El Señor del sábado

Sin importar que lo haya dicho en tono burlesco y con marcada iro­nía, me parece que Fernando Savater, el filósofo y agnóstico español, tiene toda la razón cuando al referirse al descanso sabático expresó lo siguiente: «¡Por fin un mandamiento en el que se nos ordena algo agra­dable!».
No obstante, dos mil setecientos años de Savater, el profeta Isaías había declarado que el sábado es un «día de alegría» (58:13, DHH). La RV95 lo llama «delicia». El vocablo hebreo oneg hace alusión a lo que es «exquisito, delicado», por ello «el sábado no es ni por asomo un día de melancolía ni tristeza, sino un día de gozo y delicia. La persona que llama al sábado "de­licia" es también aquella que ha de deleitarse en el Señor». Elena G. de White recalcó esta gran verdad al escribir que «la observancia del sábado entra­ña grandes bendiciones, y Dios desea que el sábado sea para nosotros un día de gozo. La institución del sábado se estableció con gozo» (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 351).
Lamentablemente, el mandamiento que debió ser motivo de alegría de­vino en una carga insoportable y pesada. En la época del Nuevo Testamen­to el sábado se parecía más a una tiranía que a un día de delicia. Cuando Je­sús guardó el sábado siguiendo las pautas trazadas en el Antiguo Testamen­to suscitó la crítica y la oposición de los principales líderes espirituales de la nación judía. Pero el Señor no cejó ni un ápice en su empeño de devolver al día de reposo la alegría y el deleite que los tratados de manufactura hu­mana le habían arrebatado.
A fin de que podamos contextualizar adecuadamente este asunto, antes de abordar el tema del sábado en el Evangelio de Lucas, nos conviene echar un vistazo a las ideas que pululaban con respecto al cuarto mandamiento en los tiempos en que Jesús llevó a cabo su ministerio.
El sábado en tiempos de Cristo
Según la tradición judía, Moisés prescribió 613 mandamientos. Pero para los judíos ninguno de ellos sobrepujaba en importancia al cuarto manda­miento del Decálogo, puesto que los rabinos decían que guardar el día de reposo tenía más valor que todos los preceptos de la Torá combinados. El rabí Leví dijo en cierta ocasión: «Si Israel guardase el sábado debidamente aunque fuese un solo día, el hijo de David vendría. ¿Por qué? Porque equi­vale a todos los mandamientos».
Las principales tradiciones extrabíblicas con respecto al sábado quedaron establecidas en el libro de los Jubileos y en los tratados Shabbath y Erub de La Misná. Estos textos prescribían todo lo que estaba permitido o prohibido en sábado. En principio, nada más existían treinta y nueve regulaciones en torno al día de reposo; pero con el paso del tiempo los expertos en la Torá multiplicaron esa cantidad por sí misma y, según dice el rabí Johanán, llega­ron a la increíble suma de 1521 reglas. Dios promulgó un mandamiento, ¡y de ese único mandamiento se crearon cientos y cientos! Veamos algunos.
Durante el período intertestamentario los judíos sacaron a la luz una serie de documentos que influyeron profundamente en la religión judía del siglo primero de nuestra era. Uno de esos documentos es el Libro de los Jubileos. Esta obra, que pretende recoger la revelación que Moisés recibió durante su esta­día en el monte Sinaí, contiene lo que se considera como la primera lista de prohibiciones relativas al sábado. Probablemente, esta obra llegó a ser el mo­tor de arranque de las proscripciones que encontramos esparcidas en la lite­ratura judía de los siglos I a. C. y I d. C.
Jubileos aglutina muchas prescripciones respecto al sábado. Veamos una que actualmente sigue siendo practicada al pie de la letra por algunos guardadores del sábado. En Jubileos 50: 8 se prohíbe categóricamente tener relaciones sexua­les durante las horas sagradas del día de reposo. ¿Había escuchado usted algo similar? ¡Pues ya sabe de dónde surgió tal idea! Además, el libro advierte de que serán castigados con la muerte todos los que viajen, trabajen en el campo, enciendan una hoguera o cabalguen en una montura, maten un ave o atrapen un animal, un pájaro o un pez durante las horas sagradas del sábado.
