Reflexiones sobre las joyas y el adorno personal

Publicado por - en

Desde la eternidad, la vida de Jesús ha tenido un solo enfoque y propósito: glorificar a Su Padre (Juan 8:50). Asimismo, nos invita a aprender de Su carácter “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). En términos prácticos, esto significa que lo que decimos, lo que hacemos, adónde vamos, lo que miramos y cómo nos vestimos y nos adornamos, debe siempre traer gloria a Dios y atraer a las personas hacia Él, nunca hacia nosotros. El apóstol Pablo enseñó este principio de la siguiente manera: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1 Corintios 10:31)

El Diluvio y el Fin de los Tiempos

En Su discurso del Monte de los Olivos, Jesús comparó la época antes del diluvio con la condición del mundo justo antes de Su segunda venida (Mateo 24:37-39). En Génesis 6 vemos cómo la maldad desafiante se había extendido por toda la tierra antediluviana, como si fuera una pandemia mortal: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal… 6Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. 11Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia. 12Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino [conducta] sobre la tierra. 13Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.” (Génesis 6:5, 8, 11-13)

Elena White nos da más detalles sobre estos versículos en Génesis 6: “La impiedad de los hombres era manifiesta y osada, la justicia quedó pisoteada en el polvo, y las lamentaciones de los oprimidos ascendieron hasta el cielo. La poligamia había sido introducida desde temprano, contra la divina voluntad manifestada en el principio… No se respetaba el vínculo matrimonial ni los derechos de propiedad. Cual quiera que codiciaba las mujeres o los bienes de su prójimo, los tomaba por la fuerza, y los hombres se regocijaban en sus hechos de violencia.” Patriarcas y Profetas, p. 71

La condición moral del mundo antes de la Segunda Venida no será mejor. De acuerdo con Elena White, Romanos 1:18-32 ofrece una descripción precisa de la situación del mundo justo antes de que Él regrese: “Se me indicó (Romanos 1:18-32) como un cuadro que describe al mundo antes de la segunda venida de Cristo.” Conducción del Niño, p. 440

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido… Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; 29estan do atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; 30murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, 31necios, desleales, sin afecto natural, impla cables, sin misericordia” (Romanos 1:21, 28-31)

Así, la generación malvada antes del diluvio (así como aquellos que vivirán antes de la Segunda Venida) no glorificó a Dios, sus pensamientos eran vanos y sus corazones insensatos estaban en tinieblas. Rechazaron conservar el conocimiento de Dios y, como resultado, el pensamiento depravado condujo a todo tipo de actos malvados.

La causa de esta condición

¿Qué causó esta maldad casi universal antes del diluvio? Génesis 6:1-5 nos da la respuesta. La unión de los “hijos de Dios” con las “hijas de los hombres” en los versículos 1-4 va seguida de inmediato por una descripción de la corrupción de la sociedad en el versículo 5: “Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, 2que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, es cogiendo entre todas. 3Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque cierta mente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años. 4Había gigantes [Nefilim] en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre. 5Y [como resultado] vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” (Génesis 6:1-5)

Los hijos de Dios y las hijas de los hombres

¿Quiénes eran los “hijos de Dios” y las “hijas de los hombres”? La mayoría de los estudiosos y de las versiones bíblicas en las últimas décadas han sugerido que los “hijos de Dios” eran ángeles caídos que inseminaron a mujeres humanas y dieron lugar a una raza de gigantes poderosos híbridos: los Nefilim, que eran parte demonio y parte humanos. Este punto de vista tan extraño viene de una tradición judía, a la que hablaremos más adelante en este artículo. Varias versiones modernas de la Biblia transliteran el término hebreo Nephilim (NIV, ESV, LBLA, NBJ, BTX), dejando que los lectores interpreten su significado. La RVC y la TLA traducen Nephilim como “gigantes” (probablemente reflejando la LXX “gigantes”), y otras versiones interpretan la palabra como “hijos de seres sobrenaturales” (CEV), “los caídos” (YLT), y la muy especulativa paráfrasis en la Living Bible, “seres malvados del mundo espiritual”.

A diferencia de estas traducciones o paráfrasis, Elena White explicó que la palabra “gigantes” se refiere principalmente a la inmensa estatura física de los hombres antediluvianos: “Los que vivieron antes del diluvio salen con su estatura gigantesca, más del doble de la altura de los hombres que ahora viven en la tierra, y son bien proporcionados.” La Segunda Venida y el Cielo, p. 106.

Así, Elena White aclaró que los gigantes no eran híbridos, sino seres humanos impíos que poseían gran estatura y destacaban por su astucia y por sus notables habilidades. Esto evoca a los hombres malvados de la genealogía de Caín, quienes desarrollaron instrumentos musicales, técnicas agrícolas y labores de metalurgia: “Había muchos gigantes, hombres de gran estatura y fuerza, renombrados por su sabiduría, con habilidad para proyectar las más sutiles y maravillosas obras; pero la culpa en que incurrieron al dar rienda suelta a la iniquidad fue proporcional a su pericia y habilidad mentales.” Patriarcas y Profetas, p. 90.

La idea de que Génesis 6 habla de ángeles es insostenible

 La postura de algunas versiones modernas que afirman que los nefilim no eran meramente seres humanos, sino “seres sobrenaturales provenientes del mundo espiritual”, resulta insostenible por diversas razones.

Primero, el texto establece de manera explícita que ya había gigantes en la tierra antes (según la expresión “y también después” en el versículo 4) de que los hijos de Dios se unieran con las hijas de los hombres. Esto implica que los gigantes no fueron producto de dicha unión. Los gigantes existieron tanto antes como después de la relación entre los “hijos de Dios” y las “hijas de los hombres” y, en consecuencia, no pueden ser el resultado de esa unión.

Segundo, había Nefilim (“gigantes” en la LXX) en Canaán mucho después de que el diluvio hubiera destruido a todos los seres humanos malvados (Números 13:31-33). Los diez espías que recorrieron la tierra de Canaán informaron que las ciudades tenían muros altísimos y que sus habitantes eran gigantes en comparación con los israelitas, quienes se les asemejaban a saltamontes. Si el diluvio universal hubiera acabado con los Nefilim antediluvianos, ¿cómo podrían seguir vivos ochocientos años después? Está claro que los habitantes de Canaán no eran híbridos de ángeles y humanos, sino personas de gran estatura.

Tercero, Jesús enseñó explícitamente que los ángeles no se casan ni se les da en matrimonio. Esto debería resolver la duda. No hay ningún pasaje en la Biblia que diga que los ángeles puedan tener hijos. De hecho, Jesús mismo dijo que no lo hacen (Lucas 20:34-35). Dios estableció la procreación únicamente para la raza humana con un objetivo específico: reemplazar los vacíos dejados en el cielo por Satanás y sus ángeles.

