La muerte de Cristo y la ley

Dr. Roberto Badenas
Teólogo

Las normas que Dios nos da son siempre para nuestro bien. Viniendo de la fuente del amor no pueden ser menos que expresiones de su gracia. Al crear a nuestros primeros padres, Dios les advirtió de los riesgos que comportaba su libertad. Con la intención de ayudarles a escoger el bien, para que puedan vivir eternamente, les pidió que le tengan confianza. La experiencia del mal lleva a la muerte y ellos no podían comprender plena­mente el terrible riesgo que eso representaba. Sin embargo, nuestros ante­pasados desoyeron la orden divina y cayeron de modo irreversible en el terraplén insensato, resbaladizo y sin retorno, de la desobediencia a Dios. El fondo de su error como el nuestro y el de los demás mortales es el des­precio de la voluntad de Dios, el desoír sus consejos. En última instancia todo pecado podría resumirse en el rechazo de la ley divina.
La trampa tendida por la serpiente ante Adán y Eva, todavía felices usua­rios del libre albedrío, consistió en deformar las ordenes divinas para que pierdan de vista la grandeza de los privilegios que disfrutan: ¿Conque Dios os ha dicho: "No comáis de ningún árbol del huerto"?» (Génesis 3 1), gene­raliza la serpiente de manera capciosa para que la prohibición parezca ab­surda e injusta. Tan grosera es la artimaña que hasta Eva tiene que corregir: «No. Podemos comer de todos los árboles menos de uno» (ver Génesis 3:2). El enemigo quiere que el ser humano interprete como esclavitud la enorme libertad que goza, y que se sienta oprimido por la supuesta mordaza del mandato divino.
Desde entonces, parece que cada vez nos cuesta más aceptar las prohibi­ciones, hasta las más indispensables. Tomemos como ejemplo las señales de tráfico. Nos irrita, a veces, tener que detenemos durante unos instantes para ceder el paso. Sin embargo, gracias a esas molestas restricciones pode­mos circular mejor. Paradójicamente, la prohibición nos da la libertad de un desplazamiento más rápido y seguro. Las leyes, para proteger, deben necesariamente limitar. La ley divina también prohíbe para garantizamos el máximo de libertad. Porque los seres humanos solamente podemos man­tenemos libres en la medida en que nos respetamos unos a otros, en nues­tras parcelas de autonomía. Las prohibiciones contenidas en las leyes divi­nas marcan el espacio en que podemos ejercer mejor nuestra libertad y respetar la ajena.
Las tradiciones religiosas del Israel posbíblico desarrollaron la idea de que la naturaleza humana está dotada, por creación, de un impulso hacia el bien y de otro impulso hacia el mal, de modo que, aun milenios des­pués de la caída, los seres humanos seguimos siendo capaces de obrar bien y de abstenemos de pecar al ejercer nuestra fuerza de nuestra voluntad. Pero la Biblia presenta un concepto menos optimista de la naturaleza humana caída. De la irrefutable observación de hombres y mujeres de carne y hue­so, Pablo, por ejemplo, concluye que todos, paganos o judíos, somos peca­dores. A pesar de nuestros mejores esfuerzos, hasta los mejores cristianos no conseguimos siempre hacer el bien que quisiéramos, ni vivir a la altura de nuestras convicciones (cf. Romanos 7:7-25). Somos pecadores y transgredi­mos la ley.
Pecado y trasgresión de la ley
Cuando definimos el pecado como «transgresión de la ley» (1 Juan 3:4), es elemental entender lo que eso implica. Si la esencia de la ley es el amor, el pecado es, más que la transgresión de un código, la ruptura de una relación, de un respeto debido a Dios y al otro, es decir, transgresión del amor. En esa situación nos encontramos todos los mortales, tanto los que desconocen la voluntad de Dios (Romanos 1:18-32), como los depositarios de su revelación, que aun conociendo la ley divina también la transgredimos (Romanos 2:17-29). Las complejas consecuencias de nuestra situación caída hacen que el lengua­je sobre el pecado en el Nuevo Testamento sea bastante variado.