Los esenios, los miembros de la secta de Qumrán, eran los más estriaos en cuanto a la observancia del sábado. De acuerdo con el historiador Josefo, el extremismo de ellos llegaba al punto de que ni siquiera se atrevían «a defe­car» en sábado. El Documento de Damasco, en la sección que aborda el cuarto mandamiento, prohíbe caminar más de mil pasos, levantar las manos para arrear el ganado, mover una piedra. Además asevera lo siguiente: «Si acaso una persona llegase a caer en un lugar lleno de agua o en una cisterna, que nadie se sirva de una escalera, de una cuerda o de cualquier otro instrumento» para sacarlo (XI 13-16).
Según el tratado Shabbath, los rabinos decían que durante las horas del sábado:
  1. El sastre no puede andar con una aguja, ni el escriba con una pluma.
  2. No se debe escribir más de dos letras con ninguna de las dos manos.
  3. Si un siervo entra en la casa, uno no debe cerrar la puerta tras él.
  4. Si le duele una muela, no puede sorber vinagre para evitarlo.
  5. No se debe apagar una vela para ahorrar aceite.
  6. Era prohibido usar agua caliente para lavarse o beber.
  7. Si una lámpara estaba derramando aceite, era pecado colocar un vaso debajo de ella.
  8. El que se ha dislocado una mano o un pie, no puede ponerlos en agua fría.

Este era el sábado que se guardaba en los tiempos de Jesús; pero ese no fue el sábado que Dios había instituido en la creación. ¿Qué haría el Maestro al respecto? ¿Dejaría que sus discípulos siguieran aferrados a regulaciones que, aunque procuraban preservar la santidad del sábado, esclavizaban a quienes se sometieran a ellas? El cuarto mandamiento del Decálogo distaba tanto del plan original que en muchos sentidos llegó a ser una simple metáfora de lo que Dios había establecido en el principio y no un día gozoso de adoración.
La siguiente declaración de Elena G. de White resume acertadamente lo que hemos dicho:
«En los días de Cristo, el sábado había quedado tan pervertido, que su observan­cia reflejaba el carácter de hombres egoístas y arbitrarios, más bien que el carácter del Padre amante. Los rabinos representaban virtualmente a Dios como autor de leyes cuyo cumplimiento era imposible para los hombres. Inducían a la gente a considerar a Dios como un tirano, y a pensar que la observancia del sábado, que él les exigía, hada a los hombres duros y crueles. Era obra de Cristo disi­par estos conceptos falsos» (El Deseado de todas las gentes, cap. 29, p. 255, 256).
El sábado en el Evangelio de Lucas
En el Evangelio de Lucas hay seis episodios vinculados al sábado y casi siempre están asociados con controversias entre Cristo y los dirigentes de Israel (Lucas 4:16-30; 31-37; 6:1-5; 6:6-11; 13:10-17; 14:1-6). En estos epi­sodios nos encontramos con un Jesús que sana, satisface las necesidades hu­manas e instruye a la gente. Durante su ministerio, el sábado fue un día de encuentro, contacto e interacción con los seres humanos.
El primer episodio es mencionado en Lucas 4:16. Resulta muy significa­tivo lo que dice dicho pasaje: «Llegó a Nazaret, el lugar donde se había cria­do, y como tenía por costumbre, entró un sábado en la sinagoga, y se puso en pie para leer las Escrituras» (BLPH). Permítame resaltar algunos detalles de este texto. Que Jesús era un fiel asistente a los servicios religiosos sabatinos se presenta con suma claridad en todos los Evangelios (Mateo 4:23; 9:35; 12:9; 13:54; Marcos 1:21; 39; 3:1; 6:2; Lucas 4:16, 44; 6:6; 13:10; Juan 6:59; 18:20). El ejemplo de Cristo constituye una evidencia irrefutable de su apego a los mandamientos de Dios, especialmente el que tiene que ver con la observan­cia del día de reposo. Lucas es el único evangelista que usa la palabra «costum­bre», para referirse al hábito que tenía Jesús de ir a la sinagoga en sábado. Siendo así, resulta bastante contradictorio que muchos creyentes del siglo XXI insistan en rechazar la observancia del sábado argumentando que Jesús no lo guardó. Tras analizar la relación de Jesús con el día de reposo, Paul K. Jewett, el finado teólogo bautista, declaró por escrito: «No cabe duda, enton­ces, de que Jesús, como devoto judío, observaba el sábado. Presentarlo como el gran innovador que lo desechó en nombre de la libertad es reinventar a Jesús a imagen de la Ilustración».
