Profeta

(heb. nâbî', "llamado [por Dios]" o "quien tiene una vocación [de Dios]"; probablemente del ac. nabû , "llamar"; aram. nebî'; gr. profet's).



Alguien que primero recibía instrucciones de Dios y luego las transmitía a la gente. Estos 2 aspectos de su obra se reflejaban en los nombres con que se los conocía: vidente (jôzeh o rô'eh) y profeta (nâbî'). El 1º fue más común en el período temprano de la historia hebrea (1 S. 9:9). El término que se usa con mayor frecuencia es nâbî', pues lo designa como vocero de Dios. Como "vidente" discernía la voluntad de Dios, y como "profeta" la trasmitía a otros.


I. El profeta y su obra.
El profeta es una persona llamada y calificada en forma sobrenatural como portavoz de Dios. Mientras que en los tiempos del AT los sacerdotes eran los representantes del pueblo ante Dios -sus portavoces y mediadores-, el profeta, en un sentido especial, era el representante oficial de Dios entre su pueblo sobre la tierra. Mientras el oficio sacerdotal era hereditario, la designación de un profeta provenía del llamado divino. El sacerdote, como mediador en el sistema de sacrificios, conducía a Israel en la adoración, aunque sus deberes secundarios incluían dedicar una parte de su tiempo a instruir al pueblo acerca de la voluntad de Dios como ya había sido revelada por los profetas, Moisés en particular. En cambio, la instrucción religiosa era tarea primordial del profeta. El sacerdote se ocupaba mayormente de la ceremonia y los ritos del santuario (que se centraban en la adoración pública), en la mediación para el perdón de los pecados, y en el mantenimiento ritual de las relaciones correctas entre Dios y su pueblo. El profeta era principalmente un maestro de justicia, de espiritualidad y de conducta ética, un reformador moral con mensajes de instrucción, consejo, amonestación y advertencia, y su obra a menudo incluía la predicción de eventos futuros. En el caso de Moisés, uno de los mayores profetas (Dt. 18:15), la profecía fue una función comparativamente menor.

En un sentido más amplio del vocablo, profetas hubo desde los primeros días del mundo. Tanto Abrahán (Gn. 20:7) como Moisés (Dt. 18:15) fueron llamados profetas. Durante el período de los jueces el oficio profético languideció, y "la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia" (1 S. 3:1). El llamado de Samuel hacia el final de ese período fue trascendental. Fue el 1er "profeta" en el sentido más estricto de la palabra, y se lo puede considerar como fundador del oficio profético; iba de lugar en lugar como maestro de Israel (10:10-13; cf 7:16, 17). Después de él y hasta el fin del tiempo del AT, diversos hombres escogidos hablaron a la nación en nombre de Dios, interpretando el pasado y el presente, exhortando a la justicia, y siempre dirigiendo su vista al futuro glorioso que Dios les había señalado como pueblo. Samuel habría fundado lo que se conoce como "las escuelas de los profetas". Los jóvenes que recibían su educación en estas escuelas (19:20) eran conocidos como los "hijos de los profetas" (2 R. 2:3-5). La 1ª de tales escuelas que se mencionan estuvo en Ramá (1 S. 19:18, 20), la sede de Samuel (7:17). Los hijos de los profetas no eran necesariamente recipientes directos del don profético, pero eran divinamente llamados, como los ministros evangélicos de hoy, para instruir a la gente acerca de la voluntad y los caminos de Dios. Las escuelas de los profetas fueron una poderosa fuerza que limitó el avance de la marea del mal, que tan a menudo amenazó con sumergir al pueblo hebreo bajo una inundación de idolatría, materialismo e injusticia, y proporcionó una barrera contra la ola de corrupción que avanzaba con mucha rapidez. Estas escuelas proveyeron el adiestramiento mental y espiritual a jóvenes seleccionados que serían los maestros y dirigentes de la nación.