En el mundo griego, el pecado es ante todo hamartía, es decir, un «no dar en el blanco», un lamentable error. Desde la mera experiencia humana constatamos, en efecto, que muchos de nuestros fallos son equivocaciones debidas a nuestra torpeza o a nuestros descuidos. Pero a la luz de la revela­ción divina descubrimos que muchas de nuestras transgresiones se deben a algo más grave. Porque el acto de transgredir (parábasis) y el resultado de la transgresión (paraptoma) pueden ser intencionales. Por eso el Nuevo Tes­tamento usa otros términos para describir esos actos. Así, rebelamos contra Dios, o agredir a nuestros semejantes es un acto de adikía («injusticia», «im­piedad», «maldad» o «iniquidad»), negativo y autodestructor, cuyas consecuen­cias, por nosotros mismos, somos incapaces de controlar (Romanos 7:7-25). Por eso pecar es también, además de transgredir la ley, actuar al margen de sus demandas, es decir, «saber hacer lo bueno y no hacerlo» (Santiago 4:17), la omisión y la inhibición pudiendo ser tan perversas como algunas accio­nes. De ahí que sea también pecado «todo lo que no proviene de fe» (Romanos 14:23), es decir, lo que no procede de una profunda convicción o no está en armonía con la conciencia.
Para entender nuestra necesidad de la gracia hemos de tener en cuenta que «pecado» es todo eso y más. Por eso el pecado nos afecta en todos los aspectos. Cargando bien las tintas Pablo concluye que todos los seres hu­manos son inexcusables (Romanos 1:20; 2:1), «todos están bajo el pecado» (Romanos 3:9), «no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3:12). Nuestra condición de transgresores natos nos tiene metidos en una situa­ción de la que no somos capaces de salir por nosotros mismos. Y el hecho de que exista una ley que nos diga que somos culpables no es suficiente para sacamos de esta situación.
Cristo y la condenación de la ley
A partir de Adán, y como consecuencia de su caída y de las nuestras, todos nos hemos acarreado una terrible condena: «La paga del pecado es muerte». Es inevitable que quien se desconecta de Dios, fuente de ener­gía, acabe «consumiendo sus baterías». Pero el amor divino contrarresta lo inevitable abriéndonos la posibilidad de un nuevo destino: «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:23). Dios tiene un plan B. Y si con Adán perdimos nuestra primera oportunidad, hundiéndonos en las consecuencias del pecado, con Cristo, el segundo Adán, gracias al don de su vida, recibimos la posibilidad de escapar, por la fe, a la condenación acarreada por el pecado, y alcanzar, por su gracia, vida eterna (Romanos 5:12-21).
Las normas dadas a Adán y Eva acerca de los peligros de sucumbir a la seducción del árbol del conocimiento del bien y del mal tenían la inten­ción de evitarles la caída. Por eso iban acompañadas de una categórica ad­vertencia: «El día que de él comas, ciertamente morirás» (Génesis 2:17). Todas las leyes suelen incluir, además de prescripciones, sanciones o penas. Una ley que no sanciona o penaliza su trasgresión no es realmente una ley, y no tendría mucha utilidad. La trasgresión de la ley divina acarrea graves conse­cuencias.
Cuando decimos que Jesús vino a cumplir la ley divina en todos los sen­tidos de la palabra, también estamos incluyendo el de pagar las consecuen­cias de nuestras transgresiones y cargar con la penalidad de nuestras faltas. La encamación del Hijo (increíble humillación de la divinidad), el don de su vida, nos aporta la más completa, la más absoluta y la más misteriosa de las amnistías. Jesús se ha entregado irreversiblemente para pagar la deuda de la humanidad pecadora. Y su muerte en el Gólgota es la culminación de su entrega, el último paso de su sacrificio. Por eso la muerte de Cristo tiene tanto que ver con la ley mosaica, porque esta, transgredida por los hom­bres, en todos sus preceptos, en todos sus principios, e incluso en todos sus ritos y prefiguraciones, encuentra su cumplimiento en el ministerio de Je­sús, y su clímax en su muerte en la cruz.
