Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 7
(9 al 16 de mayo de 2015) 

Jesús, el Espíritu Santo y la oración

Pr Jônatas Leal

Introducción

En la Biblia hay un insistente llamado a la práctica de la oración. Jesús, por ejemplo, nos recuerda “la necesidad de orar siempre” (Lucas 18:1). Pablo aconsejó: “Que los hombres oren en todo tiempo”; “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:7). Sin embargo, el don de la oración no es valorado ni disfrutado por todos los cristianos.

Elena G. de White afirmó: “¿Por qué han de ser los hijos e hijas de Dios tan remisos para orar, cuando la oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, en donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia?”. “Dios está pronto y dispuesto a oír la oración sincera del más humilde de sus hijos y, sin embargo, hay de nuestra parte mucha cavilación para presentar nuestras necesidades delante de Dios”.

Con total seguridad, ése no fue el caso de Jesús. Él hizo de la oración una práctica constante. No sólo habló de su importancia a los discípulos, sino que la experimentó intensamente. A través de ella, Cristo obtenía mayor poder del Espíritu Santo. Y en esta semana, estudiamos la vida de oración de Jesús, y su relación con el Espíritu.

 

Jesús y el Espíritu Santo

La relación de Cristo con el Espíritu se destaca en el evangelio de Lucas como en ningún otro. En Lucas y en Hechos vemos al Espíritu activamente involucrado, tanto en la encarnación de Jesús, como en el establecimiento de la iglesia. No sería una exageración afirmar que “Lucas es, ciertamente, el teólogo del Espíritu, no solo en cuanto a los términos utilizados, como Espíritu (pneuma, en 106 ocasiones); Espíritu de Dios (pneume theou, en 75 oportunidades), o Espíritu Santo (pneuma hagion, 56 veces), sino también en término de su reflexión acerca del testimonio y las ideas cristianas primitivas acerca del Espíritu”. Se podría decir mucho para comprobar esto, pero el espacio con el que contamos permite sólo algunas observaciones.

En Lucas 3:16, 17, Juan el Bautista afirmó que Jesús bautizaría con Espíritu y con fuego. El cumplimiento de esta promesa fue confirmado por Lucas en Hechos 2:3, 4. De este modo, el derramamiento del Espíritu es una obra de Jesús. La íntima relación entre el Espíritu y Cristo puede verse en la promesa de Lucas 12:12, donde Jesús predijo que el Espíritu enseñaría lo que los discípulos tendrían que decir. Más adelante, en Lucas 21:15, el propio Cristo afirmó: “Porque yo os daré palabra y sabiduría, que no podrán resistir ni contradecir los que se opongan”. En este ejemplo, la obra del Espíritu y la obra de Cristo se presentan como una sola.

El comienzo del ministerio público también fue marcado por la obra del Espíritu. Apareció de manera corpórea en el bautismo de Cristo, y luego lo dirigió al desierto para ser tentado. Posteriormente, tanto el sermón inaugural de Cristo (Lucas 4:16-21) como el de Pedro, son presentados como consecuencia de una dotación procedente del Espíritu. Así, desde el inicio hasta el fin del ministerio de Cristo, el Espíritu fue una presencia constante.

Esta relación de Jesús con el Espíritu posee dos importantes implicancias. La primera es una afirmación de la humanidad de Cristo. Durante su encarnación, Cristo, según el consejo eterno con el Padre, no hizo uso de su poder divino en su propio beneficio. Así, las obras que obró estaban directamente ligadas a la actuación del Espíritu. Eso quedó bien en claro cuando afirmó: “El que creen en mí, las obras que yo hago, él también las hará. Y mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12). Es importante recordar que esta ida al Padre representaba el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos en el Pentecostés, lo que los capacitaría para hacer las mismas obras de Cristo, pero con un alcance aún mayor.

A partir de ello, surge otra implicancia importante. Cristo nos dejó el ejemplo. Como sus seguidores, debemos buscar permanentemente al Espíritu a fin de poder realizar la obra que Él nos ha confiado. Cuando así lo hagamos, Él obrará grandes cosas en nosotros y por nosotros. Para Lucas, es la oración la que nos prepara para recibir al Espíritu (Lucas 3:21; Hechos 4:31; 9:9, 11; 13:1-3). Y este es uno de los más importantes aspectos de la vida y el ministerio del Mesías.