Después de Samuel, en tiempos del reino unido de Judá e Israel, surgieron hombres como Natán el profeta, Gad el vidente (1 Cr. 29:29) y Ahías (2 Cr. 9:29). Luego, bajo la monarquía dividida, hubo muchos profetas. Algunos (Oseas, Isaías, etc.) fueron autores de libros preservados en el canon sagrado; otros (Natán, Gad, Semaías, lddo, etc.) también escribieron, pero no se conservaron sus escritos. Algunos de los mayores profetas, como Elías y Eliseo, no escribieron sus discursos proféticos, y por lo tanto a veces se los llama "profetas orales". En el canon hebreo, las 4 grandes obras históricas de Josué, Jueces, Samuel y Reyes reciben el nombre de Profetas Anteriores, porque se sostenía que sus autores fueron profetas. Aunque de naturaleza mayormente histórica, estos libros muestran el propósito de sus autores de conservar un registro del trato de Dios con Israel como una lección objetiva para su propia generación y las posteriores. Isaías, Jeremías, Ezequiel y "los Doce" -desde Oseas hasta Malaquías- son llamados Profetas Posteriores. Bajo el reino dividido, los profetas Oseas, Amós y Jonás trabajaron mayormente para Israel, el reino del norte; el resto, especialmente para Judá, el reino del sur, aunque algunos de éstos también incluyeron al reino del norte en sus mensajes.

Dicho sea de paso, cabe aclarar la frase "Profetas Menores" (Oseas hasta Malaquías): se los llama así sólo porque sus libros son comparativamente breves en relación con los de los "Profetas Mayores" (lsaías hasta Daniel). De ningún modo implica que el ministerio de sus autores fuera de corta duración o que sus escritos fueran de menor importancia y/o inspiración.

Los Profetas Posteriores se pueden dividir cronológicamente en 4 grupos:

Incluye a Jonás, Amós, Oseas, Miqueas e Isaías, aproximadamente en ese orden. El s VIII fue testigo del surgimiento de Asiria, y antes de finalizar este período la nación llevó cautivas a las 10 tribus del reino del norte, con lo que la nación desapareció. En por lo menos 2 ocasiones también Judá estuvo a punto de ser destruido por los asirios. El papel principal de los profetas del s VIII habría sido, primero, evitar, si era posible, la cautividad del reino del norte llamando a su pueblo a volverse al servicio y a la adoración del verdadero Dios, pero también -particularmente en el caso de Isaías- sostener al reino del sur durante este tiempo de gran crisis nacional. Con la muerte de Isaías el don profético parece haberse silenciado por medio siglo o algo más.

Este siglo fue testigo del apogeo de Asiria, pero antes de terminar la centuria había desaparecido del escenario de acción y el Imperio Caldeo o Neobabilónico había ocupado su lugar. Durante los años de decadencia de Asiria y de surgimiento de los caldeos, Dios envió a varios profetas para llamar al pueblo de Judá a una reforma completa que impidiera la inminente cautividad babilónica. Entre esos profetas estaban Nahum, Habacuc, Sofonías, Jeremías y, tal vez, Joel.

3. Profetas del periodo del cautiverio babilónico.

Estos fueron Jeremías, Ezequiel, Daniel y, quizás, Abdías. La meta principal de los mensajes de este período fue ayudar a Judá a comprender el propósito que Dios tenía al permitir el cautiverio, inspirar esperanza en una restauración, y elevar los ojos de los judíos a la gloriosa oportunidad que los esperaba al regresar de la cautividad si eran fieles a Dios. Jeremías entregó sus mensajes a los habitantes de Jerusalén y Judá antes y durante el comienzo del cautiverio, y Ezequiel ministró a los exiliados en Babilonia, Daniel fue enviado a la corte de Nabucodonosor para comunicar la voluntad de Dios al gran monarca y conseguir su cooperación con el plan divino para el pueblo de Dios.

4. Profetas postexílicos:

Hageo, Zacarías y Malaquías. Los 2 primeros animaron al pueblo a levantarse y construir el templo; Zacarías recibió una serie de visiones apocalípticas que describían el glorioso futuro que aguardaba a Israel durante la era de la restauración si eran fieles a Dios (Zac. 6:15). Como un siglo después de Zacarías vino Malaquías y, con él, el fin del canon profético del AT (1 Mac. 4:46; 9:27; 14:41).