Cuarto, se ha dicho que “un texto fuera de contexto es un pretexto”. Los contextos inmediatos, más amplio y más extenso de Génesis 6 permiten identificar claramente a los “hijos de Dios” y a las “hijas de los hombres”. Por tanto, surge la pregunta: ¿cuáles son los contextos inmediatos, más amplios y más extensos de Génesis 6?

El contexto inmediato: ¿Quiénes eran los “hijos de Dios”, las “hijas de los hombres” y los “gigantes”? La respuesta viene del contexto inmediato, no de los intérpretes ni de las traducciones bíblicas. ¿Cuál es el contexto que viene justo antes de Génesis 6?

 • Génesis 4: Presenta la genealogía del malvado Caín (resulta poco común que se mencionen tres mujeres por su nombre).

• Génesis 5: Muestra la genealogía del justo Set (sin mencionar mujeres).

• Génesis 6: Muestra la unión de los hijos de Dios (hombres justos de la línea de Set) con las hijas de los hombres (mujeres del mundo de la línea de Caín).

Alguien podría decir que los ángeles son llamados “hijos de Dios” en el libro de Job (Job 1:8; 2:1; 38:7). Esto es correcto, pero debemos recordar un principio hermenéutico fundamental: una palabra o expresión que aparece en un contexto no necesariamente posee el mismo significado en otros con textos. Por ejemplo, un león puede simbolizar a Cristo, a Satanás, a Babilonia, a Nabucodonosor o a Judá. La levadura puede representar el pecado, pero también puede simbolizar la obra del Espíritu Santo en el crecimiento de la iglesia. Una espada puede significar la Biblia (Efesios 6:17), o el poder del gobierno para castigar infracciones de la ley (Romanos 13:1-4).

Hijas de Dios y hijos de los hombres

Es lógico pensar que si hubo “hijos de Dios” antes del diluvio, entonces también debieron existir hijas de Dios. La pregunta que surge, entonces, es: ¿Por qué los hijos de Dios se sintieron atraídos físicamente hacia las hijas de los hombres y no hacia las hijas de Dios? Más adelante se propondrá una posible respuesta a esta interrogante.

El contexto más amplio:

 El libro de Génesis trata sobre parejas, y todas las parejas son humanas:

• La simiente de la mujer y la simiente de la serpiente.

• Caín y Abel.

• Los hijos de Dios y las hijas de los hombres.

• Los constructores de Babel y Abraham.

• Isaac e Ismael.

• Jacob y Esaú.

• José y sus hermanos.

Alguien podría decir que si según Génesis 3:15, Satanás tiene simiente, entonces él y sus ángeles deberían poder procrear. Este argumento no se sostiene. En Génesis 4, Abel era la simiente de Dios, no físicamente sino espiritualmente, y de la misma forma, Caín era la simiente del diablo (“era del inicuo”; Juan 3:12), también de manera espiritual, no física. Contrario a lo que algunos piensan, Caín no fue hijo literal de una unión sexual entre Eva y un ángel caído. La Biblia dice claramente que Adán conoció a su esposa, y ella concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1). De forma similar, Juan 8 describe a un grupo de judíos incrédulos como hijos de su padre, el diablo (Juan 8:43). Está claro que no eran híbridos producto de una unión sexual del diablo con mujeres humanas, sino que compartían el mismo espíritu de Satanás.

El contexto más amplio aún:

En el sentido más amplio, los seguidores fieles de Cristo son denominados “hijos de Dios” en otras partes de la Escritura, y claramente no se trata de seres angelicales. A continuación, se presentan dos de muchos ejemplos:

• “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; 27porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.” (Gálatas 3:26, 27)

• “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.” (Romanos 8:14)

Quinto, Existe un vínculo verbal entre los rebeldes “hombres de renombre” de Génesis 6 y los constructores apóstatas pos-diluvianos de la torre de Babel en Génesis 11, quienes dijeron: “Hagamos un nombre para nosotros”. La expresión “hombres de renombre” en ambos casos indica que eran famosos o aspiraban a la fama. No hay evidencia de que los constructores de la torre fueran híbridos angelicales/humanos. Como se indicó anteriormente, si existieron hijos fieles de Dios, también debieron existir hijas fieles de Dios. De igual manera, si existieron hijas infieles de los hombres, también debieron existir hijos infieles de los hombres.

Por consiguiente, no es casualidad que los rebeldes buscadores de fama que edificaron la torre de Babel sean denominados “los hijos de los hombres”, los equivalentes masculinos infieles de las infieles “hijas de los hombres”: “Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. 5Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres.” (Génesis 11:4-5)

El “Manifiesto Humanista” de Salomón contrasta a los hijos de los hombres que no temen a Dios y están totalmente entregados al mal, con los justos que le temen: “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal. 12Aunque el pecador haga mal cien veces, y prolongue sus días, con todo yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen, los que temen ante su presencia; 13y que no le irá bien al impío, ni le serán prolongados los días, que son como sombra; por cuanto no teme delante de la presencia de Dios.” (Eclesiastés 8:11-13)

Sexto, no todos los comentaristas ni traductores coinciden en que la expresión “hijos de Dios” haga referencia a ángeles. Los reformadores protestantes, así como estudiosos más antiguos, sostenían que los “hijos de Dios” pertenecían a la línea justa de Set, mientras que las “hijas de los hombres” provenían de la línea impía de Caín:

Martín Lutero: “El verdadero significado del pasaje [Génesis 6:1-4] es que Moisés designa como hijos de Dios a aquellas personas que tenían la promesa de la bendita Simiente.”

Juan Calvino: “Ese antiguo invento, sobre la relación de los ángeles con las mujeres, queda abundantemente refutado por su propia absurdidad; y es sorprendente que hombres eruditos en tiempos pasados se hayan sentido fascinados por disparates tan grosescos y prodigiosos.”

 Juan Wesley: “Los hijos de Dios — Aquellos que eran llamados por el nombre del Señor e invocaban ese nombre, se casaron con las hijas de los hombres — Aquellas que eran profanas y extrañas a Dios. La descendencia de Set no se mantuvo separada como debía, sino que se mezcló con la raza de Caín: tomaron por esposas a quienes quisieron — Solo eligieron con los ojos: vieron que eran hermosas — eso era todo en lo que se fijaron.”

 Keil y Delitzsch: “Ahora bien, si según el significado simple del pasaje, los Nephilim existían en el mismo momento en que los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres, la aparición de los Nephilim no puede proporcionar la menor evidencia de que los ‘hijos de Dios’ fueran ángeles, por quienes se engendró una familia de monstruos, ya fueran semidioses, demonios o hombres-ángeles.” Keil y Delitzsch, Comentario del Antiguo Testamento.

