Nota sobre Hechos 15



Es difícil dar demasiada importancia a las decisiones del concilio de Jerusalén. Allí se redactaron cuatro prohibiciones específicas pero la disposición general de no imponer "ninguna carga más", era la vital. Por decreto oficial de la iglesia, se declaró que los gentiles estaban libres de la obligación de cumplir los ritos judíos. Esta fue una proclama de emancipación.

El ingreso en la iglesia del etíope, de los samaritanos, de Cornelio y su casa, y, sobre todo, de los griegos completamente paganos de Antioquía, fue significativo y tuvo un efecto que se dejó sentir más y más sobre el pensamiento del elemento judío de la iglesia. Pero en Jerusalén la iglesia se reunió en concilio y llegó a un acuerdo definitivo. La circuncisión, el ofrecimiento de sacrificios, los lavamientos y todo el ritual que eran parte de la religión judía -o que habían introducido por tradición en la práctica de esa religión-, no debían exigirse de los gentiles que fueran recibidos en la iglesia cristiana mediante el bautismo.

En vista de la importancia de esta decisión, el hecho de que se especificaran ciertas prohibiciones que se esperaba que rigieran para los gentiles, era quizá menos importante; pero, con todo, necesario para completar el cuadro doctrinal. El punto esencial de la decisión estaba en la declaración general en cuanto a lo que no debía exigirse a los gentiles. Junto con esta declaración aparecía una afirmación breve de lo que realmente debía esperarse. Los puntos escogidos evidentemente hacían destacar las cosas en las cuales un gentil podía errar, o en relación con las cuales podía ser indiferente.

La vacilación de Pedro en Antioquía (Gál. 2: 11-14), la tenaz oposición de los endurecidos judaizantes de Galacia (cap. 3: 1-2), y más tarde la aparición de las sectas judaizantes de los nazarenos y de los ebionitas, todo en conjunto muestra cuán esencial era que la iglesia llegara a una decisión clara en cuanto al asunto de los judaizantes, pues de no ser así, tendría que haberse preocupado por antiguas formas y ceremonias -honrosas pero simbólicas- que habían caducado con la llegada del bendito Antitipo (o "realidad simbolizada"), que ya había cumplido con su obra. La iglesia habría sentido siempre la atracción de Jerusalén como su centro, aun después de que esta ciudad fuera destruida. Peor aún: habría sido una iglesia de una nación, de una raza judía en esencia. Sin duda, se habría hecho sentir cada vez en forma creciente que los gentiles eran admitidos, no por la gracia de Dios, sino por la condescendencia de los de la raza escogida. Tal egocentrismo, tal complejo racial y centralización habrían tenido un efecto dañino y finalmente fatal para la vida, el programa y el progreso de la iglesia.

Tal situación habría hecho que la iglesia se viera obligada a caracterizarse por formas externas y ritos. Pero la verdadera naturaleza del cristianismo no se encuentra en las formas y las ceremonias. El genio del cristianismo es su espiritualidad, su adoración a Dios en espíritu y en verdad. La intención de Dios era que el cristianismo quedara libre de las antiguas formas, ritos y ceremonias. Si se hubiera aplicado en la evolución posterior de la iglesia el significado pleno de la decisión del concilio de Jerusalén, se habría evitado una gran cantidad de error y también la apostasía.

Podría preguntarse por qué el concilio de Jerusalén no especificó que los Diez Mandamientos seguían vigentes. Debe responderse que el concilio no estaba discutiendo la vigencia del Decálogo. Adorar a Dios, guardar el sábado, honrar a los padres, permitir que nuestros prójimos vivan y disfruten de la vida, ser honrados y vivir contentos, era una parte tan vital de la moralidad básica del cristianismo, que por lo mismo ni se mencionaron. Más aún: estos puntos no eran los que se estaban debatiendo en este concilio. Ya se señaló que las prohibiciones tenían que ver con asuntos en los cuales los gentiles ya convertidos debían cuidarse, para no caer en pecados indecorosos o prácticas que pudieran causar discordia en la iglesia. Comer sangre o carne de la cual no se hubiera eliminado bien la sangre, participar en la idolatría y la fornicación eran prácticas comunes entre los gentiles, quienes ni siquiera pensaban que pudieran ser dañinas para el cuerpo, el espíritu, o ambos. Por lo tanto, estas eran las cosas contra las cuales se debía advertir a los gentiles, y de las cuales debían abstenerse.

En cuanto a los acuerdos del concilio, es natural preguntarse cómo los consideró la iglesia en tiempos posteriores. Fue un convenio entre gentiles y judíos en la iglesia, y, por lo tanto, fue en cierto modo un arreglo o solución de compromiso, o al menos una base para que pudieran convivir ambos grupos. Aún no había llegado el momento de proclamar el pleno significado de la enseñanza de Pablo (Gál. 2: 2), quien había aceptado la decisión del concilio como un arreglo satisfactorio del problema, y nunca más hizo referencia a lo que se había decretado. Aun cuando se ocupó de uno de los principales puntos tratados -el problema de la comida ofrecida a ídolos (1 Cor. 8; 10)-, no mencionó la decisión del concilio. En verdad, difícilmente podría considerarse que lo que aconsejó al respecto armonizaba totalmente con la decisión del concilio, si bien es cierto que no era contrario al espíritu y al propósito del mismo. Afirma que no necesariamente era incorrecto comer lo que había sido ofrecido a ídolos, porque los dioses representados por los ídolos eran nada. Lo que realmente hubiera estado mal era el no tener en cuenta los escrúpulos de otros cristianos que no comían tales cosas, y que hubieran sido perturbados si sus prójimos lo hacían. Este acuerdo tendía a evitar toda fricción innecesaria entre cristianos de origen judío y gentiles en sus relaciones sociales.

Cuando Pablo trató el asunto de la impureza en lo sexual, como lo hizo vez tras vez en sus epístolas, no se refirió al concilio de Jerusalén, sino se fundó en los principios bíblicos básicos, verdadera raíz de la decisión del concilio. Es decir, trató el problema teniendo en cuenta que el cristiano pertenece a Dios y que toda su persona se ha convertido en templo del Espíritu Santo, en cuya divina presencia no puede haber impureza.

Debe, pues, entenderse que la importancia del concilio no dependió en primer término del efecto que tuvo sobre la iglesia con sus prohibiciones específicas, sino más bien en la liberación de la iglesia cristiana de origen gentil, de la obligación de cumplir con ciertos ritos religiosos por muy respetables que pudieran parecer. CBA, tomo 6, páginas 317-318