Misericordia infinita, oportunidades limitadas

Al leer los Evangelios resulta relativamente fácil descubrir que Jesús era un excelente narrador de historias. Para él las imágenes, las dramatizaciones, las metáforas, los acontecimientos relacionados con la vida cotidiana de sus oyentes resultaban medios eficaces para transmitir las más sublimes verdades. Sus relatos y parábolas se enfocaban en tratar de redefinir la realidad y dar un nuevo sentido a la vida de sus oyentes.
Como maestro, Cristo se especializó en conocer y satisfacer las necesida­des personales de quienes acudían a escucharle. Él conocía perfectamente la experiencia cotidiana de sus oyentes, era partícipe de su diario vivir, de sus ocupaciones y frustraciones, de sus luchas y de sus fracasos. Cuando hablaba de Dios lo hacía poniéndose al nivel de su público, con las imáge­nes que les eran familiares. Sus historias ponían al Creador del universo al alcance de sus criaturas. Las imágenes que usaba en sus relatos emanaban del día a día de sus interlocutores. Dios es como un padre, un rey, un mer­cader, un agricultor, un amigo, un rico acaudalado y generoso; se parece a la mujer que barre la casa y prepara el pan de su familia, al pastor que cuida de sus ovejas; en fin, ¡Dios se parece a nosotros!
Durante su ministerio Jesús no se caracterizó por ser el exégeta que ex­plicaba correctamente los pasajes de la Torá; no era el académico que diser­taba respecto al cumplimiento de los oráculos de los profetas anteriores o posteriores al exilio; ni siquiera explicaba el sentido original de las seccio­nes poéticas de las Escrituras. Más bien su mensaje vivificaba las polvorien­tas palabras de los rollos del Antiguo Testamento en el corazón de quienes le escuchaban. Y para infundir vida a las antiguas enseñanzas no hay nada mejor que una historia, una parábola, que, más que acentuar el valor origi­nal de la letra, interpreta el alma de quien la escucha.
Sería absurdo pensar que al contar parábolas Jesús estaba ofreciendo una versión reduccionista y simplista del mensaje de las Escrituras. Las parábo­las encierran un solemne llamamiento a la más profunda reflexión; el oyen­te tiene que indagar hasta encontrar el significado oculto en la historia. No es como las leyes de Levítico 4-7, que cualquiera puede memorizarlas y co­nocer al dedillo las casuísticas que encierran sus enjundiosos ritos. Para com­prender lo que subyace tras una parábola no basta repetirla, citar el pasaje donde se encuentra, ni escuchar un sermón ni leer un exhaustivo comenta­rio sobre ellas. Las parábolas de Jesús demandan oídos que oigan, ojos que vean, mentes que entiendan, corazones que escudriñen. Solo es capaz de desen­trañar el mensaje oculto en la parábola el que ha recibido el privilegio de «conocer los misterios del reino» (Lucas 8:10). Las parábolas del Maestro no fueron impartidas «para ayudarnos a entender una argumentación teológi­ca, sino como un modo de experimentar la religión».
Lucas se encargó de dejar por escrito las parábolas más hermosas que salieron de los labios del Maestro de Galilea. Marcos registró seis parábolas, de las cuales solo una es exclusiva de su Evangelio (Marcos 4:26-29); en tanto que Mateo presenta diez parábolas que únicamente aparecen en su libro. Una vez más la genialidad de Lucas se hace patente al haber registrado dieci­séis parábolas que solo podemos leer en su libro.
No es posible estudiar aquí todas las parábolas de Lucas; pero no me cabe la menor duda de que si queremos disfrutar de las excelentes habilidades de Jesús como narrador de historias, hemos volcar nuestros ojos al capítulo 15 de Lucas. Allí nos toparemos con el «el evangelio dentro del Evangelio».
Amigo de publicanos y pecadores
Lucas presenta una introducción que contextualiza los tres relatos del ca­pítulo 15: «Se acercaban a Jesús todos los publícanos y pecadores para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este recibe a los pecado­res y come con ellos". Entonces él les refirió esta parábola» (Lucas 15:1-3).
