COMENTARIOS DE LA LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

II Trimestre de 2015

El libro de Lucas 

Lección 9
30 de mayo de 2015

 

Jesús, el gran Maestro

Prof. Sikberto Renaldo Marks

 

Versículo para Memorizar: “Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad” (Lucas 4:32).

Introducción

Hagamos un contrapunto con lo que está escrito en la Guía de Estudio, la cual describe –a través de dos citas de Elena G. de White– las condiciones sociales de la época, con lo que hoy sucede. En nuestros días es similar, o –mejor aún– las condiciones son peores, pues estamos al final de los tiempos del pecado. Hoy se acumulan todos los males de todos los tiempos, que hicieron que Dios tomara decisiones radicales, pues lo que motivó el Diluvio, lo vemos hoy en nuestra sociedad. Lo que desencadenó la destrucción de Sodoma y Gomorra, es lo mismo. Lo que ocasionó la destrucción de Herculano y Pompeya, también. Lo que hizo que el pueblo de Dios permaneciera más de treinta y ocho años en el desierto, su dureza de cerviz, está entre nosotros. Las enfermedades del tiempo de Jesús. Están todas en nuestro medio. Y antes de todo ello, el odio y la envidia como la de Caín contra su hermano, forman parte de los noticieros de todos los días.

Por cierto, nunca hemos estado en tiempos de tanta corrupción, como la que hay en nuestros días, especialmente en mi país, Brasil. La pregunta que surge es: ¿Hay alguna actividad económica en nuestros países en las que no esté involucrada la corrupción? Seguramente no. Si se investigara, se encontraría en todas partes. Hace algunos años vengo diciendo que me avergüenza ser brasileño, pero me deleito en ser cristiano, pues solo en Jesús hay esperanza de un futuro decente. Además, lo que aún me brinda esperanza, aquí, entre los seres humanos, es que algunas autoridades de la Policía y el Ministerio Público todavía tienen un buen criterio. Y también algunos periodistas que denuncian los males que corroen a la sociedad.

Permitamos que la Biblia retrate nuestros días: “Esto ten en cuenta, que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amantes de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, desleales, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, infatuados, amantes de los placeres más que de Dios, tendrán apariencia de piedad, pero negarán su eficacia. A éstos evita. Estos son los que entran en las casas, y cautivan a las mujeres cargadas de pecados, llevadas de diversos malos deseos, que siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:1-7). Así son nuestros días, un contexto más radical que el de la primera venida.

Es, por tanto, tiempo de que concluyamos la obra de la evangelización, y de que Jesús vuelva. Este no es lugar mínimamente apropiado para una vida moralmente decente, para educar bien a nuestros hijos y que dispongamos de condiciones en las que no seamos afectados por mal de cualquier clase. La sociedad se ha degenerado y esa degeneración ya está garantizada legalmente. Quien aún desee mantener sanos principios morales, tales como los que Dios dio en el principio, es considerado un retrógrado, y es combatido con severidad. A este punto hemos llegado, y si no somos rápidos en la evangelización, ya no dispondremos de condiciones favorables para hacerlo. Pero Dios conoce el futuro, y ha garantizado que las profecías se cumplirán. Él está al control.

La autoridad de Jesús

Analizaremos no sólo la autoridad de Jesús, sino también su poder. Parece que el autor de la lección ha dejado de lado la parte del poder. La autoridad sin el poder no hace nada. El poder, sin autoridad, es ilegítimo, sólo es imposición por la fuerza, y cualquier clase de fuerza. En la ciencia de la Administración (donde doy clases) se estudia este tema de la autoridad y el poder, entre otras cosas, así como el liderazgo.

¿Dónde se origina la autoridad y el poder? ¿Qué es la autoridad y qué es el poder?

La autoridad es el derecho legítimo de ejercer el poder. Debe originarse a partir del derecho, o sea que tiene que ser legítima. Si no lo es, entonces es alguna clase de imposición. La autoridad de Jesús no se legitimó en este mundo, o sea, Jesús no tuvo el derecho de sanar enfermedades, perdonar pecados, dominar a la muerte y resucitar, de hablar con poder, de enfrentar a los doctores de la ley en diversos temas, de afirmar que era Hijo de Dios, etc., originado en este mundo. Él recibió esa autoridad del Trono celestial, y también de Él mismo, pues aunque estuviera en un ser humano, Jesús era plenamente Dios. Por eso poseía también la autoridad para ser adorado.

