Muerte y resurrección

Introducción

El conocido teólogo Oscar Cullmann, en el prólogo de su libro La inmortalidad del alma o la resurrección de los muertos: El testimonio del Nuevo Testamento, comenta la idea ampliamente aceptada respecto de que la inmortalidad del alma es una de las mayores incomprensiones del cristianismo, y que el pensamiento de filósofos griegos como Sócrates y Platón no puede armonizarse con el Nuevo Testamento, a no ser como resultado de una interpretación errónea. Yo añadiría a esto que el pensamiento de esos filósofos tampoco puede estar en armonía con el Antiguo Testamento.

La Biblia no define al hombre como un ser divisible; por el contrario, lo hace como un ser integral. Lógicamente, el hombre presenta un cuerpo, sentimientos y pensamientos, pero estas son dimensiones inseparables. La ausencia de una palabra específica para “cuerpo” en hebreo (lenguaje en el que fue escrito caso todo el Antiguo Testamento), condujo a algunos eruditos a concluir que: 1) en la mentalidad judaica el cuerpo era el propio hombre; 2) que “carne” y “alma” son palabras sinónimas; y 3) que los hebreos jamás concibieron la idea de un alma separada del cuerpo. Esta es la idea que permea el Antiguo y el Nuevo Testamentos. Cuando el cuerpo perece, perecen también los sentimientos y los pensamientos. En definitiva, perece todo el ser. Nuestra única esperanza de vida posterior a la muerte reside en la resurrección.

El estado de los muertos

Para entender lo que sucede con el hombre en ocasión de la muerte, debemos retornar a lo que ocurrió con el hombre en la creación. En Génesis 2:7 encontramos, por así decirlo, la fórmula humana. El hombre es el resultado de la unión entre el polvo de la tierra y el aliento de vida. Sin embargo, ese aliento de vida “no representa una segunda entidad, agregada al cuerpo como si fuera un ingrediente, capaz de vivir una existencia separada, sino que es el poder vivificador de Dios que transformó el cuerpo terrenal en un ser viviente”.

Pablo y otros autores del Nuevo Testamento comparan la muerte con un sueño, y el Antiguo Testamento aclara que eso sucede en un estado de completa inconsciencia. En 1 Corintios 15:51 y 1 Tesalonicenses 4:13-15, Pablo se refirió a los santos muertos como aquellos que “duermen”. En Mateo 27:51, 52 (Versión Reina-Valera 1960), se nos informa que los cuerpos “de muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron”, y salieron de sus tumbas luego de la resurrección de Jesús. En Hechos 7:60; Lucas utilizó la expresión “durmió” para hacer referencia a la muerte de Esteban.

No obstante, la metáfora del sueño para hacer referencia a la muerte, proviene del Antiguo Testamento. En Deuteronomio 31:16, Dios le dijo a Moisés: “Tú vas a dormir con tus padres…”, y el contexto deja bien en claro que es una referencia a la muerte del líder hebreo; en 1 Reyes 2:10, la Biblia nos dice que “David durmió con sus padres, y fue sepultado” (algunas versiones traducen “descansó” en vez de “durmió”, puesto que el verbo hebreo puede ser vertido de las dos maneras); en Job 14:13 encontramos la metáfora del sueño y en Daniel 12:2 la expresión “los que duermen”, aparece nuevamente. Que este pasaje de Daniel haga referencia a los que murieron queda evidenciado por la utilización de la palabra “resucitarán”.

La Biblia deja bien en claro que los muertos están en un estado de completa inconciencia. Eclesiastés 9:5 afirma que los muertos no saben nada, y el versículo 6 confirma que el odio, la envidia “perecieron ya”: el versículo diez, que en la muerte “no hay obra, ni planes, ni ciencia, ni sabiduría”; el Salmo 146:6 revela que los muertos ya no hacen más planes; así como ya no tienen memorias (Salmo 6:5; Eclesiastés 9:5), o sea, que no tienen conocimiento de las cosas que se están desarrollando en el mundo. Isaías 38:18 declara que los muertos no alaban a Dios; y Hechos 2:29, 34 es una fuerte evidencia de que los muertos permanecen en la sepultura.

