Casa Publicadora Brasilera
Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

II Trimestre de 2015
El libro de Lucas 

Lección 3
(11 al 18 de abril de 2015) 

¿Quién es Jesucristo?

Pr Jônatas Leal

Introducción

Hay una larga historia en el debate acerca de quién fue Jesús. En rigor de verdad, ese debate se desarrolló incluso dentro del judaísmo que antecedió al primer siglo. Sólo que la perspectiva fue diferente: ¿Quién sería el Mesías? ¿Cómo vendría? Y fueron exactamente las expectativas equivocadas que llevaron –en gran medida– a muchos a rechazar a Jesucristo como el Mesías. Por esa razón esta cuestión no es periférica. Debe reconocerse que en la actualidad no hay menor cantidad de ideas equivocadas acerca de Cristo que las que había en los tiempos de su primera venida. Por el contrario, el tiempo ha servido como incubadora para tales ideas.

Es un hecho que Jesús dividió la Historia. No solo eso, dividió a las personas en dos grupos. Y hoy no es diferente. Ante la realidad de Jesús no es posible permanecer neutral. En esta semana, tenemos la oportunidad de reflexionar acerca de la importante cuestión de quién fue Jesús en el evangelio de Lucas. Sin embargo, más que conocer la verdad acerca de este Personaje que cambió la Historia, siempre será indispensable considerar lo que eso significa para nosotros.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?”

De hecho, “la influencia titánica de ese Hombre hizo de Él el blanco de las flechas del criticismo y el objeto supremo de revisión de acuerdo a los preconceptos del intérprete”. Curiosamente, después de tantos años, “lo que los eruditos descubrieron detrás del velo fue a un Jesús creado a su propia imagen, según sus propios preconceptos. Los liberales del siglo XIX descubrieron a un Jesús ‘liberal’; los existencialistas descubrieron un héroe existencialista, y los marxistas descubrieron a un revolucionario político. Los idealistas descubrieron a un idealista y los pragmáticos descubrieron a un Cristo pragmático”.

Así, la respuesta a la pregunta: “Vosotros, ¿quién decís que soy?”, tiene un componente objetivo y otro subjetivo. Desde el punto de vista objetivo, es importante tener en cuenta aquello que la revelación divina revela, a través de las Escrituras, acerca de Cristo. Muchos están sinceramente engañados acerca de quién fue realmente Cristo porque sólo tienen en cuenta sus propias ideas preconcebidas, y no se detienen a escuchar lo que la Palabra de Dios revela acerca de su identidad. De este mendo, crean sus propios “mesías”, exactamente como lo hicieron muchos de los contemporáneos de Cristo.

Desde el punto de vista subjetivo, siempre debemos reflexionar acerca de lo que Jesús significa para nosotros, individualmente, y cuál es el impacto de ello en nuestra vida. El conocimiento objetivo de Cristo por sí mismo no puede generar transformación. La expresión “conocer” en los evangelios –y más especialmente en Juan– está estrechamente ligada a la relación entre el discípulo y el maestro. Aun así, si sólo se tienen en cuenta la experiencia y la relación, podemos tener una idea distorsionada y equivocada acerca de Jesús. Para eso necesitamos de la revelación divina objetiva en su Palabra. Todo lo que sabemos acerca de Dios y la salvación dependen de lo que Él revela acerca de sí mismo. Una de las formas más eficaces de aprender acerca de la persona de Cristo es prestar atención a los títulos que los evangelios le confieren y cómo Él se relacionó con los mismos.

Los títulos de Jesús en los Evangelios

La respuesta de los discípulos en Lucas 9:18 revela las diferentes concepciones acerca de Cristo en su tiempo: un antiguo profeta, Elías, y el mismo Juan, el Bautista resucitado. Podríamos pasar años estudiando los numerosos títulos atribuidos a Jesús en las Escrituras: Profeta, Siervo Sufriente, Sumo Sacerdote, Verbo, Señor, Maestro, Hijo de David, Cordero de Dios, Salvador, Lirio de los Valles, León de la tribu de Judá, etc. La lista se extendería demasiado, por lo que no habría espacio aquí para ello. Entonces, nos detendremos sólo en aquellos considerados en la lección de esta semana: Hijo de Dios, Hijo del hombre, y Cristo (Mesías).

