COMENTARIOS DE LA LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

II Trimestre de 2015

El libro de Lucas

Lección 4
25 de abril de 2015

El llamado al discipulado

Prof. Sikberto Renaldo Marks

Versículo para Memorizar: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23).

Introducción

Este estudio es muy desafiante, y –tal vez– un cuestionamiento a nuestra cultura como adventistas. Por cierto, la mayoría de nosotros no comprende realmente lo que significa ser seguidor de Jesús. Lo que generalmente hacemos es esperar que alguien dé una orden de lo que debemos hacer, y entonces lo hacemos con dedicación. Eso parece funcionar, pero es limitado, pues no forma líderes. O sea, este sistema no forma personas con iniciativa basada en ideas distintivas, innovadoras, creativas. No obstante, en esta cuestión de las innovaciones debemos caminar bien junto a Cristo para que tales innovaciones no sean meras adaptaciones de métodos y estrategias de Satanás, copias de los que otros hacen por allí fuera.

Es por falta de capacidad de liderazgo que nos hemos convertido, en gran parte, en ovejas obedientes, pero con una obediencia ciega, no racional. Jesús nunca deseó tal cosa. Él desafiaba a sus discípulos a ir a enseñar. Les daba algunas instrucciones básicas, y les dijo que oraran mucho para tener poder. ¿Y qué quiere decir esto? Que debían aprender a valerse por sí mismos, siempre teniendo a mano el instrumento de la oración. Eso no quiere decir que Jesús les haya dado una fórmula para hacer todo, sino que ellos debían ser capaces de desarrollar ideas creativas, en permanente estado de oración. Fue así –por ejemplo– que Pablo se convirtió en un gran misionero. Fue así como él, en Atenas, decidió exaltar al Dios no conocido, aprovechando la falta de uno para aplicarlo al Dios que él proclamaba.

Ser fiel a Dios no significa que debamos dejar de ser creativos. Por el contrario, debemos ser muy creativos, inventivos e innovadores. Pero debemos ser capaces de hacerlo de acuerdo con las directivas divinas, y para eso –de hecho– no estamos capacitados, pues somos pecadores. Por lo tanto debemos estar siempre conectados con nuestro Señor. Y conectados a Él –entendámoslo bien– no para que Él nos diga cada paso que debemos dar, sino para que nos capacite para tomar decisiones acertadas, basadas en lo que Él nos haya enseñado.

Pescadores de hombres

¿Cómo fue la historia de la pesca maravillosa? Los admiradores de Jesús habían pescado toda la noche, y no habían atrapado ni un solo pez. Habiendo llegado el día, volvieron, y Jesús fue a predicarle al pueblo, subido a uno de los dos barcos. Los pescadores escucharon a Jesús hablando mientras lavaban las redes, probablemente construidas con alguna clase de sisal, o sea, muy rústicas. Al terminar, Jesús les pidió a los pescadores que fueran al interior del lago y pescaran. Esta orden era contradictoria, pues los peces se pescaban de noche, no de día. Pero Jesús ya había conquistado credibilidad de parte de los pescadores, especialmente de Pedro, que era un líder entre ellos. Él ya había realizado muchos milagros, y su palabra era poderosa y respetada. Pedro conocía muy bien la incoherencia que significaba pescar de día, y más aún luego de no haber logrado pescar nada de noche. Pero, afirmando que aun cuando no habían logrado nada en la noche, por la palabra de Jesús, esto es, por su mandato, lo harían. Jesús estaba por enseñarles algo muy importante a esos pescadores.

En el lago, echaron las redes por primera vez. Y fue la única. Sucedió algo inusitado: las redes se llenaron con tantos peces que tuvieron que pedir ayuda a otro barco, y llenaron ambas embarcaciones con tantos peces, que casi se hundían. Y quedaron maravillados con el resultado. Algo increíble había sucedido. Pedro se dio cuenta inmediatamente del poder de Jesús, por encima de todo lo que hasta entonces había imaginado. Percibió que allí había un Ser divino, como más adelante diría, Jesús, el Hijo de Dios. Comprendió quién era aquél Hombre. Atemorizado, y respetuoso, le pidió a Jesús que se apartara de él, porque era pecador (Lucas 5:8). Pedro se vio así mismo ante la propia Divinidad, y comprendió su condición de pecador ante Dios.