Comentarios sobre Génesis 6:4. Notas de Albert Barnes: “Por lo tanto, los hijos de Dios son aquellos que están del lado del Señor, que se acercan a Él con ofrendas debidamente significativas, que lo invocan por su nombre propio y que caminan con Dios en su vida diaria.”

 Jamieson, Fausset y Brown: “La opinión más correcta, y hoy la más predominante, de este pasaje… es que por “los hijos de Dios” se entienden los Setitas… Y por “las hijas de los hombres”, mujeres de descendencia de Caín, incluyendo aquellas que podrían haberse unido a su sociedad degenerada desde otras ramas de la familia adámica… Los matrimonios mixtos entre personas de principios y prácticas opuestos deben ser necesariamente fuentes de corrupción ex tensa. Las mujeres, irreligiosas ellas mismas, ejercerían, como esposas y madres, una influencia fatal para la existencia de la religión en su hogar, y, en consecuencia, los antediluvianos posteriores cayeron en la más baja depravación.”

Elena White identificó quiénes eran los hijos de Dios y las hijas de los hombres

 Elena White coincidió con los Reformadores y con los comentaristas antiguos. Conforme al testimonio bíblico, la sierva del Señor señaló que la apostasía de la descendencia de Set no fue un proceso repentino, sino que se produjo gradualmente a través de muchos siglos: “Set era de más noble estatura que Caín o Abel, y se asemejaba a Adán más que cualquiera de sus otros hijos. Los descendientes de Set se separaron de los impíos descendientes de Caín. Ellos atesoraban el conocimiento de la voluntad de Dios, mientras que la raza impía de Caín no sentía respeto por Dios ni por sus santos mandamientos. Pero cuando los hombres se multiplicaron sobre la tierra [no al principio], los hijos de Set [los “hijos de Dios”] vieron que las hijas de los descendientes de Caín [“las hijas de los hombres”, descendientes de Adá, Zila y Naamá; mujeres pertenecientes a la sexta generación desde Caín, es decir, sus tataratarataratatataranietas] eran muy hermosas, y se apartaron de Dios, y le desagradaron, tomando para sí mujeres de la raza idólatra de Caín.” The Signs of the Times, 20 de febrero de 1879.

En Patriarcas y Profetas, Elena White explicó más adelante cómo la apostasía se fue dando poco a poco, de manera constante y gradual: “Durante algún tiempo las dos clases [las mujeres descendientes de Caín y los hombres descendientes de Set] permanecieron separadas. Esparciéndose del lugar en que se establecieron primeramente, los descendientes de Caín se dispersaron por todos los llanos y valles donde habían habitado los hijos de Set; y éstos, para escapar a la influencia contaminadora de aquéllos, se retiraron a las montañas, y allí establecieron sus hogares. Mientras duró esta separación, los hijos de Set mantuvieron el culto a Dios en toda su pureza. Pero con el transcurso del tiempo, se aventuraron poco a poco a mezclarse con los habitantes de los valles. Esta asociación produjo los peores resultados. Vieron “los hijos 14 de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas.” [citando Génesis 6:4] Atraídos por la hermosura de las hijas de los descendientes de Caín, los hijos de Set desagradaron al Señor aliándose con ellas en matrimonio. Muchos de los que adoraban a Dios fueron inducidos a pecar mediante los halagos que ahora estaban constantemente ante ellos, y perdieron su carácter peculiar y santo. Al mezclarse con los depravados, llegaron a ser semejantes a ellos en espíritu y en obras; menospreciaron las restricciones del séptimo mandamiento, y “tomáronse mujeres [poligamia] escogiendo entre todas.” Los hijos de Set siguieron “el camino de Caín” (Judas 11), fijaron su atención en la prosperidad y el gozo terrenales y descuidaron los mandamientos del Señor. A los hombres “no les pareció tener a Dios en su noticia;” “se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fué entenebrecido.” Por tanto, “Dios los entregó a una mente depravada.” Romanos 1:21, 28. El pecado se extendió por toda la tierra como una lepra mortal.” Patriarcas y Profetas, p. 67

Fueron los justos, y no los impíos, quienes asumieron la iniciativa de unirse con las mujeres de la línea de Caín, que se habían apartado de Dios: “Los piadosos se mezclaron con los depravados, y se hicieron como ellos en espíritu y en hechos” Bible Echo, 1 de julio de 1887

¿Qué observaron los hijos de Dios? Ahora vamos a otra pregunta muy importante. ¿Qué fue lo que los “hijos de Dios” vieron en las “hijas de los hombres” que no encontraron en las “hijas de Dios”? Génesis 6:2 nos dice que los hijos de Dios vieron que las “hijas de los hombres” eran hermosas. Algo en estas mujeres captó su mirada y despertó sus sentidos y pasiones (cf. Jueces 15:1-3; 1 Samuel 16:12; 2 Samuel 11:2; Ester 1:11; Daniel 1:15; Nahúm 3:4). Los “hijos de Dios” las vieron, las eligieron y se juntaron con ellas.

 Sin duda, los “hijos de Dios” vieron algo en las “hijas de los hombres” que no vieron en las “hijas de Dios”. ¿Acaso las evitaron porque fueran feas? ¡Por supuesto que no! ¿Cuál era entonces la diferencia?

El libro de Génesis enfatiza más de 75 veces la relevancia del significado de los nombres. Algunos ejemplos incluyen: “mujer” (“tomada del hombre”), “Eva” (“madre de los vivientes”), “Set” (“designado en lugar de”), “Babel” (“confusión”), “Peniel” (“rostro de Dios”), “Jehová-Jireh” (“el SEÑOR proveerá”), “Betel” (“casa de Dios”), “Jacob” (“suplantador”) e “Israel” (“príncipe de Dios”). Se mencionan los nombres de tres mujeres en la línea de Caín, y sus significados nos ayudan a en tender la “atracción” de las “hijas de los hombres”. Como vimos antes, la frase “hijas de los hombres” en Génesis 6:4 nos lleva de nuevo a las mujeres en la genealogía del malvado Caín en Génesis 4. Cabe destacar que la genealogía de Set en Génesis 5, las genealogías de Sem, Cam y Jafet en Génesis 10 y la de Sem en Génesis 11:10-31 no mencionan mujeres. En contraste, la línea familiar de Caín incluye los nombres de tres mujeres. La inclusión de estos nombres en la descendencia de Caín es intencional, ya que establece un vínculo entre las descendientes femeninas del malvado Caín en Génesis 4 y las “hijas de los hombres” en Génesis 6:1-4.