Publícanos y pecadores, un dúo condenado por un sistema religioso que no admite apelación. Los publícanos eran considerados tan impuros, que con solo entrar a una casa todo lo que había en ella se consideraba inmundo. Los judíos no fueron los únicos en repudiarlos; también fueron reos del des­precio de los ciudadanos romanos. El historiador Dion Crisóstomo los colo­có al nivel de los proxenetas. Como transgresores de la ordenanza de Levítico 25:36-38, los publícanos no podían formar parte del pueblo de pacto. Igual­mente, los «pecadores» habían traicionado «al Dios que redimió a Israel y le dio su ley». Por tanto, ambos grupos, a causa de su impenitencia, se hallaban desterrados de la gracia divina. En muchas ocasiones el «pecado» de estos marginados consistía en no seguir al pie de la letra las tradiciones impuestas por los doctores de la ley. Es casi seguro que su mayor «pecado» no haya sido contravenir la voluntad divina, sino no acatar las proscripciones sectarias de los judíos.
Lucas subraya que Jesús no dudaba en recibir y comer con pecadores y publí­canos. En el capítulo 7 el Maestro fue acusado de «comilón y bebedor devino, amigo de publícanos y pecadores» (versículo 34); una acusación que lo hacía cul­pable de la pena capital, según Deuteronomio 21:18-21. Más adelante lo vere­mos entrar en la casa de Zaqueo, el jefe de los publícanos, en la que segura­mente habrá participado de la mesa (Lucas 19:1-10). En Lucas, «Jesús, pecadores y comida van de la mano». ¿Por qué esta insistencia en recibir y comer con los pecadores?
En los tiempos de Lucas «invitar a comer a una persona era un honor que implicaba aceptación, confianza, paz». Al comer con los «pecadores» Jesús demuestra que ellos ocupan un lugar significativo en su obra de salvación. Este rasgo distintivo del ministerio del Señor rompe con los esquemas sociorreligiosos de los judíos de la época. Los judíos eran famosos por su aisla­miento de todo el que no comulgara con sus concepciones religiosas. El his­toriador romano Diodoro Sículo escribió que los judíos «no comparten la mesa con otros pueblos». ¿La razón? No querían contaminarse con la in­mundicia de los demás.
Pero Jesús era diferente. Él no se contaminaba por asociarse con publícanos y pecadores; en cambio, ellos quedaban purificados al vincularse con Jesús. Su pureza es capaz de erradicar la suciedad que ha calado en el interior de todos nosotros. Los fariseos y escribas no podían concebir que Cristo acogiera a gen­te de la calaña de los publícanos y pecadores; y por eso «murmuraban» contra él. El verbo griego diegoggyzon se utiliza diez veces en la versión griega del Anti­guo Testamento y siempre está relacionado con las murmuraciones del pueblo en contra de sus dirigentes. Sin darse cuenta, al murmurar contra el Señor, los escribas y fariseos se arriesgaron a correr la misma suerte de la generación in­crédula que murió en el desierto. Su presunta obediencia estaba desprovista de bondad y de gozo; su mezquinad espiritual no les permitía aceptar que Jesús acoge a todos los que se han desviado del camino del Señor.
El Señor, pasando por alto las murmuraciones de los líderes espirituales, se empeñó, como buen pastor, en buscar las ovejas que se habían extraviado del camino. Así como una mujer recorre de un lado para otro la casa en bus­ca de la moneda que se le ha perdido, él no se contenta con quedarse con las monedas que atesora en su bolsa y busca la que se ha perdido. Él quiere más; una más; porque cada uno de nosotros es valioso, único e importante para él. Cristo saldrá en busca de la oveja extraviada, no descansará hasta encon­trarla, traerla al redil y, solo entonces, habrá gozo en el reino de los cielos. En Lucas 15 el centro de atención no es el objeto que se pierde, sino el Dios que busca al que está perdido.
Probablemente buscar una oveja o una moneda sea algo insignificante para muchos de nosotros. ¿Y si el que se pierde es un hijo? ¿Vale la pena agotar todos los recursos a fin de dar con el paradero del hijo que se ha marchado de la casa?