Las autoridades de este mundo se legitiman, por ejemplo, por elección de la mayoría de los votos. Otras, como es el caso de los profesionales en general, a través de curso superior, o un diploma de posgrado. Así adquieren el derecho de realizar tratamientos en el cuerpo de las personas, tomando a los médicos como ejemplo. Un presidente de una empresa legitima su autoridad en el estatuto de la organización; o en el caso de una compañía de responsabilidad limitada, porque es el dueño de la empresa.

Pero, como ya hemos dicho, la autoridad no es nada si no tiene poder. ¿Y qué es el poder? Si la autoridad es el derecho de hacer ciertas cosas, poder es la capacidad de lograr hacerlas. Por ejemplo, la policía tiene el derecho de arrestar a las personas, y ese derecho proviene de la ley, en caso de que un ciudadano la haya infringido. La policía tiene el poder de arrestar, pues los agentes llevan un arma en la cintura, y otros implementos. Puede hacer uso de la fuerza para ejercer su autoridad. Por lo tanto, poder es la capacidad de hacer ciertas cosas.

¿Cómo operaba entonces el poder de Jesús? Su poder provenía directamente de su autoridad, o sea, Él era divino, y actuaba a través del poder divino de su Padre. El poder de Jesús tampoco provenía de este mundo. Cuando Él sanaba, por ejemplo, no era porque se había especializado en alguna rama de la medicina, sino que a través del poder divino, el mismo Poder que había utilizado para crear el Universo a partir de la nada, a través de la Palabra.

Jesús impresionó a las personas por el poder de lo que decía. Aquello tenía contenido, y era persuasivo y convincente. La verdad era explicada de un modo impactante. Las multitudes se admiraban con lo que Él les transmitía. Las vidas de muchas personas cambiaron a través de sus enseñanzas. Enseñaba con poder, y tenía el derecho divino para eso, pues, al fin y al cabo, nunca aquí en la tierra hizo algún curso para tener ese derecho y tal poder.

Podemos tener todos los cursos y diplomas del mundo. Eso es bueno. Pero si no tenemos la autoridad y el poder de lo alto, esos cursos sólo actuarán como un obstáculo a la predicación de la verdad. La autoridad y el poder de la tierra son inútiles, proceden de los seres humanos, y es débil. El poder para enseñar y transformar lo debemos recibir del Espíritu Santo, así como Jesús lo mostró cuando estuvo entre nosotros.

El mayor sermón de Cristo

El contenido de este tema daría para tratarlo durante, por lo menos, dos semanas. Es en el Sermón del Monte donde Cristo brindó las orientaciones para el verdadero cristianismo. Destacaremos entonces algunos aspectos fundamentales para nuestro estudio. Otros podrán destacar aspectos diferentes, pero no importa. Jesús fue amplio en este sermón, muy rico en sabiduría y conocimiento.

Un punto que se destaca en el sermón de Jesús es el amor a los enemigos (Lucas 6:27-36). La gente del mundo ama a los amigos, y si los cristianos lo hicieran así también no se diferenciarían de los que no siguen a Cristo. La orden del Maestro es más radical, o profunda. Debemos amar también a todos nuestros enemigos. Aquí Satanás libró su principal batalla contra Dios y su Ley. Desde el principio de su rebelión afirmó que es imposible amar a quien no nos ama, o sea, a quienes son nuestros enemigos, los que nos causan el mal. Pensaba, por ejemplo, que Dios no perdonaría a Adán y Eva y sus descendientes a causa de sus pecados. Pero el perdón es justamente el punto central del amor y el proceso de la salvación, y por ello es el punto central del cristianismo, justamente a causa del amor. Debía ser la norma superior de la relación entre los seres humanos, y por ello no tendríamos problemas en la tierra. En vez del “ojo por ojo, diente por diente”, (la Ley del Talión, considerada como sensata y sabia), Jesús enseñó cómo eliminar el mal desde la raíz, ofreciendo la otra mejilla y disponiéndose a perdonar. Enseñó que debíamos proponer la reconciliación con quien nos hubiera ofendido, por encima de la actitud normal entre los seres humanos, que es la de esperar que quien haya ofendido tome la iniciativa de arreglar las cuentas.

Otro punto fuerte de este sermón trata del juicio (Lucas 6:37, 38). No debemos juzgar a los demás, y así no seremos juzgados. Lo que Jesús quiso decir aquí es que no nos corresponde el condenar a otras personas, aun cuando estén en error flagrante. Lo que podemos –y debemos– hacer es constatar el error de otras personas para ayudarlas en la recuperación. Para eso, evidentemente debemos juzgar, pero no con un juicio condenatorio, algo que sólo le compete a Dios. A nosotros nos corresponde socorrer a alguien para que se salve, y en caso de que –a pesar de ello– no se salve, ese ya no es nuestro problema, pues es decisión de esa persona.

