Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

IV Trimestre de 2014
La epístola de Santiago 

Lección 8
(15 al 22 de noviembre de 2014) 

La humildad de la sabiduría divina

Milton L. Torres

Introducción

Los griegos y los romanos consideraban a la sabiduría desde dos puntos de vista complementarios: educación y habilidad práctica. El hombre sabio era culto, pero también capaz de encarar las diferentes situaciones de la vida, logrando armonía, salud y felicidad para él y sus amigos y familiares. Como Palestina era una región que estaba bajo el dominio político y militar de los romanos, Santiago manifestó una comprensión de la sabiduría que tuvo en cuenta a estas dos dimensiones.

Sabia mansedumbre

En su descripción del hombre “sabio y entendido”, Santiago comenzó con una pregunta y un pleonasmo retóricos. Una pregunta retórica es aquella para la cual no se espera una respuesta. Generalmente, es realizada sólo para llevar a alguien a la reflexión. Un pleonasmo retórico es la utilización de sinónimos con la finalidad de enfatizar una idea o concepto. El apóstol indaga: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” (3:13). Al formular esta pregunta, es probable que haya tenido la intención de exhortar a sus oyentes con una reflexión acerca del hecho de que muchos estaban manifestando una conducta necia en la iglesia. El apóstol, no obstante, no estaba dividiendo a los cristianos en dos categorías: la de los sabios y los entendidos. Ser sabio y entendido consistía en un mismo objetivo para él, la misma necesidad cristiana.

Vivimos en una época en la que la comprensión de lo que realmente significa ser sabio ha sufrido una inversión radical. Eric Blondel escribió recientemente que “la sabiduría es amor a lo finito y desconfianza de lo infinito, a lo absoluto y trascendente”. Santiago tenía una comprensión exactamente opuesta a la visión posmoderna de la sabiduría. Como resultado de su formación judaica y su visión influenciada por la cultura greco-romana, el apóstol consideraba a la sabiduría como una cuestión de comportamiento religioso y conducta social: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muéstrelo con su buena conducta, por sus obras hechas con sabia mansedumbre” (3:13). La evidencia de la sabiduría es la conducta y no una mera inclinación moral sin ningún sustento práctico. No alcanza con hablar del bien, es necesaria practicarlo.

Santiago fue muy coherente en su discurso, pues no perdió la oportunidad de enfatizar que el cristianismo debe ser más que un discurso con palabras elegantes. Para él, la esencia de la religión cristiana era la práctica de las buenas obras en conformidad con el deseo de proceder sabiamente. O sea que él valoraba la combinación de la teoría con la práctica.

Dos clases de sabiduría

La declaración de Santiago en 3:13 respecto de que “esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrena (epigeios), animal (psychikē) y diabólica (daimoniōdēs)”, representa un ataque directo a las doctrinas gnósticas. A los adeptos a este movimiento les gustaba presentarlo como si fuese una filosofía de vida y no una religión. No siempre se opusieron de modo directo al cristianismo. La acomodación era su estrategia preferida. Así, era posible que algunos profesaran ser “cristianos gnósticos”. El carácter filosófico y sincrético lo hacía especialmente atrayente.

Las clases de sabiduría propuestos por Santiago corresponden a los dos tipos de hombres del gnosticismo. Justino Mártir desarrolló una defensa apologética cristiana en la cual describió que los gnósticos dividían a la humanidad en hombres hílicos (o materialistas), hombres psíquicos (o intelectuales) y hombres pneumáticos (o espirituales). Santiago estaba en contra de esa clasificación, y dijo que la sabiduría que proviene de Dios no puede dar lugar a clasificaciones. Esto significa que no hace acepción de personas. En su reacción a la sabiduría gnóstica, Santiago empleó adjetivos descriptivos, denominándola “terrenal” (epigeios), animal (psychikē), y demoníaca (daimoniōdēs).

Sea como fuere, Santiago rechazó todos los tipos de sabiduría gnóstica, optando por una versión más noble e inspiradora de esa facultad: “La sabiduría que viene de lo alto primero es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sin hipocresía” (3:17). Las palabras en esta lista se relacionan muy bien con el análisis llevado a cabo hasta aquí por Santiago. El apóstol afirmó que la sabiduría de lo alto es pura. También dijo que promueve la paz, que era “modesta” (eupeithēs), o sea, “flexible”. Esta sabiduría estaba llena de misericordia y buenos frutos, o sea, era práctica. Finalmente, la sabiduría de Dios no hace acepción de personas y no es fingida. Todas estas palabras de esta lista habían sido enfatizadas anteriormente, y debieron haber impresionado a los oyentes de Santiago para que desearan una vida más armoniosa en su comunidad.

