Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 9
(23 al 30 de mayo de 2015) 

Jesús, el gran Maestro

Pr Jônatas Leal

Introducción

La autoridad de cualquier discurso está ligada no solo a la capacidad y al conocimiento, sino especialmente al carácter del orador. Cuando se trata de un discurso de índole moral o religioso, esto es aún más cierto. Generalmente, la autoridad está relacionada a una coherencia entre la práctica y el discurso. Esta es una de las facetas de la autoridad de Cristo (Lucas 4:32). Su enseñanza era diferente del método de los escribas y fariseos (Mateo 7:29).

Para ello, podemos señalar dos razones: la primera, es acerca de su manera de vivir. Cristo enseñaba lo que vivía. En tal sentido, su enseñanza desentonaba completamente de la de los escribas y fariseos, quienes le imponían al pueblo cargas que ellos mismos no podían llevar. La segunda es respecto a quién era Él. La autoridad de la enseñanza de Jesús no estaba basada únicamente en su vida coherente. Él era más que un ejemplo moral a ser seguido: Jesús era Dios encarnado. Así, su autoridad estaba en otro plano. Lucas dejó bien en claro que la autoridad de Cristo iba más allá de su función como Maestro. Cristo tiene autoridad sobre la naturaleza (Lucas 8:22-25); sobre los demonios (Lucas 4:34-37); y sobre los ángeles de Dios (Lucas 12:8). Él posee la autoridad divina de perdonar pecados (Lucas 4:24-26).

La autoridad de su enseñanza, lo hace el Maestro por excelencia. No sólo por su metodología, un abordaje innovador para la época, ni por el contenido de sus enseñanzas, sino especialmente por su Persona y su modo de vivir. Uno de los temas preferidos de sus enseñanzas fue el amor. Sobre esto, Él habló como nadie. Ese tema está en el clímax del mensaje de uno de sus más conocidos discursos, el famoso Sermón del Monte

Enseñando en el monte

Aunque haya un amplio debate al respecto, es posible afirmar que la versión de Lucas (6:20-49) no es un sermón distinto del que quedó registrado en Mateo (5:1 – 7:29). Lucas presenta un resumen que se encuadra en el propósito general de su evangelio. Mientras que “en Mateo la esencia de la vida cristiana se describe como la verdadera justicia, en contraposición al formalismo de los fariseos; en Lucas la justicia se encuentra en el amor”. No hay desacuerdo entre las dos versiones, apenas énfasis diferentes. Mateo ubica el sermón en un monte (Mateo 5:1), y Lucas lo hace en “un lugar llano” (Lucas 6:17). No obstante, “el vocablo griego traducido como ‘lugar llano’, puede significar ‘una meseta en una región montañosa’”.

El escenario que Lucas presenta para el sermón no debe pasar desapercibido. En la escena se presentan tres grupos (6:17): los apóstoles que habían descendido del monte con Cristo hacia una especie de meseta donde el sermón sería pronunciado; una gran cantidad de discípulos, a quienes fue especialmente dirigido el sermón (6:19, 20); y una gran multitud proveniente de Judea y las grandes ciudades de la costa marítima. La mención de las ciudades de Tiro y Sidón, junto con Judea, demuestra el alcance del mensaje de Cristo y –al mismo tiempo– apunta a que su enseñanza no debía ser monopolizada por los judíos.

La “gran multitud” no sólo estaba interesada en la enseñanza de Cristo. Además de oír, fueron para ser sanados (6:18). Muchos quería apenas tocarlo, porque “salía de Él un poder que sanaba a todos” (6:19). Tal situación debe ser considerada como trasfondo del sermón. En suma, al ubicar el sermón luego de gran manifestación de sanidad para la multitud interesada (o que tenía ciertos intereses), Lucas estaba enseñándonos que “seguir a Jesús no sólo es recibir, sino dar. La enseñanza se contrapone al enfoque de la gente en la sanación. Dios sana y da de gracia, mientras que el peregrinaje con el Señor involucra el servirle”. En el centro del servicio a Dios está el amor al semejante y al Señor.