Misericordia infinita
En la parábola del hijo pródigo Jesús nos invita a realizar un viaje que nos colocará ante dos realidades sumamente contrastantes: el amor de Dios y la miseria humana. El relato comienza con una frase escueta, pero muy significa­tiva: «Un hombre tenía dos hijos» (versículo 11). Con tan solo escucharla la men­te de los oyentes comenzó a concatenar una serie de historias bíblicas. Ellos se habían criado oyendo los relatos de padres muy conocidos que tuvieron dos hijos: Adán tuvo a Caín y Abel; Abraham procreó a Ismael e Isaac; Isaac fue el padre de Esaú y Jacob; Amram tuvo a Aarón y a Moisés. De ahí que seguramen­te al oír que un «padre tenía dos hijos», los oyentes de Jesús se remontaron a los propios orígenes de la nación escogida. Después de todo, Israel era uno de esos dos hijos. En realidad, Lucas 15 rememora la experiencia de Jacob.
Permítame resumir a grandes rasgos la historia de Jacob. Él era el hijo me­nor de Isaac. Tras haber engañado a su padre, se alzó con la primogenitura, abandonó la casa y se marchó a recorrer nuevos caminos. Llegó a casa de Labán y tuvo que trabajar como uno de los jornaleros. Cuando finalmente decidió retomar a «casa», en lugar de ser recibido con alegría, se encontró con un her­mano mayor, Esaú, que procuraba matarlo. ¿No le parece que hay muchos puntos comunes entre Jacob y el hermano menor de la parábola?
Por otro lado, históricamente el hermano menor, a pesar de sus fallos, siem­pre acaba siendo el personaje meritorio de la trama. Abel superó a Caín. Isaac tuvo una bendición mayor que la de Ismael; y ni hablar de Jacob y Esaú. Por supuesto Moisés fue más grande y más fiel que Aarón. Además, en las historias bíblicas el mayor sobresale por la comisión de hechos dañinos. Caín mató a Abel; Esaú quiso asesinar a Jacob; Aarón incitó al pueblo a construir un becerro de oro. No hay duda de que a los «hermanos menores», con independencia de sus caídas y tropiezos, les ha ido mejor que a los «hermanos mayores».
En Lucas 15 podemos constatar que los dos hermanos eran distintos. No fueron creados en serie; no son idénticos en todo. Sin embargo, eran hijos de un mismo padre. La diversidad le otorga un inusitado colorido a la familia de Dios. Él no espera que seamos iguales; pero sí que entendamos que, menores o ma­yores, nos ama a todos por igual y que todos somos hijos «únicos».
Pero el hijo menor apreciaba poco su condición de hijo y no le importaba mucho el amor del padre. Incitado por las propensiones más burdas de su inquieto corazón, se atrevió a reclamar su «parte de los bienes», que le corres­pondía recibir tras la muerte de su progenitor. Al igual que Jacob, este mucha­cho no está dispuesto a esperar; por ello pide, exige, demanda. En lugar de dejarse amar por el padre, él prefiere «su herencia». El padre no articula palabra; no reclama; su corazón se quebranta, pero llora en silencio. Finalmente, deci­dió concederle el caprichoso pedido, y «les repartió los bienes» (Lucas 15:12). Después de todo, el amor no coarta la libertad del ser amado. Dejarlo libre también constituye una genuina expresión del amor paterno.
La desgracia de Jacob le sobrevino cuando detentó la primogenitura que todavía no le tocaba. Asimismo, el hijo menor, al recibir «sus bienes» antes de la muerte de su padre, atrajo sobre sí una terrible desgracia. Esos «bienes» llenaron sus bolsillos de la pobreza que acarrea sustituir la casa del padre por las posesiones pasajeras del mundo. En su deseo de querer disfrutar la vida al máximo, acabó dilapidándola tontamente; porque no hay plenitud cuan­do se vive separado del padre.