Causa de guerra y conflictos

Santiago parecía apreciar la simetría y, por esa razón, introduce la sección de su epístola del capítulo 4:1-10 del mismo modo en cómo lo había hecho en la sección anterior (3:13-18), valiéndose de preguntas y pleonasmos retóricos: “¿De dónde vienen las guerras y contiendas entre vosotros? ¿No surgen de vuestras pasiones, que combaten en vuestros miembros?” (4:1-4). El contexto del primer versículo es completamente bélico. Las palabras que aparecen en él, pertenecen –en el original griego– al universo de los combates marciales.

El siguiente versículo enfatiza aún más el contexto bélico del análisis. Una traducción literal del pasaje sería: “Codician, pero nada tienen; matan y pelean, pero no obtienen nada; combaten y luchan, pero nada obtienen porque no piden” (4:2). Observamos aquí las mismas palabras del ámbito bélico que aparecían en el versículo anterior. Sin embargo, en esta ocasión Santiago optó por sus formas verbales, lo que le otorga un énfasis todavía mayor al clima de rivalidad existente en las iglesias a las cuales escribía. Además, el apóstol hizo uso de la forma verbal “ardéis de envidia” (zēloute), etimológicamente ligada a la reprensión de 3:14. Pero lo que causa más extrañeza, es la expresión “matáis” (phoneuete). Este vocablo es tan inesperado y apremiante que muchos intérpretes se apresuraron a apuntar a un contexto platónico y estoico del pasaje a fin de librarse del inconveniente de tener que explicarlo. Según ellos, Santiago estaba probablemente citando un aforismo estoico que, por lo tanto, está ligeramente tomado fuera de contexto. Erasmo fue aún más lejos, al rechazar la integridad de los manuscritos más antiguos relacionados con este pasaje. Este erudito propuso que, en vez de “matáis” (phoneuete), aquí debía leerse “envidiáis” (phthoneuete). El error habría sido entonces culpa de un copista menos atento. Otros proponen que el pasaje sea entendido de manera metafórica: matar la reputación o la espiritualidad. El contexto, no obstante, parece indicar que Santiago estaba reprendiendo a los cristianos primitivos que, en aquellas épocas remotas, todavía permitían que su propia comodidad causara el sufrimiento e incluso la muerte de aquellos quienes explotaban. Desde el comienzo de su carta, Santiago reprendió a sus oyentes por su sumisión a los ricos y a su desatención de los necesitados, al llevarlos a los tribunales, o permitiendo que fueren llevados ante ellos.

La preocupación del apóstol por una fe práctica, demostrada por las obras, sugiere que Santiago deseaba desafiar a sus oyentes a una acción más determinada en favor de los menos afortunados. Quería generar una comunidad cristiana fundamentada en la igualdad, el respeto y el amor mutuos, en la que cada miembro estuviera dispuesto a amar al prójimo con actos concretos y no meramente con palabras. Hacer menos que eso equivalía a condenar a muerte al prójimo, significaba practicar asesinato. Por esa razón, el clima de desavenencias, competencias y rivalidad, debía ceder a favor de una atmósfera de paz, comunión y amor fraternales.

La amistad con el mundo

Los oyentes de Santiago, más que flirtear con el mundo, ardían de pasión por las ventajas de una vida secular volcada a la satisfacción de los deseos de la carne. De allí la penosa censura de Santiago 4:4a: “¡Adúlteros! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?”. La expresión “adúlteros” (moichalides) está en femenino (“adúlteras”). Tanto el versículo 4 como el siguiente hacen referencia al matrimonio espiritual entre Dios y su iglesia, lo que justifica esta referencia al adulterio. Las iglesias a las cuales escribió Santiago estaban en un estado de desinterés espiritual porque, aunque estuvieran deseosas de gozar de la libertad de una religión nueva que, para ellas, era menos etnocéntrica de lo que parecía ser el judaísmo tradicional, no habían sido conscientes aún de que necesitaban entrar en una relación más estrecha con Dios. Metafóricamente, podríamos comparar a estas iglesias a muchachas livianas que, luego de casarse, continúan comportándose como si fueran solteras, aceptando cualquier galanteo.