Aunque el libro de Daniel contiene algunos de los mensajes proféticos más importantes que encontramos en las Escrituras, el pueblo hebreo no lo incluyó en la sección profético del canon. En vista de que se incluyen obras históricas como Josué, Jueces, Samuel y Reyes en la sección profético, es evidente que el contenido no fue el factor principal que determinó su clasificación dentro de los escritos canónicos. sino el oficio de su escritor. Así, Daniel sirvió principalmente como hombre de estado en la corte de Nabucodonosor, y aunque recibió algunas de las mayores visiones de todos los tiempos, no fue considerado un profeta en el mismo sentido que Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas o los otros, cuyas vidas se dedicaron exclusivamente al oficio profético; no obstante, Cristo lo llamó profeta (Mt. 24:15). Véase Canon (I).

En el amanecer de los tiempos del NT, el don de profecía fue reactivado con las declaraciones inspiradas de Elisabet (Lc. 1:41-45), y de Simeón y Ana (2:25-38). Unos pocos años más tarde vino Juan el Bautista en el papel de Elías (Lc. 1:17). Cristo declaró que Juan fue profeta "y más que profeta" (Mt. 11:9, 10). Pablo estimó el don profético como una de las gracias del Espíritu (1 Co. 12:10), y declaró que era uno de los mayores dones (14:1, 5). Como en los tiempos del AT, el don profético no necesariamente implicaba la predicción de acontecimientos futuros, aunque este aspecto de la profecía pudiera estar incluido, sino que consistió mayormente en la exhortación y la edificación (vs 3, 4).

El llamado al oficio profético y la dádiva consiguiente del don profético eran actos de Dios, como en el caso de Isaías (Is. 6:8, 9), Jeremías (Jer. 1:5), Ezequiel (Ez. 2:3-5) y Amós (Am. 7:15). Moisés lo recibió desde la zarza ardiente (Ex. 3:1-4:17). El llamado de Eliseo al oficio profético fue anunciado por Elías (1 R. 19:19, 20; cf 2 R. 2:13, 14). Al llamado profético le acompañaba una entrega de capacidades especiales para que el profeta pudiera hablar en nombre de Dios. Lo constituía en un "atalaya" o "guardián" sobre la casa de Israel (Ez. 33:7), y lo hacía estrictamente responsable ante Dios por la entrega fiel de los mensajes que debía darles (vs 3, 6). Habiendo aceptado el llamado profético, no podía abandonarlo a voluntad, como Jeremías una vez pensó hacerlo (Jer. 20:7-9; cf 1 R. 19:9; Jn. 1:6-8, 23; 3:2). A veces Dios se dirigía al profeta en forma audible (Nm. 7:89; 1 S. 3:4), aunque más frecuentemente en sueños y visiones (Nm. 12:6; Ez. 1:1; Dn. 8:2; Mt. 1:19,20). Un verdadero profeta enseñaba por el Espíritu de Dios (1 R. 22:24; 2 Cr. 15: 1; 24:20; Neh. 9:30; Ez. 11:5; Jl. 2:28; Mi. 3:8; Zac. 7:12; 1 P. 1:10, 11) y hablaba movido por el Espíritu de Dios (2 P. 1:20, 21). El mensaje que entregaba no era propio, sino de Dios (Ez. 2:7; 3:4, 10, 11; cf Nm. 22:38; 1 R. 22:14). En ciertos casos, como en el de Natán (2 S. 7:3) y de Samuel (1 S. 16:6, 7), el juicio humano del profeta era modificado por Dios. Por un tiempo Ezequiel estuvo mudo, excepto cuando entregaba un mensaje de Dios (Ez. 1:2, 3; 3:26, 27; 33:21, 22). Esta experiencia singular fue una señal para los oyentes: cada vez que hablaba lo hacía por orden de Dios. En principio, algo similar sucedía con los demás profetas, porque ninguna profecía de las Escrituras "fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 P. 1:21). Por ello, haremos "bien en estar atentos" a sus mensajes "como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga" en nuestros corazones (1:19).

