COMENTARIO DE ELENA G. DE WHITE  LECCION # 1
EL LLAMADO DE LA SABIDURIA
PARA EL 3 DE ENERO DE 2015

Sábado 27 de diciembre
El Dios a quien servimos no hace acepción de personas. El que dio a Salomón el espíritu de sabio discernimiento está dispuesto a impartir la misma bendición a sus hijos hoy. Su palabra declara: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada” (Santiago 1:5). Cuando el que lleva responsabilidad desee sabiduría más que riqueza, poder o fama, no quedará chasqueado.
El tal aprenderá del gran Maestro no solo lo que debe hacer, sino también el modo de hacerlo para recibir la aprobación divina (Profetas y reyes, p. 21).
El temor del Señor es el principio de la sabiduría, y el hombre que accede a ser modelado y plasmado a la semejanza divina, es el ejemplar más noble de la obra de Dios […].
El conocimiento experimental de la verdadera piedad, en la consagración y el servicio diarios a Dios, asegura la cultura más elevada de la mente, el alma y el cuerpo […]. La recepción del poder divino honrará nuestros sinceros esfuerzos en busca de sabiduría para el uso concienzudo de nuestras facultades más elevadas para honra de Dios y bendición de nuestros semejantes.
Como estas facultades son derivadas de Dios y no autocreadas, deberían ser apreciadas como talentos de Dios para ser empleados en su servicio.
Las facultades mentales que el cielo nos da deben ser tratadas como los poderes más elevados para gobernar el reino del cuerpo. Los apetitos y las pasiones naturales deben ser puestos bajo el control de la conciencia y los afectos espirituales […].
La religión de Jesucristo nunca degrada a quien la recibe, nunca lo hace rudo o torpe, descortés o presumido, apasionado o duro de corazón. Al contrario, refina el gusto, santifica el juicio, purifica y ennoblece los pensamientos llevándolos en cautividad a Jesucristo (En lugares celestiales, p. 141).
Domingo 28 de diciembre: El principio de la sabiduría
Dios le dio a Salomón la sabiduría que él deseaba más que las riquezas, los honores o la larga vida. Le concedió lo que había pedido: una mente despierta, un corazón grande y un espíritu tierno. “Y dio Dios a Salomón sabiduría, y prudencia muy grande, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Que fue mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios. Y aun fue más sabio que todos los hombres […] y fue nombrado entre todas las naciones de alrededor” (1 Reyes 4:29-31).
Todos los israelitas “temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar” (1 Reyes 3:28). Los corazones del pueblo se volvieron hacia Salomón, como habían seguido a David, y le obedecían en todas las cosas. “Salomón […] fue afirmado en su reino; y Jehová su Dios fue con él, y le engrandeció sobremanera” (2 Crónicas 1:1).
Durante muchos años la vida de Salomón quedó señalada por su devoción a Dios, su integridad y sus principios firmes, así como por su estricta obediencia a los mandamientos de Dios. Era él quien encabezaba toda empresa importante y manejaba sabiamente los negocios relacionados con el reino. Su riqueza y sabiduría; los magníficos edificios y obras públicas que construyó durante los primeros años de su reinado; la energía, piedad, justicia y magnanimidad que manifestaba en sus palabras y hechos, le conquistaron la lealtad de sus súbditos y la admiración y el homenaje de los gobernantes de muchas tierras.
El nombre de Jehová fue grandemente honrado durante la primera parte del reinado de Salomón. La sabiduría y la justicia reveladas por el rey atestiguaban ante todas las naciones la excelencia de los atributos del Dios a quien servía. Durante un tiempo Israel fue como la luz del mundo y puso de manifiesto la grandeza de Jehová. La gloria verdadera de Salomón durante la primera parte de su reinado no estribaba en su sabiduría sobresaliente, sus riquezas fabulosas o su extenso poder y fama, sino en la honra que reportaba al nombre del Dios de Israel mediante el uso sabio que hacía de los dones del cielo.
A medida que transcurrían los años y aumentaba la fama de Salomón, procuró él honrar a Dios incrementando su fortaleza mental y espiritual e impartiendo de continuo a otros las bendiciones que recibía. Nadie comprendía mejor que él que el favor de Jehová le había dado poder, sabiduría y comprensión, y que esos dones le eran otorgados para que pudiese comunicar al mundo el conocimiento del Rey de reyes (Profetas y reyes, p. 22, 23).
