Ser y hacer

Milton L. Torres

Introducción

La lección de esta semana comienza con la ilustración de la reacción del Príncipe de Gales ante la hazaña de Charles Blondin de atravesar las cataratas del Niágara sobre la cuerda floja. De hecho, hay un refrán norteamericano al respecto que reza: “Habilidad es cruzar las cataratas del Niágara sobre una cuerda floja; inteligencia, es no intentarlo”.

Sea como fuere, se puede percibir que hay un abismo profundo que separa el discurso de la práctica. Es por esa razón que Madeleine L’Engle afirmó que “creer requiere práctica”. Sin importar la vehemencia con la que declaremos que somos cristianos y creamos en Dios, si no somos capaces de meternos en una carretilla, permitiendo que Dios nos cruce con Él en la cuerda floja sobre las “cataratas del Niágara”, nuestra pretensión de santidad y consagración no tendrá valor alguno. Nuestra vida práctica es el aval de nuestra predicación y testimonio.

Conoce a tu enemigo

Santiago afirma que alguien puede contemplarse en un espejo y salir sin percibir la real condición de su fisonomía (Santiago 1:24). Los tiempos verbales del griego utilizados por el apóstol en este versículo son bastante enfáticos. Utiliza inicialmente el así llamado aoristo gnómico. Esta forma verbal usualmente fue empleada en proverbios de la sabiduría popular, lo que encaja perfectamente con la naturaleza sapiencial de la epístola. El aoristo gnómico sirve para introducir una sentencia considerada como de validez universal. Así, para Santiago, quien se mira en un espejo puede no ver lo que éste realmente revela. Según el apóstol, luego de contemplarse, la persona simplemente puede irse afuera. La forma verbal del verbo “ir” se encuentra en el tiempo perfecto del indicativo, el cual –en griego– denota una acción permanente en sus resultados. Es decir que ese hombre se mira en el espejo, parte, y  no vuelve más. Como se olvida de lo que vio, y no vuelve para recordarlo, adopta una actitud de indiferencia en cuanto a las cosas espirituales. Ese es “su rostro natural” (1:23), o “el rostro de su nacimiento” (prosōpos tēs geneseōs), tal como lo expresa la frase en griego.

En una carta para Étienne Noël Damilaville, escrita el 16 de mayo de 1767, Voltaire afirmó: “Hasta hoy le he hecho sólo una oración a Dios: “¡Oh, Señor, haz que mis enemigos hagan el ridículo! Y Dios escuchó mi oración…”. Tal vez nuestra oraciones tuvieran mayor validez si, tal como Voltaire, adoptásemos la práctica de pedirle a Dios que nos mostrara cuán ridículo es nuestro enemigo y lo contemplásemos todas las mañanas en el espejo ante el cual nos peinamos. Eso, al menos, nos concedería humildad y más respecto por las demás personas.

Ser un hacedor

Santiago 1:24 lamenta que los hombres se miren al espejo, pero luego olviden su propia fisonomía. No obstante, no es necesario que el olvido sea nuestra experiencia. El apóstol afirma que hay una alternativa para el hombre que se mira en el espejo. Podemos contemplar el reflejo en el espejo a fin de que nos demos cuenta de nuestra situación y la corrijamos. Según él, “el que mira atentamente en la Ley perfecta –la Ley de la Libertad– y persevera en ella, y no es oyente olvidadiza, sino cumplidor, éste será feliz en lo que hace” (Santiago 1:25).

Lo que Santiago parece afirmar es que todos los hombres se miran, eventualmente, en el espejo. Sin embargo, el hombre vacilante parte olvidando sus responsabilidades, mientras que el hombre bienaventurado se hace practicante de la Palabra. El hombre que se mira en el espejo sufre una especie de “efecto Orlof” agudo. Lo que será mañana depende completamente de su actitud de ahora. La expresión “mira atentamente” (parakypsas) es una buena traducción del griego, un aoristo participio que sugiere que el hombre se inclina sobre la “Ley perfecta” (nomos téleios), analizándola minuciosamente.