Lucas, además, señala que cuando Jesús entró en la sinagoga ese sábado asumió su papel de maestro. Enseñar fue la primera acción del ministerio público de Jesús durante el día de reposo. Marcos 1:21 consigna que Jesús, en «los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba» (RV60). Y, entre otras cosas, el Maestro habría de enseñar a sus seguidores cómo tenían que vivir su experiencia con el día de reposo. En su discurso de Lucas 4:18-20, aparte de bosquejar su ministerio, como ya hemos visto en otro capítulo de este libro, Cristo presentó una muestra de lo que haría durante las horas sagradas del sábado: ayudar a la gente. Un ejemplo de ello lo encontramos en ese mis­mo capítulo, en los versículos 31-39.
Mientras enseñaba en la sinagoga un día de reposo, Jesús se encontró frente a frente con un hombre poseído por un espíritu inmundo. Aquí te­nemos el primer milagro de Jesús que registra el Evangelio de Lucas. La abe­rrante condición del endemoniado demandaba una liberación inmediata, no se podía esperar ni un minuto más. Tan pronto inició la confrontación, lo primero que hizo el poseso fue poner en evidencia la identidad del Señor al decirle: «Yo sé quién eres: el Santo de Dios» (Lucas 4:34). Estas palabras siguen muy de cerca lo dicho por el ángel en Lucas 1:35. Es común que en el tercer Evangelio los demonios declaren palmariamente la naturaleza mesiánica y divina de Cristo, puesto que los mismos poderes del mal lo reco­nocen como «el Hijo de Dios» en 4:41 y en 8:28.
Sin embargo, en nuestro relato Jesús no se dejó distraer por los alaridos del endemoniado y se concentró en lo que realmente era necesario: liberar­lo de los poderes del mal. En ello puso todo su empeño al declarar: «"¡Cá­llate y sal de él!". Entonces el demonio, derribándolo en medio de ellos, salió de él sin hacerle daño alguno» (versículo 35). Los presentes quedaron «maravilla­dos» de la «autoridad y poder» del Hijo de Dios (versículo 36).
Tras este primer milagro Lucas nos dice que al salir de la sinagoga ese mismo sábado, Jesús sanó a la suegra de Pedro, que padecía de una fiebre muy alta y continua. Según el evangelista, Jesús «reprendió a la fiebre» y cuando «la fiebre la dejó», la mujer se levantó al instante, y «les servía» (versículo 39). Lucas es el único de los Evangelios que aborda este caso como si se tratara de un exorcismo.
No puede ser un hecho aislado que los primeros milagros descritos en este Evangelio hayan ocurrido en sábado y que hayan sido la liberación de un endemoniado y de una mujer enferma. Lucas toma su pincel y plasma en su Evangelio el cuadro de un Jesús que dedica el sábado para sanar tanto física como espiritualmente. Para el Salvador el día de reposo no es tiempo de pasividad e inercia física o religiosa. En estos episodios sabáticos el evan­gelista nos presenta a Cristo enseñando y sanando a la gente, no encerrado entre cuatro paredes. Sin duda, el Maestro concebía el sábado como un día de liberación y de servicio.
Un tercer episodio, quizás el más conocido, aparece en Lucas 6:1-5 y en los otros dos Evangelios sinópticos (Mateo 12:1-8; Marcos 2:23-28). Los discípulos y Jesús cruzaban unos sembrados cuando ellos decidieron arrancar espigas, desgranarlas y comérselas. Al ver esta acción, algunos de los fariseos, que cu­riosamente también andaban con el grupo, preguntaron: «¿Por qué hacen ustedes algo que no está permitido hacer en sábado?» (versículo 2, DHH). Los fari­seos fueron bastante categóricos. No dejaron ninguna duda de que la acción de los discípulos constituía una transgresión directa al sábado. Valdría la pena preguntamos, ¿qué era lo que no estaba permitido en sábado?