La imagen del matrimonio es bastante apropiada, siendo que el casamiento presupone una elección, una unión, y obligaciones, mutuas. Ahora bien, la demanda de Dios al hombre es total: “El que quiera ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios” (4:4b). La amistad con el mundo es caracterizada por la infidelidad (conyugal) a Dios. El versículo 5 continúa con esta idea: “¿Pensáis que la Escritura dice sin razón: ‘El Espíritu que Dios hizo habitar en nosotros nos anhela celosamente’?”. A pesar de la clara alusión de este versículo con la metáfora del matrimonio espiritual de la iglesia con Dios, su contenido es intrigante. En primer lugar, no hay un pasaje específico de las Escrituras que proponga literalmente esta declaración. En segundo lugar, el versículo corresponde a un verso griego. En tercer lugar, los eruditos han encontrado dificultades al colocar los signos de puntuación en este versículo que le den sentido a la frase sin necesidad de insertar palabras que completen la oración. Finalmente, la frase es sintácticamente ambigua, pudiendo ser traducida de cuatro maneras:

  1. “Él desea que el Espíritu que hizo habitar en nosotros celosamente…”
  2. “El Espíritu que habita en nosotros tiene deseos celosamente…”
  3. “Él desea que el Espíritu que habita en nosotros celosamente…”
  4. “El Espíritu que Él hizo habitar en nosotros nos desea celosamente…”

 

Sumisión a Dios

De acuerdo con Santiago 4:6b, “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. El tema del desagrado de Dios respecto de la soberbia ya había sido tratado antes por el apóstol (Santiago 1:10; 2:5), pero ahora introduce varios imperativos que demuestran que Dios espera una acción inmediata al respecto. Santiago enseñó, entonces, los pasos para la humillación espiritual (4:10), del tipo que es aceptable para Dios: la sumisión a Dios (4:6, 7a), la resistencia al diablo (4:7b), la purificación espiritual (4:8) y la contrición (4:9).

Al respecto, Elena G. de White afirmó: “No podemos acercarnos a Dios y contemplar su belleza y compasión sin que comprendamos nuestros defectos y seamos llenos del deseo de ascender [hacia Él]” (Carta 40, 1901; citada en “Comentarios de Elena G. de White”, Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 949). Por esto, es necesario que nuestros actos sean acompañados de un profundo arrepentimiento por los pecados (4:8, 9).

 

Consideraciones finales

Luego de hablarles de manera directa a sus oyentes, motivándolos a una acción piadosa; después de incitarlos con palabras fuertes, llamándolos adúlteros (4:4), pecadores (4:8), de “doble ánimo” (4:8), con la libertad para la franqueza que sólo la certeza del amor puede conceder, el apóstol mostró el camino seguro para la corrección. Según él, el camino para la contrición es la humillación delante de Dios (4:10). Santiago no llamó al cristiano simplemente a ser humilde. La voluntad de Dios, según él, es que el cristiano se humille para que Dios lo exalte (4:10). Esta clase de compromiso requiere que no nos consideremos superiores a nadie (Filipenses 2:3), sino hacernos siervos de aquellos que no están en la iglesia de Dios. Al mismo tiempo, Elena G. de White afirmó que “Dios no concede perdón a aquel cuyo arrepentimiento no produce humildad” (Manuscrito 11, 188; citado en Comentario bíblico adventista, tomo 7A, p. 380).

 

Dr. Milton L. Torres
Univ. Adventista de San Pablo
Campus Engenheiro Coelho

San Pablo (Brasil)

Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

El contenido del versículo es muy similar a una declaración de Filón de Alejandría, en su tratado titulado El decálogo: “Todas las guerras provienen de una única fuente: la concupiscencia, los bienes, la opinión o el placer”. Sin embargo, no es posible decir que hubo una influencia de cualquiera sobre el otro. Probablemente, los dos autores utilizaron fuentes comunes. El tratado filosófico que pudo haber servido de base tanto para la declaración de Santiago como para la de Filón, pudo haber sido el diálogo Fedro, de Platón, en el cual el filósofo afirma que “no hay ninguna otra causa para las guerras, las sediciones y las batallas que no sean el cuerpo y sus concupiscencias”.