El sermón está dividido básicamente en dos partes. La primera parte del sermón, “encara la relación de los discípulos con Dios; la segunda respecto a la relación con las demás personas”. De hecho, la esencia del discipulado es el amor (Juan 13:35; 15:12, 17). Esta ley del amor trasciende la capacidad humana y, por lo tanto, sólo puede ser vivenciada a partir de Dios, la Fuente eterna e inagotable de amor (1 Juan 3:10, 14; 4:8, 20).

Una de las grandes verdades que el sermón enseña es que “la vida bendecida no proviene de ‘obtener’ o ‘hacer’, sino del ‘ser’”. Así, el énfasis está en la actitud que se traduce en un comportamiento que condiga entre el discípulo y el Maestro. Jesús habló de nuestras actitudes frente a las circunstancias (Lucas 6:20-26), las personas (Lucas 6:27-38), nosotros mismos (Lucas 6:39-45), y Dios (Lucas 6:46-49). De este modo, destaca “cuatro cosas esenciales para la verdadera felicidad: la fe en Dios, el amor hacia los demás, la honestidad con nosotros mismos, y la obediencia a Dios”.

El sermón de Lucas divide a la humanidad en dos grupos: los que reciben las “bienaventuranzas” y los que reciben los “ayes”. Las bienaventuranzas son la expresión de la gracia divina en favor del discípulo que halla la dicha (sinónimo de bienaventuranza) aún en medio de las situaciones adversas de la vida (6:20-22). A su vez, los ayes son la expresión de la respuesta negativa del pecador a la gracia divina. La contraposición es total. Los pobres poseen el reino de Dios (6:20b), los ricos sólo consolación (6:24), o sea, todo lo que el dinero puede darles, nada más. Los hambrientos son saciados (6:21a), mientras que los que se han hartado se convierten en hambrientos (6:25a). Los que lloran podrán reír (6:21b), y los que se ríen, ahora lloran (6:25b). Los odiados reciben el galardón (6:22, 23), y los que reciben elogios experimentarán la suerte de los falsos profetas aduladores del Antiguo Testamento (6:26).

El primer grupo es, por las apariencias, digno de compasión. Pero a los ojos de Jesús son bienaventurados o felices, por lo que les es prometido. El otro grupo posee lo que el presente les puede ofrecer: satisfacción de su deseo de bienes materiales, felicidad y una buena reputación en el mundo. No necesitan clamar a Dios en oración, ¡pues piensan que lo tienen todo! Pero Jesús dijo que vendrá el tiempo en el que no tendrán nada.

Enseñando el amor en una parábola

La ética cristiana expresada en el sermón del monte no admite las divisiones. Está por encima de los estereotipos sociales o incluso religiosos. La familia de Dios edificada sobre los principios del sermón del monte tiene lugar para los cobradores de impuestos, tales como Leví, y pecadores en general (Lucas 5:27-32). Hay también lugar para los pobres, mancos, lisiados y ciegos (Lucas 14:15-24). No pueden quedar fuera tampoco los gentiles, tales como el centurión cuya fe, ni siquiera en Israel, Cristo había encontrado (Lucas 7:1-10), o leprosos, como el samaritano que volvió para agradecer (Lucas 17:11-19). No obstante, pareció que Jesús había demasiado lejos al incluir a los samaritanos en esta gran familia. En verdad, Él fue más allá aún al presentar la parábola del buen samaritano.

La pregunta del intérprete de la ley “¿Quién es mi prójimo?” (10:29), sutilmente se relaciona con el tema de la familia de Dios. En otras palabras, ¿quién está bajo mi responsabilidad? ¿A quién debo cuidar? ¿A quién debo amar incondicionalmente? Finalmente, ¿quién es mi familia? La respuesta vino a través de una narración, y de un modo que este hombre no esperaba.

La parábola comienza con una aparente incongruencia: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?” (Lucas 10:25b). Sin embargo, la pregunta refleja el pensamiento judaico del primer siglo respecto de la salvación. Por ejemplo, el rabí Hillel decía “Quien toma para sí las palabras de la Torá, obtiene la vida en el mundo por venir” (Mishná Pirke Aboth 2:8). Así, la salvación se obtenía meritoriamente por el cumplimiento de la ley en su carácter más restringido.

