Preparación para la siega

Sábado 6 de diciembre

“Pedid a Jehová lluvia en la sazón tardía: Jehová hará relámpagos, y os dará lluvia abundante”. “Y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía”. En el oriente la primera lluvia caía en el tiempo de la siembra. Esta es necesaria para que la semilla germine. Bajo la influencia de los aguaceros fertilizantes, surgen los brotes tiernos. La lluvia tardía, al caer cerca del fin de la estación, madura el grano, y lo prepara para la siega. El Señor emplea estas operaciones de la natu­raleza para representar la obra del Espíritu Santo. Como el rocío y la lluvia son dados en primer lugar para hacer que la semilla germine, y luego para madurar la cosecha, así el Espíritu Santo es dado para llevar adelante, de una etapa a otra, el proceso de crecimiento espiritual. La maduración del grano representa la terminación de la obra de la gracia de Dios en el alma. Por el poder del Espíritu Santo la imagen moral de Dios ha de ser perfeccionada en el carácter. Hemos de ser totalmente transformados a la semejanza de Cristo.
La lluvia tardía que madura la cosecha de la tierra, representa la gracia espiritual que prepara a la iglesia para la venida del Hijo del hombre. Pero a menos que la primera lluvia haya caído, no habrá vida; el brote verde no surgirá. A menos que los primeros chubascos hayan hecho su obra, la lluvia tardía no puede perfeccionar ninguna semilla.
Ha de haber “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. Debe haber un desarrollo constante de la virtud cristiana, un progreso permanente en la experiencia cristiana. Esto debemos buscarlo con intenso deseo, para que adornemos la doctrina de Cristo nuestro Salvador (Testimonios para los ministros, p. 515).

Domingo 7 de diciembre: En espera de la lluvia

Siempre hemos de tener presente el solemne pensamiento del pronto regreso del Señor, y en vista de ello reconocer la obra individual que debe hacerse. Mediante la ayuda del Espíritu Santo hemos de resistir las inclinaciones naturales y las tendencias al mal, y desarraigar de la vida todo elemento que no se asemeje a Cristo. Así prepararemos nuestros corazones para la recepción de la bendición de Dios, la que nos impartirá gracia y nos pondrá en armonía con la fe de Jesús. Para esa obra de pre­paración se le han concedido a este pueblo grandes ventajas en la luz que se le ha otorgado, en los mensajes de advertencia e instrucción, enviados por medio de la operación del Espíritu de Dios (Dios nos cuida, p. 188).

En ningún momento podemos prescindir de la asistencia de aquello que nos capacita para comenzar. Para nosotros las bendiciones recibidas bajo la lluvia temprana son necesarias hasta el fin. Sin embargo, ellas solas no serán suficientes. Por otra parte, mientras apreciamos la ben­dición de esta lluvia, no debemos perder de vista el hecho de que sin la lluvia tardía para que llene las espigas y madure el grano, la cosecha no estará lista para la hoz y el trabajo del sembrador habrá sido en vano. La gracia divina es necesaria al comienzo, a cada paso de nuestro avance, y solo ella puede completar la obra.
No hay lugar para el descanso en una actitud descuidada. No debe­mos olvidar nunca las advertencias de Cristo: “Velad y orad”, “Velad, pues, en todo tiempo orando” (Lucas 21:36). Una conexión perma­nente con el agente divino es esencial para nuestro progreso. Podemos haber tenido una medida del Espíritu de Dios, pero por la oración y la fe debemos buscar continuamente más del Espíritu. Si cesan nuestros esfuerzos, no lograremos nada. Si no avanzamos, y si no nos ponemos en una actitud de recibir tanto la lluvia temprana como la tardía, perde­remos la salvación, y la responsabilidad será nuestra.
“Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía” (Zacarías 10:1). No descansen satisfechos de que en el transcurso común de las estaciones la lluvia caerá. Pídanla. El crecimiento y la maduración de la semilla no descansa sobre el agricultor. Solo Dios puede hacer madurar la cosecha. Pero se requiere la cooperación del hombre. La obra de Dios demanda de nosotros la acción de la mente y el ejercicio de nuestra fe. Debemos buscar sus favores de todo corazón para que las lluvias de gracia caigan sobre nosotros (Recibiréis poder, p. 308).

