Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

IV Trimestre de 2014
La epístola de Santiago 

Lección 9
(22 al 29 de noviembre de 2014) 

Un Legislador y Juez

Milton L. Torres

Introducción

En la segunda mitad del capítulo 4 (versículos 11 al 17), Santiago encaró el problema de la autosuficiencia humana, enfocando la cuestión de la falibilidad de los proyectos humanos. Sin embargo, antes de tratar el tema principal de esta sección (4:13-17), el apóstol hace un breve paréntesis (4:11, 12) para tratar la tendencia humana de juzgar al semejante.

Santiago alternó entre la ingenuidad y la franqueza. Utilizó luego un lenguaje más contundente, reprendiendo a aquellos que hablaban mal unos de otros y de la Ley: “Hermanos, no habléis mal de otros. El que habla mal de su hermano y juzga a su hermano, habla mal de la Ley, y juzga a la Ley. Y si tú juzgas a la Ley, no eres cumplidor de la Ley, sino juez” (4:11). Como puede notarse, hay en el versículo una cantidad de palabras repetidas: el verbo “juzgar” y sus derivados aparecen en cuatro oportunidades; “Ley”, otras cuatro; “hablar mal”, tres veces; y “hermano”, otras tres veces. Todas estas palabras pueden estar asociadas, en contenido o en forma, al análisis anterior acerca de la “acepción” de personas.

¿Críticas o discernimiento?

Hablar mal de un hermano equivale a quebrantar la Ley. Por eso, poco a poco Santiago fue estableciendo contrastes y puntos en común entre ser “cumplidor” o practicante de la Ley (1:25), “transgresor de la Ley” (2:11), y “cumplidor” de la Ley (4:11). El apóstol procuró, por lo tanto, enfatizar que pecar contra un semejante (por acción o por omisión) es tan grave como pecar contra Dios, un concepto que puede no haber sido apreciado con la debida atención por parte de las primeras iglesias cristianas entre los gentiles y los judíos de la diáspora.

El Legislador es Juez

El énfasis del apóstol en la necesidad de la obediencia a la Ley en el contexto de las relaciones con el prójimo puede ser percibido en el hecho de que Santiago construyó ese concepto sobre los moldes del Shemá Israel, uno de los preceptos más importantes del judaísmo.

Santiago ya había citado el shemá en 2:19, pero ahora emplea la misma fraseología para decir: “Uno solo es el Dador –o Legislador– (nomothetēs) de la Ley, y el Juez (kritēs), que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?” (4:12). Así, Santiago fue estableciendo la cuestión de la discriminación en el contexto del juicio final, tal como ya lo había hecho en 2:4 y lo haría luego en 5:9. Por lo tanto, el apóstol estaba expresando todo su repudio al comportamiento exento de amor al prójimo en el contexto de la comunidad de la fe.

Planes anticipados

Luego de iniciar un nuevo tópico, Santiago utilizó palabras aún más provocadoras para abordar –a continuación– la cuestión de la autosuficiencia en la iglesia. La sección de 4:13-17 podría –en efecto– ser dividida en cinco partes que retratan la autosuficiencia. Así, podría decirse que, para Santiago,

  1. La autosuficiencia es planificar sin Dios (versículo 13);
  2. La autosuficiencia consiste en no reconocer las inseguridades de la vida (versículo 14);
  3. La autosuficiencia es no buscar la voluntad de Dios (versículo 15);
  4. La autosuficiencia es jactarse (versículo 16);
  5. La autosuficiencia es pecado (versículo 17).

 

Esta sección (4:13-17) comienza con la expresión “Oíd ahora” (age nyn), comúnmente utilizada en la Septuaginta (Jueces 19:6; 2 Reyes 4:24; Isaías 43:6) para llamar la atención de los lectores. Aparece aquí para señalar un ligero cambio en el tópico del discurso. Hay –de hecho– quienes afirman que la expresión indica que Santiago entró en un paréntesis con escasa conexión con el tema tratado hasta entonces. Sin embargo, es posible argumentar que –en vez de ello– el tema continúa siendo la sumisión a Dios, desarrollado en 4:1-12, y encuadrado en la perspectiva de un juicio inminente, en 4:11, 12.

Una neblina

El versículo 13 establece el contexto entre el grupo de hombres de negocios, autosuficientes, quienes no incluyen a Dios en sus planes: “Oíd ahora, los que decís: ‘Hoy y mañana iremos a tal ciudad. Estaremos allá un año, y negociaremos y ganaremos’”. Estos hombres se consideraban dueños del tiempo y, por eso, Santiago los provoca diciendo “hoy”, “mañana”, “un año”, y añade –literalmente– en el versículo 14a: “y no sabéis lo que sucederá mañana” (ta tēs aurion).