Y se fue lejos, «a un país lejano» (versículo 13, NV1), y «allí desperdició sus bie­nes viviendo perdidamente». Lejos del padre no hay orden, no hay equilibrio, no hay templanza; la vida se toma una locura incontrolable. En un abrir y ce­rrar de ojos el que ansiaba libertad terminó siendo un esclavo; el que pretendía éxito encontró el fracaso. Aunque quiso ser el dueño de su vida lo único que consiguió fue ser un porquerizo. En su deseo de adquirir independencia para gozar de la vida se le escabulló de las manos «el gozo de la libertad».
Quizá nos vendría bien preguntarnos: ¿Qué significa que «desperdició sus bienes»? La palabra griega que nuestras versiones bíblicas han traducido como «bienes», «herencia», «dinero», «hacienda», «fortuna», es el vocablo ousian. Es un término cuyo significado original resulta muy difícil de expresar en una sola palabra. Los griegos lo usaban para referirse a la parte esencial, el núcleo de un individuo. «Para Aristóteles indica el significado principal del ser. Para Platón es la idea, el ser suprasensible». El hijo está derrochando lo más va­lioso que tiene: su vida. Incluso, en el hipotético caso de que él hubiera ma­nejado con prudencia sus recursos financieros, cuando decidió separarse del padre comenzó a derrochar la esencia de sí mismo. De acuerdo con Elena G. de White, «quienquiera que intente vivir lejos de Dios, está malgastando su sustancia, desperdiciando los años mejores, las facultades de la mente, el cora­zón y el alma, y labrando su propia bancarrota para la eternidad» (Palabras de vida del gran Maestro, cap. 16, p. 159). Es que vivir lejos del padre conlleva dila­pidar no solo lo que tenemos, sino lo que somos.
Un día, cuando se hallaba hundido entre las heces de los cerdos, el mucha­cho recordó la casa de su padre. Es digno de notar que el hijo menor sabía que, sin importar su triste condición, el padre seguía siendo su padre. Cuando deci­dió irse de la casa le dijo: «Padre, dame la parte de los bienes...» (versículo 12). Cuando estaba pasando la peor hambre se dijo a sí mismo: «Me levantaré e iré a casa de mi padre...» (versículo 18). Cuando regresó no dudó en decir: «Padre he pecado...» (versículo 21). Con independencia de cuál fuera su situación, es loable que el pródigo siempre mantuviera claro en su mente quién era su padre. Y fue saber que tenía un padre amante lo que lo indujo a volver a la casa.
Llegamos al momento más conmovedor del relato. «Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó» (vers. 20). No hay reclamos. No hay censuras. No hay disciplina. Lo único que el padre hace es permitir que aflore su amor infinito por el hijo rebelde. Lucas describe a un padre que hace evidente su misericordia a través de todo su ser: ojos, pies, brazos, corazón, boca. Todo en él es amor. «Así es Dios, tan bueno, tan indulgente, tan lleno de misericordia, tan rebo­sante de amor. Se alegra del regreso del pródigo». ¿Cuándo aprenderemos a tratar al pecador como lo hace Dios? ¿Cuándo dejaremos de ser asesinos de la gracia? ¿Cuándo lidiaremos con el hermano caído como Dios trata a sus hijos pródigos?
La experiencia del hijo pródigo declara que «el amor de Dios puede ven­cer la estupidez humana, las circunstancias que tantas veces influyen para el mal, y hasta la consciente rebeldía del corazón. Porque Dios es amor, no se resigna a perder lo que ama, sino que busca, espera, y se alegra con gozo inefable y glorioso cuando recupera lo que se le había perdido».
¿Qué es usted? ¿Un pródigo o un hermano mayor? No responda y siga leyendo.