El título “Hijo de Dios” aparece treinta y siete veces en el Nuevo Testamento para designar la persona de Jesús, y apunta a dos aspectos: su sumisión al Padre y a cumplir su misión de salvar al mundo y a su relación única con Él. El título debe ser entendido a la luz de su contexto. A inicios del siglo IV d. C. algunos personajes, liderados por Arrio, interpretaron a este título como una evidencia de que Cristo poseía una preexistencia limitada y que en algún momento de la eternidad Él fue engendrado por el Padre.

Sin embargo, el título quiere decir exactamente lo contrario. De hecho, “este es un título de naturaleza y no de oficio. La filiación de Dios denota su igualdad con el Padre. Llamar ‘Hijo de Dios’ a Cristo es afirmar su verdadera divinidad”. El vocablo arameo bar (hijo) era muchas veces utilizado de manera figurada. Por ejemplo, en vez de decir “mentiroso”, se habla de “hijo de la mentira”; en vez de “airado”, se dice “hijo de ira”; en vez de “rico”, se habla de “hijo de la riqueza”. Lo mismo ocurre con frecuencia en el hebreo del Antiguo Testamento. Así, al designar a Jesús como “Hijo de Dios”, se quiere decir que Él es divino. Eso queda muy evidente en la reacción de los fariseos en Juan 5:18: “Entonces, tanto más procuraban los judíos matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”.

El título “Hijo del hombre”, es prácticamente exclusivo de los evangelios. Sólo aparece en cuatro ocasiones fuera de ellos (Hechos 7:56; Hebreos 2:6; Apocalipsis 1:13; 14:14). Teniendo en cuenta la información del párrafo precedente, el título sólo puede ser entendido apenas como “hombre”. Por más vago que este título pueda parecer, ya en los tiempos de Cristo había adquirido un tono fuertemente mesiánico. Era utilizado por los judíos “para designar a un Salvador escatológico […] un mediador especial que aparecería al fin de los tiempos”.

No obstante, a través de su uso en los evangelios, “la noción de Hijo del hombre es más amplia; y más que cualquier otra, es susceptible a describir la obra total de Cristo”. Por ejemplo, Jesús utilizó este título en relación a sí mismo al describir su actividad y el ejercicio de su autoridad sobre la tierra (Mateo 13:37; Marcos 2:10, 28; 10:45; Lucas 7:34; 9:58; 12:10; 19:10), al predecir su sufrimiento y muerte (Marcos 8:31; 9:31;10:33), y al hablar de su regreso y gobierno escatológicos (Mateo 10:23; 19:28; 25:31; Marcos 8:38; 14:62;Lucas 17:22-30; 21:36).

A su vez, el título “Cristo” acabó convirtiéndose en parte de su propio nombre, tanto que muchos ni siquiera se percatan de ello. Cristo (del verbo griego chrio, ungir) es la traducción de la palabra hebrea para “ungido” (mashiach) o “Mesías”. Designaba al Salvador prometido, al cual apuntaban las profecías del Antiguo Testamento. Es posible observar que Jesús siempre observó la más extrema reticencia en relación al título de “Mesías”. Aunque no haya verdaderamente rechazado el título, manifestó grandes reservas hacia él.

No es difícil saber por qué. En su época, los judíos habían generado expectativas equivocadas respecto de la obra del Mesías. Esperaban a un libertador meramente político. Así, “Jesús venía detrás de la concepción mesiánica del judaísmo de entonces, la obra de Satanás”. No obstante, el título mesiánico es utilizado en los evangelios desde una perspectiva correcta para expresar “su origen celestial, su misión terrenal, y su futura venida gloriosa”.

“Y el Cielo, ¿quién dice que soy yo?”: La transfiguración

Los evangelios son unánimes en situar la transfiguración seis días después del diálogo entre Cristo y sus discípulos sobre cómo lo consideraban a Él la multitud y ellos mismos (Lucas 9:18-22; cf. Mateo 16:13-23; Marcos 8:27-33). Lucas menciona ocho días. Tal diferencia puede estar relacionada a la forma de contar los días, inclusiva o no, en los que duró la experiencia en el monte (Lucas 9:37). Sea como fuere, ese detalle no afecta el punto principal que los evangelistas quisieron dejar en claro al organizar el material narrativo de esa manera: la transfiguración fue una confirmación de las verdades declaradas en esa ocasión. De acuerdo con Mateo y Marcos, siguiendo la confesión de Pedro acerca del mesianazgo de Cristo, Jesús dijo que era necesario que el Hijo del hombre muriera y resucitara al tercer día. En otras palabras, la obra del Mesías involucraba la gloria y la cruz. En el monte fueron confirmados “los dos hechos del mesianazgo y la capacidad salvadora de Cristo”. De este modo, “el monte corroboró la confesión de Pedro y la enseñanza de Cristo”, acerca de su muerte en la cruz. Era necesario que Cristo subiera a dos montes: el de la transfiguración, y el monte Calvario.