Allí es que Jesús llegó al punto que quería llegar. Le dijo a Pedro que no debía temer, que desde aquél día en adelante lo haría pescador de hombres. Aquellos rudos hombres dejarían sus barcas en el agua, abandonarían su profesión de pescadores, y seguirían a Jesús.

¿Qué podemos aprender de esto? Hombres humildes, pero sinceros y creyentes, pueden ser transformados por Dios para cualquier actividad que Él desee que se concrete. Así como Jesús fue capaz de proveer una pesca abundante en un horario inadecuado, también es capaz de hacer que seres humanos se conviertan en siervos de Dios para ser salvos de sus pecados. Tiene poder para hacer progresar nuestra obra de salvación. El Espíritu Santo actúa conjuntamente con Él para crear las condiciones favorables. En el Pentecostés, y desde ese día en adelante, la palabra de Jesús de que convertirían en pescadores de hombres se hizo realidad. Fue el derramamiento del poder de la lluvia temprana, así como bien pronto tendremos el derramamiento de la lluvia tardía.

La elección de los Doce

Había muchos discípulos siguiendo a Jesús. Querían aprender de Él, estar con Él en su reino. Pero había una obra que debía ser hecha por personas que debían ser más que meros discípulos: personas escogidas por el propio Jesús. Debían ser los pilares de la iglesia de Jesús en la tierra. Esta elección no significaba que debieran ser personas ya preparadas por la educación formal terrenal, que otorga diplomas, y que sólo reconoce a los titulados. Jesús estaba por formar autodidactas, personas transformadas, capaces de ser utilizadas por el poder del Espíritu Santo para hacer una obra que simples mortales, sin el poder de lo Alto, jamás podrían hacer. Necesitaba escoger a personas sencillas y humildes, como niños, pues serían capaces de hacer cambios profundos en sus criterios de pensamiento. Y notemos que, aún para esos escogidos, no fue fácil cambiar las ideas.

Ser apóstol no es algo que surja de la voluntad del ser humano. Eso es una elección de Jesús. En el mundo sólo hubo catorce apóstoles. Uno de ellos, Judas, el que se perdió, fue reemplazado, y más adelante fue escogido otro apóstol, Saulo, luego Pablo. Notemos que, aunque Jesús escogió personas sin instrucción formal, ese no era el criterio definitivo. Lo que sí debían ser es hombres capaces de ser transformados. Él podría haber escogido a hombres cultos, bien educados formalmente, incluso ricos. Pero podemos estar seguros de que difícilmente habría sido posible que hombres en esas condiciones estuvieran dispuestos a ser transformados por el poder del Espíritu Santo. No obstante, Pablo fue un hombre culto, educado en el rigor de las enseñanzas judaicas, y fue escogido por Jesús para ser el apóstol a los gentiles.

Un apóstol debía abandonar todo (Lucas 6:12-16; 9:1-6). O sea que para seguir a Jesús debe despojarse de todo, y vivir por fe. Sólo esos trece (que permanecieron como apóstoles) tuvieron esa oportunidad especial, a excepción de otras personas, que fueron profetas, que también se entregaron en gran parte a Jesús, pero sin necesidad de abandonar todo, tal como ocurrió en el caso de Daniel. Pero una cosa es cierta: ya sea que se elija un apóstol, un profeta o para ser obrero en la causa de Cristo, Él siempre provee la capacitación para que la tarea sea bien realizada. Obviamente Jesús no escogería a pescadores para que salieran predicando por ahí, haciendo una obra vergonzosa, sin competencia y sin convicción. Antes de salir a predicar, esos hombres incompetentes recibieron poder de lo Alto, e hicieron su obra con competencia admirable. El don del poder del Espíritu no es exclusivo para apóstoles o profetas, sino para todo aquél que sienta el llamado, pues Dios –de hecho– llama a todos para ocupar una vacante en la obra de la evangelización.

Comisión de los apóstoles

¿Qué es comisionar? Es otorgar una tarea, delegar una responsabilidad, un encargo, a alguien. Una persona comisionada recibe una responsabilidad importante, y se espera de ella que presente resultados mediante su trabajo.