Asesinos de la gracia
En ocasiones, como buenos «hijos mayores», nos aferramos a la seguridad que proporciona creer que nunca hemos abandonado la «casa del padre». En tanto que hacemos gala de nuestro «impecable» servicio, nos atribuimos el derecho de juzgar y condenar a quien haya sido «sorprendido en alguna fal­ta» (Gálatas 6:1). En nuestro hipócrita deseo de salvaguardar el «buen nombre de la iglesia», no nos inmutamos a la hora de destruir y condenar a quienes la iglesia debe salvar. Se nos olvida que la iglesia no es un edificio, la iglesia son las personas. ¿De verdad nosotros, los «asesinos de la gracia» somos me­jores que el pródigo? ¿Acaso los «hermanos mayores» siempre hemos estado dentro de la «casa»? Quizá nos sorprenda la respuesta que ofrece Lucas.
No podemos negar que el «hermano mayor» no había malgastado su «vida» con rameras, como, según él, había hecho el hermano menor (vers. 30). Sin embargo, el hermano mayor constituye la peor versión de lo que significa ser hijo del padre. Comencemos señalando que nuestro irreprochable hermano nunca se refiere al «padre» como su padre. De hecho, su visión del padre no es la de un ser misericordioso, sino la de un patrón. «Tantos años hace que te sirvo...» (versículo 29). Su principal problema es no saber quién es el padre. No tiene la más remota idea de quién es Dios. Para él Dios es un patrón que paga por el trabajo realizado.
Como suelen ser los legalistas, el hermano mayor falta descaradamente a la verdad, puesto que fue capaz de decirle al padre: «Nunca me has dado nada» (versículo 29). Jesús dice que el padre «les repartió los bienes» a los dos hijos (versículo 12). Aunque el hermano mayor no se adueñó de la herencia como hizo el menor, él sabía que el padre ya le había dado lo que le tocaba. Por esta razón el padre le dijo: «Todas mis cosas son tuyas» (versículo 31).
Como su corazón estaba dominado por la envidia, no le agradó que el padre recibiera en la casa al hijo rebelde celebrando una gran fiesta. Lo peor del caso es que el Evangelio nunca dice que el mayor está dentro de la casa. Siempre lo ubica fuera de la casa, en «el campo» (versículo 25). Fue en el campo donde Caín mató a Abel. Fue en el campo donde Esaú vendió su primogenitura. El campo ha sido el histórico escenario en el que los hermanos mayo­res han puesto de manifiesto su odio hacia los menores. De paso, el mayor nunca llamó «hermano» al pródigo. Para él ese rebelde era «el hijo» del pa­dre, no su hermano. Estamos frente al típico religioso que cuida las reglas, pero odia y desprecia a sus semejantes. En realidad, los hermanos mayores «no son más justos a la vista de Dios que los más señalados pecadores» (Palabras de vida del gran Maestro, cap. 21, p. 214).
¿Qué puede hacer Dios con la gente que se cree justa, pero que es tan o más pecadora que un publicano o una ramera? ¡Pues lo mismo que hace con los hijos pródigos: amarlos sin límites! El padre que luchó por encontrar al pródigo, también luchó por salvar al mayor. Lucas declara que el hijo mayor estaba tan enojado «que no quería entrar en la casa» (versículo 28). La acción del verbo griego sugiere un enojo continúo, algo «que podría durar días y días en el futuro». Sin embargo, fíjese en lo que hace el padre: «Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrara» (versículo 28). La expresión «le rogaba», en griego comporta «el sentido de un intento repetido de persuasión. El imperfecto mues­tra el mego reiterado del padre que tropieza y se rompe inútilmente contra la cerrazón del hijo mayor». Dios también quiere salvar a los legalistas, a los hermanos mayores.
Lucas no dice qué decisión tomó el hermano mayor, aunque sí nos advierte respecto al destino de todos aquellos que, como el hermano mayor, no les importa lo que suceda con su prójimo. De ello hablará en la segunda parábola del capítulo 16. No podemos pasar por alto que aunque la misericordia de Dios es sempiterna, nuestras oportunidades de aceptarla son limitadas. La pa­rábola del rico y Lázaro aborda de forma realista y magistral este asunto.