El nombre Ada

El nombre de la primera mujer es Ada (Génesis 4:19), cuyo significado es “adornada con joyas o adornos”. Una palabra muy relacionada aparece tres veces en Éxodo 33:4-6 y se traduce como “ornamentos” (RVR60) o “joyas” (NVI, NTV, TLA). En estos versículos, Dios ordenó a Israel que se quitara sus joyas después de adorar al becerro de oro en el monte Sinaí. Cabe destacar que estos adornos permanecieron fuera de sus cuerpos desde Sinaí hasta su llegada a Canaán: “Por eso, a partir del monte Horeb los israelitas no volvieron a ponerse «Dios ordenó a Israel que se quitara sus joyas después de adorar al becerro de oro en el monte Sinaí.» joyas” (versículo 6, NVI). Este detalle es importante porque, cuando más adelante la gente llevó sus joyas para construir el santuario, las mujeres no se quitaron los adornos de sus cuerpos, sino que usaron los que tenían guardados. Es evidente que cuando los israelitas tomaron el oro, la plata y las piedras preciosas de los egipcios al salir de Egipto, estos materiales no estaban destinados a uso personal, sino a ser invertidos en la edificación del santuario (Éxodo 25:8; 35:1-35; 11:2; 12:35). Uno se pregunta si esto no nos enseña algunas lecciones profundas hoy. En lugar de gastar dinero en adornos innecesarios o ropa cara, ¿por qué no destinarlos a la salvación de las almas y al servicio altruista hacia los necesitados? Elena White recomendó precisamente esta inversión:

Hay muchos cuyos corazones han sido endurecidos por la prosperidad de tal manera que se olvidan de Dios y de las necesidades de sus semejantes. Los que profesan ser cristianos se atavían con joyas, encajes y vestidos costosos, mientras que los pobres del Señor sufren por falta de las necesidades de la vida. Hombres y mujeres que aseveran haber sido redimidos por la sangre del Salvador despilfarrarán los medios que se les han encomendado para la salvación de otras almas, y entonces concederán a regañadientes sus ofrendas para la religión, dando generosamente sólo cuando eso les reporte honra. Éstos son idólatras.” (CBA 2, p. 1007; Review and Herald, 26 de enero de 1882)

El Espíritu de Profecía narra la historia del anciano Simpson, un evangelista que predicaba la verdad presente sin mencionar las joyas: “El pastor Simpson explica las profecías por medio de gráficos, y deja muy claro que el fin de todas las cosas está cerca. En algunos casos, familias enteras han decidido obedecer a Dios, tal como en 1844. Todos son llevados por el terreno desde el principio, y muchos creen mientras se explican las profecías relacionadas con el pasado, el presente y el futuro. Joyas, que costaron muchos cientos de dólares, han sido entregadas al pastor Simpson para ser vendidas para la causa.

No hay espíritu de excitación en este movimiento. Ningún fanatismo lo acompaña. La verdad se apodera de los corazones; y hombres y mujeres entregan sus anillos y brazaletes, aunque no se les ha hecho ningún llamado para que se despojen de estos ídolos. La obra es ferviente y tranquila. La gente se quita sus joyas por su propia voluntad, y se las trae al pastor Simpson como una ofrenda de sus ídolos.” Manuscript Releases, Volumen 14, pp. 250, 251.

El nombre Zila

Ahora que hemos explicado el significado de “Ada”, pasemos a Zila. “Y Lamec [el primer polígamo registrado en la Biblia y que cometió asesinato] tomó para sí dos mujeres; el nombre de la una fue Ada, y el nombre de la otra, Zila.” (Génesis 4:19, 23) La mayoría de los comentaristas cree que el nombre “Zila” significa “sombra”. Sin embargo, otros han sugerido que el nombre proviene del hebreo tsalal, que significa “temblar o vibrar”, como lo hacen los instrumentos de cuerda, las campanas y los platillos. El baile al son de la música se menciona con frecuencia en la Biblia en relación con la apostasía. Por ejemplo, se bailó al compás de la música durante la celebración del cumpleaños de Herodes (Mar cos 6:14-28), en el culto apóstata en el monte Sinaí (Éxodo 32:19) y por las hijas de Sion, que estaban totalmente adornadas (Isaías 3:16). Esta interpretación del nombre “Zila” armoniza claramente con la afirmación de Elena White de que los hijos de Dios “pusieron su atención en la prosperidad y el disfrute mundanos”.

El nombre Naama

 Ahora volvamos nuestra atención al significado del nombre “Naama”, la tercera mujer mencionada en la línea de Caín: “Y Zila también dio a luz a Tub al-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro; y la hermana de Tubal-caín fue Naama.” (Génesis 4:22) El nombre Naama significa: “agradable, dulce, encantadora, deleitable, encantadora, hermosa”. Una vez más, el nombre se vincula con la belleza exterior. Es evidente que Génesis 6:2 describe a las “hijas de los hombres” como “hermosas”. Claramente, la belleza en sí misma no es reprochable, excepto cuando es egocéntrica, orgullosa y artificial.

Lo que dice la tradición judía La antigua tradición judía nos ayuda a entender en qué sentido la belleza de las “hijas de los hombres” era diferente de la de las “hijas de Dios”. Como se señaló anteriormente, se ofrecieron varias razones que demuestran el error de los rabinos judíos al identificar a los hijos de Dios con ángeles caídos. No obstante, considero que acertaron al explicar qué hacía que las “hijas de los hombres” resultaran atractivas y encantadoras ante los “hijos de Dios”: “Y Asael [Azazel] enseñó a los hombres a fabricar espadas y cuchillos, escudos y corazas [es interesante considerarlo a la luz de Génesis 4, donde Tubal-Caín fabricó toda clase de utensilios de bronce y hierro], y les mostró los metales y el arte de trabajarlos: brazaletes, y ornamentos, y el arte de utilizar el antimonio y de embellecer los párpados, y toda clase de piedras preciosas y [tipos de] tinturas de colores. Y la impiedad se multiplicó, y ellos fornicaron, se desviaron y se corrompieron en todos sus caminos.” Enoc 8:1, 2

 El Tárgum judío de Rubén presenta una imagen similar: “Por lo tanto, huid de la fornicación, hijos míos, y ordenad a vuestras esposas y a vuestras hijas, que no adornen sus cabezas y rostros para engañar la mente, porque toda mujer que usa estas artimañas ha sido reservada para el castigo eterno. Pues de esta manera ellas sedujeron a los Vigilantes que existían antes del diluvio. . .” Tárgum de Rubén (5:5-7)

El Tárgum judío de Pseudo-Jonatán expone un escenario semejante: “Y aconteció que cuando los hijos de los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hermosas hijas, que los hijos de los grandes vieron que las hijas de los hombres eran bellas, con los ojos pintados y el cabello rizado, caminando con la desnudez de la carne, y concibieron pensamientos lascivos; y tomaron para sí esposas de entre todas las que eligieron.” Tárgum de Pseudo-Jonatán (Génesis 6:1-2).

Muy probablemente, así como los “hijos de Dios” se sintieron atraídos por la belleza artificial, externa, ostentosa y seductora de las “hijas de los hombres”, las “hijas de Dios” comenzaran a adornarse de manera similar con el fin de mantener el interés de los “hijos de Dios”.