En el libro de Éxodo se prohíbe explícitamente arar y segar en el día de re­poso (34:21). Ahora bien, ley de Moisés no reprobaba que los transeúntes arrancaran espigas en un campo ajeno (Deuteronomio 23:25). Los discípulos ni esta­ban sembrando ni cosechando, entonces, ¿qué fue lo ilícito de su acción? Jesús pudo haberles demostrado a los fariseos que bajo ninguna circunstancias sus discípulos habían infringido la ley del Sinaí. Pero también sabía que en temas teológicos los fariseos tendían a la irracionalidad, y cuando se obcecaban en un punto nadie les hada cambiar de opinión. Así que, en lugar de debatir con ellos, el Maestro se limitó a ponerles un ejemplo bíblico (ver 1 Samuel 21).
¿Era lícito que David y sus hombres comieran del pan de la proposición? Claro que no, porque de ese pan solo podían comer los sacerdotes (ver Levítico 24:5-9). Sin embargo, nadie condenó a David ni a Ahimelec por haber pasa­do por alto la prescripción levítica y haberse comido los panes. Al citar la experiencia de David, probablemente el Señor haya querido combinar tres argumentos que los fariseos no podían refutar: 1) Apela a un hecho escritu­rario; 2) apela al clamor de la necesidad humana y 3) remite al ejemplo de una figura de autoridad como lo era David. Por tanto, aunque la declara­ción de los fariseos fue bastante categórica, lo cierto es que carecía de funda­mento bíblico.
¿En qué se cimentaban los fariseos para decir que los discípulos hicieron lo que no era «lícito hacer en sábado»? No hay nada en el Antiguo Testamen­to que sustentara tal acusación. La acusación se basaba en las tradiciones rabínicas de la época, y que luego fueron incorporadas en La Misná. El tratado Shabbat declara que en sábado está prohibido «sembrar, arar, segar, engavi­llar, majar, bieldar, limpiar, moler, cribar, amasar, cocer...» (VII: 2). Según la opinión de los rabinos de la época, «al recoger las espigas, los discípulos eran culpables de segar, al restregarlas con las manos, eran culpables de desgranar, al separar los granos de la paja, eran culpables de cribar, y, por todo el proce­so, eran culpables de haber preparado una comida en sábado». Como todas estas acciones estaban incluidas en las 39 prohibiciones básicas de La Mis­ad, sin lugar a dudas, los discípulos eran culpables de haber transgredido el sábado, pero no el sábado bíblico sino el de la tradición, el sábado creado por la religiosidad judía.
Lamentablemente, mientras debatían con el Maestro, los fariseos no per­cibían que junto a ellos se encontraba el único que podía determinar concre­tamente qué se podía hacer o no hacer en sábado. Así que Jesús tuvo que apelar a su último argumento: «El Hijo del hombre es Señor del sábado» (6:5, NV1); es decir, él «tiene autoridad sobre el sábado» (DHH). Algunos suponen que tal declaración constituye una evidencia contundente de que Jesús abolió el día de reposo. Pero, el texto nada tiene que ver con la derogación del cuarto mandamiento. Las palabras del Señor lo que hacen es resaltar que él «es el que controla al sábado, no el sábado a él». Él es el único que puede definir lo que es lícito o ilícito en el día de reposo, porque su señorío alcanza, inclu­so, las horas sagradas del séptimo día.
El cuarto episodio relacionado con el sábado aparece en Lucas 6:6-11 y contiene el tercer milagro de sanidad realizado por Jesús en un día de reposo. Una vez más el Maestro está enseñando en la sinagoga. Estaba presente un hombre que tenía la mano derecha tullida. Lo más extraordinario del caso es que los fariseos, que supuestamente habían acudido a la sinagoga a adorar, se concentraron por completo en «acechar» al Maestro. La palabra griega tra­ducida «acechar», paraterounto, expresa la idea de vigilar bien, con malas in­tenciones. ¿Cómo es posible que mientras se enorgullecían de guardar el sá­bado «como Dios manda», esta gente albergara resentimientos contra el crea­dor del sábado?
Como Jesús sabía lo que ellos cavilaban, le pidió al hombre que se levan­tara, y dirigiéndose a los escribas y fariseos les dijo: «Les voy a hacer una pre­gunta: "¿Qué está permitido hacer en sábado: el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?"» (versiculo 9, DHH). Nadie dijo nada. Entonces Jesús «dijo al hombre: "Extiende tu mano". Él lo hizo y su mano fue restaurada» (versículo 10). En lugar de dar gloria a Dios por este extraordinario milagro, nuestros ante­pasados espirituales «se llenaron de furor» (versículo 11). ¿Por qué reaccionaron de esa manera? Porque una vez más el Señor había transgredido las leyes sa­báticas inventadas por los hombres.
