Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 1
(28 de marzo al 4 de abril de 2015) 

La venida de Jesús

Pr Jônatas Leal

Introducción

¿Te has preguntado por qué se escribieron cuatro evangelios? Si hubieran sido escritos de manera armónica, y si les retiráramos las historias que aparecen duplicadas y las pequeñas diferencias, tendríamos una historia más comprensible de la vida de Cristo. Sin embargo, no fue así como ocurrió. Pero, a medida que leemos los evangelios, podemos percibir la razón.

Los evangelios son mucho más que meras biografías de Jesús. A través de ellos, “el Espíritu Santo ha fotografiado al Señor Jesucristo desde cuatro diferentes ángulos”. Aunque reconozcamos, junto al apóstol Juan, que si todas las cosas que Jesús hizo hubieran sido registradas, en el mundo no cabrían los libros que podrían ser escritos (Juan 21:25), los cuatro evangelios nos proporcionan un retrato más completo del Salvador.

En este trimestre tendremos entonces el gozo de explorar el encantador retrato de Cristo según ha quedado registrado en el evangelio de Lucas

El evangelio de Lucas

El elevado estilo lingüístico del evangelio de Lucas revela la capacidad intelectual de su autor. Escrito probablemente hacia el año 63 d. C., tuvo como meta especialmente a lectores griegos. No en vano Cristo, en Lucas, es presentado como el Amigo de la humanidad, que está “en contacto íntimo con las necesidades de la gente, destacando el aspecto humano de su naturaleza”.

El Evangelio de Lucas revela a un Salvador compasivo y amante que no tolera el prejuicio en cualquiera de sus formas, ya sea social, racial, o incluso religioso. Se relaciona, en todas las facetas cotidianas, con aquellos que la elite social y religiosa israelita o romana ni siquiera se atrevía a tocar. Por eso, no sería exagerado afirmar que en Lucas 19:10 encontramos la síntesis más apropiada de la obra del Salvador: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

A partir del prefacio de Lucas (1:1-4), también es posible inferir que su tarea fue la de ofrecer a sus contemporáneos “un relato de la historia de Jesús capaz de capacitarlos para ver que la historia con la cual ellos parcialmente se habían familiarizado, era una base confiable para su fe”. Esto demuestra que, en su lugar adecuado, las evidencias pueden desempeñar un rol muy importante en nuestro crecimiento espiritual.

Además, muchos podrían cuestionar en qué modo la revelación y la inspiración podrían encajar en la investigación hecha con “diligencia” (1:3) que resultó en la obra de Lucas, lo que podría resultar un tanto “secular” o “profano”, para algunos. No obstante, Lucas nos ayuda a entender que Dios es capaz de comunicarse, tanto mediante las formas significativas creadas por Él de manera milagrosa, como por las creadas de manera invisible cuando Él hizo uso de objetos, documentos y circunstancias aparentemente comunes.

De hecho, Dios puede hablar muchas veces y de diversas maneras (Hebreos 1:1, 2). A lo largo de la Biblia podemos discernir muchos patrones reveladores. Por ejemplo, el patrón teofánico, según el cual el propio Dios habla directamente al profeta; o el patrón profético, en el cual Dios se vale de sueños y visiones para comunicarse. Tal como lo revela el prefacio, Lucas produjo su evangelio a través de un patrón histórico. Cualquiera que sea la participación humana en el proceso de revelación, aún con aquellos más directos que el de Lucas, Dios está en constante control y supervisión del trabajo editorial o incluso de la selección de las fuentes orales o escritas. Por lo tanto, ese control divino abarca tanto el pensamiento como las palabras del profeta. No obstante, la actuación divina siempre tuvo en cuenta la individualidad de cada escritor bíblico. Es justamente por eso que la Biblia puede ser considerada una obra divino-humana. Ambas dimensiones están relacionadas inseparable y milagrosamente, tal como sucede en la naturaleza divino-humana de Cristo.