Los discípulos fueron renuentes en entender la segunda parte. Hasta el final mismo se enfocaron en la gloria, peleándose por los primeros asientos en el reino, en los propios momentos de la pasión de Jesús. Su fuga en masa, y la traición de Judas no solo fueron provocadas por el miedo –en el caso de los primeros– o la ambición, en el segundo. Fue en gran medida por la desilusión. Ellos no esperaban a un Mesías crucificado, incluso mediando muchos avisos de Cristo. El mismo sentimiento de desilusión no escatimó ni en la mente del gran precursor del Mesías, Juan el Bautista (Lucas 7:20). La actitud de Pedro en esa ocasión fue emblemática. Seis días antes había afirmado: “De ningún modo te suceda esto, Señor” (Mateo 16:22) ante la perspectiva de la cruz. Ahora, en la transfiguración, expresó: “Maestro: será bueno que nos quedemos aquí” (Lucas 9:33), ante la luz de la gloria. En otras palabras: “¿La cruz? ¡No! ¿La gloria? ¡Sí!”.

De modo que la transfiguración tenía el objetivo de fortalecer la fe de los apóstoles. Elena G. de White afirma: “El Salvador ha visto la tristeza de sus discípulos, y ha deseado aliviar su pesar dándoles la seguridad de que su fe no ha sido inútil”. En oración, “ruega que ellos puedan presenciar una manifestación de su divinidad que los consuele en la hora de su agonía suprema, con el conocimiento de que él es seguramente el Hijo de Dios, y que su muerte ignominiosa es parte del plan de la redención” Los tres testigos (Pedro, Santiago y Juan) escogidos, eran muy influyentes dentro del grupo de los discípulos. Luego de la ascensión, asumieron un importante rol de liderazgo en la iglesia primitiva. Esas mismas personas acompañarían, algún tiempo después, la angustia de Cristo en el Getsemaní, donde –a diferencia de esta situación– su oración no sería respondida de manera positiva. ¡Alabado sea Dios, que reconoce nuestras debilidades, y nos ayuda en nuestras flaquezas!

Seis días antes, Jesús había indagado acerca de lo que los hombres decían de Él. En el monte, fue la opinión de Dios la que se hizo oír: “Este es mi Hijo, mi Elegido. Escuchadlo a Él” (Lucas 9:35). No importaba lo que los hombres decían. Como Pedro, en el monte de la transfiguración, muchos hablan sin saber lo que dicen (Lucas 9:33). Pero en las Escrituras Dios abre las cortinas invisibles de los cielos, revelando a la humanidad quién es Él y lo que está dispuesto a hacer por amor.

Conclusión

¿Quién es Jesús? Es el Dios encarnado, es el Amor encarnado. Es todo lo que el Cielo tenía para ofrecer. Es lo Infinito dentro de lo finito. Es la eternidad dentro del tiempo. Es la única Esperanza que la humidad tiene para tener esperanza. Es Aquél cuyas definiciones nunca podrán contenerlo.

La pregunta directa que Cristo les hizo a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” en Lucas 9:20, trae la cuestión hacia el ámbito personal. La respuesta no será hallada en libros, en debates, en opiniones ajenas, en documentales o comentarios. La respuesta estará siempre en nuestro corazón. Y siempre será decisiva. Las implicancias de nuestra respuesta sólo podrán ser medidas adecuadamente por la eternidad.


Sproul, R. C. Who Is Jesus? Vol. 1 Lake Mary, FL: Reformation Trust Publishing, 2009, p. 2.

Ibid, p. 3.

Easton, M. G. In Easton’s Bible dictionary. New York: Harper & Brothers, 1893.

Idem.

Cullmann, Oscar. Cristologia do Novo Testamento. Traducción de Daniel Costa, Daniel de Oliveira. San Pablo: Hagnos, 2008, p. 184.

Ibíd.

Myers, A. C. In The Eerdmans Bible Dictionary. Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1987, p. 962.

Cullmann, 2008, pp. 166, 167.

Ibíd, p. 165.

Elwell, W. A., y Beitzel, B. J. In Baker Encyclopedia of the Bible. Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988, p. 1983.

Morgan, G. C. The Crises of the Christ (p. 215). New York; London: Fleming H. Revell Company, 1936, p. 215.

Ibíd., p. 216.

Ibíd., p. 217.

Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 389.