El Libro del Profeta JEREMÍAS
INTRODUCCIÓN

 


1. Título.-

El libro recibe su nombre de su personaje principal, Jeremías. En hebreo, el nombre aparece en dos formas: (1) Yirmeyahu (cap. 1: 1, 1 1; 29: 27; 36: 4; etc.), y (2) Yirmeyah (cap. 27: 1; 28: 5-6, 10-12, 15; 29:1; etc.). El equivalente en griego para ambas formas es Ieremías , del cual se deriva "Jeremías" en castellano. El significado del nombre es incierto. La segunda mitad, Yahu o Yah , significa Yahweh o Jehová (ver t. I, pp. 180-18 1; com. Exo. 15: 2; Sal. 68:4). Según los papiros arameos del siglo V a. C., Yahu era una forma reconocida del nombre divino entre los colonos judíos de la isla de Elefantina en el Alto Egipto (ver t. III, pp. 81-85). La primera mitad del nombre ha sido interpretada de varias maneras: "lanza", "exalta", "establece", etc, Por lo tanto, Jeremías podría significar "Yahweh establece", o "Yahweh lanza", etc.

Las primeras palabras de la profecía constituyen un título del libro: "Las palabras de jeremías" . En la LXX la frase inicial dice: "La palabra de Dios que vino a Jeremías" , la cual es parecida a otras que se emplean comúnmente en los demás libros proféticos del AT (ver Eze. 1: 3; Ose. 1:1; Joel 1:1; etc.).


2. Paternidad literaria. -

Jeremías es el autor de la mayor parte del libro. La tarea de redactarlo le fue confiada a Baruc, su fiel secretario, hijo de Nerías (cap. 36: 4, 27-28, 32). Baruc también pudo haber redactado, compilado y preservado el material del libro, y haber contribuido en las narraciones biográficas que contiene. Su puesto como "el escriba" y secretario de Jeremías implica que Baruc era muy culto. Según Josefo ( Antigüedades x. 9.1), Baruc descendía de una familia distinguida de Judá. Parece que su hermano era el principal intendente de Sedequías, quien acompañó al rey a Babilonia (ver com. Jer. 51: 59). Su noble carácter e influencia se manifiestan por el hecho de que el remanente, el resto, los pocos que quisieron huir a Egipto acusaron a Baruc de haber ejercido presión sobre el profeta en contra de ellos (cap. 43: 3), y también porque algunos escritos espurios aparecieron más tarde bajo su nombre. Uno de ellos, el libro de Baruc, se halla entre los libros apócrifos. Siempre leal a Jeremías, fue con éste a Egipto cuando se obligó al profeta a que acompañara al remanente de Judá a ese país (cap. 43: 5-7).

El capítulo final del libro (cap. 52) consta de un sumario histórico-no una profecía- que se extiende mucho más allá del tiempo del ministerio de Jeremías, escrito quizá posteriormente por otra persona. El que lo escribió fue muy cuidadoso en 380 aclarar que este capítulo no era obra del profeta Jeremías. Antes de añadir este apéndice histórico, escribió: "Hasta aquí son las palabras de Jeremías" (cap. 51: 64).

El libro de Jeremías explica la manera en que fueron redactadas las dos versiones de esta profecía (cap. 36). Durante más de veinte años Jeremías había procurado persuadir al pueblo de Judá para que se volviera sinceramente a Dios. En el cuarto año de Joacim (604 a. C.), Dios le ordenó que escribiera el contenido principal de sus predicaciones, para que pudiese ser leído públicamente por su secretario (cap. 36: 1-2). En obediencia a esa orden Jeremías dictó a Baruc las palabras de la primera versión de la profecía, y éste las escribió en un rollo de pergamino (cap. 36: 1-4, 17-18; PR 319). Entonces se le confió a Baruc la peligrosa tarea de leer estas palabras al pueblo en el templo, en un día de ayuno (cap. 36: 5-8).

Más tarde, cuando Jehudí, uno de los funcionamos de Joacim, leyó el rollo al rey, éste lo tomó con enojo, lo rasgó con un cuchillo de escriba y lo echó al fuego (cap. 36: 20-23). Esto hizo necesario que fuesen escritos de nuevo los mensajes anteriores (cap. 36: 27-28, 32). Jeremías dictó de nuevo las palabras, y Baruc las escribió. Esta segunda versión del texto fue de mayor extensión, porque contenía no sólo los mensajes de la primera, sino también los recibidos posteriormente (cap. 36: 32).

