Soportar la tentación

Introducción

El personaje central de la segunda parte del primer capítulo de Santiago es el “hombre bienaventurado” (makários anēr) al que se lo menciona en el capítulo 1:12. Al presentarlo, el apóstol lo define como un hombre que soporta la prueba y puede, entonces, recibir la corona del a vida. De hecho, a referencia a recibir la corona como resultado de soportar las pasiones está extraída directamente de Zacarías 6:14, en la Septuaginta.

No obstante, en ese pasaje no se especifica si el tal hombre sea bienaventurado. Sin embargo, en Santiago se establece un nítido contraste entre el hombre bienaventurado, y el hombre de dos caras, incapaz de vencer sobre las pruebas de la vida cristiana, por lo que está destinado a tener una existencia pasajera, liviana y sin recompensas.

El tema de la victoria sobre las tentaciones es, de hecho, bastante frecuente en el Nuevo Testamento. Mientras que Apocalipsis asocia la corona de la vida a la victoria sobre las persecuciones y las tribulaciones, Pablo habla de la corona en el contexto del triunfo del cristiano por sobre las tentaciones y las vicisitudes de la vida (Filipenses 4:1).

La raíz de la tentación

Según afirma Rick Warren, pensamos que la tentación nos rodea, pero Dios afirma que ella comienza dentro de nosotros. Además, es el modo en cómo reaccionamos a las tentaciones lo que divide a la humanidad en dos grupos: el de las personas inconstantes (de dos caras), y las personas bienaventuradas y fieles. ¿Cuáles son, por lo tanto, las tentaciones que enfrenta y vence el hombre bienaventurado? Seguramente son las mismas tentaciones que hacen que el hombre vacilante sucumba: las seducciones del mundo, presentadas hábilmente por Satanás a fin de arrastrarnos hacia el error y apartarnos de Dios. Pero, ¿de dónde vienen, originalmente, esas tentaciones? Santiago enfatiza el hecho de que no podemos atribuirle nuestras debilidades a la voluntad de Dios. Según él, “que nadie diga que es tentado por Dios” (Santiago 1:13a). La razón para ello es obvia: Dios no es tentado ni puede tentar (Santiago 1:13b). El apóstol comprendía muy bien la naturaleza humana. Sabía que generalmente les atribuimos a otros el motivo de nuestros fracasos. La declaración de que el ser humano adjudica la culpa a Dios por sus propias debilidades y tendencias pecaminosas es un eco de Proverbios 19:3, que afirma que la insensatez humana hace que el hombre peque, pero éste –en vez de reconocerlo– se enoja contra Dios.

La antigua cultura judaica siempre manifestó sus dudas respecto de la real fuente de la tentación. Los judíos tendían a considerar que, si Dios permitía que fueran tentados, entonces algún grado de responsabilidad debía atribuírsele a Dios. Otros ponían todo el peso de la culpa del pecado sobre Satanás, la fuente exclusiva, y casi inobjetable, de la tentación. Una situación que ilustra muy bien esta divergencia es el episodio en el que David hizo el censo sobre Israel. El texto de 2 Samuel 24:1 dice claramente que Dios incitó a David a realizar el conteo de los hombres de Israel y Judá. Por otro lado, 1 Crónicas declara que fue Satanás quien lo incitó a censar a Israel. ¿Cómo solucionar este dilema? Los dos pasajes no son necesariamente contradictorios: Samuel presenta el tema desde el punto de vista del monergismo, la creencia de que sólo hay una causa primaria para todo. El libro de Crónicas, por otro lado, considera las causas secundarias. La perspectiva de Santiago difiere tanto del punto de vista de 2 Samuel 24, como del de 1 Crónicas 21, siendo que las necesidades de sus lectores eran también diferentes.

Cuando la concupiscencia concibe

Según Santiago 1:14, cada uno es tentado por su propia “concupiscencia” (así vertido por la RVR60; “malos deseos”, por la RVR2000 y la NVI). El apóstol personificó la concupiscencia (epithymia) como un personaje femenino y las expresiones en griego que aparecen en el versículo 14 pertenecen al contexto de las cortesanas de Atenas de quienes se podían decir que atraían y seducían a los clientes. Los verbos atraer (exelkō) y seducir (deleazō) revelan la naturaleza prostituida de la Concupiscencia, quien atrae y seduce a un cliente, la cual queda embarazada de él. Este embarazo produce una hija denominada Pecado (hamartia), palabra femenina en griego. Finalmente, Pecado da a luz un hijo denominado Muerte (thánatos). Como Muerte es una palabra masculina, no engendra más nada, es estéril, lo que con esto señala el final de la procreación iniciada con un acto de prostitución.

