Naturaleza e Influencia de los escritos de Elena G. de White

 

A MEDIDA que se acerca el fin, y la obra de dar la última amonestación al mundo se extiende, resulta más importante para los que aceptan la verdad presente tener una clara comprensión de la naturaleza e influencia de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White), que en su providencia Dios vinculó con la obra del mensaje del tercer ángel desde su mismo nacimiento. En las siguientes páginas se dan extractos de lo que he escrito durante los últimos cuarenta años, con relación a mi propia experiencia en esta obra especial, con el fin de presentar también lo que Dios me ha revelado acerca de la naturaleza e importancia de los Testimonios, la manera en que son dados, y cómo deben ser considerados.
Fue poco después de transcurrir la fecha de 1844, cuando me fue dada mi primera visión. Estaba visitando a una amada hermana en Cristo, cuyo corazón estaba unido al mío. Cinco de nosotras estábamos arrodilladas en silencio en el altar de la familia. Mientras estábamos orando, el poder de Dios descendió sobre mí como nunca lo había sentido antes. Me parecía estar rodeada de luz, y estar elevándome siempre más de la tierra. En esa ocasión tuve una visión de lo que sucedería a los creyentes adventistas, la venida de Cristo y la recompensa que habría de ser dada a los fieles.
En una segunda visión, que no tardó en seguir a la primera, me fueron mostradas las pruebas por las cuales debía pasar y que era mí deber ir y relatar a otros lo que Dios me había revelado. Me fue mostrado que mis labores encontrarían gran oposición, y que mi corazón sería desgarrado por la angustia, pero que la gracia de Dios bastaría para sostenerme a través de todo. La enseñanza de esta visión me afligió grandemente; porque me indicaba el deber de ir entre la gente y presentar la verdad.
Un gran temor que me oprimía consistía en que si obedecía el llamamiento del deber, y salía declarándome favorecida del Altísimo con visiones y revelaciones para la gente, podría ceder a una exaltación pecaminosa y elevarme por encima de la posición que me correspondía ocupar, atrayendo sobre mí el desagrado de Dios y perdiendo mi propia alma. Tenía ante mí varios casos como los que he descrito, y mi corazón rehuía esta penosa prueba.
Rogué entonces que si debía ir y relatar lo que el Señor me había mostrado, fuese preservada del ensalzamiento indebido. Dijo el ángel: "Tus oraciones han sido oídas, y serán contestadas. Si ese mal que temes te amenaza, la mano de Dios se extenderá para salvarte; por la aflicción te atraerá a sí, y conservará tu humildad. Comunica el mensaje fielmente. Persevera hasta el fin y comerás del fruto del árbol de la vida y beberás del agua de la vida."
En ese tiempo había fanatismo entre algunos de los que habían creído el primer mensaje. Albergaban graves errores de doctrina y práctica, y algunos estaban dispuestos a condenar a todos los que no aceptasen sus opiniones. Dios me reveló esos errores en visión, y me mandó a sus hijos que erraban para declarárselos; pero al cumplir este deber encontré acerba oposición y oprobio.
Era una gran cruz para mí relatar a los que erraban lo que me había sido mostrado acerca de ellos. Me causaba gran angustia ver a otros afligidos o agraviados. Y cuando estaba obligada a declarar los mensajes, con frecuencia los suavizaba, y los hacía aparecer tan favorables para la persona como podía, y luego me apartaba a solas y lloraba en agonía de espíritu. Miraba a aquellos que tenían tan sólo su propia alma que cuidar, y pensaba que si me hallase en su condición, no murmuraría. Era difícil relatar los claros y penetrantes testimonios que Dios me daba. Yo miraba ansiosamente el resultado, y si las personas reprendidas se levantaban contra el reproche y más tarde se oponían a la verdad, acudían estas preguntas a mi mente: ¿Di el mensaje como debía darlo? ¿No habría habido alguna manera de salvarlos? Y entonces oprimía mi alma tanta angustia que con frecuencia me parecía que la muerte sería una mensajera bienvenida, y la tumba un suave lugar de descanso.

Testimonios personales
No comprendía el peligro y el pecado de una conducta tal, hasta que en visión fui llevada a la presencia de Jesús. Me miraba con ceño, y apartó su rostro de mí. Es imposible describir el terror y la agonía que sentí entonces. Caí sobre mi rostro delante de él, pero no pude pronunciar una sola palabra. ¡Oh, cuánto anhelaba estar amparada y oculta de ese ceño terrible! Entonces pude comprender, en cierto grado, cuáles serán los sentimientos de los perdidos cuando clamen a los montes y a las peñas: "Caed sobre nosotros y escondednos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero." (Apoc. 6: 16.)
Pronto un ángel me ordenó que me levantara, y difícilmente puede describirse la escena que vieron mis ojos. Delante de mí había una compañía cuyos cabellos y ropas estaban desgarrados, y cuyos rostros eran el mismo retrato de la desesperación y el horror. Se acercaron a mí y restregaron sus ropas contra las mías. Al mirar mis vestidos, vi que estaban manchados de sangre. Volví a caer como muerta a los pies de mi ángel acompañante. No podía presentar una sola excusa y anhelaba estar lejos de ese lugar santo. El ángel me alzó y dijo: "Este no es tu caso ahora, pero esta escena ha pasado delante de ti para hacerte saber cuál será tu situación si descuidas el declarar a otros lo que el Señor te ha revelado." Con esta solemne amonestación presente, salí a decir a la gente las palabras de reproche e instrucción que Dios me diera.