El libro de Jeremías revela vigorosamente la rica personalidad de su autor. Su naturaleza sumamente sensible se refleja en una cantidad de pasajes que han sido llamados sus "confesiones" (cap. 11: 18-23; 12: 1-5; 15: 10-18; 17: 14-18; 18: 18-23; 20: 7-18; cf. cap. 1: 4- 10; 6: 11; 8: 2 1 a 9: 1). Estos pasajes nos dan una autobiografía espiritual de este varón de Dios. Jeremías, por naturaleza tímido y retraído, con frecuencia luchaba contra intensos conflictos íntimos; pero mediante el poder divino desarrolló un valor espiritual que lo convirtió en un héroe poderoso para Dios.

Además de estos pasajes muy íntimos, el libro de Jeremías contiene una serie de narraciones biográficas e históricas. Se puede saber más de la vida y del ministerio de Jeremías que de la vida y del ministerio de los escritores de los demás libros proféticos. En efecto, el erudito A. B. Davidson afirmó que este libro "no pretende tanto enseñar las verdades religiosas como presentar una personalidad religiosa" (Hastings, Dictionary of the Bible [Diccionario de la Biblia], t. 2, p. 576).

Jeremías vivía en Anatot (cap. 1: 1; 29: 27), hoy Anata, unos 4 km. al noreste de Jerusalén. Descendía de una familia sacerdotal (cap. 1: 1). Su padre Hilcías no fue, sin duda, el sumo sacerdote del mismo nombre que descubrió el libro de la ley (2 Rey. 22: 8). Se designa al padre de Jeremías como "de los sacerdotes", y no " el sacerdote" o " el sumo sacerdote". El hecho de que Jeremías viviera en Anatot significa que quizá era descendiente de Elí y del linaje de Abiatar, a quien depuso Salomón del sumo sacerdocio (ver com. 1 Rey. 2: 26-27).

Jeremías fue llamado al oficio profético aproximadamente en 627 a. C., el 13er año del reinado de Josías (cap. 1: 2; ver pp. 20-21 y el t. II, p. 79). Poco después Dios ordenó al profeta que predicara en Jerusalén (cap. 2: 2); pero no limitó su ministerio a Jerusalén, sino que llevó a cabo una gira de predicación por las ciudades de Judá (cap. 11: 6; PR 316). Cuando regresó a Anatot, sus conciudadanos se confabularon para matarlo (cap. 11: 18-23). Para escapar de estas persecuciones, parece que se trasladó a Jerusalén. Allí se atentó otra vez contra su vida. Su osada predicación al principio del reinado de Joacim, hijo de Josías, de que el templo llegaría a ser como Silo, airó a los sacerdotes, a los falsos profetas y al pueblo de Jerusalén, quienes exigieron que Jeremías fuese muerto (cap. 26: 6-11). Sin embargo, los príncipes lo defendieron (cap. 26: 16).

Más tarde, cuando el ejército de Nabucodonosor levantó el sitio final de Jerusalén por un poco de tiempo, para hacer frente a la amenaza de la aproximación del 381 rey de Egipto, Jeremías fue apresado cuando procuraba irse a Anatot (cap. 37: 11-15). El profeta fue acusado de intentar pasarse a los caldeos, y de nuevo fue azotado y encarcelado. Esta vez, por poco pierde la vida en la mazmorra fangosa de Malaquías (cap. 38: 6), pero fue rescatado por Ebed-melec el etíope (cap. 38: 7-13). Sin embargo, Sedequías indudablemente lo mantuvo en la prisión, en donde quedó hasta que cayó Jerusalén (cap. 38: 14-28).

Después del asolamiento de Jerusalén, Nabucodonosor libertó al profeta y le permitió que se quedara en Palestina o que acompañara a los cautivos a Babilonia (cap. 40: 1-5). Jeremías eligió quedarse con el remanente en Palestina bajo el gobernador Gedalías que acababa de ser nombrado (cap. 40: 6). Después del asesinato de Gedalías, un remanente de los judíos capitaneado por Johanán huyó a Egipto en contra del consejo de Jeremías, llevándose al profeta consigo (cap. 42; 43). Allí, en Tafnes, Jeremías predijo que Egipto sería invadido por Nabucodonosor (cap. 43: 8- 13), y dio su último mensaje de advertencia a los judíos que habían huido a ese lugar (cap. 44). Indudablemente fue en ese país extranjero donde llegó a su fin la carrera de este gran profeta.

Una nota breve sobre las diferencias entre el texto de la LXX y el hebreo viene bien aquí. Una notable diferencia se advierte en la ordenación de las profecías que se refieren a países extranjeros. En el texto hebreo esas profecías se encuentran en los cap. 46-51, pero en la LXX se encuentran en los cap. 25: 14 a 31: 44. También hay una diferencia en el orden en que se tratan las diferentes naciones. En hebreo el orden es: Egipto, Filistea, Moab, Amón, Edom, Damasco, Cedar, Hazor, Elam y Babilonia. En la LXX, el orden es: Elam, Egipto, Babilonia, Filistea, Edom, Amón, Cedar y Hazor, Damasco y Moab.

