Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

III Trimestre de 2015
Misioneros 

Lección 3
(11 al 18 de julio de 2015) 

La misionera inverosímil

Diego Melo Mariano, Donizete Anísio de Lins, Gabriel Manzi, Hugo Oliveira da Silva,
Lucas Alves, Silas Finger, Vinícius de Espíndola Martins da Silva

Introducción

La historia de Naamán es un ejemplo viviente de cómo el testimonio personal conduce a consecuencias eternas. La niña cautiva (cuyo nombre no se revela en la Biblia), así como otros personajes, tales como José, Daniel y sus amigos, demuestran que nuestra fidelidad evidenciada en el modo de vivir es un testimonio poderoso acerca del reino de Dios.

Aunque en el Antiguo Testamento el método misionero enfatiza la presencia de las naciones ante Israel para aprender acerca de la salvación (Isaías 2:1-5; 56:1-8; Zacarías 8:23), la historia de la niña cautiva refuerza nuestro llamado a salir al mundo para presentar las buenas nuevas de salvación. Hay muchas personas sinceras esperando sólo una presentación coherente de la verdad, para entregarse a Dios.

Tenía todo, pero…

Naamán, cuyo nombre en hebreo significa “agradable”, era el comandante de los sirios (algunas veces denominados arameos), cuyo rey era Ben-adad II (860-842 a.C.). Aun cuando el rey era el comandante supremo de los ejércitos, un general era puesto al frente de las fuerzas para comandar las tropas. Las unidades de combate generalmente estaban conformadas por 10, 50, 100 o 1000 hombres liderados por un oficial. Las divisiones, conformadas por más de mil hombres, a su vez estaban comandadas por un oficial superior, pero Naamán es descripto como el general de todo el ejército de Siria. Ante tamaña responsabilidad, la enfermedad de este hombre significaba una gran preocupación, pues lo incapacitaba para actuar en tan prestigioso cargo (2 Reyes 5:1).

La historia de Naamán ilustra la realidad vivida por muchas personas. Él tenía todo lo que un hombre de su época podía desear, pero sufría una dolencia que los hebreos consideraban el resultado de los juicios divinos. Por lo tanto, a pesar de toda la gloria conquistada mediante sus actos, su pasaba quedaba en segundo plano a causa de su enfermedad. La historia del general asirio nos conduce hacia una dinámica esencial del evangelio: la restauración del ser humano.

En Lucas 4:18, 19, Cristo mostró que la esencia de su misión era evangelizar a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, predicar la liberación a los cautivos, restaurar la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y anunciar el año aceptable del Señor.

Una testigo inverosímil

Esta joven israelita es llamada testigo “inverosímil”, por lo menos por dos razones. En primer lugar, ella testificó aun cuando no tenía motivaciones para ello. Podemos inferir que ella había sido separada de su familia, forzada a permanecer en una tierra distante y desconocida, e inmersa en una cultura pagana. Teniendo en cuenta este y otros factores presentados en la lección, si tú hubieras estado en su lugar ¿habrías deseado que tu amo, el “general de ejército del rey de Siria” (2 Reyes 5:1), fuera sanado? Esta misionera anónima nos enseña que debemos ser humildes, y no guardar rencor hacia aquellos que nos maltratan, ya que la salvación es extendida a todos (cf. Génesis 12:1-3; Gálatas 3:26-29).

A pesar del hecho de que la enfermedad en la piel de Naamán estaba limitada a un área de su piel (2 Reyes 5:11), lo que no le impedía la convivencia con otras personas (5:4), eso no disminuye el valor del milagro realizado (Naamán no tenía necesariamente lo que hoy denominaríamos enfermedad de Hansen –lepra– puesto que el hebreo tsara de 2 Reyes 5:1 puede hacer referencia a una infinidad de enfermedades de la piel).

En segundo lugar, por intermedio de la sierva de Naamán, y debido a todo este episodio singular, varias personas escucharon hablar del Dios de Israel. El comandante ejerció fe ante las palabras de la niña y del profeta, y de ese modo el testimonio de la joven no se limitó únicamente a él y a su círculo familiar, sino que involucró a los subordinados del general en el ejército. Además, el propio Ben-adad II pudo constatar el poder de Dios a través de la esclava israelita. El sencillo, pero poderoso testimonio de una joven fiel al Señor tuvo una repercusión inimaginable. Así como aquella niña, podemos no estar plenamente conscientes de la amplitud a la que puede llegar nuestro testimonio, pero eso no nos debe limitar.

Al respecto, Elena G. de White afirma: “En esta vida el trabajo que hacemos por Dios parece a menudo casi infructuoso. Nuestros esfuerzos para hacer bien pueden ser fervientes y perseverantes, sin que podamos ver sus resultados.  El esfuerzo puede parecernos perdido.  Pero el Salvador nos asegura que nuestra obra queda anotada en el cielo, y que la recompensa no puede faltar”.
Eliseo, el profeta

El secreto para el poder y el éxito de Eliseo en su misión residía en su relación con Cristo. Juan 15:5 nos dice que para que podamos producir mucho fruto debemos permanecer en Cristo. La palabra del griego original para “permanecer” es menõ, y es utilizada por Juan para expresar una relación lo más estrecha posible entre el Padre y el Hijo (Juan 14:10), y entre el Hijo y el ser humano (Juan 15:4, 5). Así como el Padre es uno con el Hijo, así también debemos ser uno con Cristo (Juan 17:21). Esto va más allá de una lectura superficial de la Biblia o de oraciones con apenas pedidos y agradecimientos. Nuestra relación con Dios y su misión para cada uno de nosotros debe ser la esencia de nuestra vida, así como lo era en la vida de Cristo y en la de Eliseo.