Dios, cuando invita, y comisiona, no deja a la persona por su propia cuenta. Provee la capacitación para que esa persona se desenvuelva con eficacia, sabiendo lo que debe hacer, haciendo lo correcto, y logrando buenos resultados. Para eso, Dios también provee poder. Así no sólo sabrá cómo hacerlo, sino que también estará en condiciones de hacerlo bien.

La Lección presenta un proceso de tres providencias divinas para la comisión apostólica. En primer lugar, Él los reunió, esto es, los convirtió en un equipo, donde cada uno colaborara con los demás para la tarea. Y Él, Jesús, era su líder.

Aquí debemos destacar el estilo de liderazgo de Jesús. Sólo en nuestros días este estilo de liderazgo se está convirtiendo en una práctica reconocida científicamente. Jesús utilizaba el método de la problematización, o sea, presentaba un problema –los cuales existen en gran cantidad– y procuraba resolverlo. ¿Cómo funciona esto? En las universidades, en pocas palabras, los alumnos van en busca de problemas para resolver, y luego estudian una teoría relacionada con ese problema. Sólo entonces se dedican a planificar la solución, y luego lo tratan de resolver. Después, intercambian ideas y experiencias con otros equipos, que escogieron otra clase de problemas. Ellos aprenden a buscar soluciones.

¿Cómo hacía esto Jesús? Permitía, por ejemplo, que sus discípulos se enfrentaran, solos, con un endemoniado. Al no lograr expulsar el demonio, entonces Él aparecía y lo expulsaba. Y los discípulos se preguntaban por qué razón ellos no habían podido lograrlo. Jesús entonces les explicaba, y ellos absorbían el conocimiento, pues sentían la necesidad de saber. Fue así como Jesús, en pocos años, transformó a ignorantes pescadores en grandes predicadores, misioneros y líderes, pilares de la iglesia de Cristo en la tierra.

En segundo lugar, Jesús les daba autoridad y poder. Tenían el derecho y la capacidad de hacer milagros o, mejor aún, el poder divino hacía milagros por medio de ellos. En tercer lugar, Jesús los enviaba para ir a predicar y a enfrentar las situaciones. Fue así que Él formó a los Setenta, en parejas, quienes volvieron entusiasmados con los resultados de su trabajo. Pero el efecto de las enseñanzas de Jesús se sintieron, en su verdadera extensión, desde el Pentecostés en adelante, cuando ellos realmente se entregaron plenamente a Jesús.

El envío de los Setenta

“Durante su ministerio, Jesús había mantenido constantemente ante los discípulos el hecho de que ellos habrían de ser uno con él en su obra de rescatar al mundo de la esclavitud del pecado. Cuando envió a los doce y más tarde a los setenta, a proclamar el reino de Dios, les estaba enseñando su deber de impartir a otros lo que él les había hecho conocer. En toda su obra, los estaba preparando para una labor individual, que se extendería a medida que el número de ellos creciese, y finalmente alcanzaría a las más apartadas regiones de la tierra. La última lección que dio a sus seguidores era que se les habían encomendado para el mundo las alegres nuevas de la salvación” (Los hechos de los apóstoles, p. 26).

El envío de misioneros a otros lugares es una estrategia de predicación del evangelio. Jesús enviaba a grupos de personas, así estaba calificándolos para la obra de evangelizar a todo el mundo. El grupo de Setenta que Él envió, de dos en dos, al ir, percibió lo que no había sabido hasta entonces. Se sorprendieron, a punto tal, de emocionarse, pues volvieron contentos y radiantes, relatando que hasta los demonios se habían sometido a ellos. Recibieron autoridad y poder de lo alto, cosa que hasta entonces no habían experimentado.

¿Qué fue lo que sucedió con la obra de este grupo de personas? Habían ido en nombre de Jesús, por lo que poseían el poder de lo Alto. Estaban recibiendo, anticipadamente, algo del poder del Espíritu Santo que les sería concedido, en gran medida, en el Pentecostés. No era ni el poder ni la autoridad de ellos, sino que, como instrumentos de Dios, como sus embajadores, recibían esos dones para operar con resultados superiores.

