LA JUSTICIA Y EL AMOR SE BESARON

La mezcla de juicio y misericordia es lo que hace la salvación plena y completa. La combinación de los dos es lo que nos induce, a medida que contemplamos al Redentor del mundo y la ley de Jehová, a excla­mar: “Tu benignidad me ha engrandecido”. Sabemos que el evangelio es un sistema perfecto y completo que revela la inmutabilidad de la ley de Dios. Inspira el corazón con esperanza y con amor hacia Dios. La misericordia nos invita a entrar por las puertas en la ciudad de Dios, y la justicia es inmolada para conceder a cada alma obediente plenos pri­vilegios como miembro de la familia real, hijo del Rey celestial.
Si fuéramos defectuosos de carácter, no podríamos pasar por las puertas que la misericordia ha abierto para el obediente, pues la justicia está a la entrada y exige santidad y pureza en todos los que quieran ver a Dios. Si la justicia fuera extinguida, y si fuera posible que la miseri­cordia divina abriera las puertas a todo el género humano sin tener en cuenta el carácter, habría en el cielo una condición peor de descontento y rebelión que la que hubo antes de que Satanás fuera expulsado. Se quebrantarían la paz, la felicidad y la armonía del cielo. El traslado de la tierra al cielo no cambiará los caracteres de los hombres; la felicidad de los redimidos en el cielo es el resultado de los caracteres formados en esta vida a semejanza de la imagen de Cristo. Los santos en el cielo primero habrán sido santos en la tierra.
La salvación para el hombre que Cristo ganó con un sacrificio tan grande, es la única que tiene valor, es la que nos salva del pecado: la causa de todas las calamidades y desgracias de nuestro mundo. La mise­ricordia ofrecida al pecador constantemente lo está atrayendo a Jesús. Si responde y acude arrepentido y confesando sus pecados, si con fe se aferra a la esperanza puesta ante él por el evangelio, Dios no desprecia­rá al corazón quebrantado y contrito. De esta manera no es debilitada la ley de Dios, sino que se quebranta el poder del pecado y el cetro de la misericordia se extiende al pecador penitente...
El evangelio de las buenas nuevas no debía ser interpretado como algo que permite que los hombres vivan en continua rebelión contra Dios, transgrediendo su ley justa y santa. Los que pretenden entender las Escrituras, ¿por qué no pueden ver que el requisito de Dios bajo la gracia es exactamente el mismo que impuso en el Edén: perfecta obe­diencia a su ley? En el juicio Dios preguntará a los que dicen ser cristia­nos: ¿por qué afirmasteis creer en mi Hijo pero continuasteis transgre­diendo mi ley? ¿Quién exigió esto de vuestras manos: hollar mis reglas de justicia? “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los cameros”. El evangelio del Nuevo Testamento no es la norma del Antiguo Testamento rebajada para lle­gar hasta el pecador y salvarlo en sus pecados. Dios pide obediencia de todos sus súbditos, obediencia completa a todos sus mandamientos. Ahora, como siempre, demanda perfecta justicia como el único título para el cielo. Cristo es nuestra esperanza y nuestro refugio. Su justicia solo es atribuida al obediente. Aceptémosla por fe para que el Padre no encuentre ningún pecado en nosotros (Comentario bíblico adventista, tomo 6, pp. 1071, 1072).