De la condenación a la reconciliación
Está claro que si la ley nos condena porque somos pecadores, el proble­ma no radica en la ley sino en nosotros. Nuestra naturaleza pecadora se resis­te ante la ley (que no logramos aceptar del todo) y ante la gracia (que tampo­co logramos aceptar en su plenitud). Cuando Pablo insiste en que «por las obras de la ley nadie será justificado» (Gálatas 2:16) no está atacando a la ley sino al legalismo, es decir, el pretender ganarse la salvación a pulso. El após­tol se expresa en un lenguaje categórico porque se mueve en un contexto polémico. Si apela al recurso literario de la diatriba, es decir, a una serie de preguntas y respuestas matizadas: «¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?» (Romanos 6:1, NVI), «¿Con la fe le quitamos el valor a la ley?» (Romanos 3:31, DHH), es para llegar al fondo de los argumentos de sus adversarios y dejar clara su posición.
Al insistir en que lo que salva no es el esfuerzo humano sino la gracia divina, Pablo resalta los aspectos condenatorios de la ley, porque toda ley, como una moneda, tiene dos caras, una propuesta justa y una eventual san­ción. La condena no es un subproducto adicional: es el reverso de la mone­da. Si los mandamientos protegen la vida, transgredirlos es atentar contra la vida. Es evidente que la ley no se dictó para condenar, pero si nuestro único criterio de vida espiritual es la ley, nos sentiremos siempre bajo su con­denación, porque por nosotros mismos jamás conseguimos cumplirla per­fectamente. Limitamos a contrarrestar nuestras acciones —propias o ajenas— con las exigencias de la ley, como si se tratase de un código penal, es sucumbir al «ministerio de condenación». Pablo nos invita a ejercer el ministerio contrario, el de la reconciliación (2 Corintios 5:18-20), es decir, a buscar, a tra­vés de la comunión con Dios, la armonía y la paz que necesitamos.
La reconciliación con Dios nos lleva a aceptar agradecidos que somos seres únicos en el mundo, irrepetibles, resultado de la acción creadora del amor a lo largo de la historia. Que el Creador no solo nos dio la existencia, sino que nos invita a compartir con él su eternidad. Al comprender que él nos ama tal como somos, pero que nuestro yo real incluye lo que podremos llegar a ser con su ayuda, nuestra vida empieza a cambiar en esa dirección.
Ahora bien, la Palabra de Dios deja muy claro que, a través de su misión redentora, Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), pero no de sus demandas. De la misma manera que la observancia de la ley supone innumerables bendiciones, su transgresión encierra incontables riesgos. Puesto que la ley se resume en el amor, la maldición de la ley es el simple resultado de nuestra incapacidad de amar plenamente. Después de milenios de fracasos nos hemos vuelto tan frágiles y egoístas que somos incapaces de responder de un modo apropiado al ideal de amor que nece­sitaríamos para vivir según el proyecto de Dios. Cristo nos rescata de la «maldición» de la ley supliendo lo mucho que le falta a nuestra capacidad de amar.
De ahí que para el cristiano, la cuestión de la ley no se puede compren­der sin su solución, o contrapartida, que es la obra de la redención. Porque el centro de nuestra fe no es la ley, sino Cristo. Él es el motor de nuestra vida espiritual. El respeto de su ley es el resultado de nuestra relación con él, hasta el punto que Pablo puede decir «ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20, NVI). Ideal que rebasa, obviamente, cualquier exigen­cia legal, y que nos lleva, definitivamente, más allá de la ley.