Una familia nueva

Aquí podemos hacer una confrontación entre la sabiduría del mundo y la divina. En lo tocante al amor, ¿qué dice la sabiduría del mundo?

En primer lugar, la palabra “amor” hoy está bastante pervertida. Se habla de “hacer el amor”, en referencia al sexo libre, y se ha convertido en un sinónimo de libertinaje, de anulación de la familia.

¿Y qué significaba el amor, allá en el Edén? Un vínculo afectivo y también racional entre Adán y Eva, sellado por la presencia de Dios, que es Amor. Por lo tanto, hablar y practicar mal el amor es un quebrantamiento del tercer mandamiento, que trata de reverenciar y tener sumo cuidado con el Nombre de Dios. Ese mandamiento se extiende al concepto en relación a Dios. Es evidente que una sociedad así no puede progresar, como no avanzó moralmente Sodoma y Gomorra. No saber amar es la fórmula para que una sociedad empeore. En mi país hay leyes que favorecen más una unión homosexual que a la familia tradicional, y lo que debemos esperar como consecuencia es que se acelere el proceso de degeneración social en el país. Una cosa es respetar a los que prefieren vincularse a personas del mismo sexo –eso es algo que deberíamos hacer– pero no es necesario que estemos de acuerdo, con ello, y eso es algo que la ley todavía permite. En el pasado sucedió así, no olvidemos lo que ocurrió con Herculano y Pompeya, dos ciudades destruidas por la erupción del volcán Vesubio. Ambas ciudades eran libertinas.

Los filósofos han reflexionado acerca del amor, pero son pensamientos limitados a la sabiduría humana. Con esa misma sabiduría se faculta la guerra, la violencia y la destrucción. Por ejemplo, entre nosotros es normal que haya diferencias entre las nacionalidades. Desconfiamos de alguien que provenga de otro país, tanto que, para entrar al nuestro, debe ser identificado correctamente, y hay que registrarlo. Somos malos, y los malos no saben amar correctamente.

Otro ejemplo son los deportes. En mi país, especialmente el fútbol. Para algunos adventistas es normal serlo, y a la vez, dividirnos entre nosotros alentando a equipos diferentes. Mientras sostengamos esas divisiones no sabremos lo que es el amor, no hay coherencia entre el amor y el alentar a algún equipo de fútbol, como si alguno de ellos fuera siempre invencible.

Es también normal, y aceptado por algunos, participar de partidos políticos. Recuerdo un grupo de ancianos y pastores de la región de Porto Alegre, que en una elección pasada, declararon su voto a favor de un candidato de un partido determinado. En sí mismo, eso es una aberración para el pueblo de Dios, y más aún cuando ese partido es un acérrimo defensor de los derechos de los homosexuales. Sí, estamos divididos, no entendemos lo que es amor, pero predicamos acerca de él como si lo entendiéramos.

Podría decirse más, pero dejemos de hacerlo por ahora. ¿Qué dijo Jesús acerca del amor? La lección aporta cuatro ejemplos. En primer lugar, Jesús no hacía distinción entre las personas. Los publicanos –los cobradores de impuestos– eran muy mal vistos por el pueblo judío, por lo que eran juzgados, o considerados, como pecadores. Por lo tanto eran marginados. Y Jesús no solo invitó a Leví para que formara parte de su grupo de discípulos, sino que también participó de una comida en su casa (ver Lucas 5:27-32).

Los soldados romanos eran considerados como parte del poder opresor, del cual los judíos esperaban ser librados por el Mesías. Sin embargo, ¿qué hizo Jesús? Sanó al siervo de un centurión romano (Lucas 7:1-10). En la curación de los diez leprosos, mientras iban para presentarse en el templo, uno de ellos volvió para agradecer. Sólo uno. Y era samaritano, pueblo considerado inferior y pecador. Pero justamente un samaritano volvió, y sólo a Él Jesús le dijo: “Tu fe te ha salvado” (Lucas 17:11-19). A la gran cena a la que se invitó a las personas nobles y de dignidad social, ninguna de ellas asistió, todos presentaron alguna excusa, hasta que la fiesta incluyó a los pobres, a los parias de la sociedad, los marginados y andrajosos. Los considerados “gente fina” no fueron, sino los considerados “indignos”, quienes sí fueron.

¿Qué es lo que Jesús enseñó a través de estos mensajes? Lo que Él ilustró con su vida: Amar a todos, amigos y enemigos, buenos y males, dignos e indignos. Si algunas de estas personas no correspondían a ese amor, ya era problema de ellos. No debemos admitir motivo alguno para establecer alguna barrera de separación entre nosotros y los demás, ya sea la riqueza, la pobreza, los títulos, ni un equipo de fútbol, ni la marca del algún producto, es decir, absolutamente nada.