En su discurso de colación de grados de la Universidad de Stanford, en 2005, Steve Jobs le dijo a los graduandos que durante 33 años todos los días, al despertarse, se miraba en el espejo y se preguntaba si estaba feliz con lo iría a hacer en ese día. Si la respuesta era negativa durante varios días seguidos, él sabía que era necesario cambiar algo en su vida. Nosotros tenemos la oportunidad de hacer lo mismo. Podemos mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios cada mañana, y él nos dirá lo que necesitamos cambiar en nuestra vida. Y mejor aún: Steve Jobs intentaba valerse exclusivamente de su fuerza de voluntad para hacer alguna clase de cambio en su vida; nosotros, en cambio, podemos confiar plenamente en el poder transformador del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios.

La Ley de Libertad

Snickey y Helquist declaran que a nadie le gusta leer libros acerca de las leyes. Según ellos, estos libros son tan extensos, chatos y difíciles de entender que por eso los abogados ganan buenos salarios, ya que son los únicos que logran leer libros extensos, chatos y difíciles de leer. Esta declaración contrasta con la forma positiva y placentera con la que la Ley de Dios es presentada en las Escrituras (por ejemplo, en Salmo 19:7 y 119:45), y especialmente en Santiago.

Con respecto a la libertad, podemos recordar –por otro lado– cuatro consejos brindados por Miguel Ruiz en su libro The Four Agreementes, en los cuales este escritor demuestra cómo el cristiano puede disfrutar de libertad genuina bajo el poder de la Palabra de Dios:

  1. Sea impecable con la palabra: hable con integridad, diga sólo lo que realmente piensa. Evite utilizar la palabra contra sí mismo, o para hacer burla de otras personas. Utilice el poder de sus palabras en favor de la verdad y del amor.
  2. No lleve nada hacia el lado personal: lo que las personas hacen no lo usan a usted como referencia. Lo que los demás dicen y hacen emanan de su propia realidad y sueños. Cuando usted se mantiene inmune a las opiniones y acciones de los demás, no será víctima de sufrimientos innecesarios.
  3. No haga suposiciones: anímese a hacer preguntas directas y decir lo que realmente quiere. Comuníquese de manera tan clara como fuera posible a fin de evitar incomprensiones.
  4. Siempre haga lo mejor de sí: el concepto de lo que es mejor puede incluso cambiar en el momento, pero siempre de lo mejor de usted, y evitará arrepentimientos.

 

¿Útiles o inútiles?

El tema de la práctica religiosa merece ser resaltada desde el versículo 25, cuando Santiago afirma que el hombre que se contempla en el espejo de la Ley perfecta (nomos teleios) debe convertirse en “ejecutor de la obra” (nomos teleios). La relación entre la religión y las obras es expresada de manera admirable por Elena G. de White: “La religión no consiste en obras, pero obra; no es inactiva” (Carta 7; 1883; citada en Hijos e hijas de Dios, p. 273). La expresión “ejecutor” (“hacedor”; poiētēs en griego), se relaciona a la palabra “poeta”, utilizada en relación a la creación intelectual, especialmente en la actividad literaria. Pero el apóstol no menoscabó la dimensión práctica. Su elección de la expresión “visitar” (episkeptomai). Es de ese verbo que en el Nuevo Testamento se extraer la palabra “obispo” (episkopos), que significa simplemente “visitador”, uno de los deberes pastorales que merece la atención de los ministros del evangelio.

Kerouac afirmó recientemente que “un hombre practicando la bondad en el desierto tiene más valor que todos los templos que fueron construidos sobre la tierra”. Esto muestra cuánta consideración le atribuye esta era actual a las acciones de carácter práctico de aquellos que profesan amor al prójimo. Es, por lo tanto, imposible sobreestimar la importancia de una religión verdaderamente práctica.