Una vida limitada
Aunque está atiborrada de diálogos de ultratumba, la parábola del rico y Lázaro tiene menos que ver con doctrina y más con la vida. No es un relato para debatir en cuanto al destino final de los muertos; más que eso, constitu­ye una solemne amonestación sobre qué hemos de hacer los que estamos vivos. En lugar de suscitar el debate sobre el más allá, la parábola pretende abrir los ojos de los que vivimos acá. Por supuesto, siempre resultará más sencillo y agradable parlotear sobre los muertos en vez de estar atentos a los problemas de los vivos.
Probablemente usted se preguntará: ¿Por qué Jesús usó un diálogo entre dos muertos para darnos una lección a los vivos?
Relatos muy similares al que aparece en Lucas 16 han sido encontrados en documentos egipcios, grecorromanos y judíos. Entre los egipcios era muy popular el cuento que describía la travesía de Sis-Osiris y su padre Setme Khamuas al imperio de los muertos. Un día Setme y Sis-Osiris presencia­ron la muerte de un rico y un pobre. Al ver la fastuosidad que rodeó el en­tierro del rico, Setme anheló tener un sepelio así. El chico reaccionó y le dijo a su padre que prefería la suerte del pobre. Tras una breve discusión, Sis-Osiris lo llevó a Menfis, la ciudad de los muertos. Allí vieron al hombre que había sido enterrado con gran lujo encerrado en un sala y sufriendo a causa de sus malas obras, mientras que el pobre disfrutaba del paraíso. El propósito del viaje era mostrarle a Setme que el destino final de ricos y po­bres depende de las obras que hicieron cuando estuvieron vivos.
En el diálogo X de La república, Platón cuenta la experiencia de un valiente va­rón llamado Er, que, tras haber estado muerto durante diez días, regresó al mun­do de los vivos como mensajero de lo que había visto durante su viaje al más allá. Los judíos de Alejandría matizaron estos relatos pagamos y crearon otras versiones. Por ejemplo, era muy popular la leyenda de un matrimonio de buena posición económica, cuyos miembros no tenían interés en los asun­tos espirituales. Cuando la mujer murió, uno de sus hijos fue llevado al hades y allí vio a su madre sufriendo los más atroces tormentos. La mujer aprovechó la oportunidad y le mandó este mensaje al marido: «Dile a tu padre que haga borrón y cuenta nueva, porque la conversión puede hacer milagros».
En fin, los lectores de Lucas estaban familiarizados con ese tipo de rela­tos en los que afloraban los diálogos de ultratumba. En la parábola del rico y Lázaro, Jesús imparte su enseñanza usando imágenes que eran conocidas para sus oyentes; pero se aseguró de presentar notables diferencias entre su relato y los que circulaban en su época.
Esta es la única parábola en la que Jesús pone nombre a uno de los prota­gonistas de sus parábolas. En ello tenemos un enorme contraste: el rico sin nombre, el pobre con nombre. Para la mentalidad semítica, el nombre con­llevaba más que una simple palabra de identificación. Según ellos, el nombre expresaba la identidad de la persona, su esencia, su sustancia. El rico de Lucas 16 ha perdido las razones que justifican su existencia como ser humano. Su vida no tiene sentido. Lo tiene todo, pero a la vez carece de todo. Vive para complacerse a sí mismo. Su vida ostentosa, saturada de lujos, le ha cegado el corazón y ni siquiera percibe la necesidad de quien está postrado ante su puerta. Como hijo de Abraham, el rico constituye una acertada descripción de Israel, el profeso pueblo de Dios.
Lázaro no tiene nada. Solo es dueño de su nombre, que significa: «Dios es mi ayuda». Su nombre es la versión griega del que llevaba el siervo de Abra­ham, «Eliezer, el damasceno» (Génesis 15:2). Su única compañía son los perros, que se acercan para lamerle las llagas, lo cual lo coloca en un estado de abso­luta impureza. Este mendigo no solamente sufre la marginación socioeco­nómica, también es un marginado de la religión de su tiempo, que no quiso acogerlo en sus recintos sagrados. En Lázaro tenemos un prototipo de los gentiles.