Los mensajes que me eran dados para diferentes personas los escribía frecuentemente para ellas, haciéndolo en muchos casos en respuesta a su urgente pedido. A medida que mi obra se extendía, esto llegó a ser una parte importante y pesada de mis labores. Antes de la publicación del Testimonio No. 15 [1868], me habían enviado muchos pedidos de testimonios aquellos a quienes había aconsejado o reprendido; pero me hallaba en un estado de gran agotamiento, por causa de mis pesados trabajos, y rehuía la tarea, especialmente cuando sabía que algunas de esas personas eran muy indignas, y había muy poca esperanza de que las amonestaciones dadas produjesen cambio decidido alguno en ellas. En ese tiempo fui muy alentada por el siguiente sueño:
Una persona me trajo una pieza de tela blanca, y me pidió que cortase de ella vestidos para personas de todos los tamaños y de todas las descripciones de carácter y circunstancias de la vida. Se me dijo que los cortase y los colgase de modo que estuviesen listos para ser hechos cuando los pidiesen. Tenía la impresión de que muchas de aquellas personas para quienes debía cortar vestiduras eran indignas. Pregunté si ésta sería la última pieza de tela que habría de cortar, y se me dijo que no; que tan pronto como se hubiese terminado ésta, habría otras que debería atender. Me sentía desalentada por la cantidad de trabajo que tenía delante de mí, y declaré que había estado dedicada a cortar vestidos para otros durante más de veinte años, que mis trabajos no habían sido apreciados y que no veía que hubiesen logrado mucho beneficio. A la persona que me traía la tela le hablé de una mujer en particular, para la cual me había ordenado cortar un vestido. Declaré que no lo apreciaría, y que regalárselo sería una pérdida de tiempo y de materiales. Era muy pobre, de intelecto inferior, desaseada en sus costumbres, y pronto lo ensuciaría.
La persona replicó: "Corta los vestidos. Este es tu deber. La pérdida no es tuya, sino mía. Dios ve no como el hombre ve. El te indica el trabajo que quiere que hagas, y no sabes qué prosperará, si esto o aquello."
Entonces alcé mis manos, callosas por el largo uso de las tijeras, y declaré que no podía menos que rehuir el pensamiento de continuar esa clase de trabajo. La persona volvió a repetir: "Corta los vestidos. No ha llegado todavía el momento de tu relevo."
Con sentimiento de gran fatiga me levanté para emprender mi trabajo. Delante de mi había tijeras nuevas pulidas, que empecé a usar. En seguida me abandonaron mis sentimientos de cansancio y desaliento. Las tijeras parecían cortar casi sin esfuerzo de mi parte, y corté vestido tras vestido con comparativa facilidad.
Hay muchos sueños que provienen de las cosas comunes de la vida, con las cuales el Espíritu de Dios no tiene nada que ver. Como hay falsas visiones, hay también falsos sueños, que son inspirados por el espíritu de Satanás. Pero los sueños del Señor están clasificados en la Palabra de Dios con las visiones, y son tan ciertamente los frutos del espíritu de profecía como las visiones. Los tales sueños, teniendo en cuenta a las personas que los tienen, y las circunstancias en las cuales son dados, contienen sus propias pruebas de veracidad.
Puesto que la instrucción y amonestación dadas en los testimonios para los casos individuales se aplicaban con igual fuerza a muchos otros que no habían sido señalados especialmente de esta manera, me pareció que era mi deber publicar los testimonios personales para beneficio de la iglesia. En el Testimonio No. 15, hablando de la necesidad de hacer esto, dije: "No conozco ninguna manera mejor de presentar mis visiones de los peligros y errores generales, así como el deber de todos los que aman a Dios y guardan sus mandamientos, que dando estos testimonios. Tal vez no hay manera más directa y vigorosa de presentar lo que el Señor me ha mostrado."
En una visión que me fue dada el 12 de junio de 1868, me fue mostrado algo que justificaba plenamente mi conducta al publicar los testimonios personales. Cuando el Señor elige casos individuales y especifica sus errores, otros, que no han sido mostrados en visión, suponen frecuentemente que ellos están en lo recto, o casi. Si uno es reprendido por un mal especial, los hermanos y las hermanas deben examinarse cuidadosamente a si mismos para ver en qué han faltado y en qué han sido culpables del mismo pecado. Deben poseer el espíritu de confesión humilde. Si otros creen que tienen razón, no por esto resulta así. Dios mira el corazón. El está probando las almas de esta manera. Al reprender los males de uno quiere corregir a muchos. Pero si dejan de aceptar el reproche y se lisonjean de que Dios pasa por alto sus errores porque no los señala a ellos especialmente, engañan sus propias almas, y quedarán envueltos en las tinieblas, y serán abandonados a su propio camino, para seguir la imaginación de su propio corazón.
Muchos están obrando falsamente con su propia alma y están en gran manera engañados acerca de su verdadera condición delante de Dios, El emplea los medios y modos que mejor sirven a su propósito, para probar lo que está en el corazón de los que profesan seguirle. Presenta claramente los errores de algunos, para que otros sean amonestados y rehúyan esos errores. Por el examen propio pueden descubrir que están haciendo las mismas cosas que Dios condena en otros. Si realmente desean servir a Dios y temen ofenderle, no esperarán que sus pecados sean especificados antes de confesarlos y volver al Señor con humilde arrepentimiento. Abandonarán las cosas que han desagradado a Dios, como puede verse por lo comunicado a otros. Si, por el contrario, los que no andan bien ven que son culpables de los mismos pecados que han sido reprendidos en otros, y sin embargo continúan en la misma conducta carente de consagración porque no han sido nombrados especialmente, hacen peligrar su propia alma, y serán llevados cautivos por Satanás según su voluntad.