La definición de amor: La parábola del buen samaritano – 1º parte

La parábola del buen samaritano (título prejuicioso, pues supone que los samaritanos eran malos por naturaleza, sólo uno fue –excepcionalmente– bueno), comienza con una pregunta de un doctor de la ley. Él había ido a hablar con Jesús acerca de la salvación. El doctor de la ley era él, no Jesús, pero aun así, fue a indagar al famoso Maestro. Quería saber qué hacer para ser salvo. Quien debía conocer la respuesta era él, pues era doctor en el conocimiento de la ley.

Jesús se valió de la condición erudita del doctor, y le preguntó exactamente lo que él debería saber: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26). O sea: “Tú eres doctor, ¿y soy yo quien debe responder tu pregunta?”. El doctor dio la respuesta correcta, digamos, técnicamente hablando: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y todo tu entendimiento, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27).

La respuesta estaba correctísima, al fin y al cabo, era él quien debía enseñarle la ley al pueblo, por lo que debía saberla. Pero lo que no sabía era la correcta aplicación de la parte de amar al prójimo, algo que es nuestro más grave problema en este mundo, incluso en nuestros días. Jesús mismo le dijo que así era, y que viviría si lo hacía, y sería salvo. Pero Jesús omitió explicar en qué consistía el amar al prójimo, pues sabía que el doctor estaba inquieto por ello. Seguramente el doctor de la ley ya había escuchado hablar acerca del amar a los enemigos, amar a todos sin distinción. Y el indagador erudito estaba preocupado con la parte de amar al prójimo. Entonces, luego de la aprobación de parte de Jesús, quiso saber quién era su prójimo, o sea, a quién debería amar, y a quien no necesitaría amar.

Fue esa pregunta la que desencadenó la parábola del buen samaritano: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29).

La situación del doctor era que él poseía el conocimiento correcto, pero éste era un conocimiento académico, teórico, artificial, sin la debida aplicación conforme el propósito de la Ley, tal como el que Jesús venía enseñándoselo al pueblo. Faltaba entender cómo debía amarse al prójimo, a quién incluir. Faltaba el criterio que definiera quién era ese prójimo, del cual dudaba el doctor, y que quería aprender. Como Jesús sabía exactamente a dónde quería llegar, dejó que él mismo lo revelara.

La definición del amor: La parábola del buen samaritano – 2ª parte

Jesús explica en qué consiste el verdadero amor. Amar es estar dispuesto a perdonar, a hacer el bien, a mantener una buena relación, sin importar quién sea la otra persona. Fue ese amor el que Jesús mostró en la cruz. Fue de ese amor que Satanás dudó que fuera posible que alguien demostrara permanentemente. Amar a los amigos es fácil, hasta los impíos lo hacen. Pero amar a los enemigos, eso es dar un paso más. Amar a quien nos hace mal, a quien nos odia, a quien nos quiere asaltar, a quien nos traiciona, a quien desea matarnos, a quien ya ha matado a algún ser querido, eso es realmente amor. Amar a todos, amar al prójimo. ¿Y quién es nuestro prójimo? Cualquier ser humano que exista.

La ilustración de Jesús fue esclarecedora. Los judíos entendían, y enseñaban, que debía amarse a los propios judíos, no a los gentiles, y mucho menos, a los samaritanos, quienes eran considerados un pueblo inferior, ocupante de las tierras del antiguo Reino del Norte. Eran medio paganos y medio adoradores del mismo Dios de los judíos. Habían surgido del paganismo para ocupar el lugar de los israelitas que habían sido deportados. Por eso los judíos los odiaban. En vez de convertirlos completamente, evitaron cualquier contacto con ellos, y condenaban a cualquiera que hablara con ellos.

Jesús explicó que “un hombre” fue asaltado, algo muy común en aquella época, tal como sucede hoy en muchos países, le sacaron todo, y lo dejaron tirado a la vera del camino, creyéndolo muerto. Pasaron por allí un sacerdote y un levita, pero nada hicieron. Luego pasó un samaritano, justamente un hombre que los judíos odiaban. Este se compadeció del pobre infeliz, y lo socorrió. Tomó todos los recaudos necesarios, y que estaban a su alcance, llegando a trasladarlo de allí a un hospedaje, y pagando allí su estadía.