En algunos casos, los profetas vieron la necesidad de buscar e inquirir diligentemente el significado de las palabras que hablaban (1 P. 1:10, 11). Por ejemplo, se dice específicamente que Daniel no comprendió algunas porciones del mensaje que le fue confiado (Dn. 8:27; 12:8, 9). Por otra parte, los profetas entendían claramente que hablaban en nombre de Dios, y así corrientemente introducían sus mensajes con expresiones como: "Jehová dijo así" (Is. 66:1), "Palabra que vino de Jehová a Jeremías" (Jer. 11:1), "Visión de Isaías hijo de Amoz" (Is. 1:1), "Miré, y he aquí" (Ez. 10:1; Ap. 4:1), "Y vi" (5:1). Dios confirmaba la autoridad de los hombres que él llamó al cargo profético con el mensaje que entregaban (1 S. 3:19-21), con señales sobrenaturales (2 R. 2:13-15), con el cumplimiento de sus predicciones (Dt. 18:22; Jer. 28:9) y con la conformidad de sus enseñanzas con la voluntad de Dios ya revelada (Dt. 13:1-3; Is. 8:20). Aunque estaban sujetos "a pasiones semejantes a las" de otros seres humanos, sus vidas reflejaban los elevados principios de lo que testificaban (cf Stg. 5:17). A menudo se levantaban falsos profetas, como en los días de Acab (1 R. 22:6; cf v 22), Jeremías (Jer. 27:14, 15; 28:1, 2, 5-9, 15-17), Ezequiel (Ez. 13:16, 17) y Miqueas (Mi. 3:11), pero podían ser descubiertos por sus motivos mercenarios (3:11), por su disposición a decir lo que el pueblo deseaba escuchar (Is. 30:10; Mi. 2:11), porque lo que anunciaban no se cumplía (Dt. 18:22), por las discrepancias entre sus mensajes y los de quienes habían sido probados como profetas (Dt. 13:2, 3-1 Is. 8:20; Jer. 27:12-16), por apelar a los deseos de los impíos (1 R. 22:6-8) y por sus propias vidas no consagradas (Mt. 7:15-20).

Del mismo modo que un profeta es un vocero o mensajero de Dios, la profecía es todo mensaje presentado de parte de Dios por orden de él: revelación especial de la voluntad y del pensamiento divinos, destinada a capacitar al hombre para cooperar con los propósitos infinitos de Dios, que consiste esencialmente en consejos, orientaciones, reprensiones y advertencias. Como "no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas" (Am. 3:7), él espera que los que lean lo que los profetas escribieron le presten la más cuidadosa atención. Al hacerlo podrán estar seguros de ser "prosperados" (2 Cr. 20:20). Los que no prestan atención a las palabras de un profeta como mensajero o guardián enviado por Dios son personalmente responsables ante el Señor (Ez. 3:17-21; 33:1-9). Israel, por lo general, rechazó las emocionantes apelaciones de los profetas (Lc. 11:47, 48), así como Dios lo había advertido a Isaías (Is. 6:9-11) y a Jeremías (Jer. 1:8, 17, 19). Esto trajo la ruina sobre Israel, lo condujo a su rechazo del Mesías y, así, a ser descartado como nación escogida.

Muchas de las profecías del AT están escritas en poesía hebrea. La calidad y la forma literarias reflejan el carácter, la educación y el estado emocional del profeta. La personalidad de Jeremías* está grabada vívidamente en el registro de su misión profética, hasta el punto en que un lector cuidadoso casi puede sentir que lo conoce personalmente. Algunas obras, como las de Is., Jl. y Hab. son de una belleza literaria superior y reflejan un desarrollo lógico del pensamiento. Pasajes como los de Is. 9:1-7; 40:1-8; 52:7-53:12; 55; 61:1-3 y Jl. 2:1-14 no han sido superados en imágenes gráficas, retórica equilibrada y lenguaje pintoresco. En algunas obras, como la de Jer., los hechos históricos constituyen el molde en el que se presentaron los mensajes proféticos. Otras parecen ser colecciones de sermones. Algunos profetas, como Oseas, reflejan hondas emociones y, como resultado, no se prestan fácilmente a un análisis literario lógico. La profecía de Hab. también manifiesta un profundo sentir humano al describir el profeta su propia lucha para comprender la voluntad revelada de Dios y su reconciliación con ella.