Me fue mostrado que en la sabiduría de Dios los errores y pecados de todos no serían revelados. Estos testimonios individuales se dirigen a todos los culpables, aunque los nombres de estos no estén incluidos en el testimonio especial que se haya dado; si las personas pasan por alto y cubren sus propios pecados porque sus nombres no han sido mencionados especialmente, Dios no las prosperará. No podrán adelantar en la vida divina, sino que se hundirán siempre más en las tinieblas hasta que la luz del cielo les sea completamente retraída.
En una visión que me fue dada hace como veinte años, [1871] "me fue ordenado que presentara principios generales, al hablar y escribir, y al mismo tiempo especificara los peligros, errores y pecados de algunas personas, para que todos pudiesen ser amonestados, reprendidos y aconsejados. Vi que todos deben escudriñar su corazón y vida detenidamente, para ver si no han cometido los mismos errores por los cuales otros fueron corregidos, y si las amonestaciones dadas para otros no se aplican a su propio caso. Si así sucede, deben sentir que las reprensiones y el consejo fueron dados especialmente para ellos, y deben darles una aplicación tan práctica como si se les hubiesen dirigido especialmente. Dios quiere probar la fe de todos los que aseveran seguir a Cristo. El probará la sinceridad de las oraciones de todos aquellos que aseveran desear fervientemente conocer su deber. Les presentará claramente su deber. Les dará amplia oportunidad de desarrollar lo que está en su corazón."

El objeto de los "Testimonios"(los escritos de Elena G. de White)
En los tiempos antiguos Dios habló a los hombres por la boca de los profetas y apóstoles. En estos días les habla por los Testimonios de su Espíritu(los escritos de Elena G. de White). Nunca hubo un tiempo en que Dios instruyera a su pueblo más fervientemente de lo que lo instruye ahora acerca de su voluntad y de la conducta que quiere que siga.
El Señor ha visto propio darme una visión de las necesidades y los errores de su pueblo. Por doloroso que me haya sido, he presentado fielmente a los ofensores sus faltas y los medios de remediarlas. Así ha pronunciado el Espíritu de Dios amonestaciones y juicios, aunque sin retener la dulce promesa de misericordia.
Los pecadores arrepentidos no tienen motivo para desesperar porque se les recuerden sus transgresiones y se les advierta su peligro. Estos mismos esfuerzos hechos en su favor demuestran cuánto los ama Dios y desea salvarlos. Tienen tan sólo que seguir su consejo y hacer su voluntad para heredar la vida eterna. Dios presenta los pecados de sus hijos errantes para que puedan contemplarlos en toda su enormidad a la luz de la verdad divina. Entonces les incumbe el deber de renunciar a ellos para siempre. Si el pueblo de Dios quiere reconocer su manera de tratar con él y aceptar sus enseñanzas, hallará una senda recta para sus pies, y una luz que lo conducirá a través de las tinieblas y el desaliento.
Las amonestaciones y los reproches no son dados a los que yerran entre los adventistas del séptimo día porque su vida merezca mas censura que la de los que profesan ser cristianos en las iglesias nominales, ni porque su ejemplo o sus actos sean peores que los de los adventistas que no quieren obedecer los requerimientos de la ley de Dios; sino porque tienen gran luz, y han asumido por su profesión la posición de pueblo especial y escogido de Dios, teniendo su ley escrita en su corazón. Ellos manifiestan su lealtad al Dios del cielo obedeciendo las leyes de su gobierno. Son representantes de Dios en la tierra. Cualquier pecado que haya en ellos los separa de Dios, y de una manera especial deshonra su nombre, dando a los enemigos de su santa ley ocasión de vilipendiar su causa y su pueblo, al que ha llamado a ser "linaje escogido, real sacerdocio, gente santa," para que manifiesten las alabanzas de Aquel que los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.
El Señor reprende y corrige a aquellos que profesan guardar su ley. Les señala sus pecados y les revela su iniquidad, porque desea que se separen de todo pecado e iniquidad, a fin de poder perfeccionar la santidad en su temor. Los reprende y corrige, a fin de que sean refinados, santificados, elevados, y finalmente exaltados a su propio trono.
He estado revisando los Testimonios dados para los observadores del sábado, y me asombra la misericordia de Dios y su cuidado por su pueblo al darles tantas amonestaciones para señalar sus peligros, y presentarles la exaltada posición que él quiere que ocupen. Si quieren mantenerse en su amor y separarse del mundo, derramará sobre ellos sus bendiciones especiales y hará resplandecer su luz en derredor de ellos. Su influencia para el bien podrá sentirse en todo ramo de la obra y en todas partes del campo del Evangelio. Pero si dejan de alcanzar el propósito de Dios y continúan teniendo tan poco sentido del carácter exaltado de la obra como en lo pasado, su influencia y ejemplo resultarán una maldición terrible. Harán daño, y solamente daño. La sangre de las almas preciosas será hallada sobre sus vestiduras.
Se han repetido los testimonios de amonestación. Pregunto: ¿Quiénes los han escuchado? ¿Quiénes han sido celosos en arrepentirse de sus pecados e idolatría, y han procedido con fervor hacia el blanco de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús? He aguardado ansiosamente, esperando que Dios investiría a algunos de su Espíritu y los usaría como instrumentos de la justicia para despertar y poner en orden su iglesia. Casi me he desesperado al ver año tras año mayor apartamiento de la sencillez que, según lo que Dios me ha mostrado, debiera caracterizar la vida de quienes le siguen. Ha habido cada vez menos interés en la causa de Dios, y menos devoción a ella. Pregunto: ¿En qué han procurado vivir de acuerdo con la luz que les ha sido dada los que profesan tener confianza en los Testimonios? ¿En qué han apreciado las amonestaciones dadas? ¿En qué han escuchado las instrucciones que recibieron?