Lunes 8 de diciembre: ¿Cuán cerca es “cerca”?

A nosotros que estamos a punto de ver su cumplimiento, ¡de cuánto significado, de cuán vivo interés, son estos delineamientos de las cosas por venir, acontecimientos por los cuales, desde que nuestros primeros padres dieron la espalda al Edén, los hijos de Dios han estado velando y aguardando, anhelando y orando!
Compañeros de peregrinación, estamos todavía entre las sombras y la agitación de las actividades terrenales; pero pronto aparecerá nuestro Salvador para traer liberación y descanso. Contemplemos por la fe el bienaventurado más allá, tal como lo describió la mano de Dios. El que murió por los pecados del mundo está abriendo de par en par las puertas del Paraíso a todos los que creen en él. Pronto habrá terminado la batalla y se habrá ganado la victoria. Pronto veremos a Aquel en quien se cifran nuestras esperanzas de vida eterna. En su presencia las pruebas y los sufrimientos de esta vida resultarán insignificantes. De lo que existió antes “no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”. “No perdáis pues vuestra confianza, que tiene grande remuneración de galardón: porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. “Israel es salvo... con salud eter­na; no os avergonzaréis, ni os afrentaréis, por todos los siglos” (Isaías 65:17; Hebreos 10:35-37; Isaías 45:17).
Alcemos los ojos y dejemos que nuestra fe aumente de continuo. Dejemos que esta fe nos guíe a lo largo de la senda estrecha que ha de llevamos por las puertas de la ciudad al gran más allá, al amplio e ilimitado futuro de gloria que espera a los redimidos (Profetas y reyes, pp. 540, 541).

Pero el día y la hora de su venida, Cristo no los ha revelado. Explicó claramente a sus discípulos que él mismo no podía dar a cono­cer el día o la hora de su segunda aparición. Si hubiese tenido libertad para revelarlo, ¿por qué habría necesitado exhortarlos a mantener una actitud de constante expectativa? Hay quienes aseveran conocer el día y la hora de la aparición de nuestro Señor. Son muy fervientes en trazar el mapa del futuro. Pero el Señor los ha amonestado a que se aparten de este terreno. El tiempo exacto de la segunda venida del Hijo del hombre es un misterio de Dios. Cristo continuó señalando la condición del mundo en ocasión de su venida: “Como los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día que Noé entró en el arca, y no conocieron hasta que vino el dilu­vio y llevó a todos, así será también la venida del Hijo del hombre”...
Por cuanto no sabemos la hora exacta de su venida, se nos ordena que velemos. “Bienaventurados aquellos siervos, a los cuales cuando el Señor viniere, hallare velando”. Los que velan esperando la venida de su Señor no aguardan en ociosa expectativa. La espera de la venida de Cristo debe inducir a los hombres a temer al Señor y sus juicios sobre los transgresores. Les ha de hacer sentir cuán grande pecado es rechazar sus ofrecimientos de misericordia. Los que aguardan al Señor purifican sus almas obedeciendo la verdad. Con la vigilancia combinan el trabajo ferviente. Por cuanto saben que el Señor está a las puertas, su celo se vivifica para cooperar con los seres divinos y trabajar para la salvación de las almas. Estos son los siervos fieles y prudentes que dan a la fami­lia del Señor “a su tiempo... su ración”. Declaran la verdad que tiene aplicación especial a su tiempo. Como Enoc, Noè, Abraham y Moisés declararon cada uno la verdad para su tiempo, así también los siervos de Cristo dan ahora la amonestación especial para su generación (El Deseado de todas las gentes, pp. 586-588).

