Según la Biblia, ¿cuál es el origen de la lluvia?
Ángel Manuel Rodríguez


No estoy seguro del propósito de su pregunta, pero asumo que le interesa establecer la diferencia entre la percepción bíblica de la lluvia como fenómeno natural y la visión científica contemporánea. No es aconsejable realizar comparaciones, porque la Biblia fue escrita mucho antes del surgimiento del interés occidental en la ciencia. Los críticos ven a la Biblia como producto del Antiguo Cercano Oriente, y manifiestan que en los temas del mundo natural tiene relaciones con las perspectivas mitológicas de las culturas y pueblos vecinos. La visión bíblica de la lluvia no concuerda con esa perspectiva. La lluvia es un asunto asombrosamente complejo.
       1. Lluvia del cielo: La asociación de la lluvia con el cielo es resultado natural de la observación: la lluvia cae del cielo («La tierra […] bebe las aguas de la lluvia del cielo » [Deut. 11:11]). Según los críticos, los hebreos creían en un océano cósmico por sobre el firmamento; en ocasiones, sus ventanas se abrían y derramaban lluvias catastróficas (Gén. 7:11; véase Isa. 24:18). Se afirma también que otros textos se refieren a lugares del cielo donde se guarda la lluvia, la nieve y el granizo, desde donde caen a la tierra (cf. Job 38:22). Otros textos dan la impresión de que en el cielo hay «odres» llenos de agua y que, cuando Dios los vuelca, la lluvia cae (Job 38:37). Necesitamos evaluar estas afirmaciones.
En primer lugar, la Biblia no enseña que el firmamento es sólido y que sostiene allí las aguas cósmicas. Puede ser que esto sea parte de la mitología antigua, pero no es bíblico. En segundo lugar, el lenguaje de depósitos, odres y ventanas es obviamente metafórico. Las ventanas del cielo también se mencionan junto con las bendiciones, el pan y las tribulaciones
que descienden del cielo (Mal. 3:10; 2 Rey. 7:2; véase Sal. 78:23; Isa. 24:18). Hasta donde sé, nadie ha sugerido que estas ventanas son literales. En tercer lugar, los israelitas también sabían que la lluvia descendía en la estación lluviosa (Joel 2:23), que caía de las nubes (Ecl. 11:3; Isa. 5:6) y que el viento del norte solía traerla (Prov. 25:23).
      2. Origen de la lluvia: ¿De qué manera, según la Biblia, el agua llega al cielo, es decir, a las nubes? ¿Tenían los israelitas una explicación natural para este fenómeno, o decían  simplemente «Dios lo hizo»? Hay una respuesta que no excluye a Dios. En primer lugar, las nubes ascienden «de los extremos de la tierra» (Sal. 135:7; Jer. 10:13), que podría referirse al océano (1 Rey. 18:44) cargado de agua (Job 26:8). El agua proviene no de un océano cósmico sobre el firmamento, sino de la tierra. En segundo lugar, los escritores bíblicos comprendían los principios básicos de la evaporación: «Porque Él atrae las gotas de agua, y ellas, del vapor, destilan lluvia, que derraman las nubes [Heb. šeúa-qîm, «nubes, cielo»] y en abundancia gotean sobre el hombre» (Job 36:27, 28, NBL).1 Notemos el proceso: Dios atrae las gotas de agua y las transforma en vapor (evaporación), el vapor se vuelve líquido (condensación) y cae del cielo/las nubes como lluvia (precipitación). Dios no queda excluido, porque todo se lleva a cabo mediante su poder.
      3. ¡Dios lo hace! En la Biblia, la lluvia es simple pero misteriosa, predecible e impredecible; estimula la vida o la destruye. Aunque los hebreos entendían el proceso, no dejaban de maravillarse por su significado, y la atribuían al Señor: «Él [Dios] hace cosas grandes e inescrutables, y maravillas sin número. Derrama la lluvia sobre la faz de la tierra y envía las aguas sobre los campos» (Job 5:9, 10). Esta admiración se expresaba en alabanzas al Señor: «Cantad a Jehová con alabanza […]. Él es quien cubre de nubes los cielos, el que prepara la lluvia para la tierra» (Sal. 147:7, 8). Aunque no podían entender todos los aspectos del fenómeno, en particular en el caso de las tormentas, sabían que Dios sí lo entendía (Sal. 29). Al decir «Dios lo hace», se mostraban agradecidos y jamás daban la lluvia por sentado. Siempre era un don del Señor.