Hace varios años, mientras estudiaba la Biblia con una pareja muy apreciada que se preparaba para el bautismo, revisamos la lección relacionada con el uso del maquillaje y las joyas, la esposa objetó: “Si dejo de usar mis joyas, temo que mi esposo pueda sentirse atraído por la belleza de otras mujeres que sí las utilizan.”

 Le aseguré que la verdadera belleza debía residir en la dulzura de su carácter. Ella siguió el consejo del Señor, se deshizo de sus joyas, y continúa felizmente casada con su esposo. La enseñanza es evidente: la apariencia física es temporal, pero la dulzura del carácter permanece.

El hecho sobrio es que, en un mundo que sin duda contaba con millones de habitantes, la unión de los fieles con los mundanos redujo el número de los fieles a únicamente Noé y su familia, es decir, ocho personas. Tomó la mayor parte de dieciséis siglos, pero ese fue el resultado notable. Adoptar el mundo y su cultura no transforma a los infieles en fieles, sino que corrompe a los fieles.

El mismo peligro en la actualidad Elena White explicó cómo Israel perdió su identidad distintiva: “Llegó a ser una práctica común el matrimonio mixto con los paganos. Los israelitas perdieron rápidamente su aborrecimiento por la idolatría. Se introdujeron las costumbres paganas. Madres idólatras criaron a sus hijos para que observaran los ritos paganos. La fe hebrea se estaba convirtiendo rápidamente en una mezcla de ideas confusas.” Fundamentals of Christian Education, p. 499

La sierva del Señor alertó que los cristianos deben estar atentos al mismo peligro en la actualidad: “Existe un peligro constante de que el obediente y el desobediente, en el mundo y en las iglesias nominales, lleguen a amalgamarse de tal manera que la línea de demarcación entre aquellos que sirven a Dios y aquellos que no le sirven se vuelva confusa e indistinta.” Manuscript Releases, Vol. 18, p. 26

Existe un peligro constante de que el obediente y el desobediente, en el mundo y en las iglesias nominales, lleguen a amalgamarse de tal manera que la línea de demarcación entre aquellos que sirven a Dios y aquellos que no le sirven se vuelva confusa e indistinta.” 18MR, p. 26

Y de nuevo: “Aquellos que profesan ser seguidores de Cristo deben ser agentes vivientes, cooperando con las inteligencias celestiales; pero por la unión con el mundo, el carácter del pueblo de Dios se empaña [se ensucia], y a través de la amalgamación con lo corrupto, el oro fino se oscurece [se apaga].” Review and Herald, el 23 de agosto de 1892.

Un proceso lento y constante.

 El descenso por la pendiente resbaladiza hacia la apostasía no sucede de forma inmediata. Los matrimonios de Salomón con mujeres de naciones paganas (2 Reyes 11) nos muestran que la apostasía constituye un proceso lento, inadvertido, gradual y casi imperceptible: “Tan gradual fué la apostasía de Salomón que antes de que él se diera cuenta de ello, se había extraviado lejos de Dios. Casi imperceptible mente comenzó a confiar cada vez menos en la dirección y bendición divinas, y cada vez más en su propia fuerza. Poco a poco fué rehusando a Dios la obediencia inquebrantable que debía hacer de Israel un pueblo peculiar, y conformándose cada vez más estrechamente a las costumbres de las naciones circundantes.” Profetas y Reyes, p. 39

Oseas, Jeremías y Ezequiel

Los errores de Salomón eventualmente llevaron a Israel a una apostasía completa. Oseas, Jeremías y Ezequiel describieron cómo Israel se adornaba con joyas para atraer a las naciones paganas a fornicar con ella, lo que la arrastró a la apostasía: “Y la castigaré por los días en que incensaba a los baales, y se adornaba de sus zarcillos y de sus joyeles, y se iba tras sus amantes y se olvidaba de mí, dice Jehová.” (Oseas 2:13)

 “Y tú, destruida, ¿qué harás? Aunque te vistas de grana, aunque te adornes con atavíos de oro, aunque pintes con antimonio tus ojos, en vano te engalanas; te menospreciarán tus amantes, buscarán tu vida.” (Jeremías 4:30)

“Además, enviaron por hombres que viniesen de lejos, a los cuales había sido enviado mensajero, y he aquí vinieron; y por amor de ellos te lavaste, y pintaste tus ojos, y te ataviaste con adornos.” (Ezequiel 23:40)

Aunque estos versículos se refieren simbólicamente a Israel como nación, se aplican con igual relevancia a las uniones literales entre creyentes y no creyentes. ¿Por qué Dios diría que estaba mal para Israel y no para las personas? Claramente, lo que pasó con Israel como nación también aplica a los creyentes individuales que se casan con no creyentes o adoptan costumbres culturales del mundo.

El orgullo de Lucifer

Algunos miembros de la iglesia defienden el uso de joyas, tomando como ejemplo a Lucifer, quien era hermoso y cuyo manto fue adornado por Dios con piedras preciosas. Según el argumento, si Dios cubrió a Lucifer con joyas, entonces nosotros también podemos usarlas. Es cierto que Dios creó a Lucifer hermoso y adornó su vestido con piedras preciosas; sin embargo, es fundamental destacar que Lucifer no se adornó por sí mismo, sino que fue Dios quien lo hizo: “Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro, y dile: Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. 13En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación.” (Ezequiel 28:12-13)

De paso, Dios no solo le dio a Lucifer belleza y piedras preciosas, sino también el don de la música. Como líder del coro celestial, ¡debió ser un músico talentoso! Elena White escribió: “Satanás había dirigido el coro celestial. Había dado la nota; luego toda la hueste angélica se había unido a él, y entonces en todo el cielo habían resonado acordes gloriosos en honor de Dios y su amado Hijo” La Historia de la Redención, p. 25

Satanás, es decir, Lucifer, recibió un conocimiento excepcional en música, equivalente a un doctorado, y por ello sabe cómo pervertirla para socavar la espiritualidad de los jóvenes: “Me siento alarmada al notar por doquiera la frivolidad de hombres y mujeres jóvenes que profesan creer la verdad. No parecen pensar en Dios. Su mente rebosa de insensatez, y su conversación, de asuntos vacíos y vanos. Su oído tiene agudeza para percibir la música, y Satanás sabe qué órganos puede excitar para animar, embargar y hechizar la mente de modo que no desee a Cristo.” La Historia de la Redención, p. 370

Lamentablemente, Lucifer no supo manejar la belleza y los adornos que Dios le había concedido. Se contempló a sí mismo y se llenó de orgullo por su aspecto, olvidando que todos sus talentos eran un don de Dios: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti.” Ezequiel 28:12, 17

Todos conocemos el dicho: «Blanco es, gallina lo pone y frito se come… ¡es un huevo!» De manera similar, si los cristianos comen como el mundo, beben como el mundo, hablan como el mundo, miran lo que el mundo mira, aman la música que el mundo disfruta, bailan como el mundo, se visten como el mundo y se adornan como el mundo, ¿qué son? ¡MUNDANOS!