Diferentes del mundo

La lección semanal enseña que los cristianos deben ser diferentes del mundo. Esto significa que no debemos tener los mismos intereses y afectos de las personas que viven en rebeldía contra Dios, entregados a sus propios deseos no santificados. No debemos sucumbir a los deseos mundanos porque, en primer lugar, la Palabra de Dios nos aconseja resistir a la mundanalidad (Santiago 1:27; 1 Juan 2:15, 16; 2 Pedro 1:4); en segundo lugar, porque las cosas del mundo no pueden, ni podrán traer felicidad. Aún los autores seculares lo reconocen: “La felicidad es nuestro estado natural. Es el estado natural de los niños a quien les pertenece el reino hasta que se contaminan por la estupidez de la sociedad y la cultura. Para adquirir la felicidad, no tienes que hacer nada, porque la felicidad no puede adquirirse. ¿Será que alguien sabe por qué? Porque ya la tenemos. ¿Cómo es posible adquirir lo que ya tenemos? Entonces, ¿por qué tienes la sensación de no tener la felicidad? Porque tienes que abandonar las cosas. Tienes que dejar las ilusiones. No necesitas añadir nada para ser feliz. Lo que tienes que hacer es dejar algunas cosas. La vida es fácil y encantadora. Pero es dura con tus ilusiones, tus avideces, tus ambiciones, tus deseos. ¿Sabes de dónde vienen estas cosas? De las etiquetas que el mundo nos impone”.

Santiago vincula la “religión pura y sin mancha” (thrēskeia kathara kai amiantos) al control de la lengua (1:26), la práctica de la caridad hacia las viudas y los huérfanos (1:27a) y al guardarse sin contaminarse con las influencias mundanales (1:27b). Estas tres dimensiones son tratadas con mayor detalle a lo largo de la epístola. Mientras tanto, alcanza con que recordemos mantenernos apartados de la contaminación del mundo mientras practicamos actos bondadosos de amor al prójimo. Borges, uno de los más afamados escritores argentinos de todos los tiempos, comprendía bien cómo el mundo puede contaminarnos el corazón. Según él, “lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo”.   Podemos abrazarnos al sacrificio de Jesús, aplicándolo a nuestra vida. Si lo hacemos, con oración y con el estudio de la Biblia, no solo seremos útiles a nuestros semejantes, sino también haremos que el ser diferentes del mundo signifique tener la clase de nobleza que anuncie nuestra filiación al Dios del amor incondicional.

Consideraciones finales

Hay un cuento oriental según el cual la verdad era un espejo en las manos de Dios que se cayó y rompió en varios pedazos. Estos habrían sido hallados por personas diferentes. Cada una de ellas miraba su trozo de espejo y pensaba que era poseedora de toda la verdad. Esta descripción puede, en cierto modo, representar la situación de muchas personas esparcidas en el mundo. Sin embargo no anula el hecho de que la caída no impidió que Dios nos entregara un Libro sagrado conteniendo la Ley de perfecta libertad en la cual se refleja plenamente su voluntad para la raza humana.

 

Dr. Milton L. Torres
Univ. Adventista de San Pablo
Campus Engenheiro Coelho
San Pablo (Brasil)


Pastor, con maestrías en Lingüística y Letras Clásicas; posee un doctorado en Arqueología Clásica. Está cursando el doctorado en Letras Clásicas y el posdoctorado en Estudios Literarios. Editor de la revista Protestantismo em Revista, es autor de diversos artículos y libros en el área de la Teología Bíblica. Actualmente se desempeña como coordinador de las carreras de Letras y Traductorado en la Universidad Adventista de San Pablo, Campus Engenheiro Coelho. Está casado con Tania M. L. Torres, y tiene dos hijos.

Madeleine L’Engle, A Wrinkle in Time. New York: Farrar, Strauss & Giroux, 1962.

Lemony Snicket y Brett Helquist, The Bad Beginning. New York: Harper-Collins, 1999.

Miguel Ruiz, The Four Agreements: A Practical Guide to Personal Freedom. San Rafael, Calif.: Amber-Allen, 1997.

Kerouac, The Dharma Bums. New York: Penguin, 2006.

Anthony de Mello e J. Francis Stroud, Awareness. New York: Image/Doubleday, 1992.

Jorge Luis Borges, en el cuento “La forma de la espada”, Ficciones.