del alma con Cristo. Así como una rama seca y aparentemente sin vida se injerta en el árbol verde, así también nosotros podemos llegar a ser ramas vivas de la Vid verdadera. Y el fruto que Cristo llevó también se verá en todos sus seguidores. Una vez que esta unión se ha formado, se puede preservar mediante un esfuerzo continuo, ferviente y esmerado. Cristo ejerce su poder con el fin de preservar y guardar esta sagrada unión, y el pecador impotente y dependiente de él necesita hacer su parte con una energía incansable...
Cada cristiano debe mantenerse continuamente en guardia y vigilar cada avenida del alma por donde Satanás pudiera hallar acceso. Debe orar en demanda de ayuda divina y al mismo tiempo resistir resuelta­mente cada inclinación hacia el pecado. Todos pueden vencer mediante el valor, la fe y el esfuerzo perseverante. Pero recuerden que para ganar la victoria, Cristo debe morar en ustedes y ustedes en Cristo... Los frutos del Espíritu Santo pueden producirse únicamente mediante una unión personal con Cristo, por medio de una comunión diaria y cons­tante con él (Exaltad a Jesús, p. 334).