De acuerdo con el tratado Yoma, en sábado solo podían atenderse a los enfermos cuya vida corría peligro. El Rabí Matías ben Jarás declaró: «Si una persona siente dolores en la garganta, se le puede dar una medicina por vía bucal en día de sábado, ya que hay peligro de vida y todo peligro de vida des­plaza al sábado» (Yoma 8: 6). ¿Corría "peligro de vida" el hombre de la mano seca? La respuesta es obvia; por tanto, su curación debió haber esperado a la puesta de sol. Ese sábado, en la misma sinagoga, aquellos "santos varones" «comenzaron a discutir qué podrían hacer contra Jesús» (versículo 11, NVI). El texto paralelo de Marcos declara: «Salieron entonces los fariseos y se confabularon con los herodianos para destruirlo» (Marcos 3:6).
Para Jesús, la misericordia está por encima del legalismo. Mientras que las tradiciones humanas abogaban por nada más curar en sábado las enfermeda­des mortales, el Señor insistía en curar en sábado cualquier enfermedad, por­que el dolor humano no puede esperar ni siquiera un día. Mientras que los guardianes del legalismo, en tanto que defendían la "santidad" del día de repo­so, decidieron hacer el mal en sábado y procuraron encontrar la forma de dar muerte a Jesús, el Hijo del Hombre nos compele a decidimos por practicar el bien en el día de reposo.
En Lucas 13:10-17 nos topamos con otro de los milagros realizados por Jesús en sábado, que es el quinto episodio de nuestra lista. La protagonista es una mujer que llevaba dieciocho años sufriendo de encorvamiento. El evan­gelista usa el vocablo sugkúptousa, un tecnicismo médico que alude a una enfermedad que ataca la columna vertebral y que hacía que la mujer diera la apariencia de que llevaba sobre sí una gran carga. Cuando Jesús la vio, la «llamó y le dijo: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad". Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó y glorificaba a Dios» (versículos 12, 13, BJ).
Fíjese bien, es la mirada de Jesús la que da inicio al milagro. La mujer no pide nada; pero al verla, Jesús se compadeció y llevó a cabo la liberación. El Maestro está dando cumplimiento a lo dicho en el Salmo 146: «Yahvé endere­za a los encorvados» (versículo 8, BJ). Él no solo cura, también libera de las ataduras con las que el diablo nos ha amordazado durante mucho tiempo. Una vez más el milagro provoca la ira del líder espiritual, mientras que la gente «se regocija­ba por todas las cosas gloriosas hechas» por Jesús (versículo 17).
La última controversia sobre el sábado, que es el sexto episodio, aparece en Lucas 14:1-6. Ese día Jesús había aceptado ir a comer a casa «de un gober­nante fariseo» (versículo 1). Sí, Cristo no tenía reparos en sentarse a comer con aquellos que diferían de él; con quienes trataban de entramparlo con casuís­ticas sin sentido; con quienes le acechaban a fin de condenarlo. Las puertas de Jesús siempre estaban abiertas para todos, sin importar cuál fuera la ideo­logía política o religiosa. Para él nadie, ni siquiera un gobernante fariseo, era un caso perdido.
Como estaba allí un hombre que padecía de hidropesía, los comensales, una vez más, estaban pendientes de si Jesús lo sanaría en sábado. Jesús se adelanta y pregunta: «¿Es lícito sanar en sábado?» (versículo 3). Como siempre, prefirieron guardar silencio a tener que darle la razón al Maestro (cf. Lucas 20:26; Hechos 15:12; 22: 2). «Él, tomándolo, lo sanó y lo despidió. Y dirigiéndo­se a ellos, dijo: "¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea sábado?"» (versículo 4). ¿Será posible que, en nuestro deseo por preservar concepciones que nada tienen que ver con la Palabra de Dios, caigamos en el error de que nos importe más «un buey o un asno que una persona»?
El significado del sábado en Lucas
Los Evangelios mencionan siete milagros de sanidad realizados por Jesús durante el día de reposo. Como ya vimos, Lucas menciona cinco de estos rela­tos: la curación del endemoniado, de la suegra de Pedro, del hombre con la mano tullida, de la mujer encorvada y la del hombre que padecía de hidropesía. En Juan se mencionan dos: el paralítico de Bestesda (5: 9) y el ciego de naci­miento (9:14). Tras analizar la actitud de Jesús hacia la ley en el Evangelio de Lucas, William Loader concluye acertadamente: «La permanencia de estos epi­sodios y las referencias a la observancia del sábado en otros lugares de su obra de dos tomos (Lucas 4:16, 31; 13:10; Hechos 13:14, 15, 42, 44) sugiere que Lucas no considera que Jesús abrogara o autorizara el abandono del sábado». Las curaciones sabáticas de Lucas sacan a relucir una gran verdad: satisfacer la ne­cesidad de la gente es más importante que la observancia de nuestros caprichos religiosos y de nuestras propias tradiciones sabáticas.
El problema de Jesús no era la ley, sino la interpretación que los rabinos habían hecho de ella. La ley de Dios es perfecta y santa (Salmo 19:7; Santiago 1:25; Romanos 7:12), lo imperfecto y lo impío puede ser la manera en la que la apli­quemos en nuestra experiencia religiosa y cotidiana. El mandamiento del sábado es sencillo, tan simple que hasta un niño lo puede memorizar: «Acuér­date del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el sép­timo día; por tanto, Jehová bendijo el sábado y lo santificó» (Éxodo 20:8-11).
¿No le parece, mi querido lector, que este mandato, por sí solo, es sufi­ciente y no precisa que le agreguemos nada más? En pleno siglo XXI son muchos los que todavía insisten en coartar al sábado del gozo con el que Dios quiere que observemos el mandamiento. Más de uno se siente en con­dición de prescribir cómo se debe guardar el sábado y, si no se siguen los lineamentos presentados, también se cree capaz de juzgar a los que no se someten a sus directrices. Mi amigo, ni usted ni yo hemos sido llamados a consideramos el «Pepito Grillo» de la conciencia de los demás, ni en el tema del sábado ni en ningún otro aspecto. No lo olvide nunca: Jesús es el Señor del sábado. Solo a él le compete juzgar qué es lícito o ilícito en las horas del sábado. Nuestro deber es simplemente imitar la manera en la que nuestro Señor guardó el día de reposo: enseñando, predicando, haciendo el bien, rompiendo con los moldes impuestos por personas que quizá sean sinceras, pero que se han convertido en fanáticas de la ignorancia.
Una adecuada teología del sábado no parte de ¿qué no debo hacer?, sino de un qué puedo hacer para hacer más llevadera la vida de quienes están a mi lado. El sábado tiene que ver más con el máximo (qué puedo hacer), y me­nos con lo mínimo (qué no debo hacer). El ministerio de Cristo pone de manifiesto, como bien lo dijo el teólogo evangélico François Bovon, que «el sá­bado no es solamente un día en el que es posible curar, sino incluso el más idóneo para liberar. Se da un vuelco a la teología del sábado. De ser un día en el que la obediencia desemboca en un no-hacer nada que tolera la servi­dumbre, el sábado se convierte en una fiesta en la que el amor irradia servi­cio a los demás». Por supuesto, en ningún pasaje bíblico encontramos a Jesús abrogando la observancia del sábado. Más bien, lo que hace el Maes­tro es atacar de frente la inflexibilidad formalista de los escribas y fariseos. Era como si, a través de estos hechos libertadores, Jesús también liberara el sábado de las regulaciones impuestas por los rabinos.
Desde los tiempos de Moisés, la observancia del sábado conmemoraba la liberación de Israel del yugo egipcio: «Acuérdate de que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová, tu Dios, te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido, por lo cual Jehová, tu Dios, te ha mandado que guardes el sábado» (Deuteronomio 5:12-15). Así cada sábado constituía un monumento con­memorativo de la liberación que Dios le había regalado, por su misericor­dia, al pueblo.
Al Jesús operar estos actos de liberación durante las horas del sábado estaba dando cumplimiento a la liberación mesiánica profetizada en Isaías 61. Los milagros sabáticos de Jesús aluden a la función redentora del sábado. Más que un día de carga, el sábado ha de ser un día de liberación, tanto física como espiritual, para cada uno de nosotros. En estos relatos milagrosos, la obra Jesús produjo alegría y motivó al servicio, dos componentes vitales de la verdadera observancia del sábado.

Referencias
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