Los profetas se ocuparon del trato de Dios con Israel en lo pasado (Ez. 16; 20; etc.), y dejaron lecciones importantes para la generación actual; como también de los acontecimientos históricos contemporáneos, señalando los propósitos divinos y la realización de su voluntad entre las naciones (Is. 36-39; la mayor parte de Jer.; muchos pasajes de Ez.; Dn. 1-6; Hag.; etc.). A menudo, y extensamente, denunciaron los pecados de Israel (Is. 1:2-15; 3:12-15; 9:13; 10:2; Jer. 2:5-35; Ez. 8:5-16; Os. 5; Am. 8:1-6; Mal.). Destacaron continuamente la responsabilidad personal de los que escuchaban sus mensajes de actuar en armonía con ellos (Ez. 3:17-21; cf 18:25-32; 33:7-16: etc.). A menudo instaron a realizar actos específicos (Is. 1:16-20; Jer. 27:1-18; 29:5-13; 38:14-23; 42:1-18; JI. 2:12, 13; Am. 5:4-15; Hag. 1:7, 8; Mal. 3:10-12; etc.). Fielmente señalaron las consecuencias del mal hacer (Is. 2:10-21; 7:17-25; 24; Jer. 4; 18:9, 10; 23:9-40; 24; Ez. 4; 5; 9; Dn. 9:3-14; Os. 5; JI. 1; Am. 7-9; Sof.; etc.) y del bien hacer (Is. 1:18-20; 38; Jer. 7:2-7; 17:20-26; 18:7, 8, Os. 14; JI. 2:12-32; etc.). Con frecuencia, mediante los profetas Dios elevó los ojos de su pueblo al glorioso futuro que los esperaba como nación si cooperaban cabalmente con sus propósitos para ellos (Is. 40-66; Jer. 33; Ez. 36-48; Mi. 4; Zac.; etc.). La culminación de sus mensajes siempre era la venida del Mesías y el establecimiento de su reino (Is. 9:1-7; 11:1-12; 12; 25; 52-66; Dn. 2:44; 7:18, 27; JI. 3:9-21; Mi. 4:1-5:15; etc.).


II. La interpretación de las profecías.
Las profecías del AT no siempre distinguen claramente entre lo que conocemos hoy como la 1ª y 2ª venidas de Cristo, sino que a Menudo tratan estos 2 grandes eventos como uno solo, o uno de ellos sigue inmediatamente al otro. La mayoría de los mensajes proféticos se expresan en un lenguaje literal directo, pero otros son altamente figurados o simbólicos (Dn. 2; 7; 8; Zac. 1-6; Ap. 6-19; etc.). El elemento predictivo en la profecía tenía la intención de ofrecer un panorama de las cosas del tiempo a la luz de la eternidad, de alertar a la iglesia para que actúe apropiadamente en momentos oportunos, de facilitar la preparación personal para la crisis final, de vindicar a Dios y dejar al hombre sin excusa en el día del juicio, y de certificar la validez de la profecía como un todo. Los muchos ejemplos de profecías cumplidas -ya sea que los sucesos ocurrieran en forma inmediata o en épocas posteriores, registrados en la Biblia o en la historia- sirven para afirmar la fe en la inspirada Palabra. Dios llama la atención a su poder singular de declarar "lo por venir desde el principio" (Is. 46:9, 10), y Jesús dijo: "Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis" (Jn. 14:29).

A veces -por el lenguaje altamente figurado o simbólico, o por la dificultad de relacionar los mensajes con su contexto histórico, o por la operación de factores condicionales en la predicción de eventos todavía futuros (Jer. 18:7, 10), o por la transición del Israel histórico literal a la iglesia cristiana-, los libros proféticos se prestan más fácilmente para ser mal interpretados que las secciones históricas, poéticas o doctrinales de las Escrituras. Por eso, el único procedimiento seguro para la comprensión y aplicación de los mensajes proféticos es un estudio sistemático de la profecía como un todo, y una familiarización completa con ella. Sobre la base de tal estudio es posible llegar a sólidos principios de interpretación.