A fin de aprender su real significado, es igualmente importante recordar que la parábola está insertada en un diálogo dividido en dos partes. En la primera sección del diálogo (10:26-28), tanto Cristo como el intérprete de la ley están usando uno las armas del otro. Cristo se enfoca en la ley (10:26-28), mientras que el intérprete habla en términos del amor al prójimo (10:27). De hecho, la primera parte del diálogo revela que el intérprete de la ley “tenía la teología correcta, pero la cuestión es: ¿estaba dispuesto a actuar basado en ella? Su postura intelectual es excelente, su desempeño está todavía en cuestión”. Esta es todavía la situación de muchos que tienen la doctrina correcta, pero la práctica equivocada.

La primera ronda termina empatada. Pero en la segunda, el desempate es avasallador. El hombre profundiza la cuestión, y quiere saber quién es su prójimo. ¡Tal vez una lista con la que él estaba tan acostumbrado! La respuesta parecía muy clara. De acuerdo con Levítico 19:17, 18, el prójimo era el hermano o alguien hijo del mismo pueblo. Para la interpretación de entonces, eso de ningún modo incluiría a un gentil o a un samaritano.

Para responder a la segunda pregunta, Jesús contó un breve relato de carácter ilustrativo. La historia es muy conocida y no hace falta contarla nuevamente aquí. Está registrada en Lucas 10:30-35. Se presentan cuatro personajes principales: el sacerdote, el levita –ambos con una elevada reputación en la sociedad judía del primer siglo–, el samaritano y el hombre que yacía inconsciente y desnudo como resultado del asalto de los ladrones. El patrón de las acciones desempeñadas por el sacerdote, el levita y el samaritano es: a) venir; b) hacer; y c) dejar. Tanto el sacerdote como el levita vienen (“descendía”; “llegó cerca de aquél lugar”, 10:31a-32a); hacen algo (“al verlo”, 10:31b-32b) y dejan (“pasó por el otro lado”, 10:31c-32c). El patrón se rompe con el samaritano quien, contra todas las expectativas, no deja que el herido siga caído. El venía (“iba de camino”, 10:33), hace algo (“se acercó a él”, 10:34), y no lo deja, no abandona al herido (venda las heridas, lo carga sobre el animal, lo lleva al mesón y paga sus deudas, 10:34, 35).

La cuestión de la identidad del prójimo, que estaba en el centro del debate, está insertada de manera sutil en el relato. El hombre caído en el camino está desvestido e inconsciente, imposibilitando cualquier conclusión respecto a su nacionalidad. En este caso, la ropa y el habla no nos podrían ayudar a identificar al herido. En aquél tiempo, esas eran las principales maneras de identificar rápidamente el origen étnico de alguien. Así, los tres actuaron sin tener en cuenta si la persona caída era judío, samaritano o gentil.

Curiosamente, tanto el sacerdote como el levita podrían haber razonado que, al no acercarse al hombre caído, estaban cumpliendo la ley. Teniendo en cuenta la posibilidad de que ya estuviera muerto, podrían quedar involucrados en un caso de impureza ritual, en caso de que tocaran el cuerpo. Así, unido al hecho de que el hombre podía ser un pecador, “ayudar a un extraño será trabajar contra Dios, que también detestaba a los pecadores”. Como puede verse, eran prisioneros de su propio sistema legal. Irónicamente, la ley que prohibía la contaminación era incondicional, mientras que la ley del amor al prójimo era condicional.

Lo escandaloso de la parábola aparece en la percepción de las acciones del samaritano, y su modo de reflejar las acciones divinas respecto de su trato con el Israel del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Jeremías 30:17 leemos: “Pero yo te enviaré sanidad, y sanaré tus heridas –dice el Señor–, porque te llamaron desechada diciendo: ‘Esta es Sión, en la que nadie se interesa’”. En Oseas 6:1, 2 encontramos varias semejanzas con las acciones del samaritano de Lucas 10. Allí podemos leer: “Venid, volvamos al Señor. Él nos despedazó, y nos sanará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días, al tercer día nos levantará para que vivamos ante Él”. Conceder tal dignidad y elogio a un samaritano estaba por encima de lo que muchos judíos podían soportar. La larga disputa entre palestinos y judíos de la actualidad puede ser una buena ilustración de los resultados de los desacuerdos y prejuicios étnicos.