Pero un día la muerte, el gran igualador, cernió su sombra sobre ambos personajes. Como era de esperarse, el rico «fue sepultado» y, siguiendo los rituales de aquellos tiempos, «seguramente recibió grandes elogios». De Láza­ro nada más se dice que fue llevado «por los ángeles al seno de Abraham» (Lucas 16:22). ¿Qué es «el seno de Abraham»? No hay consenso en cuanto al signifi­cado de tal expresión. La Septuaginta usa en varios pasajes la palabra griega kólpon, «seno», como sinónima de brazos y denota el cuidado protector del padre hacia su hijo (ver 2 Samuel 12:3; Isaías 40:11). Lázaro fue llevado a un lu­gar donde podrá contar con la protección que le negó el rico. Allí no sufrirá ni nadie lo lastimará.
¿Y cuál es ese lugar? El Juan 1:18 se presenta a Cristo como el que está en el seno del Padre, aludiendo con esto que se encuentra «cercano al Pa­dre» (PDT). Estar en «el seno de Abraham» es permanecer junto al patriarca. Probablemente, Jesús esté usando un lenguaje metafórico para decir que lázaro está con Abraham en el sentido de que «durmió con sus padres» (1 Reyes 1:21; 2:10). El mismo Abraham recibió la promesa de que al morir «se reu­niría con sus padres» (Génesis 15:15). Cuando Isaac, el hijo de Abraham, mu­rió «se reunió con sus antepasados»; es decir, se reunió con Abraham (Génesis 35:29, DHH). Ser llevado al «seno de Abraham» no es equivalente a estar en el paraíso, sino a «reunirse» con Abraham en el sepulcro hasta que, tras la segunda venida de Cristo, reciban el «cumplimiento de la promesa» (Hebreos 11:40; NRV).
Siguiendo los ejemplos de la época, Jesús describe un diálogo imaginario entre Lázaro y el rico. El coloquio se lleva a cabo en el «hades» (Lucas 16:23). La versión Dios habla hoy tradujo acertadamente la palabra griega hades como «el lugar adonde van los muertos». No importa si el muerto es rico o pobre, judío o gentil, bueno o malo; todos van al «hades». Incluso, Jesús estuvo en el hades (Hechos 2:27). El Comentario bíblico adventista está en lo cierto cuando declara que «literalmente, Lázaro también debía estar allí [en el hades)». Sin embargo, cuando llegue el momento en que Dios pagará a cada cual según lo que haya hecho, el destino final de Lázaro será radicalmente distinto al del rico. ¿Se defi­nió ese destino en el «hades»? No. Se definió mientras vivieron. Y ese es el pun­to que hemos de resaltar. Nuestra vida en el más allá lo determinará lo que ha­gamos aquí.
Como el rico desperdició su vida dándole mayor importancia a la comida y al vestido, no tiene más alternativa que confrontar el fatal destino que le acarrearon sus lujos y su glotonería. Su pecado no consistió en la comisión de un acto de maldad, sino en la omisión del bien. Sus ojos, que nunca se abrieron para ver a lázaro mientras sufría por su deplorable condición, aho­ra lo ven; lo conoce por nombre y le suplica a Abraham que envíe a Lázaro a predicarle a su familia. Como los muertos no hablan, Abraham rechazó se­mejante petición. El mensaje de Dios para nosotros nos ha llegado por me­dio de su Palabra, a través de los escritos de «Moisés y de los profetas» (Lucas 16:29). Eso es lo que debemos oír.
Según el rico, si alguien de los muertos va y les habla a los vivos, estos le creerán. «Pero Abraham le dijo: "Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos"» (versículo 31). El punto aquí es que Jesús decidió soslayar la declaración de Abraham y nos mandó un muerto —el mismo rico— a damos un mensaje. Me pregunto: ¿Le hemos hecho caso al rico? Un muerto nos ha hablado. ¿Qué cambios han producido en nosotros sus palabras? Si la Palabra de Dios, siendo un instrumento vivo y eficaz, no ha podido calar en lo más profundo de nues­tro corazón, ¿qué puede hacer un personaje que ya no existe?