Hay variantes también en el texto. Se calcula que la LXX tiene aproximadamente unas 2.700 palabras menos, y que es l/8 más corta que en hebreo. La LXX por regla general no emplea la frase "dice Jehová" cuando se usa con sentido parentético, ni títulos tales como "el profeta", después del nombre de Jeremías, ni "el rey", después del nombre del monarca reinante. En general, sucede lo mismo con títulos tales como "el Dios de Israel" o "el Dios de los ejércitos".

Ciertas secciones enteras compuestas de varios versículos tampoco aparecen. Las siguientes son las más notables: cap. 8: 10b-13a; cap. 10: 6-10; cap. 17: 1-5a; cap. 27 (cap. 34 en la LXX): 1, 7, 13, 21; cap. 29 (cap. 36 en la LXX): 16-20; cap. 33 (cap. 40 en la LXX): 14-26; cap. 39 (cap. 46 en la LXX): 4-13; cap. 48 (cap. 31 en la LXX): 45-47; cap. 51 (cap. 28 en la LXX): 44c-49a; y cap. 52: 27b-30. Además de éstas, hay diferencias menores que tienen que ver mayormente con frases y palabras aisladas.

Para explicar estas variantes del texto algunos eruditos han recurrido a la teoría de una doble recensión (revisión crítica) del libro de Jeremías. Suponen que una de ellas se efectuó en Palestina y la otra en Egipto. Otros piensan que el traductor de la LXX acortó deliberadamente el texto omitiendo repeticiones, simplificando el estilo y abreviando las lecturas difíciles. Los eruditos conservadores han opinado que puede haber algo de verdad en esta segunda teoría. Por ejemplo, la omisión del cap. 8: 10b-12 en la LXX podría deberse a su similitud con el cap. 6: 12- 15. Otros opinan que la omisión de uno o dos pasajes puede deberse simplemente al error de un copista al saltar de una línea a otra que tiene una terminación semejante, omitiendo así el texto intermedio, omisión que se llama homoiotéleuton .

Las variantes ya tratadas, aunque más extensas que en los demás libros del AT, no afectan mucho el tema básico del texto. Podría ser que un estudio cuidadoso de los manuscritos hebreos más recientes (ver pp. 128-129; t. 1, pp. 35-36) arrojen luz adicional sobre el texto de Jeremías.


3. Marco histórico.-

Durante los primeros días del ministerio de Jeremías, tres grandes potencias, Asiria, Egipto y Babilonia, luchaban por ejercer la supremacía. Bajo Asurbanipal (669-627? a. C.) Asiria había llegado a su apogeo, pero comenzaba ya a declinar. Egipto se había quitado el yugo de Asiria, y se esforzaba por recuperar su preponderancia en el Cercano Oriente. Con la ascensión de Nabopolasar al trono de Babilonia en 626 a. C., empezó el predominio del Imperio Neobabilónico. La suerte de Asiria fue sellada con la caída de Nínive (612 a. C.), y el Imperio Neobabilónico llegó a ser la potencia dominante en Asia occidental. Necao II, faraón de Egipto, se opuso a la supremacía repentina de Babilonia. Nabucodonosor II, hijo de Nabopolasar, hizo frente con éxito a ese desafío en la batalla de Carquemis, 605, a. C., y Babilonia reemplazó a Asiria como potencia mundial.

El ministerio de Jeremías abarcó los últimos 40 años de la existencia de Judá como reino. Cinco reyes ocuparon el trono durante este período: Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías. A cada uno de ellos Jeremías dio mensajes de reforma y reavivamiento espiritual. Presentamos un resumen breve del reinado de cada uno:

a. Josías (640-609 a. C). Después de más de medio siglo de deterioro moral y espiritual durante los reinados de Manasés (2 Rey. 21: 1-18; 2 Crón. 33: 1-20) y Amón (2 Rey. 21: 19-25; 2 Crón. 33: 21-25), una vez más Judá tuvo un rey notable por su piedad y celo religioso en favor de Dios. Josías tenía sólo ocho años de edad cuando empezó a reinar (2 Rey. 22: 1). Cuando tenía 20 años, introdujo una cantidad de reformas que suprimían, en primer lugar, los altos dedicados a la adoración de los ídolos (2 Crón. 34: 3). Fue auxiliado en esta obra por Jeremías, quien fue llamado al ministerio público en el 13.er año de este rey. Josías se propuso, por la fuerza, a librar la tierra de la idolatría y restablecer el culto de Dios (2 Crón. 34). Con motivo de la purificación y reparación del templo, en el 18.o año del reinado de Josías, fue descubierto un ejemplar "del libro de la ley" (2 Rey. 22: 3-20). El descubrimiento intensificó el movimiento de reforma de Josías por todo el país, que se extendió aun al territorio que antes era del reino del norte (2 Rey. 23: 15-20; 2 Crón. 34: 6-7). Esto fue posible por la declinación del imperio asirio.