Jesús y la oración

Cristo no oró sólo para dejarnos ejemplo. Como podemos ver en varias ocasiones en los evangelios, la oración fue una práctica importante para Jesús. A través de la oración, Él mantenía contacto con el Padre. Por medio de ella, el canal de comunicación celestial estaba abierto. En momentos decisivos, Él oró durante largos períodos (Lucas 6:12, 13; 9:28-36; 22:39-46).

En los ejemplos de Jesús, es posible discernir algunas lecciones acerca de la oración. En primer lugar, la oración debe ser vital en nuestro peregrinaje cristiano (Lucas 6:12). Es una cuestión de prioridad. No deberíamos tomar ninguna decisión sin antes elevar a Dios una plegaria solicitando que Él nos revela su voluntad. En segundo lugar, debe haber un tiempo y un lugar dedicados a la oración (Mateo 14:23; Lucas 9:28). En medio de tantas demandas, es necesario reservar un tiempo específico para la oración. Sin una planificación al respecto, apenas sobrarán restos de nuestro tiempo para el hábito de la oración, o dejaremos de orar. En esas circunstancias, nuestra mente puede quedar tan agotada, que cerraremos los ojos, y oraremos de manera soñolienta. En tercer lugar, orar no cansa, sino que fortalece (Mateo 6:12). Algunos reclaman que están muy cansados como para orar, ya sea porque están demasiado agotados como para hacerlo más temprano, o porque –por la misma razón– necesitan acostarse más temprano. A pesar de todo esto, fue en la oración que Cristo encontraba fuerzas para enfrentar sus luchas diarias.

En cuarto lugar, debemos interceder más y pedir menos (Lucas 22:31, 32). Con frecuencia, nuestras oraciones están centradas en nosotros mismos. En nuestro egoísmo, actuamos como si Dios fuera “el genio de la lámpara”. Aunque pedir por nosotros sea legítimo, ese no debería ser el foco de nuestras oraciones. En quinto lugar, Dios no siempre responde afirmativamente (Mateo 26:39). Aun Jesús experimentó el amargo “No” de Dios. Muchos piensan que no reciben lo que piden en oración porque no tienen fe. Eso puede ser uno de los motivos (Santiago 1:6), pero no es el único. Muchas veces, lo que pedimos en oración no produciría todo el bien que pensamos. Y esto nos lleva a la última lección: debemos pedir que la voluntad divina se cumpla (Mateo 26:42; cf. Mateo 7:11). Como un buen Padre, Él sabe darles buenas cosas a sus hijos. Si le diéramos a nuestros hijos de manera indiscriminada todo lo que ellos nos pidieran, eso posible que ni siquiera siguieran vivos.

Elena de White nos recuerda esta importante verdad en El camino a Cristo: “Cuando no recibimos precisamente las cosas que pedimos y al instante, debemos creer aún que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones. Somos tan cortos de vista y propensos a errar, que algunas veces pedimos cosas que no serían una bendición para nosotros, y nuestro Padre celestial contesta con amor nuestras oraciones dándonos aquello que es para nuestro más alto bien, aquello que nosotros mismos desearíamos si, alumbrados de celestial saber, pudiéramos ver todas las cosas como realmente son. Cuando nos parezca que nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la promesa; porque el tiempo de recibir contestación seguramente vendrá y recibiremos las bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que pidamos, es presunción. Dios es demasiado sabio para equivocarse y demasiado bueno para negar un bien a los que andan en integridad. Así que no temáis confiar en él, aunque no veáis la inmediata respuesta de vuestras oraciones”.

El evangelio de Lucas registra dos parábolas de Jesús acerca de la oración (11:5-13; 18:9-14). Ambas tratan acerca de la naturaleza –hasta cierto punto– enigmática de la oración. ¿Por qué razón tenemos que pedirle a Dios algo, si Él ya conoce del tema? Nuestras oraciones, ¿pueden realmente cambiar lo que el Dios Soberano hará? Estas parábolas están encarando –de manera indirecta– justamente estas cuestiones.

En primer lugar, vale la pena destacar que las oraciones cambian a Dios. Sí, sorprendentemente nuestras oraciones cambian al inmutable Dios. Las Escrituras testifican de esta verdad. Santiago afirmó: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2). El propio Cristo afirmó: “Pedid, y se os dará” (Lucas 11:9, 10). Un ejemplo claro de este principio puede ser visto en el diálogo de Dios con Moisés en Éxodo 32:10-14. Aunque Dios ya había decidido destruir a los israelitas debido a su persistente desobediencia, la intercesión de Moisés cambió las cosas, y Dios dio marcha atrás. No obstante, cambiar a Dios no es el principal objetivo de la oración.