En Lucas 15 y 16, Jesús presenta lo que a los ojos humanos era imposible que llegara a suceder. El pecador empedernido es recibido en la casa del pa­dre. El hijo que se creía perfecto se quedó fuera de la casa. El rico descendien­te de Abraham recibió el castigo eterno; el pobre Lázaro, un gentil, fue acogi­do entre los miembros del verdadero pueblo de Dios. ¿En qué fallaron el hermano mayor y el rico sin nombre? En no amar a su prójimo. Ya lo dijo la sierva de Dios: «La inhumanidad del hombre para con el hombre es nuestro mayor pecado. Muchos se figuran que están representando la justicia de Dios, mientras que dejan por completo de representar su ternura y su gran amor» (El ministerio de curación, cap. 10, p. 100). ¿Será ese nuestro pecado?
La misericordia de Dios es infinita, pero nuestras oportunidades de reci­birla son limitadas. Usemos el tiempo de vida que nos queda en esta tierra para que la gente sepa que el amor eterno de Dios ha llenado nuestros co­razones; colaboremos con Dios en la salvación de los pródigos; extenda­mos una mano ayudadora a los hermanos menores y a los Lázaros que nos rodean. No seamos inhumanos.

Referencias
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Para ampliar sus conocimientos sobre las parábolas en Lucas, ver a Kenneth E. Bailey, Las parábolas de Lucas: Un acercamiento literario (Miami, Florida: Editorial Vida, 2009); idem. Poet & Peasant and Through Peasant Eyes: A Literary and Cultural Approach to die Parables in Luke (Grand Rapids, Michigan: William B. Eermands, 1983); Barbara E. Reid, Parables for Preachers: The Gospel of Luke (Collegeville, Minneso­ta: The Liturgical Press, 2000); John R. Donahue, El Evangelio como parabola: Metáfora, narrativa y teo­logía en los Evangelios sinópticos (Bilbao: Ediciones Mensajeros, 1997), pp. 167-252).

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Ver a James D. G. Dunn, Jesús recordado (Navarra: Editorial Verbo Divino, 2009), t.1, pp. 609. Para un análisis de las distintas interpretaciones de los «pecadores» en Lucas, ver Dwayne H. Adams, The Sinner in Luke. The Evangelical Theological Society Monograph Series (Eugene, Oregon: Pickwick Publications, 2008).

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Ver Kenneth E. Bailey, Jacob and the Prodigal: How Jesus Retold Israel's Story (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 2003).

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Ibíd., p. 175.

El relato, que data de la primera mitad del siglo I, se puede leer completo en F. L. Griffith, Stories of the High Priest of Memphis (Londres: Oxford University Press, 1900), pp. 42-44.

Platón, Diálogos IV: República (Madrid: Editorial Gredos,), p. 489.

J. A. Fiztmyer, El Evangelio según San Lucas (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), t. III, p. 750. Para más detalles sobre los textos judíos relacionados con esta parábola, ver a Klyne R. Snodgrass, Stories with Intent: A Comprehensive Guide to the Parables of Jesus (Grand Rapids, Michigan: William B. Eermands, 2008), pp. 420-422.

Ronald F. Hock, «Lazarus and Micycllus: Greco-Roman Bacgrounds to Luke 16:19-31», Journal of Bi­blical Literature 106/3 (1987), p. 463.

Craig S. Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia: Nuevo Testamento (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 2006), p. 233.

Martin O'Kane, «"The Bosom of Abraha"» (Luke 16:22): Father Abraham in the Visual Imagination», Biblical Interpretation 15 (2007), p. 492.

Robert H. Stein, Luke, The New American Commentary (Nashville, Tennessee: B&H Publishing Group, 1992), p. 424; Fitzmyer, El Evangelio según San Lucas, p. 760.

1. Howard Marshall, Commentary on Luke, New International Greek Testament Commentary (Grand Rapids, Michigan: William B. Eermands, 1978), p. 636; Darrell L. Bock, Luke 9:51-24:53, Baker Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 1996), p. 1368.

Francis D. Nichold, Comentario bíblico adventista (Buenos Aires: ACES, 1995), p. 812.