Lunes 29 de diciembre: La verdadera educación
Salomón se interesó especialmente en la historia natural, pero sus investigaciones no se limitaron a un solo ramo del saber. Mediante un estudio diligente de todas las cosas creadas, animadas e inanimadas, obtuvo un concepto claro del Creador. En las fuerzas de la naturaleza, en el mundo mineral y animal, y en todo árbol, arbusto y flor, veía una revelación de la sabiduría de Dios, a quien conocía y amaba cada vez más a medida que se esforzaba por aprender.
La sabiduría que Dios inspiraba a Salomón se expresaba en cantos de alabanza y en muchos proverbios. “Y propuso tres mil parábolas; y sus versos fueron mil y cinco. También disertó de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó de los animales, de las aves, de los reptiles, y de los peces” (1 Reyes 4:32, 33).
En los proverbios de Salomón se expresan principios de una vida santa e intentos elevados; principios nacidos del cielo que llevan a la piedad; principios que deben regir cada acto de la vida. Fue la amplia difusión de estos principios y el reconocimiento de Dios como Aquel a quien pertenece toda alabanza y honor, lo que hizo de los comienzos del reinado de Salomón una época de elevación moral tanto como de prosperidad material.
Escribió él: “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia: porque su mercadería es mejor que la mercadería de la plata, y sus frutos más que el oro fino. Más preciosa es que las piedras preciosas; y todo lo que puedes desear, no se puede comparar a ella. Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda riquezas y honra. Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz. Ella es árbol de vida a los que de ella se asen: y bienaventurados son los que la mantienen” (Proverbios 3:13-18).
“Sabiduría ante todo: adquiere sabiduría: y ante toda tu posesión adquiere inteligencia” (Proverbios 4:7). “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Salmo 111:10). “El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, y el mal camino y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8:13), (Profetas y reyes, p. 23, 24).
Martes 30 de diciembre: El llamado de la sabiduría
¡Qué temas de meditación presentan las Sagradas Escrituras a la mente! ¿Dónde pueden hallarse temas de contemplación más elevados? ¿Dónde hay temas tan intensamente interesantes? ¿En qué sentido son todas las investigaciones de la ciencia humana comparables en sublimidad y misterio con la ciencia de la Biblia? ¿Dónde hay algo que así mueva la fuerza del intelecto a un pensamiento profundo y serio?
Si permitimos que la Biblia nos hable, nos enseñará lo que ninguna otra cosa puede enseñarnos. Pero ¡ay! se espacia la mente en cualquier otra cosa, excepto la Palabra de Dios. La literatura sin valor, las historias ficticias son vorazmente devoradas, mientras la Biblia, con todos sus tesoros de verdad sagrada, permanece descuidada sobre nuestras mesas. Si se hiciera de la Palabra Sagrada la regla de la vida, refinará, elevará y santificará. Es la voz de Dios al hombre. ¿Le prestaremos atención?
“La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”. Los ángeles están junto al que escudriña las Escrituras para impresionar e iluminar la mente
. El mandato de Cristo dirigido a los discípulos hace mil ochocientos años: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna y ellas son las que dan testimonio de mí”, tiene hoy para nosotros igual fuerza que entonces (Mensajes para los jóvenes, p. 254, 255).
Estáis luchando por la corona de vida […]. Vivid para agradar al que os consideró de tanto valor que entregó a Jesús, su Hijo unigénito, para salvaros de vuestros pecados […]. Mantened siempre en mente el pensamiento de que lo que es necesario hacer, debe hacerse bien. Depended de Dios para obtener sabiduría, de modo que no desaniméis a ninguna alma en el bien hacer. Obrad con Cristo en la conducción de las almas hacia él […]. Haced todo lo que emprendáis de la mejor manera posible. Jesús es vuestro Salvador y confiad en él para que os ayude día a día, de modo que no sembréis cizañas, sino la buena simiente del reino […].
Debéis aprender a mirar con la mente tanto como con los ojos. Debéis educar el juicio para que no sea débil e ineficiente. Debéis orar en busca de dirección y confiar vuestros caminos al Señor. Debéis cerrar el corazón a toda necedad y pecado, y abrirlo a toda influencia celestial. Debéis emplear la mayor parte del tiempo y las oportunidades en el desarrollo de un carácter simétrico
(Hijos e hijas de Dios, p. 285).