No han de reemplazar a la Biblia
El siguiente extracto de un testimonio publicado en 1876 demostrará que los Testimonios no fueron publicados para reemplazar a la Biblia:
"El Hno. J*** quiere confundir los ánimos tratando de hacer aparecer que la luz que Dios me ha dado por medio de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) es una adición a la Palabra de Dios; pero da así una falsa idea sobre el asunto. Dios ha visto propio atraer de este modo la atención de este pueblo a su Palabra, para darle una comprensión más clara de ella."* La Palabra de Dios basta para iluminar la mente más obscurecida, y puede ser entendida por los que tienen deseos de comprenderla. Pero no obstante todo eso, algunos que profesan estudiar la Palabra de Dios se encuentran en oposición directa a sus más claras enseñanzas. Entonces, para dejar a hombres y mujeres sin excusa, Dios da testimonios claros y señalados, a fin de hacerlos volver a la Palabra que no han seguido. La Palabra de Dios abunda en principios generales para la formación de hábitos correctos de vida, y los testimonios, generales y personales, han sido calculados para atraer su atención más especialmente a esos principios.
El 3 de abril de 1871, este asunto me fue presentado en un sueño. Me parecía estar asistiendo a una reunión importante, en la cual había mucha gente congregada. Muchos estaban postrados delante de Dios en ferviente oración, y parecían estar muy preocupados. Importunaban al Señor con súplicas por luz especial. Algunos parecían agonizar en espíritu; sus sentimientos eran intensos; con lágrimas clamaban en alta voz por ayuda y luz. Nuestros hermanos más eminentes estaban en esta escena tan impresionante. El Hno. S*** estaba postrado sobre el suelo, aparentemente en profunda angustia. Su esposa estaba sentada entre un grupo de indiferentes burladores. Parecía que ella deseaba que todos supiesen que despreciaba a los que así se humillaban.
Soñé que el Espíritu del Señor descendía sobre mí, y me levanté entre lloros y oraciones y dije: El Espíritu del Señor Dios está sobre mí. Me siento instada a deciros que debéis comenzar a trabajar individualmente por vosotros mismos. Estáis esperando y deseando que Dios haga una obra que os ha dado a vosotros. Si os disponéis a hacer vosotros mismos la obra que sabéis que debéis hacer, Dios os ayudará cuando necesitéis ayuda. Habéis dejado sin hacer aquello mismo que Dios os confió a vosotros. Habéis estado invitando a Dios a hacer vuestra obra. Si hubieseis seguido la luz que os había dado, haría brillar más luz sobre vosotros; pero mientras descuidáis los consejos, las amonestaciones y reproches que os ha dado, ¿cómo podéis esperar que Dios os dé más luz y bendiciones que descuidaríais y despreciaríais? Dios no es hombre; no puede ser burlado.
Tomé la preciosa Biblia, y la rodeé con los varios Testimonios para la Iglesia(los escritos de Elena G. de White), dados para el pueblo de Dios. Aquí se tratan, dije yo, los casos de casi todos. Se les señalan los pecados que deben rehuir. El consejo que desean puede encontrarse aquí, dado para otros casos similares. A Dios le ha agradado daros línea tras línea y precepto tras precepto. Pero pocos de entre vosotros saben realmente lo que contienen los Testimonios. No estáis familiarizados con las Escrituras. Si os hubieseis dedicado a estudiar la Palabra de Dios, con un deseo de alcanzar la norma de la Biblia y la perfección cristiana, no habríais necesitado los Testimonios. Es porque habéis descuidado el familiarizaros con el Libro inspirado de Dios por lo que él ha tratado de alcanzamos mediante testimonios sencillos y directos, llamando vuestra atención a las palabras de la inspiración que habéis descuidado de obedecer, e invitándoos a amoldar vuestra vida de acuerdo con sus enseñanzas puras y elevadas.

No para dar nueva luz
El Señor quiere amonestaros, reprenderos, aconsejaros, por medio de los testimonios dados, y grabar en vuestra mente la importancia de la verdad de su Palabra. Los testimonios escritos (los escritos de Elena G. de White) no son dados para proporcionar nueva luz, sino para impresionar vívidamente en el corazón las verdades de la inspiración ya reveladas. El deber del hombre hacia Dios y sus semejantes ha sido especificado distintamente en la Palabra de Dios. Sin embargo, son pocos entre vosotros los que obedecen a la luz dada. No son sacadas a relucir verdades adicionales; sino que Dios ha simplificado por medio de los Testimonios las grandes verdades ya dadas, y en la forma de su elección, las ha presentado a la gente, para despertar e impresionar su mente con ellas, a fin de que todos queden sin excusa.
El orgullo, el amor propio, el egoísmo, el odio, la envidia y los celos han obscurecido las facultades de percepción, y la verdad, que debiera haceros sabios para salvación, ha perdido su poder de encantar y dominar la mente. Los mismos principios esenciales de la piedad no son comprendidos, porque no hay hambre ni sed del conocimiento de la Biblia, de la pureza del corazón y santidad de la vida. Los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) no han de empequeñecer la Palabra de Dios, sino exaltarla, y atraer las mentes a ella, para que pueda impresionar a todos la hermosa sencillez de la verdad.
Dije además: Así como la Palabra de Dios está rodeada de estos libritos y folletos, os ha rodeado Dios de consejos, reproches, amonestaciones y palabras de ayuda. Aquí estáis clamando delante de Dios, en la angustia de vuestras almas, pidiendo más luz. Dios me ha autorizado para deciros que ningún otro rayo de luz resplandecerá por medio de los Testimonios sobre vuestra senda, hasta que hagáis uso práctico de la luz que ha sido dada ya. El Señor os ha rodeado de luz; pero no la habéis apreciado; la habéis pisoteado. Mientras algunos han despreciado la luz, otros la han descuidado; o la han seguido con indiferencia. Unos pocos han dedicado su corazón a obedecer la luz que al Señor le agradó darles.