De quien menos se esperaba vino el auxilio. Entonces surge la pregunta de Jesús. ¿Quién fue prójimo de ese hombre? Ni el sacerdote ni el levita, sino el samaritano, al que decidieron llamarlo “bueno”, porque los samaritanos eran considerados malos.

¿Quién debía amar a aquél hombre desfalleciente, que moriría allí mismo en caso de no ser socorrido? Dos personas de la élite religiosa no hicieron nada. Fue un extranjero el que hizo algo, quien amó y se compadeció. Este fue quien aplicó la ley en la práctica, eso de amar a los demás como a uno mismo.

¿Cuál es la aplicación más profunda de esta parábola? Quien logró llevar a la práctica tal cosa fue Jesús. Nosotros somos aquél hombre asaltado, estamos al borde de la muerte. No merecemos siquiera alguna ayuda, pues somos pecadores. Pero Jesús viene en nuestra ayuda, murió en nuestro lugar, y proveyó un lugar para que nos quedemos, una casa para cada uno de nosotros (Juan 14:1-3). Perdonó a todos, colgado en la cruz, al decir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Eso es hacer algo por el prójimo. Luego Jesús dijo que debíamos amar a los demás como Él nos había amado (Juan 13:34).

Resumen y aplicación del estudio

  1. Síntesis de los principales puntos de la lección

 

    1. ¿Cuál es el principal enfoque?

El mundo actual, al igual de lo que sucedía en tiempos de Jesús, necesita un mensaje poderoso, que sea enseñado y también demostrado. El mundo necesita saber cómo amar al prójimo. En los noticieros se elevan clamores por seguridad, honestidad, por respeto, por más amor entre las personas. Está despareciendo el respeto para con los ancianos, para con las embarazadas, a los niños, hacia todos. Nosotros, como adventistas, no tenemos que inventar una nueva manera de enseñar, sino de actuar como Jesús, enseñar lo que vivimos, y vivir lo que enseñamos.

    1. ¿Cuáles son los tópicos relevantes?

 

Debemos procurar ser educadores tal como Jesús lo fue. Él, el gran Maestro, enseñaba con poder y autoridad, y vivía tal como enseñaba. Dijo que debíamos amarnos así como Él nos amó (Juan 13:14), o sea, que consideráramos a nuestros enemigos como seres humanos a los cuales salvar. Él nos enseñó acerca de la importancia del perdón, de la amistad, y las buenas relaciones.

    1. ¿Has descubierto otros puntos que podrías añadir?

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  1. ¿Qué cosas importantes podemos aprender de esta lección?

 

Debemos dejar el espíritu mundano competitivo, y adoptar definitivamente el espíritu de servicio hacia los demás.

  1. ¿Qué aspectos puedo agregar a partir de mi estudio?

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  1. ¿Qué medidas debemos tomar a partir de este estudio?

 

Ciertamente debemos hacer un diagnóstico espiritual en nuestra vida. ¿En qué todavía nos estamos equivocando? Entonces pedirle al Espíritu Santo a que nos ayude a superar nuestras debilidades. Así experimentaremos una vida de transformación.

  1. ¿Qué es lo bueno en mi vida que me propongo a reforzar y lo malo para cambiar?

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  1. Comentario de Elena G. de White

 

“’Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y que amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios’ (Marcos 12:32, 33).

“La sabiduría de la respuesta de Cristo había convencido al escriba. Sabía que la religión judía consistía en ceremonias externas más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad de las ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para la expiación del pecado si no iba acompañado de fe. El amor y la obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre, le parecían de más valor que todos estos ritos. La disposición de este hombre a reconocer la corrección del raciocinio de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. ‘Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No estás lejos del reino de Dios’ (Marcos 12:34)” (El Deseado de todas las gentes, p. 560).

  1. Conclusión general

 

Según lo revelado por Elena G. de White, en la cita de la lección correspondiente al viernes, extraída del libro El Deseado de todas las gentes, la parábola del buen samaritano no era sólo una parábola, sino una historia real. Ella afirmó que tanto el sacerdote como el levita que habían pasado al lado del asaltado estaban presentes ante Jesús, escuchándolo, en el preciso momento en el que el doctor de la ley, un escriba, hacía su sincera pregunta acerca de quién era su prójimo. Esto es un detalle muy interesante, ¡muy relevante! Esta historia, o parábola, no importa como la consideremos, enseña algo que la humanidad hoy necesita mucho: ser todos misericordiosos, unos con otros. Así las cárceles no estarían tan repletas, y no habría tantas lágrimas en razón de la violencia que permea hoy el mundo.

  1. ¿Cuál es el punto más relevante al que llegué mediante este estudio?

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Prof. Sikberto R. Marks