Hay hombres que se esfuerzan por ser originales, que se ponen por encima de lo que está escrito. Por lo tanto, su sabiduría es necedad. Descubren por adelantado cosas admirables, ideas que revelan que están muy atrasados en la comprensión de la voluntad y de los propósitos de Dios. Procurando simplificar o desenredar los misterios ocultos durante siglos a los mortales, son como un hombre que forcejea torpemente en el lodo, incapaz de liberarse, y que, sin embargo, dice a otros cómo salir del mar fangoso en que se encuentran. Esta es una representación adecuada de los hombres que tratan de corregir los errores de la Biblia. Nadie puede mejorar la Biblia sugiriendo lo que el Señor quiso decir o lo que debería haber dicho […].
Dios entregó a hombres finitos la preparación de su Palabra divinamente inspirada. Esta Palabra, distribuida en dos libros, el Antiguo y el Nuevo Testamentos, es el libro guía para los habitantes de un mundo caído, libro legado a ellos para que, mediante su estudio y la obediencia a sus instrucciones, ninguna alma pierda su camino al cielo (Mensajes selectos, t. 1, p. 18, 19).
No necesitáis ir hasta los confines de la tierra para buscar sabiduría, pues Dios está cerca. No son las capacidades que poseéis hoy, o las que tendréis en lo futuro, las que os darán éxito. Es lo que el Señor puede hacer por vosotros. Necesitamos tener una confianza mucho menor en lo que el hombre puede hacer, y una confianza mucho mayor en lo que Dios puede hacer por cada alma que cree
. El anhela que extendáis hacia él la mano de la fe. Anhela que esperéis grandes cosas de él. Anhela daros inteligencia así en las cosas materiales como en las espirituales. Él puede aguzar el intelecto. Puede impartir tacto y habilidad. Emplead vuestros talentos en el trabajo; pedid a Dios sabiduría, y os será dada (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 112).
Miércoles 31 de diciembre: Los beneficios de la sabiduría
Abrid la Biblia ante los jóvenes, dirigid su atención a los tesoros ocultos que ella encierra, enseñadles a buscar sus joyas de verdad, y obtendrán ellos una fuerza intelectual que no podrá impartirles el estudio de todo lo que abarca la filosofía. Los grandes temas que la Biblia trata, la digna sencillez de sus declaraciones inspiradas, los temas elevados que presenta a la mente, la luz penetrante y clara que fluye del trono de Dios y alumbra el entendimiento, desarrollarán las facultades de la mente hasta un punto que difícilmente puede ser comprendido y que nunca será plenamente explicado (Mensajes para los jóvenes, p. 252, 253).
En su palabra el señor enumera los dones y las gracias que son indispensables para todos los que se relacionan con su obra. Él no nos enseña a ignorar el conocimiento o a despreciar la educación; porque cuando es controlada por el amor y el temor de Dios, la cultura intelectual es una bendición; sin embargo ésta no se presenta como la calificación más importante para el servicio de Dios. Jesús dejó de lado a los hombres sabios de su tiempo, los hombres de educación y posición, porque eran tan orgullosos y tenían tanta suficiencia en su decantada superioridad, que no podían simpatizar con la humanidad que sufría, y llegar a ser colaboradores con el Hombre de Nazaret. En su fanatismo desdeñaban el hecho de ser enseñados por Cristo. El señor Jesús quiere tener relacionados con su obra a hombres que aprecien esa obra como sagrada; entonces ellos pueden cooperar con Dios. Serán canales sin obstrucción por los cuales fluya su gracia. Los atributos de Cristo pueden ser impartidos únicamente a los que desconfían de sí mismos. Los frutos de la verdadera sabiduría vienen solamente de Cristo (Testimonios para los ministros, p. 262, 263).
Al adquirir la sabiduría de los babilonios, Daniel y sus compañeros tuvieron mucho más éxito que los demás estudiantes; pero su saber no les llegó por casualidad […]. Se relacionaron con la Fuente de toda sabiduría, e hicieron del conocimiento de Dios el fundamento de su educación. Con fe, oraron por sabiduría y vivieron de acuerdo con sus oraciones. Se colocaron donde Dios podía bendecirlos. Evitaron lo que habría debilitado sus facultades, y aprovecharon toda oportunidad para familiarizarse con todos los ramos del saber. Siguieron las reglas de la vida que no podían menos que darles fuerza intelectual. Procuraron adquirir conocimiento con un propósito: el de poder honrar a Dios […]. A fin de destacarse como representantes de la religión verdadera en medio de las falsas religiones del paganismo, necesitaban tener un intelecto claro y perfeccionar un carácter cristiano. Y Dios mismo fue su Maestro. Orando constantemente, estudiando concienzudamente y manteniéndose en relación con el Invisible, anduvieron con Dios como lo hizo Enoc (Conflicto y valor, p. 247).