El rey Josías murió prematuramente a causa de su imprudente ataque contra Necao II, faraón de Egipto, en 609 a. C. (ver 2 Rey. 23: 29-30; 2 Crón. 35: 20-24). Su muerte, una verdadera pérdida para la nación, fue profundamente lamentada por el pueblo de Judá (2 Crón. 35: 24-25).

b. Joacaz (609 a. C.). También conocido como Salum (ver 1 Crón. 3: 15). Después de que murió Josías, el pueblo entronizó a Joacaz, quizá porque simpatizaba con Babilonia (ver 2 Rey. 23: 30; 2 Crón. 36: 1). Después de que Joacaz hubo reinado sólo tres meses, Necao II, sin duda al regresar de su campaña en el norte, lo depuso y lo llevó a Egipto, donde murió (2 Rey. 23: 31-34; Jer. 22: 10-12).

c. Joacim (609-598 a. C.). Conocido primero como Eliacim (2 Rey. 23: 34). Después de deponer a Joacaz, Necao II colocó en el trono a Joacim, segundo hijo de Josías (ver 1 Crón. 3: 15; 2 Rey. 23: 34). Judá ahora estaba bajo el dominio egipcio, y pagaba un elevado tributo por la amistad egipcia (ver com. 2 Rey. 23: 35). En 605 a. C., Nabucodonosor invadió a Palestina, se llevó parte de los utensilios del templo y a algunos de la familia real y de la nobleza a Babilonia. Entre esos cautivos estaban Daniel y sus tres compañeros (Dan. I: 1-6; t. II, p. 97). De esta manera Joacim fue obligado a inclinarse ante Babilonia y no ante Egipto. En ese tiempo Egipto sufrió una aplastante derrota en la batalla de Carquemis, y Necao II se retiró precipitadamente a Egipto con el resto de su ejército. A pesar de sus promesas solemnes de fidelidad a Babilonia (ver 2 Rey. 24:1), en 598 a. C., Joacim, que en realidad simpatizaba con Egipto, se rebeló abiertamente contra Babilonia. Esto provocó una segunda invasión a Judá y la captura y muerte de Joacim. El rey parece haber sufrido un fin trágico (ver 2 Rey. 24:5).

d. Joaquín (598-597 a. C.). También llamado Conías (Jer. 22: 24) y Jeconías (1 Crón. 3: 16; Jer. 24: 1). Después de un breve reinado de unos tres meses, este hijo y sucesor de Joacim se rindió a los caldeos sitiadores y fue deportado a Babilonia con su madre, esposas, hijos y cortesanos (2 Rey. 24: 10-16). Diez mil cautivos fueron llevados a Babilonia en esta segunda deportación, que incluyó a los varones principales y a los artesanos de la ciudad. El profeta Ezequiel figuraba entre esos cautivos (Eze. 1: 1-3).

Durante por lo menos una parte del tiempo, Joaquín fue mantenido en prisión, de la cual fue libertado en el año 37 de su exilio por el sucesor de Nabucodonosor, Amel-Marduk, el Evil-merodac de la Biblia (2 Rey. 25: 27-30).

e. Sedequías (597-586 a. C.). Llamado anteriormente Matanías (2 Rey. 24: 17). Después de deportar a Joaquín, Nabucodonosor puso como rey títere en Judá a este hijo de Josías, de 21 años de edad. Sedequías afrontó una tarea difícil. Los judíos más encumbrados habían sido deportados y la gente que quedó era difícil de gobernar. Jeremías los comparó con "higos malos, que de malos no se pueden comer" (Jer. 24: 8-10). Para hacer más difícil la situación, embajadores de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón estaban en Jerusalén (Jer. 27: 3), quizá con el propósito de incitar a Sedequías a que se uniera con ellos en una revuelta contra Babilonia. Jeremías advirtió a Judá contra esta intriga, y amonestó no sólo a Judá sino también a esas naciones para que se sometieran al yugo de Babilonia (Jer. 27; 28: 14). Les advirtió que si Judá no se sometía, la ruina de Jerusalén sería completa. Pero Sedequías, actuando en contra de toda esa instrucción, se rebeló.