Algunos que recibieron amonestaciones especiales por medio de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) olvidaron en pocas semanas el reproche dado. Los testimonios dados a algunos han sido repetidos varias veces, pero no los consideraron bastante importantes para escucharlos cuidadosamente. Fueron para ellos fábulas ociosas. Si hubiesen considerado la luz dada, habrían evitado pérdidas y pruebas que consideran duras y severas. Ellos son los únicos a quienes censurar. Han puesto sobre su cuello un yugo que encuentran gravoso. No es el yugo que Cristo ha puesto sobre ellos. El cuidado y el amor de Dios se ejercieron en su favor; pero sus almas egoístas, perversas e incrédulas no pudieron discernir su bondad y misericordia. Se apresuran confiando en su propia sabiduría hasta que son abrumados de pruebas y confundidos por la perplejidad, y quedan entrampados por Satanás. Cuando recojáis los rayos de luz que Dios os ha dado en lo pasado, entonces habrá un aumento de luz.
Los remití a los hijos de Israel. Dios les había dado su ley; pero el pueblo no quiso obedecerla. Luego les dio ceremonias y ritos, para que por su cumplimiento, pudiesen recordar a Dios. Pero propendían de tal manera a olvidarle a él y sus derechos sobre ellos, que era necesario mantener sus mentes agitadas para que comprendiesen sus obligaciones de obedecer y honrar a su Creador. Si hubiesen sido obedientes y se hubiesen deleitado en guardar los mandamientos de Dios, no se habría requerido la multitud de ceremonias y ritos.
Si el pueblo que profesa ser ahora el tesoro peculiar de Dios obedeciese sus requerimientos, según se especifican en su Palabra, no habrían sido dados testimonios especiales para despertarlos acerca de su deber y hacerles sentir su estado pecaminoso y el terrible peligro que corren al no obedecer la Palabra de Dios. Las conciencias han sido embotadas, porque la luz ha sido puesta a un lado, descuidada y despreciada.
Uno se puso a mi lado, y dijo: "Dios te suscitó y te dio palabras destinadas al pueblo y a alcanzar los corazones, como no se dieron a otra persona. El dio forma a tus testimonios para hacer frente a los casos que necesitan ayuda. No debes dejarte conmover por el desprecio, las burlas, el ridículo, el reproche y la censura. A fin de ser el instrumento especial de Dios, no debes apoyarte en nadie, sino fiar solamente en él, y aferrarte a él como el zarcillo de la vid se aferra a su soporte. El hará de ti un medio por el cual comunicará su luz al pueblo. Debes obtener diariamente fuerza de Dios para estar fortalecida, a fin de que las cosas que te rodeen no empañen ni eclipsen la luz que él ha permitido que brille sobre su pueblo por tu medio. El objeto especial de Satanás consiste en evitar que esta luz llegue al pueblo de Dios, que tanto la necesita en medio de los peligros de estos postreros días.
"Tu éxito reside en tu simplicidad. Tan pronto como te apartes de ella, y amoldes tu testimonio para satisfacer la opinión de cualquiera, tu poder desaparecerá. En esta época, casi todo es superficial e irreal. El mundo abunda en testimonios dados para agradar momentáneamente y ensalzar al yo. Tu testimonio es de carácter diferente. Ha de descender a las cosas pequeñas de la vida, para impedir que la débil fe muera y grabar en los corazones de los que te oyen la necesidad de resplandecer como luces en el mundo.
"Dios te ha dado tu testimonio para presentar al apóstata y al pecador su verdadera condición y la inmensa pérdida que sufren al continuar en una vida de pecado. Dios ha impresionado esto en tu mente abriendo tu visión, como no lo ha hecho con ninguna otra persona ahora viva, y según la luz que te ha dado, te tendrá por responsable. No es 'con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.' 'Alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado.'" (Isaías 58: 1.)

Uso erróneo de los Testimonios
Algunos de los que creen en los Testimonios, han errado queriendo imponerlos indebidamente a otros. En el tomo 1, No. 8, se halla un testimonio que trata este punto. "Había algunos en *** que eran hijos de Dios, y sin embargo dudan de las visiones. Otros no habían presentado oposición, pero no se atrevían a asumir una actitud decidida al respecto. Algunos eran escépticos, y habían tenido suficientes motivos para ello. Las falsas visiones y manifestaciones de fanatismo y los malos frutos que les habían seguido, habían ejercido influencia sobre la causa en ***, contribuyendo a crear recelos acerca de todo lo que llevase el nombre de visiones. Todas estas cosas debieran haberse tenido en cuenta y convenía tener prudencia. No debiera disciplinarse ni corregirse a aquellos que nunca han visto a la persona que tiene visiones ni tienen conocimiento personal de la influencia de las visiones. Tales personas no deben ser privadas de los beneficios y privilegios de la iglesia si su conducta cristiana es correcta en otras cosas. . . .
"Me fue mostrado que algunos podrían recibir las visiones publicadas juzgando al árbol por sus frutos. Otros son como Tomás, que dudaba; no pueden creer los Testimonios publicados, ni recibir evidencias por el testimonio de otro, sino que deben ver y tener la evidencia por su cuenta. Los tales no deben ser puestos a un lado, sino que debe manifestarse larga paciencia y amor fraternal para con ellos hasta que finalmente se decidan en pro o en contra. Si combaten las visiones, de las cuales no tienen conocimiento; si llevan su oposición hasta luchar contra aquello en lo cual no tienen experiencia, ... la iglesia puede saber que no están en lo correcto." *
Algunos de nuestros hermanos habían tenido larga experiencia en la verdad, y durante años habían estado familiarizados conmigo y mi obra. Habían comprobado la veracidad de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) y aseverado su fe en ellos. Habían sentido descansar la poderosa influencia del Espíritu de Dios sobre ellos para testificar de su veracidad. Me fue mostrado que si los tales, cuando eran reprendidos por medio de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) se levantaban contra ellos y obraban secretamente para menoscabar su influencia, habría que obrar fielmente con ellos; porque su conducta haría peligrar a aquellos que carecían de experiencia.