El mismo Jesús en diversas ocasiones comparó a la muerte con el sueño. En Mateo 9:24, al referirse a la muerte de la hija de Jaira, afirmó que la niña sólo dormía. En Juan 11:11-14, aun cuando el cuerpo de Lázaro ya estuviera en proceso de descomposición, Jesús se refirió inicialmente a su muerte con esta expresión: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo del sueño”. Todo este pasaje, sin embargo, se enfoca en la narración del milagro de la resurrección.

Creemos que los versículos citados dejan bien en claro que las personas, incluyendo las que fueron buenas, no van al Cielo inmediatamente después de su muerte. Con respecto a esto, nada es más esclarecedor que el hecho de que el mejor Hombre que alguna vez haya vivido en este mundo murió, y no fue al cielo inmediatamente después de su muerte. Cuando Jesús se encontró con María Magdalena en la mañana de la resurrección, afirmó categóricamente: “No me detengas, porque aún no he subido a mi Padre” (Juan 20:17). El mejor Hombre del mundo murió y no subió inmediatamente al cielo. ¡Eso debe debiera decirnos mucho!

Otro pasaje muy utilizado para sostener la idea de una existencia extracorpórea surge del episodio del ladrón en la cruz, en Lucas 23:43. Pero está muy claro que Jesús no fue al paraíso en ese día, según su declaración a María el domingo de la resurrección, tal como ya hemos comprobado anteriormente. Por lo tanto, Jesús no fue al paraíso en el viernes en el que murió, ni tampoco le mintió al ladrón, y menos lo hizo con María Magdalena. Los escritos del Nuevo Testamento no apoyan la idea de una vida en el Cielo inmediatamente después de la muerte. Entonces, ¿cómo explicar Lucas 23:43?

Muchos eruditos apuntan a un posible problema de traducción. En vez de leer: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (versión Reina-Valera 1960), podría leerse “Te aseguro hoy, estarás conmigo en el paraíso” (Nueva Reina-Valera 2000). Las dos traducciones son posibles, teniendo en cuenta que los manuscritos antiguos no tienen signos de puntuación, de modo que no sabemos exactamente a qué verbo está asociada la palabra “hoy”.

Oscar Cullmann comenta: “La respuesta de Jesús debe ser comprendida en relación a la súplica del ladrón […] Jesús le otorgó al ladrón más de lo que él le había pedido: estaría unido (a través de su conversión) con el mismo Jesús antes de la llegada de su reino”. En otras palabras, le dio la garantía al ladrón que estará en el reino de los cielos, junto a Él, en ocasión de su regreso.

La esperanza de la resurrección

El Nuevo Testamento presenta diversos casos de personas a las que Jesús resucitó cuando estuvo en la tierra. El ejemplo clásico es la resurrección de Lázaro. Si Lázaro realmente se habría ido al cielo, ¿cómo se supone que él quisiera volver a la tierra, siendo que había sido un hombre bueno, dejando de lado las delicias celestiales? Por otra parte, ¿cómo el cielo podría ser un lugar de inefable gozo para los que allí van al morir, si sus seres queridos todavía quedan aquí sufriendo? Como mínimo, es extraño llegar a pensar de este modo.

Según ya fue mencionado, ni el mismo David fue inmediatamente al cielo luego de su muerte. ¿Alguien dudaría de que él no debiera estar allí luego de haber pasado por una profunda experiencia de confesión y arrepentimiento luego de su pecado con Betsabé? Además, la propia Biblia dice que él fue un hombre según el corazón de Dios (Hechos 13:22). ¿Cómo un hombre según el corazón de Dios no puede haber ido al cielo? Lo que la Biblia nos informa es que él “durmió, fue reunido con sus padres, y vio corrupción” (Hechos 13:36). El hecho es que David y todos los que murieron en Cristo irán al cielo después de la resurrección, en ocasión de la segunda venida de Jesús. Eso sucederá tanto con David como con todos los demás que descendieron al sepulcro confiados en la resurrección. Esa fue la garantía que se le dio a Daniel: “Descansarás, y en los últimos días te levantarás para recibir tu herencia” (Daniel 12:13b). El texto está hablando de la muerte y la resurrección.