Martes 9 de diciembre: Quejarse, refunfuñar y crecer

Seamos cuidadosos de no condenar a quien no nos agrada porque no comparte nuestras ideas; esa misma condena irá en nuestra contra y nos hará más daño a nosotros que a la persona que queremos condenar. Cristo desea que su iglesia se mantenga unida. Todos debemos agrade­cer a Dios que no seremos juzgados de acuerdo con el discernimiento humano, que puede ser fácilmente pervertido...
Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis con­denados; he aquí, el juez está delante de la puerta” (Santiago 5:9). El ser humano no puede leer el corazón; su juicio se forma por las apariencias, y a menudo éstas pueden ser engañosas. Dios es el que lee las inten­ciones del corazón. No hagamos nada por detrás; actuemos a la luz del día y seamos sinceros con nuestros hermanos y hermanas. Tratémoslos como queremos que Cristo nos trate a nosotros (Manuscript Releases, tomo 15, pp. 195, 196).
Cuando el Espíritu Santo controle la mente de nuestros miembros de iglesia, se verá en nuestras iglesias un nivel mucho más alto en el lenguaje, en el ministerio, en la espiritualidad, del que ahora vemos. Los miembros de iglesia serán refrescados por el agua de vida, y los obreros, trabajando bajo la Cabeza, Cristo, revelarán a su Maestro en espíritu, en palabra, en obras y se animarán unos a otros a avanzar en la grandiosa obra final en la cual estamos comprometidos. Habrá un sano incremento de la unidad y el amor, lo cual dará testimonio al mundo de que Dios envió a su Hijo a morir por la redención de los pecadores. La verdad divina será exaltada; y a medida que brille como una lámpara encendida, la entenderemos más y más claramente (Reflejemos a Jesús, p. 211).

Miércoles 10 de diciembre: Ejemplos de paciente perseverancia

De acuerdo con su fe, fue tratado Job. “Me probará —dijo— y saldré como oro”. Así ocurrió. Por medio de su paciente resistencia vin­dicó su propio carácter y de ese modo el carácter de Aquel de quien era representante. Y “quitó Jehová la aflicción de Job... y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job... y bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el primero” (La educación, p. 156).

Pero Dios había reservado a Abraham su última y más aflictiva prueba para el tiempo cuando la carga de los años pesaba sobre él y anhelaba descansar de la ansiedad y el trabajo.
El patriarca moraba en Beerseba rodeado de prosperidad y honor. Era muy rico y los soberanos de aquella tierra le honraban como a un príncipe poderoso. Miles de ovejas y vacas cubrían la llanura que se extendía más allá de su campamento. Por doquiera estaban las tiendas de su séquito para albergar centenares de siervos fíeles. El hijo de la promesa había llegado a la edad viril junto a su padre. El Cielo parecía haber coronado de bendiciones la vida de sacrificio y paciencia frente a la esperanza aplazada (Patriarcas y profetas, p. 144).

El que sirve bajo el estandarte manchado de sangre de Emmanuel, tiene una tarea que requerirá esfuerzo heroico y paciente perseverancia. Pero el soldado de la cruz permanece sin retroceder en la primera línea de la batalla. Cuando el enemigo lo presiona con sus ataques, se toma a la fortaleza por ayuda, y mientras presenta al Señor las promesas de la Palabra, se fortalece para los deberes de la hora. Comprende su necesidad de fuerza de lo alto. Las victorias que obtiene no le inducen a la exaltación propia, sino a depender más y más completamente del Poderoso. Confiando en ese poder, es capacitado para presentar el mensaje de salvación tan vigorosamente que vibre en otras mentes {Los hechos de los apóstoles, p. 291).

