Fe que obra

Milton L. Torres

Introducción

La segunda mitad del capítulo 2 de la epístola de Santiago (versículos 14 al 26) es quizá la parte más polémica de la carta. Tal vez esa haya sido la razón por la cual Lutero se complicó tanto con Santiago. Escribiendo a judíos parcialmente asimilados al mundo grecorromano, con una probable tendencia a valorar el estilo de vida secularizado de la época y poco comprometido con la proclamación de un mensaje urgente que pretendía transformar radicalmente el mundo, el apóstol los llamó a un total compromiso con la verdad que les anunciaba y exigió de ellos una práctica compatible con el discurso. Santiago usó el contenido correcto, en el tono que correspondía, y en el momento oportuno.

Según Elena G. de White, cuando un escritor bíblico es impresionado con un tema, se atiene a los puntos que corresponden a su experiencia, capacidad de percepción e intereses. Otro autor puede ocuparse de un aspecto distinto, pero cada uno, bajo la orientación del Espíritu Santo, presenta el que más le ha impresionado. Así, las Escrituras, en su conjunto, se prestan para satisfacer las necesidades humanas en todas las circunstancias y experiencias de la vida.

En este sentido, podemos tener hoy una mejor comprensión de la perspectiva paulina que enfatiza más la fe, como también de la de Santiago, que enfatiza las obras como fruto de la fe. Así, obtenemos una postura equilibrada que recomienda, como requisito indispensable para la vida cristiana, la fe que obra. El estudio de las posturas de Santiago y Pablo nos muestra que no debemos exigir de los otros otra cosa que la fe, y que no debemos ofrecer a los demás otra cosa que las obras que autentiquen esa fe.

Una fe muerta

Santiago indagó: “Hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras, ¿de qué sirve? ¿Podrá la fe salvarlo?” (2:14). El apóstol formula dos preguntas retóricas. O sea, Santiago esperaba que ambas preguntas fueran respondidas de manera negativa: no hay ningún provecho de una fe desvinculada de las obras. Los dos versículos siguientes (2:15, 16) constituyen una tercera pregunta retórica, de la misma índole: “Si un hermano o hermana están sin ropa y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y saciaos’, y nos les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?”. La expresión “id en paz”, es equivalente a la expresión hebrea Shalom. La práctica de algunos cristianos evangélicos de saludarse con la expresión “la paz del Señor” tiene un fundamento histórico, pues así se saludaban los primeros cristianos. Pero Santiago dejó en claro que basta con que el cristiano utilice palabras amables en su contacto con el semejante. Es necesario, además, que practique actos de amor. Santiago continúa haciendo uso de un lenguaje directo. No reveló a sus lectores que estuvieran cometiendo esa falta grave, sino simplemente formuló la hipótesis de que alguien lo estuviera haciendo. Eso le dio libertad para anunciar enfáticamente: “Así también, si la fe no tiene obras, está muerta” (2:17).

Luego Santiago plantea una segunda suposición: “Alguno dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras’” (2:18). El apóstol postula la existencia de un interlocutor que parecía no estarse dirigiendo a Santiago, sino a uno de los oyentes que dudaba de lo que el apóstol acababa de enseñar. Santiago fue tan cauteloso en su discurso que no se ubicó en el rol de opositor de aquél que pudiera no estar de acuerdo con él. Simplemente imaginó la posibilidad de que alguien pudiera no estar de acuerdo con la idea, tal vez extendida entre sus oyentes, de que la fe –desvinculada de la práctica– era insuficiente para la salvación. No se colocó, en primera instancia, como opositor a esa idea, pero imaginó que alguien lo haría. Sea como fuere, la postura de Santiago es absolutamente irrefutable: la fe y las obras son las dos caras de una misma moneda.

Fe salvadora

Para Wally Amos, “la fe es dar un paso encima de nada, y aterrizar en algo”. Es decir, aunque la fe tenga una dimensión abstracta y trascendente, necesita evidencia reflejos perceptibles en el mundo concreto, en nuestro quehacer cotidiano. El mundo concreto es un lugar específico, con un momento específico en el que tenemos que ayudar a personas específicas.

Tal como lo afirma la Guía de Estudio, “Pablo no está en contra de las obras por sí mismas. Estaba en contra de las obras como medio de salvación (Gálatas 2:16). Desgraciadamente, en nuestros días, con el aumento del desempleo, de las desigualdades, de la violencia, y de la preocupación con los bienes materiales superfluos, “las personas están más preocupadas por salvar su piel que su alma” (Pierucci). Esto quiere decir que las personas están menos dispuestas a practicar buenas obras. El riesgo ya no es que pensemos que podamos conquistar la salvación con la práctica de las buenas obras. El riesgo está en pensar que podemos ser salvos con los brazos cruzados. “El punto principal –afirma el autor de la Lección– es que no cualquier fe nos salvará. La fe genuina, la fe salvadora, se caracteriza por conllevar buenas obras”.