El Salvador del mundo ofrece el don de la vida eterna a los descamados. Con una compasión aun mayor que la de un padre terrenal que perdona a su hijo descarriado, arrepentido y sufriente. Jesús busca una respuesta a sus ofrecimientos de amor y perdón. Clama a los errantes: “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros” (Malaquías 3:7). Si el pecador no escucha la voz de misericordia que lo llama con tierno y compasivo amor, su alma quedará en las tinieblas. Si desaprovecha la oportunidad que se le presenta y persiste en su mala conducta, en el momento menos esperado, la ira de Dios caerá sobre él. “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina” (Proverbios 29:1) […]. El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10). Es el fundamento de la correcta educación. Los que, teniendo una oportunidad favorable, no hayan aprendido esta primera lección, no solo están descalificados para el servicio en la causa del Señor, sino que son un claro perjuicio para la comunidad en la que viven.
Salomón exhorta a los jóvenes: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia será a tu cabeza, y collares a tu cuello […]. La sabiduría clama en las calles: […] Volveos a mi reprensión; he aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras” (Proverbios 1:8,9; 20-23), (Testimonios para la iglesia, t.4, p. 205, 206).
Jueves 1 de enero: ¡No olvides!
Los que profesan amar a Dios y reverenciar las cosas sagradas y sin embargo dejan descender la mente a cosas superficiales e irreales, se colocan en el terreno de Satanás y hacen su obra. Si los jóvenes estudiasen las gloriosas obras de Dios en la naturaleza y su majestad y poder como se hallan revelados en su Palabra, avivarían y elevarían sus facultades con esa práctica. Recibirían un vigor que nada tendría que ver con la arrogancia. Por la contemplación de las maravillas del poder divino la mente aprenderá la más dura y a la vez más útil de todas las lecciones: que la sabiduría humana, si no está ligada al Infinito y santificada por la gracia de Cristo, es necedad (Mensajes para los jóvenes, p. 251).
En la toma de Jericó, el poderoso General de los ejércitos planeó la batalla con tanta sencillez que ningún ser humano pudo atribuirse la gloria. Ninguna mano humana debía derribar los muros de la ciudad, no fuera que el hombre se atribuyera la gloria de la victoria. También hoy, ningún ser humano debe atribuirse la gloria del trabajo que lleve a cabo. Solo el Señor debe ser magnificado. ¡Oh, si los hombres comprendieran la necesidad de buscar a Dios para recibir instrucciones! […].
La debilidad de los hombres encontrará fuerza y ayuda sobrenaturales en cada conflicto severo para realizar las hazañas de la Omnipotencia, y la perseverancia en la fe y la perfecta confianza en Dios asegurarán el éxito. Mientras la antigua confederación del mal está organizada contra ellos, él les manda que sean valientes y fuertes y que luchen valerosamente porque tienen un cielo que ganar, y tienen en sus filas a Alguien que es más que un ángel, el poderoso General de los ejércitos que conduce los ejércitos del cielo. En ocasión de la toma de Jericó, ninguno de los ejércitos de Israel pudo alabarse de haber usado su fuerza finita para derribar los muros de la ciudad, sino que el Príncipe del ejército de Jehová planeó esa batalla con la mayor sencillez, para que el Señor solo recibiera la gloria y el hombre no se exaltara a sí mismo. Dios nos ha prometido todo poder; porque la promesa es para vosotros y vuestros hijos, y para todos los que están muy distantes, tantos como el Señor llame.
Debe haber una fe y una confianza continuas en el Capitán de nuestra salvación. Debemos obedecer sus órdenes. Las paredes de Jericó cayeron como resultado de obedecer órdenes (Conflicto y valor, p. 118).
Dios obrará maravillas por aquellos que confíen en él. Si los que profesan ser su pueblo no tienen más fuerza es porque confían demasiado en su propia sabiduría y no permiten que el Señor revele su poder en su beneficio. El ayudará a sus fieles hijos en todas las ocasiones si depositan toda su confianza en él y le obedecen sin cuestionarlo (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 163).

Viernes 2 de enero: Para estudiar y meditar
Palabras de vida del Gran Maestro, p. 81-84; Mensajes para los jóvenes, p. 331, 332; La educación, p. 197, 198.