Aunque un velo oculta el futuro, ustedes tienen el conocimiento de las misericordias del Señor en el pasado. No permitan que las dificul­tades los desanimen. Han pasado por tribulaciones y serán llamados a pasar a través de dificultades otra vez. Han tenido que vivir experien­cias no del todo agradables, y esas experiencias pueden repetirse. Han sido tentados, y serán tentados nuevamente.
No conocemos lo que está delante de nosotros, pero sabemos que tenemos el privilegio de entregar nuestras almas a Dios como nuestro fiel Creador. Agradezcámosle por tener un refugio en la tribulación. Recordemos que Cristo es una ayuda presente en todo tiempo de nece­sidad. Las promesas de la Palabra de Dios son ricas, plenas y gratuitas. Dios está con nosotros, cuida de nosotros (Alza tus ojos, p. 140).

Jueves 11 de diciembre: Transparente como la luz del sol

Los judíos entendían que el tercer mandamiento prohibía el uso profano del nombre de Dios; pero se creían libres para pronunciar otros juramentos. Prestar juramento era común entre ellos. Por medio de Moisés se les prohibió jurar en falso; pero tenían muchos artificios para librarse de la obligación que entraña un juramento. No temían incurrir en lo que era realmente blasfemia ni les atemorizaba el perjurio, siempre que estuviera disfrazado por algún subterfugio técnico que les permitiera eludir la ley.
Jesús condenó sus prácticas, y declaró que su costumbre de jurar era una transgresión del mandamiento de Dios. Pero el Salvador no prohibió el juramento judicial o legal en el cual se pide solemnemente a Dios que sea testigo de que cuanto se dice es la verdad, y nada más que la verdad. El mismo Jesús, durante su juicio ante el Sanedrín, no se negó a dar testimonio bajo juramento. Dijo el sumo sacerdote: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. Contestó Jesús: “Tú lo has dicho”. Si Cristo hubiera condenado en el Sermón del Monte el juramento judicial, en su juicio habría repro­bado al sumo sacerdote y así, para provecho de sus seguidores, habría corroborado su propia enseñanza.
A muchos que no temen engañar a sus semejantes se les ha enseña­do que es una cosa terrible mentir a su Hacedor, y el Espíritu Santo les ha hecho sentir que es así. Cuando están bajo juramento, se les recuerda que no declaran solo ante los hombres, sino también ante Dios; que si mienten, ofenden a Aquel que lee el corazón y conoce la verdad. El conocimiento de los castigos temibles que recibió a veces este pecado tiene sobre ellos una influencia restrictiva.
Si hay alguien que puede declarar en forma consecuente bajo juramento, es el cristiano. Vive continuamente como en la presencia de Dios, seguro de que todo pensamiento es visible a los ojos del ángel con quien tenemos que ver; y cuando ello le es requerido legalmente, le es lícito pedir que Dios sea testigo de que lo que dice es la verdad, y nada más que la verdad.
Jesús enunció un principio que haría inútil todo juramento. Enseña que la verdad exacta debe ser la ley del hablar. “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede”.
Estas palabras condenan todas las frases e interjecciones insensatas que rayan en profanidad. Condenan los cumplidos engañosos, el disi­mulo de la verdad, las frases lisonjeras, las exageraciones, las falseda­des en el comercio que prevalecen en la sociedad y en el mundo de los negocios. Enseñan que nadie puede llamarse veraz si trata de aparentar lo que no es o si sus palabras no expresan el verdadero sentimiento de su corazón (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 59, 60).

Vi que algunos de los hijos de Dios han cometido un error con res­pecto a los juramentos, y Satanás se ha aprovechado de esto para opri­mirles y sacarles el dinero de su Señor. Vi que las palabras de nuestro Señor: “No juréis en ninguna manera” (Mateo 5:34), no se aplican al juramento judicial. “Sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:37). Esto se refiere a la con­versación común. Algunos usan un lenguaje exagerado. Unos juran por su vida; otros por su cabeza, o declaran que están tan seguros de algo como de que viven, o de que tienen cabeza. Algunos toman el cielo y la tierra como testigos de que ciertas cosas son como ellos dicen. Algunos incitan a Dios a que les quite la vida si lo que dicen no es verdad. Contra esta clase de juramento común amonesta Jesús a sus discípulos (Joyas de los testimonios, 1.1, p. 73).

Viernes 12 de diciembre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 114-141.