Gratis: Dios ya ha pagado
A pesar de la caída, Dios quisiera ver reinar entre sus criaturas el amor y la justicia. Su provisión para perdonamos los pecados y recuperamos como hijos está prefigurada en los sacrificios prescritos en el ritual de Israel. Pero esos ritos no implican que podemos seguir obrando a nuestro antojo, espe­rando ponemos en paz con Dios con solo practicarlos. Esto lo deja ya bien claro la ley de Moisés: los sacrificios no dispensan de reparar el error come­tido: cuando alguien incurre en un robo, un fraude, un falso testimonio, debe compensar a la víctima el valor de lo perjudicado aumentado en un quinto, además de ofrecer a Dios un sacrificio pidiendo perdón por la in­justicia cometida (Levítico 5:21-26). Ni la oración, ni los sacrificios, ni ningún rito religioso funcionan como instrumento de cobertura suficiente para per­donar nuestras faltas, aunque nos deje la buena conciencia de haber cum­plido con el ritual prescrito. Los profetas levantan sus protestas más enérgi­cas contra aquellos que no dejan de complacerse en la iniquidad a la vez que practican la piedad ritual (ver Isaías 1:2-17; Jeremías 7:8-11). Todos denun­cian con severidad el legalismo hipócrita que esa actitud supone. Porque la casuística del legalismo nos lleva a contentamos con la sumisión externa a la ley, cuando lo que Dios desea es que vivamos en armonía plena con él y con nuestro entorno. Los profetas recuerdan que la solución al problema del pecado no puede venir de nuestras obras, por buenas que estas sean. Solo Dios es capaz de borrar nuestra culpabilidad cuando la reconocemos y nos arrepentimos de nuestras faltas. Es ridículo pretender «pagar el precio del perdón» con nuestros sacrificios. Solo Dios puede liberamos tanto de la culpa y del remordimiento por nuestros errores pasados, como de nuestra tendencia a seguir cometiéndolos.
Así entiende Isaías su propia expiación, aquella que Dios da gratuitamente a quien se arrepiente de veras. El perdón divino hace del profeta un hombre nuevo, dispuesto a asumir las vicisitudes de su vocación, transformado inte­riormente (Isaías 6:1-7). Cuando Dios llama a Moisés desde la zarza ardiente, este no es más que un homicida exiliado lejos de su pueblo, terriblemente culpabilizado por su crimen (Éxodo 3). Dios desea recuperarlo, y hacer de este extranjero proscrito, su mensajero poderoso, el conductor espiritual de su pue­blo. Pero eso va a ocurrir a través de un profundo cambio interior, tras vencer sus resistencias, que revelan la angustia de alguien que teme ser reconocido como asesino y descalificado en su osadía de hablar en nombre de Dios. Pero Dios dispone de un fuego sagrado —simbolizado por una brasa para Isaías, y con una zarza ardiente para Moisés— para purificar todo lo humano, y libe­ramos de modo definitivo de nuestra culpabilidad, verdadera y falsa.
Si Moisés esperaba expiar de alguna manera su culpabilidad en el exilio, esa era una vía sin salida, como todas las expiaciones humanas. Dios va a pedirle que pague un precio mucho más elevado: la victoria sobre sí mis­mo, sobre sus dudas y sus temores, y se atreva a enfrentarse con el mismo faraón. Después vendrán las decepciones amargas de los cuarenta años en el desierto, y finalmente la muerte, al haber terminado su misión. Pero esto no será una expiación, será una vida al servicio de Dios. La expiación es una obra que Dios mismo lleva a cabo cuando Moisés reconoce su indignidad y su miseria (Éxodo 3:6).
La humillante experiencia del apóstol Pedro en la madrugada del viernes de la crucifixión, torturado por el remordimiento de haber negado a su maes­tro, no queda resuelta hasta muchos días más tarde, cuando Jesús resucitado viene a su encuentro, y lo somete a un interrogatorio desestabilizador (Juan 21:15-19). Su principal pregunta es la misma que nos formula a cada uno de nosotros: «¿Me amas? [...] Pues sígueme» (Juan 21:15, 22). De este pescador destrozado por la culpabilidad, la gracia de Cristo preparará al predicador audaz del Pentecostés, el testigo fiel que afronta con valor las persecuciones más duras, y un gran líder de la iglesia. Jesús le anuncia en ese encuentro de­cisivo el coste de la vocación, que le llevaría a la muerte, también en una cruz. Pero eso no será una expiación. La expiación definitiva la hace Jesús, no pa­sando por alto su caída, sino levantándolo de ella, devolviéndole su vocación y confiándole una misión: «Apacienta mis ovejas».
Por tanto, de un extremo al otro de la Biblia, asistimos vez tras vez a esta misma liberación paradójica, apuntando a la cruz. Nosotros nunca llega­mos a eliminar del todo nuestros sentimientos de culpabilidad, a pesar de nuestros sacrificios y penitencias. Solo Dios es capaz de perdonar lo imper­donable, y de liberamos de una vez por todas del lastre de nuestro pasado y de transformamos en seres nuevos, capaces de afrontar sin temor la misión que él nos encomienda, como mensajeros de su gracia.