¿Por qué decimos que recibían autoridad y poder? Esas dos palabras significan cosas distintas. Autoridad es el derecho legal para hacer algo. Por ejemplo, un pastor tiene autoridad para bautizar, realizar casamientos. Aquellos discípulos tenían el derecho de predicar en el Nombre de Jesús, habían recibido autoridad para hacerlo. Y poder es la capacidad de hacer algo. Por ejemplo, los discípulos recibieron poder para expulsar demonios y para sanar enfermedades, etc. En el Pentecostés, por ejemplo, recibieron poder para hablar en otras lenguas. Pues bien, sólo recibe poder quien también ha recibido autoridad, o sea que todo debe ser hecho en Nombre de Jesús.

Así también será en estos días finales. Recibiremos la autoridad de hablar en el Nombre de Jesús, pero para eso debemos entregarnos a Él. Y entonces recibiremos poder para realizar maravillas y prodigios, señales de demostración de que estamos con Dios.

El costo del discipulado.

Este estudio es el centro de todo el trimestre. Por lo menos así lo entiendo yo. En síntesis, aquí vemos lo que significa ser discípulo de Jesús, y las consecuencias de ello en la tierra y en la eternidad. Aquí tiene un alto costo, el de renunciar a mi modo de ser, para sólo así ser como Jesús.

Como bien afirma el autor de la Lección, no sólo Jesús ha adoptado el sistema del discipulado. Otros también lo han hecho. Este sistema hoy ya no existe del modo como era en los tiempos de la Antigüedad, o sea, un maestro y un grupo de alumnos que aprendían de él casi todo lo que sabía y después se separaban de él para seguir su vida basada en aquellas enseñanzas. Hoy ese sería un sistema muy caro. Además, hoy tenemos otros recursos, tales como libros, bibliotecas, cursos superiores, Internet, etc., para la formación de la mente de las personas.

Pero hay una diferencia entre el discipulado de los maestros seculares y el de Jesús. Todos saben que aquellos maestros enseñaban su conocimiento a sus discípulos. Eso Jesús también lo hacía. Pero el contenido de las enseñanzas era diferente. Los maestros seculares enseñaban sus propias teorías, o las que ellos habían aprendido de otros maestros, y se trataba de teorías de hombres, como la filosofía humana. Lo que hacían con intensidad era estudiar esas filosofías, debatirlas y profundizar en ellas. Aquí hay una diferencia radical entre estos maestros y Jesús, quien enseñaba acerca de la Biblia, los escritos de los que se disponía en aquellos días. La Biblia no es un compendio elaborado por pensamientos humanos. Si bien fueron hombres la que la escribieran, fueron inspirados por Dios, o sea que su contenido tiene un origen divino. Se la llama “Verdad”, pues nunca cambia, porque no es necesario que sea cambiada, es la Palabra definitiva. Jesús no enseñó el conocimiento de Él, como ser humano, sino el conocimiento de Él, como Dios, que era desde la eternidad. Eso marca una gran diferencia con los maestros seculares.

Pero hay otra diferencia, identificada por la Lección, y que es aún más significativa. Ningún maestro secular puede decir: “Haz como yo hago”. Ningún ser humano tiene la credibilidad suficiente como para decir: “Sigue mi ejemplo”. Lo que podemos decir es: “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. O sea, mis enseñanzas pueden hasta ser buenas, por lo que puedes tenerlas en cuenta. Pero mi ejemplo, y probablemente en muchos aspectos, puede ser negativo.

Hace algún tiempo vi en el noticiero la historia de un profesor. Era muy querido por sus alumnos. Enseñaba muy bien, obtenía buenos resultados en su materia. Pero era un pervertido sexual. Y actuaba con tanto sigilo que nunca era denunciado, hasta que un día eso sucedió, y emergió su segunda identidad. O sea que sólo parecía que era un buen profesor.

Así acontecerá cuando lleguemos al Cielo. Vamos a sorprendernos al ver que hombres y mujeres, que parecían excelentes personas y cristianos, no van a ser salvas. En ellas había algo oculto, que sólo conocían ellas y Dios, pues en muchos casos las personas logran fingirlo hasta el final de sus vidas.

En el discipulado de Jesús, la orientación más importante es “Deja de ser tú mismo (pues eres un pecador), y sé cómo Yo (que soy un ser humano, pero no un pecador)”. Ese es el punto central del discipulado con Jesús. O sea: “Sigue mis enseñanzas, y mi ejemplo de vida”. Eso fue lo que Jesús quiso decir al expresar: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Entonces, es seguir a Jesús por lo que Él enseñó, y por lo que Él hizo.