Primero es necesario determinar con precisión qué escribieron los profetas bajo la conducción del Espíritu Santo, y qué quisieron decir con lo que escribieron. También se necesita un estudio preciso de las palabras y las relaciones gramaticales del pasaje que se considera. A veces se puede resolver la incertidumbre acerca de su significado sólo por una referencia al lenguaje en que se escribió originalmente. Cada frase debe ser comprendida en relación con su contexto mayor. En ninguna circunstancia es seguro considerar un pasaje sin referencia a su contexto literario o histórico; cada mensaje profético tenía un significado para la gente a la que estaba destinado. Una de las primeras tareas del investigador, y de las más importantes, es la determinación de ese significado. Sólo entonces es posible llegar a una aplicación válida de las profecías para nuestros días. La Biblia debe ser su propio intérprete; es decir, los pasajes bíblicos deben ser comparados con otros pasajes bíblicos que tratan del mismo tema.

Hablando en general, las promesas y predicciones dadas por medio de los profetas del AT al Israel literal estaban sujetas a la obediencia y lealtad; eran condicionales. Sin embargo, el pueblo rechazó el plan de Dios para ellos como nación, y lo que Dios quiso cumplir mediante el Israel de la antigüedad finalmente lo realizará por medio de sus hijos espirituales. (Por eso, muchas de las promesas de Dios originalmente hechas al antiguo Israel se cumplirán, en principio, en la iglesia cristiana.) Los planes y propósitos divinos indefectiblemente se llevarán a cabo (Is. 46:10), aunque para satisfacer las nuevas condiciones se cambien los medios y los agentes con los cuales se realicen. Cuando una persona o una nación rehúsa cooperar con el expreso propósito de Dios, renuncia a su papel en el plan divino y es descartada (Jer. 18:6-10; cf Dn. 5:25-28). Cuando los judíos rechazaron a Jesús, en ocasión de la crucifixión, Dios les quitó el reino* y lo dio a "gente que produzca los frutos" del reino (Mt. 21:41-44; 23:36-38). La iglesia cristiana, como la "gente" de quien habló Jesús, reemplazó a Israel en el plan de Dios (1 P. 2:9, 10). Los escritos de los profetas del AT están plenos de significado para los creyentes cristianos (Lc. 24:25-27, 44; Ro. 15:4; 2 Ti. 3:16, 17; cf 1 Co. 10: 1-12), pero en vista de que la iglesia de Cristo no es un grupo racial ni político que viva en la tierra literal de Canaán, rodeada por enemigos literales, como los asirios, los babilonios y los egipcios, muchos detalles de las profecías del AT no son aplicables literalmente a los tiempos cristianos. Además, muchas de ellas tratan exclusivamente de situaciones específicas de un pasado remoto.

De la lectura de los profetas del AT un creyente puede lograr 2 beneficios:
 1. Aprovechar la instrucción que Dios dio a su pueblo en lo pasado al aplicarla a sí mismo y observar los resultados de aceptar o rechazar esos principios.
 2. Determinar qué predicciones, no cumplidas en el Israel literal, quedan para el pueblo de Dios de la actualidad. Sin embargo, se debe tener mucho cuidado en hacer aplicaciones injustificadas. Hay que determinar hasta qué punto esa profecía es de naturaleza condicional, cuántas de esas condiciones se cumplieron y, finalmente, si la inspiración ha indicado que tendrá una aplicación posterior. En particular, se debe estudiar cómo la transición del Israel literal a la iglesia cristiana puede afectar el cumplimiento de esa predicción. Sólo cuando un escritor inspirado posterior aplica una profecía a los tiempos cristianos puede hacerse con certeza una nueva aplicación de ella.

El registro del trato de Dios con su pueblo en lo pasado se ha conservado para beneficio de las generaciones posteriores, hasta el fin del tiempo. Bajo la conducción del Espíritu Santo, los mensajes originalmente proclamados por los santos hombres de Dios de la antigüedad al pueblo de sus días pueden llegar a ser un medio eficaz de descubrir la voluntad divina para su iglesia actual. Mediante los profetas ancestrales es nuestro privilegio escuchar la voz de Dios hablando con claridad en nuestros días. En las afirmaciones inspiradas el sincero buscador de la verdad encontrará mensajes de inspiración, consuelo y orientación.

DBA