Como era costumbre en el apóstol, fundamentó su reprensión en Proverbios: “No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué traerá el mañana” (Proverbios 27:1). Santiago no solo estaba censurando la ilusión de controlar el tiempo por parte de aquellos que vivían en función de sus negocios, sino también estaba anunciando un presagio de lo que sufriría la nación judía en manos de los romanos: la caída de Jerusalén y la pérdida de muchas vidas. Así, el apóstol formuló una pregunta para la cual ya había una respuesta profética: “Porque, ¿qué es vuestra vida? Apenas un vapor que aparece por poco tiempo, y de pronto se desvanece” (4:14b). Al hacerlo de este modo, su intención no era meramente retórica. Santiago nos remite a su análisis inicial acerca de la brevedad de la vida, la futilidad de las riquezas y la frivolidad de la acepción de personas (1:10, 11), y la inconstancia del carácter de quienes, aun así, optan por estas cosas (1:6-8). Como puede notarse, el apóstol fue entretejiendo sus temas en un amplio mosaico que, aunque lleno de matices, se mantiene intrínsecamente organizado y coherente.

Saber y hacer lo bueno

Santiago estaba muy familiarizado con la manera en cómo los griegos y los romanos escribían sus cartas. En la apertura de su epístola, había utilizado la salutación chairein (1:1), forma consagrada de saludo utilizada en las cartas de la época, lo que es bastante significativo, teniendo en cuenta que –por ejemplo– el apóstol Pablo jamás se valió de esta expresión común, optando en vez de aquél, por el inicio charis (gracia).

En 4:15, Santiago utilizó una expresión común entre los romanos y los griegos, aunque no era común en el judaísmo: “Si el Señor quiere”. La forma latina equivalente (Deo volente) era el modo como los cristianos de Roma generalmente registraban sus planes y sueños futuros al final de sus cartas. Esta fórmula era tan común que, en muchas ocasiones, las iniciales D. V. eran suficientes para expresar esta idea. Platón había recomendado, en su diálogo Teeteto (151d), la frase: “Si Dios quiere y nos da fuerza”. Al sugerir esta expresión, Santiago estaba procurando contrastar el modo descuidado de los hombres de negocios que se sentían dueños del tiempo y la vida, con la conducta piadosa de los cristianos de la época. Obviamente, no hay garantías de que esa fórmula se hubiera difundido tan ampliamente entre los cristianos, en el pequeño lapso que separó al apóstol del comienzo de la predicación del evangelio, pero podemos suponer que, si la expresión Deo volente ya no hubiera estado tan difundida entre la comunidad cristiana, tal vez el pasaje de Santiago haya justamente servido de impulso para ello. Al fin y al cabo, él recomendó: “En cambio [esto es, en lugar de hacer planes arrogantes dedicados únicamente a las transacciones comerciales], deberíais decir: ‘Si el Señor quiere; y si vivimos, haremos esto o aquello” (4:15).

Luego de dar el piadoso consejo de 4:15, el apóstol continuó su reprensión a la soberbia, declarando: “Pero ahora os jactáis de vuestra soberbia. Toda jactancia semejante es mala” (4:16). Este versículo es particularmente interesante, porque Santiago relacionó la “jactancia” (kauchēsis) con la “soberbia” (alazoneia). Esta traducción hace referencia al sentido común de este vocablo en el mundo greco-romano, que era el de “vanidad”. Se trata del término ampliamente utilizado por Aristófanes para hacer referencia al comportamiento del personaje central de sus comedias. Este autor de textos cómicos hizo un uso consistente de este tipo de protagonista para lograr la idea del disloque de los límites y la razón. Un personaje así es intrínsecamente fingido, desleal y traicionero, siendo que hace que todas las cosas contribuyan para su beneficio. Ciro, el Grande, personaje inmortalizado en la narración de Jenofonte (Ciropedia 2.2.12), así define alazon: “El nombre alazon, supongo que debería otorgarse a alguien que finge ser más rico o más valiente de lo que realmente es, o que simula realizar hechos más allá de sus condiciones”. En La República (8.560 d), Platón afirma que los alazones son especialistas en redefinir palabras de acuerdo con su propia conveniencia: “Ellos denominan dominio propio a la cobardía y la dispensan con este insulto; e invitan a varias pasiones inútiles a que los ayudan a subvertir la economía y la moderación, a la que ellos llaman avaricia pueblerina”. Esta palabra contribuye, por lo tanto, a tener una exacta comprensión de nuestro hombre de negocios que suprime de sus planes a Dios; es un maestro de la retórica, aparenta una riqueza que no posee y se vanagloria de ambas. Entretanto, en verdad este hombre superficial y falso no pasa de ser un bufón. Así, el discurso de Santiago prueba ser admirablemente actual. En nuestra era de bytes, megabytes, gigabytes y terabytes, aún hay muchos que se comportan exactamente de ese modo.

Consideraciones finales

El capítulo cierra con una declaración categórica acerca de la naturaleza irrazonable de una vida volcada a la autosuficiencia, vanagloria y ostentación: “Por lo tanto, el que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, comete pecado” (4:17). Lejos de ofrecer un aforismo aislado, Santiago presentó –en este que es uno de sus versículos más citados por los cristianos de nuestra época– la idea de que las prácticas por él condenadas en esta sección (o sea, la autosuficiencia, la vanagloria y la ostentación) constituye pecado por omisión, siendo completamente incompatibles con los ideales de fraternidad de la comunidad de la fe.


Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

Norman R. Champlin, O Novo Testamento interpretado versículo por versículo. San Pablo: Candeia, [s/f].