A lo largo de la Biblia, vemos pues enfrentarse dos caminos opuestos en el empeño humano de reconciliamos con Dios: la falsa solución de nues­tros esfuerzos legalistas (olvidando que hasta los sacrificios expiatorios no eran más que prefiguraciones de la obra divina), siempre estériles, y la ver­dadera solución, que es la expiación llevada a cabo por Dios mismo, cul­minando en el Calvario. Porque jamás podremos pagar a Dios un precio lo suficiente elevado por la salvación, ya que todo le pertenece (Salmo 50:10-13). David lo expone de forma conmovedora: solo Dios puede borrar nuestros delitos, dejar nuestras almas pecadoras más blancas que la nieve y devol­vemos el gozo de la salvación (Salmo 51:1-12).
Pero el anuncio maravilloso de la gracia gratuita de Dios, que borra defi­nitivamente nuestros pecados, se topa en todo ser humano con el arraigado prejuicio de que hay que pagar un precio. El mensaje supremo de la Biblia, su revelación principal, es que nuestra deuda con la ley, Dios mismo la paga. En la persona de su Hijo, Dios ha pagado ya de una vez por todas, y con el precio más elevado que se pueda pagar, dando su propia vida sobre la cruz.
La liberación de la deuda es para «el mundo entero» (1 Juan 2:2; Juan 10:16; Lucas 13:29). Jesús ha muerto por todos sin ninguna distinción. Lo ha dejado dicho: «El Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había per­dido» (Mateo 18:11). A la universalidad de la culpabilidad y de la perdición, él contrapone la universalidad del acceso a la salvación, reconciliados con Dios por su propio sacrificio (Romanos 3:2, 23). Cristo se ha identificado con noso­tros compartiendo nuestra vida hasta la muerte (Filipenses 2:5-8). Ya el profeta Isaías había vislumbrado este misterio (Isaías 53:2-5), que Jesús mismo anun­cia a sus discípulos en la víspera de su crucifixión, cuando toma el pan y la copa y comparte con ellos los símbolos del pacto renovado (Mateo 26:28). Así lo proclaman también los apóstoles (1 Juan 1:7, 2:2; Efesios 1:7; 1 Pedro 3:18; Hebreos 9:14). Si quisiéramos estudiar el sentido expiatorio de la muerte de Je­sucristo, quedaríamos atónitos del número impresionante de citas bíblicas sobre el tema. Todas expresan la certeza de que Jesús nos libera de la conde­nación de la ley, y de que hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su hijo, que somos justificados en su sangre, y salvos por su vida» (ver Romanos 5:9, 10). Si tenemos en cuenta que en el lenguaje bíblico la sangre es el símbolo más poderoso de la vida, don exclusivo de Dios (Levítico 17:11), enten­demos que todos los pasajes que hablan de la sangre de Cristo significan que somos salvos por su vida, por el don incomparable de su persona.
La Epístola a los Hebreos, dirigida a judíos instruidos en la ley, explica claramente que los antiguos sacrificios rituales, y todas las demás leyes ce­remoniales, prefiguraban el sacrificio expiatorio de Cristo, subrayando el contraste entre el carácter precario de los antiguos ritos y el carácter defini­tivo del sacrificio de la cruz (Hebreos 10: 11-14). Así les revela que la salvación no es un ideal lejano de perfección, humanamente inaccesible: es el regalo que nos hace una persona, Jesucristo. Es Dios mismo que viene a nosotros, que se nos da en la persona de su Hijo. En su presencia, el moralismo y legalismo no tienen cabida. Hasta nuestros remordimientos se callan ante su ab­solución. Lo vemos en la historia de Zaqueo, este cobrador de impuestos acusado de enriquecerse a expensas del pueblo. Él quiere rescatarse dando limosnas, pero Jesús lo interrumpe anunciándole: «Hoy ha venido la salva­ción a esta casa» (Lucas 19:9).