La “fe” de los demonios

Un interlocutor continúa argumentando contra un posible opositor a las enseñanzas del apóstol. “Tú crees que Dios es uno. Haces bien. También los demonios creen, pero tiemblan” (2:19). El interlocutor evoca la Shemá Israel, una de las más antiguas declaraciones de fe del judaísmo, registrada en Deuteronomio 6:4. Santiago llegó a garantizar que la más ortodoxa declaración de fe del judaísmo es inútil sin un estilo de vida que le otorgue validez práctica. Para una crítica tan asombrosa al judaísmo, no es de extrañar que Santiago necesitara tanto cuidado. Luego de palabras tan duras, Santiago estaba listo para revelar el carácter de ese hombre que se oponía de manera desatinada a sus enseñanzas. Lo llamó “hombre vano” (anthrōpos kenós), una expresión fuerte que en lenguaje moderno podría significar además “hombre vacío”, haciendo referencia a alguien que está vacío de razonamiento o en su expresión, un hombre absorbido por su modo fútil de pensar y proceder.

De acuerdo con Brenda Price, “algunos tienen temor de ser cristianos; en vez de eso, deberíamos tener miedo de no ser cristianos”. Santiago nos informa que hasta los demonios se estremecen, amedrentados ante el poder de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, estamos absolutamente seguros bajo la protección de Aquél que hace que los demonios tiemblen.

La fe de Abraham

Para probar su punto de vista de que la fe sin obras “es muerta” (nekra), como lo afirma en 2:17 y 26, o “inútil” (argē), como lo hace en 2:20, Santiago utiliza como ilustración la historia de Abraham. La fe cooperó (synērgei) con las obras en la justificación del patriarca (2:21-24), cuando éste estuvo dispuesto a ofrecer a si hijo Isaac en sacrificio sobre el altar, lo que le fue imputado como justicia.

El lenguaje contable del versículo 23, una cita de Génesis 15:6 (repetida en pasajes bíblicos como Romanos 4:3, 9, 22; Gálatas 3:6; Hebreos 117 y en 1 Macabeos 5:52 –un libro apócrifo judío) significa que la acción obediente de Abraham fue “imputada en su cuenta” (elogisthē autōi). El apóstol concluye que “el hombre es justificado por las obras, y no solo por la fe” (2:24), en contraste con la declaración paulina de Romanos 4:9. Pablo probablemente se refirió a Abraham antes de la circuncisión (Romanos 5:10, conforme Génesis 15:6). Abraham creyó en la promesa divina y fue aceptado por Dios antes de recibir la señal del Pacto. Para Pablo, la justificación equivalía a la justicia imputada. Santiago, por otro lado, se refirió a Abraham cuando éste, en obediencia a un mandato divino, estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo (Génesis 22), algo que ocurrió después de la circuncisión. Así, para Santiago, la justificación equivale a la combinación de justicia imputada y justicia impartida, o comunicada. O sea, la justificación comprende un concepto más amplio que incluye la respuesta del pecador a la gracia divina.

La fe de Rahab

La fe también cooperó con las obras en la justificación de Rahab, la ramera, cuando ésta hospedó a los espías y los envió “por la ventana” (Josué 2:15). Santiago explicó que el espíritu es al cuerpo lo que las obras son para la fe. Los cadáveres no andan por ahí; del mismo modo, no debemos esperar que la fe tenga una existencia real y tangible si no se manifiesta en obras.

El apóstol utiliza una lógica difícil de rebatir. En su exposición de los actos de los testigos que invocó (Abraham y Rahab), siempre se refirió en primera instancia a los actos practicados, para en segunda instancia referirse a la fe, mostrando con ello que las obras tienen importancia en la vida cristiana. Sus testigos son elocuentes. Rahab corporiza tres cualidades que, según el pensamiento hebraico, le hubieran impedido ser bien considerada por las personas: era mujer, era pagana, y era prostituta. O sea, si Rahab fue justificada, es porque cualquier persona puede serlo. Sea como fuere, la vida cristiana debe otorgarle un espacio a la operación conjunta de la fe y las obras.

Consideraciones finales

Conforme ya ha sido mencionado en este comentario, el apóstol imaginó a un opositor, a quien denominó “hombre vano”, y varias veces se dirigió a él (2:18, 19, 20, 22). Sin embargo, al anunciar su conclusión en el versículo 24, Santiago utilizó el verbo en plural, refiriéndose claramente a los miembros de la iglesia.

A partir de ese momento en la epístola, y conforme a las exigencias de una buena retórica, Santiago pasó gradualmente a hablar con mayor franqueza, pues esperaba que –a esa altura– ya había conquistado la atención y simpatía de sus oyentes. Además, los pasajes en cuestión (2:14-26), contienen muchos elementos de la diatriba, un tipo de discurso frecuentemente empleado en las tribunas de Atenas y Roma. Santiago hizo, conforme la costumbre de los abogados atenienses, una crítica a las palabras vanas (2:18), dio estocadas de ironía (2:19), hizo un desafío retórico a su oponente (2:20) y empleó una franqueza contundente, un ingrediente esencial en la parte final de una diatriba.


Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

Elena G. de White, Mensajes selectos, tomo 1, pp. 28, 29.

Elza Dinwiddie-Boyd, In Our Own Words: A Treasury of Quotations from the African-American Community, New York: Avon, 1996, p. 299.

Clinton Wahlen, La epístola de Santiago [Guía de estudio de la Biblia, 4º trimestre de 2014], ed. para el Maestro, p. 67.

Dinwiddie-Boyd, p. 298.

En griego, la palabra “espías” es la misma palabra para “ángeles” (aggeloi).