Algunos de la ciudad de Tesalónica estaban muy afligidos con la pérdida de sus seres queridos y estaban angustiados en relación a su destino. Parece ser que una creencia del judaísmo en los días de Pablo había sido aceptada por la iglesia de esa ciudad. Algunos creían que sólo los que estuvieran vivos en los tiempos del fin de todas las cosas podrían ir al cielo. Aunque la mayoría de las religiones del tiempo de Pablo creyeran en una vida después de la muerte, había personas que no alcanzaban a divisar alguna chispa de esperanza más allá de la tumba. En respuesta a todas estas cuestiones, Pablo escribió: “No queremos que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza. Creemos que Jesús murió y resucitó, y que Dios traerá con Jesús a los que durmieron en Él. Por eso os decimos en Palabra del Señor, que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, a recibir al Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos unos a otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:13-18; énfasis añadido).

Pablo nos muestra claramente en este pasaje que la muerte no es el final de todo. Los muertos en Cristo resucitarán. Es necesario, sin embargo, aclarar algo respecto de una declaración hecha por él: “Dios traerá con Jesús a los que durmieron en Él”. Conforme comenta el pastor y teólogo Jon Paulien, “Algunos ven esta frase como si los que murieron en Cristo (y que, presumiblemente, fueron al cielo) regresarán con Jesús cuando venga. Pero esta interpretación contradice la enseñanza de Pablo en el versículo 16, que la resurrección de los creyentes muertos ocurre en la segunda venida, no antes […] Dios no ‘traerá’ consigo a la Tierra a los cristianos resucitados cuando Jesús venga; en cambio (como fue con Jesús), él los ‘trae’ del sepulcro y, junto con los que están vivos, los lleva al cielo. Como la resurrección de Jesús precedió a su ascenso al cielo, así será con sus seguidores fieles”. Finalmente, las resurrecciones que Jesús concretó durante su ministerio en la tierra, son preanuncios de aquella resurrección que tendrá lugar en su segunda venida.

La resurrección y el juicio

Todas las decisiones relacionadas con nuestro destino eterno deben tomarse antes de la muerte. En la tumba no se pueden tomar decisiones, siendo que los muertos no son conscientes de nada. Las decisiones que tomamos hoy determinarán nuestro futuro eterno. Sólo hay dos caminos: la vida eterna o la muerte eterna (Daniel 12:2). Los que recibirán la recompensa de la vida eterna resucitarán en ocasión de la segunda venida de Cristo (1 Tesalonicenses 4:13-18); los que sufrirán la pena de la muerte eterna, resucitarán después del milenio (Apocalipsis 20:5).

El libro de Eclesiastés finaliza con una solemne advertencia: “Porque Dios traerá toda obra a juicio, incluyendo toda cosa oculta, buena o mala” (Eclesiastés 12:14). Para que tenga lugar un juicio, es necesario un fiel registro de los actos. En repetidas ocasiones, la Biblia trata este tema.

En Apocalipsis 20:12 leemos: “Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono. Los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el Libro de la Vida. Y los muertos fueron juzgados según sus obras, por las cosas que estaban escritas en los libros”. Está claro que los muertos no estarán presentes físicamente en ese juicio. Los muertos estarán descansando en el sepulcro, inconscientes de todo lo que estará aconteciendo en el mundo. El texto informa que ellos estarán siendo juzgados a partir de sus actos registrados en los libros del Cielo.

Se presentan dos clases de libros. En primer lugar, se menciona que se abrieron libros, y otro libro más, el Libro de la Vida. Este libro es mencionado en diversas ocasiones en la Biblia (Salmo 69:28; Filipenses 4:3; Apocalipsis 3:5; 13:8; 17:8; 20:12, 15; 21:27). En él están registrados los nombres de todos aquellos que un día aceptaron a Cristo como Salvador personal y que serían salvos (Daniel 12:1) si fueron fieles hasta el fin (Mateo 24:13). Parece claro que los personajes bíblicos tenían conocimiento de la existencia de tal Libro de registro (Daniel 12:1; Éxodo 32:32). No obstante, la Biblia también presenta otro libro, el cual puede ser llamado “Libro de las memorias”. En Malaquías 3:16, encontramos la siguiente información: “Entonces los que veneran al Señor hablaron unos a otros. Y el Señor escuchó con atención. Y en su presencia fue escrito un Libro de Memoria, en favor de los que reverencian al Señor y meditan en su Nombre”. En Salmo 56:8, leemos: “Tú anotas mis huidas, juntas mis lágrimas en tu redoma. ¿No están escritas en tu libro?”. Este Libro registra todas nuestras buenas obras así como todo sufrimiento que experimentamos a causa de nuestra fe. Dios no olvida ningún acto de bondad de sus siervos.