El caso del «buen» ladrón
Quizá no exista en la Biblia una ilustración mejor de que la salvación ofrecida por Jesús está a la disposición de todos, que la experiencia del «buen ladrón». Esta historia demuestra del modo más patente que la gracia divina es capaz de producir en nuestro ser ese cambio radical, que empieza con la liberación de la culpabilidad real, y que sigue con la curación de nues­tras falsas culpabilidades. «El buen ladrón» es el nombre atribuido común­mente al malhechor anónimo, crucificado junto a Jesús que, arrepentido de sus pecados suplica a Jesús que se acuerde de él cuando regrese en su rei­no. Este malhechor también empieza increpando a Jesús junto con su com­pañero de suplicio: «Sálvate y sálvanos» (Lucas 23:39). Pero al sentir las ti­nieblas cubrir la tierra en tomo a la cruz, como si esta ejecución tuviese una dimensión universal y cósmica, al presenciar la ternura de Jesús ante el dolor de su madre, observa en el Nazareno una serenidad, una nobleza y una ma­jestad que le impresionan. Y de pronto, en medio del clamor de la muche­dumbre ebria de sangre, la oración de Jesús le llega hasta el alma: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Entonces en su men­te de truhan, la verdad sobre Jesús se impone. Ese amor capaz de perdonar a sus verdugos, ese amor que se queda con los brazos definitivamente abier­tos a los que lo rechazan... no puede venir más que de Dios. Este Jesús no es de este mundo de violencia. Su amor es más potente que el poder romano, y más fuerte que la muerte... Y en el misterioso crucificado descubre al Mesías, a su rey y salvador. En este hombre que se muere a su lado no ve la maldi­ción de un crucificado sino la bendición de Dios prometida a toda la hu­manidad. Ve la gracia de un Padre capaz de perdonar a los peores culpa­bles. Este hombre que muere con él, negado, traicionado e injuriado, le está revelando el amor perfecto de Dios por la humanidad, y su corazón pecador quiere recibir el perdón prometido. Por eso se atreve a pedirle que su misericordia le alcance, a él, pobre malhechor, aunque sea in extremis. Porque intuye que Dios no dejará de cumplir sus promesas, grita: «Acuér­date de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42).
No se cuestiona ni la impotencia de un Mesías crucificado, ni el triunfo aparente de sus enemigos, ni tampoco le hacen desesperar sus propios críme­nes. Su esperanza se manifiesta precisamente cuando su salvador se estreme­ce en la cruz como él, en los estertores de la agonía, junto a él y por él. Pero ya lo ve triunfante de la muerte, resucitado, y reinando de nuevo sobre vivos y muertos. Y quiere estar con él en su reino. Sin que lo sepa el «buen ladrón» es el primer pecador rescatado de la maldición del pecado. El Espíritu lo ha convencido «de pecado, de justicia y de juicio», y lo ha guiado ya a toda la verdad de la salvación que se encuentra en Cristo (Juan 16:13).
Su hermosa fe «adventista» intuye que la humanidad queda para siempre dividida en dos categorías: los que desean acoger la gracia de ese Rey y los que la rechazan. Y aunque no podrá ser bautizado de agua, recibirá plenamente el bautismo de sangre, del Espíritu y de fuego. Porque ha muerto al viejo hombre, y ha experimentado «el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios» (1 Pedro 3:21, NVI). Y ante el sábado de Pascua que se acerca, el ajusticiado empieza a entrar en el reposo perfecto del pecador perdonado. Antes de que devuelva su espíritu a Dios, antes de que le echen en la fosa común, ¿qué le importa ahora que le quiebren las piernas para acelerar su muerte? Dichosos desde ahora, los que mueren en el Señor, incluido este la­drón, porque «sus obras con ellos siguen» (Apocalipsis 14:13). Y sin saberlo, el buen ladrón le da a Jesús la certeza de que su sacrificio no es en vano: hay al menos un pecador que lo reconoce como salvador. Ahora Cristo puede entre­gar en paz su espíritu en las manos del Padre. Misión cumplida. La primera alma salvada por la obra de la cruz lo fue ya en la misma cruz.