Nabucodonosor actuó rápida y cruelmente para aplastar la rebelión. Su invasión llenó de terror y zozobra a Sedequías y a toda Jerusalén (Jer. 2 1: 1 - 10). En un esfuerzo desesperado por ganar el favor de Jehová, el rey y su pueblo se unieron en un pacto solemne con Dios, prometiendo librar a todos los esclavos hebreos de Jerusalén (cap. 34: 8-10). Pero cuando Nabucodonosor levantó transitoriamente el sitio por la amenaza del ejército de Faraón (cap. 37: 5), olvidaron el pacto y los liberados fueron nuevamente sometidos a una cruel esclavitud (cap. 34: 11-22). Jeremías fue detenido y encarcelado como traidor (cap. 37: 11-15); sin embargo, pronto se reanudó el sitio. Los judíos lucharon desesperadamente para salvar la ciudad y salvarse a sí mismos de la suerte que los amenazaba. La ciudad resistió durante 30 meses; pero en Julio de 586 a. C. los babilonios abrieron una brecha en los muros. Sedequías consiguió escapar con un pequeño pelotón de soldados, pero fue alcanzado y capturado cerca de Jericó (cap. 39: 2- 5). Jerusalén fue saqueada e incendiada (cap. 39: 8), y casi todos los judíos que habían quedado fueron llevados cautivos (cap. 39:9- 10).

f. Gedalías.
Nabucodonosor nombró a Gedalías, hijo de Ahicam, nieto de Safán (Jer. 26: 24), para que gobernara al remanente que quedó (2 Rey. 25: 22). Gedalías estableció su sede en Mizpa, cerca de Jerusalén. Los babilonios dejaron en libertad a Jeremías, y él se unió con el nuevo gobernador en Mizpa (Jer. 40: 1-6). Después del asesinato de Gedalías (Jer. 41), un residuo de los judíos encabezado por Johanán huyó a Egipto, obligando a Jeremías a que los acompañara (Jer. 43).

Una lectura ordenada del libro de Jeremías, basada en esta cronología aproximada, sería como sigue:

Josías (640-609): cap. 1-6; 14-16.

Joacim (609-598): cap. 17; 7-11; 26; 35; 22:1-19; 25; 18-20; 36:1-4; 45; 36:5-32; 12.

Joaquín (598-597): cap. 22:20-30; 13; 23.

Sedequías (597-586): cap. 24; 29-31; 46-51 (?); 27; 28; 21; 34; 32; 33; 37-39.

Después de la caída de Jerusalén: cap. 40-44; 52.


4.Tema.-

El libro de Jeremías se compone de una serie de sermones proféticos, combinados con datos históricos y biográficos concernientes a los últimos días del reino de Judá. Haciendo uso de cuanto estaba a su alcance, Jeremías procuró contener la rápida decadencia de Judá, que rodaba por la pendiente de la depravación moral hacia la ruina. Pero sus esfuerzos en favor de la nación fueron casi totalmente inútiles. Sus exhortaciones al arrepentimiento cayeron en oídos sordos.

Jeremías fue el profeta de la religión sincera
. Sus mensajes invitaban a abandonar lo externo y superficial, para volverse a lo interno y real. Enseñaba que la corrupción tiene su origen en un corazón impío (cap. 17:9), y que sin un nuevo corazón, nuevas intenciones y un nuevo espíritu, el hombre es incapaz de hacer lo bueno (cap. 13: 23). Tal cambio, destacó, sólo podría ser efectuado por un acto creador de Dios (cap. 24: 7; 31: 31-34).

Como otros profetas, Jeremías advirtió contra las alianzas peligrosas con otras naciones (cap. 2: 36), amonestó a Judá para que se sometiera al yugo babilónico, y señaló que la rebelión llevaría la nación al colapso.

Más allá de la ruina inevitable del presente, el profeta previó un futuro glorioso para "aquellos que... fuesen fieles" al Señor (PR 342). Ambas casas de Israel retornarían; se reunirían de nuevo como un solo pueblo (PR 348). Otra vez serían el pueblo de Dios, y él sería su Dios (Jer. 32: 37-41). Si Israel obedecía los mensajes de reforma, la nación sería reconstituida bajo un nuevo pacto (cap. 31: 31-34). Un "Renuevo de justicia" " de la raíz de David sería su rey (cap. 33: 14-17).



JEREMÍAS CAPÍTULO 1


1 " LAS palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín. "

1. Las palabras de Jeremías.
La introducción más común de los libros proféticos dice: "Vino palabra de Jehová" " (Eze. 1: 3; Ose. 1: 1; Joel 1: 1; etc.). En la LXX el primer versículo de Jeremías dice: " "La palabra de Dios, la cual vino a Jeremías". " Algunos comentadores judíos sugieren que se usó la introducción hebrea más corta, porque el libro no sólo presenta profecías sino que también relata episodios de la vida de Jeremías (cf. Amós 1: 1).