Vale la pena recordar que la obra de Lucas es más que historia sagrada. Desde los puntos de vista teológico y literario, el libro es un “evangelio”, o sea, “una presentación del ministerio de Jesús a partir de su significado salvífico”. De hecho, a través de la inspiración, Lucas –que era médico de hombres (Colosenses 4:14)– pasó a ser también médico de almas.

El precursor del Mesías

A pesar de haber un período de tiempo muy extenso entre Malaquías y Lucas, el nacimiento y la obra de Juan, el Bautista, habían sido predichos en el Antiguo Testamento. En los dos últimos versículos del Antiguo Testamento, Dios dejó la promesa: “Yo os envío al profeta Elías” (Malaquías 4:5, 6). Claramente, desde el anuncio de su nacimiento (Lucas 1:17), hasta incluso en las declaraciones de Cristo (Mateo 17:12), Juan el Bautista cumplió esa profecía. La práctica del bautismo para arrepentimiento (Mateo 3:11), puede ser un indicativo de que el convertiría “el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres” (Malaquías 4:6), conforme la profecía del profeta Malaquías.

La relación entre la profecía de Malaquías y Juan, el Bautista, demuestra que la historia no terminaría en Malaquías 4:6. La última palabra del Antiguo Testamento, registrada en ese versículo es herem (maldición). Esa no sería la palabra final. La historia termina en el último versículo de Apocalipsis, con “la gracia de nuestro Señor Jesucristo” (Apocalipsis 22:1). La misión de Juan fue de anunciar la manifestación de esa gracia, la llegada de la salvación.

Para eso, Dios enviaría al mayor “entre los nacidos de mujer” (Lucas 7:28). Con un estilo de vida muy sencillo, pero con la autoridad de una vida coherente, Juan, el Bautista, recordó el ministerio de su antecesor tipológico, al Elías del Antiguo Testamento. Tal como la generación a la cual Elías había predicado, los contemporáneos de Juan no podían permanecer neutrales. No sería posible “vacilar[éis] entre dos opiniones” (1 Reyes 18:21). Tal como figura en las palabras de Simeón, el Cristo sería objeto de contradicción, ya sea para levantamiento o ruina (Lucas 2:34).

El Mesías que nadie esperaba

A diferencia de todos los profetas que lo antecedieron, Juan, el Bautista pudo ver el cumplimiento final de su predicación. Jacob había profetizado acerca del Rey universal (Génesis 49:10), Moisés había hablado de “un profeta” al cual todos oirían (Deuteronomio 18:18), Balaam vio la “estrella” que procedería de Jacob (Números 24:7), el salmista vislumbró al Hijo del Altísimo ungido como Rey (Salmo 2:6), e Isaías vio al Siervo Sufriente que moriría en nuestro lugar (Isaías 53:4-6). Sin embargo, Juan, el Bautista, obtuvo del propio Cristo la certeza de que ya no era necesario esperar más (Mateo 11:3-5). ¡El Mesías había llegado!

Pero, sorprendentemente, pocos estaban preparados, a pesar de la claridad de las profecías, incluso relacionadas con el tiempo (Daniel 9:24-26) y al lugar (Miqueas 5:2), del nacimiento del Mesías. La gente de aquél tiempo había creado sus propios “mesías”, sus propios estereotipos de gloria, honra, éxito y poder. Y sus expectativas no encajaron con un Hombre nacido en un pesebre. No hubo lugar para un mesías que ni siquiera el mesón quiso hospedar.

Ese es el Mesías presentado por Lucas. El Mesías que conoce a la pobreza por experiencia propia. El inicio humilde de Aquél que fundaría un reino eterno fue, en sí mismo, una piedra de toque. Su ministerio en gran medida fue dirigido hacia los pobres, a quienes llamó “bienaventurados” (Lucas 6:20). ¿Quién no se hubiera sorprendido con un Mesías así? La lista que Lucas aporta indicando a los que estaban preparados para ese gran acontecimiento es casi escandalosa: unos pocos pastores y dos ancianos. Evidentemente no es exhaustiva, pero la forma en que es representada puede decirnos mucho.