Su historia nos hace saltar las lágrimas de .gozo al recordamos que Cris­to puede también transformar nuestra historia, y quiere estar con nosotros en el paraíso. Su profesión de fe quizá sea la más impresionante que jamás haya hecho hombre alguno. Porque no creyó en un Cristo resucitado y glorificado, como creímos más tarde los demás creyentes. Fue capaz de creer en un Jesús crucificado como él. La promesa que le fue hecha es tam­bién la más hermosa que hombre alguno haya escuchado. Porque Jesús le prometió estar con él en el paraíso. Pudo así morir en paz, teniendo la cer­teza de su salvación, no como resultado de sus buenas obras, sino a pesar de sus delitos, prueba irrefutable de que el evangelio es «poder de Dios para salvación de todo aquel que cree» (Romanos 1:16).
Un día, entre todos los redimidos, el malhechor de la cruz nos seguirá recordando eternamente que la salvación es por gracia. Él, primicia de los salvos, el primero en creer en el Salvador crucificado, fue rescatado del pe­cado al final de su vida y le cupo morir animado por la divina esperanza de compartir la eternidad con el Redentor. Y es que, mientras sigamos en este mundo pecador, aunque vivamos ya la salvación en comunión plena con Dios, solo podremos ser «justos en esperanza.»
Este pasaje (Lucas 23:40-43), es para mí el tratado sobre la justificación por la fe más convincente que conozco. La historia del buen ladrón me enseña que no hay existencia que se encuentre tan echada a perder que no pueda ser rescatada por la gracia de Cristo. Para ser salvo basta con querer de veras estar siempre con Jesús. Por eso mi oración, cada vez que me en­cuentro en apuros es también: «Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Y mi mayor deseo es que Cristo pueda respondemos a cada uno: «Tú también estarás conmigo en el paraíso».


Sobre la doctrina judía de los dos impulsos: hacia el bien (yetser tob) y hacia el mal (yetser hura), véase Ber. 61 a, b; Ned. 32b; Eclesiastés Raba 4:13.

Esta es la palabra traducida más frecuentemente por «pecado» en el Nuevo Testamento. En los textos griegos clásicos que tratan de los juegos olímpicos o de los deportes en el mundo helenístico, leemos que; cuando un atleta lanza la jabalina o el disco y no da en el blanco, los espectadores gritan: «¡hamartía, hamartía!», es decir, «ha fallado, no ha llegado, no lo ha conseguido». El pecado es, ante todo y entre otras cosas, un error. Por eso, hay pecado que «no es de muerte» (1 Juan 5:16), por que se trata de recaídas superables del «viejo hombre» en su devenir hacia el «hombre nuevo» (Efesios 4:22-24; 2 Corintios 4:16).

«Si de veras obedeces al Señor tu Dios, y pones en práctica todos sus mandamientos que yo te ordeno hoy, [...] todas estas bendiciones vendrán sobre ti» (Deuteronomio 28:1, 2). «Pero si no obedeces al Señor tu Dios, ni pones en práctica todos sus manda­mientos y leyes que yo te he ordenado hoy, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones» (Deuteronomio 28:15 cf. Deuteronomio 28:16-18; 29: 16-29; 30:1-20).

Cf. l Tesalonicenses 3:13; 5:23; Filipenses 2:15; Romanos 6:2; 8:4-13.

Ver Paul Tournier, La culpa y la gracia (Terrassa: Editorial CUE, 2002).

«La Palabra de Dios no nos presenta la cruz como pieza necesaria para reparar un derecho violado: la cruz, en la Biblia, es más bien expresión del amor radical que se da plenamente [...]. Supone una revolución en contra de las concepciones de expiación y redención de la historia de las religiones no cristianas» (Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, [Salamanca: Sígueme 1969], p. 245).

Los evangelios recogen que Jesús fue crucificado junto a dos reos (Juan 19:18), llamados «ladrones» o «bandidos» (lestai en Mateo 27:38, 44 y Marcos 15:27), y «criminales» o «malhechores» (kakouigoi en Lucas 23; 33 y 39). Ver R. Badenas, «The Good Thief» en Dictionary of the Bible and Western Culture, eds. Mary Ann Beavisy Michael J. Gilmour (Sheffield: Phoenix Press, 2012), p. 192.

Martín Gelabert, Salvación como humanización, (Madrid: Ediciones Paulinas, 1985), p. 151.