La secuencia concupiscencia-pecado-muerte invierte la voluntad original de Dios, quien creó a Eva, permitió que el hombre la llamara Vida (zōē), en Génesis 3:20. El expreso plan de Dios era que la existencia del hombre siguiera la serie vida-obediencia-felicidad. Lo que Santiago nos dice es que debemos dejar de buscar atenuantes para nuestras debilidades de carácter. No es por la voluntad de Dios, ni por las sugerencias de Satanás que cedemos a nuestros impulsos carnales. Lo hacemos movidos por nuestra propia concupiscencia, nuestra propia voluntad de pecar. Todo involucra la complicidad humana. La concupiscencia puede ser una prostituta que nos asedia, pero para que ella dé a luz al pecado, es necesario que nosotros la fecundemos. La metáfora del acto sexual con una prostituta es adecuada porque, a no ser en casos de estupro, la relación sexual implica complicidad y participación de dos personas en mutuo consentimiento. Una vez fecundada por la simiente de nuestra propia voluntad, la concupiscencia genera el pecado, el que, a su vez, genera la muerte.

Es difícil afirmar con absoluta certeza quién es el que actúa como socio en la concupiscencia en la generación del pecado. Es probable que Santiago estuviera afirmando que nosotros mismos somos culpables de nuestros deslices. Tal vez, sin embargo, estuviera afirmando que son las tentaciones que cohabitan con la concupiscencia, a fin de generar el pecado. De cualquier modo, podemos estar seguros de que el hombre bienaventurado no participa de esta clase de vínculo ilícito. Bienaventurado es el hombre que resiste los ataques, cuando es abordado por el rostro joven, sonriente y bello de la concupiscencia. En este caso, es necesaria una fuerza supra-angelical para permanecer fiel a la voluntad de Dios. Y esta fuerza existe y está tan disponible para nosotros como lo estuvo para José en el día en el que huyó dejando su túnica en manos de la mujer de Potifar.

Toda buena dádiva y todo don perfecto

Santiago concluye la segunda parte del capítulo 1 con otro argumento aparentemente conflictivo: determina el contraste entre el Dios Omnipotente y los dioses paganos (1:16-18). El versículo 16 establece que la pretensión de Santiago era presentar un tema teológico. Al afirmar “No se engañen” (NVI), el apóstol advirtió a sus oyentes que su deseo era tratar cuestiones doctrinarias, tal como se puede percibir por el uso de una expresión semejante en Santiago 5:19. El verbo “engañar” (planaō) parece haber sido escogido ex profeso, pues hace referencia a dos aspectos importantes. Es el mismo verbo de Santiago 5:19 en el que Santiago habló de aquellos que se apartan de la verdad, y es el mismo verbo comúnmente utilizado por los griegos para describir la órbita de los planetas en el cielo. La palabra planeta, es incluso derivada de ese verbo. El apóstol define así, desde el mismo comienzo, que su planteo está vinculado a dos dimensiones: pretendía habla teológicamente, y hablar de los astros y su supuesto efecto sobre los hombres.

Nótese el contexto astronómico de la perícopa (Santiago 1:16-18) en variadas maneras, además del uso del verbo planaō (engañarse, desviarse, hacer un trayecto, errar). Toda buena dádiva proviene de lo alto (lugar en el que los cuerpos celestes cumplen su trayectoria). Toda buena dádiva es concedida por el Padre de las luces, el Señor de los astros, que controla el comportamiento y la propia existencia, y en quien no hay mudanza ni sombra de variación. Este pasaje (1:17) es de difícil traducción, por tres razones. En primer lugar, la temática astronómica no es de simple comprensión. En segundo lugar, los manuscritos más antiguos presentan toda suerte de variaciones textuales en relación a este pasaje. En tercer lugar, el versículo inicia con un verso poético. La intención de Santiago aquí era neutralizar la influencia de los astros, en forma de horóscopos y supersticiones, mostrando que el hombre bienaventurado es el amo de su propio destino. Los paganos pueden confiar en horóscopos y vaticinios, observando atentamente los cielos, con la esperanza de hallar alguna orientación para una vida desprovista de significado. Pero el cristiano sabe que todas las dádivas provienen de Dios. Los astros experimentan eclipses y cambios orbitales que la astronomía de los griegos y romanos no podían explicar, pero Dios es siempre el mismo, dispuesto a ayudarnos en los momentos de dificultad. Los astros no controlan nuestra vida, nosotros mismos decidimos cómo reaccionar ante las tentaciones. Auxiliados por el poder divino, podemos ser vencedores, bienaventurados, pues Dios es más estable y confiable que todos los planetas y el Universo que Él creó.