El primer número de los Testimonios publicados contiene una amonestación contra el empleo imprudente de la luz que ha sido dada por este medio al pueblo de Dios. Declaré que algunos habían asumido una conducta imprudente, cuando al hablar de su fe a los incrédulos habían leído en mis escritos la prueba que se les había pedido, en vez de acudir a la Biblia para obtenerla. Me fue mostrado que esta conducta era inconsecuente y que llenaría a los incrédulos de prejuicios contra la verdad. Los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) no pueden tener valor para aquellos que no saben nada de su espíritu. No debe hacerse referencia a ellos en tales casos.
Otras amonestaciones concernientes al uso de los Testimonios han sido dadas de vez en cuando como sigue:
"Algunos de los predicadores están muy atrasados. Profesan creer los testimonios dados, y algunos hacen mal al erigirles en regla de hierro para aquellos que no han tenido experiencia con referencia a ellos, pero no los practican ellos mismos. Han recibido repetidos testimonios, que han despreciado completamente. La conducta de los tales no es consecuente."*
"Vi que muchos habían aprovechado lo que Dios había mostrado acerca de los pecados y errores ajenos. Habían tomado el sentido más riguroso de lo que había sido mostrado en visión, y luego habían insistido tanto en ello que contribuían a debilitar la fe de muchos en lo que Dios había revelado, y también a desalentar y descorazonar a la iglesia."*
El enemigo aprovechará cuanto pueda emplear para destruir las almas. Han sido dados testimonios en favor de personas que ocupan puestos importantes. Comienzan bien llevando las cargas y desempeñando su parte en relación con la obra de Dios. Pero Satanás las persigue con sus tentaciones, y quedan finalmente vencidas. Cuando otros observan su conducta equivocada, Satanás les sugiere que debe haber un error en los testimonios dados para estas personas, de lo contrario estos hombres no se habrían demostrado indignos de desempeñar una parte en la obra de Dios.
Así surgen dudas acerca de la luz que Dios ha dado. Lo que puede decirse de algunos hombres en ciertas circunstancias, no puede decirse de ellos en otras. Los hombres son moralmente tan débiles y extremadamente egoístas, tan llenos de suficiencia propia, y se engríen, tan fácilmente, que Dios no puede obrar en relación con ellos; y los deja moverse como a ciegas, y manifestar tan grande debilidad e insensatez, que muchos se asombran de que tales personas hayan sido aceptadas una vez y reconocidas como dignas de tener relación con la obra de Dios. Esto es precisamente lo que Satanás quería. Era su objeto desde el tiempo en que las tentó especialmente a atraer oprobio a la causa de Dios y arrojar sombra sobre los Testimonios. Si hubiesen permanecido donde su influencia no se hubiera sentido especialmente sobre la causa de Dios, Satanás no los habría asediado tan ferozmente, porque no podría haber logrado su propósito usándolos como instrumentos suyos para hacer una obra especial.

Han de juzgarse Por sus frutos
Júzguense los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) por sus frutos. ¿Cuál es el espíritu de su enseñanza? ¿Cuál ha sido el resultado de su influencia? Todos los que desean hacerlo, pueden familiarizarse con los frutos de estas visiones. Durante diecisiete años,* Dios ha considerado propio dejarlas sobrevivir y fortalecerlas contra la oposición y las fuerzas de Satanás, y la influencia de los agentes humanos que han ayudado a Satanás en su obra.
O está Dios enseñando a su iglesia, reprendiendo sus errores, fortaleciendo su fe, o no lo está haciendo. La obra es de Dios, o no lo es. Dios no hace nada en sociedad con Satanás. Mi obra lleva la estampa de Dios, o la del enemigo. No hay medias conclusiones en el asunto. Los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) son del Espíritu de Dios, o del diablo.
A medida que el Señor se ha manifestado por el espíritu de profecía, han desfilado delante de mí lo pasado, lo presente y lo futuro. Me han sido mostrados rostros que nunca había visto, y años más tarde los conocí cuando los vi. He sido despertada de mi sueño con una sensación vívida de asuntos previamente presentados a mi mente; y he escrito a medianoche cartas que han cruzado el continente, y, llegando en un momento de crisis, han evitado gran desastre a la causa de Dios. Esta ha sido mi obra durante muchos años. Un poder me ha impelido a reprobar y reprender males en los cuales no había pensado. ¿Es esta obra de los últimos treinta y seis años*de lo alto, o de abajo?
Cristo amonestó a sus discípulos: "Y guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas de dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos. No puede el buen árbol llevar malos frutos, ni el árbol maleado llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva buen fruto, cortase y échase en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis." (Mat. 7: 15-20.) Esta es una prueba que todos pueden aplicar si quieren. Los que realmente desean conocer la verdad hallarán bastante evidencia para creer.