La pelea entre judíos y samaritanos era muy antigua. Se remontaba a los tiempos en los que Israel se había dividido en dos partes: el reino del Norte y el Reino del Sur (1 Reyes 12:1-20). Para empeorar las cosas, los asirios habían implementado el mestizaje luego de la caída de Samaria en el 722 a.C. (2 Reyes 17:3-6), por lo cual los israelitas habían perdido su identidad étnica y religiosa. Finalmente, el rechazo de los judíos en recibir la ayuda de los samaritanos en la reconstrucción de Jerusalén luego del retorno del exilio babilónico, profundizó definitivamente la crisis en la relación entre los dos pueblos. El paso del tiempo no disminuyó las cicatrices; por el contrario, las empeoró. En el libro seudoepigráfico conocido como Ben Sirac, fechado en el 200 a.C., leemos: “Hay dos naciones que mi alma detesta, y una tercera que, en definitiva, no es una nación: los habitantes del monte Seir, los filisteos, y el pueblo estúpido que vive en Siquem [una alusión a los samaritanos]” (Ben Sirac 50:25, 26).

En el contexto de la parábola, reflejar las acciones del samaritano podría estar más allá de lo que el intérprete de la ley estaría dispuesto a hacer. Cumplir la ley del amor era más difícil que cumplir la lista de reglas y requerimientos de la tradición. En verdad, el fracaso en guardar el mandamiento “no surge de la falta de información, sino en la falta de amor. No era nuevo conocimiento lo que necesitaba el intérprete de la ley, sino un nuevo corazón –en un lenguaje más claro– la conversión”.

¿De qué manera la parábola respondió a la pregunta que la originó ¿Quién es mi prójimo? En verdad, la parábola presenta un concepto dinámico de “prójimo”. Es considerado desde la perspectiva de quien ayuda y no desde quién debe ser ayudado. Al preguntar cuál de los tres había actuado como el prójimo del hombre en necesidad (Lucas 10:36), Jesús invirtió la lógica del intérprete de la ley. Él no debía preocuparse en saber quién era su prójimo, sino antes debía procurar ser prójimo. Nosotros nos convertimos en prójimo cuando vamos a la humanidad sufriente y, sin mirar a quién, prestamos nuestra ayuda con amor desinteresado.

Conclusión

En realidad, el amor genuino no comienza definiendo su objeto, simplemente lo descubre. El amor no es algo que tú sólo sientes, sino que también es algo que haces. Desde el punto de vista divino, tal como en la parábola, “la salvación llega al herido en forma de una demostración costosa de amor inesperado”.

A la luz de la ética de Cristo, ese amor extremo debe ser experimentado por sus discípulos. Cuando actuamos amorosamente en favor de los que nos necesitan, estamos siguiendo los pasos de nuestro Maestro, siendo que Cristo también es representado por el buen samaritano. Al vernos caídos en el pecado, nos acogió aun cuando éramos sus enemigos. Sin recibir nada a cambio, pagó nuestra deuda, nos levantó y nos otorgó dignidad, liberación y esperanza. Es en Él que somos vencedores, nunca por nuestros esfuerzos, por más bien intencionados que éstos sean. Sin Cristo, continuamos caídos a la vera del camino esperando una muerte cierta.

Erdman, Charles R. The Gospel of Luke: An Exposition. Philadelphia: The Westminster Press, 1921. p. 71.

Baker, Exegetical Fallacies, p. 43.

Bock, Darrell L. Luke: 1:1–9:50 - Baker Exegetical Commentary on the New Testament. vol. 1. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 1994. p. 566.

Carson, D. A. et al. New Bible Commentary: 21st Century Edition. 4. ed. Leicester, England; Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1994. p. 991.

Wiersbe, Warren W. The Bible Exposition Commentary. vol. 1. Wheaton, IL: Victor Books, 1996.  p. 192.

Ibíd., p. 192.

Carson, p. 991.

Bailey, Kenneth. Poet & Peasant and Through Peasant Eyes: A Literary-cultural Approach to the Parables in Luke. Grand Rapids: Eerdmans, 2000. Kindle Edition, pos. 3675.

Ibíd., pos. 3720.

Ibíd., pos. 3772.

Carson, p. 998.

Bailey, pos. 3720.

Ibíd., pos. 3975.