El apóstol finaliza su discurso sobre el hombre bienaventurado enfatizando, en Santiago 1:18, que la voluntad de Dios debe prevalecer en la vida del cristiano. Según él, fue la voluntad de Dios la que nos engendró por la Palabra de verdad, para que seamos sus primicias. Y ser “primicia” de Dios significa nacer de nuevo para cumplir su voluntad en carne y en espíritu.

Tardo para hablar

Santiago 1:19 hace mención a un personaje hipotético: “Todo hombre sea pronto para escuchar, lento para hablar, lento para enojarse”. En griego existe, de hecho, una comparación entre “rápido” y “lento”, lo que deja en claro que estamos tratando una dimensión temporal y no sólo un estado de alerta y disposición. Santiago no habló de dos hombres: el hombre “rápido” (anthrōpos tachys) y el hombre “lento” (anthrōpos bradys). En lugar de ello, el apóstol afirma que ese hombre debe ser ambas cosas: rápido y lento. Debe ser rápido para escuchar, pero lento para hablar y enojarse. El tema de callar para oír es recurrente en Proverbios (17:28 y varios otros pasajes).

Este hombre “rápido” para escuchar y lento para hablar y enojarse, es consciente de que la ira humana, aunque justificable, no mueve la justicia de Dios (1:20). La conciencia de este hecho es lo que lo lleva a despojarse de la “ira” (orgē) y de toda maldad. El verbo empleado en 1:20 para el acto de despojarse de la maldad es el mismo usualmente empleado en relación a sacarse la ropa. Aquello de lo cual el hombre “rápido” se despoja para oír no es como una clase común de ropa. La palabra griega utilizada es rhyparia, el mismo vocablo utilizado para la ropa del hombre pobre de Santiago 2:2 y las vestiduras inmundas del sacerdote Josué en Zacarías 3:3, 4. Por lo tanto, la cuestión de la justificación se inserta en dos sentidos en esta argumentación. En primer lugar, la ira humana nunca producirá justicia divina (Santiago 1:20); en segundo lugar, despojarse de la maldad equivale a obtener esa justicia (1:21). Como puede notarse, la justificación no procede del interior del hombre, sino es un acto externo de Dios sobre el interior humano. La Palabra de Dios le es implantada, haciéndola poderosa para salvar el alma (1:21).

 

Salvados por recibir

El rol del hombre es el de ser rápido para oír (esto es, para obedecer), y lento para hablar y airarse (esto es, intentar obtener la justificación por los propios esfuerzos). Tal vez sueñe extraño, pero Santiago habla de la cuestión de la justificación bajo un punto de vista notoriamente paulino. De hecho, la postura de Santiago en su epístola, sólo asume rasgos legalistas si hacemos mucho esfuerzo para no oír lo que dijo realmente el apóstol. Parece que esa fue la idea de Lutero, lo que lo condujo a referirse a la carta de Santiago como “epístola de paja”.

Consideraciones finales

Los antiguos filósofos estoicos hablaban de cuatro vicios básicos de la naturaleza humana: la concupiscencia, el placer, la tristeza y el miedo. Independientemente de cómo nos dejamos afectar por estas cosas, Santiago nos enseña que hay un poder por encima de todos los demás que puede librarnos de todos los grilletes que nos atan al mundo. De hecho, “El plan de redención contempla nuestro completo rescate del poder de Satanás”.

En este versículo, el texto griego de la Septuaginta difiere considerablemente  del texto masorético, en hebreo.

Rick Warren, Uma vida com propósitos. Traducción al português de James Monteiro dos Reis. San Pablo: Vida, 2003.

Existen, además, otros conflitos entre dos relatos que pueden ser armonizados, conforme lo sugiere Gleason Archer, Merece confiança o Antigo Testamento? 4ª edición. San Pablo: Vida Nova, 2003.

Existen vários grabados em cerâmica de tiempos antes de Cristo que destacan el poder seductor de las prostitutas atenienses, y las representan com el epígrafe “Sígueme”.

Elena G. de White; El Deseado de todas las gentes, p. 277.