Dios adornó a Israel

Es cierto que existen pasajes bíblicos en los cuales Dios, de manera simbólica, dotó a Israel de belleza y la adornó con piedras preciosas. No obstante, el punto central, que con frecuencia se pasa por alto o se ignora, es que Israel no se adornó por sí misma, ¡DIOS LO HIZO! No había lugar para el orgullo; el honor y la gloria correspondían a Dios. Era el esplendor de Dios el que Él le confería. Israel no se colocó las joyas; Dios las colocó sobre ella. Nótese la frecuencia con que el pronombre personal hace referencia a Dios en el pasaje siguiente: “Te lavé con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite; 10y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda. 11Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos y collar a tu cuello. 12Puse joyas en tu nariz, y zarcillos en tus orejas, y una hermosa diadema en tu cabeza. 13Así fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido era de lino fino, seda y bordado; comiste flor de harina de trigo, miel y aceite; y fuiste hermoseada en extremo, prosperaste hasta llegar a reinar. 14Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice Jehová el Señor.” (Ezequiel 16:9-14)

Trágicamente, de manera similar a Lucifer, Israel se enorgulleció de su belleza y de sus adornos como si fueran de ella misma, y como consecuencia, cayó en la apostasía. En un mundo pecador, el auto-adornarse representa un peligro, tal como lo indica la palabra “pero” en el versículo siguiente: “Pero confiaste en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre, y derramaste tus fornicaciones a cuantos pasaron; suya eras. 16Y tomaste de tus vestidos, y te hiciste diversos lugares altos, y fornicaste sobre ellos; cosa semejante nunca había sucedido, ni sucederá más. 17Tomaste asimismo tus hermosas alhajas de oro y de plata que yo te había dado, y te hiciste imágenes de hombre y fornicaste con ellas; 18y tomaste tus vestidos de diversos colores y las cubriste; y mi aceite y mi incienso pusiste delante de ellas. 19Mi pan también, que yo te había dado, la flor de la harina, el aceite y la miel, con que yo te mantuve, pusiste delante de ellas para olor agradable; y fue así, dice Jehová el Señor.” (Ezequiel 16:15-19

El testimonio del Nuevo Testamento

Ahora miremos lo que pasó en los tiempos de los apóstoles. Algunos sostienen que el tema del adorno personal fue simplemente un asunto cultural del Antiguo Testamento y que, por lo tanto, no tiene relevancia en el Nuevo Testamento. Sin embargo, Pedro y Pablo no compartían esa visión. Ambos desaprobaron el adorno externo y aconsejaron a las mujeres cristianas evitarlo. Pedro se dirigió a las esposas cristianas de la siguiente manera: “Así también ustedes, las esposas, respeten a sus esposos, a fin de que los que no creen a la palabra, puedan ser ganados más por la conducta de ustedes que por sus palabras, 2 cuan do ellos vean su conducta casta y respetuosa. 3 Que la belleza de ustedes no dependa [una palabra que no aparece en el original] de lo externo, es decir, de peinados ostentosos, adornos de oro o vestidos lujosos, 4 sino de lo interno, del 22 corazón, de la belleza incorruptible de un espíritu cariñoso y sereno, pues este tipo de belleza es muy valorada por Dios. (1 Pedro 3:1-4)

Es digno de mención que, en los versículos 5 y 6, el apóstol Pedro destaca que las mujeres de fe en los tiempos bíblicos se enfocaban en su belleza interior más que en las apariencias, y nos pone a Sara como un gran ejemplo para nosotros: “Así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios, cada una mostrando respeto a su esposo. 6 Tal es el caso de Sara, que obedecía a Abraham y lo llamaba su señor. Ustedes son hijas de ella si hacen el bien y viven sin ningún temor.” (1 Pedro 3:5-6) El consejo de Pedro respecto al adorno externo es claro. La palabra ‘adorno’ en el versículo 3 es kósmos (‘mundo’). En la Septuaginta (LXX), específicamente en Jeremías 4:30, en la expresión ‘aunque te adornes con oro’, el verbo ‘adornar’ es kosmése (de donde proviene la palabra ‘cosméticos’) y el sustantivo ‘atavíos’ es kósmos. Además, en la versión LXX de Éxodo 33:5, 6 la palabra ‘atavíos’ es de igual manera kósmos. Quizás esta sea la razón por la cual el uso de joyas y cosméticos frecuentemente se denomina como algo ‘mundano’. De la misma manera, el apóstol Pablo dejó bien claro que lo que debe distinguir a la mujer cristiana es su belleza interior (¡y hoy en día, eso va también para los hombres!): “Quiero, pues, que en todas partes los hombres oren, levantando las manos al cielo con santidad, sin enojos ni contiendas. 9 En cuanto a las mujeres, quiero que ellas se vistan decorosamente [decente], con modestia y recato, sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos. 10 Que se adornen más bien con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan servir a Dios.” (1 Timoteo 2:8-10)

En el mundo actual, todo es pura apariencia y presunción. La ‘Alfombra Roja’ de los premios Óscar ejemplifica el uso de la moda y la joyería para la exaltación de la criatura. Es cierto que Dios ama la belleza que lo honra a Él. Incluso, Dios mismo vistió a Lucifer y al pueblo de Israel con piedras preciosas, pero ellos se llenaron de orgullo y quisieron la gloria para ellos, olvidándose de Dios.

Lo que el Diluvio nos enseña sobre el tiempo del fin Como hemos visto, Jesús estableció una relación tipológica entre los que vivieron en el tiempo del diluvio y la generación final (Mateo 24:37-39). Lo que ocurrió en el pasado, sucederá nuevamente. Dios comisionó a Noé para exhortar al mundo impío al arrepentimiento y a la reforma de vida. Su proclamación, contraria a las corrientes de su época, no fue escuchada (Hebreos 11:7; 2 Pedro 2:5). No podemos imaginar que Noé no denunciara la unión de los hijos de Dios con las hijas de los hombres —esto es, la unión de los fieles con mundanos— considerando que este fue el pecado que, sobre cualquier otro, ‘desfiguró la imagen de Dios y causó una confusión generalizada que demandó la destrucción de la raza mediante el diluvio’ (The Spirit of Prophecy, vol.1, p. 69).