Resumen y aplicación del estudio

  1. Síntesis de los principales puntos de la lección

 

    1. ¿Cuál es el principal enfoque?

El discipulado requiere dos providencias relevantes: seguir las enseñanzas de Jesús, y actuar como Él actuó, o actuaría, si fuera humano en nuestro tiempo. Eso puede requerir la renuncia a nuestro modo de ser, para que sólo así, seamos como Jesús. O sea, debemos ser radicales: morir a nuestra vieja naturaleza, y vivir una nueva. Esto sólo será posible a través de nuestra entrega diaria a Jesús, siendo transformados por su poder cada día. La muerte al yo significa abandonar nuestras costumbres mundanas. Sin esta muerte, el Espíritu Santo no podrá actuar en nuestra vida. Eso es lo que Jesús quiso decir con “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.

    1. ¿Cuáles son los tópicos relevantes?

 

Lo más importante para un discípulo es seguir a Jesús. Además, es lo que hacen todos los seres de otros planetas donde el pecado no ha entrado. Así también actúan los ángeles. La diferencia para nuestro caso es que necesitamos ser transformados para que lo sigamos en espíritu y en verdad, o sea, plenamente.

    1. ¿Has descubierto otros puntos que podrías añadir?

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  1. ¿Qué cosas importantes podemos aprender de esta lección?

 

Sólo un discípulo recibe autoridad y poder de lo alto. Dios jamás denigraría su santo Nombre por medio de un mal ejemplo de vida de un supuesto seguidor, dándole un legítimo poder de lo Alto. Imagina, por ejemplo, un predicador poderoso que hace milagros en nombre de Jesús pero que, al mismo tiempo, es corrupto. Eso jamás podría suceder, pues a través de las obras conocemos quién es quién.

  1. ¿Qué aspectos puedo agregar a partir de mi estudio?

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  1. ¿Qué medidas debemos tomar a partir de este estudio?

 

Todos los días debemos tomar nuestra cruz y seguir a Jesús. Cargar la cruz de Jesús significa obedecer sus mandamientos, y servir en su causa, así como Él vivió. Estos mandamientos no son penosos, y la carga de Jesús es liviana.

  1. ¿Qué es lo bueno en mi vida que me propongo a reforzar y lo malo para cambiar?

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  1. Comentario de Elena G. de White

 

El yugo que teme llevar por miedo de que lo lastime, Jesús lo califica como fácil. La carga que no se atreve a tocar, es liviana. Todo lo que se requiere es que se aferre de Él, y cuando lo haga, encontrará que es más un sostén que penosa carga.  Esa cruz, que le parece tan incómoda, tan pesada para llevar, lo elevará y será una fuente de fortaleza para usted...” (Alza tus ojos, p. 374).

Cuando nosotros mismos nos encargamos de manejar las cosas que nos conciernen, confiando en nuestra propia sabiduría para salir airosos, asumimos una carga que él no nos ha dado, y tratamos de llevarla en su ayuda. Nos imponemos la responsabilidad que pertenece a Dios y así nos colocamos en su lugar. Con razón podemos entonces sentir ansiedad y esperar peligros y pérdidas, que seguramente nos sobrevendrán.  Cuando creamos realmente que Dios nos ama y quiere ayudarnos, dejaremos de acongojarnos por el futuro.  Confiaremos en Dios así como un niño confía en un padre amante. Entonces desaparecerán todos nuestros tormentos y dificultades; porque nuestra voluntad quedará absorbida por la voluntad de Dios” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 85).

Si buscamos a Dios y nos convertimos cada día; si voluntariamente escogemos ser libres y felices en Dios; si con alegría en el corazón respondemos a su llamamiento y llevamos el yugo de Cristo que es yugo de obediencia y de servicio, todas nuestras murmuraciones serán acalladas, todas las dificultades se alejarán, y quedarán resueltos todos los problemas complejos que ahora nos acongojan” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 86).

  1. Conclusión general

 

La fórmula es simple y práctica. Todos podemos hacerlo. Está fácilmente al alcance. Entrega diaria y obediencia.

  1. ¿Cuál es el punto más relevante al que llegué mediante este estudio?

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Prof. Sikberto R. Marks

Traducción:
Rolando Chuquimia