La mención de los pastores es sorprendente. Verdaderamente, el evangelio en Lucas no tiene en cuenta los estereotipos sociales y religiosos. Aunque a lo largo de la Biblia los pastores que cuidaban los rebaños sean presentados de manera favorable, para los lectores del evangelio de la época eran considerados deshonestos e impuros, de acuerdo con los patrones ceremoniales de la ley. Representaban a los proscriptos y pecadores, hacia los cuales había venido Jesús. Fueron los primeros receptores de las buenas nuevas (euangelion), término que aparece en once ocasiones en el Nuevo Testamento, sólo dos veces en el evangelio de Lucas. No obstante, todo indica que –a pesar de las apariencias– éstos eran hombres devotos y probablemente estaban familiarizados con las profecías mesiánicas, como los dos personajes siguientes.

Nada se menciona acerca de Simeón, a excepción de su condición espiritual. Era justo y piadoso, títulos reservados para pocos en la literatura bíblica. No obstante, más importante que ello, él vivía “en la esperanza de que la promesa divina se cumpliría”. Aguardaba la consolación de Israel, término que aparece constantemente en relación a la obra del Siervo del Señor (Isaías 40:1; 49:13; 51:3; 57:18; 61:2). Los rabinos posteriormente se referirían al Mesías como Menahem, el Consolador. Es importante en la descripción de él, la influencia del Espíritu Santo, que lo había impelido a ir al Templo y capacitado para discernir más allá de las apariencias, pues el indefenso bebé de aquella humilde pareja era el Salvador de Israel y la Fuente de luz para los gentiles. Las palabras de Simeón demostraron que sus expectativas no estaban desviadas. Reveló una conciencia de la misión y la obra del Mesías que ya no aparece más en el evangelio de Lucas, ni siquiera es encontrada en Juan, el Bautista (Lucas 7:19), ni en los discípulos más cercanos de Cristo hasta su muerte.

El último testigo del nacimiento de Jesús en Lucas es la profetisa Ana. A diferencia de Simeón, se aportan muchos detalles acerca de su identidad, tal vez porque, debido a su reconocida reputación, su encuentro con Jesús sería importante para los lectores de aquellos días. Su avanzada edad (algunos la calculan en torno a los 105 años, considerando que se había casado a los 14, más siete años de matrimonio y 84 de viudez) atestigua su paciencia en esperar el cumplimiento de la redención de Israel. El total silencio de Lucas respecto de algún personaje dignatario en la llegada del Mesías, puede hablar aún más alto que la mención de los anónimos pastores o esos dos ancianos.

Conclusión

Algunas verdades saltan a la vista en el inicio del evangelio de Lucas. En primer lugar, la salvación es una iniciativa divina. El ser humano depende completamente de un Poder sobrenatural. El nacimiento virginal confirma este hecho. En segundo lugar, la iniciativa divina requiere una respuesta humana. A veces, tal respuesta implica peligro, tal como fue el caso de María. No era extraño en su época que las mujeres recurrieran a gestaciones “divinas” para explicar relaciones sexuales ilícitas. En tercer lugar, la percepción del cumplimiento de las promesas divinas vino para quien estaba listo a escuchar. En otras palabras, el conocimiento bíblico o doctrinario sin discernimiento espiritual no tienen valor. Aunque ambos son necesarios.

En el segundo capítulo de Lucas, los doctores llegaron sólo a admirar la inteligencia y las respuestas (versículo 47) de aquél pobre y desconocido galileo, pues ni siquiera había asistido a sus escuelas. Esto representa una importante lección para los que aguardan la consumación de las promesas divinas en la Segunda Venida de Cristo y el establecimiento del reino que Cristo inauguró: Necesitamos discernimiento espiritual para interpretar el tiempo que vivimos.

Finalmente, no hay lugar en el evangelio para estereotipos prejuiciosos. No es el cargo ni la tradición lo que nos hará “listos”, sino nuestra comunión con Dios a través de la conducción del Espíritu Santo.


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