A semejanza de Noé, Dios suscitará un remanente fiel en el tiempo del fin que exhortará al mundo al arrepentimiento, denunciando especialmente el compromiso de los fieles con las corrientes del mundo, tanto en la esfera individual como eclesial. En Apocalipsis 12:1, este grupo fiel que dará el fuerte clamor final (Apocalipsis 18:1-6) es retratado como una mujer pura que está vestida con la belleza natural del sol y la luna. Apocalipsis 14:1-5 describe el carácter de aquellos que pertenecerán a este grupo, y no hay mención de adorno externo. Es el interior lo que es hermoso, no el exterior. En marcado contraste con el remanente fiel, se presentan la ramera y sus hijas. Su condición de apostasía se simboliza mediante un atavío de oro, plata, piedras preciosas y perlas, elementos dispuestos con el fin premeditado de exaltar el yo y seducir a los fieles a participar de su sistema (Apocalipsis 17:4, 5; 18:6). Representan la ‘belleza’ externa que encubre la corrupción interna.

Jesús, el Santuario y la Belleza Verdadera

 Asimismo, es posible considerar la cuestión del atavío personal desde la perspectiva del santuario hebreo, el cual constituye una tipología de Cristo y de Su iglesia. Éxodo 26:14 nos dice que, por fuera, el santuario no se veía nada llamativo, pues estaba cubierto con pieles de tejón de un color gris sin brillo: “Harás también a la tienda una cubierta de pieles de carneros teñidas de rojo, y una cubierta de pieles de tejones encima.” (Éxodo 26:14)

Sin embargo, la sencillez externa del santuario contrastaba con su belleza interior. El oro, la plata, las piedras preciosas, las telas invaluables y el hilo de oro estaban por dentro. El santuario era un tipo de Cristo, quien una vez dijo: “Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levan taré. 20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo.” (Juan 2:19-21)

 ¿Cómo era el cuerpo de Jesús mientras estuvo en la tierra? ¿Estaba lleno de tatuajes, aretes, piercings en la nariz, tobilleras y pulseras? El profeta Isaías respondió: “Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.” (Isaías 53:2)

La vida de Jesús se caracterizó por lo natural y lo sencillo. Él nunca hizo ni dijo nada para atraer la atención hacia sí mismo. Vivió únicamente para glorificar a Su Padre. Los cuatro Evangelios no contienen ningún retrato físico de Jesús. No hay descripción del color de su cabello, sus ojos, su estatura, ni ninguna otra característica física. Y su vestidura era un manto sencillo sin costura (Juan 19:23). No obstante, el registro sagrado sí expone, en toda su magnitud, la belleza de Su carácter: un modelo de amor, empatía, verdad y justicia. Elena G. de White señaló acertadamente que la apariencia externa constituye un índice del estado del corazón. “Vi que la apariencia exterior es un índice de lo que hay en el corazón. Cuando el exterior se llena de cintas, collares y cosas innecesarias, muestra claramente que el amor de todo eso está en el corazón; a menos que tales personas sean limpiadas de su corrupción nunca podrán ver a Dios, porque únicamente los puros de corazón lo verán.” Testimonios para la Iglesia, tomo 1, p. 129.

De acuerdo con el apóstol Pablo, el templo no era solo un símbolo de Jesús, sino también de cada uno de nosotros como miembros de la iglesia: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20 Porque habéis sido compra dos por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1 Corintios 6:19-20). Si nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, ¿no creen que nuestra belleza debería venir de adentro y no de las cosas que nos ponemos por fuera?

Acontecimientos recientes en nuestra propia iglesia

En tiempos recientes, un número considerable de adventistas, especialmente en los llamados países desarrollados, han adoptado todo tipo de prácticas que están en conflicto con los principios de la Palabra de Dios y el consejo explícito del Espíritu de Profecía, legitimándolas bajo el concepto de ‘cultura’. Ahora, la música mundana es vista como algo cultural; el uso de joyas y la ropa indecorosa se han aceptado por la cultura; hasta los estilos de adoración se justifica por la cultura. También justificamos el entretenimiento que elegimos, el tomar vino con la comida o café después de las comidas, y hasta los deportes competitivos en nuestras escuelas, todo por seguir la corriente cultural. Y la observancia deficiente del sábado se atribuyen a las influencias e intrusiones de la cultura circundante.

Para poder usar la ‘cultura’ como excusa, tienen que neutralizar o buscarle la vuelta a lo que dice el Espíritu de Profecía, porque Elena de White fue muy clara al condonar esas cosas. Así, sin negar abiertamente el Espíritu de Profecía (aunque algunos lo hacen), aquellos que apelan a la cultura para justificar un rebajamiento de las normas, sostienen que la Escritura no prohíbe explícitamente dichas conductas. Argumentan que las exhortaciones de Elena de White son vestigios de una era victoriana obsoleta y que, por ende, carecen de vigencia para una sociedad con temporánea sofisticada. De este modo, la autoridad del Espíritu de Profecía en estos asuntos no ha sido negada abiertamente, pero le quitan toda la autoridad usando la cultura como pretexto. Elena de White predijo esto con exactitud: “Precisamente, el último engaño de Satanás se hará para que no tenga efecto el testimonio del Espíritu de Dios. «Sin profecía el pueblo será disipado” (Proverbios 29:18). Satanás trabajará hábilmente en diferentes formas y mediante diferentes instrumentos para perturbar la confianza del pueblo remanente de Dios en el testimonio verdadero.” Mensajes Selectos Tomo 1, p. 54 No se unan en yugo desigual con el mundo Tanto nosotros como miembros, como la iglesia en conjunto, tenemos que cuidarnos de no enredarnos con las cosas del mundo y su cultura, porque podemos perder nuestra identidad. No debemos abrazar las tinieblas del mundo para que nuestra luz no se apague. No debemos perder nuestra ‘salobridad’ para no seguir los pasos de la esposa de Lot.

Sobre lo que pasa cuando un creyente se casa con alguien que no comparte su fe, la hermana White escribió lo siguiente: “A veces se arguye que el no creyente favorece la religión, y que como cónyuge es todo lo que puede desearse, excepto en una cosa, que no es creyente. Aunque el buen juicio indique al creyente lo impropio que es unirse para toda la vida con una persona incrédula, en nueve casos de cada diez triunfa la inclinación. La decadencia espiritual comienza en el momento en que se formula el voto ante el altar; el fervor religioso se enfría, y se quebranta una fortaleza tras otra, hasta que ambos están lado a lado bajo el negro estandarte de Satanás. Aun en las fiestas de boda, el espíritu del mundo triunfa contra la conciencia, la fe y la verdad. En el nuevo hogar no se respeta la hora de oración. El esposo y la esposa se han elegido mutuamente y han despedido a Jesús.” El Hogar Cristiano, p. 55 26

Y el Espíritu de Profecía aclara que cualquier persona que no haya aceptado la ‘verdad presente’ para estos tiempos, es considerada un incrédulo: “Aunque el compañero de tu elección fuera digno en otros aspectos (lo cual no es así), no ha aceptado la verdad para este tiempo; es incrédulo, y el cielo te prohíbe unirte con él. No puedes, sin peligro de tu alma, desoír la prohibición divina.” Cartas a Jóvenes Enamorados, p. 87