Hilcías. Es probable que no sea el mismo Hilcías, sumo sacerdote, que tanto se destaca en el descubrimiento del "libro de la ley" " (2 Rey. 22: 8). El hecho de que el padre de Jeremías fuera de Anatot, probablemente lo identifique como descendiente de Abiatar, quien fue quitado del sacerdocio en tiempos de Salomón (1 Rey. 2: 26-27, 35).

De los sacerdotes. Jeremías era sacerdote por nacimiento y profeta por llamamiento divino específico, como lo fueron también algunos de los otros profetas (Eze. 1: 3; Zac. 1: 1; cf. p. 1107).

Anatot. Una de las cuatro ciudades de Benjamín, asignada a los descendientes de Aarón (Jos. 21: 17-18), a unos 4 km. al noreste de Jerusalén, al otro lado del monte de los Olivos.

2 " Palabra de Jehová que le vino en los días de Josías hijo de Amón, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado. "


2. El año decimotercero. Es decir, el año 628/ 27 a. C., si se supone que Jeremías computaba los años a partir del otoño; pero sería el 627/26 si los computaba a partir de la primavera, como piensan algunos. En cualquiera de los dos casos, se computa a partir de la muerte de Josías, en el año 609 a. C. (ver p. 537).

3
" Le vino también en días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del año undécimo de Sedequías hijo de Josías, rey de Judá, hasta la cautividad de Jerusalén en el mes quinto. "

3. Año undécimo. Es decir, el 586 a. C. El cautiverio final comenzó en el quinto mes judaico de ese año. Puesto que el ministerio profético de Jeremías continuó más allá de esa fecha, duró más de 40 años.

4 "Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:"
4. Vino, pues, palabra de Jehová. Es evidente que el primer capítulo es la introducción del autor para todo el libro. En esta introducción, Jeremías presenta desde el mismo comienzo sus credenciales como profeta de Dios. Esta vocación no había sido suya por elección humana, sino por orden directa de Dios. La convicción íntima del llamamiento divino fue la fuerza que impulsó su ministerio, y su apoyo y sostén en momentos de desánimo.

5 " Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. "

5. Antes que te formase. Aun antes de que Jeremías hubiera nacido, Dios había tenido el propósito de que fuera un profeta. Dios ha asignado a toda persona un lugar para trabajar y una responsabilidad en su gran plan (ver PR 393; PVGM 262).

Te santifiqué. Heb. qadash , verbo que en la forma que aquí emplea, significa "declarar sagrado". "Te tenía consagrado" " (BJ). Ver com. Gén. 2: 3. Dios había apartado a Jeremías para una obra especial; lo había asignado para que realizara su tarea profética especial.

Te di. El verbo nathan, "dar", también puede traducirse como "designar". "Profeta de las naciones te constituí" " (BJ). En forma similar se escogió a Juan el Bautista antes de que naciera (Luc. 1: 15). Jeremías podría haberse negado a aceptar el llamado divino. Al nacer, todos los hombres están dotados de ciertas posibilidades, pero ellos son responsables de desarrollar plenamente esas aptitudes. Del mismo modo, Dios hoy tiene un plan para cada persona. "El lugar específico señalado para nosotros en la vida es determinado por nuestras aptitudes" (Ed 259). Debemos descubrir cuál es ese lugar y procurar cumplir el propósito y el plan que Dios tiene para con nosotros.

Profeta. Profeta es aquel que recibe revelaciones directas de parte de Dios para comunicarlas a otros. La predicción no se origina en el profeta: éste es sólo el portavoz o intérprete de Dios. La revelación que recibe el profeta puede referirse o no al futuro.

Naciones. Heb. goyim, "paganos" o "gentiles". Jeremías sería mensajero de Dios no sólo para Judá, sino también para las naciones gentiles vecinas.

6 " Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. "


6. ¡ Ah, Señor Jehová! El joven se aterrorizó ante la idea de ser profeta. Fue abrumado por el sentimiento de indignidad; su naturaleza rechazaba una tarea que lo obligaría a ser diferente de sus contemporáneos. Como lo indica una amarga queja posterior (cap. 15: 10), temía la enemistad de los hombres.

No sé hablar.
Jeremías argumentó que carecía de la elocuencia necesaria para ejercer el oficio profético. Un profeta debe dirigirse a personas importantes y a grandes multitudes. Como no era un hábil orador, ¿cómo podría atraer la atención del pueblo o influir en él en favor de Dios? (Ver Exo. 3: 11; 4:10.) Pensó que no podría expresar sus mensajes en el lenguaje apropiado.

Niño. Heb. ná'ar , " "joven" " (Gén. 41: 12; Exo. 33: 11). A juzgar por la duración de su ministerio, es probable que Jeremías tuviera en este tiempo menos de 25 años, quizá entre 18 y 20 años. En otros pasajes se emplea la palabra ná'ar para designar a adultos jóvenes (Gén. 41: 12; 1 Rey. 3: 7).


7 " Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. "

7. No digas. Dios se negó a aceptar las excusas del profeta, y respondió con una declaración categórica de su voluntad. Cuando Dios ordena, están fuera de lugar los pensamientos que giran en torno del yo. No queda más que un camino: la completa obediencia. Jeremías debía ir a cualquier parte y dirigirse a cualquier persona que Dios escogiera, ya fuera a reyes idólatras, a sacerdotes corruptos, a profetas mentirosos, a jueces injustos, a hombres de toda jerarquía, sin importar cuán prominentes o poderosos fueran. Jeremías declaró: "No sé hablar"; pero Dios le respondió: "Dirás todo lo que te mande". Dios lo capacitaría para hacer todo lo que se le indicara que debía hacer (cf. Exo. 4: 10-12; Mat. 10: 18-19).

8 " No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. "

8. Contigo estoy. Dios prometió ayudar y proteger a su profeta. La convicción de que  Dios lo acompañaba, hizo que Jeremías se elevara por encima de su temor y timidez y lo tornó invencible. Fue acosado por muchos enemigos poderosos, y con frecuencia se encontró en grave peligro por causa de sus enseñanzas impopulares y su dura condenación de la impiedad. Pero esta promesa, repetida, al menos dos veces (cap. 1:19; 15:20), fue una fuente de inmensa fortaleza y de gran consuelo para él. Del mismo modo, la abarcante promesa de Jesús: "Yo estoy con vosotros todos los días" (Mat. 28: 18-20), ha sido motivo de ánimo y fortaleza para los cristianos que han procurado obedecer la gran comisión de predicar el Evangelio.

9 " Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. "

9. Tocó mi boca. Después de que fue llamado el profeta se realizó este solemne acto de consagración, como símbolo de la comunicación de nuevos poderes de pensamiento y expresión. Apenas recibió este toque en sus labios (Isa. 6:6-7), Jeremías se sintió seguro de que no habría incertidumbre en su mensaje. Saldría a pronunciar las palabras que el Espíritu de Dios colocara en su corazón (Jer. 5: 14; 15: 16; cf. Isa. 51: 16; 59: 21; Mat. 10: 20; 2 Ped. 1: 21).

10 " Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar. "

10. Sobre naciones. El profeta fue investido con la autoridad de Dios como su representante. La forma verbal traducida "he puesto", significa " "designar a una persona para desempeñar un puesto de autoridad" " (Gén. 39: 4-5; Núm. 1: 50; 2 Rey. 25: 23). Jeremías fue designado por Dios para ser su representante, y le fue dada autoridad para declarar los propósitos que Dios tenía para las naciones. Su palabra habría de ser la palabra de Dios (Isa. 55: 10-11).

Para arrancar. Se representa al profeta que anuncia los propósitos de Dios como si él mismo los ejecutara. (Jer. 5: 14; Isa. 6: 10; Eze. 43: 3). La obra de Jeremías habría de ser doble: una obra tanto destructora como de edificación. Las metáforas de Jer. 1: 10 fueron basadas en la arquitectura y la agricultura. Se emplean cuatro verbos para expresar el aspecto destructor de los castigos, y dos para declarar el propósito divino de restaurar y sanar. El libro de Jeremías constituye un comentario sobre estas afirmaciones.

11 " La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Que ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro. "

11. Almendro. Heb. shaqed, de la raíz shaqad , "ser vigilante", "estar en vigilia". Evidentemente, el nombre del árbol se origina en el hecho de que el almendro es el primer árbol que "despierta" en la primavera. En Palestina puede estar floreciendo ya en enero.

12 " Y me dijo Jehová: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra. "

12. Yo apresuro. Del Heb. shaqad (ver com. vers. 11). Hay un interesante juego de palabras en los vers. 11-12: " "Veo una vara del árbol vigilante... Bien has visto; porque yo estoy vigilante sobre mi palabra para ponerla por obra". " O quizá: " "Veo una vara del árbol alerta.... porque estoy alerta para poner mi palabra por obra". "

13 " Vino a mí la palabra de Jehová por segunda vez, diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Veo una olla que hierve; y su faz está hacia el norte. "

13. Olla.
" Heb. sir, vasija doméstica que se usaba para cocinar (2 Rey. 4: 38) y lavar (Sal. 60: 8). Esta segunda visión representaba a la "palabra" sobre la cual Dios vigilaba para ponerla por obra, y daba a conocer el instrumento que cumpliría esa palabra. El hebreo habla de una "olla soplada", es decir, una olla que está sobre un fuego al cual se sopla para que haga hervir con mayor fuerza el contenido de la olla (cf. Job. 41: 20). "

Hacia el norte. " Preferiblemente, "desde el norte". "Un puchero hirviendo estoy viendo, que se vuelca de norte a sur" " (BJ). Evidentemente, la olla estaba ladeada, y a punto de volcar su contenido hirviente hacia el sur, sobre la tierra de Judá.

14 " Me dijo Jehová: Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra. "

14. Del norte. Ver cap. 4: 6; cf. Eze. 26: 7. Aunque Babilonia quedaba al este de Judá, los caminos militares y las rutas de invasión hacia Palestina avanzaban hacia Judá desde el norte. Era casi imposible que los ejércitos cruzaran el desierto que estaba directamente al este de Palestina. Por esto los hebreos con frecuencia se referían a Babilonia como si estuviera en el norte. La dirección no se refiere a la ubicación del país de origen del invasor, sirio a la ruta que seguiría para invadir a Judá, pues tanto los invasores del norte como los del este, venían desde el norte. Se dice que los cautivos fueron llevados al país del norte, y que desde allí Jehová los haría volver (Jer. 3: 18; 23: 8; 31: 8; Zac. 2: 6).

El mal. Ese mal que los profetas habían predicho por tanto tiempo (Miq. 3: 12). La voz hebrea ra'ah, aquí traducida, "mal", no siempre se refiere al mal moral. Muchas veces se emplea para describir dificultades, desgracias o calamidades.

15 " Porque he aquí que yo convoco a todas las familias de los reinos del norte, dice Jehová; y vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la entrada de las puertas de Jerusalén, y junto a todos sus muros en derredor, y contra todas las ciudades de Judá. "

15. Yo convoco. El verbo hebreo no expresa tiempo futuro, sino una acción que ya se ha iniciado: "Yo estoy convocando".

Los reinos del norte.
Ver com. vers. 14. Las tribus o clanes que forman el reino del invasor que viene del norte (ver cap. 25: 9). El pasaje también podría traducirse: " "Yo convoco a todas las familias, los reinos del norte". " El empleo del plural tiene por objeto acentuar la magnitud de la calamidad que se avecina.

De las puertas. En el antiguo Cercano Oriente, la puerta de la ciudad era el lugar habitual donde se administraba justicia (ver Gén. 19: 1; Jos. 20: 4; Job 29: 7). Los príncipes de los ejércitos conquistadores establecerían la sede de su autoridad en las puertas de Jerusalén. (Jer. 39: 3-5; cf. cap. 43: 9-10).

16 " Y a causa de toda su maldad, proferiré mis juicios contra los que me dejaron, e incensaron a dioses extraños, y la obra de sus manos adoraron. "

16. Contra los que me dejaron. Los pecados mencionados habían sido muy notables durante el reinado del impío Manasés (2 Crón. 33: 1-7).

17 " Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos. "

17. Ciñe tus lomos. Esta metáfora se basa en la costumbre del Cercano Oriente de ceñirse las largas vestimentas sueltas con una faja o un cinturón, como preparación para viajar o realizar algún trabajo (1 Rey. 18: 46; 2 Rey. 4: 29; 9: 1; ver Sal. 65: 6). Jeremías debía prepararse resueltamente para su tarea (cf. Luc. 12: 35; 1 Ped. 1: 13). Tenía que presentar con franqueza y sin temor cualquier mensaje que Dios le diera.

Para que no te haga yo quebrantar. Las repetidas exhortaciones a tener ánimo indican la timidez natural del joven profeta (cf. 1 Tim. 4: 12; 6: 13; 2 Tim. 2: 3). También implican que Jeremías hallaría mucha oposición a su obra.

18 " Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra. "

18. Yo te he puesto. El "yo" de este versículo está en oposición al "tú" del versículo anterior. Ambos pronombres son enfáticos en hebreo. El profeta debía hacer sin temor su parte, y Dios haría la suya, concediéndole la protección y el poder que le fueran necesarios.

Ciudad fortificada. Símbolo de fuerza y de invencibilidad.

19 " Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte. "

19. Yo estoy contigo. A Jeremías se le advirtió que la realización de la obra de Dios suscitaría la más acérrima oposición del enemigo. A semejanza de los discípulos de Jesús, siglos más tarde, Jeremías fue enviado como cordero "en medio de lobos" " (Luc. 10: 3); sin embargo, la presencia de Dios iría con él y lo protegería (cf. Exo. 33: 14).


COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE

1-2, 5-8 PR 299

7-9 HAp 479

9-10,14,16 PR 300

17-19 PR 299; 2T 17