Hay quienes dudan de los Testimonios
Es el plan de Satanás debilitar la fe del pueblo de Dios en los Testimonios. Satanás sabe cómo hacer sus ataques. Obra sobre las mentes para excitar los celos y la disconformidad para con aquellos que están a la cabeza de la obra. Luego se ponen en duda los dones; y por supuesto, más tarde tienen poco peso y las instrucciones dadas por medio de las visiones son despreciadas. Luego sigue el escepticismo en cuanto a los puntos vitales de nuestra fe, los puntales de nuestra posición, y a continuación la duda en cuanto a las Santas Escrituras y la marcha descendente hacia la perdición. Cuando se ponen en duda los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) en los cuales se creía una vez y se renuncia a ellos, Satanás sabe que los seducidos no se detendrán con esto, y él redobla sus esfuerzos hasta lanzarlos en abierta rebelión, que se vuelve incurable y acaba en la destrucción. Cediendo a las dudas y la incredulidad acerca de la obra de Dios, y albergando sentimientos de desconfianza y celos crueles, se están preparando para la seducción completa. Se levantan con sentimientos amargos contra aquellos que se atreven a hablar de sus errores y reprender sus pecados.
Un testimonio para ciertos jóvenes, publicado por primera vez en 1880, habla de este punto como sigue: "Un escepticismo prevaleciente continúa creciendo con referencia a los Testimonios del Espíritu de Dios; y estos jóvenes estimulan las dudas y cavilaciones en vez de suprimirlas, e ignoran el espíritu, el poder y la fuerza de los Testimonios."*
Me fue mostrado que muchos tienen tan poca espiritualidad que no comprenden el valor de los Testimonios o su verdadero objeto. Hablan con ligereza de los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) dados por Dios para beneficio de su pueblo, y los juzgan dando su opinión y criticando esto y aquello, cuando sería mejor haber puesto la mano sobre los labios y haberse postrado en el polvo; pues no pueden apreciar el espíritu de los Testimonios, porque conocen tan poco del Espíritu de Dios. . .
Si perdéis la confianza en los Testimonios, os apartaréis de la verdad bíblica. He temido que muchos asumiesen una actitud dubitativa e inquisidora, y en mi angustia por vuestras almas quisiera amonestaros. ¿Cuántos escucharán la amonestación? De acuerdo a la manera en que consideráis ahora los Testimonios, si fuese dado alguno de ellos que atravesase vuestro camino y corrigiese vuestros errores, ¿os sentiríais en perfecta libertad para aceptarlo o rechazarlo en cualquiera de sus partes o en su totalidad? Aquello que menos inclinados os sintáis a recibir, es con toda seguridad la parte que más necesitáis.
Hermanos míos, desconfiad del corazón malo e incrédulo. La Palabra de Dios es clara y precisa en sus restricciones; reprende vuestra complacencia egoísta; por eso, no la obedecéis. Los Testimonios de su Espíritu (los escritos de Elena G. de White) llaman vuestra atención a las Escrituras, señalan vuestros defectos de carácter, y reprenden vuestros pecados; por eso, no los escucháis. Y para justificar vuestra conducta carnal, y vuestro amor a la comodidad, empezáis a dudar de que los Testimonios sean de Dios. Si obedecieseis sus enseñanzas, estaríais asegurados respecto de su origen divino. Recordad que vuestra incredulidad no afecta su veracidad. Si son de Dios, habrán de subsistir.
Se me ha mostrado que la incredulidad en los testimonios de amonestación, aliento y reprensión está excluyendo la luz del pueblo de Dios. La incredulidad les cierra los ojos, de manera que quedan en la ignorancia de su verdadera condición. Piensan que es innecesario el testimonio reprensivo del Espíritu de Dios, o que no se les aplica. Los tales tienen suma necesidad de la gracia de Dios y del discernimiento espiritual, para poder descubrir su deficiencia en conocimiento espiritual.
Muchos de los que han apostatado de la verdad reconocen como motivo de su conducta que no tienen fe en los Testimonios. Lo que importa saber ahora es: ¿Renunciarán al ídolo que Dios condena, o continuarán en su errónea conducta de complacencia, rechazando la luz que Dios les ha dado en reprensión de las cosas en las cuales se deleitan? Lo que deben decidir es: ¿Me negaré a mí mismo y recibiré como de Dios los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) que reprenden mis pecados, o rechazaré los Testimonios porque reprenden mis pecados?
En muchos casos se reciben plenamente los Testimonios, se rechaza el pecado y la complacencia, e inmediatamente se inicia una reforma en armonía con la luz que Dios ha dado. En otros casos, se sigue en las complacencias pecaminosas, se rechazan los Testimonios, y se dan a otros muchas excusas falsas acerca de la razón que se tiene para negarse a recibirlos. No se da la verdadera razón. Es una falta de valor moral y de una voluntad fortalecida y regida por el Espíritu de Dios para renunciar a los hábitos nocivos.
Satanás es hábil para sugerir dudas e idear objeciones al testimonio directo que Dios envía, y muchos piensan que es una virtud, un indicio de inteligencia en ellos el ser incrédulos y presentar dudas. Los que desean dudar, tendrán abundante ocasión para ello. Dios no se propone evitarnos toda oportunidad de ser incrédulos. El da evidencias, que deben ser investigadas cuidadosamente con mente humilde y espíritu susceptible de ser enseñado; y todos deben decidir por el peso de la evidencia. Dios da suficiente evidencia para que pueda creer el espíritu sincero; pero el que se aparta del peso de la evidencia porque hay unas pocas cosas que su entendimiento finito no puede aclarar, será dejado en la atmósfera fría y helada de la incredulidad y de la duda, y perderá su fe. . . .

El descuido de los "Testimonios"
No sólo los que rechazan los Testimonios o albergan dudas con respecto a ellos están en terreno peligroso. Despreciar la luz es rechazarla.