Y en cuanto a la iglesia como organización, el consejo de Dios fue el siguiente: “Aquellos que profesan ser seguidores de Cristo deben ser agentes vivientes, cooperando con las inteligencias celestiales; pero por la unión con el mundo, el carácter del pueblo de Dios se empaña, y a través de la amalgamación con lo corrupto, el oro fino se oscurece.” The Review and Herald, agosto 23, 1892

El apóstol Pablo advirtió sabia mente a los corintios: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? 15 ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? 16 ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo. 17 Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, 18 Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.” (2 Corintios 6:14-18)

El peligro del compromiso

Como Iglesia Adventista del Séptimo Día, tenemos que rechazar la tentación de adoptar las creencias y costumbres del mundo en nuestras congregaciones. Nuestra identidad debe ser diferente. Nuestras instituciones de salud y educativas, nuestra música, nuestro estilo de adoración, nuestros métodos evangelísticos, nuestro estilo de vida y nuestra teología no deben ceder ante la tentación de rendirse a los estándares del mundo. No debemos enredarnos con la ayuda del gobierno, con diversas comisiones de las Naciones Unidas, ni con el movimiento ecuménico. Debemos disipar las tinieblas llenando el mundo con luz y dar sabor a un mundo que no tiene sabor. La Biblia misma advierte: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” (Santiago 4:4)

 “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Juan 2:15-17)

 La mentalidad del mundo se enfoca en el dinero, el poder, las cosas materiales y las apariencias. Como pueblo y como individuos, ¿nos hemos dejado manchar por esa forma de pensar? ¿Cuánto hemos pensado en la segunda venida y en nuestra vida futura en comparación con nuestra vida presente?

El corazón que no se ha convertido: Un experto en poner excusas

El corazón no convertido es engañoso más que todas las cosas, y perverso. Es un racionalizador que ofrece excusas para justificar prácticas pecaminosas. ¡Una miembro de iglesia me dijo una vez que se adornaba porque quería verse bonita para el Señor! ¡Como si a Dios le impresionara más el exterior que el interior! El profeta Jeremías advirtió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9)

 Nuestro corazón inclinado al pecado busca excusas para usar joyas, diciendo que Dios mismo vistió a Lucifer y a Israel con piedras preciosas, que el padre del hijo pródigo le puso un anillo o que la reina Ester también se adornaba. Con eso, tratamos de convencernos de que nosotros también tenemos derecho a usarlas.

Al usar esas excusas, ¿no estamos cayendo en la misma lógica que los hermanos de otras iglesias que usan la Biblia para justificar el domingo? Ellos malinterpretan la Palabra para rechazar el sábado con argumentos conocidos: no estamos bajo la ley sino bajo la gracia (Romanos 6:14), la ley fue clavada en la cruz (Colosenses 2:13-17), el sábado es judío (Éxodo 31:17), la observancia del domingo honra la resurrección de Jesús (Mateo 28:1, 2), Pablo nos dijo que no juzgáramos a quienes no guardan el sábado (Colosenses 2:16), la observancia del sábado es legalismo (Gálatas 5:4), Juan estaba en el espíritu en el día del Señor (Apocalipsis 1:10) y los cristianos deben estar convencidos en sus propias mentes respecto a qué día guardar (Romanos 14:5, 6). Lamentablemente, es frecuente percibir en la juventud adventista una actitud de indiferencia bajo la premisa: ‘No veo ningún mal en esto’. Una consulta con el Optometrista celestial sería imperativa para que logren discernir la voluntad divina con claridad.

Entonces, la pregunta clave es: ¿cómo podemos controlar un corazón pecaminoso que siempre nos engaña, nos pone excusas y nos hace creer que estamos bien? La respuesta la encontramos en el versículo que sigue: “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.” (Jeremías 17:10) El salmista expresó el mismo pensamiento en diferentes palabras: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; 24 Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.” (Salmos 139:23, 24)

Por tanto, imploremos al Señor que nos conceda la gracia de una honestidad rigurosa al evaluar el uso de ornamentos personales. Sometamos nuestra conducta a este examen: ¿Cuál es mi motivo para usarlo? ¿Atrae a las personas a Jesús o a mí mismo? ¿Es un buen ejercicio de mayordomía? ¿Trae honor y gloria a Dios? ¿Me prepara para el cielo? Sin intención de ser irreverente, cuándo fue la última vez que escuchó a un hombre decir, al ver a una mujer con joyas: ‘¡Vaya! ¡Mira qué bien ha dotado el Señor a esa mujer, alabado sea el Señor!’ Debemos recordar que Dios evaluará nuestras acciones por nuestros motivos: “Todo curso de acción tiene un doble carácter e importancia. Es virtuoso o malo, correcto o erróneo, de acuerdo con el motivo que lo impela.” Conducción del Niño, p. 186.

No es una cuestión de cultura

Entonces, ¿es el tema del adorno personal simplemente una cuestión de cultura? ¡La respuesta es no! La evidencia documental demuestra que este asunto trasciende las fronteras culturales, habiendo persistido como una encrucijada espiritual desde el origen de la humanidad hasta el tiempo del fin.

 • Este problema comenzó con el mismo Lucifer en el cielo.

• Propició la degradación moral de la línea fiel antediluviana.

• Constituyó un elemento central en la apostasía de Israel al pie del monte Sinaí.

• Hizo que el pueblo de Dios cayera una y otra vez en la apostasía.

• Representó una amenaza latente durante los tiempos apostólicos.

• Es un distintivo de la iglesia cristiana apóstata descrita en Apocalipsis 17.

¡Es evidente que la cuestión del atavío personal constituye un principio que trasciende cualquier marco temporal o contexto cultural específico!

Principios que no debemos olvidar

Para terminar, les comparto algunos principios que nos servirán para vestirnos de modo que toda la honra y la gloria sean para Dios, y no para llamar la atención sobre nosotros:

 • Nuestra ropa siempre debe estar limpia.

• Debemos vernos bien arreglados y presentables.

• Hay que buscar la sencillez, evitando la extravagancia y la ostentación.

• Debe ser modesta (que no revele aquello que tienta al ojo).

• Debe ser económica pero no barata/corriente.

• Debe ser de buena calidad y duradera.

• Debe promover la salud (ni muy ajustada, y que proteja del frío y del sol).

• Debe ser de buen gusto (asegurarse de que las combinaciones de colores combinen).

 • Debe ser apropiada para la ocasión (¿usar ropa de deporte en la iglesia?).

• Por encima de todo, debe atraer la atención a Dios y honrarle y glorificarle a Él.

Pastor Esteban Bohr

Categorías: Temas Diversos

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *