Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 8
(16 al 23 de mayo de 2015) 

La misión de Jesús

Pr Jônatas Leal

Introducción

La misión de Jesús en ocasiones ha demostrado estar por encima de la capacidad de entendimiento humana. Su fundamento estaba en el insondable amor de Dios por la humanidad. Uno de los modos favoritos de Jesús para explicar conceptos difíciles a su audiencia fue valerse del uso de parábolas. En esta semana tenemos el privilegio de repasar las notables parábolas de Lucas 15 y considerar de qué modo se relacionan con la misión de Jesús.

Las parábolas de Lucas y la misión de Jesús

De acuerdo con los evangelios, Jesús frecuentemente recurrió al uso de parábolas en su ministerio de enseñanza. El término “parábola”, es la transliteración del vocablo griego parabole, “utilizado en el Nuevo Testamento para identificar una variedad de formas literarias”. En verdad, “una característica fundamental de la enseñanza de Jesús fue el uso de símiles ampliadas e historias breves para expresar verdades espirituales”. En un sentido más restringido, parábola es “una metáfora o símil que frecuentemente se convierte en una breve narración, muchas veces utilizada en los tiempos bíblicos con propósitos didácticos”.

Las parábolas eran poderosos instrumentos de enseñanza. Utilizando retratos de la vida campesina cotidiana del primer siglo, Jesús situaba a las personas dentro de esos relatos, llevándolas a reflexionar profundamente acerca de lo que Él estaba pretendiendo transmitirles. Así, eran didácticas, apelativas y hasta, en algunos casos, intrigantes. Eran también un modo de que Jesús despistara a sus opositores. De algún modo, las parábolas separaban también la cizaña del trigo, pues su sentido estaba oculto a los ciegos espirituales (Lucas 8:10).

Las parábolas de Cristo abarcan un amplio espectro de temas. Entre sus temas preferidos estaba la naturaleza del Reino de Dios. Sin embargo, muchas de ellas también trataron acerca de la naturaleza de la misión del Hijo de Dios. Lucas presenta la misión de Jesús de una manera muy clara. Como ya se hemos notado, el evangelio está organizado de tal manera que su mensaje central quede evidente: el Hijo del Hombre vino a salvar y a buscar lo que se había perdido (Lucas 19:10). Si, por un lado, no hay una frase que puede resumir tan bien la misión del Mesías, por el otro, ninguna secuencia de parábolas enseña tan claramente acerca de ello como las que se encuentran en Lucas 15.

Las parábolas de la oveja, la dracma y la de los hijos perdidos ilustran de manera simple y profunda las verdades más esenciales incluyendo la misión de Jesús en sus ministerios terrenal y celestial. Desde este momento en adelante revisaremos algunos puntos de estas sencillas, pero magníficas, historias.

Perdidos y encontrados

Aun cuando las tres historias puedan ser analizadas por separado, desde el punto de vista contextual y temático-teológico, están íntimamente relacionadas. Desde el punto de vista contextual, surgieron de una situación común. Todas fueron dirigidas a uno de los grupos que más se opusieron a Cristo: los fariseos. A veces ellos abordaban a Jesús cuestionándolo acerca de su asociación con los que habían sido estereotipados como “pecadores”. En Lucas 15 eso fue justamente lo que motivó a Jesús a contar las tres parábolas (Lucas 15:1, 2). Así, en cada parábola, “Jesús estaba defendiendo su asociación con los pecadores”. No en vano Cristo escogió comenzar hablando de pastores y mujeres que en la sociedad del primer siglo estaban bien alejados de la cima de la pirámide moral y social que los fariseos defendían.

Considerando el contexto, es natural que –desde el punto de vista temática-teológico– las tres parábolas también estén interrelacionadas. Podemos distinguir por lo menos dos rasgos fundamentales que permean cada una de ellas: el gozo de la restauración y el amor de quien busca lo que está perdido. Elena G. de White también destaca algo en común, al afirmar que “las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo, presentan en distintas formas el amor compasivo de Dios hacia los que se descarriaron de él. Aunque ellos se han alejado de Dios, él no los abandona en su miseria”.

Tanto desde el punto de vista estructural como teológico el tema del “gozo de la restauración” está en el centro de la parábola de la oveja perdida. Cuatro temas pueden desprenderse del pequeño relato: el gozo del pastor al encontrar a la oveja, la alegría en el encargo de la restauración cuando hace un largo viaje simplemente para festejar en comunidad, el amor expresado en la actitud del pastor, y el arrepentimiento. Este último aparece de manera más sutil.

En la breve explicación de Cristo, Él comparó a la oveja perdida, y luego encontrada, al pecador que se arrepiente. Así, ser encontrado equivale al propio arrepentimiento. Eso nos recuerda que aún el proceso de arrepentimiento tiene su origen en Dios. Él es quien toma la iniciativa de buscar al pecador donde él está. El genuino arrepentimiento es el fruto de la obra del Espíritu en el pecador, cuyo papel es el de permitir que Él haga su obra. La aplicación de Cristo todavía reservaba un fuerte desacuerdo con la teología de los fariseos. En la concepción farisaica del primer siglo, Dios ama más al justo. No obstante, Jesús terminó su discurso afirmando que hay mayor júbilo por un pecador arrepentido que por los noventa y nueve justos que no necesitaban de arrepentimiento (Lucas 15:7).

La figura de un justo que no necesita de arrepentimiento nos remite a otra parábola en la que un fariseo oró orgullosamente comparándose con un publicano que ni siquiera tenía la valentía de levantar su cabeza (Lucas 18:9-14). La parábola del hijo pródigo retoma la misma idea en la figura del hijo mayor que, aunque permaneció en casa, estaba tan perdido como el pródigo o la oveja perdida. La diferencia, una vez más, está en la percepción de la condición de perdido.

La parábola de la dracma perdida comienza con un “O”, mostrando que Cristo estaba ilustrando la misma verdad con otra imagen. Esto queda confirmado en el versículo 10 que repite la misma “moraleja” de la historia de la oveja perdida (Lucas 15:7). La dracma equivalía al dinero obtenido en un día de trabajo. En términos financieros hoy equivaldría a aproximadamente unos 7 dólares y medio. En verdad, eso significaba poco para los ricos fariseos a quien estaba dirigida la parábola, aunque no para la mayoría de las personas. La escasez de dinero en las manos de la gente común hacía de la pérdida de la moneda un evento muy triste. Para la mayoría de los campesinos que producían su propio alimento, básicamente para su subsistencia, el dinero era una rara comodidad. Una vez más, la imagen de la diligencia en la búsqueda nos remite al acto de gracia divino de dar el primer paso en búsqueda de la humanidad. El tema del gozo en comunidad reaparece en la reunión con las amigas y vecinas (Lucas 15:9).

Finalmente, nos dirigimos a la última y más extensa parábola del capítulo 15. Algunos la han llamado “el evangelio dentro del evangelio”. En verdad, pocos párrafos bíblicos tienen la capacidad de describir tan gráficamente la condición humana como esta parábola. Aún más: pocos revelan de manera tan punzante la respuesta divina ante la crisis generada por el comportamiento ofensivo y rebelde de sus hijos.

La parábola bien puede ser dividida en dos partes. La primera trata de la ofensa del hijo menor y la reacción del padre ante ella. A su vez, la segunda trata de la ofensa del hijo mayor y la reacción del padre ante ella. De hecho, a diferencia de lo que en muchas ocasiones se enfatiza en los sermones que escuchamos acerca de esta parábola, es en la última parte que la narración alcanza su clímax. El hijo pródigo, en verdad, es un escenario para la presentación de la actitud del hijo mayor. Evidentemente, es posible discernir importantes verdades en la reacción del padre a la ofensa del menor, aunque el enfoque está en la persona del mayor.

Podríamos encuadrar la actitud del hijo menor bajo el tópico “Perdidos y encontrados”. Dejemos al hijo mayor para el tópico siguiente. El hijo menor quebrantó gravemente su relación con el padre al pedirle anticipadamente su parte de la herencia (Lucas 15:12a). En el mundo de la época, eso equivalía a desear la muerte del progenitor. La primera condescendencia del padre está en el hecho de que él le concedió el dinero al hijo. Como se sabe, con el dinero en la mano, no tardó mucho en darse cuenta que, en la búsqueda del sueño de la felicidad eterna, él en realidad se había dirigido rumbo a su infierno personal.

En el fondo del pozo, elaboró un plan para el retorno. Esperaba ser aceptado de nuevo como un trabajador contratado (misthios). No como un siervo (doulos), o esclavo (país). Quien sabe, tal vez esperaba poder pagar su deuda a lo largo de los años. Sin embargo, sus planes no salieron bien. El padre tenía mejores planes para él. Por segunda vez vemos la condescendencia del padre al correr en dirección al hijo (Lucas 15:20), algo no solo inesperado, después de lo mucho que se había equivocado el hijo, sino hasta incluso considerado como inapropiado por la sociedad. Él lo recibió como hijo nuevamente (Lucas 15:22-24). Una vez más, el tema del gozo en comunidad reaparece en el capítulo. Tal como el pastor y la mujer de las parábolas anteriores, en una gran fiesta el padre conmemoró el regreso del perdido.

Encontrado, pero perdido

Aunque es sólo en este punto que la figura del hijo mayor se vuelve más prominente, desde el inicio de la parábola ya hay señales del problema en la relación entre él y el padre. Al afirmar que “el padre dividió sus bienes entre los dos” en la parte final del versículo 2, implica que el hijo mayor recibió su parte de la herencia sin mediar ningún reclamo. Además, el extraño silencio en medio del conflicto entre el hijo menor y el padre también es inaudito ante su responsabilidad de actuar como mediador, tal como lo exigía la cultura oriental de la época. El silencio del hijo mayor en esas dos situaciones evidencia que, a todas luces, su relación con el padre no era de las mejores. Otro indicativo de esto es que aun antes del diálogo, el hijo mayor actuó con desconfianza y, en vez de entrar y ver por sí mismo lo que sucedía en la casa, él se detuvo en medio del camino y le preguntó a uno de los criados cuál era el motivo de la fiesta (Lucas 15:25, 26).

Pero es en el versículo 28 que la rebelión se muestra abiertamente. Al descubrir el motivo de la alegría, el mayor se rehusó a entrar y cumplir el rol social de anfitrión que requería la cultura de la época. Ese era un acto insultante de abierta irrespetuosidad hacia el padre. Aquí también vemos un quiebre en la relación entre las partes. En verdad, con esa actitud el hijo mayor humilló públicamente al padre. El diálogo con él revela aún más facetas de esa rebelión latente que permeaba el corazón del mayor y que entonces se devela en el relato. El hijo mayor demostró una actitud de esclavo y no de hijo (versículo 29). Reclamó haber trabajado tantos años sin ganar siquiera un cabrito. Un esclavo exige salario; un hijo, no. Exactamente porque el hijo sabe que los bienes del padre son también suyos.

Aun habiendo insultado a su padre públicamente, fue capaz de declarar que le había servido “sin haberte desobedecido jamás” (versículo 29). Es interesante notar que, mientras que el hijo menor esperaba resolver el problema del pecado sin la gracia con un plan muy bien diseñado, el mayor pensaba que no necesitaba de la gracia. ¿Por qué? Porque su relación con el padre era del tipo check list, basada en reglas. La obediencia se había convertido en un fin en sí misma y en una forma de trueque para recibir lo que se esperaba. En esencia, él había quebrantando el mandamiento del amor.

Además, el hijo mayor acusó al padre de favoritismo (versículos 29 y 30). No solo eso, sino que en su discurso dio a entender que él no se consideraba parte de la familia (versículo 29). Su gozo estaba en reunirse con los amigos, más que con el hermano que había vuelto. Físicamente, estaba en la casa, pero espiritualmente, estaba lejos. Finalmente, el hijo mayor acusó a su hermano sin conocer todos los hechos (Lucas 15:30). En ningún momento del relato se afirma que el joven gastó su dinero en prostitutas. Aunque eso pudiera haber sucedido, el hijo mayor no estaba en condiciones de afirmar eso con absoluta certeza.

Como se evidencia con claridad, los dos hijos actuaron con rebeldía: una, era abierta; la otra, oculta. En síntesis, desde el punto de vista espiritual, la diferencia entre ambos era que “uno era un pecador honorable y el otro, un santo hipócrita”. No obstante, ambos necesitaban de la gracia salvífica y del tierno y paciente amor del padre.

Una vez más el padre entra en escena de manera inesperada. El foco de la historia se centra en las reacciones del padre ante la rebelión de sus dos hijos y no en la rebeldía en sí misma. Tal como ocurrió con el regreso del pródigo, dos veces el padre es condescendiente con un hijo rebelde. En primer lugar, sale en busca del hijo mayor. Exactamente como no cabía esperar que eso sucediera con el primero, tampoco ocurrió en el caso del segundo. En segundo lugar, el padre insistió (Lucas 15:28) con su hijo. El verbo “rogar”, es traducido del vocablo griego parakaleo, que significa “implorar, insistir, suplicar, argumentar”. El mismo verbo es utilizado en relación a la obra del Espíritu Santo, llamado “Consolador” en Juan 14:16, 26 (en griego, parákletos, derivado del mismo verbo parakaleo).

El discurso del padre también es muy revelador. Él comienza con un afectuoso “Hijo” (“hijo querido”, del griego teknon, en vez de simplemente “hijo”, en griego uiois). Además, el padre aseguró que sus derechos estaban protegidos (“todo lo mío es tuyo”, versículo 31), al paso que apuntaba a que “siervo” no era una categoría apropiada para él (versículo 32). Mientras que el pródigo perdió la condición de hijo y esperaba por lo menos ser un siervo en la casa del padre, el hijo mayor tenía la posición de hijo, pero actuaba como siervo.

Así es de escandaloso el divino amor paterno. Así también es de escandaloso el evangelio. Tal como lo afirmó Juan: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Conclusión

Curiosamente, el tema del gozo presente en el relato de la oveja y la moneda perdida, así como en la historia del pródigo, está ausente en el final de Lucas 15. La parábola termina repentinamente. Quedamos sin saber si el hijo fue convencido por el padre, o se quedó afuera del banquete. La respuesta debía ser dada por la audiencia de Cristo. Y nosotros también formamos parte de esa audiencia. Entonces podemos preguntarnos: ¿Cuál será mi respuesta al escandaloso amor del Padre Celestial? ¿Qué respuesta dará ante la increíble misión de Jesús? ¿Será exitosa en mi vida?

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Gingrich, F. Wilbur. Léxico do Novo Testamento: Grego/português. Traducción de Júlio Paulo Tavares Zabatiero; Revisión de Frederick W. Danker. San Pablo: Vida Nova, 2007.