En segundo lugar, y más importante, la oración nos cambia a nosotros mismos. El mayor milagro de la oración es que ella puede transformar nuestra vida. A través de la oración, podemos ejercer nuestra fe en Dios. Ella nos ayuda a vaciarnos de nosotros mismos y a mantener una actitud abnegada, que nos lleva a interceder delante de Dios por los problemas ajenos. Además, la oración contribuye a que recordemos nuestra total dependencia de Dios. Nuestra vida está constantemente en sus manos. Finalmente, ella es el medio de restablecer la conexión con Dios en un nivel muy personal. Así, independientemente de los resultados pragmáticos que ella trae a nuestra vida, seremos siempre fortalecidos, y transformados, por una vida activa de oración.

Jesús y el Padrenuestro

Uno de los pasajes bíblicos más conocidos y recitados de memoria es la oración del Padrenuestro. Ella no fue planificada para que fuera recitada como un mantra mágico sin una reflexión. Es una oración modelo en el sentido de que en ella podemos encontrar los principios más básicos de la oración. Aunque su recitado puede ser procedente, ese no parece ser su principal objetivo. Interesantemente, el pedido de los discípulos no fue: “Enséñanos cómo orar”, sino “Enséñanos a orar”. Las palabras de Aracely Mello pueden ser oportunas aquí: “La oración modelo no fue destinada a ser repetida de manera vacía, sino como una ilustración del modo en cómo deben ser nuestras oraciones todo el tiempo: simples en palabras, fervientes en fe, abarcantes en su sentido, profundas en su sentimiento, y expresivas en su consagración, loor y gratitud a Dios”.

Lucas también registra la famosa oración que Jesús le enseñó a sus discípulos (11:2-4). La versión de Mateo (6:9-13), en algunas versiones bíblicas puede aparecer con el añadido final de la expresión “Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre”. Generalmente, cuando eso ocurre, la expresión aparece entre corchetes. Esto se debe a la falta de certeza respecto de la originalidad de la frase. La expresión está ausente en los manuscritos más antiguos e importantes de la familia Alejandrina, la Occidental, y en otra clase de textos, como en los comentarios más antiguos de los Padres de la iglesia (Tertuliano, Orígenes y Cipriano). A pesar de esto, aun cuando la expresión no sea original, no significa ningún problema adicional, puesto que ella armoniza con la teología bíblica en general.

La oración no empieza, ni termina, con las necesidades humanas, aun cuando están incluidas, sino con la gloria de Dios. Cada frase y petición se concentran en Dios, su Persona, sus atributos y sus obras. En ella podemos discernir la relación que Dios espera establecer con nosotros, así como el espíritu adecuado que debemos nutrir en nuestra oración:

  1. “Padre nuestro”: Relación padre-hijo, altruismo y devoción familiar.
  2. “Santificado sea tu nombre”: La Deidad, la actitud del adorador y la reverencia.
  3. “Venga tu reino”: Relación soberano-súbdito, lealtad.
  4. “Sea hecha tu voluntad”. Relación Señor-siervo, sumisión.
  5. “El nuestro de cada día dánoslo hoy”: Relación benefactor-beneficiario, dependencia.
  6. “Perdona nuestras deudas”: Relación Salvador-pecador, penitencia.
  1. “No nos dejes caer en la tentación” Relación Guía-peregrino, humildad.

 

Cuando estos elementos estén presentes en nuestra vida de oración, ya nunca será la misma.

Conclusión

William Carey, el famoso misionero británico conocido como “Padre de las misiones modernas”, en cierta ocasión fue reprendido por pasar mucho tiempo en oración lo que, según su interpelante, ocasionaba que descuidara su trabajo. Y él respondió que la súplica, la gratitud y la intercesión eran mucho más importantes en su vida que reunir tesoros en la tierra. Y dijo: “La oración es mi verdadero negocio. Remendar zapatos es una ocupación secundaria, que sólo me ayuda a pagar las cuentas”.

Hagamos nosotros también de la oración un verdadero negocio. Si ése fue el negocio de Jesús, entonces es un buen negocio.


Elena G. de White, El camino a Cristo, pp. 94, 93.

Horn, F. W. Holy Spirit, en Freedman, D. N. The Anchor Yale Bible Dictionary. vol. 3. New York: Doubleday, 1992, p. 277.

Ibíd., p. 277.

White, pp. 95, 96.

Almeida, Deilson Storch de. O Pai Nosso antológico. 3ª ed., GSA: Vitória, 2010, p. 22.