Algunos de vosotros reconocéis de palabra la reprensión; pero no la aceptáis en el corazón. Seguís como antes, pero siendo menos susceptibles a la influencia del Espíritu de Dios, encegueciéndoos cada vez más, teniendo menos visión, menos dominio propio, menos fuerza moral y menos celo y placer por los ejercicios religiosos; y si no os convertís, perderéis finalmente toda vuestra confianza en Dios. No habéis hecho cambios decididos en vuestra vida cuando os llegó la reprensión, porque no habéis visto ni comprendido vuestros defectos de carácter, ni el gran contraste que hay entre vuestra vida y la de Cristo. ¿Qué representan vuestras oraciones mientras conserváis iniquidad en vuestro corazón? A menos que hagáis un cambio cabal, antes de mucho os cansaréis de la reprensión, como se cansaron los hijos de Israel; y como ellos, apostataréis de Dios.
Muchos contrarían directamente la luz que Dios ha dado a su pueblo, porque no leen los libros que contienen la luz y el conocimiento, en reconvenciones, reprensiones y amonestaciones. Los cuidados del mundo, el amor a la moda y la falta de religión han desviado la atención de la luz que Dios nos ha concedido tan misericordiosamente, mientras que libros y periódicos que contienen errores inundan todo el país. Por doquiera están aumentando el escepticismo y la incredulidad. La preciosa luz que proviene del trono de Dios se oculta bajo un almud. Dios hará a su pueblo responsable de esta negligencia. Habrá que darle cuenta de todo rayo de luz que él ha dejado brillar sobre nuestra senda, sea que la hayamos aprovechado para progresar en las cosas divinas, o rechazado porque nos resultaba más agradable seguir nuestras inclinaciones.
Los tomos del "Espíritu de Profecía," * y también los Testimonios (los escritos de Elena G. de White) deben ser introducidos en toda familia observadora del sábado, y los hermanos deben conocer su valor y ser instados a leerlos. No fue el plan más sabio colocar estos libros a precios bajos, y que haya un solo juego en una iglesia. Debieran estar en la biblioteca de cada familia, y ser leídos a menudo. Guárdense donde puedan ser leídos por muchos.
Recuerden los ministros y los hermanos que la verdad del Evangelio endurece cuando no salva. El rechazar la luz deja a los hombres cautivos, atados por cadenas de tinieblas e incredulidad. El alma que se niega día tras día a escuchar las invitaciones de misericordia, se queda pronto en tal condición que se niega a escuchar si no la conmueve una emoción. Como colaboradores de Dios, necesitamos más piedad ferviente y menos exaltación propia. Cuanto más se exalte el yo, tanto más se reducirá la fe en los Testimonios del Espíritu de Dios(los escritos de Elena G. de White) . Los que confían plenamente en sí mismos, verán menos y menos de Dios en los Testimonios de su Espíritu.

Cómo recibir la reprensión
Los que son reprendidos por el Espíritu de Dios no deben levantarse contra el humilde instrumento. Es Dios y no un ser mortal falible quien ha hablado para salvarlos de la ruina. No agrada a la naturaleza humana recibir reprensiones, ni puede el corazón del hombre que no está iluminado por el Espíritu de Dios comprender la necesidad de reprensión o la bendición que ella está destinada a reportarle. En la medida en que el hombre cede a la tentación y participa del pecado, su mente se entenebrece. Se pervierte el sentido moral. Se desprecian las amonestaciones de la conciencia, y su voz se oye cada vez con menos claridad. Pierde gradualmente el poder de distinguir entre lo correcto y lo erróneo, hasta llegar a no tener verdadero sentido de su posición delante de Dios. Tal vez observe la forma de la religión, y defienda celosamente sus doctrinas, mientras está destituido de su espíritu. Esta condición está descrita por el Testigo Fiel: "Tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo." (Apoc. 3: 17.) Cuando el Espíritu de Dios, por sus mensajes de reprensión, declara que tal es la condición de la persona, ella no puede ver que el mensaje sea la verdad, ¿Debe por lo tanto rechazar la amonestación? - No.
Dios nos ha dado suficiente evidencia para que todos los que lo desean puedan convencerse del carácter de los Testimonios; y habiéndoles reconocido como de Dios, es su deber aceptar la reprensión, aunque no vean ellos mismos la pecaminosidad de su conducta. Si comprendiesen plenamente su condición, ¿qué necesidad tendrían de reprensión? Por el hecho de que no la conocen, Dios se la presenta para que puedan arrepentirse y reformarse antes que sea demasiado tarde. Los que desprecian las amonestaciones serán dejados a ciegas y se engañarán a sí mismos, pero los que las escuchen, y cumplan celosamente la obra de separarse de sus pecados a fin de tener las gracias necesarias, abrirán la puerta de su corazón a fin de que el amado Salvador pueda entrar en él y morar con ellos. Los que están más estrechamente vinculados con Dios son aquellos que conocen su voz cuando les habla. Los que son espirituales disciernen las cosas espirituales. Los tales sentirán agradecimiento porque el Señor les ha señalado sus errores.
David aprendió sabiduría de la manera en que Dios le trató, y se postró humildemente bajo el castigo del Altísimo. El cuadro fiel que de su estado presentó el profeta Natán, hizo conocer a David sus propios pecados y le ayudó a abandonarlos. Aceptó mansamente el consejo y se humilló delante de Dios. "La ley de Jehová - exclama él - es perfecta, que vuelve el alma." (Sal. 19: 7.)
"Si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos." (Heb. 12: 8.) Nuestro Señor ha dicho: "Yo reprendo y castigo a todos los que amo." "Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia a los que en él son ejercitados." (Apoc. 3: 19; Heb. 12: 11.) Aunque la disciplina sea amarga, la administra el tierno amor del Padre, para que por ella seamos "hechos participantes de la naturaleza divina." (2 Ped. 1: 4.)

Elena G. de White, Joyas de los Testimonios, tomo 2, páginas 270-294