Aunque la Biblia no mencione algo como un “Libro de los pecados”, algunos textos aclaran que hay un fiel registro de nuestras malas acciones. En Eclesiastés 12:14 dice que “Dios traerá toda obra a juicio, incluyendo toda cosa oculta, buena o mala”. En Mateo 10:26 hallamos la solemne advertencia de que “nada hay oculto que no se descubra, y nada secreto que no se llegue a saber”. En Mateo 12:36, vemos algo semejante: “En el día del juicio, los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa que hablen”. ¿Y qué podemos decir de la exhortación de Pablo registrada en 1 Corintios 4:5? “Así, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor. Él iluminará lo oculto en tinieblas, y manifestará los motivos de los corazones”. En Romanos 2:15, 16, Pablo menciona que Dios, mediante Jesucristo, juzgará los secretos de los hombres.

No quedan dudas de que todo lo que ocurre en la tierra –desde el más desinteresado acto de bondad hasta las más ocultas intenciones del corazón– es registrado fielmente en los libros del cielo. Aquello que hacemos refleja la clase de compromiso que tenemos con Dios. En definitiva, somos salvos, no por lo que hacemos o dejamos de hacer, sino por la aceptación de los méritos de Cristo y su ofrenda de gracia. Las obras sólo demuestran la fe que profesamos.

Lo que dijo Jesús sobre el infierno

Muchos creen que, cuando las personas perdidas mueren, se van directo a un lago de fuego al cual comúnmente se lo denomina “infierno”. Adherida a esta creencia, está la idea de que las personas que allí quedarán se quemarán por la eternidad. La Biblia niega este pensamiento al mostrar que, aunque Sodoma y Gomorra “fueron puestas como ejemplo” del “fuego eterno” (Judas 7), esas ciudades no continúan quemándose hasta ahora en la región del antiguo Cercano Oriente.

Uno de los pasajes bíblicos utilizados para defender la existencia de un tormento eterno inmediatamente después de la muerte es la parábola del Rico y Lázaro. En esta alegoría, un personaje muy pobre llamado Lázaro, muere y va al seno de Abrahán. Un hombre rico, al morir, va al infierno. Lo primero que hay que considerar es que este relato, al ser una parábola, no debiera ser interpretado de manera literal. Eso resultaría en conclusiones desastrosas. En segundo lugar, el pasaje está dentro de un grupo de parábolas en los que el punto central a considerar no es la muerte, sino el modo por el cual Jesús esperaba que las personas encararan las riquezas.

Si esta parábola fuera literal, deberíamos preguntarnos: ¿Están tan cerca el cielo y el infierno a punto tal de que el Rico, en el infierno, pudo ver a Abrahán y Lázaro, en el cielo? Hay diversos elementos en la parábola que fueron extraídos de la mentalidad folclórica del judaísmo de la época. Jesús hizo uso del imaginario colectivo de la época para advertir a sus oyentes en cuanto al peligro de las riquezas, no para enseñar lo que sucede con las personas después de la muerte.

El teólogo Samuele Bacchiocchi comenta que “en esta parábola, Jesús se valió de una creencia popular, no para endosarla, sino para impresionar la mente de sus oyentes con una importante lección espiritual”.  De hecho, Jesús narra una fábula cuya trama involucra la vida después de la muerte sólo para atraer a las personas a la siguiente reflexión: “¿Cómo debe ser la vida antes de la muerte?”. Incluso porque, según ha se ha comentado, Jesús consideraba la muerte como un estado de inconciencia, la cual Él comparó al del sueño.