Cuando estamos en comunión con Dios, cada momento, permitiendo que nuestro yo quede escondido en  Él, pasado todo el tiempo meditando en sus obras, en su carácter, amando su Palabra y repudiando el pecado, somos “transformados de gloria en gloria” (2 Corintios 3:18) por el poder del Espíritu Santo. Quedamos cada vez más llenos de Dios, los frutos del Espíritu vivifican en nosotros, y Él recibe cada vez mayor libertad para que Él obre en nuestra vida. Fue eso lo que Eliseo hizo. Él pidió una doble porción del Espíritu, pues reconocía que necesitaba tanto de su poder como del aire para respirar. Puede ser que esa sea la gran diferencia entre Eliseo y nosotros hoy. Mientras que muchos de nosotros intentamos usar el Espíritu, era el Espíritu quien usaba a Eliseo.

La curación de Naamán

El general sirio quedó tan indignado con la orden del profeta (versículos 10, 12), porque el Jordán era un río muy barroso. Algunos lo denominaban “río de muerte” y era muy diferente de los ríos en Siria. Abana, también llamado Crisoras (“río de oro”) por los griegos, pasaba junto a fértiles jardines y huertos. El río Farfar, mencionado por Naamán, recorría una distancia de 65 kilómetros, al sur de Damasco, y actualmente es llamada Awaj. “Muchos acudían a las orillas de estas deleitosas corrientes de agua para adorar a sus ídolos”. Pero Dios tenía otros planes para Naamán.

El problema del general, y muchas veces el nuestro, era el orgullo. El texto bíblico dice que los oficiales razonaron con su comandante (versículo 13), para que cambiara de opinión. Champlin comenta que “Naamán era un hombre de valor. Tenía la fama de realizar cualquier trabajo, por más difícil que fuera. Él no era hombre de andar rechazando cosas difíciles de concretar”. Pero bañarse en un río barroso, aun cuando era algo aparentemente simple, era un alto precio para su orgullo.

Siete fueron las ocasiones en las que tuvo que sumergirse en aquél río, el número divino (Génesis 2:2, 3; Josué 6:4; Apocalipsis 11:11; 6:1; 8:2). Tal vez, Naamán haya dudado, junto con algunos de sus oficiales, entre cada inmersión, pero por ser obediente y perseverante, en la séptima zambullida Dios lo libró de su mal. Así como Naamán tuvo en la séptima inmersión su experiencia con Dios, podemos semanalmente ser curados de nuestra lepra espiritual, y para ello lo único que tenemos que hacer es confiar en Él.
Un nuevo creyente

El Naamán contrariado pasó a ser el Naamán sanado. El sentimiento de humillación por tener que sumergirse en tales aguas, que no se comparaban a las límpidas corrientes de los ríos de Damasco, y su orgullo, habían sido lavados por las barrosas aguas del Jordán, juntamente con su lepra. Su fe, que había sido probada en la extraña orden de lavarse en el río Jordán, y después de siete inmersiones fuera purificado, ya no le parecía algo tan improbable.

Naamán tuvo la virtud de volverse a agradecer y engrandecer el Nombre de Aquél que lo había curado: “Ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo” (2 Reyes 5:15). En esta actitud de Naamán hay ciertas similitudes con el relato de Jesús y los diez leprosos. Luego de que los diez recibieron la sanidad, sólo uno de ellos volvió para agradecer y alabar. El detalle interesante se encuentra en la frase pronunciada por Jesús: “¿No hubo quien volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?” (Lucas 17:18). Naamán también era un extranjero, un leproso curado y agradecido.

El rechazo de los regalos de parte del profeta reveló un mensaje para Naamán, y para todos nosotros: la curación recibida era el resultado de la gracia de Dios, y no hay precio que puede ser pagado por ella.

Para concluir, este momento en la vida de Naamán revela un proceso de conversión y transformación. La fe obediente lo libró de un mal incurable, operó la transformación de un corazón orgulloso a un corazón agradecido y atrajo al Dios de Israel a ese corazón. La misión puesta en práctica brinda oportunidades para que todos puedan vivir experiencias semejantes.

Estudio adicional

Parte de la lección de esta semana llama nuestra atención hacia el rol de la fe y las obras en relación a la experiencia de la salvación. La relación entre ambas no es conflictiva, como a veces pudiera parecer, sino complementaria. El punto de equilibrio está justamente en la actitud de Naamán, cuya fe lo llevó a practicar las obras y, de ese modo, fue salvado de su enfermedad física y espiritual.

Naamán nos muestra ese equilibrio, en el que la fe fue el medio por el cual él se apropió de la bendición, y las obras dieron evidencia de esa fe, o sea, la fe viva es una fe que obra, y eso se evidencia a través de las obras. Todo aquél que se acerque a Dios con fe no perderá el galardón.

 

 


Los autores son alumnos de 4º año en la Facultad de Teología de la UNASP (Universidad Adventista de San Pablo), campus Engenheiro Coelho, orientados por el pastor Marcelo Dias, profesor de Teología, y cursando el doctorado en Misiología en la Universidad Andrews, Estados Unidos.

Harris, Laird R., Dicionário Internacional de Teologia do Antigo Testamento. San Pablo: Vida Nova, 1998. pp. 1306, 1307.

Elena G. de White, Obreros evangélicos, p. 529.

R. N. Champlin, O Antigo Testamento Interpretado Versículo por Versículo, vol. 3, p. 517.