El texto de Mateo 10:28, el cual dice: “No temáis a los que matan el cuerpo, que no pueden matar al alma. Antes temed a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”, también es ampliamente utilizado para defender la idea de una vida inmediatamente después de la muerte, pero el pasaje en realidad niega la creencia en la inmortalidad del alma. Jesús no deja dudas de que el alma y el cuerpo perecen. Si esto ocurre, entonces ¿qué queda? El teólogo Niels-Erik Andreasen destaca que las palabras alma y cuerpo, “se refieren a la existencia de una persona, que termina al morir; por tanto, el alma no tiene existencia sin la vida física”. Para él, estas palabras representan la concepción de la integridad de la naturaleza humana, por el cual “el ser humano es un todo, y se lo debe tratar como tal”.

No obstante, la Biblia habla de la existencia de un infierno de fuego, pero no del modo por el cual es concebido por la creencia en un lago con llamas que nunca se apagan. En la Biblia, las expresiones “por siempre” y “eterno” a veces sólo expresan la intensidad de la duración de un evento. Por ejemplo, el “para siempre” del profeta Jonás duró solo tres días (Jonás 2:6). Algo semejante ocurre en Filemón 1:15. Por lo tanto, la palabra “siempre” en estos pasajes tiene el sentido de “vitalicio”. En relación a la expresión “eterno” que es la traducción del griego aionios en el Nuevo Testamento, tiene un significado temporal relativo al objeto. Tomemos por ejemplo algo que sucedía en el imperio romano, en el que el término se convirtió en un título honroso para el emperador, algo así como vitalicio. Por lo que sería considerado “eterno”, mientras viviera. En otras palabras, sólo dejaría de ser emperador al morir.

En el caso de Sodoma y Gomorra, que fueron puestas como ejemplo del fuego eterno, ellas no continúan quemándose. No es que el fuego sea eterno, sino sus consecuencias. Una vez que el fuego finalizó su obra de destrucción, ya no hay más combustible para quemar, simplemente se acaba.

En Apocalipsis 20:14, el infierno (hades) es lanzado dentro del lago de fuego, demostrando que la muerte será destruida. En este caso, no es posible imaginar a seres sufriendo por la eternidad. Al fin y al cabo, de ser así, no estarían muertos, sino vivos para sufrir por la eternidad. Esta creencia no es bíblica. Además, pensar en personas quemándose por la eternidad en el infierno a causa de los pecados de una breve vida terrenal no combina con el amor y la justicia divinos.

Jesús venció a la muerte

El Comentario bíblico adventista afirma: “Si la resurrección es un engaño, entonces los cristianos merecen que se los compadezca más que cualquier otra gente”. De hecho, si Jesús no hubiera vencido a la muerte, nosotros no tendríamos ninguna chance de vencerla.

En su libro Apologética contemporánea: La veracidad de la fe cristiana, el escritor y filósofo cristiano William Lane Craig comenta que muchos argumentan que la declaración de los apóstoles respecto de la resurrección de Jesús no pasa de ser una farsa. Como refutación de este argumento, él afirma: “Si los discípulos no hubieran continuado con celo lo que Jesús había iniciado, el cristianismo hubiera muerto en su cuna. Como esto no sucedió, los primeros apóstoles tuvieron que llevar una vida misionera de sacrificio. Una vida así no está despojada de alegrías, pero éstas sólo brotan de la sinceridad. Si en su fuero íntimo hubiera un sensación de vacío y falsedad, la fatiga y la presión se habrían vuelto insoportables”. Sin embargo, como todos sabemos, no fue eso lo que sucedió. Por lo que relatan los evangelios, los discípulos creyeron ávidamente en la resurrección de Jesús porque vieron al Cristo resucitado.

En su Biblia de Estudio, el teólogo Hayford afirma: “La verdad del cristianismo se fundamenta en esa única cuestión: la resurrección de Cristo. En definitiva, si las personas eligen creer o no creer si Jesucristo resucitó de los muertos, lo que la Biblia dice que es cierto, entonces el cristianismo y la Biblia son completamente verdaderos y no están sujetos a debate. En última instancia, el cristianismo es la verdad, y no solo una religión”.

Exiliado en Patmos, el anciano Juan no estaba solo en su solemne visión del Cristo resucitado. Él escuchó con atención las alentadoras palabras: “¡No temas! Yo soy el Primero y el Último. Soy el que vivo. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la muerte y del sepulcro” (Apocalipsis 1:17, 18). ¡La victoria de Cristo sobre la muerte es la garantía de nuestra victoria!

Conclusión

Aunque la Biblia demuestre que la muerte es la última enemiga a ser vencida, tenemos la garantía de que será finalmente derrotada. John Done, el famoso poeta inglés del siglo XV, trató de este tema en uno de sus poemas con notable maestría: En algunos de sus versos, menciona:

“Oh, Muerte, no te envanezcas
aunque algunos te llamen poderosa y terrible
puesto que nada de eso eres.
[…] 
La muerte dejará de existir
Muerte: ¡morirás!”.

Esto nos hace recordar las palabras de Pablo: “Muerte: ¿Dónde está tu aguijón? Sepulcro: ¿Dónde está tu victoria?” (1 Corintios 15:55). Jesús la venció. ¡Nosotros también la venceremos por su poder!

Pr. Adenilton Tavares de Aguiar

Oscar Cullmann. Imortalidade da alma ou ressurreição dos mortos? O testemunho do Novo Testamento. San Pablo: Unión Central Brasilera, 2002, p. 11.

Para mayors detalles, ver Adenilton T. de Aguiar y Diego Rafael da S. Barros. “A alma que pecar, esta morrerá”: o estado do homem na morte e a hermenêutica adventista,.en Adenilton T. de Aguiar, Jônatas de M. Leal e Clacir V. Júnior. Hermenêutica Adventista. Cachoeira: Ceplib, 2013, p. 181.

Niels-Erik A. Andreasen, “Muerte: su origen, naturaliza y destrucción final”, en Aldo Orrego, ed., Tratado de teologia Adventista del Séptimo Día, Buenos Aires: ACES, 2009, p. 359.

Los versículos bíblicos explicitados en este comentario, fueron extraidos de la versión Nueva Reina Valera (Sociedad Bíblica Emanuel, 2000), salvo indicación en contrario.

Comentario bíblico adventista, tomo 5, pp. 855, 856.

Cullmann, p. 37.

Jon Paulien, 1 y 2 Tesalonicenses [Guía de estudio de la Biblia, 3er. trimestre de 2012], p. 57 (21 de agosto).

Snodgrass, K., Compreendendo todas as parábolas de Jesus: guia completo. Rio de Janeiro: Casa Publicadora de las Asaembleas de Dios, 2010.

Para más detalles, ver Adenilton Tavares de Aguiar y Diego Rafael da Silva Barros. Estudo sobre a morte em Lucas 16:19-31, en Kerygma, Engenheiro Coelho, tomo 9, nº 1, 1er. semestre de 2013.

Bacciocchi, Samuele. Imortalidade ou ressurreição? Uma abordagem bíblica sobre a natureza humana e o destino eterno. Citado en Adenilton Tavares de Aguiar y Diego Rafael da Silva Barros, “Estudo sobre a morte em Lucas 16:19-31”, en Kerygma, Engenheiro Coelho, tomo 9, nº 1, 1er. semestre de 2013.

Adreasen, p. 360.

Para mayores detalles, ver Aguiar, Adenilton Tavares de Aguiar y Barros, Diego Rafael da Silva. “A alma que pecar, esta morrerá: o estado do homem na morte e a hermenêutica adventista”, en Aguiar, Adenilton Tavares de Aguiar; Leal, Jônatas de Mattos y Virmes Júnior, Clacir, Hermenêutica Adventista, 2013, Série Práxis Teológica, tomo 1.

Balz, H. R. & Schneider, G. Exegetical Dictionary of the New Testament [Diccionario Exegético del Nuevo Testamento]. Grand Rapids: Eerdmans, 1990.

Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 798.

William Lane Craig. Apologética contemporânea: a veracidade da fé cristã. San Pablo: Vida Nova, 2012, p. 324.

Hayford, J. W. Spirit Filled Life Bible for Students: Learning and living God's word by Power of His Spirit. Nashville: Thomas Nelson Publisher, 1997 (publicación electrónica).

Holy Sonnet Nº 6, “Death be not proud”.